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Yo soy más de series, de varios autores

Yo soy más de series

Yo soy más de seriesNo sé si a ti también te ha pasado, pero no es una situación nada agradable. Enciendes el ordenador, te metes en Netflix (o en una de esas alternativas inmorales de las que nunca he oído hablar), repasas durante minutos, tal vez horas, toda la oferta de series televisivas, dudas durante aún más tiempo y al final decides apagar el ordenador y ponerte a ver Telecinco. Estás seguro de que lo que están echando en ese momento es peor que un canal que emita Ana y los siete ininterrumpidamente (perdón por la idea), pero al menos no te obliga a decidir entre los centenares de interesantes opciones que tenemos en la llamada Edad de Oro de las series.

Yo soy más de series viene a ocupar el lugar de ese amigo que todos tenemos y que ha visto el último capítulo de todo lo que se ha emitido en televisión desde Verano azul. El libro de Esdrújula Ediciones nos ofrece una selección de 60 series escogidas y analizadas por sendas personas, bajo la coordinación de Fernando Ángel Moreno y Víctor Miguel Gallardo Barragán. Es una selección puramente personal, lo que tiene su parte mala y su parte buena. La mala, es que se echan (mucho) en falta algunas emisiones míticas, como Los Simpson, Black Mirror o Cómo conocí a vuestra madre. Me hubiese encantado leer una reflexión profunda sobre la personalidad de Barney Stinson o acerca de la estupidez supina de Homer Simpson, no voy a negarlo. La parte buena es doble, eso sí: por un lado, se percibe en cada artículo que las series reseñadas de verdad apasionan a los autores. En segundo lugar, el libre albedrío a la hora de escoger me ha permitido descubrir unas cuantas series de las que no tenía ni idea de su existencia, así como apuntarme para ver en el futuro alguna otra con la que seguramente no me hubiera atrevido nunca de no ser por los textos.

Los autores son tan heterogéneos como sus elecciones, y eso se refleja en sus aportaciones a este libro. Nos encontramos así con valoraciones de periodistas, profesores, escritores, investigadores, políticos, poetas o actrices. Por ello, no es de extrañar que sus artículos sobre las series sean de lo más variopinto; los hay breves y extensos, descriptivos y opinativos, sencillos y académicos, divertidos y tediosos…La nota general es la originalidad, que hace que ninguno de los 60 artículos siga la misma estructura. Por poner un par de ejemplos para abrir boca, podremos encontrarnos una descacharrante y surrealista valoración en cómic de la magnífica Utopía o una opinión sobre The Big Bang Theory en la que se cita, entre otros, a la música grunge, a las Olimpiadas de Barcelona o a Nelson Mandela.

Y la pregunta que más de uno se estará haciendo: ¿Hay spoilers? Pues sí, la mayoría inofensivos y necesarios para contextualizar, pero debo confesar que alguno que otro me ha fastidiado un poco, sobre todo los que afectaban a series que todavía no he visto pero que tengo intención de disfrutar. Así que, ávido lector seriéfilo, te hago una recomendación si decides adquirir este libro: lee primero las reseñas de las series que ya hayas visto y deja en standby las que afectan a las que vayas a ver pronto. Y es que, como todo buen consumidor masivo de series sabe, todo se perdona en esta vida excepto un spoiler.

Yo soy más de series tiene dos aportes fundamentales, en mi opinión: reflexión y consejo. Reflexión porque permite que profundicemos y, en varios casos, redescubramos desde una perspectiva distinta algunas de las historias que nos han acompañado durante años (o que todavía lo hacen). Y consejo porque, ante las innumerables opciones que pone cada día ante nosotros Netflix (y esas alternativas de las que, de verdad, jamás he oído hablar), nunca viene mal que alguien nos separe el grano de la paja.

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Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender

Viaje a la aldea del crimen

Viaje a la aldea del crimenSalvo en la publicidad y en las películas de Disney, nada suele ser blanco o negro. Todos los periódicos históricos tienen sus manchas, puntos negros que no sólo no deben quedar en el olvido, sino que merece la pena que se recuerden con cierta frecuencia para que no se vuelvan a producir. Y los crímenes que se cometieron entre el 10 y el 12 de enero de 1933 en Casas Viejas, una diminuta localidad gaditana, fueron tan cruentos, injustos y desproporcionados que difícilmente podrían ser justificados, ni siquiera por los más defensores de la Segunda República.

¿Y qué ocurrió en Casas Viejas? Pues a grandes rasgos, que un grupo de vecinos, hartos de pasar hambre y de contemplar las tierras sin labrar que les rodeaban, decidieron proclamar el comunismo libertario, de la misma manera que estaba ocurriendo en otros puntos del país. El gobierno republicano, presidido por Manuel Azaña y asfixiado por las continuas afrentas que recibía tanto desde la derecha monárquica como desde la izquierda anarcosindicalista, decidió sofocar esta insurrección de la manera más cruel e inhumana posible: mandando ejecutar a todo aquel sospechoso de traición. De esta manera, la rebelión fallida se saldó con 25 muertos: 22 civiles y tres guardias. El periodista Ramón J. Sender acudió a Casas Viejas en los días posteriores a los hechos para contar lo ocurrido a través de breves crónicas, que serían publicadas primero en el diario obrero La Libertad y posteriormente a modo de libro, bajo el título de Viaje a la aldea del crimen.

Son unas crónicas noveladas, en las que el autor actúa como narrador omnisciente y se permite ciertas licencias narrativas, como la exposición de los pensamientos de alguno de los protagonistas, que difícilmente pudo conocer al haber sido éstos asesinados. La prosa de Sender es llana, viva y expresiva; utiliza mucho las frases cortas y adjetiva con sencillez y precisión. Las crónicas son de escasa extensión, de apenas cuatro o cinco páginas casa una, pero Sender no busca la concisión en sus narraciones; el escritor y periodista se explaya en las descripciones de los lugares, ambientes y personas cuando lo cree necesario, al tiempo que introduce conversaciones y opiniones de los lugareños, transcritas fonéticamente, que ayudan a construir un rico reflejo de lo que vio y sintió en su visita a la pequeña pedanía de Medina Sidonia.

