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Poeta chileno, de Alejandro Zambra

Cuando no he leído a un autor y voy por primera vez a adentrarme en alguno de sus libros, al acabar de leerlo se me abren tres posibilidades: 1. No me gusta y no leo al autor más. 2. Me gusta y compro (y leo) algún otro libro suyo. 3. Me gusta pero no lo vuelvo a leer. Seguramente esta tercera opción, la más rara pero también la más recurrente, para qué engañarnos, venga dada porque sí, porque me ha gustado y ya puedo decir que he leído algo de tal autor (o autora, claro), pero ya está, sin más. Digo esto porque son muchos, quizá demasiados, los libros con los que me pasa lo tercero. Y me pone contento que con otros, los pocos, me pase lo segundo (y que me pase las menos veces lo primero). Estoy intentando que cada vez más me pase lo segundo, que me gusten tanto que quiera seguir leyéndolos, y creo que voy acertando, aunque qué poder tengo yo para conseguir comprar el libro que me guste, ¿no? Pues eso, ninguno. Pero comento todo esto porque me ha vuelto a pasar, creo que lo estoy consiguiendo: ahora con mi primera incursión en Alejandro Zambra y su última novela, Poeta chileno, publicada por Anagrama en su colección Narrativas Hispánicas. Los libros grises de toda la vida.

No sé si a alguien más le pasa pero muchas veces vivo cosas a lo largo de los días que dura la lectura de un libro que están muy, pero que muy, relacionadas con lo que estoy leyendo. Al principio me daba un poco de miedo y poco a poco lo he ido asimilando, como si fuera una especie de peaje a pagar porque el libro me está gustando. En esta ocasión me sucedió que, escuchando el podcast literario de una radio catalana en el que se hablaba a fondo de la obra de Umberto Eco, el profesor especializado al que habían invitado hizo un ranking de sus libros favoritos del famoso semiólogo italiano y puso El péndulo de Foucault en primer lugar. Yo también lo hubiera puesto ahí. Hacía mucho que no pensaba en ese libro (difícil y tocho pero genial) y, al tener tanto rato para estar en casa estos días (recordar, para cuando sea leída esta reseña) que estamos confinados sin saber muy bien hasta cuándo), fui a buscar el ejemplar que tengo de esa obra, cayeron hojas de anotaciones e incluso páginas (la edición era tan mala que los pliegos se salían) y me puse a hojearlo. Hasta hice una foto y la envíe como tuit al perfil del programa. Pero, ¿por qué cuento este rollo? Pues simplemente porque hojeando el libro leí una frase que tenía subrayada que, aun breve, me sirvió para arrojar luz a lo que estaba leyendo esos días (y que me estaba gustando tanto): este Poeta chileno, de Alejandro Zambra. Por el final de la críptica novela de Eco, Causabon dice: «En la adolescencia todos escriben poesías, después los verdaderos poetas las destruyen y los malos las publican». ¿No es eso lo que le pasa al Gonzalo de Zambra? Vayamos a la trama.

En Poeta chileno, de 421 páginas, se nos presentan varias historias, todas unidas entre sí, tanto en vínculo personal como también geográfico, porque todo tendrá a Chile como telón de fondo. En la primera parte (‘Obra temprana’), conocemos a Gonzalo y a Carla, pero sobre todo a Gonzalo. Es un adolescente chileno en el Chile de los 90 que pasa los días con su novia reciente, Carla, en el sofá de casa de sus padres metidos los dos dentro de un poncho rojo para poderse tocar sin ser vistos por su madre. Gonzalo escribe poemas pero no los firma, o no sabe cómo, porque su nombre completo sería Gonzalo Rojas, y de ese ya hay uno, y mejor que él. En la búsqueda de un pseudónimo, Gonzalo va viendo que sus poesías son buenas, sí, pero quizá no tanto. Por lo menos según las reacciones y opiniones de Carla, que en esos momentos es el epicentro de sus poemas pero también de su vida. El noviazgo transcurre entre besos y tocamientos a escondidas con el objetivo de avanzar y consumar. A partir de ahí, cuando consiguen consumar su amor, cuando llegan a «la famosa, sagrada, temida y ansiada penetración», todo empieza a deteriorarse.

En la segunda parte (‘Familiastra’), Gonzalo ya es mayor, debe de estar por la treintena, y se reencuentra con Carla en una discoteca gay. Lo primero de todo, ninguno de los dos es gay. O sí, qué más da, pero lo digo porque es lo primero que dicen ellos. De la discoteca van a la cama y de la cama a convertirse en epicentro otra vez vital. Es ahí donde aparece Vicente, con quien nos iremos a la tercera parte de la novela. Vicente es el hijo de Carla y no de Gonzalo, sino de León, un abogado con el que Carla estuvo el tiempo suficiente como para quedarse embarazada. Y después ya no. Vicente vive con Carla, y a partir de ese momento con Gonzalo, su padrastro. Quedaos con esta palabra porque el universo que Zambra crea a partir de ella es genial.

