
Muchos lo vemos. Desde hace un tiempo, las grandes editoriales apuestan en materia de poesía sobre un tipo de autores muy relacionados con las redes sociales, con la poesía del sentimiento o, incluso, con la canción de autor. Es lo que vende y lo que los jóvenes quieren leer, es lógico que se apueste por ellos. Por otro lado, hay otra corriente alterna que tiene los ojos posados en la primera y los critica, de donde ha salido el término despectivo de los “intensitos” para denominar a este nuevo grupo de poetas, joven, que está disparando las cifras de ventas en libros de poesía. No hace falta decir nombres porque todos los conocemos, ya sea por el bombo de la televisión, las radios, o por verles compartidos en los muros de nuestras redes sociales.
Pero también hay una tercera corriente – y quizás más pero ya es salirse del tema – que sigue escribiendo tras la estela que no hace mucho dejaron grandes maestros como José Ángel Valente, Chantal Maillard o María Zambrano; la de una poesía que roza lo metafísico, que busca hurgar en el interior de cada uno para así buscar respuestas a algo totalmente confuso e inexplicable como es nuestra vida. Ese grupo sigue caminando en voces como la de Miriam Reyes o Esther Ramón – y muchos otros – pero lo que importa hoy, es que también sigue viva en una poeta totalmente desconocida para mí, hasta estos días: Isabel Marina.
Me topé con Acero en los labios mientras echaba un vistazo a una lista de novedades en internet. ¿Qué podría llamarme la atención del primer libro de una autora desconocida en el panorama literario – con perdón – para interesarme en él? No lo sé, no fue la sinopsis, ni la portada, ni siquiera el título, lo que sé es que lo he leído y agradezco a esos hilos invisibles que nos conectan con las cosas de nuestro entorno que lo hayan hecho conmigo y esta obra.
Acero en los labios se divide en tres partes, tres partes de reflexión, que ya en un principio me han recordado a la simbología cristiana de los tres peldaños antes de las capillas con los que alzarse a la salvación: ‘Como pobres diablos’, ‘Esta ceniza seca’ y ‘Somos fulgor’. Cuarenta y cinco poemas encabezados por un prólogo de Fernando Álvarez Balbuena – miembro del Real Instituto de Estudios Asturianos – en el que el estudioso nos habla sobre todo del estilo poético de Isabel Marina. Leemos sobre «el sentimiento», «la elegancia del estilo» o «la belleza de las metáforas» en la poesía de la avilesina. Pero también de «un léxico más estricto y riguroso que florido» o de que «la ilusión y la esperanza están presentes en toda su obra», y estos son dos aspectos de los que me gustaría hablar.
En los poemas de Marina encontramos, sobre todo, melancolía. Esa ilusión y esa esperanza de las que habla Balbuena como mucho se empiezan a ver en la tercera parte del poemario. Y es que Acero en los labios es una obra repleta de desazón, de cristales vitales rotos, de ropa y cuerpos hechos jirones, de oscuridad, de pérdida de la infancia y nostalgia en ello, de la nunca respuesta de un dios, de anhelo por el sentido de una vida. Acero en los labios pide de una lectura pausada, de una revisión por parte del lector continua de su léxico, de sus maravillosas metáforas, del buen manejo de la adjetivación, etc. En definitiva y, apartándonos un poco de lo formal, Acero en los labios es, básicamente, un vivir a pesar de todo. Menos mal que todavía existe la poesía.

Cuando recibes el libro de un autor que no conoces tienes dos opciones: o investigar sobre él – aunque solo sea leer la solapa del libro con sus datos biográficos – y saber quién es o dónde ubicarlo; o, por otro lado, olvidarte de todo ello y empezar a leer, con el menor número de prejuicios posible. Iba a decir sin prejuicios, pero creo que eso es inevitable.