Son precisamente estos detalles, esas conversaciones con los lugareños, los que permiten comprender el marco de pobreza, miseria, analfabetismo y hambre en el que se produjeron los sucesos. Me dejó especialmente tocado la siguiente frase durante la lectura: “Un compañero, con el que celebramos haber coincidido en el viaje, nos dice cuando volvemos a la fonda: —Después de ver a estos hombres, da vergüenza comer”.

Sender no esconde su ideología para construir su relato. Al contrario: durante toda la narración da muestras de su progresismo, de sus fuertes principios de izquierdas, de su conciencia obrera. Ésto no evita que sea duro, durísimo, con el gobierno de Azaña, al que no sólo critica su reacción en Casas Viejas, sino que lo responsabiliza de no poner remedio a las graves desigualdades existentes en el país.

Lo ocurrido en Casas Viejas fue una respuesta desproporcionada, vengativa e insensible ante un levantamiento idealista y desesperado, impulsado por el hambre y por las ganas de formar parte de una sociedad más justa. Viaje a la aldea del crimen es, por tanto, un relato tan amargo como necesario para no olvidar una de las peores manchas de la historia reciente de España.

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El camino del perro, de Sam Savage

El camino del perro

El camino del perroDesde hace años tengo por costumbre leer acompañado de un bolígrafo de tinta negra y de una pequeña libreta de hojas cuadriculadas. Años atrás solía subrayar en los libros las frases que me gustaban y anotaba en los márgenes algunas opiniones que me transmitía lo que había leído, pero pronto comprendí que eso era una auténtica guarrada. Desde entonces siempre intento tener cerca mi libreta, para que todo aquello que me impacta de una nueva lectura no se me escape. Digo esto porque El camino del perro ha sido el primer libro en mucho tiempo que me ha obligado a abandonar este ritual. Y es que, cada vez que me gustaba una idea abría el cuaderno, pero no sabía cómo recogerla. Y algo parecido me ocurría al leer antes de acostarme, dado que a la mañana siguiente intentaba hacer memoria sobre lo que había leído la noche anterior pero no era capaz de explicarlo. Sólo sabía que esa novela no era como las demás. Y ese es uno de los aspectos que más valoro en mis lecturas.

Lo nuevo de Sam Savage es, a grandes rasgos, el largo monólogo interior de un antiguo pintor y mecenas de escaso éxito, en lo que parecen los últimos días de su vida. A través de Harold Nivenson, el protagonista, Savage lanza reflexiones ácidas y feroces sobre todo tipo de cuestiones, desde los traumas de la infancia a la industria del arte, aunque centra su crítica en el consumismo, la religión mayoritaria en este siglo XXI. Nivenson, quien parece iluminado por la cercanía de su último respiro, suelta pensamientos amargos a borbotones y construye un desprecio admirable contra la sociedad buenista, hipócrita y pequeñoburguesa que le rodea y de la que él no se siente parte activa. Sólo parece mostrar algo de cariño por dos seres ya fallecidos: Roy, su perro, y Peter Meininger, un pintor alemán con el que mantuvo una compleja relación de admiración y envidia durante sus años de mecenazgo.

Savage publica este trabajo a los 75 años. Toda una vida a sus espaldas, dedicada a profesiones tan diversas e inconexas como la de mecánico de bicicletas, profesor de filosofía o pescador de cangrejos. Hasta 2005 no publicó su primera novela y fue en 2007 cuando alcanzó un notable reconocimiento con Firmin, la historia de una rata nacida en el sótano de una librería que se alimenta, intelectual y digestivamente, de los libros que va encontrando.

Su sexta novela, la primera que he leído del autor, es un libro al que cuesta hacerse, lo confieso. De hecho, si me hubiesen preguntado mi opinión sobre ella cuando sólo había leído veinte páginas, creo que ni el propio Savage me hubiese sacado una respuesta agradable. Es lógico, ya que este libro nos obliga a cambiar el chip a todos los que estamos acostumbrados a leer tramas más o menos convencionales. Sin embargo, la reflexión cruda y descarnada que nos ofrece Savage en las 150 páginas que ocupa este libro llega a crear empatía ya que, pese a que Nivenson parece despreciar todo lo que le rodea, su crítica a lo terrenal se conjuga con una solemne admiración hacia lo artístico e intangible.

Si eres de esas personas que tienen una taza de Mr. Wonderful y tu descripción en Twitter reza algo así como “enamorado de la vida”, “carpe diem”, o “ciudadano de un lugar llamado mundo” te invito a que te alejes de este ensayo todo lo que puedas. El camino del Perro es café para muy cafeteros; un libro breve pero lo suficientemente intenso como para dejar un poso amargo y duradero en el lector, al que invita a reflexionar sobre lo absurdo e hipócrita del mundo en el que nos ha tocado vivir.

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El hombre que cayó en la Tierra, de Walter Tevis

El hombre que cayó en la Tierra

El hombre que cayó en la Tierra*Nota: si tienes Spotify o YouTube a mano, Starman de David Bowie es la banda sonora de esta reseña (al menos es la canción que he escuchado en bucle mientras la escribía).

Suelo huir de la ciencia ficción como un político español de una fecha de investidura. Quizás sea por falta de imaginación o por miedo a lo desconocido, pero casi siempre recurro a narraciones que podrían ocurrirme a mí o a cualquier persona corriente. Es que es leer algo de combates interplanetarios o de personas que conversan con robots como si fueran íntimos amigos y me tiendo a evadir de la historia, no puedo remediarlo. El hombre que cayó en la Tierra, por ello, ha sido todo un atrevimiento por mi parte, una salida de mi zona de confort literaria de la que no me arrepiento para nada.

Thomas Jerome Newton es un extraterrestre con unos rasgos físicos muy similares a los humanos. Su planeta, Anthea, ha acabado devastado por múltiples guerras y los escasos habitantes que sobreviven parecen tener su destino escrito, debido a la escasez de agua y de otros recursos naturales esenciales. Por ello, Newton es enviado a la Tierra con una misión hartamente compleja: reunir los recursos necesarios para construir una gran nave espacial que pueda trasladar a los antheanos supervivientes a nuestro planeta. Su principal baza es que su especie está mucho más desarrollada que la nuestra, lo que le lleva a amasar una gran fortuna muy pronto, al fundar una empresa que lanza al mercado diversos inventos revolucionarios.

