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He visto un pájaro carpintero, de Michal Skibinski

pajaro

Es una obviedad lo que voy a decir, pero me la pela. No todos los libros son iguales. Hay libros que son para leerlos, para que te cuenten una historia, “gonita” o no; otros, y no me refiero a los libros de texto del colegio, son más didácticos (aunque es cierto que de casi todos los libros se aprende algo) y otros son meramente visuales. Los hay también dirigidos a un público adulto, a uno infantil… En fin, no voy a seguir enumerando a estas alturas de la película las diferentes categorías, que esto no es una clase de Biblioteconomía, ¡pardiez!

El libro que traigo hoy aquí es un poco de todo lo anterior sin ser nada de ello en exclusiva y, y… ¡es una Puta maravilla todo él! Pero Puta con mayúscula. Ya no hablo solo del contenido, sino de la cuidada edición con el lomo de tela, las guardas, la portada, las ilustraciones con acrílico a modo de gigantescos lienzos de color, el olor…

¿Y la chicha? ¿Qué decir de la chicha? Pues tiene mucha miga. Pero que mucha. He visto un pájaro carpintero es el diario superminimalista de Michal Skibinski, un niño polaco que tenía 8 años en 1939 y al que para pasar de curso le pusieron como deberes para vacaciones mejorar su caligrafía anotando en su cuaderno una frase diaria que contara algo que le hubiera pasado. Así de simple y así de breve. Pero dicen que más vale lápiz corto que memoria larga, ¿verdad? Que se lo digan a Javier Marías. Frases como “He ido a la iglesia”, “He ido al bosque con un amigo”, “Ha habido una tormenta horrible”, “Estoy esperando que llegue mamá”, es lo que vamos a encontrarnos página tras página escrito sobre gloriosos cuadros llenos de luz y alegres colores a doble página, en donde inconscientemente se barrunta que tanta tranquilidad suele preceder a cosas nada buenas.

Pero un momento… 1939, niño polaco… Sí. A medida que pasan los días, las ilustraciones se vuelven más oscuras y angustiosas (sin dejar de ser preciosas) y las frases dejan de describir las cosas típicas que Michal hacía en sus vacaciones y pasan a ser más del tipo “Ha empezado la guerra”, “Me he escondido de los aviones”, “Va a haber una terrible batalla”,… Es el inicio de la guerra relámpago visto y contado de manera concisa y precisa por un niño. Duele ver cómo  ternura y la inocencia de un pequeñajo se reflejan en unas frases tan sencillas y tan telegrámicas que además portan una carga tan desgarradora y terrible.

Michal ha conservado el cuaderno hasta hoy, y el niño de ocho años ahora tiene 89. Fulgencio Pimentel lo ha editado de manera primorosa convirtiéndolo en un artículo indispensable. Y lo es no solo por el hecho en sí de tener, de “poseer” el libro, sino por lo que se desprende de su lectura: un día estás de vacaciones, y al siguiente te encuentras metido de lleno, sin comerlo ni beberlo, en una guerra. Y quien dice una guerra, dice también una pandemia o un terremoto. La vida cambia en cuestión de horas y no somos conscientes de ello hasta que es demasiado tarde. Así que He visto un pájaro carpintero es un memento mori, pero también un carpe diem que pueden leer y disfrutar tanto niños como mayores.

Precioso, tierno, releíble, hipnótico…

Por Diego Palacios Marxuach

Hijo de puta, cabronazo, perro y agilipollado son palabras que encontrarás en sus reseñas. Aquí se publican opiniones de libros sinceras, pero nadie dijo que estas tuvieran que ser políticamente correctas. Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo, odia los adjetivos superlativos y lee todo lo que incluya violencia, humor negro y perros. Con filia a los cómics y fobia a la novela mediática. Por lo demás, un chico normal, amigo de sus amigos y mierdas de esas.

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