
Siempre he sido de la creencia de que aquel que escribe lo hace para explicarse lo que sin la escritura no podría. Este pensamiento – que para nada quiero atribuirme como original – coge mucha fuerza en el personaje del que hablo hoy: Antonio Gala – mejor no escribir su nombre completo. Buscadlo y entenderéis por qué –. En esta ocasión aparece Eirene Editorial para publicar sus Sonetos y otros poemas, con prólogo de Manuel López Azorín, en los que recoger el trabajo poético de este poeta, novelista, ensayista, articulista y dramaturgo que, aunque muchos no puedan creerlo, es el poeta español que más libros de poesía ha vendido.
Cuando yo era niño, la mayoría de las novelas que veía en mi casa – propiedad de mi madre (los libros, no la casa) – tenían la firma de este escritor andaluz, nombrado «Autor del año 2016» por el Centro Andaluz de las Letras. No sé si por suerte o por desgracia, eso nunca dejó poso en mí. Nunca he leído a Gala; bueno, hasta hoy. Estos días he podido viajar a través de su poesía por un mundo donde el amor se ve introducido en el molde formal de la poesía más tradicionalista. El soneto, que cada vez cuesta más de ver si no es que estás dentro de librerías de viejo, es el muro de carga del mundo poético de Antonio Gala. En esta recopilación de poemas, encontramos más formas aparte de los sonetos, pero queda claro quiénes son los importantes – solo hace falta fijarse en el título del libro –. Gala es el poeta del amor, no cabe duda sobre eso, y este libro, por tanto, es el libro del amor. La gran mayoría de nosotros, los que no escribimos, tenemos suficiente con nuestro cuerpo para verter dentro de él nuestra intimidad. Gala, no. Él necesita de un soporte extra en el cual poder derramar ese exceso de pasión íntima, y en su caso es un papel, que forma un libro y que, casualidades de la vida, acaba en nuestras manos.
Sonetos y otros poemas es ese soporte externo en el que Antonio Gala ha plasmado a lo largo de una vida su zozobra interior con respecto al amor, su sentido, sus para qué, sus porqué y sus hasta cuándo. La poesía de Gala no es complicada de entender, cosa que muchos agradecerán, y seguramente por eso haya tenido tanto éxito a lo largo de su vida. Hablando de temas que todos vivimos alguna vez, y con palabras que todos usamos diariamente, Gala consigue crear un respiro dentro del mal de amor con soluciones, con remedios, con recetas en forma de poema para una enfermedad o un virus del que todos nos infectamos alguna vez. Si has sufrido por amor, si has estado enamorado, si no, Sonetos y otros poemas es un reflejo claro de a qué te puede llevar ese amor: incluso a ser poeta – aunque siempre he pensado que aquel que se enamora es o ha sido alguna vez poeta –.
Pero al igual que no solo hay sonetos en este libro, no todo es el tema del amor generalizado. También encontramos odas a su tierra andaluza en Testamento andaluz o su experiencia madrileña plasmada en Madrid, igual que la transcurrida en su finca malagueña La Baltasara – con título del mismo nombre –. Después de leer todos los poemas, te quedas con la sensación como de que Gala se ha vaciado, que te ha dado todo lo que te podía dar, casi como de que haya sido una despedida. Pero entonces, cierras el libro, ves su rostro en la portada con la mirada posada en ti de medio perfil y te dices, que quieras o no, que te guste o no, que tenga defensores o no, Gala siempre estará cerca de ti, porque Gala es poeta, porque la poesía es un libro y porque los libros son tu vida. Y Antonio Gala forma parte de ella.

Veinte poemas de amor y una canción de desesperada es ese libro que algunos defienden como el más popular y recordado de Neruda y otros como el más ligero, el de menos trascendencia. Adjetivos, por otro lado, que no se excluyen entre ellos. Sí, es posible que sea el libro de Neruda más leído, y también puede que no sean sus mejores poemas. Pero no lo olvidemos, es un poemario escrito con tan solo diecinueve años y que para muchos forma parte hoy en día de su canon poético.