Es en este contexto donde Walter Tevis desarrolla una historia atípica, que se distancia de las habituales tramas de invasores alienígenas para exponernos las vivencias de un ser con una personalidad muy compleja. Newton manifiesta tempranamente fuertes sentimientos de soledad y melancolía, que le llevan a pasar largos periodos de tiempo aislado en su mansión y a destrozar su frágil cuerpo con litros y litros de ginebra. Su inadaptación al mundo, su falta de humanidad hace que, paradójicamente, resulte más humano. El otro gran personaje del libro es Nathan Bryce, un profesor universitario que, atraído por los inventos de Newton, que él considera que escapan de las capacidades humanas, comienza a trabajar en su empresa para poder conocerle y descubrir qué hay detrás de ese peculiar sujeto.

En esta edición de la editorial Contra, los homenajes a David Bowie son numerosos, desde la sobrecubierta a la cubierta, pasando por el marcapáginas. Y es que El Camaleón del Rock fue el encargado de interpretar a Newton en la versión cinematográfica de la obra, estrenada en el año 1975. Quién mejor que él para encarnar a un ser tan extraño, solitario y sobresaliente. Bowie tenía muy presente al personaje, hasta el punto de que uno de sus últimos proyectos antes de fallecer fue un musical a modo de secuela de esta historia, bajo el nombre de Lazarus.

No sé si El hombre que cayó en la Tierra me ha acercado más a la ciencia ficción o no, dado que considero que Tevis toma las porciones justas de fantasía y de futurismo para presentarnos una historia mundana y profundamente crítica con la sociedad moderna. Lo que sí que tengo claro es que estamos ante un clásico cuyo mensaje no ha quedado desfasado con el paso de las décadas, dado que la soledad y la inadaptación están cada vez más presentes en hombres y mujeres de nuestros días, que no han tenido que caer en la Tierra para sentirse extraños en ella.

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Skagboys, de Irvine Welsh

Skagboys

SkagboysHace poco leí un reportaje en El País que hablaba sobre un tenue pero peligroso repunte del consumo de heroína en España. En EEUU, la muerte del actor Philip Seymour Hoffman por sobredosis hizo visible que la droga que tanto daño había causado décadas atrás y que parecía haber quedado en la marginalidad mantiene aún hoy una fuerza considerable y toda su capacidad destructiva. Por eso creo que no es mal momento para leer al escritor que mejor ha descrito el ciclo vital de la adicción a la heroína; si en Trainspotting Irvine Welsh nos narraba los intentos de Mark Renton de desengancharse de la droga y de todo lo pernicioso que le rodeaba, Skagboys, es el viaje a los orígenes de sus males, cuando él y su inseparable cuadrilla del norte de Edimburgo prueban por primera vez el jaco y comienzan a dejar a un lado sus aspiraciones, sus creencias, sus sentimientos afectivos y todo aquello que no les ayuda a conseguir un nuevo chute.

 Creo que es oportuno avisar de que no es una novela fácil de leer, ya que el bueno de Irvine no es muy dado a lo ortodoxo. En este trabajo, como en los anteriores, no faltan las palabrotas cada dos o tres frases, el argot escocés, los juegos de palabras, las referencias a personajes sólo conocidos en el país del Brexit… Por suerte, las notas del traductor a pie de página solucionan muchas de las papeletas. La escritura de Welsh también puede resultar algo cruda para según qué lectores, dado que es explícito en todos los sentidos y en todos los ámbitos: con las drogas, con el sexo, con la violencia, con lo escatológico…impregnándolo todo de una ironía muy particular y de un sentido del humor que muchas veces tiene un color más oscuro que el negro.

Me gusta especialmente la forma en la que el autor relata los inicios de los protagonistas con las drogas duras, dado que lo expone de una forma honesta, sin apelar al victimismo o al desconocimiento de las consecuencias. Renton explica poco antes de inyectarse su primera jeringuilla que es consciente de lo que ello conlleva y de cuál es el futuro que le espera a partir de entonces. Las descripciones de los efectos y de las sensaciones que tienen los protagonistas al consumir también son muy realistas. Welsh, ex adicto, sabe pasar sus vivencias a papel como muy pocos.

Renton, al principio de esta precuela, es muy distinto a como lo conocimos una década después. Es mucho más inocente e idealista, un joven con unos fuertes intereses intelectuales, de notas brillantes y con fuertes valores de clase obrera. Y es que hay mucho de lucha de clases en Skagboys, un aspecto que se percibe no sólo en las reivindicaciones laborales y en las huelgas, sino también en momentos más sutiles, como en las conversaciones de los trabajadores sobre sus jefes o en los odios de los chicos de barrio humilde hacia los snobs.

No es necesario haber leído las dos novelas anteriores, Trainspotting y Porno, para disfrutar con este libro, pero los fans de la saga podrán apreciar la evolución de ciertos rasgos de la personalidad de los protagonistas. Así, Renton ya empieza perder empatía por los demás, Begbie saca a relucir sus puños a la primera de cambio, Tommy es el más sano y deportista, Sick Boy muestra ya ser todo un sociópata y Spud es un pobre tontorrón al que nada le sale bien, especialmente en lo laboral y en lo sentimental.

La estructura del libro es endiablada y alterna narraciones en primera persona de distintos personajes con fragmentos contados en tercera persona, al tiempo que intercala informes históricos o trozos del diario de Renton. Es una novela coral en la que, además de los ya citados protagonistas, intervienen una gran cantidad de personajes, por lo que en ocasiones se vuelve algo complicado seguir el hilo del relato o saber quién es el narrador hasta pasados unos párrafos. Pero es lo que tiene leer a Welsh, al fin y al cabo: nunca puedes esperar de él nada al uso.

Skagboys, que podría traducirse como “Los chicos del jaco” (Welsh explicó en su día que skag es su forma favorita de referirse a la heroína) es la crónica de una autodestrucción anunciada, el relato de la caída en desgracia de unos jóvenes en los que el autor escocés refleja a aquella generación perdida por la heroína. Una catástrofe que también sufrió nuestro país y que convendría no olvidar para no volver a tropezar con la misma piedra.

