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Otoño en Pekín, de Boris Vian

Otoño en Pekín

Otoño en PekínMi primer acercamiento a Boris Vian fue La espuma de los días, y me costó medio libro pillarle el punto. Ahora, con mi segundo intento, Otoño en Pekín, eso no ha pasado: me he dejado llevar por su surrealismo desde la primera página porque ya sabía lo que me iba a encontrar… Si tal afirmación es posible con un autor tan singular como este.

¿De qué va Otoño en Pekín? Buena pregunta, difícil respuesta. Digamos que, por una serie de circunstancias rocambolescas (subirse a un autobús conducido por un loco, comprarle un arma al jefe, atropellar a un viandante, ser amigo del que atropella al viandante o la amante del que atropella al viandante), distintos personajes se ven obligados a viajar al desierto de Exopotamia para construir un ferrocarril. Allí ya reside un arqueólogo con sus ayudantes, un abad que examina ermitaños y un hombre que regenta un hotel.

¿Qué sentido tiene construir un ferrocarril en medio de ese desierto? Ninguno, esa es la gracia… y la desgracia. Con este planteamiento, Boris Vian aprovecha para criticar mordazmente a la burocracia y a los proyectos que se deciden en grandes consejos, pero que no llevan a ninguna parte y tienen consecuencias desastrosas para todos, menos para aquellos que se llenan los bolsillos.

¿Por qué tantos personajes en un desierto? Porque las relaciones entre ellos, de subordinación, de amistad, de odio y, sobre todo, de carácter sexual, son el motor de la historia y la excusa para mofarse de diferentes ámbitos sociales a través de escenas y diálogos provocadores. Adultos manoseando a niñas, personajes que afirman que la Iglesia se inventó para colocar criminales, hombres conversando sobre cómo se deteriora una mujer cuando se han acostado demasiadas veces con ella o por qué la homosexualidad es una debilidad… No olvidemos que Otoño en Pekín fue escrita en 1947, pero Vian sigue resultando tan irreverente ahora como entonces, por lo que más de un lector actual puede ofenderse con alguno de sus personajes o párrafos. Lo curioso es que estos son el reflejo más realista del mundo de cuanto leamos en este libro, quizá por eso aún incomodan. Sin embargo, la literatura no está para ser juzgada moralmente, y menos la de Boris Vian, pues romper las normas (de la lógica, de la literatura, de la sociedad…) fue su seña de identidad. Boris Vian escribió lo que le dio la gana y cómo le dio la gana, y le salió bien, algo al alcance de muy pocos.

Otro rasgo que caracteriza a sus historias —al menos, así pasa en La espuma de los días y en Otoño en Pekín— es que las escenas cómicas derivan en una tragedia abrupta que deja al lector del revés. Leer a Boris Vian siempre rompe los esquemas, por mucho que uno se crea que ya se ha acostumbrado a su estilo.

Después de todo lo que he contado, quizá te preguntes a qué viene ese título, Otoño en Pekín. Para eso no tengo respuesta. Aun así, me parece el título perfecto para esta obra: en apariencia, no tiene ni pies ni cabeza; pero no importa, porque es evocador y te deja pensando. Esa es la esencia de la literatura de Boris Vian, y es mucho más de lo que a veces da el sentido común.

 

Un comentario en “Otoño en Pekín, de Boris Vian

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