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Moravia, de Marcelo Luján

Moravia

MoraviaSonaba Gardel por el equipo de música de aquel café argentino de Lavapiés donde desayunaba. Un equipo de música moderno incapaz de restarle ese sonido mono tan característico de un viejo tango. Mi Buenos Aires querido se confundía con el chocar de vasos y platos, las voces de los habituales apoyados en la barra y el aroma del café. En la calle, unos perros ladraban. Ya sabía qué libro quería leer.

A veces, circunstancias ajenas a la literatura te llevan de la mano a elegir un libro como si alguien hubiera escrito que así fuera. Acontecimientos, en principio, sin conexión pero que cobran todo su sentido a medida que se van enlazando. El destino fijado, el inevitable desenlace y no poder escapar de él, es el rasgo principal de esta embaucadora novela que voy a presentar.

Moravia, de Marcelo Luján, tiene el rumor de un tango amargo y el tinte doloroso de las tragedias griegas. Un relato que, por su fuerza descriptiva del Buenos Aires de 1950 y el desarrollo de los personajes, te apresa y te libera a partes iguales, te acaricia y te golpea con rabia, te deleita con la melodía de un bandoneón para después abandonarte desnudo frente al dolor. Todo en una novela de menos de doscientas páginas. No necesita más su autor para demostrar que el reconocimiento recibido por su última obra, Subsuelo, no fue gratuito. La riqueza lingüística de este texto, con la mezcla de sabores y colores de Argentina, Nueva Orleans y la antigua Checoslovaquia, le dan mayor vida a un relato de bellísima trama.

Así, la historia sucede en febrero de 1950. Juan Kosic, ahora un famoso bandoneonista, regresa a su Buenos Aires natal que tanto le decepcionó quince años después de haberla abandonado. Junto a él, viajan su esposa y su hija. Juan Kosic lleva dos cosas como equipaje: un maletín lleno de dinero y el rencor de demostrarle a su madre que en Nueva Orleans triunfó en aquello que ella tanto le negó y que fue motivo de su separación y huida de Argentina, la música.

Para ello, idea un plan: ocultará su identidad y se presentará en la pensión que regenta su madre junto a su hermana en Colonia Buen Respiro, un pueblo perdido de La Pampa. Allí, se hará pasar por turista adinerado, acomodándose incluso en una habitación, esperando a desenmascarar la verdad y vengarse por tanto dolor y burla sufridos en el pasado. Un suceso trágico hará cambiar por completo el camino de los acontecimientos.

La maestría del relato de Marcelo Luján reside en la estructura de tragedia griega que ha conseguido crear: desde un coro en la figura de los perros que custodian la pensión de la madre y que anuncian con sus ladridos el desenlace, hasta el sabor edípico que deja en los labios esta amarga novela. No es hasta el final cuando se desencadene la catarsis trágica excepcionalmente trenzada por Luján.

También, cabe citar la influencia que ha tenido en el autor un fragmento de El extranjero de Albert Camus que ha guiado el desarrollo de esta historia. Valiéndose de aquel extracto, ha escrito una obra dividida en dos actos: por un lado, la llegada al puerto de Buenos Aires del trasatlántico que llevó a Juan Kosik y Lidia, su esposa, de Europa a América. Ahí, a través de sus recuerdos, se muestran los pasados de cada uno. Todo aquel pasado que no eran más que eslabones que forjaban el destino de sus protagonistas. En el segundo acto, se desarrolla la acción en el tiempo presente en Colonia Buen Respiro, el pueblo natal de Juan Kosic: el eterno viaje en tren hasta el pueblo, ocultar su identidad ante los habitantes, presentarse en la pensión, lo que allí sucedió.

Moravia, cuyo título hace mención a la ciudad checoslovaca desde donde emigraron a Argentina los ascendientes del protagonista, ha sido reeditada y puesta de nuevo en librerías por la editorial Salto de Página tras haber estado descatalogada en su anterior editorial. La crítica considera esta novela como género negro. Desligado por completo del relato policíaco, que no interesa en absoluto a su autor, lo principal del relato destaca en la negrura que subyace en el ser humano desde la fluidez; donde hay tiempo para pensar, para elegir, para reaccionar, y que, sin embargo, decide ejecutar la maldad. Una reflexión sobre la condición humana que también exploró en su siguiente novela Subsuelo.

