Olimpia

Reseña de la novela “Olimpia” de Laura Mas

Son muchas las biografías (noveladas y sin novelar) que podemos encontrar sobre la mítica figura de Alejandro III de Macedonia, hegemón de Grecia, faraón de Egipto y Gran Rey de Medina y Persia; pero pocas las que se refieren a su padre Filipo (que dio comienzo a la gran expansión de Macedonia) o de su madre Políxena; pero afortunadamente, con Olimpia de Laura Mas, podemos quitarnos esa espinita clavada y añadir luz e información sobre los progenitores de Alejandro el Grande, o Alejandro Magno.

Cierto es que si hacemos caso a lo que cuenta la leyenda, Filipo no era el progenitor de Alejandro, sino que fue el propio Zeus el que, adoptando la forma de una serpiente, dejó embarazada a Mírtale (nombre elegido por Políxena cuando contrajo matrimonio con Filipo), pero eso es algo que no necesitamos demostrar, porque la fe mueve montañas y Alejandro las superó todas bajo la creencia de que era un semidios, como Aquiles, su gran ídolo.

Olimpia es la demostración de que una madre hace todo lo que sea necesario para procurar el bienestar de su hijo, en su caso, para que sea Rey y se convierta en leyenda. Leer su historia torna aburridas las monarquías modernas, porque ya me dirás tu a mí qué clase de intrigas palaciegas pueden resultar interesantes hoy día comparadas con las que se traían entre manos las 5 mujeres que Filipo llegó a tener.

La novela de Laura Mas, editada por Espasa comienza con la muerte de Alejandro en Babilonia y la forma en que Olimpia, desde el palacio real en Pela, lo siente y lo padece. Decían de ella que era una hechicera porque dormía con serpientes y gustaba de conjuros ajenos a sus deberes religiosos que como primera esposa tenía. Tampoco hizo grandes amigos en la corte, ya que a su llegada, la que fuera la favorita y madre del hijo varón de Filipo, fue relegada y su retoño quedó en barbecho ante la perspectiva de un embarazo de la joven Políxena.

Tenía 16 años cuando Olimpia se casó con Filipo y en menos de una década pasó de desear su llegada al lecho conyugal a desearle la muerte:

“Cuando Alejandro tenía dos años, un hábil arquero perforó el ojo derecho de mi esposo en una batalla, y desde entonces para mí no era más que un miserable tuerto al que despreciaba profundamente”

Para Olimpia (nombre que adoptó al nacer Alejandro, sí, lo cambió bastantes veces) el mundo giraba alrededor de su pequeño Aquiles, él era su razón de vivir; estaba convencida de que Zeus los había elegido para que extendieran el Olimpo en la tierra y procuró durante toda su vida cumplir ese deseo divino.

En esta novela no vas a leer sobre las múltiples batallas que ganó Alejandro ni cómo lo consiguió, aquí vas a ser testigo de lo que su madre hizo para que llegara al trono. Narrada en primera persona, nos cuenta cómo se salvó de milagro de morir envenenada, cómo lidió con los rumores de infidelidad, cómo arrasó con los posibles contrincantes de su hijo, cómo fue acusada de maldecir o envenenar al primogénito de Filipo y de “volverlo tonto” (como afirman en el libro), y cómo aguantó los abusos de un marido ejerciendo sus derechos conyugales. Separada de su hija Cleopatra cuando Filipo la casó con el hermano de Olimpia, supo que ya sólo era una cosa innecesaria para Macedonia y para su propio marido y, a partir de ahí, ya nada pudo pararla.

Me ha gustado leer Olimpia, está narrada de manera sencilla, clara y amena. No te aburre ni con batallas ni con intrigas innecesarias, te cuenta lo necesario para que te enganches a una figura que ya traía consigo una larga estela brillante y te invita a conocer más sobre ella. La novela termina donde empezó, con la muerte de Alejandro, pero lejos de amedrentarse con la pena, la mujer que ha dejado de ser madre, se convierte en abuela y debe luchar ahora por los derechos al trono de su nieto.

Desconozco si Laura Más tiene la intención de continuar la historia con una segunda novela que nos cuente lo que ocurrió después; si es así, bienvenida sea, y si no lo es, que se lo vaya planteando porque necesitamos un poco más de Olimpia, ya que he de reconocer que irremediablemente,  he caído bajo su hechizo.

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