
«La soledad es la causa del más gélido, del más repugnante de los sentimientos: el de la inesencialidad. Después, uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado».
¿Qué es lo mejor que puedes hacer cuando lees un libro de un autor de renombre y sales con la sensación de que éste no te acaba de convencer? Darle una segunda oportunidad, seguramente. Y ojo que esta es una decisión arriesgada, ya que en esta segunda oportunidad, como ocurre con casi todas las que se dan en la vida, es difícil dejar a un lado todo aquello que no te gustó la vez anterior. Si ya es difícil quitarse de los prejuicios, imagínense de los juicios. Pero si bien en mi primer intento con Peter Handke salí con un sabor agridulce y extraño, después de leer La mujer zurda las sensaciones son bien distintas. Al igual que en El miedo del portero al penalti, el tema que sobresale es la soledad, aunque tratado de forma muy diferente: a través de la separación de una pareja, en este caso.
El miedo a la soledad es uno de los más habituales en el ser humano. Lo sufrimos desde bien pequeños, cuando lloramos con amargura cuando sentimos a nuestra madre lejos, aunque sea sólo en lo que tarda en ir a calentar el biberón. Después vamos creciendo y la soledad pasa a convertirse en algo más complejo; demasiada nos deprime, pero demasiado poca nos satura. No podemos permitirnos el vivir sin contacto con los demás, pues somos animales sociales, pero, de cuando en cuando, nos resulta imprescindible alejarnos de todo y de todos para poder conversar con nosotros mismos, que es muchas veces el ser querido al que menos atención prestamos.
Marianne, la protagonista, es la mujer que, de forma inesperada, decide poner fin a su relación de pareja para comenzar una vida nueva con su hijo, lo que coincide con su vuelta al trabajo de traductora de libros, que había dejado tiempo atrás. Ella se ve obligada a reinventarse en prácticamente todos los niveles, tras años viviendo a las espaldas de un marido impulsivo, dominante y, posiblemente, adúltero.
Si en El miedo del portero al penalti descubrí algunos aspectos de la escritura de Handke que también se repiten, aunque en menor medida, en este libro, como su obsesión por los detalles minúsculos o su forma fiel de expresar las pequeñas decepciones y dramas del hombre contemporáneo, en esta novela el austriaco hace más concesiones al lector a la hora de ofrecerle una lectura más sencilla de digerir y de interpretar, lo que no evita que en buena parte del relato se mantenga ese simbolismo tan rebuscado suyo, que obliga a leer entre líneas para poder sacar conclusiones.
Pero, como digo, lo que ha hecho que saliese con buen sabor de boca de esta breve historia ha sido el equilibrio entre los momentos surrealistas y febriles con aquellos en los que la trama toma un camino más o menos lógico y sugerente. Ello, unido a un final de puro vodevil, hace que La mujer zurda me parezca un buen punto de partida para aquellos que quieran atreverse a descubrir a este complejo y original escritor.

Siempre se ha dicho que los porteros, principalmente los de fútbol pero me atrevería a decir que aún más los de otros deportes como el balonmano o el hockey, son gente realmente peculiar. Y es que hay que ser bastante especial para decidir desde bien pequeño que quieres ocupar una posición en el campo en la que muy bien lo tienes que hacer para cubrirte de gloria y donde, sin embargo, un mínimo despiste te puede hundir en la miseria. Eso además de la frecuencia con la que tienes que jugarte el tipo para evitar que el balón, pelota o disco toque tu red. Aún con todo, estoy seguro de que ningún portero —de los profesionales, al menos— tiene una personalidad tan extraña y amarga como Josef Bloch, el protagonista de El miedo del portero al penalti.
La batería es uno de esos instrumentos que jamás me he planteado tocar en mi vida. Mi falta de psicomotricidad puede haber influido en mi desidia hacia este instrumento, pero lo cierto es que podría nombrar a centenares de cantantes, guitarristas, trompetistas… ¡incluso bajistas!, pero me costaría horrores acordarme de media docena de baterías. Precisamente por eso, una de las cosas que más me han impresionado de Punk Rock Blitzkrierg, la biografía que Marky Ramone escribió con la colaboración de Rich Herschlag, ha sido la forma en que este ya veterano músico consigue transmitir su pasión por el instrumento al que ha dedicado su vida.
Quién te lo iba a decir a ti hace diez años. Quién te iba a decir que ibas a pelearte por un sueldo de miseria y un horario de monja de clausura con gente que te dobla en carreras y te triplica en másteres, que ibas a pasar de pensar en cómo sería tu trabajo soñado a soñar con tener un trabajo, que ibas a permitir que pisoteasen tus derechos laborales día sí y día también porque bueno, levantas una piedra y encuentras a cien personas que matarían por tener tu puesto, que ibas a pasar de rechazar la propina a los familiares con el brazo extendido a hacerlo con la boca pequeña, no vaya a ser que se lo tomen en serio por una vez y la preparemos.