Sin duda es una lectura que se hace imprescindible acompañarla de un viejo disco de Carlos Gardel. La música está presente durante todo el relato. Del mismo modo, deja también el regusto de las buenas películas de cine clásico. Porque esta novela se disfruta como tal: un plano en blanco y negro a bordo de un barco, la actriz mira por última vez alejarse el puerto de la ciudad de Buenos Aires, antaño, viviendo su época gloriosa; de fondo, un músico ejecuta una melodía con rumor de despedida.

«Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir esta pena sin ti.
Si ya me has muerto una vez, ¿por qué llevaré la muerte en mi ser?» (Rencor, de C. Gardel)

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El porqué del color rojo, de Francisco Bescós

el porque

el porqueNo mentiría si dijera que uno de los motivos que me hicieron querer leer este libro fue que transcurriera en mi tierra. Es más, fue un motivo de bastante peso aunque la balanza tras conocer la sinopsis ya se inclinaba totalmente hacia su lectura. Pero eso, la localización, fue el golpe de gracia que hizo que el libro pesara una tonelada.

Y no podría haber acertado más.

Si vas a situar una novela en una comunidad autónoma en la que todo o casi todo gira en torno al vino y su mundo, una comunidad en donde casi a diario se organizan catas, presentaciones de nuevos vinos y/o libros sobre el vino, en donde las bodegas diversifican su actividad gracias al enoturismo, se publican tesis universitarias para la mejora de la uva o se invierte e investiga en el estudio de nuevos métodos de fermentación, se abren y cierran plazos para solicitar ayudas para exportar  a terceros países, se pleitea contra denominaciones de idéntico nombre al otro lado del charco o contra zonas limítrofes que quieren acogerse a tu denominación, se organizan meses y mesas de actividades gastroculturales con concursos fotográficos, de pinchos y de todo lo que se te pueda ocurrir; una comunidad en donde todo es algo con vino, vino con algo o vino con vino;  vino, vino y más vino, siempre, ¿qué menos que ambientarla en plena vendimia, cuando el jaleo es aún mayor y el vino huele nada más salir de casa? (Es una hipérbole, copón, el olor no llega a tanto).

Dicho y hecho, en vendimia y en La Rioja Baja es en donde vamos a movernos. Y como en vendimia hace falta mano de obra, los viñedos se llenan de mano de obra extranjera, principalmente rumanos, pero también albaneses, portugueses y europeos del este.

Pero vayamos al grano, y no al de uva. Todo comienza cuando en el cuartel de la Guardia Civil de Calahorra se recibe una llamada avisando de la aparición del cadáver de un temporero en un viñedo. Lo lógico es pensar que es un temporero ilegal a quien la mafia obliga a trabajar para pagar una deuda. Sin embargo, no va a ser tan fácil. Bajo la, en principio aparentemente evidente solución, se van destapando asuntos a cuales más turbios: yihadismo, ETA, tráfico de personas, las presiones de un juez amigo del bodeguero dueño del viñedo en el que ha aparecido el cadáver que no quiere que se le echen los perros, pistas falsas y sombras inesperadas y muy muy largas.

Los picoletos protagonistas de resolver el caso nada tienen que ver con esa otra pareja ideada por Lorenzo Silva, Vila y Chamorro. A los de Silva ya los conocemos y les tenemos cariño, pero actúan principalmente en pareja. En El porqué del color rojo,  el protagonismo oscila entre el liderazgo de la teniente Lucía Utrera, alias La Grande (que no La Gorda, quien además acaba de ponerse a dieta, para desgracia de sus subordinados) y un reparto equitativo del peso del libro entre los miembros del cuartel, incluido el marido de Lucía. No son ni mejores ni peores  que Vila y cía. Son distintos y no hay que hacer comparaciones porque no viene al caso.

“Lucía piensa en un cojonudo, en un tío agus, en un champi. Nota cómo se le humedece la parte inferior de la lengua.”