Vamos a esa tercera parte que comentaba (‘Poetry in motion’), en la que Vicente ya es adulto. Tiene dieciocho años y se enamora de una gringa mayor que él, Pru, quien llega a Chile recién separada de su novia y con el objetivo de hacer un artículo para una revista de Nueva York sobre la poesía y los poetas chilenos. Creeremos vivir la vida de Vicente pero poco a poco nos iremos dando cuenta de que el narrador nos lleva a vivir la de Pru. Menciono al narrador a propósito porque siempre jugará con la historia y con nosotros, nos llevará donde él quiera, nos hablará de las limitaciones que tiene él como simple narrador (no como dios omnipotente que lo sabe todo sino como alguien que pasaba por allí, conoció una historia, y la contó). Si la historia en sí me ha mantenido enganchado y me ha encantado, debo decir que de la obra me quedo, sin duda, con el personaje del narrador. Porque aquí es un personaje más.

Y llegamos a la última parte (‘Parque del recuerdo’), título del único poemario que Gonzalo publicó hace años y nadie leyó (ni siquiera Carla). Por ciertas cuestiones que he dejado en el aire y que el lector ya se encontrará, Vicente, que trabaja en estos momentos en una librería de Santiago (casualmente, la única en la que está para la venta Parque del recuerdo), se reencuentra con Gonzalo. Han pasado muchos años desde la última vez que se vieron, no diré por qué. Pero sí diré que aunque al principio el reencuentro es incómodo, en esta última parte de la novela, la más breve pero probablemente la más intensa y la más poética de todas, padrastro e hijastro, o simplemente dos «amigos», acaban encontrándose. Y hablan de poesía (Gonzalo es profesor de Literatura en la universidad, Vicente no quiere estudiar carrera pero quiere ser poeta), hablan de la vida, hablan de ellos mismos e incluso, parece, consigo mismos. Se reencuentran entre los dos pero también a sí mismos. Como si Vicente fuera un espejo para Gonzalo, y al revés. Quizá de eso trata la novela, y no de toda la poesía que se menciona, que también, o todos los poetas de los que se habla, que también (momento estelar cuando se le hace una visita a Nicanor Parra en su casa del Litoral de los Poetas), o de la situación política, económica y social de Chile, que también, o incluso de la cantidad de vocablos chilenos y/o latinoamericanos (hice una nota de los que para mí eran nuevos que acabó alargándose a más de cien), que también; sino de cómo la familia, biológica o no (eso es lo de menos), como esa «familia inmensa» que se dice que es la poesía chilena, acaba configurándote como persona. Y no solo hacia abajo, generacionalmente, sino también hacia arriba, de menor a mayor. De cómo Vicente es Gonzalo y Gonzalo es Vicente, pero también de cómo ambos son Carla, son Pru, son Oscuridad, el gato que se quedó sin dientes, el gato que nos mira desde la portada de esta maravillosa novela (negándonos en redondo a eso que dice el narrador de: «Tantas páginas. Como si no bastara con un poema») que es Poeta chileno.

No la dejéis pasar, aunque haya ocurrido todo esto durante las últimas semanas. Las librerías os lo agradecerán, Zambra y Anagrama os lo agradecerán, pero seguro que vosotros también os lo agradecéis. Y si no, ¿qué perdéis en intentarlo? Un libro nunca es un gasto. Invertid en vosotros mismos, que nos hace mucha falta.

Por Víctor González

Víctor González nació en Barcelona y vive en Alella, pueblo con mar, montaña y buen vino. Tiene 27 años, una perra adoptada y muchos libros (no los suficientes). Le han hecho falta dos carreras y un máster para conseguir trabajar en el sector editorial, donde sabe que no ganará mucho dinero pero siempre olerá (a) libros. Lee y escribe para revistas y medios web, aunque lo que más le gusta es leer para sí mismo. Es colaborador de Librosyliteratura desde 2016. Cree que hay tantas lecturas (y libros) como momentos, por eso no concibe escribir una reseña sin hablar en ella de su propio estado en el momento de la lectura del libro en cuestión. Siempre dice que él es lo que no lee.

2 respuestas a «Poeta chileno, de Alejandro Zambra»

Lo estoy leyendo y me está gustando bastante cómo todos los de Alejandro Zambra, éste libro me recuerda a Los detectives salvajes de Bolaño lo cual quiere decir mucho de la poesía chilena.

Lo tuve ayer en mis manos y al final fui a lo seguro y elegí otra novela de un autor que conocía, de los de la segunda opción.

Tras leerte, la semana que viene iré a por éste para conocer a GOnzalo, a Gustavo, a Carla y a Pru. Gracias por una reseña tan completa. Saludos.

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