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Cáscara de nuez, de Ian McEwan

Cáscara de nuez

Cáscara de nuezLo había leído en la sinopsis que encontré en Internet y en la contraportada del libro, pero aun así no estaba preparado para ello y me costó un rato acostumbrarme a la lectura. No en vano, abordar una novela en la que es un feto el que te habla desde el vientre de su madre y te narra todo aquello que percibe del mundo exterior no es algo que se haga todos los días. Un feto que es consciente del plan que han ideado la mujer que lo va a dar a luz y el hermano de su progenitor para asesinar a éste y quedarse con una cara mansión en herencia. Este es el argumento y el original enfoque que propone Cáscara de nuez, la última novela de Ian McEwan.

McEwan se desmarca como un narrador excepcional, de esos que son capaces de introducirte en sus tramas, por enrevesadas que éstas sean a priori. Del estilo del escritor inglés, además de su notable capacidad para contar los acontecimientos de forma amena y adictiva, destacaría las metáforas que desgrana a lo largo de la novela, ya que son sumamente visuales y originales. De hecho, todo el texto destaca por su vocabulario cuidado y preciso, con mucha fijación en los matices, uno de los aspectos que más valoro en una novela —siempre que se use con moderación, claro está—. Así, el feto saborea lo que su madre come y se emborracha cuando ella se pasa con las copas de vino, al tiempo que va concibiendo el futuro que le espera en el mundo exterior en función de cómo avanzan los acontecimientos.

Y el humor. Toda la obra está impregnada de un humor nada blanco, ya que McEwan aprovecha la sinceridad de su nonato narrador para describir con dureza todo aquello que no le gusta del mundo en general y de lo que le rodea en particular. Así, la forma en la que describe a Claude, el hermano de su padre y amante de su madre, es más propia de un tertuliano del sábado noche que de lo que todavía no es un ni un ser vivo —un saludo a Rouco—. No tiene problema alguno para juzgar a sus seres cercanos, caricaturizándolos y censurando su forma de comportarse continuamente. Esta sinceridad llega a momentos tan explícitos y divertidos como cuando teme que Claude atraviese a su madre mientras practican sexo y le «siembre sus pensamientos con su esencia».

Cáscara de nuez es una novela lenta en su desarrollo que, sin embargo, consigue mantener la tensión en todo momento, gracias al buen hacer del escritor con la medición de los tiempos. Así, con una trama aparentemente sencilla —aunque realmente bien ejecutada—, McEwan consigue conquistar con su enfoque original y con su fabulosa capacidad para jugar con las palabras. Por ello, aunque no llevemos mucho de 2017, puedo decir con tranquilidad que es de lo mejor que he leído en estos últimos meses. Pero es que además, arriesgando un poco más en esta segunda valoración, tengo pocas dudas de que para finales de año esta novela seguirá estando entre mis lecturas favoritas.

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El milagro, de Ariel Kenig

El milagro

El milagroRecuerdo la primera vez que entré en Internet. Como en casi todo en la vida, no fui de los primeros de mi cuadrilla; una tarde, animado por uno de mis amigos, fui a una ciberteca, una sala habilitada por el Ayuntamiento en la que te permitían conectarte durante una hora a la red. Siendo sinceros, creo que empleé ese tiempo en su totalidad en jugar a minijuegos en el navegador —algo que en aquellos tiempos me parecían lo máximo— y a hacerme una cuenta de Hotmail para poder acceder a ese invento que estaba substituyendo a las llamadas al teléfono fijo a la hora de hacer planes con los amigos: el Messenger. Qué tiempos aquellos (y qué rápido nos hacemos los viejos algunos).

Hoy en día todos tenemos tan interiorizada nuestra conexión continua a la red que resulta complicado imaginar cómo era el mundo sin YouTube, sin WhatsApp, sin smartphone… Y esta revolución tecnológica es precisamente el punto de partida sobre el que Ariel Kenig construye El milagro, una pequeña novela que saca a relucir algunos de los inconvenientes de este proceso a partir de una jugosa anécdota. El propio Kenig, protagonista y narrador en primera persona, es contactado por una antigua compañera de instituto para ofrecerle unas fotografías. En ellas aparece Pierre Sarkozy, el hijo menor del por entonces presidente de Francia, disfrutando de unas vacaciones ostentosas junto a unos amigos en Brasil; nada inesperado, desde luego. Sin embargo, el interés de esas imágenes radica en que días antes se había informado oficialmente de que el joven había sobrevivido a una avalancha de lodo en ese país, por lo que las fotografías podrían hacer mucho daño a la campaña del padre, algo que a Kenig, un firme opositor de éste, le atrae bastante.