Como digo, el libro tiene un protagonismo muy coral y, al margen de la investigación en sí, conoceremos detalles personales de cada uno integrados hábilmente en el meollo principal: el pasado de Lucía en el norte, lo fascinado que Ramírez está con su novia Elsa y lo poco que puede concentrarse en estudiar, los escarceos con la droga de los más jóvenes, los gustos frikis de la cabo Artero; las anécdotas del padre Borobia, (un cura exboxeador que a la mínima se pone de mala hostia y blasfema y con quien, por cierto, me descojoné con aquella en la que se saca la chorra en el altar delante de dos viejas pesadas)…  Detalles todos estos que van a dotar a los personajes de una impresionante fuerza tridimensional que ayuda y mucho a meterte en el mundo propio de cada uno y a comprender su actuación global en la historia y las interacciones entre ellos.

No obstante, a pesar de las múltiples voces, el grueso de la investigación lo llevan Lucía, Ramírez y el padre Borobia. Estos, bien juntos, bien por separado, van a moverse más que Willy Fog con bonobús y nos llevarán de Calahorra a Aldenueva de Ebro,  Rincón de Soto, de Logroño, otra vez a Calahorra, Pathfinder arriba, Pathfinder abajo… según vayan necesitándolo y según vayan tirando del hilo criminal.

“No sabes, niño, cuántas mentiras hay que contar en este trabajo para obtener una sola verdad”.

El porqué del color rojo es, estructuralmente hablando, perfecta. La alternancia de los puntos de vista de cada uno se sucede con la precisión necesaria. Las diversas tramas van enlazándose como ruedas dentadas de un mecanismo perfectamente engrasado y logra hacerte ver cómo se desarrollan las pesquisas de la Guardia Civil en la vida real.

Y lo primordial: el argumento engancha que da gusto y ya desde el principio, con esas reflexiones sobre las cucarachas en Madrid, tan tan tan de novela negra clásica, (y otras tantas perlas repartidas por el libro) es imposible dejar de leer.

“…ningún ser humano sobrevive a lo que no sobrevive una rata”

Personajes artesanalmente elaborados, creíbles, que se pueden tocar;  historia absorbente, lectura ágil y un final que me ha dejado con el culo torcido porque para nada me esperaba, hacen de El porqué del color rojo una novela que dará que hablar este año y que recomiendo sin dudarlo. Y da igual que la novela ocurra en La Rioja. Podría haber ocurrido en cualquier otra zona vitivinícola de España y seguiría siendo igual de excelente. Para mí Francisco Bescós es ya otro gran autor al que no perder la pista.

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Manual de autoayuda, de Miguel Ángel Carmona del Barco

Manual de autoayuda

Manual de autoayudaHay cuentos y cuentos; la variedad es tan grande como la de escritores, pero, en general, se pueden dividir en dos clases: los que son como novelas en miniatura, con una estructura canónica de inicio, nudo y desenlace; y los que son como fogonazos, como destellos de una luz súbita y penetrante, como de fluorescentes destellando entre estación y estación de metro en un viaje a oscuras. O como vistazos rápidos, de ida sin vuelta, de los pasajeros con los que compartimos vagón. En ellos nos fijamos todos durante nuestros trayectos solitarios. Los observamos y nos vienen a la mente imágenes, sensaciones, incluso vivencias o ecos de vivencias que hemos tenido y recordamos vagamente pero que en ese momento atribuimos a esas personas que permanecerán fuera de nuestro mundo para siempre. Pueden llegar a ser sensaciones muy vivas, con muchos visos de realidad.  Porque siempre que nos cruzamos con alguien, inconscientemente nos preguntamos: ¿quién es esa persona?

Algo así, una experiencia parecida a ese viaje en metro rodeados de sugerentes desconocidos, es la lectura de Manual de autoayuda, primer libro de relatos -que no primer libro publicado; ése fue en 2013- de Miguel Ángel Carmona del Barco.

También se me viene a la mente otra reflexión: la de que “normal” es un programa de lavadora (o puede que ya ni eso, no lo sé; la lavadora de mi casa no es de la última hornada, que digamos), pero no una tipología humana. Todos somos normales, lo que equivale a decir que nadie es normal. Cada uno es un individuo y un mundo en sí mismo. Se podrían escribir tantos cuentos como personas hay y ha habido sobre la faz de la Tierra, y todos serían diferentes y encerrarían algo desconcertante, algo inquietante, algo misterioso, quizá también algo terrorífico y, sin duda, en la mayoría de los casos, también algo entrañable o conmovedor. Los personajes que cuentan sus historias (pues siempre es una narración en primera persona) en Manual de autoayuda pueden parecernos desequilibrados, con graves carencias, enfermos de soledad, desamparados, locos, caídos en desgracia hasta extremos casi irrisorios ­-de esa forma en que los extremos, tragedia y comedia, se tocan-, pero, desde el momento en que empezamos a oír su voz y la imaginamos tan bien modulada y tan serena como pudiera serlo la nuestra hasta el momento en que muestran claramente sus cartas, son como cualquiera, son como nosotros: tan incompletos como cualquiera, tan desamparados como cualquiera, e igual de indecisos entre la cordura y la locura como pudiera estarlo cualquier persona corriente.