Diez años después de la publicación de La catedral del mar (
Salimos a la calle para subir por el Raval mientras Lucía Conte nos habla de que ese lugar fue enclave de inmigrantes y esclavos anhelantes de libertad, que luchaban para un día poder pagársela y comenzar una vida nueva en Barcelona. Nos cuenta todo esto situándonos varios siglos atrás mientras nosotros – no sé si todos – vemos que por esas calles sigue habiendo gente luchando por un futuro mejor, o por un futuro simplemente, sea cual sea la raza; que no hace falta retrotraernos tanto. Escuchamos historias con eco antiguo pero vemos las mismas con color actual. Queremos decirle algo a Lucía pero la tenemos demasiado lejos.
lugar escogido para la presentación oficial del libro. Fuera, mientras esperamos a entrar, oímos a nuestro lado que hablan del talento de Falcones para enganchar al lector capítulo tras capítulo mediante hechos históricos. Hablan de
esclavos en la Barcelona medieval van hilvanándose para acabar hablando del mundo del vino, del que Falcones se declara gran amante y conocedor de su historia. También le escuchamos hablar de su idea a la hora de crear y es que para él una escena, una imagen o un pequeño párrafo de un libro olvidado, puede ser el chispazo de toda una novela. Ya le sucedió en La catedral del mar cuando le sobrevino la imagen de un joven cargando una piedra desde la montaña de Montjuic a la Catedral del Mar; y lo mismo le ha sucedido ahora cuando, leyendo, tuvo la idea de ese niño que se dedicaba a cargar las pesadas bolas sujetas a las cadenas de los esclavos para que estos se pudieran mover con mayor facilidad.
Y es así, sin preguntas y levantándonos al unísono, nos dirigimos cual niños de excursión escolar al Palacio Requesens, donde Penguin Random House tiene reservada la última sorpresa para todos nosotros: una comida medieval maridada por los vinos escogidos por el sommelier Juan Muñoz Ramos. Copa de cava en mano, las lenguas comienzan a destensarse y a olvidar la sequedad de más de dos horas de ruta y empiezan los saludos que han tenido que esperar todo ese rato. Nuevos contactos, tarjetas nominales pasando a manos ajenas, brindis, comentarios en alto sobre tal y cual sabor del plato, del vino, del ambiente. Pasan las horas, Ildefonso Falcones se dispone a firmar libros con su inseparable copa de hidromiel mientras avanza la sobremesa en el resto de mesas. La gente comienza a irse con su ejemplar firmado bajo un brazo y el obsequio de una botella de vino Fra Guerau en el otro. Empieza a vaciarse el salón, nosotros nos quedamos sentados inconscientemente y algo anestesiados, dudando de cuál es el verdadero motivo de todo lo que ha sucedido esa mañana. Y por qué hay tanta prensa. Tenemos a pocos metros la mesa presidencial con todos los altos cargos de Penguin Random House. Dudamos si levantarnos heroicamente y preguntarles sobre ello.
Si te consideras un amante de la música pero te da vergüenza reconocer que nunca has escuchado el disco Revolver de los Beatles, solo puedo decirte que no te sientas así, yo voy a reconocerlo en una web que leen diariamente miles de personas. Sí, lo reconozco, antes de la lectura de este libro no había escuchado Revolver y también sí, me considero un buen amante de la música, sobre todo del rock español. Pero esto tiene un porqué, y es que soy de los que piensa que escuchando a los cantantes que colaboran en este libro ya estoy bebiendo de los Beatles. Si al fin y al cabo la mayoría del rock y del pop actuales tienen su huella: ¿qué más dará que su escucha sea directa o indirecta?
Vale, no he leído nunca un libro de 










Saber que una nueva editorial abre en estos tiempos en que lo normal es todo lo contrario no puede más que alegrarte un poco la existencia. Y este es el caso de Arpa Editores, editorial nacida en Barcelona de la mano de Joaquín Palau y su hijo Álvaro.