A medida que inicia su peregrinaje por los distintos medios de comunicación franceses para comprobar el interés por las imágenes, el protagonista muestra dudas acerca de su legitimidad para entrometerse en este asunto, lo que le lleva a cuestionarse también su propio estatus. ¿Tiene derecho a criticar con dureza a las clases acomodadas una persona cuya situación económica es más cercana a la de éstos que a la de los más desfavorecidos? A través de los pensamientos del protagonista Kenig nos acerca este y otros problemas habituales de nuestros tiempos, como la lucha de clases, la soledad camuflada en la conexión continua, la crisis de la prensa…

El autor mezcla realidad y ficción en su relato, lo que hace que aquellos que, como yo, no estén muy puestos en la vida social francesa, no sabrán a ciencia cierta en algunos pasajes si los datos y personajes que se nos describen son reales o sólo existen en la mente de Kenig. También se intercala en este texto la narración puramente novelesca y el ensayo, lo que da lugar a un híbrido tan original como, en ocasiones, caótico. En contraposición a esto, uno de los aspectos más atractivos para mí de este trabajo es la forma tan cruda y directa con la que el escritor describe a la sociedad de su tiempo, que me ha traído a la mente a otros autores compatriotas suyos, como Houellebecq o Beigbeder.

En definitiva, esta es una novela que ayuda a visibilizar cómo nuestros usos y costumbres, en especial todo lo relacionado con nuestra privacidad, se han visto afectados por nuestra continua exposición a la red de redes. El milagro no es sino el relato de un treintañero que echa la vista atrás para reflexionar sobre la forma en la que ha evolucionado el mundo que conocemos en un corto periodo de tiempo. Y es que, tomando prestada una frase de la recomendable serie Californication, Kenig, al igual que el protagonista de esta ficción televisiva, es un hombre analógico atrapado en un mundo digital.

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Cómo dejar de escribir, de Esther García Llovet

Cómo dejar de escribir

Cómo dejar de escribirUna de las cosas que más me gusta es la de poner banda sonora a cosas que no la tienen. De la misma manera que en una película se introducen canciones en mitad de  distintas escenas para darles un valor añadido —con resultados muy dispares—, creo que otras situaciones cotidianas como tomar un vaso de vino, dar un paseo por el monte o, sobre todo, leer una buena novela, se pueden llevar a otra dimensión si las acompañamos de lamúsica apropiada. En el caso de Cómo dejar de escribir el hecho de vincularla a un tipo de música concreta ha sido obligado, dado que el estilo narrativo de Esther García Llovet es profundamente melódico. Esta novela suena a música canalla: a los primeros discos de Extremoduro, a Eskorbuto, a los Chichos, a El Coleta… De hecho, creo que en este caso es incluso más comparable su estilo con una referencia cinematográfica: Cómo dejar de escribir es cine quinqui puro, aunque situado en nuestra década, con todos los cambios sociales y culturales que ello implica.

Se nos cuenta la historia de Renfo, el hijo de Ronaldo, un popular escritor sudamericano fallecido recientemente. El joven tiene en mente la idea de escribir una biografía de su padre y asume como necesaria la tarea de encontrar un manuscrito perdido, que contenía textos de su progenitor que aún no habían sido publicados. Durante su búsqueda, que tiene mucho de espiritual, de conocer a un padre que nunca había ejercido como tal, el protagonista se introduce en un Madrid esperpéntico plagado de personajes excéntricos y bohemios, de fiestas cutres organizadas por anfitriones almidonados, de relaciones familiares sin apenas vínculo afectivo, de enormes dificultades para relacionarse con el resto.

La autora fascina con la forma tan gráfica con la que describe los ambientes madrileños. Su estilo, directo y sencillo, se mueve siempre en el marco de lo terrenal, con muy poquitas florituras y mucha fijación en los detalles más mundanos, en las conversaciones más insulsas y en los escenarios menos sugerentes y excitantes, lo cual ayuda a construir un escenario fuertemente realista e identificable por todos aquellos que no vivimos en el país de Nunca Jamás. El Madrid de García Llovet es otro hijo bastardo del capitalismo más inhumano y del aislamiento de la sociedad 3.0.

Este es, en definitiva, uno de esos relatos que se lee de una sentada. Tanto la brevedad de su texto como el ritmo que impone, con diálogos numerosos y frases cortas, consiguieron tenerme atrapado durante toda una tarde. Suelo dar prioridad a las historias antes que a los ambientes en mis lecturas, pero en este caso lo que más me ha impresionado ha sido la capacidad de García Llovet para volcar en papel escenarios de nuestro día a día tan alejados del ideal que nos imponen las revistas y las películas hollywoodienses.

Lo bueno de la literatura es que uno no tiene por qué elegir un género concreto al que dedicar sus días, sino que puede disfrutar con lecturas muy heterogéneas. Cómo dejar de escribir es una novela rara, mucho, pero también es enormemente refrescante y llamativa, un viaje a toda velocidad, con decenas de derrapes y de salidas de pista, por un Madrid en plena crisis existencial.

