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Un chico y su perro en el fin del mundo, de C. A. Fletcher

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Los apocalipsis tienden a molar. Eso ya lo sabían los antiguos, en concreto un tal San Juan que supo ver el potencial de meter en el éxito de ventas coescrito a varias manos cuatro jinetes, siete sellos, siete trompetas, mares rojos, putas babilónicas, bestias, anticristos, muerte y destrucción y muchos numeritos (666, 616) para jugar a descifrar significados ocultos para que cuando llegara Dan Brown hiciera una secuela. Todo un visionario.  Decía que los apocalipsis tienden a molar siempre y cuando no te toque vivirlos, ¿verdad, 2020? (aunque no estaría mal vivir uno de esos en los que hay poquísima gente y puedes hacer lo que te salga de las pelotas y tener toda la ciudad para ti, sin filas, sin riesgo de perder la vida, sin malas formas,… en definitiva, sin incordios de esas cosas que tienen forma de persona. Apocalipsis social. Voto por ese).

Pues bueno, si me voy a ver metido de lleno en un apocalipsis me gustaría que mi perro me acompañara y eso es lo que pasa en este libro.

Estamos en un futuro (cien o ciento cincuenta años adelante) en el que la población ha descendido bruscamente. El nivel del mar ha subido y los supervivientes que quedan, que no se sabe cuántos son, son poquísimos. Tampoco se sabe porqué, circularon teorías, pero la gente dejó de poder tener hijos. El mundo se volvió estéril. Fue el Baby Antiboom. Por supuesto, no hay electricidad y todos los conocimientos asociados a la tecnología se han perdido. Los libros solo son útiles si son capaces de enseñar algo relacionado con la supervivencia en cualquiera de sus facetas. Nada de narrativa, poesía, cuentos ni literatura en general.

“… en el lugar donde crecí no teníamos tiempo para dioses. Dios había dejado de existir, los dioses habían dejado de existir, igual que todos vosotros dejasteis de existir. Ahora los dioses no son más que historias. Bar me contó que de todos modos lo habían sido siempre. Historias para dar sentido a las vidas de quienes querían que otro tuviera cuidado de ellos, en vez de trazarse su propio camino”.

Nuestro prota, Gris, vive en una isla con sus padres, sus dos hermanos y sus dos perros. Viven aislados. Tienen una familia vecina, dos o tres islas al norte (o al este, o al oeste, ¿qué más da?) con la que muy de vez en cuando hacen algún intercambio o se ayudan a hacer algún trabajo, y ese es el mayor contacto que tienen con el exterior.

Y todo es más o menos pacífico, con algún accidente puntual, pero viven felices. Hasta que llega a su isla un viajero.

“No te fíes de nadie que te cuente buenas historias. Al menos mientras no sepas por qué te las cuenta”.

A partir de aquí no cuento más porque sería destrozar la sorpresa (este libro tiene unas cuantas), y además el propio autor se encarga de pedirnos, como Hitchcock con Psicosis, que todo lo que descubramos en la lectura quede entre él y nosotros. (Cosa que está de más porque es de auténticos cabronazos destripar finales y/o sorpresas).

La historia nos la cuenta Gris en primera persona, a modo de diario en un viaje que emprende por motivos más que justificados. A lo largo del viaje por las ruinas de nuestro mundo vamos a verle afrontar situaciones con astucia, conoceremos cómo cree que éramos, para qué supone que usábamos los edificios por los que pasa y los artefactos que va encontrando, y nos encariñaremos con él y con su forma práctica de pensar.

La historia es interesante en su conjunto, pero es cierto también que algunos tramos se me hicieron pesados, cansinos. No obstante, superado ese bache, la historia coge velocidad y toma carrerilla hacia un final que sorprende y que deja un buen sabor global.

Un chico y su perro en el fin del mundo es un libro que escapa de los apocalipsis fantásticos con zombis a lo Walking Dead o vampiros a lo Rojo o Soy leyenda o buscavidas a lo Mad Max. Es un fin del mundo bastante más realista, con las consecuencias del cambio climático y otros desastres provocados por nuestra especie y centrado en lo que podría suceder de aquí a poco tiempo. El tráiler lo estamos viviendo ahora mismo.

Entretenido, emocionante y angustiante por momentos. Un libro que merece la pena y gustará a los amantes de la buena ciencia ficción.

Por Diego Palacios Marxuach

Hijo de puta, cabronazo, perro y agilipollado son palabras que encontrarás en sus reseñas. Aquí se publican opiniones de libros sinceras, pero nadie dijo que estas tuvieran que ser políticamente correctas. Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo, odia los adjetivos superlativos y lee todo lo que incluya violencia, humor negro y perros. Con filia a los cómics y fobia a la novela mediática. Por lo demás, un chico normal, amigo de sus amigos y mierdas de esas.

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