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Sabores de siempre, de Karlos Arguiñano

Sabores de siempre

Sabores de siemprePor suerte o por desgracia, dependiendo de si hablamos del cocinero o de su bolsillo, en mi casa siempre hemos sido de buen comer. Da igual lo que haya en la mesa, lo importante es que haya calidad. Y con calidad me refiero a una buena sopa hecha por mi abuela o el pilpil de mi madre. Esas recetas que se hacen con mimo y con dedicación y que hacen que todo el mundo se quede callado durante unos minutos mientras saborea el plato que tienen delante.

Yo creo que lo de saber cocinar es algo que se consigue pasándose pantallas, como si se tratara de un videojuego. Te vas a vivir solo: aprendes a hacer huevos fritos. Eres madre: aprendes a hacer tortilla de patata. Eres abuela: aprendes a hacer croquetas. Y es que lo de las croquetas es como esa pantalla final imposible de pasar donde tienes que matar a un bicho gigante que escupe fuego. Si consigues pasarte esa pantalla, te conviertes en la persona que se verá obligada a hacer tuppers de croquetas para toda la familia durante el resto de su vida. Ni que decir tiene que mi abuela es una súper experta en este tema y hace unas de cocido que ya quisieran muchos. No he probado las de Arguiñano, pero estoy segura que las de mi abuela no tienen nada que envidiarle. Y es que las abuelas son un tema aparte. Crecieron con las recetas de toda la vida, como estas que podemos encontrar en Sabores de siempre. Es pensar en los pimientos rellenos que hace y se me ponen los pelos de punta. Una maravilla.

El mes de diciembre es uno de mis favoritos del año y es que es como un ritual. Cuando llega el uno de diciembre toda la familia se pone en movimiento. Se acerca la Navidad y hay que decidir el menú. Lo más gracioso de todo es que hasta el mismo día 23 no se sabe con certeza qué se va a cenar y es que cada uno aporta su granito de arena. Mi tía se va a marcar un pavo de diez kilos, mi abuela hará sus pimientos (oh dulce néctar de los dioses) y mi madre preparará unos chipirones en su tinta que van a hacer que a más de uno se le escape hasta alguna lágrima. Imaginaos veintitrés días donde el único tema de conversación es qué se va a cenar ese día. Bueno, y quién le ha tocado a quién en el amigo invisible, pero eso es tema aparte. Así que con tanta retahíla gastronómica, mi madre saca todo su arsenal de libros de recetas y se pone manos a la obra. En esa biblioteca guarda desde recortes de recetas encontrados en revistas hasta grandes obras francesas que hablan de vinos. A partir de hoy, creo que también formará parte de su colección Sabores de siempre. Y es que sé que ella le sacará el partido que hay que sacarle a este tipo de libros. Yo la teoría me la sé, de verdad; lo que pasa es que soy muy perezosa. Llega la hora de la comida y acabo pillando lo que sea de la nevera o del congelador que se haga en menos de quince minutos. Ese es mi límite. Y que conste que normalmente soy yo la que hace la comida en casa y puedo dar fe que con solo quince minutos se consiguen cosas bastante decentes. Aunque sí es cierto que después de leer las recetas propuestas por Arguiñano, puede que el próximo día se me ocurran otras ideas diferentes (que entren dentro de mi límite diario dedicado a la cocina) y que sorprendan a mi madre casi tanto como me sorprende ella a mí cuando me hace su tortilla de patata. Ay… madres, qué haríamos sin ellas.

La verdad es que reseñar un libro de recetas no es algo sencillo. Pero lo que sí puedo decir es que a mí las recetas me sirven de motor para mi imaginación. Hacen que al pensar en qué voy a comer mañana no se me venga a la mente la imagen de una pobre pechuga de pollo con un poco de puré de patata. Quizá el próximo día envuelva esa pechuga en el puré, la empane y le haga una salta de setas. O no sé, tal vez algún día me atreva a adentrarme en el mundo de las croquetas, aunque sé que el monstruo que me espera al otro lado no será pequeño y que habrá que vencerlo a golpe de varilla… Mientras me decido o no, creo que voy a ir a atacar un poco la nevera porque tanta receta para arriba y receta para abajo me han dado un hambre horroroso. Y es que, qué se le va a hacer, me encanta comer.

