Seda

Seda, de Alessandro Baricco

sedaEs inevitable, no es algo que yo pueda elegir. Seda, más que dejarme una opinión, me ha dejado sensaciones, sentimientos de ésos que se te meten en el cuerpo para irse mucho tiempo después o simplemente no irse. Sentimientos que se cuelan en la memoria como recuerdos. Los mismos que, estoy segura, más adelante me harán disfrutar de nuevo de la lectura, casi tanto o más que esta primera vez. Y no sólo eso, sino que, como para complementar ese legado, el libro también me ha dejado colores. De hecho, no he dejado de verlosdesde que empezara la primera página, descritos tan sutilmente que apenas son percibidos conscientemente. Sí, letras y palabras impregnadas de colores. Vivos y radiantes para los momentos álgidos; fríos, los que menos, para los más melancólicos; y cálidos, aunque claros, para la mayor parte de la obra.¿Cómo expresarlo? ¿Cómo transmitir la dulzura de esta historia? Tierna, suave como la seda que ofrece su nombre al título. Poco más de un centenar de páginas, ambientadas en la segunda mitad del siglo XIX, son suficientes para que Alessandro Baricco nos deleite con sus palabras acerca de Hervé Joncour, cuya historia, más bien leyenda, nos atrapa desde el primer momento hasta ver escrita la última palabra.Hervé Joncour es un joven en la treintena que vive en Lavilldieu, un pequeño pueblo de Francia, y que se dedica a la compraventa de gusanos de seda, una profesión un tanto peculiar que pronto le proporciona una estabilidad económica más que satisfactoria, aunque eso a él poco le importa. Aunque sí es el único encargado de la mercancía, no está solo en el gremio. Destaca el que acaba por convertirse en el gran amigo de Hervé, un personaje un tanto peculiar encargado de la mayor parte de hilanderías del pueblo. Él es Baldabiou y, curiosamente, parece saberlo todo.

Para proveerse de los huevos de seda, el protagonista normalmente viaja cada temporada durante varios meses por Europa. Hasta el año en que una enfermedad afecta a la mayor parte de la cría, hecho que lo obliga a buscar otras alternativas. Siguiendo los sabios consejos de Baldabiou, el protagonista parte a Japón, un lugar del que pocos habían escuchado hablar y al que éstos llaman “El fin del mundo”. Una vez en la isla, después de un largo viaje, Hervé compra, de contrabando, todos los huevos que le permitirán, a él y a todo su pueblo, pasar la temporada sin problemas.Pero su experiencia en Japón no se reduce a eso. Es allí donde Hervé la conoce, a la única mujer cuyos “ojos no tenían sesgo oriental, y su rostro era el rostro de una muchacha joven”. Es allí donde Hervé, aún felizmente casado con Hélène, se enamora, sin querer y hasta casi inconscientemente, de esa joven con la que jamás llega a cruzar una palabra.¿Ganas de saber más? Claro, y eso que el argumento pudiera parecer que no está demasiado trabajado. Igual que sus personajes, a los que Baricco apenas describe (como casi nada en la narración), y que en realidad poco importa porque se intuyen perfectamente gracias a sus acciones y actitud. Y es que todos, exceptuando quizá a la mujer “cuyos ojos no tenían sesgo oriental, y su rostro era el rostro de una muchacha joven”, todos los personajes, digo, simpatizan de algún modo con el lector, haciéndolos creíbles en la inverosimilitud en que está sumergida la obra.Porque sí, la historia, tal y como está contada, es del todo inverosímil. Pero no importa: como decía antes, más que una historia, es como un cuento de niños (pasando por alto el erotismo que hay entre sus páginas), como la típica leyenda de dudosa credibilidad y que nadie cuestiona porque la ficción es, en cierto modo, el sustento de todo lo demás, de todo lo que realmente importa.

Y en estas páginas lo verdaderamente relevante son, vuelvo a ellos, los sentimientos. Unos sentimientos que en su mayoría son mostrados y no dichos, y que nos revelan, a nosotros lectores, además del significado de la amistad, una bonita historia de amor que no es la que esperábamos o buscábamos y que nos deja, casi literalmente, con la boca abierta.

Sin embargo, lo más sorprendente de esta obra es la manera en que se nos ofrece tanto con tan poco, el modo aparentemente simple en que Alessandro Baricco nos regala un par de horas tan placenteras repletas de vida y color.

Os dejo, si me lo permitís, con la presentación que el propio autor hace de Seda:

Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe. Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se saben muy bien qué son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe…
Judit Rodríguez ( judit@librosyliteratura.es )

8 comentarios en «Seda»

  1. Bueno, Pepe, es cierto que a través del cúmulo de sentimientos la novela desprende un cierto romanticismo. Pero en mi opinión el conjunto va más allá del amor que pueda haber entre una pareja. Quizá deberías probar a leerlo, es posible que te sorprenda 😉

    Goizeder: ¿para qué más páginas? Ya es perfecto tal cual, ¿verdad? Si uno sabe, para contar una gran historia son suficientes unas cuantas páginas. Este libro es un buen ejemplo.

    ¡Un saludo y gracias a los dos por vuestros comentarios!

    Responder
  2. Seda es también para mí uno de esos libros que mantengo vivos en la memoria, de los que siempre recuerdo cuándo y cómo los leí por primera vez. Muchas veces me he preguntado el porqué, al fin y al cabo es más un ejercicio de estilo que una historia verdaderamente profunda… pero posee esa magia tan difícil de encontrar que su lectura siempre me produce un pequeño arrebato, como si volviera a la infancia para dejarme sobrecoger por cualquier cuento de hadas.

    Responder
  3. Judit: leí este libro la semana pasada y sin dudas, nada podría definirlo mejor que el inicio de tu reseña: no es un libro que deje opiniones, sino sensaciones. Tal cual. Y además, olores, sabores, imágenes… ¿o no viste los pájaros volando al salir de su gran jaula? ¡Qué libro! nos demuestra que para contar hay que saber contar, y no llenar 800 páginas de un libro…

    Sigo leyendo tus reseñas; ¡saludos!

    Responder
  4. Desde luego que vi los pájaros, Roberto. También estuve sentada a la mesa mientras la mujer oriental nos servía el té, y escuché (mejor que Hervé, incluso) la traducción de la carta en boca de aquella otra mujer, y lloré por el chiquillo. Y tanto, tanto. Me reafirmo, un libro de sensaciones y, ahora, de recuerdos, también. Un cuento de hadas, como dice Iván, corto e intenso.

    Responder
  5. La traducción de la carta, de la segunda, es muyyy erótica, pero sobre todo tan bien escrita… a mí me latió fuerte el cuore.

    Y lo del chiquito… dos líneas alcanzaron para escribir una crueldad que llega muy dentro… ¡Vivan los libros!

    Saludos.

    Responder

Deja un comentario