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Rumbo a la noche, de Alberto Vázquez-Figueroa

Rumbo a la noche

Rumbo a la nocheNo sé a ciencia cierta qué día se publicará esta reseña, pero me jugaría bastante a que a lo largo de esta semana saltará algún caso nuevo de corrupción en nuestro país. También incluyo en el boleto que buena parte de la sociedad, capitaneada por los batallones de Twitter y Facebook, mostrará un rechazo total contra este hecho, con claros mensajes de hartazgo hacia el sistema. Y cierro ya la apuesta con la profecía de que la semana siguiente el caso en cuestión se habrá olvidado o lo habrá tapado uno más llamativo y doloroso para las arcas públicas y que los imputados/investigados/nombre-que-le-pongan-en-el-futuro-para-que-no-suene-a-lo-que-es recibirán una condena proporcional al número de amigos que tengan en el Ejecutivo o de la posición que ocupen en la línea sucesoria a la Corona. Lamentablemente no creo que acabe echando esta apuesta, ya que la cuota que me ofrecerán por ella será realmente ridícula.

Cuento esto porque los delitos de cuello blanco, esos que tan baratos salen para el perjuicio que causan, son el punto de partida de Rumbo a la noche, la última novela de Alberto Vázquez-Figueroa. El autor canario, acostumbrado a poner sobre la mesa temas de profunda actualidad, nos lleva en esta ocasión a las cloacas de la delincuencia de puro y esmoquin, donde los grandes corruptores y corruptos chapotean alegremente, sabedores de que los que se juegan el cuello son los que portan navaja y van a cara descubierta.

Caribel, prostituta por decisión, trabaja en El Convento, uno de los clubs de alterne más selectos del país, en el que alquila su cuerpo a personas enormemente influyentes y poderosas. Una noche escucha fuertes ruidos en la habitación de al lado y al salir comprueba que han asesinado brutalmente a una de sus compañeras, un asunto que los dueños del local se encargan de silenciar. Sin embargo, la joven decide valerse de sus contactos y de su  notable inteligencia para averiguar quién es el causante de estos hechos, lo que le lleva a implicarse más de lo habitual con Arturo Fizcarral, uno de sus clientes habituales. Este hombre, el otro gran protagonista de la novela, se nos presenta como un ser sin apenas escrúpulos, consciente de lo que ha tenido que hacer para amasar su inmensa fortuna y de lo que tendrá que hacer en el futuro para mantenerla y aumentarla. De su gran círculo de influencia solo parece mostrar cierto cariño por Caribel, ya que considera que es la única persona que se atreve a ser realmente sincera con él; a la prostituta le pasa algo parecido con el millonario, ya que su profundo desprecio por las prácticas que éste lleva a cabo le genera a su vez una fuerte atracción.

Figueroa juega mucho con las personalidades de estos personajes, presentando las fuertes diferencias entre las formas de actuar de cada uno. Así, mientras que a Caribel se la presenta como a una mujer de buen corazón, inteligente y con espíritu práctico, que es lo que le lleva a emplear su cuerpo para asegurarse un futuro próspero, Fizcarral se muestra como un ser mucho más oscuro, amoral y falto de empatía. Ambos son conscientes de lo que hacen para conseguir su sustento y ninguno sufre ningún tipo de problema moral por ello, si bien la prostituta muestra mayores dosis de bondad y de humanidad que el reputado empresario.

Esta es una novela que gana más por sus personajes y sus diálogos que por su trama, la cual en algunos momentos se mantiene en un discreto segundo plano. De hecho, el cierre de la misma no ha acabado de convencerme; me ha dado la impresión de que la historia se deshincha en los últimos capítulos. No lo calificaría como un mal final ni mucho menos, pero creo que se podría haber explotado mejor una relación tan intensa como la que tan bien ha construido el autor entre los dos protagonistas. No obstante, creo que es justo decir que Rumbo a la noche es un retrato interesante y de rabiosa actualidad sobre aquellos que se enriquecen a manos llenas desde la cómoda penumbra.

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Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuerbach

Kaspar Hauser

Kaspar HauserEl mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.

Kaspar Hauser, editado en castellano por Pepitas de calabaza, nos acerca a este fenómeno a partir de un extraño suceso que ocurrió en la ciudad de Núremberg el 26 de mayo de 1828. Aquel día apareció un muchacho joven cuyos rasgos y, sobre todo, cuya manera de comportarse pronto delataron que no había sido criado en sociedad. El chico adquirió popularidad rápidamente, tanto en el país como a nivel internacional, y fueron muchos los interesados en educarle y en estudiarle. Entre ellos se encontraba Paul Johann Anselm von Feuerbach, un célebre jurista alemán que acudió a la ciudad un mes más tarde de su aparición y que elaboró esta detallada crónica de su vida.

Estamos ante un gran reportaje en profundidad, en el que los esfuerzos del autor por contrastar todos los datos a su alcance y por dar la mayor cantidad de detalles posible son palpables; de hecho, en muchos casos las anotaciones a pie de página con información complementaria tienen más extensión que el propio relato del autor. Este detallismo también se extiende a las descripciones, tanto físicas como psicológicas, que se aportan de Kaspar cada poco tiempo para ir dando cuenta de su evolución. Feuerbach hace una disección tan minuciosa del joven que en ocasiones llega a abrumar, pero que sin duda es lo más interesante del libro, ya que en su progresiva ‘humanización’ y en lo que ello conlleva es donde reside la gran aportación de este trabajo. Es un estudio psicológico del más alto nivel, narrado con un lenguaje asequible pero preciso y rico en matices.

