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Estudios del malestar, de José Luis Pardo

Estudios del malestar

Estudios del malestarCreo que fue en el programa ‘El Objetivo’ donde Iñaki Gabilondo dijo una de esas frases que nos dan la razón a los que le consideramos como el mejor intérprete de la actualidad española: «Vivimos entre bostezos tiempos apasionantes», sentenció el periodista. Me parece un resumen perfecto de cómo nos estamos enfrentando a la época más entretenida a nivel informativo que muchos hemos presenciado en toda nuestra vida. El problema, seguramente, es que además de no enterarnos de buena parte de lo que ocurre a nuestro alrededor es que no sabemos valorarlo en frío, ya que en la sociedad de desenfundar el móvil y disparar un tuit lo más rápido posible, la documentación y la profundización sosegada en los temas han acabado desplazadas a un plano marginal, casi reservado para los académicos.

José Luis Pardo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, es un habitual en el arte de recoger las inquietudes contemporáneas hacernos ver que casi nada es tan nuevo como parece, ya que mucho de lo que ahora ocurre no es sino una actualización de lo que aconteció décadas e incluso siglos atrás. En el caso de Estudios del malestar, libro que fue galardonado con el premio Anagrama de ensayo 2016, Pardo centra su reflexión en el fuerte desencanto que se vive en el mundo desarrollado desde el estallido de la última gran crisis económica y en cómo algunos intentan aprovecharlo políticamente.

Una de las cosas que más he apreciado de este ensayo es que, a pesar de que trata ideas y conceptos realmente complejos, el autor trata de hacer atractiva la lectura por medio de la inclusión de comparaciones y metáforas, de algunos toques de humor o de ejemplos de la historia española reciente. Podría decir que Pardo juega con la filosofía, combinando reflexiones trascendentales con otras mucho más mundanas, que toman como referencia eslóganes publicitarios o anécdotas divertidas para hacer más fácil al lector la digestión de sus ideas. Aun así, no diría que es un libro asequible para todo tipo de lectores ya que, al menos por mi parte, ha requerido de esfuerzo y de búsquedas en Google para comprender algunas de las referencias e ideas —y, con todo, creo que me ha quedado una buena parte por comprender—.

Hay otros asuntos, eso sí, en los que, aun sin que el autor haga referencia directa a los protagonistas, es fácil deducir a quienes señala con sus palabras. Por ejemplo, en lo relativo al populismo; buena parte de las advertencias y consideraciones que pone el filósofo sobre la mesa aluden a Podemos, un partido que en sus poco más de tres años de vida ha levantado numerosas ampollas en la clase política tradicional, si bien no ha conseguido todavía su propósito de tomar el cielo, ni por asalto, ni por consenso. Sin compartir completamente su visión sobre el fenómeno del populismo —que, a grandes rasgos, se puede resumir en que es la forma en la que los antiguos comunistas han conseguido disfrazar y hacer su mensaje más atractivo para el pueblo— el repaso que hace, tanto a nivel filosófico como político, en torno a cómo ha ido evolucionando el pensamiento desde mediados de siglo pasado hasta la actualidad me ha resultado brillante y enriquecedor. Al fin y al cabo, lo más positivo para forjar un juicio propio es escuchar los razonamientos de muchos otros, especialmente si son tan trabajados como el de Pardo.

Si en una novela lo principal que busco es que haya un buen narrador detrás que consiga mantenerme atento hasta la última línea, en este tipo de ensayos mi principal motivación es que sean capaces de hacerme pensar y creo que, independientemente de las ideas que defienda cada uno, Estudios del malestar es un texto muy interesante para todos aquellos que quieran tener unas cuantas horas de reflexión sosegada en torno a por qué se están produciendo cambios tan importantes e imprevisibles a nivel mundial.

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Normal life, de Steve Polls, Sergi Pareja y Fran Vázquez

Normal Life

Normal LifeHay veces que uno se entera de las cosas que han ocurrido en el mundo de la forma más imprevisible. Sin ir más lejos, hasta que escuché el temazo de U2 Sunday, Bloody Sunday (y la busqué traducida, ya que mi inglés, por aquel entonces, no daba ni para optar a Presidente del Gobierno), no fui consciente de que durante casi treinta años se había vivido un conflicto de gran magnitud en Irlanda del Norte, al que la represión sólo sirvió para alimentar y del que se pudo salir gracias a las cesiones de los bandos enfrentados y de la convicción de que la violencia no había sido más que un obstáculo para el entendimiento.

Normal life toca de lleno la época de The Troubles —como también fue conocido el conflicto— en torno a la figura de Manolo, un militar retirado, que, aunque oficialmente ocupa su tiempo como trabajador social en un centro juvenil, fuera de su jornada laboral colabora activamente con la Ulster Volunteer Force, un grupo paramilitar que defiende la unión de Irlanda dentro de Gran Bretaña. Además de ello, el español hace de informante para los servicios de inteligencia británicos, un juego a dos bandas tremendamente peligroso en unos años en los que los atentados y la represión policial son el pan de cada día.

