
Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo

Levanto la cabeza despacio, tras cerrar Las legiones malditas, de Santiago Posteguillo. Me froto los ojos, agotados pero felices. Miro a mi alrededor: un hombre juega al Tetris en uno de los ordenadores que la biblioteca del barrio pone a su disposición, otro revisa el Facebook, una chica más allá chatea mientras sus apuntes escolares duermen a su lado. El del Tetris pierde por cuarta vez y como sintiendo que lo observo, se gira y me mira; ve entonces a un chico frotándose los ojos, agotado, estirándose y con un libro gigante a su lado, cerrado. Entonces confunde mi cansancio con aburrimiento y sonríe como pensando que jamás siquiera comenzaré a leer ese libro tan grueso, que debe tener unas 800 páginas.
Qué confundido está: si supiera que en realidad estoy agotado porque vengo de pelear contra Aníbal, comandante en jefe del ejército cartaginés.
Y no solo eso, sino muchísimo más: ayer asedié la ciudad de Utica (nos costó mucho), antes de ayer llegué a las costas de África y la semana pasada tuve que soportar la humillación de Quinto Fabio Máximo, quien en el senado se negó, una vez más, a ayudarme con los refuerzos necesarios para, tras tantos años de guerra, derrotar a Aníbal, el peor enemigo de Roma.
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