
Lo había leído en la sinopsis que encontré en Internet y en la contraportada del libro, pero aun así no estaba preparado para ello y me costó un rato acostumbrarme a la lectura. No en vano, abordar una novela en la que es un feto el que te habla desde el vientre de su madre y te narra todo aquello que percibe del mundo exterior no es algo que se haga todos los días. Un feto que es consciente del plan que han ideado la mujer que lo va a dar a luz y el hermano de su progenitor para asesinar a éste y quedarse con una cara mansión en herencia. Este es el argumento y el original enfoque que propone Cáscara de nuez, la última novela de Ian McEwan.
McEwan se desmarca como un narrador excepcional, de esos que son capaces de introducirte en sus tramas, por enrevesadas que éstas sean a priori. Del estilo del escritor inglés, además de su notable capacidad para contar los acontecimientos de forma amena y adictiva, destacaría las metáforas que desgrana a lo largo de la novela, ya que son sumamente visuales y originales. De hecho, todo el texto destaca por su vocabulario cuidado y preciso, con mucha fijación en los matices, uno de los aspectos que más valoro en una novela —siempre que se use con moderación, claro está—. Así, el feto saborea lo que su madre come y se emborracha cuando ella se pasa con las copas de vino, al tiempo que va concibiendo el futuro que le espera en el mundo exterior en función de cómo avanzan los acontecimientos.
Y el humor. Toda la obra está impregnada de un humor nada blanco, ya que McEwan aprovecha la sinceridad de su nonato narrador para describir con dureza todo aquello que no le gusta del mundo en general y de lo que le rodea en particular. Así, la forma en la que describe a Claude, el hermano de su padre y amante de su madre, es más propia de un tertuliano del sábado noche que de lo que todavía no es un ni un ser vivo —un saludo a Rouco—. No tiene problema alguno para juzgar a sus seres cercanos, caricaturizándolos y censurando su forma de comportarse continuamente. Esta sinceridad llega a momentos tan explícitos y divertidos como cuando teme que Claude atraviese a su madre mientras practican sexo y le «siembre sus pensamientos con su esencia».
Cáscara de nuez es una novela lenta en su desarrollo que, sin embargo, consigue mantener la tensión en todo momento, gracias al buen hacer del escritor con la medición de los tiempos. Así, con una trama aparentemente sencilla —aunque realmente bien ejecutada—, McEwan consigue conquistar con su enfoque original y con su fabulosa capacidad para jugar con las palabras. Por ello, aunque no llevemos mucho de 2017, puedo decir con tranquilidad que es de lo mejor que he leído en estos últimos meses. Pero es que además, arriesgando un poco más en esta segunda valoración, tengo pocas dudas de que para finales de año esta novela seguirá estando entre mis lecturas favoritas.

Recuerdo la primera vez que entré en Internet. Como en casi todo en la vida, no fui de los primeros de mi cuadrilla; una tarde, animado por uno de mis amigos, fui a una ciberteca, una sala habilitada por el Ayuntamiento en la que te permitían conectarte durante una hora a la red. Siendo sinceros, creo que empleé ese tiempo en su totalidad en jugar a minijuegos en el navegador —algo que en aquellos tiempos me parecían lo máximo— y a hacerme una cuenta de Hotmail para poder acceder a ese invento que estaba substituyendo a las llamadas al teléfono fijo a la hora de hacer planes con los amigos: el Messenger. Qué tiempos aquellos (y qué rápido nos hacemos los viejos algunos).
Una de las cosas que más me gusta es la de poner banda sonora a cosas que no la tienen. De la misma manera que en una película se introducen canciones en mitad de distintas escenas para darles un valor añadido —con resultados muy dispares—, creo que otras situaciones cotidianas como tomar un vaso de vino, dar un paseo por el monte o, sobre todo, leer una buena novela, se pueden llevar a otra dimensión si las acompañamos de lamúsica apropiada. En el caso de Cómo dejar de escribir el hecho de vincularla a un tipo de música concreta ha sido obligado, dado que el estilo narrativo de Esther García Llovet es profundamente melódico. Esta novela suena a música canalla: a los primeros discos de Extremoduro, a Eskorbuto, a los Chichos, a El Coleta… De hecho, creo que en este caso es incluso más comparable su estilo con una referencia cinematográfica: Cómo dejar de escribir es cine quinqui puro, aunque situado en nuestra década, con todos los cambios sociales y culturales que ello implica.
No sé a ciencia cierta qué día se publicará esta reseña, pero me jugaría bastante a que a lo largo de esta semana saltará algún caso nuevo de corrupción en nuestro país. También incluyo en el boleto que buena parte de la sociedad, capitaneada por los batallones de Twitter y Facebook, mostrará un rechazo total contra este hecho, con claros mensajes de hartazgo hacia el sistema. Y cierro ya la apuesta con la profecía de que la semana siguiente el caso en cuestión se habrá olvidado o lo habrá tapado uno más llamativo y doloroso para las arcas públicas y que los imputados/investigados/nombre-que-le-pongan-en-el-futuro-para-que-no-suene-a-lo-que-es recibirán una condena proporcional al número de amigos que tengan en el Ejecutivo o de la posición que ocupen en la línea sucesoria a la Corona. Lamentablemente no creo que acabe echando esta apuesta, ya que la cuota que me ofrecerán por ella será realmente ridícula.
El mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.
omo pasa con algunas películas —de diversa calidad—, este es uno de esos libros que no espera a que te metas en situación para atacar. Una joven, tullida de ambas piernas, se arrastra con la ayuda de un carro hacia una base militar estadounidense. Los militares de ese país han asesinado a toda su familia y tienen en su posesión el cadáver de su hermano. La joven les reclama que se lo devuelvan para poder enterrarlo de acuerdo a su fe, lo cual éstos rechazan. El motivo que dan es que lo quieren exhibir públicamente, al considerar que se trata de un conocido líder talibán, lo cual la muchacha niega. Así da comienzo La guardia, una novela que nos mete de lleno en la guerra de Afganistán y sus tristemente famosos daños colaterales.
La primera imagen que se me viene a la mente de Pelé no es precisamente halagadora hacia el ídolo brasileño. Como tantos y tantos jóvenes me he criado viendo dos capítulos de los Simpson diarios durante años, así que es inevitable que venga a mi memoria el episodio en el que la familia amarilla va a ver un partido de soccer y antes de que éste dé comienzo aparece Pelé para saludar al respetable y ya de paso promocionar una marca de papel para el horno, tras lo cual un hombre trajeado le entrega una bolsa cargada de dinero. Por suerte también he tenido la oportunidad, a partir de algunos vídeos recopilatorios, de comprender la magnitud de su figura; si hoy en día alucinamos con lo que son capaces de hacer Leo Messi o Cristiano Ronaldo —dos jugadores que están, aún hoy, a mucha distancia del resto de los mortales—, no quiero ni imaginar lo que suponían aquellas gambetas, esos cambios de ritmo explosivos y esa calidad para definir de cara a puerta en una época en la que este deporte era tan distinto al actual.
Hace poco leí que después de que Donald Trump venciera en las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos, el libro 
Creo que tendría como doce o trece años cuando llegué un día extasiado a casa a contarle a mi madre lo genial que era el nuevo profesor que iba a tener ese curso. Solo había estado unas horas con él, pero me había parecido completamente distinto a lo que había visto por las aulas hasta el momento: divertido, simpático, que se interesaba por nuestra opinión sobre temas que hasta entonces parecían ser exclusivos de los adultos y que incluso tocaba la guitarra en un grupo de rock. Ni en mis mejores sueños. Mi madre, siempre tan astuta, me dijo que se alegraba mucho pero que tuviese cuidado, que normalmente los profesores que mejor pinta tienen al principio suelen ser los peores. Y meses después no podía sino darle la razón; mi ídolo se había convertido en un sufrimiento al que había que reírle todas las gracias, que ridiculizaba a los alumnos cuando le discutían sus soflamas y que era quisquilloso y estricto en sus exámenes. Es lo que tienen las primeras impresiones, que rara vez suelen ser correctas.
Desde siempre me han gustado las historias narradas en primera persona por el personaje protagonista, tanto en literatura como en cine y televisión. Hablo de aquellas en las que el narrador nos hace partícipes de todos sus pensamientos y sentimientos, por insignificantes o banales que estos sean. Cuando este tipo de obras están bien elaboradas, algo que, por desgracia, no siempre sucede, hacen que empatice fuertemente con el protagonista, por mucho que sus vivencias tengan poco o nada que ver con las mías. Quizás El guardián entre el centeno es la novela que mejor se adapta a lo que comento, ya que tuve la fortuna de leerla en un momento en el que mis dudas existenciales eran enormes; el testimonio de Holden Caulfield me ayudó, si no a superarlas, sí al menos a sentirme acompañado en esos momentos, lo que creo que es una de las mayores virtudes que puede tener un libro.
Aún no lo he vivido en mis propias carnes, pero es por todos conocido que la aventura por la que tiene que pasar un escritor novel —e incluso no tan novel— para publicar sus obras hoy en día es enormemente compleja y, en muchos casos, desoladora. Es cierto que actualmente el recurso de la autoedición está al alcance de todos; hay varios ejemplos de personas que han conseguido llegar a un público numeroso a través de este método, pero si obviamos estos casos puntuales, de nuevo la realidad nos muestra como, casi diariamente, libros en los que sus autores han puesto horas y horas de esfuerzo y de cariño quedan huérfanos de lectores. Esto que se debe, seguramente, más a la dificultad para hacerse ver en el hiperpoblado mundo literario que a la calidad de los textos.
Ocurrió un incidente curioso mientras estaba leyendo este libro y creo que no está de más comentarlo. Seguro que muchos todavía os acordaréis (si es que para cuando se publique esta reseña el individuo al que voy a nombrar no ha preparado un show aún más bochornoso bochornoso): Juan Torres, catedrático de Economía, acudió al programa televisivo La Sexta Noche para presentar su último libro. Ante las acusaciones y las interrupciones continuadas de Eduardo Inda, periodista y desde hace no mucho tiempo propietario de un diario digital, el economista tuvo que abandonar el plató, ante la sorpresa del presentador, que no entendía por qué no se quería someter a ese juego. Minutos antes Inda había puesto en duda el testimonio del padre de uno de los militares fallecidos en el accidente del Yak-42, había banalizado sobre las responsabilidades de la Guerra Civil y había menospreciado a un compañero de profesión en repetidas ocasiones llamándole Copérnico cada vez que éste le interpelaba por la forma en la que sus reporteros hacían su trabajo. Y todo ello en menos de tres horas. ¿Cómo no va a estar en duda la legitimidad del periodismo cuando se permiten prácticas como estas semana tras semana? Sobre ello precisamente, sobre el papel de los medios, habla Ética de los medios de comunicación, el ensayo de la doctora en Filosofía y periodista chilena María Javiera Aguirre.