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Narcisa, de Jonathan Shaw

Narcisa

Narcisa«Si Hubert Selby Jr., Charles Bukowski, Ernest Hemingway, Jack Kerouac, William Burroughs, Neal Cassady, Hunter S. Thompson, el marqués de Sade, Antonio Carlos Jobim, João Gilberto, Edward Teach, Charlie Parker, Iggy Pop, Louis-Ferdinand Céline, Robert Crumb, Robert Williams, Joe Coleman, Dashiell Hammett, E. M. Cioran y The Three Stooges hubiesen coincidido en una especie de grasienta y vergonzosa orgía de burdel, Jonathan Shaw sería, sin lugar a dudas, el diabólico y libertino vástago resultante».

Creo que es difícil hacer una crítica más acertada y descriptiva que la anterior; todos esos hombres, entre los que Johnny Deep incluyó hasta al mismísimo Barbanegra, tienen características en común: son personajes irreverentes, inadaptados y que dejaron una impronta especial en su disciplina artística. Deep vio muy clara la marca que su tatuador, Jonathan Shaw, grabó en la literatura con su primera novela, tan clara que le convenció para reeditarla con su propio sello editorial en 2015 y ahora es Sexto Piso quien la publica por primera vez en castellano.

Un inciso antes de meternos en harina: Rubén Martín, el traductor de esta novela, merece que se le haga una referencia especial. Narcisa es una obra especialmente compleja, con mucha jerga, juegos de palabras, vocabulario en portugués, onomatopeyas, reglas ortográficas y gramaticales retorcidas… Y considero que la labor que ha hecho el Martín es espectacular. No he podido compararlo con la novela original, pero sólo por haber conseguido sacar adelante una traducción tan creíble y legible con todas estas complicaciones, me parece necesario mencionar y aplaudir su trabajo.

Centrándonos ya en la novela, Narcisa nos presenta la historia de Cigano, un antiguo traficante a tiempo parcial y yonki a tiempo completo que, tras abandonar la cárcel y haber superado los cuarenta años de edad, decide iniciar una nueva vida en Río de Janeiro. Allí, en una ciudad repleta de vicio, violencia y pobreza, tropieza con la más dura y letal de las adicciones: Narcisa, una joven prostituta con un pasado atroz, un presente desastroso y un futuro que parece imposible de cambiar por culpa de sus múltiples adicciones y de su tendencia destructiva.

Narcisa es todo lo malo del mundo y, al mismo tiempo, todo lo que hace que merezca la pena vivir. Es interesada, cruel, viciosa, avariciosa, zafia, imprevisible, malhablada, ladrona, paranoica, agresiva, inestable, engreída, terca, impaciente, mentirosa y caótica. También es pasional, luchadora, inteligente, culta, curiosa, irónica, nihilista, sincera, risueña, atrevida, cariñosa, imaginativa, decidida y valiente. Narcisa son las mariposillas más agradables que has notado nunca en el estómago y el dolor más agudo y desgarrador que has tenido que padecer.

Por encima de la trama, lo que sobresale en este trabajo es el estilo del autor, muy personal y descarnado. Shaw hace literatura pomposa desde el fango más oscuro y pegajoso: tiene la facultad de embellecer lo espantoso y de hacer que lo aparentemente agradable dé auténtica grima. Su escritura es un viaje con volantazos agresivos, un tobogán de comparaciones, metáforas, e hipérboles provocadoras y siempre al límite de lo moralmente aceptable. Sin duda Charles Bukowski, referente del realismo sucio con quien Shaw compartió conversaciones y botellas cuando ambos colaboraban en Los Angeles Free Press, estaría muy orgulloso de él.

Los pequeños capítulos en los que se divide este libro, de apenas tres o cuatro páginas cada uno, se leen con ansiedad, me atrevo a decir que hasta con gula. No es que sea una novela con un argumento deslumbrante, con muchos giros narrativos y con diálogos frenéticos; más bien todo lo contrario. Shaw se recrea en sus descripciones todo lo que cree conveniente, adjetivando todo lo adjetivable e introduciendo figuras literarias muy por encima de lo habitual en la literatura del siglo XXI. La narración es, de hecho, muy musical; sólo hay que ver alguno de los vídeos que hay por la red en los que Shaw recita algún fragmento para darse cuenta de esa sonoridad, de esa cadencia que pide con ansia una banda sonora a la que amoldarse.

Es un libro extenso y en ocasiones agotador. Agota porque no ves salida a los problemas que sufren los dos protagonistas, porque los dos chocan una y otra vez con la misma piedra: Narcisa con la del crack, Cigano con Narcisa. Ambos tratan de abandonar su adicción, de dejar de ser esclavos de aquello que les está destrozando por fuera y por dentro, pero siempre acaban volviendo a recaer en sus infiernos. Un triángulo amoroso apasionante y pernicioso a partes iguales, del que será difícil prever cuál de los integrantes será expulsado de la relación.

Estoy seguro de que a muchas personas no sólo no les gustará, sino que aborrecerán esta novela a los pocos capítulos. Y me parece la cosa más lógica del mundo: Narcisa no es apto para todos los públicos, no sólo por cuestión de edad, sino también porque requiere una predisposición a enfrentarse a un relato cruel y desangelado y no todos estamos dispuestos a pagar ese precio por leer una gran novela. Para mí es uno de los grandes descubrimientos del año, una lectura que me ha tenido obsesionado desde antes incluso de tenerla en mis manos. Y creo que lo mío también tiene toda la lógica del mundo. Al fin y al cabo, todo en Narcisa son excesos y contrastes.

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¿Por qué trabajamos?, de Barry Schwartz

¿Por qué trabajamos?