La inocencia pura y sin cortar de Kaspar, su ignorancia —en el sentido más limpio del término— de todo tipo de protocolos y de formas de actuar preestablecidas hace que muchas de sus actuaciones sorprendan aún hoy en día. Y es que, con todos nuestros hábitos, nuestros refinamientos, nuestros límites, nuestras concepciones acerca de lo políticamente correcto…es imposible no sentir cierta admiración por un ser que se mueve únicamente por sus instintos, al no haber sido todavía contaminado por la socialización. Así enternece leer la empatía del chico por todo lo que le rodea, independientemente de si es una persona, un animal o un mero objeto; da igual lo avanzados que vayamos en el texto, las ocurrencias de Kaspar no dejan de producir un sentimiento entre la sorpresa y la ternura.

Al texto de Feuerbach le acompañan otros escritos, como un informe pericial de un doctor que le trató durante los primeros meses o el relato de su muerte, tras ser acuchillado por un desconocido. Estos caen en muchos casos en la reiteración de lo ya contado por el autor, por lo que en mi opinión tienen un interés mucho menor, aunque incluyen algún que otro detalle interesante para completar nuestra imagen de Kaspar. Quizá lo más interesante es el fragmento autobiográfico del chico, en el que narra su cautiverio, así como la reflexión final que Julio Monteverde hace en el epílogo de esta edición.

Para crear un libro decente suele hacer falta contar bien con una historia llamativa, bien con un gran narrador. Por regla general, con disponer de uno de estos ingredientes es más que suficiente para ofrecer una lectura interesante a un amplio número de lectores. Por eso, cuando te encuentras con una obra como Kaspar Hauser, en el que tanto la historia como la forma de contarla por parte de su autor son sencillamente sobresalientes, solo queda recomendarla abiertamente y guardarla en un lugar visible, para poder volver a ella en futuras ocasiones.

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La guardia, de Joydeep Roy-Bhattacharya

La guardia

CLa guardiaomo pasa con algunas películas —de diversa calidad—, este es uno de esos libros que no espera a que te metas en situación para atacar. Una joven, tullida de ambas piernas, se arrastra con la ayuda de un carro hacia una base militar estadounidense. Los militares de ese país han asesinado a toda su familia y tienen en su posesión el cadáver de su hermano. La joven les reclama que se lo devuelvan para poder enterrarlo de acuerdo a su fe, lo cual éstos rechazan. El motivo que dan es que lo quieren exhibir públicamente, al considerar que se trata de un conocido líder talibán, lo cual la muchacha niega. Así da comienzo La guardia, una novela que nos mete de lleno en la guerra de Afganistán y sus tristemente famosos daños colaterales.

Al ritmo vertiginoso de la narración le acompañan los diálogos cortos y directos, un toma y daca que contribuye a que la lectura sea rápida y amena. Se trata además de una obra coral, ya que cada capítulo está narrado desde el punto de vista de uno de los protagonistas; el primero de ellos es contado desde el punto de vista de la mujer y a partir de entonces serán los propios soldados americanos, cada uno desde su rango y sus convicciones morales, quienes nos harán partícipes de sus opiniones en torno al conflicto en general y al peliagudo asunto de la mujer afgana en particular. Esta pluralidad de narradores me resultó algo caótica durante varios tramos de la novela, ya que el número de miembros del ejército que se nos presenta es elevado y resulta difícil crear una imagen consistente de muchos de ellos.

Lo que mejor construye el autor, en mi opinión, es el ambiente de la base militar. La psicosis colectiva en torno a cuándo se producirá el siguiente ataque, la falsa bravuconería de aquellos que no quieren mostrar al resto de sus compañeros sus puntos débiles, las conversaciones sobre lo cotidiano y rutinario de sus vidas en su país para tratar de recordar cómo es el mundo fuera de esas cuatro paredes… Roy-Bhattacharya desidealiza mucho la imagen del soldado norteamericano que habitualmente se nos vende en la industria cinematográfica y que lo identifica con un patriota convencido que busca liberar al resto del mundo de sus males. Los soldados de este autor indio son personas normales y corrientes, cuya principal motivación es la de conseguir pagar sus facturas a final de mes y conservar su relación con su pareja a tan larga distancia. Los remordimientos por lo que han causado durante su tiempo en Afganistán, las dudas acerca de su legitimidad para imponer sus propios criterios, la tristeza por los compañeros caídos en combate… son aspectos que ayudan a dar verosimilitud al relato, dado que resulta muy difícil de creer que un grupo de jóvenes con dos dedos de frente, por muy grande que pueda ser su compromiso con la paz, no sean capaces de ver lo que les piden que hagan en su nombre.

En líneas generales, La guardia me ha resultado una lectura interesante y amena, ya que deja de lado la habitual crítica exterior al imperialismo norteamericano para poner el foco en la autocrítica, en el cuestionamiento al que sus propios combatientes seguramente se ven forzados cuando presencian cómo los daños colaterales piensan, sienten y sufren como ellos mismos.