Los relatos -las autobiografías, o los retazos de autobiografía- que componen Manual de autoayuda son momentos en la vida de sus narradores. Momentos decisivos, tal vez, o momentos iguales al inmediatamente anterior y al posterior, pero que por sí solos definen perfectamente y sin resquicios a sus protagonistas. Unas pocas páginas bastan para desnudar y ofrecer al observador el alma del personaje. Hay en todas esas vidas algo que -es claro- no funciona, pero ese algo no es necesariamente visto como un motivo de crisis o un problema que pide urgente solución, sino como algo que forma parte del paisaje habitual del personaje. Las crisis pierden su agudeza, se convierten en llanuras que no por ello, sin embargo, carecen en absoluto de interés dramático y humano. En ese sentido, uno diría que, al terminar el relato, las vidas de esos personajes podrían seguir exactamente igual que como lo hacían al comienzo, y que en realidad hemos estado espiando un diario íntimo o una conversación privada. Para estos personajes, pues, las carencias, los problemas graves, los cambios mal recibidos o no deseados, no funcionan necesariamente como acicate para el cambio. Ellos son así, son tal como se nos muestran a los lectores. Son personajes que buscan quienes los escuchen, no quienes los juzguen.

A pesar de esa naturalidad, en cada una de estas historias late el misterio, el acertijo. Se establece un juego con el lector, en el que casi nunca el lector tiene desde buen principio la información que necesita para saber qué tipo de historia está escuchando. La información nos llega muy bien dosificada y, en no pocas ocasiones, disfrazada de otra cosa o solapada, muy bien envuelta entre palabras, de forma que casi no sabemos que sabemos hasta que llega el final del relato y entonces nos damos cuenta. O no; o nos quedamos mirando el punto final con la certeza de que hemos leído demasiado rápido, hemos dado por sabidas algunas cosas y debemos volver atrás. O bien nos preguntamos si lo que hemos leído era una descripción literal o una metáfora: ¿era ese personaje tal personaje o representaba algo más (la muerte, quizás)? El hecho de que no haya respuestas y de que puedan surgir incluso más preguntas a cada lectura hace que ésta sea no menos, sino más emocionante, más estimulante y más gratificante. También existe una curiosa satisfacción -o al menos así ha sido para mí- en la buena selección de detalles curiosos que se nos comunican acerca de algunos personajes secundarios. Son personajes de los que no volvemos a saber nada más pero que, paradójicamente, pueden llegar a interesarnos más que los protagonistas. ¿Quiénes y cómo son Sebastián, Julia Reynolds, Balmes, Eric, Martín, Paula, el abuelo de Yurena?  Son esos personajes secundarios en los cuales intuimos también una historia propia; en algunos casos, se nos ofrece una pincelada de esa historia. Pero, aunque no lleguemos a saberla, es notable el arte de Miguel Ángel Carmona del Barco al dibujar a esos personajes, que también importan mucho, y, en ocasiones, condicionan y deciden la suerte del protagonista al cabo de esas páginas.

Las de Manual de autoayuda son narraciones sorprendentes, excepcionalmente bien escritas. Estamos oyendo la voz de un autor con una voz propia muy bien definida, muy segura de sí misma. Un autor que cuenta historias que sorprenden, que atrapan, que embrujan; algunas, de corte más convencional; otras, más insólitas, que obligan a recapacitar y a preguntarnos sobre el sentido de lo que acabamos de leer. Hay momentos de compasión, momentos de ironía, de surrealismo, de thriller, de onirismo, de poesía. De todo hay en las vidas variopintas de estos personajes, unidas por un tono común, una suerte de destino común que podemos intuir más allá del final de cada historia, un final que, en varios casos, no se siente como final.