Manolo se nos presenta como un tipo duro, al que los conflictos morales apenas le afectan; como él mismo deja claro en una conversación, se considera un soldado y se limita a ejecutar y a dar órdenes. Su única flaqueza son sus hijos, ya que su relación con su mujer está ya muy debilitada. De hecho, ante la posibilidad de ser descubierto como soplón por sus compañeros de la UVF —algo que planea sobre su cabeza durante toda la historia— el único de sus miedos es el futuro de sus vástagos, así como que ellos no sean testigos de una detención que, presupone, no sería pacífica ni discreta.

Este trabajo es el resultado de la colaboración conjunta de Steve Polls (dibujo), Sergi Pareja (guion) y Fran Vázquez (color). Pese a que no soy un lector asiduo de cómics, durante el tiempo que he pasado con éste he podido apreciar la calidad de las ilustraciones. El dibujo es atractivo y explícito, por lo que en ocasiones apenas requiere de diálogos para hacernos ver lo que ocurre. Predominan los colores oscuros y fríos, que ayudan a reflejar el ambiente en el que nos introducen los autores: un Dunbury violento, industrial, en el que nadie sabe de quién puede fiarse y todos se preguntan cuánto falta para que se produzca el siguiente ataque.

No voy a negar que en algunos momentos de la lectura me ha costado entender el porqué de algunos de los giros de la trama. No en vano, a pesar de los esfuerzos de los autores por facilitar la comprensión del conflicto, se trata un acontecimiento en el que intervinieron fuerzas diversas y, si bien ninguna controversia suele poder reducirse al mero maniqueísmo, en este caso resulta aún más complicado valorar el papel de cada interviniente.

Por último, destacaría el alto ritmo de la trama, ya que en las poco más de cien páginas que ocupa esta obra se recogen situaciones muy diversas: redadas policiales, venta ilegal de armas para sufragar el terrorismo, manifestaciones violentas sofocadas con más violencia, partidos de fútbol en los que la principal motivación es la pelea posterior entre las hinchadas… Sin duda Normal Life me ha resultado un cómic interesante y atrevido, que recoge el siempre peliagudo tema del terrorismo bajo una perspectiva original y nada partidista.

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Loco, de Rainald Goetz

Loco

LocoLa locura es un tema muy complicado de acotar, ya que incluye un número casi infinito de posibles manifestaciones. Todos tenemos nuestro grado de locura, de irracionalidad a la hora de actuar y de gestionar nuestras emociones. ¿A partir de qué punto hay que considerar que alguien está loco? ¿Cuál es el baremo para decidir que una persona no está preparada para convivir en sociedad y que, a pesar de que sólo una parte de sus facultades cognitivas están dañadas, debe ser fuertemente medicado y recluido en un centro psiquiátrico?

Loco, novela que fue publicada por primera vez en 1983 y que supuso el debut novelístico de Rainald Goetz, no busca contestar a estas preguntas, sino que se dedica a ahondar aún más en ellas. El escritor alemán es, ante todo, un provocador: sabe cómo incitar a la reflexión a los lectores a través de frases crudas y directas, de personajes y planteamientos que relativizan y caricaturizan todo, dejando un poso de dudas que, especialmente, incide en cuestionar la legitimidad de los profesionales de la medicina para determinar qué personas deben ser tratadas y con qué métodos.

El protagonista del texto, Raspe, es un médico recién salido de la facultad que al comenzar a trabajar en un hospital psiquiátrico descubre lo alejados que se encuentran sus planteamientos de la realidad que se aplica a los pacientes de ese centro. Pero, más interesante aún que la propia historia del psiquiatra me ha resultado la sucesión de monólogos de pacientes y profesionales de la medicina que se suceden antes y después de que dé comienzo el relato principal. Es en ellos donde el autor emplea mayor originalidad y esmero para presentarnos las reflexiones y obsesiones de quienes tienen que convivir con la locura todos los días de su vida. Muchos de estos textos duran apenas unos párrafos, pero la manera en la que Goetz te introduce en sus mentes hace que algunos sean realmente angustiosos y duros de digerir. Por poner un ejemplo, casi todo el mundo ha conocido a personas a las que, por su edad, es necesario repetirles varias veces las cosas y que, aun así, se les acaban olvidando a los pocos minutos. Esta misma situación tocada por la pluma del escritor alemán tiene como resultado una lectura realmente tortuosa.

Otro interesante debate que abre este libro es la gran diferencia que existe entre la forma en la que los académicos estudian e interpretan la locura y cómo ésta se manifiesta realmente. Esta dicotomía no es exclusiva de este ámbito, ni siquiera del mundo de la medicina; por regla general, la academia, los investigadores, suelen estar bastante alejados de la sociedad a la que estudian, lo que provoca unos desajustes gigantescos entre lo que se presupone que debe ocurrir y lo que verdaderamente ocurre. Los conflictos entre las diferentes corrientes dentro de la psicología en torno a cómo se debe atender a los pacientes —la temible terapia por electrochoque siempre está en el aire— también aparecen con frecuencia y dotan al texto de una mayor riqueza y complejidad.