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El rey Pelé. El hombre y la leyenda, de Eddy Simon y Vincent Brascaglia

El Rey Pelé. El hombre y la leyenda

El Rey Pelé. El hombre y la leyendaLa primera imagen que se me viene a la mente de Pelé no es precisamente halagadora hacia el ídolo brasileño. Como tantos y tantos jóvenes me he criado viendo dos capítulos de los Simpson diarios durante años, así que es inevitable que venga a mi memoria el episodio en el que la familia amarilla va a ver un partido de soccer y antes de que éste dé comienzo aparece Pelé para saludar al respetable y ya de paso promocionar una marca de papel para el horno, tras lo cual un hombre trajeado le entrega una bolsa cargada de dinero. Por suerte también he tenido la oportunidad, a partir de algunos vídeos recopilatorios, de comprender la magnitud de su figura; si hoy en día alucinamos con lo que son capaces de hacer Leo Messi o Cristiano Ronaldo —dos jugadores que están, aún hoy, a mucha distancia del resto de los mortales—, no quiero ni imaginar lo que suponían aquellas gambetas, esos cambios de ritmo explosivos y esa calidad para definir de cara a puerta en una época en la que este deporte era tan distinto al actual.

El rey Pelé. El hombre y la leyenda hace honor a su nombre, ya que escarba en las dos magnitudes del bautizado como Edson Arantes do Nascimiento. Así, además de hacer un repaso por su carrera futbolística desde sus primeras pachangas en Três Corações hasta su (última) retirada en el Cosmos de Nueva York, este cómic profundiza bastante más de lo que esperaba en su vida fuera de las canchas. Siempre he creído que una biografía no es tal si sólo se centra en el ámbito laboral del protagonista, por muy interesante y apasionante que éste haya sido; si no nos aporta una visión de la persona, con sus luces y sus sombras, sus buenas y sus malas decisiones, no deja de ser una caricatura. Y en este cómic, para mi sorpresa, se atreven a bajar al ídolo al barro, tocando aspectos tan peliagudos como sus frecuentes infidelidades o sus momentos de depresión. También creo que es muy oportuna la decisión de los autores de combinar la narración de la vida de O Rei con la evolución política y social de Brasil, ya que ayuda a meterte en el ambiente y a comprender algunas de las decisiones del futbolista, especialmente durante la etapa de la dictadura militar.

Con todo, a nivel general este es un libro en el que predomina lo positivo, con muchos colores cálidos y unos dibujos que priorizan ser agradables antes que ser realistas. En los recuadros superiores que acompañan a la mayoría de las viñetas se van dando datos biográficos, mientras que las ilustraciones y los bocadillos están dotados de mucha mayor libertad, por lo que juegan con el humor en no pocas ocasiones. No sé hasta qué punto todos los datos que se aportan están contrastados —como los que se refieren a los primeros amores del delantero— pero los autores consiguen construir un relato muy completo y ameno.

Por todo esto, creo que pese a estar elaborada en formato cómic, El rey Pelé. El hombre y la leyenda es una biografía con todas las letras, ya que su nivel de detallismo y de profundidad es lo suficientemente alto como para que el lector pueda conocer mejor a uno de los jugadores más destacados de la historia del deporte rey.

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Contra el fanatismo, de Amos Oz

Contra el fanatismo

Contra el fanatismoHace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 1984, de George Orwell, aumentó sus ventas en el país exponencialmente, 68 años después de su publicación. Incluso hasta España ha llegado la tendencia, ya que el libro entró entre los 50 más vendidos en nuestro país en 2016. Las similitudes entre el régimen distópico que construyó el autor nacido en el Raj británico y algunas de las actuaciones y declaraciones del nuevo ejecutivo norteamericano son verdaderamente alarmantes. Por desgracia, la llegada de este ser promuros y antimedios de comunicación a la Casa Blanca no parece que vaya a ser una excepción, sino una tendencia al fanatismo que comienza a tomar grandes apoyos en la opinión pública de occidente. Son muchas las causas a las que podemos atenernos para justificar esta deriva, como la crisis económica, el miedo al terrorismo islamista o el desencanto de la población con una clase política que se ha distanciado demasiado del pueblo al que representa. Sin embargo, si bien novelas como 1984 pueden ayudarnos a identificar los peligros que nos acechan, para combatirlos creo que son mucho más útiles textos como Contra el fanatismo.

Lo primero que me sorprendió al comenzar a leer este ensayo es la sencillez con la que escribe Amos Oz. Acostumbrado como estoy, por culpa de mi pasión (ligeramente masoquista) por la lectura de textos políticos, a tener que descifrar frases complejas y recargadas, la prosa directa y clara de este pensador israelí me hizo sentir como en mitad de una conversación coloquial en una cafetería, sin ningún tipo de grandilocuencia ni de excesos estilísticos. La otra de las claves, para mí, de este pequeño libro es la sinceridad que emana de sus palabras. Oz toma posición desde el comienzo y centra su discurso en el peliagudo conflicto palestino-israelí, más peliagudo aún de acometer si tenemos en cuenta que este escritor es natal de Jerusalén.