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DAN-SHA-RI: ordena tu vida, de Hideko Yamashita

DAN-SHA-RI: ordena tu vida

DAN-SHA-RI: ordena tu vida¿Que qué hago leyendo esta clase de libros? Tranquilos, todo tiene una explicación. No me gustan los libros de autoayuda, partamos de esa base. Y aunque se empeñen en decir que DAN-SHA-RI: ordena tu vida no es un libro de autoayuda sí lo es. No sé qué les costaba admitirlo, no tiene nada de malo. Es que, a ver, un libro que reza “Quédate solo con lo necesario… ¡y encuentra la felicidad!” no puede entrar en otro género. Pero bueno, han querido venderlo como un libro anti-autoayuda, un libro diferente que nos abrirá los ojos de otra forma. Pues vale. Yo lo seguiré denominando de autoayuda, soy así de cabezota.

Y diréis que si no me gustan esta clase de libros, qué hago yo reseñándolos, ¿verdad? Pues es que soy una cotilla y tenía curiosidad por saber qué podría aprender de un libro que ha vendido más de cuatro millones de ejemplares en todo el mundo. La segunda razón por la que leí este libro es porque trataba de hacer un experimento social conmigo misma. No me da vergüenza decirlo: soy muy desordenada. Una vez leí que la gente desordenada es así desde niño y que básicamente todo está en nuestro cerebro y es algo difícil de cambiar. La verdad es que no sé qué base científica puede tener esa afirmación, pero al menos sirve de consuelo. ¡Eh, yo no soy la desordenada, es mi cerebro que funciona así!

Más que desordenada yo sufro lo que podríamos denominar como “expansión del aura”. ¿A que suena genial? Dentro de poco escribo yo un libro de autoayuda. Allá donde voy, mi aura se expande. Si estoy en un bar dejo mi bolso, la pitillera, el teléfono, la agenda y todo esparcido a mí alrededor. Así me expando. Lo mismo me ocurre en casa, en el trabajo y en sitios ajenos. No lo puedo evitar, me gusta expandirme inconscientemente. La gente que me conoce lo sabe. Sabe que soy desordenada y, a veces, me dejan ser. Otras, como cuando era pequeña, trataban de corregirme. Supongo que algo habré mejorado durante todo este tiempo, pero sigo siendo desordenada, me temo. El único orden que hay en mi vida son los libros y el papeleo. También la escritura me sirve para ordenar mi caótica cabeza.

En fin, viendo el panorama, ahora entenderéis por qué he querido experimentar con este libro. Antes de deciros si ha tenido algún éxito en mi persona os hablaré de él y de su autora.

La japonesa Hideka Yamashita tuvo una revelación al visitar un templo y de esa revelación  surgió el DAN-SHA-RI. Os explico qué es: DAN significa cerrar el paso a cosas innecesarias que tratan de entra en nuestra vida, SHA supone tirar los trastos que inundan nuestras casas. El resultado de estos dos actos es el RI, un “yo” despegado de las cosas que vive en un espacio sin restricciones, en un ambiente relajado. Desde aquella revelación, esta autora se dedica a impartir seminarios y charlas sobre este novedoso método con bastante éxito, la verdad.

Básicamente, y resumiendo un poco, lo que se pretende con este método es cambiar nuestra relación con las cosas y dejar de dotar a los objetos de tanta importancia. Ordenar y clasificar consiste en deshacerse de los objetos que no necesitamos. Para ello, debemos preguntarnos qué relación tiene ese objeto con nosotros en este presente. ¿Realmente lo necesitamos? Si la respuesta es negativa, es hora de deshacerse de él. No hay por qué tirarlo, puede reciclarse o regalárse a alguien que pueda darle un uso adecuado en este momento. De esta forma aprendemos a valorarnos a nosotros mismos, seleccionando los objetos que realmente necesitamos, objetos de una calidad digna para nosotros. Esto es principalmente lo que viene a decir el método. Se supone que el DAN-SHA-RI nos ayuda también a cambiar otros aspectos de nuestra vida, como se cuenta en los ejemplos que aparecen en el libro.