Extraña, provocadora, inquietante…son solo algunos de los adjetivos que se me vienen a la cabeza para valorar Loco, una novela que en ocasiones resulta críptica y caótica pero que, en mi opinión, consigue acercar un mundo tan hermético como el de la psiquiatría sin imponer una visión concreta, sino que opta por animar a los lectores a reflexionar sobre nuestra propia concepción de aquellos que, como apunta una de las múltiples voces que se suceden en este relato, tienen el alma enferma.

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Porcelain, de Moby

Porcelain

PorcelainAntes de leer este libro mis suposiciones sobre los orígenes de Moby eran tan erróneos como prejuiciosos. Creía, por su forma de vestir pulcra y elegante, por las gafas de pasta que tantos años llevan acompañándole así como por su cara de no haber roto nunca un plato que sería un ejemplo más del niño pijo al que le sobraba el tiempo y el dinero para probar suerte en el mundo de la música electrónica, con la seguridad de que papá le reservaba un puesto en su empresa en caso de que su talento no hubiese sido suficiente para ganarse la vida holgadamente. Porcelain, la que presumiblemente será la primera parte de las memorias del artista neoyorquino, apenas tardó un par de líneas en dejarme claro que estaba completamente equivocado.

Moby comienza el repaso de sus orígenes en el mundo de la música con una de esas anécdotas que marcan un antes y un después en la vida de toda persona. Cuenta como escuchar Love Hangover, de Diana Ross, le dio esperanzas de que había un futuro para él más allá de los suburbios de Harlem en los que le había tocado nacer. Pese a ello, aunque introduce alguna otra anécdota de su infancia, este libro se centra en las vivencias del descendiente de Herman Melville —autor de Moby Dick entre los años 1989 y 1999, una época en la que pasó de tocar en salas con veinte personas o en fiestas swinggers a llenar estadios y raves multitudinarias, con diversos altibajos. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó el éxito global con Play, trabajo con el que vendió más de diez millones de discos y que le consolidó como uno de los referentes del techno.

Muchos músicos, al menos dentro de lo que he podido leer hasta la fecha, tienden a caricaturizarse en sus autobiografías, consciente o inconscientemente. Así, es frecuente ver destacadas anécdotas en las que, ya sea para bien o para mal, proyectan la imagen que la gente ya tiene en sus cabezas antes de la lectura. Porcelain no se encuentra dentro de este tipo de trabajos, dado que Moby no se esfuerza por dar una imagen estereotipada de sí mismo, sino que se limita a relatar distintos momentos de su vida y son éstos, sin colorantes ni edulcorantes, los que ayudan a construir a la persona. Así, el chico nacido entre adictos al crack y botellas de vidrio es capaz de desnudar su alma al completo, sin dejar de lado ninguna de sus contradicciones: “Un cristiano abstemio que trabajaba en clubes animados por las drogas”, resume. Moby no sólo no evita hablar de sus malos momentos, tanto a nivel personal como profesional, sino que se reboza en ellos, sin maquillar ni justificar algunos actos que podrían considerarse reprochables. Tampoco tapa sus fiascos amorosos, sus malos pensamientos o sus peores decisiones, como sus idas y venidas con el alcohol. Me ha parecido que hay mucho de redención en este trabajo, aunque puede que sólo haya sido una muestra más de la voluntad del artista por ser lo más trasparente posible en su relato.

También toca, aunque con menos detallismo que otros compositores, el proceso de creación de sus temas. Es un aspecto que me ha parecido especialmente interesante, ya que en la música electrónica tiende a subestimarse mucho más que en otros géneros este aspecto y, a través de algunos fragmentos puntuales, se puede conocer mejor la complejidad de este trabajo y sus similitudes con el que desarrollan otros compañeros de profesión.

Porcelain, más que una autobiografía musical al uso es un fragmento de una vida, un texto tan natural y sincero que merece la pena leer independientemente del interés que se tenga por el autor y su música. Porque al igual que uno se lleva decepciones —y muchas— con los libros que sacan algunos de sus artistas favoritos y que no se acercan ni de lejos a las expectativas creadas, estas memorias aportan mucho más que un simple repaso a una carrera con luces y sombras: ofrecen, parafraseando a Calamaro, honestidad brutal. Y muy pocos son capaces de poner eso sobre la mesa.

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Ojos grises, de Llor, Vidal y Battle

Ojos grises

Ojos grisesMuchos fans de Auronplay y El Rubius no se lo creerán, pero hubo una época en este país en que los niños luchaban por pasar el máximo tiempo posible en la calle. En esos años no hacía falta Educación para la Ciudadanía: entre lo que aprendías de los que eran un par de años mayores que tú y lo que comprendías cuando tus padres cogían la zapatilla a la primera de cambio (sin temer que les cayera una denuncia por ello) era más que suficiente. En aquellos tiempos, que a algunos sólo nos pillaron de pasada, las aventuras las vivías por ti mismo, sin necesitar ningún avatar de colores vistosos y un nombre con muchos números al final. Y ahora que hago un parón en la escritura para releer lo que he escrito y ser consciente de lo viejoven que me he vuelto, voy a contaros de qué manera exponen esa época Fernando Llor, Roger Vidal y Àlex Batlle, los autores de Ojos grises.