En torno a este tema el autor defiende la necesidad de un acuerdo entre los dos contendientes, que nazca desde el reconocimiento mutuo y en base a las concesiones imprescindibles para que ambos pueblos puedan tener un futuro digno y en paz. «Nunca lucharía por más territorios. Nunca lucharía por una habitación más para la nación. Nunca lucharía por los santos lugares ni por las vistas a los santos lugares. Nunca lucharía por supuestos intereses nacionales. Pero lucharía, como un demonio, por la vida y la libertad. Por nada más», resume es escritor.

Pero el texto de este libro que más valor simbólico tiene, en mi opinión, en los días que vivimos es en el que trata el  tema del fanatismo. «¿Quién iba pensar que al siglo XX le iba seguir el siglo XI?» se preguntaba Oz hace ya más de una década. En este capítulo se dedica a analizar en profundidad al fanático, al que etiqueta como un ser con una actitud de superioridad moral, que se caracteriza por preferir sentir a pensar. Y es que qué duda cabe de que muchas de las decisiones más preocupantes que se han ido tomando en el mundo en los últimos meses han salido de las tripas, y no del cerebro, de quienes mandan ejecutarlas. Frente a esta tendencia, Oz llama a combatir al fanático desde la inteligencia, obligándole a salir de sus marcos preestablecidos y haciéndole ver las múltiples contradicciones con las que siempre cargan los defensores del pensamiento único, pero que tanto se esfuerzan en esconder debajo de la alfombra de su mollera.

Pienso que Contra el fanatismo debería tener un sitio privilegiado en colegios e institutos de todos los lugares del mundo, ya que enseña una serie de valores que estoy convencido de que si se interiorizan bien en las primeras etapas de crecimiento intelectual, las nuevas generaciones estarán mucho más preparadas de lo que seguramente estamos las actuales para combatir a ese mal que tanta fuerza está tomando en estos últimos tiempos.

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El suplente, de Marcelo Birmajer

El suplente

El suplenteCreo que tendría como doce o trece años cuando llegué un día extasiado a casa a contarle a mi madre lo genial que era el nuevo profesor que iba a tener ese curso. Solo había estado unas horas con él, pero me había parecido completamente distinto a lo que había visto por las aulas hasta el momento: divertido, simpático, que se interesaba por nuestra opinión sobre temas que hasta entonces parecían ser exclusivos de los adultos y que incluso tocaba la guitarra en un grupo de rock. Ni en mis mejores sueños. Mi madre, siempre tan astuta, me dijo que se alegraba mucho pero que tuviese cuidado, que normalmente los profesores que mejor pinta tienen al principio suelen ser los peores. Y meses después no podía sino darle la razón; mi ídolo se había convertido en un sufrimiento al que había que reírle todas las gracias, que ridiculizaba a los alumnos cuando le discutían sus soflamas y que era quisquilloso y estricto en sus exámenes. Es lo que tienen las primeras impresiones, que rara vez suelen ser correctas.

El profesor de León Zenok, protagonista de El suplente, es bastante peor que aquel mío, siendo sinceros. O al menos eso intuye el chaval desde un principio, desde el momento en que a éste se le encarga impartir matemáticas en su colegio hasta final de curso por el suicidio del profesor titular. Raúl Merista, el nuevo maestro, se mete pronto en el bolsillo a todos sus pupilos con su forma de impartir las clases: entretenida, reflexiva, asequible…si bien poco o nada tiene que ver con la asignatura de la que es responsable. Esto hace que León comience a investigar por su cuenta qué es lo que ocurre realmente detrás de esta situación. A sus quince años vive solo, dado que su madre abandonó el hogar familiar cuando él era niño y su padre ha ido a probar suerte como actor en España. Es la década de los años 70 en Argentina, marcada por la cruel dictadura de Rafael Videla, en la que los asesinatos y las desapariciones de los insurrectos están a la orden del día.

Lo cierto es que ya sólo por el contexto en el que se sitúa la trama me sentí atraído por esta novela, pero creo que incluso con independencia de su localización me hubiese parecido una historia entretenida y muy bien contada; si bien en un principio me costó adaptarme a su ritmo narrativo, caracterizado por las frases cortas y por la aparición de numerosas tramas secundarias, con el paso de las páginas Birmajer sabe hilar todas ellas de manera impecable. Es precisamente su ritmo lo que permite que en una novela tan corta como esta podamos pasar por muy distintas situaciones, algunas más trilladas que otras, pero, en todo caso, lo suficientemente bien elaboradas para que el lector siga los acontecimientos con atención. Una de las que más me ha gustado, por lo original de la misma, es aquella en la que León trata de conquistar a la chica que le gusta a partir de sus relatos y, tras ser amenazado por otro de sus pretendientes, comienza a escribir una obra para éste, pero haciéndola excesivamente pomposa para ridiculizarle.

Pese a que está catalogada como una obra de terror yo no le pondría esta etiqueta a El suplente. Quizás en un público más joven pueda causar esa sensación, pero en lo que a mí respecta me ha resultado una novela de suspense muy bien resuelta, que sabe mezclarse a la perfección con la época de violencia y represión en la que se sitúa para contarnos, con un humor muy característico, la historia de un adolescente obligado a hacerse mayor muy pronto y a enfrentarse a sus fantasmas.