Manual de autoayuda es un libro diferente para lectores que buscan experiencias lectoras fuera de lo trillado. Y usted, Miguel Ángel Carmona del Barco… es usted bueno; es usted muy bueno.

 

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Subsuelo, de Marcelo Luján

Subsuelo

SubsueloLos que vivimos en la periferia de Madrid, a estas alturas de verano estamos ya al borde de convertirnos en un charco de sudor y evaporarnos al minuto en la freidora que es el asfalto y cemento madrileño. Apetece una piscina, un manguerazo en el patio del chalé de tus colegas o meter la cabeza debajo de una fuente. Apetece también cobijarse a la sombra de unos árboles en un parque fresco donde corra el aire y, una vez más, bañarse con las bocas de riego y los aspersores que encontremos encendidos. Una vez puestos en remojo, vuelta a la sombra del árbol y a coger el libro que tan interesante se adivinaba. El título reza Subsuelo.

La portada no puede ser más inspiradora. Un bosque de abedules donde cobijarse del extremo calor. Falta una piscina. Una piscina como en la que se encuentran los personajes de la historia.

Es verano. Los mellizos y un amigo disfrutan de una noche tranquila en la piscina de la parcela del valle. Como ellos, los padres, bebiendo y divirtiéndose en la casa, ignoran lo que sucederá en poco tiempo. Así. Un instante. Unas primeras páginas de vértigo. Intenso. No hay momentos para poder ir cogiendo cuerpo en el relato. Tampoco para avisar a los jóvenes de lo que va a ocurrirles porque así, su autor, Marcelo Luján, ha querido que sea. Nos avisa, nos indica el lugar que ocupamos como lectores y nos anticipa lo que va a ocurrir, algo que no podemos evitar, tan solo dejarnos llevar, pero no así a sus personajes. Ellos serán víctimas de un instante. Un trágico instante que lo cambiará todo.

La intensidad con la que arranca la novela no recae en ningún momento durante el relato. Recuerdos de la madre de los mellizos sobre aquella noche, de esa cena donde los chicos se sentaban en la piscina y los padres bebían y se divertían inconscientes aún a la tragedia, nos permitirá conocer más el instante antes del instante. Con la fuerza de las mejores obras criminales, también nos muestra el instante justo después del instante y todo lo que ello generó. La noche envenenada.
Y en el ahora, el rencor y la culpa tomarán posesión de los mellizos desarrollando la corruptibilidad de la mente humana y la negrura de ésta. La parcela de la villa, oculta entre abedules, será el escenario de la perfecta tortura emocional.

Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973) ha escrito su mejor novela. Sin más. Antes ya escribió La mala espera (Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra, 2009) y Moravia. Su novela Subsuelo acaba de recibir el Premio Hammet de la Semana Negra de Gijón 2016 entre otros muchos reconocimientos. En su narrativa es tema central el cómo un momento, un capricho del azar, puede romper la vida de una persona y hacer que las cosas más oscuras de su mente salten por los aires. En esta obra, de un estilo narrativo arriesgado, utilizando un discurso indirecto en el que la voz del personaje se intercala con la visión del narrador en diversidad de ocasiones, su lectura resulta de lo más entretenida. De esas que gusto en denominar juguetonas por la variedad de registros que encuentras entre sus párrafos.

Editada por Salto de Página, quedo gratamente satisfecho con la labor del narrador haciendo de estas lecturas algo más curiosas, y de cómo a través de su discurso, sientes la pesadumbre de sus personajes de una forma visceral, cercana y creíble. E incluso temor. Temor a cómo la mente de alguien pueda albergar tal cantidad de malicia como ocurre dentro de Subsuelo.

El título me gusta. Es directo. Intenso, como la historia. Hace referencia a esas raíces que se ocultan en lo más profundo de cada uno, que, producto de un instante, emergen mostrando su identidad. Metafórica y físicamente, las hormigas juegan ese papel en la novela, surgiendo en los momentos —esos instantes— que marcan lo más profundo y oscuro del alma humana.

La identificación con los personajes, sus vidas cotidianas y sus profundos sentimientos, son las bazas fuertes que ha creado Luján para su novela. Si a eso le añades una historia negra escrita con gusto y elegancia y una marcada personalidad en su estilo narrativo, tienes un magnífico libro para pasar un fin de semana —eso se tarda en leer— cobijado bajo la sombra de los abedules o sentado junto a la piscina.