Este breve cómic publicado por Panini nos sitúa en el verano de 1990, en el barrio de Poblenou, un histórico núcleo industrial de la ciudad de Barcelona. Allí vive Lucho, un chico de 14 años, que lleva una vida relativamente tranquila hasta que una noche es testigo del asesinato de un joven a manos de un policía. A partir de ese momento el chaval se ve superado por la situación; ¿debe contar lo ocurrido?, ¿en quién puede confiar?, ¿quién va a creer la versión de un adolescente por encima de la palabra de un policía?

Si algo destacaría por encima del resto de este trabajo es lo bien ambientado que está, tanto a nivel de guion como de dibujo. Los tonos fríos predominan sobre el resto, lo que ayuda a dar una estética más noventera al tiempo que los escenarios, calles humildes plagadas de grúas, reflejan perfectamente el espíritu de un barrio obrero. Esto se percibe también en los personajes, tan estereotipados como creíbles: el padre de familia que vive en un eterno estado de mal humor, principalmente por su miedo a perder el trabajo, los niños que sólo pisan su casa para comer y que no pueden evitar meterse en líos, los jóvenes que comienzan a verse superados por sus adicciones a las drogas…

A pesar de su brevedad o precisamente gracias a eso, Ojos grises me ha dejado un gran sabor de boca, ya que ha sido capaz de hacerme recordar —y envidiar, por qué no decirlo— esos años en los que los barrios de las ciudades eran como pueblos, en los que la gente se conocía y conversaba más allá de la tensa conversación de veinte segundos en el ascensor. Y también porque, dentro de lo que en apariencia es una trama sencilla, se esconde más de una invitación a cuestionarnos nuestros principios, a hacernos ver que nada es blanco o negro por completo, sino que, tanto hoy como hace veinticinco años, estamos forzados a vivir en una continua lucha contra nuestras contradicciones y nuestros debates morales. Una idea que podría resumirse en una de las preguntas que hace Lucho a su madre una noche, mientras ambos conversan en la terraza: «¿Hasta dónde hay que llegar por hacer lo correcto?».

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La gran ola, de Daniel Ruiz García

La gran ola

La gran olaSi tuviese que hacer una lista con mis series españolas preferidas, estoy seguro de que en el top 10, posiblemente cerquita del podio, se encontraría Camera Café. Fuimos muchos los que nos vimos seducidos allá por 2005 por las píldoras de humor que se nos ofrecían desde aquella cafetera tan transitada por los trabajadores de una oficina. El secreto de su éxito —se mantuvo en antena durante cuatro años, con una cuota de pantalla más que respetable— por encima de sus divertidas tramas estuvo, para mí, en lo bien que recogían los personajes algunos de los estereotipos más típicos de toda empresa, aunque llevados al extremo de la caricatura. Así, no faltaba el graciosillo que peca la mayoría de las veces de pesado, el jefe enfadado con el mundo, la compañera excesivamente aburrida y responsable, el que sólo piensa en escaquearse del trabajo a la primera de cambio, aquel que se entera antes que nadie de todo lo que ocurre en la empresa… Era muy fácil si no identificar, sí al menos asociar algunas de estas personalidades con gente con la que nos ha tocado trabajar a lo largo de nuestras vidas.

La oficina de Monsalves, la empresa ficticia de limpieza y detergentes en la que Daniel Ruiz sitúa el núcleo de su última novela, La gran ola, es muy diferente a la de la ya extinta serie de televisión, aunque también mucho más creíble. En sus páginas, el autor sevillano da voz a personajes infelices y nostálgicos por los viejos tiempos, por los días en los que se sentían cómodos en su pellejo y en la que madrugar cada mañana tenía un significado mucho más profundo que el de poder cobrar la nómina al final del mes. No obstante, cada uno a su manera, ellos continúan combatiendo los temporales que les afligen con la imborrable esperanza de que, de aquí a un tiempo, todo pueda ser lo más parecido a aquella época en la que eran alguien.

No falta tampoco la lucha de clases en este trabajo, el eterno conflicto —que en esta época que vivimos las élites han logrado amansar como nunca antes— que el autor expone con fiereza en boca de algunos de sus personajes, que manifiestan repetidamente un fuerte resentimiento hacia aquellos que sólo han notado la crisis económica en la bajada de los precios de los pisos.

También me parece reseñable la forma en la que Ruiz ha logrado recoger el espíritu de la empresa familiar que busca no quedarse atrás en el mercado moderno: la alargada sombra de los padres de los actuales propietarios, el irracional interés por el coaching y los MBA (que pronto ofrecerán en los kioscos por fascículos), las tensas relaciones entre personas que no se soportan y tienen que pasar ocho horas al día espalda contra espalda…

Daniel Ruiz ha sido todo un descubrimiento. Un escritor que cuenta ya con unas cuantas novelas a sus espaldas y que en esta última, ganadora del Premio Tusquets Editores de Novela, me ha enganchado fuertemente con unos personajes tan oscuros como realistas, tan complejos como atractivos, que se aferran a sus vías de escape —la mayoría de ellas inmorales o directamente ilegales— para seguir resistiendo en el mundo imperfecto y despiadado en el que les ha tocado vivir.