Desde que Mortadelo peinaba una recia melena y desde que Zipi y Zape no eran castigados diariamente por don Pantuflo a dormir en el cuarto de los ratones. Ese es, más o menos, el tiempo que llevaba sin leer un cómic/novela gráfica (como novato en este mundillo, no quiero ofender a nadie). ¿Qué me llevó a interesarme entonces por Avery’s blues? La música, sin duda. Una historia que habla de un joven negro dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de que le convierta en el mejor bluesman tenía que leerla, independientemente del formato en que estuviese publicada. Y he de decir que el dibujo en este caso no sólo es estéticamente agradable, sino que además ayuda enormemente a trasladarte a los años de la Gran Depresión americana y, más específicamente, a la región del delta del Misisipi, una de las zonas donde 
“Duerma tranquila, buena gente, todo es absolutamente falso y lo demás está controlado”.
Islandia es un país curioso. Tiene el tamaño de Corea del Sur y sólo un poco más de población que La Rioja. En 2008, a comienzos de la crisis económica, su gobierno decidió dejar que los principales bancos del país se hundiesen en lugar de rescatarlos y salió victorioso. Y quién no recuerda la espartana actuación de su selección de fútbol en la pasada Eurocopa, en la que tan sólo Francia, la selección anfitriona, pudo frenar a un equipo plagado de jugadores desconocidos para el gran público. Pero si hay un sujeto que confirma que en ese frío territorio son tan raros como cachondos, ese hombre es Jón Gnarr. Alcalde de Reikiavik entre 2010 y 2014, este cómico llegó al poder en la capital islandesa con su ‘Best Party’ (Mejor partido), desde donde hacía promesas como que en invierno no apagaría el sol o que construiría un parque de atracciones Disney en las cercanías de aeropuerto. Durante su etapa de regidor se ganó la simpatía y la admiración de su pueblo, así como de personajes tan populares y heterogéneos como Noam Chomsky o Lady Gaga.
Soy de esos lectores que, por regla general, más que leer devoran los libros. Con prisa, con sagacidad, como si el tiempo que inviertes en una lectura sólo fuese un obstáculo para meterte en una nueva. Con los relatos de Paulina Flores, sin embargo, he tenido que cambiar esta dinámica; para leer y disfrutar de Qué vergüenza, la primera obra de esta joven autora chilena, he tenido que bajar varias marchas a mi motor cerebral. No en vano, sus historias cortas invitan a evadirse y a volver la vista a los buenos y malos momentos del pasado. Con una prosa sencilla pero absorbente, Flores consigue meterte de lleno en los ambientes generalmente humildes en los que sitúa sus relatos.
En esos años que transitan entre el final de la infancia y el principio de la adolescencia me hice aficionado al Wrestling, la lucha libre profesional, que por aquel entonces emitían de madrugada. Cuento esto porque unas navidades mis padres tuvieron a bien regalarme un DVD con uno de estos espectáculos, y en él aparecía un señor trajeado, ya entrado en años, que se atrevía a apostarse su prominente cabellera con el promotor del evento (y que acabó conservando). Si alguien me hubiese dicho, allá por las navidades del año 2007, que ese tipo iba a ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos…seguramente hubiese pensado que, al igual que en aquellas peleas, todo lo que estaba viendo por televisión no era más que mero artificio, puro entretenimiento.
No me hace falta ser Sandro Rey para saber que no has oído hablar de Emmanuel Bove. No te avergüences: formas parte del 99% de la población, entre la que me incluyo (porcentaje no verificado por el INE). Fallecido en 1945, a los 47 años de edad, sus textos permanecieron en el olvido hasta la década de los ochenta, cuando algunos de sus admiradores consiguieron que sus obras volvieran a reeditarse en Francia, con un notable éxito. Hermida Editores ha decidido publicar una pequeña colección de sus relatos en castellano, bajo el título del primero de ellos, Henri Duchemin y sus sombras.
Ésta es una reseña complicada. Complicadísima, de hecho. Tres días y una vida es una de esas novelas que te mueres por comentar con alguien según las acabas, pero de las que sabes que es casi imposible hablar sin desvelar más de lo que deberías. A pesar de ello prometo que voy a esforzarme en intentar expresar lo que me ha parecido su lectura destripando lo menos posible del libro, porque todos sabemos lo que fastidia un spoiler literario.
2016 está siendo un año terriblemente duro para el mundo de la música. Si en enero nos dejó