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El costado derecho, de Francisco Bescós

El costado derecho

El costado derechoSabes que lo que que estás viendo no es real. O no puede ser real. ¿Seres grises de otro mundo toqueteando tus entrañas? No, eso desde luego no puede ser real. Es inquietante, pero no real. Les ves a todos, rodeándote, mirándote curiosos mientras tú estás tumbado en una camilla, lo sé, yo también puedo verles. También sientes cómo introducen sus dedos largos entre medias de los pliegues de piel que forman la herida, un horrible tajo, que han sesgado por debajo de las costillas, también lo sé, noto que se me revuelven las tripas, pero no, esto no es real. No debería serlo. A veces pasas tanto tiempo dormitando y cavilando dentro de tus propias fantasías que uno ya no sabe cuándo eso que ves puede desvanecerse como si fuera humo que intentas atrapar con tus manos o cuándo ese algo puede hacerte daño de verdad. Hablo del que duele, del que te deja una cicatriz de por vida. Es producto del inmenso poder de tu subconsciente trabajando a toda máquina mientras deliras. Sí, eso debe ser y no otra cosa. Ya has despertado. Seres grises…qué ingenuo. Oh, pero espera, ¿y esa cicatriz en el costado?

Valga esta interpretación libre en formato de relato breve que he inventado acerca de lo que he leído en las páginas de El costado derecho para dar inicio al comentario sobre esta fabulosa novela de alta calidad literaria y no menos estupenda muestra de corruptibilidad de su personaje protagonista. ¿Seres grises extraterrestres? He aquí el argumento:

Carlos Nogueroll despierta en un hospital escuchando las voces de los médicos. Han cometido una grave equivocación: le han extraído por error un riñón para trasplantarlo a otro paciente. A partir de ahí, todo cuanto tenía, su trabajo, su familia, su vida, se ha venido abajo o ha cambiado hasta parecer irreconocible. Las consecuencias de aquel fatídico error van a costarle muy caro, van a cambiar su vida de forma vertiginosa, casi demencial. Nadie le dice la verdad. O puede que se la estén contando y él no quiera escucharla. Su sinsentido existencial solo se ve cubierto intentando localizar al culpable de su desgracia, llegando a escuchar todo tipo de conjeturas por extravagantes que parezcan: conspiraciones, extraterrestres, tráfico de órganos…

Francisco Bescós, ovetense aficionado a hacernos pasar un buen rato de lectura opresiva, fue ganador en 2014 del Concurso de Relatos Policíacos de la Semana Negra de Gijón y su primera novela, El baile de los penitentes, fue también galardonada con el primer Premio de Novela Negra Ciudad de Carmona. El costado derecho es su segunda novela y no estará de más si es seleccionada en los certámenes de este año.
Además, también es publicista, y eso, se nota por fuera. Las referencias a elementos comerciales y populares que he encontrado en la novela consiguen dar más verosimilitud a la historia además de permitirme escuchar, mientras leía, las sintonías de algunos anuncios a los que hace referencia. Ha creado un relato complejo, pero no por su dificultad de comprensión, lo cual resulta todo lo contrario, sino por la abrumadora actitud y la corrupción de la mente que sufre el protagonista a medida que avanza la historia y la negrura que despierta en el lector. Bescós dota a su personaje de una profunda sensación de angustia permitiéndome casi hasta sentir su olor corporal.

Una de las bazas fuertes del relato es sin duda el modo elegido para ser narrado. Esta es una de las alegrías que me está dando la editorial Salto de Página, encargada de publicar la novela y que junto a otras tantas ya leídas, he podido comprobar que está apostando por un tipo de literatura más arriesgada (juguetona, como me gusta llamarla) en la que los distintos discursos y voces se mezclan, dotando a su lectura de una fuerte personalidad.

Una novela a medio camino entre el noir y la ciencia ficción. A ratos tenía la sensación de ir descubriendo el pastel de la trama, por así decirlo. El autor iba dejando ciertas pistas en las que yo, como lector y también aficionado al cine, ya me había topado en otro tipo de historias similares. Caí en la trampa. Francisco Bescós supo jugar con mis referencias cinematográficas o literarias para engañarme y llevar la historia hacia otro posible final el cual aguardaba con ahínco.