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Idiocracia, de Ramón de España

Idiocracia

IdiocraciaNunca te fíes de Filmaffinity cuando te apetezca ver una película de humor. Este consejo no os salvará la vida, pero puede que os permita descubrir más de una gran película de un género en el que más de uno sólo se atreve a puntuar del siete para abajo. Si me hubiese fiado de la valoración media que los usuarios de esta página le daban a Idiocracia, seguramente nunca la hubiese visto. Pero su argumento, sencillo y directo, hizo que me animase a ver por primera vez la que hoy es una de mis películas favoritas. Y su coincidencia en el título —de ninguna manera casual— fue lo que hizo que me atreviera a leer este ensayo de Ramón de España.

Si la película americana es una distopía que profetiza que dentro de quinientos años el mundo se habrá vuelto un lugar poblado de estúpidos y en el que reine el caos, el autor barcelonés parte de una premisa mucho más cercana y empírica: que en los últimos treinta años el proceso de idiotización que ha sufrido la sociedad española ha sido mayúsculo.

A partir de esa hipótesis, Ramón de España hace un repaso de la historia más reciente del país, desde la transición hasta la actualidad, en el que no deja títere con cabeza. Más que un ensayo, este libro constituye un desahogo monumental, en el que el autor parece haber obviado cualquier filtro de lo políticamente correcto en favor de soltar todo el rencor que había ido guardando en su interior a causa, fundamentalmente, de cómo se ha construido España ya con un sistema democrático de por medio.

De España es especialmente crítico y agresivo con el independentismo catalán, al que ya dedicó dos libros en su día, bajo los títulos de El manicomio catalán y El derecho a delirar —creo que no es necesario explicar su posición ante este fenómeno—. Pero lo cierto es que fustiga a granel, sin importarle demasiado las ideas o los orígenes de cada uno. Bien es cierto que muestra algo más de manga ancha con la derecha, aunque argumenta que es porque de ésta nunca ha esperado nada, motivo por el cuál vacía su cargador de mala frente a los partidos y las personalidades considerados progresistas.

No es un trabajo excesivamente intelectual ni lo pretende; el lenguaje bascula entre lo coloquial y lo vulgar y la mayoría de las ideas que se exponen ya están bastante trilladas, sobre todo si eres una persona interesada en la actualidad política nacional. Eso no evita que muchas de esas reflexiones sean muy dignas de tener en cuenta; destacaría su oposición al exceso de corrección al que se ha llevado en los últimos años al lenguaje, así como la defensa a ultranza que hace de la cultura. Pero para mí, sin duda, la mayor de las virtudes de Idiocracia es la forma en que su autor consigue que, independientemente de tu posición con respecto a sus opiniones, desees seguir leyéndolas. Las comparaciones son odiosas, pero me ha ocurrido algo parecido, salvando las distancias, a lo que me pasa con Jiménez Losantos: no me gusta lo que dice, pero no puedo evitar que me apasione cómo lo dice.

Da igual cuales sean tus ideas políticas, religiosas, morales o sexuales: es casi seguro que Ramón de España se ha metido contigo en su último libro. Eso sí, también es muy probable que disfrutes leyendo la forma en la que carga contra todo bicho viviente en sus páginas, aparentemente con el propósito de advertir hacia donde cree que se dirige nuestra sociedad. Y si el futuro se parece al de la película, sólo espero que no me pase como al protagonista y que no me congelen para verlo.

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El libro de Mr. Wonderfuck, de Pedro Ample

El libro de Mr. Wonderfuck

El libro de Mr. WonderfuckTodavía es un poco pronto para que haya una posición común en torno al tema y más en un mundo en el que todo es tan intenso como fugaz, pero confío en que dentro de unos años habrá unanimidad acerca del daño que Paulo Coelho ha hecho a la humanidad. Está claro que antes de que él y su Alquimista se posasen sobre las manos de todo hijo de vecino ya existía un importante número de orgullosos defensores del ejército del buenrrollismo y del ‘serás lo que quieras ser’, pero él fue el artífice de que mucha gente, en apariencia cabal, se llegase a creer que era posible hacer desaparecer todos sus males simplemente a base de estirar la sonrisa hasta límites dañinos para la salud y de que sus tazas, agendas y estuches dijeran por ellos lo convencidos que estaban de que podían convertir el mundo en un lugar maravilloso.

Por eso muchos recibimos con especial entusiasmo la creación de Mr. Wonderfuck, una página de Facebook que utilizó las mismas armas que sus enemigos, los dibujos simplones y coloridos, para contraatacar con mensajes corrosivos e incluso dolorosos para el orgullo, pero mucho más reales. El libro de Mr. Wonderfuck, publicado por Plaza & Janés, es una recopilación de buena parte de estas ilustraciones; ordenadas en ocho capítulos, cada uno bajo un título más motivador que el anterior, constituyen en su conjunto un auténtico manual de antiayuda.