¿Por qué trabajamos?Algunas veces, cuando la situación es propicia, en mi cuadrilla de amigos tenemos la costumbre de jugar a un juego bastante estúpido. No sé si tiene un nombre oficial, pero solemos llamarlo ‘qué preferirías’ y consiste en lanzar una pregunta con dos posibilidades muy similares, tanto para bien como para mal. Cuento esto porque recuerdo que una noche, en la que ya había una pirámide de latas de cerveza bastante considerable sobre la mesa, hubo una cuestión que nos mantuvo más tiempo de lo habitual discutiendo entre nosotros. Fue algo así como ‘¿Qué preferirías, un trabajo muy bien pagado en el que estás a disgusto o uno que te proporciona lo justo para vivir pero en el que te sientes feliz con lo que haces? Estoy seguro de que no surgió con esas palabras, pero la idea era esa. Y la opción más elegida, casi por unanimidad, fue la segunda.

De ahí que antes de leer este libro ya tenía bastante arraigada la idea de que la mayoría de la gente no sólo aspira a obtener un salario con su trabajo. Por supuesto que es uno de los motivos principales, si no el principal, para que uno decida dejar de cazar Pokémons por la calle y se ponga a hacer otras tareas menos fascinantes, pero me resisto a creer que el común de los mortales no valora otros aspectos de aquello a lo que va a dedicar casi un tercio de su vida. Había escuchado ya varias voces que refrendaban esta opinión, aunque lo cierto es que la argumentación que hace Barry Schwartz en ¿Por qué trabajamos? es, posiblemente, la más sólida y rupturista que he leído hasta la fecha. El psicólogo estadounidense centra sus esfuerzos en señalar y desterrar algunas ideas sobre las que se construyó el sistema capitalista y que, pese a las numerosas evidencias de sus errores, aún no han sido sustituidas. A grandes rasgos, estas son que las personas somos vagas por naturaleza y que el empresario sólo debe preocuparse de facilitarnos un sueldo, ya que éste será el único motivo por el que trabajaremos.

Schwartz rechaza desde un principio estas premisas y enarbola un discurso en el que, pese a incluir algunos conceptos relativamente complejos, emplea un lenguaje asequible y los introduce de un modo muy pedagógico. Especialmente útiles son algunos ejemplos que incluye para clarificar sus ideas, como el de un estudio que recogió testimonios de trabajadores de limpieza de un hospital, y que reveló que estos no se limitaban a cumplir con las funciones que establecía su contrato, sino que las adaptaban para hacer la vida más agradable a los enfermos. Esto hacía a su vez que los trabajadores se sintieran realizados con su trabajo, al sentir que servían a un bien superior.

El autor también desgrana diversas ideas y actitudes durante el texto para mostrar que depende tanto de las empresas como de los propios empleados, y no tanto del trabajo en sí, que el trabajador pueda sentirse satisfecho y comprometido con su labor. Schwartz parte de la base de que un trabajador satisfecho cumple mejor con su función para defender la necesidad de acabar con esos dogmas falsos que nos acompañan desde la Revolución Industrial y que reducen la vida laboral a una cuestión meramente económica.

Este libro está incluido en la colección TED de Empresa Activa. Para los que no hayáis visto nunca un vídeo de TED, se tratan de conferencias de poca extensión en las que una persona transmite una idea que le apasiona especialmente. Schwartz tiene ya unas cuantas charlas TED a sus espaldas, entre ellas una titulada Nuestra concepción del trabajo está torcida, que es la base sobre la que se asienta este ensayo. Recomiendo verla como punto de partida, para saber si se tiene interés en profundizar en el tema. Por mi parte, puedo decir que ¿Por qué trabajamos? ha sido una lectura muy enriquecedora, tanto por las ideas que defiende como, sobre todo, por su enfoque original en torno al mundo laboral y a la propia condición humana.

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La ‘Ndrangheta. Una mafia en la sombra, de Francesco Forgione

La ‘Ndrangheta. Una mafia en la sombra

La ‘Ndrangheta. Una mafia en la sombraLo primero que me llamó la atención de este libro fue, sin duda, su tamaño. Sé que es un detalle bastante simplón pero, acostumbrado como estoy últimamente a leer auténticos tochazos, (la autobiografía de Elvis Costello ha hecho más por mis bíceps que cualquier gimnasio) me sorprendió cómo aquel pequeño paquete que vi una mañana dentro del buzón y que confundí con una postal escondía una magnífica disección de la ‘Ndrangheta, una mafia de origen italiano tan desconocida que, como explica su autor, la mayoría no sabe ni cómo pronunciar su nombre.

Y precisamente es en ese desconocimiento público donde esta organización ha labrado su éxito. A diferencia de otros grupos criminales como la Cosa Nostra o la Camorra, tan dados al exhibicionismo de su poder y su violencia, la ‘Ndrangheta ha preferido vivir en la penumbra desde sus inicios, en ese espacio oscuro y apartado de los grandes focos en el que es más fácil relacionarse con las élites políticas y económicas. Ese ha sido su modus operandi durante más de 150 años, el que le ha permitido expandir sus actividades desde la hermética región de Calabria al resto del mundo. Como muestra de su importancia, en la actualidad la ‘Ndrangheta controla la mayor parte de la cocaína que llega a Europa desde Sudamérica, en muchos casos a través de las costas españolas.

Todo esto lo detalla con claridad Francesco Forgione en este libro, y si algo hay que tener claro es que el autor italiano sabe de lo que habla, dado que ha dedicado la mayor parte de su vida a la lucha contra la mafia. Presidente de la Comisión Parlamentaria Antimafia del Parlamento Italiano entre los años 2006 y 2009, fue redactor y editor jefe del periódico Liberación y en la actualidad dirige el Curso de Sociologías de los fenómenos mafiosos en la Universidad de Palermo. Desde el año 1995 vive con escolta. Su anterior libro, Mafia Export, es un ensayo mucho más profundo y extenso acerca de la expansión de la mafia italiana y de sus negocios. En cambio, La ‘Ndrangheta. Una mafia en la sombra es un trabajo más conciso y directo, un ameno resumen para conocer en unos minutos los orígenes, el funcionamiento, los apoyos y las flaquezas de “la mayor empresa de Italia”, cuyos ingresos anuales se sitúan en torno al 3,5% del PIB de su país de origen.

La estructura del libro se articula a modo de preguntas y respuestas, que ayudan a comprender primero por separado y después de forma global los aspectos más relevantes de esta organización. También se incluyen algunas anécdotas que facilitan la visualización de su poder e influencia en la sociedad italiana, pero, por encima de todo, prevalece el afán informativo y la intención de desmontar la imagen de la ‘Ndrangheta como un monstruo invencible.