Una novela que no sufre de altibajos. Cada capítulo, magistralmente narrado —en ocasiones, con abundante riqueza léxica, en la que según otros relatos breves leídos del mismo autor, parecen marca de la casa— te acerca más a la angustiosa psique del personaje protagonista al que agarras desde la primera página para no soltarle hasta el final.

 

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Diástole

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“Diástole”, de Emilio Bueso

diastole

Hacía tiempo que quería leer algo de Emilio Bueso, un autor que se ha consagrado en el género de la ciencia ficción y del terror, como bien lo avala el hecho de ser poseedor de los premios Celsius y Nocte, y del que todo el mundo habla (muy) bien.

Tenía esa espina clavada decía, y por fin ha llegado el día en el que he podido sacármela. Aunque me temo que al arrancarla, no sé cómo, la espina se ha astillado y voy a necesitar más lectura de Bueso para curarme. Lo noto. Una fiebre  me invade y voy a necesitar sus libros como un yonqui a la heroína. Como un pintor a sus pinceles…

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Entrevista a Emilio Bueso

emilio bueso

Entrevista a Emilio Bueso, autor de “Cenital”

emilio buenoDescubrir un libro y que éste se te meta hasta las entrañas es una suerte que yo cuento con los dedos de una mano. Tener la posibilidad, además, de que el autor te conteste a unas preguntas es llegar a un nivel diferente para conocer los entresijos de lo que se mueve en el interior de la novela. Eso sucede tanto con su obra, Cenital como con Emilio Bueso. Novela y escritor han hecho que me pase días enteros pensando y reflexionando sobre lo que nos cuenta y deja para el lector esa sensación de necesitar mucho más para poder entender este caótico mundo que nos ha tocado vivir. Por eso me decidí a mandarle estas preguntas que ahora podéis disfrutar vosotros listas y contestadas para que, en cuanto salgáis por la puerta de casa, vayáis corriendo a comprar su libro.

Os presento a Emilio Bueso. ¡Disfrutad!

Antes de empezar la entrevista, nos gustaría saber tus hábitos como escritor:

1. ¿De día o noche? Soy incapaz de escribir de día, desde siempre.

2. ¿Un cigarrillo al lado Y el demonio al otro.

3. ¿El papel y la pluma han pasado a mejor vida? Uso un lote de componentes de software adaptados, y hasta hechos a medida. Varias docenas de diccionarios enlazados por una interfaz que los multiplexa y hasta un asistente creativo cargado de plugins que me ayuda a gestionar los datos que maneja cada novela y su estructura de trama y personajes. Compilo tracklists de muchas pistas para cada texto. Releo en una pantalla de tinta electrónica. Ya no me vale con un Scrivener ni con cualquier sistema operativo. Y todo ese monstruo me lo gestiona una única máquina, una burra de ocho núcleos, con sus tres teclados distintos. Mi mujer dice que mi despacho durante las fases de redacción parece un labo de la NASA.

A esta clase de cosas es a lo que me refiero cuando digo que me mi autoría me está consumiendo como a una colilla, a que a menudo no reparo en costes. En tecnología concretamente llevo años aplicando de lo bueno lo mejor. No soy capaz de escribir en un portátil de serie. Pruebo cada cachivache nuevo que sale y que creo que puedo aplicar para hacerme la escritura más capaz. Me tiene sin cuidado si algunos autores se apañan con el boli del camarero y una servilleta, yo para sacar un buen rendimiento tengo que andar hecho un puto cyborg.

4. ¿La inspiración llega por sorpresa, o sorprendentemente, siempre te pilla trabajando? Las mejores ideas me acuden mientras nado. Me tiro muchas horas en la piscina para concebir una historia. Al teclado sólo se me ocurren cosas secundarias.

5. ¿Quién es tu mayor crítico? Tengo el privilegio de contar con un equipo formidable de lectores de pruebas, que reúno específicamente para cada trabajo. Tras ellos me esperan como medio centenar de reseñas de todo tipo, medios y bloggers. Atiendo en cada novela y con atención las valoraciones de mucha gente exigente. Leo gracias a las alertas de Google casi todas las críticas que me caen y cuanto se dice en los portales del sector. Y sé que no debería… Supongo que mi problema es que algunas cosas de este rollo me las tomo muy en serio. Las críticas no son ninguna excepción.

6. ¿Qué personaje te gustaría que leyese tu libro?¿Cenital? Tyler Durden.