El desprecio de Pedro Ample, director creativo de profesión, por los mensajes vacíos y atontadores que pueblan las redes sociales desde casi sus orígenes se palpa en cada uno de sus dibujos. Fue eso lo que le llevó a comienzos de 2013 a dibujar la icónica caca rosa de la marca en una servilleta y publicarla en Facebook bajo el texto «2013 va a ser una gran mierda». Y es que la escatología es uno de los platos fuertes del humor que podemos encontrar en sus páginas, así como los juegos de palabras efectistas y, sobre todo, la facilidad para poner al descubierto esa cutrez tan inherente al ser humano que tantos otros tratan de ocultar bajo filtros de Instagram y fragmentos de novelas de Federico Moccia.

A la hora de recomendar este libro se abre un interesante debate que llevo manteniendo desde hace bastante tiempo, tanto interna como socialmente, en torno a la forma en la que uno se enfrenta al día a día. Hay gente que de verdad necesita que algo o alguien, desde su novio a la canción más empalagosa de Alex Ubago, esté a su lado en los malos momentos, que le apoye y que no le deje caer en una nueva sobredosis de Häagen-Dazs. Otros, entre los cuales me incluyo, preferimos enfrentarnos a los problemas cuando vienen, no tanto por valentía como por ir haciendo callo para que las siguientes veces el golpe sea menos doloroso. Si estas entre los últimos estoy seguro de que vas a disfrutar con las decenas de situaciones cotidianas que Ample ha recogido con toda la mala baba del mundo. Si, en cambio, eres más de los primeros, estate tranquilo: el universo está conspirando para ayudarte a conseguir un cerebro pronto.

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El teatro de la memoria, de Simon Critchley

El teatro de la memoria

El teatro de la memoriaCon este libro me la jugué mucho, no voy a negarlo. Sabía de antemano que iba a suponer un reto. No soy demasiado aficionado a las lecturas fáciles —sólo hay que revisar mi historial reciente para comprobarlo— pero en esta ocasión era consciente de que me lanzaba a un territorio que apenas había explorado desde aquellos locos años de bachillerato, no tan lejanos por otra parte. Filosofía era una de mis asignaturas preferidas; quizás no a la hora de estudiarla, pues claramente era mucho más sencillo memorizar los cabos de España o las fases de la I Guerra Mundial que el método cartesiano, pero descubrir nuevas formas de reflexionar acerca del sentido de la vida y de las grandes preguntas que sobrevuelan nuestra existencia me pareció tan revolucionario como necesario. Tanto es así que no pude evitar decepcionarme al conocer la noticia de que una de las últimas reformas educativas en nuestro país buscaba reducir su importancia en las aulas. Una forma, tan sutil como perversa, de reducir las libertades de los estudiantes, al no incentivarles a descubrir a los grandes pensadores de la historia.

El teatro de la memoria, pues, ha supuesto mi reencuentro con la filosofía y este ha tenido su parte agradable y su parte dramática. Empezando por lo malo, esta lectura me hizo sentir, desde casi el primer momento, que me venía grande; ironías de la vida, dado su pequeño tamaño. Y es que uno no puede evitar sentirse sobrepasado y hasta, por qué no decirlo, ignorante, frente a un libro como este. No en vano, las referencias a autores y trabajos filosóficos son constantes. Lo positivo es que Simon Critchley demuestra ser un gran divulgador, al utilizar un lenguaje sumamente sencillo y una trama atrayente para conseguir que no desistas a las primeras de cambio.

El argumento, que más bien es un contexto sobre el que el filósofo británico posa su reflexión, es bastante curioso. El protagonista —que no es otro que el propio autor— recibe una serie de cajas con diversos documentos, todos ellos de tipo filosófico, que habían pertenecido a Michel Haar, un filósofo francés fallecido unos días antes. Entre los documentos Critchley encuentra un ensayo que le llama poderosamente la atención y que habla sobre el arte de la memoria y sobre la recurrente voluntad a lo largo de la historia, por parte de numerosos pensadores, de construir un edificio capaz de contener todo el pensamiento humano. Esta idea, junto a otro importante hallazgo que encuentra en una de las cajas, le llevan a obsesionarse profundamente, hasta el punto de decidir dedicar el resto de su vida a la construcción del teatro de la memoria.

Como ya he comentado, pese a que el lenguaje y la narración es asequible, no ocurre así con la mayor parte de las ideas y reflexiones que uno se encuentra cada pocas líneas. No recuerdo ningún libro —al menos no de esta extensión— que me haya obligado a hacer tantos recesos y a tener que releer tantas veces. Aún así, creo que el autor construye un híbrido eficaz, a caballo entre el ensayo filosófico y la novela (con más de lo primero que de lo segundo, eso sí) que es capaz de enganchar incluso a los que nos cuesta recordar de qué iba aquello de “el mito de la caverna”.

¿Qué he sacado en claro de El teatro de la memoria? Mentiría si dijera que mucho, aunque me aventuraré a lanzar una hipótesis. Para mí, el propósito de Critchley con este proyecto es el de jugar a elaborar su propio teatro de la memoria, un inventario de su propia vida, sus recuerdos, sus conocimientos y sus motivaciones para que éstas queden a salvo para cuando él ya no esté. Y es que qué es un libro sino un teatro de la memoria.

