Yokohama Station Fable

Reseña del cómic “Yokohama Station Fable”, de Yuba Isukari y Gonbe Shinkawa

yokohama station fable

La creación de una historia de ciencia ficción implica una mente inquieta que tras observar los acontecimientos del presente los transforma en una metáfora sobre el futuro. Yuba Isukari discurría sobre la historia de la estación Yokohama (una de las más concurridas del mundo) y cómo había evolucionado su construcción a lo largo de los años cuando algo en su cerebro se activó. Fue en ese preciso momento cuando surgió la idea seminal de lo que sería la novela Yokohama Station Fable. Tras cosechar cierto éxito y algún premio no se hizo esperar la adaptación al manga. Las particularidades del lenguaje como modo de expresión le hicieron creer al autor que una adaptación al medio visual que tanto amaba sería imposible, pero en la industria del cómic japonés esa palabra no existe. Planeta Cómic es la editorial encargada de reunir los tres volúmenes originales de Yokohama Station Fable en un solo tomo de más de quinientas páginas.

En Yokohama Station Fable el mangaka Gonbe Shinkawa nos lleva doscientos años en el futuro para mostrarnos cómo una estación de tren tomó conciencia de sí misma y empezó a crecer sin control por todo Japón. La construcción se esparce como un cáncer agresivo llegando a fagocitar incluso lugares tan emblemáticos como el monte Fuji. En lo referente a la vida humana se han creado dos grupos: aquellos que viven en el interior y los que lo hacen en el exterior. Los que viven en el interior lo hacen con ciertas comodidades, pero, a su vez, son vigilados constantemente gracias a un implante cerebral denominado Suika. Vivir en el exterior significa no verse sometido bajo la agresiva vigilancia de la estación, pero también significa pasarlas canutas a la hora de encontrar comida, ropa o cualquier otro tipo de recurso y depender siempre de los deshechos de los que viven en el interior. Hiroto es un habitante de esas pocas zonas que escapan al control de la estación. Su vida es simple e incluso anodina hasta que se cruza con un revolucionario que ha escapado del interior y que pertenece a la Alianza Kiseru, un grupo que pretende acabar con el dominio ejercido por la estación. El revolucionario entrega un dispositivo a Hiroto que le permitirá moverse con total libertad por la estación durante cinco días y le pide que busque a la persona al mando de la Alianza Kiseru.

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A lo largo de esta historia que tiene connotaciones orwellianas con resonancia de cyberpunk el mensaje sobre la tensión entre libertad y seguridad se va repitiendo. El choque entre estos dos factores se pone de manifiesto la primera vez que Hiroto se cruza con las puertas mecánicas, unos robots que protegen a las personas que viven en el interior hasta arrebatarles absolutamente su intimidad. Pero en Yokohama Station Fable esa no es la única advertencia que el autor nos hace, pues también nos habla de las implicaciones de dejar en manos de una inteligencia artificial decisiones cruciales que debería tomar la sociedad al completo.

En su vagar por la estación Hiroto se cruzará con diferentes personajes que atesoran su propia historia y que servirán para desgranar poco a poco, de forma muy lenta, toda esa ciencia ficción filosófica que podría atragantarse a los que buscan algo con más acción y menos complejidad. Un niño con capacidades especiales y una tecnología que escapa al raciocinio humano o una chica que se esconde de las puertas mecánicas son algunos de los personajes que servirán de guía al protagonista y por ende al lector para recorrer la inmensidad de la titánica construcción. Porque si hay algo en lo que destaca Yokohama Station Fable es en la capacidad que tiene el dibujante para, además de transmitir sentimientos a través de las expresiones faciales, hacer que el lector se pierda, vague desorientado, explore cada viñeta y sienta la soledad, así como la enormidad, de esa estación que indiscutiblemente es la verdadera protagonista de la narración.

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