DAN-SHA-RI: ordena tu vida no ha funcionado conmigo. No me han entrado ningunas ganas locas de ordenar mi casa, ni mi vida. Quizás necesite tener mi propia revelación en un templo o, mejor, en un bar. O quizás funcionen mejor conmigo aquellas frases de madres que todos hemos oído alguna vez: ·¡Como no ordenes tu habitación no sales de casa!” O mejor aún, aquella zapatilla voladora que amenazaba con ponernos el culo colorado desde el final del pasillo. Ese sí que era un buen método.

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14. La autobiografía, de Johan Cruyff

14 La autobiografia

14 La autobiografiaEn un momento determinado de 14. La autobiografía, Johan Cruyff escribe que no cree que los futbolistas sean tontos, al contrario de lo que muchos piensan. Una de las cosas que quedan claras con este libro, que se publica medio año después de su muerte, es que él, al menos, no parece que lo fuera. Eso y que no tenía pelos en la lengua.
No sé si el eterno 14 de la selección holandesa tenía pensada esta autobiografía antes de que le diagnosticaran el cáncer de pulmón que acabó con su vida. Pero sí está claro que la escribe o al menos la termina durante esos meses, que van de octubre de 2015 a marzo de 2016, y por ello durante todo el relato la impresión general que tiene el lector es la de estar asistiendo a un resumen vital, al lento descenso del telón de una gran obra por parte del tramoyista. Este aliento, que atraviesa la obra, hace que parezca redonda, completa. Y en cierto modo lo es, porque toca todos los palos Cruyff, desde la paternidad a los negocios, pasando incluso por el nacionalismo y su particular visión del “problema catalán”. Habla mucho de su fundación, de su admiración por el modelo deportivo estadounidense y, un poco menos de lo esperado, de fútbol.
Así que, más acertado en algunas ocasiones que en otras, consigue no quedarse en el recuento anecdótico de su carrera como futbolista o sus logros como entrenador. Y eso que, al contrario que la biografía de Charly Wegelius que ya pasó por aquí hace poco, el retrato que hace Cruyff de sí mismo sí que es el retrato de un ganador: tres veces campeón de Europa de clubes como jugador, una como entrenador, triple vencedor del Balón de Oro… y un largo etcétera. No demuestra mucha modestia durante el texto, todo hay que decirlo, pero tampoco parece condescendiente ni complacido. Admite las derrotas como una parte del juego y se descubre como un defensor del trabajo duro, por encima del talento, como clave del éxito.
Enlaza ahí con el verdadero eje del libro, al que regresa regularmente: su visión del fútbol, lo que se dio en llamar Fútbol Total y que tuvo su momento cumbre en la selección holandesa de la primera mitad de los setenta. Aparte de un capítulo entero dedicado a técnica y táctica, Johann va desgranando desde el minuto uno hasta el descuento sus ideas sobre cómo manejar un club de fútbol, dentro y fuera de la cancha. Por ese lado me parece insuperable. Por supuesto hay manuales especializados más completos, pero, créanme, tengo la impresión de que no se puede superar a Dios hablando de Teología.
Aparte, para los que busquen amarillismo, anécdotas jugosas, el libro también las tiene. Cruyff no se preocupa por quedar bien con todo el mundo y lanza ataques directos tanto a la directiva del Ajax como a la del Barça que contó con él, así como a algunos colegas y rivales. Josep Lluís Núñez por el lado blaugrana y diversos gestores del Ajax, con Marco van Basten entre ellos, se llevan la peor parte. Estos ataques dejan por supuesto algunas dudas, como las derivadas del hecho de que volviera varias veces a aceptar puestos de responsabilidad en ambos clubes después de haber terminado mal con ellos otras tantas. Quizá ese detalle haga torcer el gesto a los más críticos.
Además de ello, los puntillosos echarán de menos un recuento más detallado de sus años como jugador (por ejemplo, los aficionados al Levante verán cómo despacha su temporada allí con apenas diez o quince palabras). Y claro que también los madridistas se sentirán un poco agraviados con algunas frases concretas, y sobre todo con la insinuación de cierto favoritismo por parte de las instituciones en la época tardofranquista.
Sin embargo, después de terminar 14. La autobiografía, si una cosa queda clara es que seguramente a Johan Cruyff las críticas, por válidas que puedan ser, no le habrían alejado ni un centímetro del texto que dejó escrito. Un testamento vital, una obra digna de su legado dentro y fuera de los terrenos de juego.