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Los criminales de noviembre, de Sam Munson

Los criminales de noviembre

Los criminales de noviembreDesde siempre me han gustado las historias narradas en primera persona por el personaje protagonista, tanto en literatura como en cine y televisión. Hablo de aquellas en las que el narrador nos hace partícipes de todos sus pensamientos y sentimientos, por insignificantes o banales que estos sean. Cuando este tipo de obras están bien elaboradas, algo que, por desgracia, no siempre sucede, hacen que empatice fuertemente con el protagonista, por mucho que sus vivencias tengan poco o nada que ver con las mías. Quizás El guardián entre el centeno es la novela que mejor se adapta a lo que comento, ya que tuve la fortuna de leerla en un momento en el que mis dudas existenciales eran enormes; el testimonio de Holden Caulfield me ayudó, si no a superarlas, sí al menos a sentirme acompañado en esos momentos, lo que creo que es una de las mayores virtudes que puede tener un libro.

Addison, el protagonista de Los criminales de noviembre, no es Holden, por mucho que parte de la crítica haya tendido a asociar a ambos personajes. En lo que sí se asemejan ambos es en la forma de contar lo que les ocurre en sus primeros años de juventud: desnuda, sincera, directa y con un sentido del humor muy particular.  A partir de ahí es cuando comienzan las diferencias. El protagonista de Sam Munson es un chico resabiado y pedante, con una personalidad muy fuerte y con la firme convicción de que sabe más que nadie de la vida a sus dieciocho años. Sus principales pasatiempos son el tráfico al por menor de marihuana y la lectura de La Eneida —en latín, claro—. Sé que esta descripción no invita a encariñarse mucho con este chico, pero el autor es hábil a la hora de lograr que acabemos cogiendo simpatía a lo que en el fondo solo es un joven que busca sentido a su vida.

La trama se centra en la investigación que emprende Addison para descubrir quién ha asesinado a Kevin, un compañero de su instituto. Lo que comienza como simple curiosidad —el protagonista y el chico asesinado ni siquiera eran amigos—pronto se convierte en una obsesión para él, lo que le lleva a dedicarse en cuerpo y alma, junto a su «no novia» Digger, a localizar pistas que les puedan ayudar a esclarecer los hechos, lo que les causará no pocos problemas.

Pero, como comentaba, el núcleo de este tipo de novelas es el propio narrador y me atrevería a decir que en ésta la importancia de la personalidad de Addison es muy superior a la media. La manera en la que cuenta lo que le ocurre y lo que se le ocurre, ligeramente desordenada pero cargada de detalles, me atrajo desde el principio, así como otros recursos que a medida que avanza la novela se van haciendo familiares, como sus continuas interpelaciones al lector para llamar su atención o sus tiras y aflojas con Digger para mantener su pacto de no noviazgo. Al final, o al menos es mi impresión, la trama queda en un plano muy secundario y creo que dependerá mucho de cuánto le atraiga a cada lector Addison como personaje para que este libro le acabe gustando o no.

En lo que a mí respecta, Los criminales de noviembre me ha parecido un trabajo entretenido y original, que tal vez flaquea en su ritmo narrativo pero que lo compensa con un personaje tan bien construido como el irritante y entrañable Addison. Y soy de los que nunca se cansa de este tipo de seres.

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Mi nombre escrito en la puerta de un váter, de Paz Castelló

Mi nombre escrito en la puerta de un váter

Mi nombre escrito en la puerta de un váterAún no lo he vivido en mis propias carnes, pero es por todos conocido que la aventura por la que tiene que pasar un escritor novel —e incluso no tan novel— para publicar sus obras hoy en día es enormemente compleja y, en muchos casos, desoladora. Es cierto que actualmente el recurso de la autoedición está al alcance de todos; hay varios ejemplos de personas que han conseguido llegar a un público numeroso a través de este método, pero si obviamos estos casos puntuales, de nuevo la realidad nos muestra como, casi diariamente, libros en los que sus autores han puesto horas y horas de esfuerzo y de cariño quedan huérfanos de lectores. Esto que se debe, seguramente, más a la dificultad para hacerse ver en el hiperpoblado mundo literario que a la calidad de los textos.

Mauro Santos, el protagonista de Mi nombre escrito en la puerta de un váter, la última novela de Paz Castelló —quien, por suerte, sí que ha encontrado una editorial que le publique sus obras— es uno de esos escritores de indudable talento al que, sin embargo, no le ha acompañado la suerte a la hora de difundir sus textos. Por cosas del destino Germán Latorre, un conocido presentador de televisión, descubre su trabajo y le ofrece escribir para él, de forma que las novelas resultantes se publiquen bajo el nombre de Latorre. Que sea su negro, vaya. La relación es un éxito, tanto a nivel económico como de prestigio, debido a la calidad de los textos y a la fama del falso escritor, pero un buen día Mauro, cansando de que éste se lleve sus méritos, decide dejar de escribir para él. Esta situación se une a su participación en un reality literario en el que, para más inri, uno de los miembros del jurado es su antiguo mecenas, que hará todo lo que esté en sus manos para obligar a Santos a retomar su trabajo a su sombra.