Y es que, pese al alarmismo que acompaña a su relato, Forgione cree firmemente que es posible acabar con la ‘Ndrangheta. Para él hay dos claves para conseguirlo: la primera es perseguir sus capitales y patrimonios, que muchas veces están escondidos en los mismos paraísos fiscales que utilizan algunos políticos y grandes empresarios, por lo que no se prioriza esta labor. La segunda es que se informe y se dé a conocer a esta organización, para que no siga disfrutando de la omertà, la ley del silencio que tanto gusta a los que tienen mucho que esconder. Y ésta es precisamente la función que cumple con creces La ‘Ndrangheta. Una mafia en la sombra, publicado en español por la histórica editorial El Viejo Topo: dar a conocer a una organización criminal que, como un vampiro, sufre cuando es expuesta a la luz.

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La botella de Bukowski, de Rafael Ruiz Pleguezuelos

La botella de Bukowski

La botella de BukowskiEn principio no iba a ser más que otro fin de semana aburrido en el pueblo. No iba a estar ninguno de mis amigos, pero mis padres estaban empeñados en pasar unos días lejos de casa y con 14 años es complicado oponer resistencia a quienes te mantienen. El caso es que busqué en las estanterías algo que me pudiese tener entretenido durante esas poco más de 48 horas que iba a estar alejado de la Play Station 2. Supongo que fue su título, o tal vez el mero azar lo que me llevó a escoger La senda del perdedor, de un tal Charles Bukowski. Una vez llegamos al pueblo me encerré en la sala de estar y empecé a leer las desventuras del joven Chinaski, el álter ego del escritor, y fue como un rodillazo en la boquilla del estómago. De repente, todo lo que había leído hasta el momento carecía de sentido ante un tipo que eructaba frases cortas, adjetivos sencillos e historias en las que no había finales felices ni comían perdices, aunque el alcohol nunca faltaba. Me fascinó de tal forma este descubrimiento que comencé a devorar todo lo que encontraba de este autor, y fue la puerta de entrada ideal para descubrir a otros grandes representantes del realismo sucio.

Por ello no sólo no me sorprendió, sino que empaticé desde el principio con la historia que cuenta Rafael Ruiz Pleguezuelos en su primera novela, La botella de Bukowski. El protagonista es Juan Navarta, un joven proyecto de escritor que, al enterarse de que su autor favorito va a acudir a París para participar en un programa televisivo, decide abandonar la pequeña ciudad de Dreux y lanzarse a la aventura para poder conocerle personalmente.

Antes de leer la novela ya había oído hablar del bochornoso espectáculo que protagonizó Bukowski en 1979 en el programa Apostrophes, que presentaba Bernard Pivot. A modo de resumen, el escritor estadounidense llegó al estudio con una de sus habituales borracheras (que fue aumentando con el paso del programa) y no se tomó nada bien los comentarios de sus compañeros de gremio. Discutió a gritos prácticamente con todos los invitados, soltó más de un insulto y se fue antes de tiempo del estudio, tras lo cual sacó, dicen, una navaja a los policías que le esperaban a la salida. Sin embargo, la historia que cuenta Rafael Ruiz no es ésa, sino la del viaje de un joven provinciano de sangre española a un París mucho menos hippie que una década atrás, superpoblado de artistas y con un mundo pseudointelectual con más ego que aportaciones valiosas. La forma de ver las cosas de Navarta irá evolucionando a medida que vive nuevas experiencias, no todas positivas, que le ayudarán también a progresar en su formación como escritor.

Estamos ante una novela con un ritmo pausado, nada trepidante, pero lo que en otros trabajos podría considerarse un error en éste supone una de sus principales virtudes, dado que el largo monólogo interior que envuelve las vivencias del protagonista está repleto de contenido. Las referencias literarias son variadas y oportunas, así como los temas sobre los que reflexiona, como la búsqueda de las raíces o la primera pasión amorosa. Prueba de ello son los numerosos pósits que han quedado en mi ejemplar de este libro para el futuro, de cara a aprovechar algunas de las recomendaciones literarias que Rafael Ruiz, a través de Navarta, va dejando sobre el papel.

La botella de Bukowski es uno de esos textos que dejan buen sabor de boca independientemente de su trama, gracias a la buena construcción del entorno y de los personajes. Si encima el lector es uno de tantos que, como yo, hemos pensado alguna vez que tenemos un pequeño escritor dentro (aunque no sabemos si lo sacaremos algún día al exterior o se morirá de inanición), estoy seguro de que disfrutará de lo lindo con este entretenido viaje metaliterario.

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Historia mínima de la Guerra Civil española, de Enrique Moradiellos

Historia mínima de la Guerra Civil Española

Historia mínima de la Guerra Civil EspañolaEn la carrera tuve una profesora de Historia bastante peculiar. Digamos que aprovechaba su libertad de cátedra hasta límites inimaginables. Sus lecciones, que no seguían ningún libro sino que se basaban en los apuntes que ella misma redactaba, eran un cóctel tan evidente entre los hechos ocurridos y su opinión sobre los mismos que resultaban hasta entrañables. Por regla general los alumnos solíamos aguantar estoicamente sus interpretaciones de la historia para luego exponer nuestras interpretaciones sobre sus clases a la hora del café. Pero recuerdo una anécdota por encima de todas, por lo surrealista de la misma: un día nos contó que durante el intento de golpe de Estado de 1981, conocido popularmente como 23-F, Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado fueron los únicos parlamentarios que no se lanzaron al suelo del Congreso tras la entrada de los militares. Levanté la mano y le comenté educadamente que, por lo que yo había oído, también Santiago Carrillo se había mantenido en su asiento. Ella me miró con cara de pocos amigos y, tras un ligero titubeo, cerró la discusión argumentando que en ese caso no había sido algo reseñable, que el líder del Partido Comunista de España no se había tumbado “porque tenía problemas de espalda”.