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2084. El fin del mundo, de Boualem Sansal

2084. El fin del mundo

2084. El fin del mundo“Duerma tranquila, buena gente, todo es absolutamente falso y lo demás está controlado”.

Si algo nos ha quedado claro en los últimos años es que el Estado Islámico, por desgracia, es un proyecto tan sólido como difícil de combatir. Fundamentalista en sus dogmas, moderno en su modo de transmitirlos, ha conseguido aterrorizar al mundo con sus ejecuciones y atentados, cada vez más violentos. Parece muy complicado que, llegado a un punto, este grupo de radicales desalmados consiga hacerse con la suya e imponer su interpretación extremista de la Sharia pero, ¿qué podría pasar si un proyecto como el suyo llegase a triunfar y a imponer su credo en todo el mundo?

Este es, a grandes rasgos, el planteamiento que propone el escritor argelino Boualem Sansal en su última novela, 2084. El fin del mundo, en la que nos presenta una sociedad regida por un gobierno dictatorial, creada en torno a los dogmas de una religión monoteísta y basada en el control férreo del pensamiento y de la actuación de sus individuos. El Estado de Abistán, como vemos, no difiere mucho de los sueños húmedos de los fieles del Estado Islámico. De hecho, en la novela se habla continuamente de la Guerra Santa, de las terribles ejecuciones a los rebeldes, del papel residual de las mujeres…todo bajo los preceptos del dios Yölah y de su representante en la tierra, Abi. Los paralelismos con 1984, la obra de George Orwell, también son manifiestas y, como se puede apreciar ya en el título, el autor no sólo no ha huido de ellos, sino que los ha tomado como propios.

El personaje protagonista es Ati, un hombre a quien su curiosidad innata le lleva a encontrar incongruencias en la narrativa creada por el régimen y a darle vueltas a los orígenes del mismo. Me gusta especialmente el proceso inicial por el cual Ati comienza a despertar, a darse cuenta de la mentira en la que vive. Por mucho que lo intenta no consigue apagar sus ansias de libertad, o más concretamente, de conocer qué hay más allá de esa frontera que el Gran Hermano vende a sus conciudadanos como límite de todo. Así, la historia se enarbola en torno al viaje de Ati por entender el mundo en el que vive.

El realismo de Abistan es sorprendente; el mundo distópico creado por Sansal está muy bien construido, con mucho detallismo, tanto en las descripciones de los escenarios como en las reglas que operan en el Estado. Una dictadura tan violenta como ineficaz ya que, como históricamente ha ocurrido en los regímenes autoritarios, en ella la burocracia es enorme y la pobreza aflora. Como apunte seguramente innecesario pero completamente real, durante esta lectura he tenido déjà vus con otras obras de ficción como con Fahrenheint, 1984, Un mundo feliz, Mad Max, Matrix, Los juegos del hambre, Star Wars… Creo que es todo cosa de mi cerebro, al que cuando se le pone el reto de imaginar cosas que se escapan demasiado de lo que ya conoce, tiende a buscar referencias cercanas para no tener que trabajar demasiado.

Sí que he echado en falta algo más de frescura en la narración. En esta novela hay muy pocos diálogos y muchas reflexiones y monólogos interiores, por lo que en ocasiones la lectura puede hacerse algo tediosa. Eso no evita que sea un libro realmente interesante, una potente crítica al fanatismo religioso en general, y al proyecto del Estado Islámico en particular.

