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Las hogueras azules, de Juan F. Rivero

Las hogueras azulesNo solo el autor de Las hogueras azules, por algo es poeta, es capaz de definir sus poemas mucho mejor de lo que habría soñado yo hacerlo:

Poemas cuya esencia reside en advertir vida en el aire y ofrecerle un espacio en que nacer, no en describirla cuando ya se ha ido, ni en simularla cuando no aparece, y cuya técnica está, más que en cualquier oficio u estructura, en prepararse para lo espontáneo: en abrir el lenguaje, el cuerpo y la memoria al tacto breve y súbito de la imaginación.

No solo el título de una de las partes en que se divide este poemario, “poemas para ser pintados”, nos regala una imagen muy descriptiva de la labor creativa de este autor al que uno se imagina como uno de esos artistas japoneses de la caligrafía o aquellos que pintan paisajes con pinceles de un solo pelo, prodigios ambos de estética, delicadeza y elegancia. También nos regala el autor una nota final en la que nos explica en que tradiciones literarias concretas de China y Japón se inspira la estructura de muchos de sus poemas, como si la emoción que ha nacido en el lector al final no fuera suficiente, como si los poemas no le hubiesen dejado huellas indelebles y luminosas, descubre que, además, constituyen un interesantísimo y muy meritorio ejercicio intelectual de homenaje a una tradición ajena que asimila y traslada a su propio imaginario. Las hogueras azules son más que un poemario, son todo un ejemplo de brillantez y honestidad.

Si no fuera así, si el poeta simplemente plasmara en palabras su mundo creativo sin rendir tributo a los clásicos que admira, si se limitara a emocionarnos en lugar de enseñarnos, habría sido suficiente, claro, pero es valiente y digno de aplauso que haya elegido el camino más complejo. Permítanme que, desde la admiración, me quede con esa dimensión vital de los poemas, tan llenos de la vida que uno contempla, de los detalles que se vuelven verso cuando uno los mira con atención, de esa belleza que cabe en una gota de agua y al mismo tiempo llena el mundo.

He descubierto al fin que la alegría
consiste en no creer:

la vida basta.

Solo puedo imaginar lo complejo que debe ser destilar la esencia de las imágenes tanto que su belleza quede contenida en unos pocos, muy pocos, versos y que el lector descubra que le encanta algo en lo que no había caído hasta que lo miró a través de los ojos de un poeta. Generalmente precisamos de aparatos narrativos mucho más complejos, cuando no artificiosos, para contar aquello que queremos transmitir. Lograr hacerlo en tan pocas palabras me parece de un mérito extraordinario.

Se marcha, iluminando
huellas, la última
luna del mes.

No todos los poemas son esos pequeños titanes de apariencia frágil (no hay nada más hermoso/que ser frágil/en un mundo infinito) tan cargados de vida, hay otros que beben de otras tradiciones, pero todos ellos tienen en común, además de su compromiso con la belleza, su actualidad. 

Las hogueras azules se divide en cuatro partes: “prosopoema de una gota de lluvia”, “poemas del paso del tiempo”, “Haibun” y “poemas para ser pintados”, que presentan diferentes estructuras e influencias pero sin embargo hay una sensación de coherencia enorme en este poemario, tal vez porque al igual que el autor es capaz de trasladar a su propio mundo las influencias que lo inspiran, el lector hace suyos los poemas y se transforma en un territorio fértil para la poesía, como la gota de agua lo es para la vida.

Permítanme terminar con las palabras del autor, con las de un poema del que nace el título del poemario porque me siento tremendamente identificado con lo que dice y lo suscribo sin dudarlo:

Amo escribir,
las hogueras azules
del lenguaje

confortan.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

Por Andrés Barrero

Colaborador de Librosyliteratura desde 2011 y autor de la novela Todo el mundo odia a Yoko Ono, Lento y El nombre de Berta, pese a que se considera fundamentalmente escritor de cuentos. Y de Huelva. Cuando oye "peste, carbunco y rabia" sabe muy bien que contestar, pero su trochería predilecta para definirse es hacerlo como tolstoiano no practicante.

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