Cosas que los nietos deberían saber

Reseña del libro “Cosas que los nietos deberían saber”, de Mark Oliver Everett

Cosas que los nietos deberían saber

Pues yo creo que el asunto estaría más relajado sin tantas charlas Ted, o como quiera que se llamen. Sin tertulianos, por ponerle a usted un ejemplo más de aquí. Sin los melancólicos auguradores de la radio o la televisión. Y esos otros, los adivinadores del futuro. Catedráticos de algo todos ellos, parece ser. Y qué decirle de esos que cogen los lemas de Photoshop que pululan por internet y se hacen con ellos un libro (o algo que se parece a un libro). Gente así, ya me entiende usted. Charlatanes. Todos con muchos y siniestros ores y enes y que quizás también necesitan de vez en cuando una pastillita para poder dormir. Pero ellos, que han leído a Coelho, hacen yoga y cayeron y se levantaron una y mil veces, ellos son seres de luz. Y de ideas fijas, igual que Moisés. O que Adolf Hitler.

No obstante, le recuerdo que, como todo lo que suelo escribir aquí, esto solo es una opinión y, justamente por eso, lo que acabo de decirle no tiene la menor importancia. Y, desde esa misma perspectiva, tampoco tiene la menor importancia lo que puedan decirnos todos estos chamanes y liberales que nos acosan con sus mensajes de vida y éxito, ni tampoco, siguiendo con la misma regla de tres, lo que nos dice Mark Oliver Everett (líder de Eels, una banda estadounidense de música indie-rock que lo petó sobre todo en los años noventa) en sus ya famosísimas memorias tituladas Cosas que los nietos deberían saber. Un libro diferente y especial que los amigos de Blackie Books han reeditado (fantásticamente, por cierto) unos cuantos años después (diez, ¿verdad?) de aquella primera edición, buscando celebrar por todo lo alto una lectura única que para ellos justifica la existencia de toda una editorial. Ahí es nada. (¡Y feliz aniversario!)

Y llegados a este punto, ¿qué diferencia hay, entonces, entre el mensaje de Everett y el de (ponga aquí el nombre del profeta/orador/trolero que usted quiera)?

Pues creo que este mensaje tiene una cosa que marca la diferencia y que, por supuesto, hace que el libro sea una fabulosa lectura para la vida (si es que usted quiere tomárselo todo tan en serio): la honestidad de la voz de Everett al relatarnos su historia. La de un tipo al que sus experiencias vitales (la mayoría de ellas trágicas hasta decir basta) le han demostrado, y aun habiendo alcanzado enorme éxito y reconocimiento mundial como músico de rock y esa abstracta meta de la felicidad con la que tanto nos machacan que, pase lo que pase, la vida (hay gente que lo llama destino) tiene siempre la sartén por el mango, pero también que mientras hay vida quizá no haya mucho más, pero sigue habiendo vida. Y eso ya es mucho haber, ¿no cree usted?

Esa voz sencilla, desprovista de grandilocuencia, cursilería y apariencia (llena de mala baba e ironía también) y con la que Everett nos cuenta su tragicomedia particular y los entresijos del mundo de la música, con la que nos dice “venga, no me vengas con milongas que todos sabemos que esto es de locos pero, qué quieres que te diga, todavía estoy por aquí”, ese simple mensaje (y más tratándose de las memorias de un simple músico de rock), vale más que cualquier payasada puesta de moda y convertida en teoría vital interesada.

A Mark Oliver Everett (o E., como se le conoció mundialmente en el ámbito artístico musical) le dijeron un día aquellos que le conocían bien que contar en un libro la historia de su trágica vida (plagada de muerte y desgracias aquí y allá que le dejarán a usted tirado como una colilla) y de cómo consiguió superarlo y convertirse en un músico de rock de enorme éxito mundial, podría inspirar a alguien en alguna parte del planeta. Y así fue, por supuesto. Porque este libro es inspirador. Pero yo creo que Everett lo tuvo siempre claro y sabía de sobra que aquellas cosas no se superan nunca, que no hay fórmulas ni verdades absolutas que le marquen a un el camino de la felicidad o el éxito, que uno puede llegar a algún sitio o no llegar nunca pero que, si finalmente se decidía a contar algo, sería con otro objetivo y desde otro punto de vista.

Y esas cosas sencillas que nos cuenta E. son, precisamente, las Cosas que los nietos deberían saber (o al menos, algunas de las que yo les contaría a los míos, si un día tienen a bien existir y otro día se ponen a tocarme las narices con preguntitas trascendentales).

Aunque, pensándolo mejor, quizá lo más inteligente (y coherente) sea regalarles este fantástico libro de música y de vida y dejarse de mamonadas. Porque, imagínese usted la escena (y abro comillas):

¿Qué es la vida, abuelo Jota? Pues andar y seguir andando, chico. ¿Solo eso? Nada más y nada menos. Hasta que se te paren las piernas. ¿Y entonces? Entonces nada, majo. Nada de nada.

(Y cierro comillas).
 
 

Deja un comentario