Y es que lo malo de la historia es que la escriben las personas. Personas que en muchos casos están movidas por algún tipo de interés, ya sea político, económico, cultural… Por suerte, también existen profesionales cuyo único compromiso es con los hechos. Unos hechos interpretables, desde luego, pero que son el núcleo de la narración y no un mero pretexto para la misma. Y un ejemplo claro de ello es esta Historia mínima de la Guerra Civil española, en la que su autor, el historiador Enrique Moradiellos, resume (sin simplificar) lo ocurrido entre 1936 y 1939 en nuestro país, así como las principales causas y consecuencias de esta guerra fratricida.

Moradiellos toma por bandera la documentación y huye de la valoración, tan impulsiva como perniciosa cuando hay que tratar un tema tan sensible como éste. De hecho, lo primero que hace el autor es combatir los relatos idealizados que ambos bandos hicieron del conflicto. Así, el historiador ovetense rechaza tan de lleno la imagen de una república dichosa y próspera como la de un ejército que salvó a España del caos.

Me atrevería a decir que éste es uno de esos manuales que todo chaval hubiese querido tener como libro de historia en su adolescencia: muy didáctico, ameno en su lectura, con explicaciones numerosas y claras de cada nueva idea que se introduce y lo suficientemente detallado para que el lector se pueda hacer una idea consistente de los acontecimientos que ocurrieron en un determinado momento. El autor ha sabido conjugar muy bien la necesidad de documentar fielmente lo ocurrido desde la proclamación de la Segunda República hasta los inicios del franquismo con la construcción de un relato atractivo y con cierto ritmo narrativo, imperceptible seguramente para el que sólo consuma novela negra, pero más que latente para los que de vez en cuando nos atrevemos con un texto histórico-político. Y es que hay cada cosa por ahí…

La estructura también me parece acertada, dado que el autor separa la narración política de la puramente militar, así como el desarrollo de la guerra desde la perspectiva de cada bando. Eso permite apreciar más limpiamente la construcción del movimiento franquista desde cero: la simbología, la legislación, las relaciones diplomáticas, la represión, la propia figura del Caudillo como aglutinador de las derechas… Así como ser partícipes de los intentos del ejecutivo republicano para unificar a fuerzas con objetivos muy distintos.

La dimensión internacional del conflicto, a la que el autor da un capítulo entero del libro, me parece especialmente interesante, ya que es un aspecto muchas veces obviado en los trabajos sobre la última guerra española. Moradiellos, sin embargo, se detiene a detallar las intenciones y los pasos dados por el resto de países europeos. El subtítulo de este capítulo ya es fuertemente explicativo: el reñidero de Europa. Nuestra guerra vista como un banco de pruebas para lo que vendría después. Y no se puede negar la importancia del apoyo exterior, ya que como sintetiza el autor “El contexto internacional determinó de modo crucial el curso de la Guerra Civil y de su desenlace”.

Para mí, el principal mérito de Historia mínima de la Guerra Civil española es la destreza con la que su autor ha sido capaz de trabajar con una gran cantidad de información, muy poco espacio y sobre esa línea tan fina que separa la interpretación y la opinión. Un libro que recomiendo como vacuna, para evitar que en el futuro nos intenten infectar con el peligroso virus de la interpretación interesada de la historia.

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Corriendo con Hemingway, de Bill Hillmann

Corriendo con Hemingway

Corriendo con HemingwayPuedo prometer y prometo que jamás correré un encierro en Pamplona. Bueno, ni en Pamplona ni en ningún sitio. Me gustaría decir que el motivo son mis fuertes principios antitaurinos, pero que va. Sencillamente, no acabo de verme sólo unos centímetros por delante de bichos de más de 500 kilos con los cuernos más afilados que una navaja de Albacete. Es por ello que siempre he sentido cierta curiosidad por saber qué lleva a miles de personas a jugarse el tipo año tras año, sin más premio que el de llegar a la plaza sanos y salvos. Y tengo que reconocer que después de leer Corriendo con Hemingway comprendo un poco más esta pasión, aunque sigo siendo firme en mi decisión de sólo visitar la calle Estafeta con fines etílicos y gastronómicos.

Empecé a leer este libro con cierto escepticismo, el propio del que se enfrenta a un autor que no conoce y a un tema que no está nada seguro de que le vaya a seducir, pero a los pocos párrafos ya estaba convencido de que había acertado con la elección. La prosa de Bill Hillmann, sarcástica y directa, hizo que me enfrascara en la lectura de su segunda novela desde el principio. Siempre he sido muy fan de eso que llaman realismo sucio y, pese a tratarse de un relato biográfico, la juventud de Hillmann parece sacada de una novela de Bukowski. Nacido en una familia desestructurada, ex boxeador amateur, alcohólico empedernido, pequeño traficante y de puñetazo fácil. Carne de prisión o de un destino peor, como tantos otros coetáneos suyos de los barrios humildes de Chicago. Pero un buen día, este joven con el fracaso escrito en la frente descubre a Ernest Hemingway a través de su novela ‘Fiesta’ y tras devorarla toma dos decisiones: la primera, convertirse en escritor. La segunda, viajar en solitario hasta Pamplona para sentir en sus propias carnes lo relatado por el ilustre narrador estadounidense.

Cada uno de los capítulos del libro recoge un año de la vida del autor, y la historia abarca desde 2005, año de su primera visita a Pamplona, hasta 2015, una década en la que sólo se ha ausentado en una ocasión de la fiesta navarra. Unos años en los que se percibe perfectamente la evolución de Hillmann y su lucha interior, que desnuda por completo en sus páginas, hasta el punto de detallar los horribles pensamientos que recorrían su cabeza durante el tiempo en que su trastorno bipolar estuvo sin ser tratado médicamente.

