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Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Relatos autobiográficosHace cientos de años, cuando asistía ingenuamente entusiasmado a talleres literarios en Madrid, a cursos de escritura, de relato y soplapolleces por el estilo, terminábamos las clases centrándonos en este asunto capital del que, en realidad, habíamos estado hablando de una u otra forma y durante todo el rato, porque todo gira en torno a lo mismo, a la voz narrativa del escritor, esa especie de alma fantasmagórica que vive agazapada muy adentro, escondida detrás de las visiones y los terrores de cada uno, de sus anhelos o decepciones y que, en muchas ocasiones, incluso, continúa ahí toda la vida, sin revelarse y viviendo al margen de las trivialidades y las gilipolleces que algunos/as deciden escribir. Sin embargo, por suerte, cuando se muestra con toda su honestidad y con su peculiar color o su forma única e irrepetible, la voz del escritor suele marcar las diferencias. Hablo del fuego, del dolor continuo de estómago, de las noches de insomnio y desesperación mirando fijamente al techo…usted ya me entiende.

Sin ninguna duda, el escritor austríaco Thomas Bernhard es o, mejor dicho, tiene (pues nunca se trata de la misma) una de esas voces únicas que te atraviesan para siempre. Diría incluso que es una de las principales voces de la literatura de la segunda mitad del siglo XX y que representa una rama esencial sobre la que colgar gran parte de lo que se ha escrito en Europa hasta la actualidad si es que nos diera por configurar una especie de árbol genealógico literario. La voz de Bernhard, imitada sin éxito hasta la extenuación y el ridículo por cientos de escritores que no encuentran o no quieren buscar la suya propia, es tan auténtica y a la vez tan terrible que desconcierta e incomoda. La voz de Bernhard es honesta y contiene tanta oralidad que embuaca e hipnotiza sin remedio y está demostrado que la literatura de este extravagante señor, cuando uno se familiariza definitivamente con su estilo, es tremendamente adictiva. Si descubres a Bernhard ya no puedes dejar de leer a Bernhard. Porque Bernhard es droga dura.

Dicen los más bernhardianos del lugar que en los Relatos autobiográficos se encuentra lo mejor del universo literario del autor y que estamos, por lo tanto, ante su obra cumbre. Esta afirmación, tratándose de Bernhard, no deja de ser, sin embargo y en mi opinión, subjetiva y discutible. Para mí, y tras haber leído a Bernhard en otras tres ocasiones anteriores (, La Calera y Tala), estas memorias son, sin duda, lo mejor de lo mejor, al menos hasta ahora.

Estamos ante un conjunto de cinco textos relativamente breves, cinco bloques denominados El Origen, El Sótano, El Aliento, El Frío y Un Niño que Anagrama decidió acertadamente reunir en unas memorias imprescindibles y bajo la fantástica traducción de Miguel Sáenz (uno de los principales estudiosos del mundo Bernhard que tenemos en España) donde el genial autor austríaco nos cuenta, mezclando escenas reales con elementos claros de ficción, la vida de ese otro Thomas Bernhard, el que él nos quiso mostrar y que siendo muy niño descubre la brutalidad del ser humano y también el amor y las nobles enseñanzas de su idolatrado abuelo anarquista. En este libro, acompañamos al niño Bernhard por las calles de Salzburgo y vivimos en primera persona el horror de la Segunda Guerra Mundial. Compartimos también con él la “habitación de morir”, un lugar espantoso de un decadente hospital donde los hombres morían como chinches justo en la cama de al lado y eran reemplazados inmediatamente por otros pobres desahuciados que venían a la habitación de morir a dar continuidad a la rueda de la vida. Esta es una de las terribles experiencias hospitalarias que aparecen en el texto, pues Bernhard, además de ilegítimo hijo de un padre desconocido para él y de un niño con un enorme déficit de cariño y amor, también fue un joven solitario y permanentemente enfermo, que vivió siempre al borde de la muerte, el suicidio o la locura. Por supuesto, estas memorias recogen también pasajes llenos de belleza y de esperanza. Son aquellos relacionados con la superación de la adversidad, la relación con su abuelo y, sobre todo, con su verdadero amor: la música.

Leer los Relatos autobiográficos de Bernhard es leer pesimismo a raudales y convivir sin parar con palabras como suicidio, desesperación, terror, vacío, muerte, enfermedad, locura, destrucción, espanto y otras similares que colorean de un gris magistral la atmósfera del relato. Pero Bernhard no es eso en realidad, aunque también lo sea. Porque leer estos textos es, sin embargo y paradójicamente, una maravillosa lectura de la esperanza, de las ganas de vivir. Una lectura de la supervivencia humana, de la vida que se mantiene en pie a pesar de la maldad, de la muerte y el caos y de la destrucción (o las pandemias) en las que se empeña en caer constantemente el salvaje ser humano que somos.

Sin embargo, si me tengo que quedar con algún matiz preciso de la inmensidad de la literatura bernhardiana, lo hago, por un lado, con su ironía (y su humor centroeuropeo) y con su firme (y no menos polémica) opinión sobre todo aquello que se nos impone y que nos embrutece y nos vuelve banales y repulsivos, esos potentes y peculiares mensajes-bomba que le dirige a la Iglesia, a los médicos, al deporte, al comunismo, la escuela o la familia, por citar solo algunos, todos ellos rebosantes de grandes dosis de filosofía y de sabiduría pero también de rechazo y asco extremo.

Por último, y sin ninguna duda, también me quedaré siempre con su estilo circular y repetitivo, con sus frases interminables que aparecen perfectamente interconectadas por comas y sin apenas puntos y aparte. Yuxtaposiciones infinitas y conceptos o construcciones gramaticales que se repiten varias veces y en espiral pero que una vez engarzados (y practicados) hacen que la lectura de los textos de Bernhard fluya con la sencillez de la propia oralidad y de la narración más perfecta y llevan al lector desde el punto A al punto B sin apenas darse cuenta, puede que unas horas y unas ochenta páginas después. Pura magia, vamos. Arte, ni más ni menos.

Pero si con lo que le he contado no decide usted leer ya mismo estas fabulosas memorias de Thomas Bernhard sobre la tragicomedia de nuestra vil existencia tras la Segunda Guerra Mundial, entonces le voy a pedir que haga una cosa por mí: envíele esta reseña a alguien a quién le pueda interesar leer esta maravilla y luego usted, si no le importa, quítese de en medio y deje que los vivos podamos de una vez saltar tranquilamente al vacío al más puro estilo Bernhard.

 

 

 

 

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