Trigo Limpio

Reseña del libro “Trigo Limpio”, de Juan Manuel Gil

¡Qué bien! Me estreno en librosyliteratura.es con mi primera reseña. Y lo hago por todo lo alto, con una de las novelas más inteligentes, divertidas y sorprendentes de cuantas he leído en los últimos meses: Trigo Limpio, de Juan Manuel Gil, editada por Seix Barral.

Y mira que, al principio, no las tenía todas conmigo. En primer lugar porque, a priori, se presenta como un thriller, y tengo últimamente la impresión de que todo lo que se publica tiene que venir envuelto en un halo de misterio y tratar sobre una investigación, a ser posible, del tipo “domestic noir” tan de moda, es decir, sin policías de por medio, como para convencerte de que tú también, lector de a pie, puedes ser detective. Y mira, no, yo no lo veo. ¡Con lo que me gusta a mí un Marlow, un Poirot o un Carvalho! Y en segundo lugar porque, también a priori, se trata de autoficción. Y a punto estuve entonces de no hincarle el diente a la novela, porque me dije:
—¿Otro autor que piensa que su infancia me va a interesar?

Y yo mismo me contesté:
—Tío, no seas pesado y dale una oportunidad, hombre, que le han concedido el Premio Biblioteca Breve 2021 un galardón con el que anteriormente se ha reconocido a autores que te gustan mucho, como Juan Marsé, Luis Goytisolo, Caballero Bonald, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Juan Benet o Cabrera Infante… Vaya, que no debe ser cualquier cosa.

Y menos mal que me hice caso —lo cual no es algo que haga siempre, dicho sea de paso, cosa que a veces me funciona, y otras no tanto—, porque tras esos dos “a priori” lo que me he encontrado han sido dos “a posteriori” mucho más certeros. Para empezar, y lo digo con rotundidad, esta novela es un prodigioso artefacto literario de mucho nivel, de esos que reconoces nada más atacar las primeras páginas. Y, además, no es, precisamente, trigo limpio. Parece que Juan Manuel Gil se ha preguntado: ¿Cuáles son los dos géneros que más lo están petando en los últimos años, el thriller y la autoficción? Pues ahora veréis: os voy a dar dos tazas de cada, pero para colaros algo mucho más profundo y trascendental.

Lo que me he encontrado ha sido una honda reflexión sobre el paso del tiempo y su impacto sobre la memoria, que resulta ser más selectiva y apócrifa de lo que nos atrevemos a reconocer. Así, bajo la premisa de que la memoria es más un ejercicio de creación que un acta notarial, Trigo Limpio te lleva a plantearte cuántas veces habrás maquillado, engalanado, hiperbolizado, amplificado y perfumado una anécdota vivida real, para ofrecérsela más atractiva a tu auditorio. ¿Para qué? En definitiva, para hacerte querer, porque eso es, justo, lo que todo escritor/narrador persigue finalmente: que se le quiera. Y, querido lector, a Juan Manuel Gil lo vas a querer, y mucho, después de leer su novela, ya verás. A mí ya me ha enamorado, que conste.

Por otra lado, la novela es una delicia para los que, como a mí, nos encanta leer y escribir, porque es una declaración de amor a la literatura, con muchísimas referencias a autores clásicos (llega a fusilar algunos párrafos de grandes clásicos, como el Lazarillo de Tormes o la Familia de Pascual Duarte) disfrazada también de manual sobre cómo escribir la novela perfecta. Contiene algunos consejos para enmarcarlos

En cuanto a la trama, básicamente es la historia de un grupo de amigos adolescentes y de sus gamberradas en la Almería de los años noventa. Y de los esfuerzos de uno de ellos, el narrador -¿el propio autor?-, por encontrar en la actualidad a otro, Simón, que un buen día desapareció sin dejar rastro y que ahora vuelve para pedirle que escriba una novela sobre aquellos tiempos y aquellas aventuras. Y de cómo esa encomienda no resulta tarea tan fácil.

La estructura es un rompecabezas, un laberinto de narraciones dentro de otras narraciones, atravesadas por pasadizos (atención a estos pasadizos, fundamentales en la construcción de la obra) que las distintas voces impostoras y suplantadoras van tejiendo ante nuestros ojos como una compleja trama de medias verdades (o de medias mentiras), con las que nosotros, los lectores, tendremos que armar el rompecabezas definitivo de la verdadera historia. Si es que eso existe, claro…

Todo eso podría dar a entender que resulta difícil de leer. Sin embargo, es todo lo contrario: el autor ha hecho un esfuerzo enorme por depurar una prosa sencilla y fácil de leer. Me he bebido las casi 400 páginas en 5 días (¡y, para mi desgracia, aún no estoy de vacaciones!). Mención expresa y aparte para los diálogos, de una frescura desternillante, que me han recordado mucho a los que se gastaban los protagonistas de Barrio, la peli de Fernando León de Aranoa. Quizás por cercanía generacional al autor, me he sentido absolutamente identificado con esas conversaciones postadolescentes de principios de los 90, en las que el protagonista (¿el autor?), junto a Simón, el del síncope y el del fallo multiorgánico, conversan chuleándose, retándose, insultándose con camaradería, poniéndose motes derivados de sus minusvalías, mentándose a la familia o zanjando asuntos de máximo interés con el siempre infalible “mis cojones”.

Hablando de diversión. Ya he comentado esos diálogos ágiles y directos (por tanto, verosímiles), tan hirientes y a la vez tan hilarantes, que consiguen sacarte alguna que otra carcajada culpable. Pero, además, y aunque se tocan asuntos serios y graves (algunos, que mejor no revelaré, son incluso dolorosos), todo el libro rezuma un humor que me ha recordado mucho al mejor Eudardo Mendoza, por su forma de cuestionar la realidad desde un punto de vista nada dramático ni tremendista, sino todo lo contrario, mordaz, irónico y esperpéntico. Como la vida misma, vaya.

Por cierto, Gil es andaluz (como yo) y, como he dicho, buena parte de la novela transcurre en Almería. Me ha emocionado leerle algunos localismos que tenía casi olvidados (¡otra vez la memoria!), como ese impagable “eres más flojo que un muelle de guita”.

En resumen, una muy buena novela que no me cansaré de recomendar. No es nada fácil hacer lo que ha hecho Juan Manuel Gil con su Trigo Limpio. No me extraña que, parafraseando al autor, “quienes saben de estas cosas” le hayan concedido el Premio Biblioteca Breve. Creo que muy bien merecido.

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