
Fin.
¿O no?
Acabo de terminar A grandes males, el tercer y último libro de la segunda trilogía de César Pérez Gellida Refranes, canciones y rastros de sangre, y, viendo con pesar que todas las tramas han quedado cerradas y los nudos muy bien atados, no puedo evitar preguntarme… ¿será este el fin? ¿No volveremos a leer sobre Sancho, Erika, Karatu y demás? Porque eso mismo creí cuando acabé la anterior trilogía, Versos, canciones y trocitos de carne y al poco Gellida nos regaló con la estupenda Sarna con gusto… Así que sí, yo confío en que tendremos algo del vallisoletano pronto.
¿Y bien? ¿Qué tal este último tomo? Pues, francamente, a la altura de todos los demás, aunque tiene un tono notablemente distinto. La pluma de Gellida es brillante y lo que nos cuenta lo cuenta muy bien, pero esta es la menos negra de todas sus novelas negras (sin contar Khimera, que aún no ha caído en mis manos). Si en la primera de esta trilogía el tema era el secuestro y en la siguiente la trata de blancas, aquí es más una trama, la principal (y prácticamente la única), de aventuras, de descubrir mediante pistas la localización de un objeto concreto, el Cartapacio de Minos, siguiendo el poema de Dante La divina comedia.
El protagonismo se centra en Erika y Ólafur, que han llegado a Buenos Aires dispuestos a deshacerse de la Congregación de los Hombres Puros y para ello deben encontrar dicho Cartapacio, pues contiene la identidad de los integrantes de esa organización criminal y, por lo tanto, es una valiosa prueba para probar ante la justicia su existencia y sus actos. Pero para encontrar ese documento, deben dar antes con un reconocido dantista y experto en masonería que se esconde del mundo y conoce las claves para hallar el preciado Macguffin. Pero claro, no van a ser ellos los únicos que lo busquen…
Gellida nos narra la historia desde dos líneas temporales: la presente y la de los años 20 en Argentina. Una línea pasada muy necesaria para comprender todo lo que hay tras los Hombres Puros, el Palacio Barolo (un edificio cargado de historia y semejanzas con la novela del poeta), las cenizas de Dante… y para poder entroncarlo con los hechos que presenciamos ahora.
A estas alturas no hace falta decir que Gellida es un puto crack que crea unos personajes increíblemente creíbles, y que, a pesar de conocerlos desde hace ya algún tiempo, sigue añadiéndoles matices y rasgos que nos permiten profundizar aún más en ellos. Respecto a los nuevos personajes, que hay unos cuantos, los cincela con el mismo mimo y cuidado que el que tuvo con los ya conocidos, y les da un pasado y origen en los que se extiende sin aburrirnos para nada.
Quiero destacar que Sancho esta vez pasa a un segundo plano. La prota prota de verdad, la Ripley, es, como se deja claro en la portada, Erika. Ella va a llevar la mayor parte del peso de estas nuevas 680 páginas. Lo aviso porque a mí me extraño bastante que tardara tanto en aparecer.
Tampoco hace falta decir, porque de sobra lo sabemos, que la documentación para este libro ha tenido que ser un esfuerzo titánico. Los escenarios callejeros, los interiores del Palacio Barolo, todo lo relacionado con Dante y mil detalles más (balística, glaciares…) son todo un curro que el lector no pasa ni puede pasar por alto. Hay mucho curro, mucho, en este y en todos sus libros, como ya mencioné en anteriores reseñas.
En definitiva, una novela adictiva, un tocho de los que se devoran robándole horas al sueño, imposible de abandonar, que es imprescindible para los que han leído las dos anteriores. Una novela distinta también a las susodichas, con más orientación a la aventura, el thriller de acción, la historia y la búsqueda (del tipo de Indiana Jones buscando el cáliz de Cristo), y mucho menos negra, pero no por ello menos buena, entretenida y satisfactoria.
Gellida siempre deja buen sabor. Siempre. Es un hecho, y su cabeza un portento.
Ahora solo queda esperar a ver con qué nos sorprende el vallisoletano. Hasta entonces tendré que ponerme con Khimera. O con la Divina Comedia, pues todo lo que aquí se ha explicado se ha hecho tan bien que dan ganas de adentrarse en los famosos círculos descritos por Dante.