Pero la mayor parte del libro de Buffalo Bill, como le apoda cariñosamente su círculo pamplonica, se centra en lo que ocurre en los encierros, donde el autor no se limita a narrar el desarrollo de los mismos, sino que también da cabida a los sentimientos que le abordan antes, durante y después de cada carrera. Hillmann transmite con verosimilitud el nerviosismo de la noche previa, su admiración por los mozos más experimentados, la necesidad de demostrar su valía, sus voces internas, sus supersticiones, los codazos y empujones que tiene que dar y recibir mientras avanza, la adrenalina cuando sabe que hay un toro a pocos metros, los gritos de los mozos cogidos, los aplausos del público cuando los corredores pisan la arena…

Me han parecido muy oportunos también algunos apartes que hace Hillmann durante su narración y que ayudan a que el libro no se convierta en una mera exposición de sus carreras por el tramo de Telefónica. El autor introduce testimonios de personajes muy experimentados en los encierros, como Juan Pedro Lecuona o David Rodríguez, así como textos que buscan dar base científica a ideas que defiendo como ahínco, como los orígenes ancestrales de las carreras delante de animales o de cómo el consumo de carne animal favoreció el desarrollo del cerebro humano.

En definitiva y siendo claros, este libro hace una defensa a ultranza de los encierros, de la tauromaquia y de lo que ambas disciplinas representan para su autor, y por ello estoy seguro de que jamás cogerá polvo en la estantería de un votante del PACMA. Sin embargo, si dejamos al margen todo aquello que puede herir sensibilidades, Corriendo con Hemingway no es sino la historia de un hombre que lucha por dejar su pasado atrás, por escapar de aquellos demonios que tantas veces le habían corneado y embestido.

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Música infiel y tinta invisible, de Elvis Costello

Música infiel y tinta invisible

Música infiel y tinta invisibleEstás ante una reseña sobre la autobiografía de Elvis Costello escrita por alguien a quien nunca le ha interesado especialmente Elvis Costello. ¿Los motivos? Seguramente los prejuicios y la ignorancia, como en tantas otras ocasiones. Siempre he sido de los que, inconscientemente, juzgan el libro por la portada y el menú del restaurante por las fotos de los platos. Y en el caso de Costello, hacía tiempo que le había incluido dentro de mi carpeta mental de música sensiblera y sin contenido, una opinión fuertemente basada en sus pintas de protohipster y en fragmentos de algunas de sus canciones que había escuchado, que seguramente no eran ni lo suficientemente largos para que los detectase Shazam. Pero las buenas opiniones que había leído de Música infiel y tinta invisible me hicieron darle una oportunidad, una de verdad, a ese extraño hombre a unas gafas de pasta pegado. Y, como suele pasar cuando alguien se documenta sobre un tema del que lleva años hablando, me di cuenta de que no tenía ni puñetera idea.

Declan Patrick MacManus, quien sería años más tarde rebautizado artísticamente como Elvis Costello en honor a ‘El Rey del Rock’ y a su apellido materno, nos ofrece una extensa y caótica colección de recuerdos y opiniones, en la que el artista británico parece haber tenido completa libertad tanto en la forma como en el contenido. De esta forma se explican las largas descripciones de algunos de sus conciertos, en los que el tiempo narrativo se detiene hasta que él considera necesario, los numerosos fragmentos de canciones propias y ajenas que se entrecruzan con la narración o las numerosas fotografías de sus actuaciones, de su familia o de los borradores de sus canciones que oxigenan los capítulos.

Y el humor. La ironía que imprime Costello casi en cada párrafo de sus memorias es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de este trabajo. El músico no tiene problema alguno en reírse de sí mismo y de sus fracasos, de relativizar la fama o de lanzar dagas punzantes contra todo aquello que no le gusta de la industria musical. Y es que, por encima de todo, este libro destila sinceridad; se nota que este londinense de origen irlandés es ya una persona madura sin nada que demostrar y eso le permite escapar de los discursos políticamente correctos y de los buenismos. No tiene reparos ni siquiera en contar algunos de los episodios más lamentables de su biografía, como el de aquellos desafortunados insultos racistas que lanzó contra Ray Charles y James Brown una noche cargada de alcohol a finales de los 70, a los que dedica un capítulo entero y que explica que, de alguna forma, le ayudaron a dar un giro en su carrera y en su vida.

En esta autobiografía, editada al español por Malpaso, se hace también un repaso personal de la música popular desde la década de los 60. La melomanía de Costello está muy presente en este trabajo, y me gusta particularmente la forma en la que narra algunas de sus anécdotas con otras estrellas del gremio. Su testimonio rara vez es de igual a igual: Elvis siempre se pone en un segundo plano, como un fan más al que la sonrisa del destino le ha hecho poder compartir escenario con Sir Paul McCartney o tener una conversación distendida con Barack Obama en la Casa Blanca. La humildad que transmite no da visos de ser impostada; más bien refleja a un hombre que no nació con la intención de ser venerado por multitudes, sino que fueron su talento y su persistencia los que le llevaron a este fin.

Es interesante también conocer de primera mano el proceso creativo del artista. De nuevo Costello no tiene pudor en contar cómo le vinieron a la cabeza algunos de sus grandes éxitos, reconociendo haberse inspirado en ocasiones en obras de otros músicos de renombre, como Tom Petty o The Who. Lo que todos hacen pero pocos dicen, al fin y al cabo. Es bonito también descubrir el origen de algunas de sus canciones más conocidas, buena parte de ellas inspiradas en mujeres que pasaron por su vida. En este punto el autor es algo más reservado, dando escuetas referencias de ellas cuando no le apetece profundizar en sus identidades: “¿Una canción os gustaría menos si supierais exactamente la identidad de esa Party Girl o, de hecho, de Alison? Esto es música pop, no el Cluedo.”

Supongo que, por lo general, cuando alguien compra una biografía de un músico (y más una tan minuciosa y detallista como ésta) es porque es admirador de su trabajo y quiere profundizar más en su vida. Sin embargo, en mi caso el proceso ha sido justo el contrario: gracias a este libro he empezado a escuchar a Costello, por lo que he partido de un desconocimiento casi total que me ha hecho sorprenderme y disfrutar de algunos descubrimientos a medida que se iban cayendo mis prejuicios.

En definitiva, Música infiel y tinta invisible es una biblia para los fanáticos de Elvis Costello y un magnífico punto de partida para todos aquellos que desean conocer mejor a uno de los grandes letristas de la música pop. Una de esas AUTObiografías en las que hay que subrayar el prefijo, dado que se nota a la legua que las anécdotas han sido escritas por quien las ha vivido. Y Costello ha vivido mucho, creedme.

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