7. ¿Qué libro(s) estás leyendo ahora? Noctuario, de Ligotti.

8. ¿Qué libro guardas como el más valioso? Libros tengo demasiados y casi nunca releo, aunque les tengo un cariño especial a las obras que me metieron en esto. Ende, S.R. Donaldson, Lovecraft…

9. ¿Qué usas para marcar las páginas?Una tarjeta magnética que antes abría una puerta. No preguntes más.

10. ¿El mejor lugar para leer? El sofá de mi despacho. Está junto a la ventana, tiene encima un fantástico flexo, y delante un acuario de luz nocturna lleno de peces ciegos.

Y ahora que ya sabemos un poco más de tus hábitos como escritor, hablemos de “Cenital”.

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Cenital

cenital

Cenital, de Emilio Bueso

cenitalHuélelo. Es el olor de la mierda que nos sepulta a todos cada día. Y aun así echamos la vista atrás, como si no fuera con nosotros. Estamos al borde del colapso y lo único que hacemos – que haces – es mirar la pantalla, caminar por la calle, y decirte a ti mismo que esto no va contigo, que a ti no va a pasarte nada, que eres inmune a lo que dicen que va a pasar. Lo que no sabes es que ya está pasando, que ya no hay antídoto frente a lo que se avecina, y que lo que espera a la vuelta de la esquina es hambre, es putrefacción, es pobreza y hecatombe. Huélelo. Sabrás diferenciar ese olor porque es el que permite que tú comas, y que a la vez mueras de hambre, es el que te da la posibilidad de permanecer más joven aunque por dentro lo único que hagas es envejecer, o incluso es el olor de lo que te da calor pero que hará que se congeles cuando todo explote, cuando todo se convierta en escombro y no en hogar. Cenital es lo que sucederá, o lo que sucede, o lo que ya se ha instalado en nuestras realidades, pero nadie está dispuesto a admitir. Que la raza humana está destinada a desaparecer, que la única posibilidad es abrir los ojos, es hacer frente a la amenaza invisibles y muda que sólo intenta destruirte. Porque si al abrir la primera de estas páginas no te ves reflejado es que tienes un problema. Y si cuando acabes esta historia no has aprendido nada, lo siento, lo tuyo no tiene salvación posible. Ya estás defenestrado de este mundo.

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Libros y Novedades 185

Consummatum est

Boletín de novedades. Abril 2014 – 16

El hombre sin rostroConsummatum estEn las trincheras (edición especial)
El hombre sin rostro,
de Luis Manuel Ruiz
Consummatum est,
de César Pérez Gellida
En las trincheras (edición especial),
de Agustí Calvet, Gaziel

Una semana más, os presentamos una selección de novedades editoriales. En esta ocasión, hemos escogido tres libros que destacan por sus historias cargadas de suspense e intriga. Esperamos que disfrutéis con ellos tanto como nosotros.¡Felices lecturas!

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De Mecánica y Alquimia

DeMecanicaYAlquimia

De Mecánica y Alquimia, de Juan Jacinto Muñoz Rengel

DeMecanicaYAlquimia
Desde que cayó en mis manos me sentí cómodo entre su encuadernación, su formato y su portada. Y cual no fue mi sorpresa cuando al ir a la contraportada para indagar al respecto, resultó que la imagen que adorna la portada es de una fotografía tomada por el propio autor. Se trata de un detalle del famoso reloj de Praga que, a la postre, sirve como tema central para uno de los relatos que adornan este libro.
Y es que De Mecánica y Alquimia es un libro de relatos. De once para ser exactos. Y si hablamos de relatos, especialmente en lengua castellana, este autor malagueño aparecerá por arte de magia en la conversación. Se trata de un gran especialista en este tema, que ha sido ampliamente galardonado y que, salvo paso en falso, es una apuesta segura.

Dicho esto y para aquellos no habituados a este tipo de lecturas, daré un aviso a navegantes. Cada capítulo te puede transportar en el tiempo, otras veces en el espacio, y las más de las veces, ambas cosas al mismo tiempo. Y este libro no es una excepción. Aunque tiene cierta peculiaridad que lo distingue de otros libros de relatos: existe un puente entre las historias; una pieza de puzzle que quitas de aquí y encaja perfectamente un poco más allá para conformar un conjunto sólido.

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