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¿Quién domina el mundo?, de Noam Chomsky

¿Quién domina el mundo?

¿Quién domina el mundo?Desde que el pasado nueve de noviembre amanecimos con la noticia de que Donald Trump iba a convertirse en el cuadragésimo quinto Presidente de los Estados Unidos de América hay una pregunta que flota en el aire: ¿de verdad va a ser capaz de cumplir las promesas que ha ido haciendo durante la campaña? Solo el tiempo lo dirá, pero lo que está claro es que la gran repercusión que ha tenido esta noticia a nivel internacional no es baladí; al fin y al cabo, Estados Unidos es, desde hace décadas, el país que controla la mayor parte de las cosas que ocurren en el mundo, muchas de ellas a miles de kilómetros de su territorio. Y por si alguien tiene todavía dudas del papel que ha jugado y que sigue jugando el imperio yanqui en el tablero global, Noam Chomsky nos refresca la memoria en ¿Quién domina el mundo?, su último trabajo.

Son muchas las ideas que el pensador nacido en Pensilvania pone sobre el papel, todas ellas realmente interesantes para ayudarnos a contextualizar el momento en el que vivimos a aquellos que aún no peinamos canas. Chomsky toma en primer lugar la temperatura al mundo actual para, posteriormente, buscar el origen de sus males. Y la conclusión a la que llega es que el papel de los distintos gobiernos estadounidenses ha sido fundamental para cimentar y agravar algunos de los conflictos económicos, políticos y sociales que se han ido sucediendo a lo largo de la historia y que han desembocado en las actuales amenazas a nuestro futuro. «No queda mucho tiempo», advierte, tras lo cual da comienzo a la narración de algunas de las peores decisiones que ha tomado su país desde que consiguió la independencia de Gran Bretaña.

Es un trabajo fuertemente documentado, lo que queda demostrado con las casi 50 páginas de referencias bibliográficas que se incluyen al final del libro. Chomsky aporta su opinión, como hace en todos sus escritos, pero ésta siempre viene refrendada por estudios e investigaciones que, además de dar verosimilitud a sus postulados, son muy interesantes para ampliar la información sobre los datos que va aportando el autor. Y es que, a pesar de mi fuerte interés por la política internacional, tengo que confesar que varias de las referencias que se hacen durante el ensayo a personajes y acontecimientos del pasado he tenido que buscarlas para poder comprender mejor el texto.

Otro rasgo que queda muy presente en este libro es la dureza con la que Chomsky saca a relucir algunos de los episodios más oscuros de la política norteamericana; desde el intento de invasión de Bahía de Cochinos a la colaboración en el golpe de Estado militar en Chile de 1973 pasando por su apoyo a Israel en el desigual conflicto que mantiene con Palestina o las más recientes torturas a presos en Irak. Y destaca además una de las ideas que muchos llevamos apoyando desde hace mucho tiempo, y es la de que todos estos actos viles no son sentidos como tales por la clase política norteamericana, que considera realmente que su país está legitimado para imponer su idea del bien común en cualquier parte del planeta.

En ¿Quién domina el mundo? Noam Chomsky nos narra la auténtica American Horror Story; una excursión por las cloacas de la política estadounidense que ayuda a hacernos comprender, en un mundo con un rumbo cada vez más incierto, de qué posos vienen estos lodos.

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Anatomía de un soldado, de Harry Parker

Anatomía de un soldado

Anatomía de un soldadoAl principio me cogió con cierto recelo. Le había llamado la atención por mi sinopsis, pero no sería la primera ni la última vez que un atrayente párrafo en la contraportada de un libro le hacía perder el tiempo. Poco a poco se fue dando cuenta de que en mis hojas había una historia digna de ser impresa y de que mi estructura era de lo más original que iba a ver en mucho tiempo. Seguramente fue por eso que, sin ser yo excesivamente pequeño, me devoró en pocos días, que se le hicieron eternos al no saber qué futuro le esperaba al pobre capitán Barnes. Cuando pasó sus ojos por la última de mis frases se le puso una media sonrisa complaciente en el rostro y noté que estaba satisfecho consigo mismo por haberse dejado llevar por aquel primer párrafo.

Este es, a grandes rasgos, el estilo narrativo que uno encuentra en las páginas de Anatomía de un soldado, que publica en español la editorial Sexto Piso. La historia de cómo el capitán Tom Barnes pierde sus piernas  y la manera en que discurre su vida a partir de ese momento tiene dos alicientes especialmente notables. El primero de ellos es que Harry Parker, su autor, habla, por desgracia, desde la experiencia. En el año 2009, cuando era oficial del ejército británico y estaba destinado en Afganistán, tuvo la mala fortuna de pisar una mina cuando regresaba hacia su base por un terreno que no había sido evaluado. Consiguió salvar la vida milagrosamente, pero nada pudieron hacer los médicos con sus piernas. No cabe duda de que la historia de Barnes está irremediablemente unida a la de su creador. El segundo aspecto que destaca de este trabajo es que la narración, lejos de dejarla en manos del propio protagonista o del siempre socorrido narrador omnisciente, la asumen distintos objetos que se encuentran cerca de los lugares donde ocurren los hechos.

