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Malaz 7: La tempestad del segador, de Steven Erikson

malaz 7 la tempestad del segador

malaz 7 la tempestad del segadorEl denominado Viaje del Héroe ha sido y sigue siendo la base de muchas obras de ficción de fantasía épica. Todo empieza con ese personaje insignificante que se ve obligado a abandonar su burbuja de seguridad para embarcarse en una aventura repleta de peligros. Un mentor, una figura de autoridad a la que todo el mundo profesa respeto, acostumbra a ser el instigador. Junto al aprendiz de héroe siempre va un ayudante, un buen amigo la mayoría de los casos. ¿Qué, os empieza a sonar? Combates que pondrán su vida en juego, la seducción del mal para que cruce la frontera hacia el lado oscuro, dolor, mucho dolor y en ocasiones casi la muerte. Experiencias acumulativas que conformarán la nueva personalidad del personaje; el héroe que a pesar de sus heridas, mutilaciones, los daños colaterales provocados en su mente, y que perdurarán incluso una vez acabe la aventura, se las arreglará para retornar al hogar habiendo mantenido su honor intacto y con varios puntos de experiencia más en valentía. Y todos fueron felices y comieron perdices…

Steven Erikson planta explosivos en los fundamentos del Viaje del Héroe, y desde una distancia prudencial toma asiento para hacerlos volar por los aires mientras una sonrisilla asoma en sus labios. Y es que en la saga malazana no hay héroes, o al menos no del tipo de los que tienen el honor intacto. Soldados. Los soldados hacen lo que sea por sobrevivir. Matar. Eliminar al enemigo es su prioridad, no necesariamente de forma limpia, mientras andan hundidos en mierda hasta las rodillas, comiendo mal y durmiendo poco. Lo acaecido en Los Cazahuesos fue un claro ejemplo: el fuego, la traición, el estallido de violencia que llevó a Malaz al borde de la guerra civil… Nadie hubiera echado en cara que aquellos soldados hubieran desertado en busca de una vida más tranquila y pacífica. El problema llega cuando pudiendo elegir la vida de civil decides continuar siendo soldado, porque esa es tu vida, porque se te da bien, porque tu único hogar es la guerra y tu familia tus compañeros de pelotón.

En La tempestad del segador, la séptima entrega de Malaz: el libro de los caídos, Steven Erikson nos muestra al soldado que habiendo sido abandonado a su suerte se siente tan institucionalizado que decide continuar con su deber a pesar de que su nación reniegue de él. De este modo asistiremos a la llegada de los malazanos al imperio de Lether. Un imperio que se sostiene en un precario equilibrio debido a como el poder, de una forma totalmente fragmentada, se ejerce desde diferentes ámbitos. Por un lado tenemos a los tiste edur, con Rhulad al frente como máximo gobernante. Disoluto a la hora de regir una nación, Rhulad se muestra más interesado, obsesionado incluso, en luchar contra campeones venidos allende los mares con intención de acabar con su vida. Mediante los recuerdos de Rhulad, por fin seremos testigos del acto de traición que llevó a Trull Sengar a ser repudiado por su raza. Recuerdos que hacen tambalear la línea temporal de Sengar, que muestran algunas inconsistencias y que te hacen reflexionar de qué forma se mueve el tiempo en el universo de Malaz. Rhulad también sirve de excusa para que Erikson haga hincapié una y otra vez en mostrarnos cuan títere llega a ser un rey cuando los poderes fácticos entran en acción (representados en Lether por La Consigna Libertad, Los Patriotas e incluso ciertos dioses) además de mostrarnos cómo funciona el terrorismo de estado. “Cuando los que dominaban eran matones, las personas cultas eran las primeras en sentir los puños.”

En Mareas de Medianoche el autor ya lanzó algunas pullitas al sistema capitalista, en La tempestad del segador, y a través de quizás los dos personajes más hilarantes y con mejores diálogos de toda la saga (sí, Tehol Beddict y Bicho) la crítica pasa de mordaz a cáustica al mostrarnos como un imperio basado en ese sistema económico insostenible puede ser puesto de rodillas cuando se olvida de la protección social de los más desfavorecidos. “En algún momento, por muy represivo que fuera el régimen, la ciudadanía comenzaría a comprender el inmenso poder que tenía en sus manos.”

Pero en La tempestad del segador no todo son críticas a nuestras sociedades o sistemas, como no podía ser de otra forma también tenemos batallas. Y las batallas en la saga malazana se escriben en mayúsculas y con letras de oro manchadas de sangre. En este volumen de El libro de los caídos damos la bienvenida a Mascararroja. Este exiliado lezna volverá con su tribu con la intención de hacer con los letherii lo que ellos han hecho en innumerables ocasiones con su gente. Las estrategias militares se sucederán a lo largo de muchas jornadas, una guerra de resistencia en la que Mascararroja aportará no solo inteligencia militar sino también un par de compañeros de batalla muy especiales. Con todo, el arco argumental de este personaje, y por el momento, deja muy poco interés en el lector, muy pocas ganas de seguir encontrándose con este William Wallace que lo único que tiene de atractivo es descubrir quién se esconde tras la máscara.

Por suerte, y en lo referente a batallas, tenemos a los malazanos. Nunca defraudan. Siempre son garantía de diversión, emoción y en esta ocasión hasta de lágrimas. Y estas llegan con esa escena que para evitar cualquier spoiler llamaré El Incidente Argénteo. Un incidente de apenas unas pocas páginas pero en las que Steven Erikson se muestra como un escritor de un pulso narrativo impecable, ahondando en la historia de un personaje en lo que dura un relato para poco después mostrarnos ese tipo de sacrificios épicos que te obligan a seguir leyendo a través de una neblina húmeda, con el corazón hecho trizas y una bola en la garganta.

La tempestad del segador, publicada por Nova, deja un vacío inmenso cuando llegas a la última página y abandonas el mundo creado por Erikson. Alejarse de esos personajes, dejar atrás esos maravillosos lugares, es como escuchar una canción de pop melancólico el último día del verano mientras viajas en tren de vuelta de las vacaciones. Un libro es tremendamente bueno cuando deja este tipo de sensaciones.

“La supervivencia, comprendió, solo se podía encontrar a través de la pureza.”

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