«Hay muchas cosas bonitas / más cerca de lo que crees, / y este poema te invita / a que las intentes ver». Volvámonos niños, aunque sea solo por un rato. No tengo hijos todavía pero cuando divago sobre ello no sé decirme nunca si leer un cuento a mi hijo o hija será una diversión mayor para él o ella o para mí. Esto lo pienso sobre todo en momentos como el de hace poco rato, cuando tenía este Versos de la Tierra entre manos, publicado por 
Para Carrol, madurar es morir. Como pedía a gritos Ortega y Gasset en La deshumanización del arte, o como defendía Leopoldo María Panero cuando le dejaban hablar – «en la infancia vivimos y después sobrevivimos» -, o incluso como trataban muchos de los artistas románticos, la clave de toda creación artística está en la mirada del niño. Y eso lo podemos leer en cualquier obra de 
«Las maravillosas fotografías de este libro, realizadas por Steve McCurry en muchos países y a lo largo de varias décadas, son la prueba visual de buena parte de lo que he escrito: la compostura del lector, la mirada luminosa, el concepto de soledad, la posición relajada, la singularidad del esfuerzo, la sensación del descubrimiento y la insinuación de la alegría».
Creo que es la primera vez que escojo un libro por su ilustradora antes que por su autora. Descubrí a Isabelle Arsenault en la edición que publicó hace unos meses 
Todo un poemario para acabar con la reflexión que da título al libro: La luz impronunciable. Ernesto Kavi, poeta mexicano, publica de la mano de 
«El libro de los muertos tibetano es el tratado escatológico que con mayor precisión ha descrito todos los fenómenos que encontraremos tras nuestra muerte». Esto es lo primero que leemos en la sinopsis de un libro que lleva siglos y siglos enseñando a morir. Yo, que siempre he creído que los libros enseñaban a vivir, me sorprendo ahora con uno entre las manos que hace todo lo contrario: enseñar a morir.
Soy un fanático del fútbol, lo reconozco; y sobre todo de la liga española. Por eso se me hacen tan cuesta arriba los veranos cuando la liga desaparece y solo queda conformarse con algún que otro partido de pretemporada donde las piernas pesan más que el fútbol o, si hay suerte y ese año toca, torneos internacionales. Cuando la liga vuelve ya es otra cosa: esos inicios de temporada con nuevos jugadores, nuevos entrenadores y con ellos nuevas tácticas, jóvenes promesas, grandes fichajes, etc. Y en el centro de todo ello – quizás por eso me gusta tanto este deporte – el planeta sobre el que gira todo lo demás: el planeta Iniesta. Si queréis conocerlo futbolísticamente, por fuera, encended la televisión y poned un partido en el que juegue, disfrutaréis mucho; si queréis conocerlo personalmente, por dentro, abrid este libro, disfrutaréis más: La jugada de mi vida, de Andrés Iniesta, con la colaboración de los periodistas Ramon Besa y Marcos López.

No soy mucho de Almodóvar, lo confieso. Pero también debo reconocer que cuando leí en una de las solapas de este libro estas palabra suyas: «me encantaría ser capaz de escribir historias como las que contiene esta joya», algo dentro de mí me dijo que lo leyera. También influyó mucho mi pasión por los libros de relatos, la verdad. Así que, sumando los relatos, las opiniones que aparecen el libro y el buen gusto que deja siempre 
Tengo que reconocer que este libro y yo empezamos mal. Escrito entre Antonia Freile y Rafael Simarro, La letra que somos se presenta con un prólogo de cada uno pero en el que ambos atacan a una nueva generación – la mía – que está cegada – dicen – por la tecnología, por la falta de interés hacia lo que es “bueno”, que se ha olvidado del sentimiento y la belleza de la “verdadera” poesía para darse a otros tipos de composiciones que no lo son. No me considero nadie importante como para decir qué es o qué no es la poesía, pero por lo menos puedo decir que soy joven. Tengo 25 años, he crecido con la tecnología, y sí, he leído este libro. Por eso no estoy de acuerdo con lo que dicen. Además, si no fuera por mi ordenador, nunca hubiera sabido de la existencia de este poemario, ni de muchas otras cosas más. Con lo cual, gracias, tecnología.