La novela me enganchó desde muy pronto y creo que eso se debió en su mayor parte al estilo narrativo de la autora. Periodista antes que escritora, Castelló demuestra ser una gran creadora de tramas, ya que en esta novela las tenemos de todo tipo: un triángulo amoroso, toques de humor ácido, una fuerte crítica a los medios de comunicación y a la industria editorial, una pizca de esoterismo…y más ingredientes que prefiero no mencionar para no desvelar demasiado, ya que considero que otro de sus grandes alicientes es la capacidad de sorprender y de dar fuertes giros al guion, especialmente a partir de la segunda mitad del libro. Aunque confieso que intuí el final—son muchas horas de mi vida invertidas en ver capítulos de Castle—, Castelló ha logrado que fuese alargando mis sesiones de lectura noche tras noche. Las ojeras del día siguiente, muchas veces, son el síntoma de cuanto te está gustando un libro (y las mías han sido grandes y profundas).

No voy a desvelar más, por tanto, pero no puedo sino recomendar esta lectura a todos aquellos que quieran disfrutar de un relato que atrapa desde el principio, con unas subtramas y unos personajes muy bien construidos. Tengo la intuición de que Paz Castelló no va a tener que hacer de Mauro Santos para ningún Latorre aunque, tal y como vende la situación del mercado editorial en Mi nombre escrito en la puerta de un váter, no me quiero ni imaginar la cantidad de escritores que vivirían felices en ese papel.

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Ética de los medios de comunicación, de María Javiera Aguirre Romero

Ética de los medios de comunicación

Ética de los medios de comunicaciónOcurrió un incidente curioso mientras estaba leyendo este libro y creo que no está de más comentarlo. Seguro que muchos todavía os acordaréis (si es que para cuando se publique esta reseña el individuo al que voy a nombrar no ha preparado un show aún más bochornoso bochornoso): Juan Torres, catedrático de Economía, acudió al programa televisivo La Sexta Noche para presentar su último libro. Ante las acusaciones y las interrupciones continuadas de Eduardo Inda, periodista y desde hace no mucho tiempo propietario de un diario digital, el economista tuvo que abandonar el plató, ante la sorpresa del presentador, que no entendía por qué no se quería someter a ese juego. Minutos antes Inda había puesto en duda el testimonio del padre de uno de los militares fallecidos en el accidente del Yak-42, había banalizado sobre las responsabilidades de la Guerra Civil y había menospreciado a un compañero de profesión en repetidas ocasiones llamándole Copérnico cada vez que éste le interpelaba por la forma en la que sus reporteros hacían su trabajo. Y todo ello en menos de tres horas. ¿Cómo no va a estar en duda la legitimidad del periodismo cuando se permiten prácticas como estas semana tras semana? Sobre ello precisamente, sobre el papel de los medios, habla Ética de los medios de comunicación, el ensayo de la doctora en Filosofía y periodista chilena María Javiera Aguirre.

Es un libro que me ha hecho regresar mentalmente a mis todavía no muy lejanos años de universidad, ya que la gran mayoría de los pensadores que la autora chilena toma como referencia para construir su texto son muy habituales en las aulas de periodismo. Eso sí, he agradecido poder leer las aportaciones de autores como Castells, Habermas o Tocqueville sin tener que memorizarlas a toda prisa y con litros de café de por medio. Estoy seguro de que por eso he podido no solo comprender mejor sus ideas, sino también interiorizarlas. Y hasta disfrutarlas, por qué no decirlo.

Lo que sí que hay que dejar claro es que esta obra está muy enfocada a personas si no vinculadas, sí al menos enormemente interesadas en la profesión. Es un texto con una fuerte carga teórica, en el que la autora se esfuerza en destacar las diferencias entre las premisas con las que nació la prensa y los intereses que la mueven hoy en día. Romero busca remediar los vicios en los que ésta ha caído aplicando reformas éticas a tres niveles: el periodista individual, la empresa periodística y el sector profesional. Las propuestas de la autora no pueden catalogarse como milagrosas ni excesivamente originales, pero tampoco lo pretenden; de hecho, el valor de este ensayo, en mi opinión, se encuentra en comprobar cómo adoptando una serie de medidas coherentes —como puede ser la aprobación del Estatuto del Periodista Profesional, que tantos años lleva parada y que dotaría de base legal a la profesión— se podría avanzar en la recuperación de un oficio que ha sufrido crisis de todo tipo en los últimos años, pero que sin duda debe priorizar en reconquistar el prestigio perdido ante la opinión pública.

Ética de los medios de comunicación, en definitiva, es un ensayo bien estructurado y que recoge con sencillez y precisión los aspectos más importantes para entender cómo ha llegado el periodismo a la situación en la que se encuentra, cuáles fueron los pilares en los que fundamentó su papel y qué pasos hay que dar para que esta bella profesión pueda recuperar su sitio. Y episodios como el que he narrado al comienzo de este texto me dejan claro que la necesidad de tomar medidas es realmente alta.

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