
El sentido de un final, de Julian Barnes

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Dos amigos. Dos buenos amigos. El uno previsible y simplón. El otro brillante y errático. Una mujer normal que se casa con el simplón. Y el resultado previsible: la fidelidad brilla por su ausencia, y la chica normal opta por tomar un rumbo más… errático. Así era como se desarrollaba “Hablando del asunto“, libro que reseñé aquí hace unos meses y precuela del libro que hoy os comento.
Supongo que tenía que leer este libro. Ya sabes. No es que tuviese especial interés o que me lo hubiesen recomendado encarecidamente, pero creo que era un trámite que tenía que pasar. O seamos más sinceros. Creo que tenía cierta curiosidad (con un alto componente cotilla) por asomarme a la vida de los personajes diez años más tarde. Así que me puse manos a la obra y con más pena que gloria, conseguí terminar “Amor, etcétera” y entonar así el mantra que cerrase el círculo.
Como comentaba más arriba, han pasado diez años, y Julian Barnes juega a imaginar qué ha ocurrido con la vida de cada uno de los personajes de la primera novela. Stuart (el simplón) se ha convertido en un empresario de provecho, Oliver (el brillante) ha pasado a ser un madurito cuyos chistes ya no son tan graciosos, y Gillian… bueno. Creo que Gillian sigue igual. Hasta aquí el nuevo escenario que nos propone el libro. Y partir de aquí.. veamos qué nos ofrece el autor.


Antes de apagar cada día la lamparilla de noche y dejar a Barnes en la mesita, no podía evitar sentir ese gusanillo tonto y risueño de saber que uno está leyendo algo divertido que no quiere que se acabe nunca. Tras terminar con él (oh), llego a la conclusión de que hacía tiempo que un libro de cuentos no me parecía tan sumamente bueno. Normalmente siempre prefiero las distancias largas. El formato además invita a que sea una lectura ágil. Uno puede leer más o menos dos cuentos por día y rumiarlos después tranquilamente.


Aquí tenéis un buen libro, listo para hincarle el diente. Sin guarnición. Si acaso lo podéis acompañar de un buen vino. No hace falta más. Ahí van los ingredientes.
El autor, Julian Barnes trabajó como lexicógrafo para el Diccionario Inglés de Oxford, y eso se nota en su escritura. A parte de escribir bien, y dominar perfectamente la técnica, le gustan los juegos de palabras. Así que va salpimentando la lectura con un toque justo de expresiones y las palabras curiosas. Vamos, que no me imagino a uno de mis amiguetes diciendo, en pleno y divino aflato: ¡mueve el culo, esteatopigo!, cosa que el autor sí hace. Por cierto, la traductora tiene mucha parte de culpa en que el libro siga teniendo calidad pese a no estar en su idioma original…
La historia, es más antigua que la tos: un triángulo amoroso con el bueno tonto, el malo listo y la chica inocente. Pero el enfoque es original como pocos y la escritura fluida. La historia contada desde los tres puntos de vista. Aquí cada uno tiene su espacio para explicarse y plasmar su mirada. Cada capítulo relatado por las tres voces, sin prejuicios y sin juicios de valor. Sólos los hechos y los sentimientos. Y que cada cual saque sus conclusiones.
A lo mejor el bueno era demasiado previsible, demasiado aburrido. A lo mejor el malo estaba en realidad enamorado. A lo mejor la víctima real fue la chica. O todo al revés.
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