Es una lectura extraña, pero al mismo tiempo muy atractiva. Me costó acostumbrarme a su singularidad, no voy a negarlo. No siempre es una bota la que te cuenta cómo llega su dueño al autobús del ejército o una mina antipersona la que te explica, con todo lujo de detalles, la manera en la que ha sido fabricada. Para mí, este experimento estilístico tiene aspectos positivos y negativos. Para bien, además de la mera originalidad, que nunca hay que menospreciar, destacaría que las narraciones están realmente bien construidas y te hacen sentir como si estuvieses viendo lo ocurrido desde el prisma de un vaso de cerveza o de una pierna ortopédica, lo cual tiene mucho mérito. En su contra podría argumentar que la falta de continuidad narrativa —tanto porque cada vez es un objeto el que habla como porque hay continuos saltos temporales en la historia— hace que en ocasiones sea algo costoso seguir el desarrollo de los acontecimientos.

También es necesario destacar las descripciones que hace Parker en este trabajo, ya que éstas son enormemente potentes y verosímiles. El británico no tiene compasión del lector cuando quiere hacerle sentir cuan duros son los momentos por los que el protagonista pasa desde el atentado, tanto a nivel físico como psicológico, y refleja con toda crudeza las situaciones más precarias. Sin duda este es uno de esos libros en los que se nota la diferencia entre los escritores que relatan desde la documentación y aquellos que han vivido cosas similares a las que cuentan.

No voy a esconder que no me gustaría leer decenas de libros escritos a la manera de Anatomía de un soldado. Al fin y al cabo, las buenas historias no suelen requerir de grandes florituras estilísticas. No obstante, tampoco negaré que he quedado enormemente satisfecho con esta lectura, ya que aúna una emocionante historia de superación y una llamativa y poderosa forma de volcarla sobre papel.

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La mano de Dios, de Philip Kerr

La mano de Dios

La mano de DiosNo hay mucha literatura ambientada en el mundo del fútbol; como poco, hay menos de la que debería. Y es que se me ocurren escasos ámbitos mejores para ambientar tramas llamativas: equipos que tienen más dinero —y poder— que muchos países, jóvenes millonarios que, en muchos casos, no son capaces ni de gestionar sus propias emociones, mafias que engañan a familias haciéndolas creer que convertirán a sus hijos en futbolistas de éxito, escándalos de corrupción que se silencian sin vergüenza alguna, ‘aficionados’ que defienden proclamas racistas y machistas desde los fondos de los estadios…

Cuando leí Mercado de invierno, la primera novela de esta saga, vi claro que su autor, el británico Philip Kerr, buscaba a un tipo de lector muy concreto. Ese que pasa el domingo pegado al televisor desde que termina de comer hasta que se va a dormir, el que al día siguiente no es capaz de poner media sonrisa en la oficina si su equipo no ha pasado del empate, el que podría recitarte la alineación del Club Deportivo Logroñés de la temporada 86/87 sin tartamudear, ese que lo primero que hace al levantarse es revisar su alineación del Comunio. Y que disfruta con las buenas historias detectivescas, claro. La mano de Dios, al fin y al cabo, es una novela negra en la que los asesinatos y las investigaciones acaban dejando  a los balones y los campos de hierba en un segundo plano.

El núcleo de esta saga es Scott Manson, un personaje realmente interesante. Es entrenador de fútbol como podría haber sido tornero fresador, ya que su atractivo no radica tanto en su buen hacer desde el área técnica como en la inteligencia y la perspicacia que le caracterizan para enfrentarse a todo lo que le ocurre fuera de los focos, que es mucho. Así, si en la primera novela tuvo que descubrir quién había asesinado a Joao Zarco, el entrenador a quien sustituyó en el banquillo del London City, en esta deberá investigar qué ha propiciado que uno de sus jugadores caiga fulminado sobre el césped en mitad de un partido de Champions League en Grecia.

Kerr recoge muy bien el ambiente que rodea al balompié y hace un totum revolutum con algunos de los escándalos más recientes y habituales: equipos que falsifican la edad de sus jugadores, futbolistas que esconden su homosexualidad por miedo a la crítica de los intolerantes, infidelidades tan cacareadas como cotidianas… Aun así, como ocurrió en la primera novela, hay algo más que fútbol en las páginas de este trabajo. Especialmente se nota el interés de Kerr por la historia, lo que le lleva a remitirse en muchas ocasiones a épocas pretéritas para dar riqueza a los diálogos. Tampoco deja de lado algunos temas tan candentes en nuestros días como la crisis económica —con una descripción especialmente cruda de la difícil situación de Grecia—o el tema del radicalismo islámico.

Esta segunda entrega de la serie ‘Scott Manson’ es una novela que se lee muy fácil, tanto por el lenguaje sencillo y ameno con el que está escrita como por lo adictiva que resulta la investigación de los sucesos. A alguien que no sea demasiado futbolero seguramente las primeras páginas se le harán un poco cuesta arriba, pero creo que la personalidad de Manson, el entrenador de fútbol que hace de todo menos entrenar, bien merece un esfuerzo.

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