Mira que a mí, los libros que versan sobre las temibles Guerras Mundiales que asolaron Europa, no es que me hagan demasiada gracia, pero llevo una temporada que, muchos de los libros que leo, versan —o al menos en parte— sobre estas barbaries. El último ejemplar de este estilo que reseñé fue 
Esta es una novela sobre la amistad, pero una 
No sé si debería empezar esta reseña hablando de 
¡1, 2, 3, 14! ¡Melocotonazo al canto y vértigo! Eso es lo que es y lo que tiene este libro. Una velocidad y un ritmo vertiginosos, brutales, que se mantienen constantes en todo momento sin decaer para nada, sin bajar un ápice la aguja del velocímetro a lo largo de todo el recorrido, porque si la velocidad baja, la bomba del autobús explotará… Al principio piensas que será solo el comienzo, un principio fuerte, arrollador, algo para atrapar al lector y tenerle ya así enganchado para el resto del libro, que irá perdiendo fuelle, pero qué va. Círculos es un prodigio, ¡un puto prodigio!, en lo tocante al ritmo desenfrenado y es algo que le viene muy bien al libro al ser un reflejo de la inmediatez, interactividad y rapidez con la que disfrutamos/padecemos el intercambio de (des)información gracias a las, ya no tan nuevas, tecnologías que nos tienen absorbidos sin ser muchas veces conscientes de ello.
Llevaba una larga temporada buscando un 
¡Joder, Ramiro! ¡Jo-der! ¡Hay que joderse, hay que joderse y hay que rejoderse…! , como tú mismo dices. ¡Cómo eres! Cuando ya has dejado atrás toda la mierda que tuviste que pasar con Augusto Ledesma y luego un poco más con el secuestro de Margarita Zúñiga, vas tú solito y te tiras de cabeza a una piscina llena de fango y vete a saber qué más… Mejor sería que te aplicaras uno de tus refranes, o mejor te digo uno que te va que ni pintado: Consejos vendo y para mí no tengo.
¿Recordáis el famoso tema Sk8er Boi de la cantante canadiense Avril Lavigne? Era ese en el que una chica dulce, inocente y aficionada al ballet se enamoraba de un chico malo, un rockero que solo tenía por compañía su guitarra y su skate. La canción contaba una historia un tanto machacada ya por aquel entonces: ambos saben que pertenecen a mundos distintos, son conscientes de que lo suyo es imposible, pero al final —en la canción, varios años después—, se dan cuenta de que lo suyo es amor verdadero y que el destino de ambos es estar juntos. Vamos, una especie de Dirty Dancing, 
Mientras leía este libro solo se me venía una pregunta a la cabeza: ¿cómo voy a reseñarlo sin “spoilear” la primera parte? Contextualicemos. Después de ti es la continuación del best seller Yo antes de ti, donde Louisa Clark conoce a Will Traynor, o lo que queda de él. Porque Will, un chico aventurero, arriesgado, amante de la vida, sufre un trágico accidente que le deja atrapado dentro de los límites de una silla de ruedas. Se queda tetrapléjico. Louisa es la chica que le cuida, que le hace compañía, que le da las medicinas y le limpia, que aguanta su mal humor día tras día y que tiene una única meta: hacer que renazcan en él las ganas de vivir. ¿Cómo hablar de la segunda parte sin explicar el final de la primera? Es un gran dilema. Podría explicaros qué pasó y por qué ahora Louisa se ha mudado a Londres, lejos de su pueblo natal, o podría simplemente hablar de por qué me decidí a leer estos libros y qué he sentido cuando he buceado entre sus páginas.
Uno nunca entiende cómo un libro llega a sus manos. A veces es la suerte, otras veces la profesión, en ocasiones una palabra que lleva a tu memoria a navegar por los recuerdos u otras recomendaciones de gente a la que aprecias y de la que valoras su opinión. En el caso de Dile a Marie que la quiero fue la última, para pasar por el juego de ciertos recuerdos durante su lectura. Resultará raro que yo diga esto teniendo en cuenta que el libro se desarrolla en la Segunda Guerra Mundial, pero al final los sentimientos se escapan un poco de las limitaciones del tiempo y el espacio y viajan durante generaciones para hacernos entender que lo que somos, lo que sentimos, lo que generamos, no deja de ser, en cierto sentido, muy parecido sea cual sea la época que nos ha tocado vivir. Y es cierto que, todo aquel que alguna vez me ha escuchado en alguna conversación, no suelen gustarme o, al menos, suelo ser bastante reticente a meterme en la lectura de novelas que tengan que ver con esta época porque me parece que ya está prácticamente contado, que el volumen editorial de este tipo de lecturas tiende a ser excesivo y el hartazgo llega más pronto que tarde. Pero por esos azares de la vida, leo la novela de Jacinto Rey como quien observa un cuadro de la devastación que se causó en la Historia y sobre la conmoción que, en los cuerpos, palpita para llegar a cierta esperanza que no se sabrá nunca si fue el sustituto perfecto para luchar contra la realidad.