Siendo francos, no creo que 2084. El fin del mundo esté al nivel de las grandes distopías clásicas. Al fin y al cabo, hablamos de obras de mucho renombre y a las que el paso del tiempo les ha dado mucho valor profético. Por ese mismo motivo, por la cuenta que nos trae a todos, esperemos que el libro de Samsal no acabe siendo más que una obra de ficción y no una advertencia sobre el futuro que le espera a nuestro planeta.

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Qué vergüenza, de Paulina Flores

Qué vergüenza

Qué vergüenzaSoy de esos lectores que, por regla general, más que leer devoran los libros. Con prisa, con sagacidad, como si el tiempo que inviertes en una lectura sólo fuese un obstáculo para meterte en una nueva. Con los relatos de Paulina Flores, sin embargo, he tenido que cambiar esta dinámica; para leer y disfrutar de Qué vergüenza, la primera obra de esta joven autora chilena, he tenido que bajar varias marchas a mi motor cerebral. No en vano, sus historias cortas invitan a evadirse y a volver la vista a los buenos y malos momentos del pasado. Con una prosa sencilla pero absorbente, Flores consigue meterte de lleno en los ambientes generalmente humildes en los que sitúa sus relatos.

Es un libro que marida lo bello y lo amargo, lo cotidiano y lo inaudito de forma muy verosímil, sin fuertes contrastes. Flores tiene un estilo minimalista y desnudo, que no abusa de los grandes artificios y que apunta más al corazón que al cerebro. Los niños cuasi monopolizan los papeles protagonistas y son los personajes más cuidados y atractivos del libro. Al fin y al cabo, la nostalgia es el tema que sobresale en este trabajo y los más pequeños consiguen transmitir mejor que nadie ese mensaje de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Como curiosidad, decir que algunas de las palabras y expresiones que utiliza la autora nos costará un poco entenderlas a los lectores españoles, pero a nivel general es un libro que se entiende muy bien y cuyas historias no resultan demasiado extrañas a este lado del charco. Como no me gusta desvelar demasiado de los argumentos (y menos en el caso de narraciones que ocupan en torno a unas treinta páginas) voy a dar unas pequeñas pinceladas de lo que me ha transmitido cada uno de los relatos de este libro:

  • Qué vergüenza: llamativa historia para abrir boca. El drama del paro y el desgaste que éste produce en las familias en todo su esplendor y aspereza.
  • Teresa: un relato donde abunda la nostalgia por la infancia perdida, con un desarrollo vibrante y uno de esos finales que no se van de la cabeza en un buen rato.
  • Tahualcano: menos inspirado que la media para mi gusto, cuenta la historia de un grupo de amigos que deciden planificar un robo que poco a poco va degenerando. Con samuráis incluidos.
  • Olvidar a Freddy: un relato de amor, desamor y recuerdos infantiles que se desvela al lector mientras la protagonista se da un baño. Deja un regusto amargo y punzante. Mi favorito.
  • Tía Nana: breve relato acerca de la importancia de las relaciones personales no basadas en las palabras. Flores consigue crear una fuerte empatía con la protagonista.
  • Espíritu americano: un reencuentro de dos compañeras de trabajo después de muchos años, con aspectos del pasado por cerrar. Ameno y sorprendente en sus últimos párrafos.
  • Laika: breve narración de una niña que quería salir a la playa a ver ovnis. Crudo y desconcertante.
  • Últimas vacaciones: el que contiene mayor crítica social, al hablar de las diferencias económicas dentro de una misma familia bajo la percepción de un niño.
  • Afortunada de mí: es en el que más me ha costado entrar y del que más pena me ha dado salir. El más largo con diferencia del libro, narra dos historias en las que de nuevo convergen la nostalgia y la soledad.

Hasta aquí puedo leer, no sin antes invitar a aquellos que deseen descubrir una nueva (y novedosa) voz de la literatura hispanoamericana a que le den una oportunidad a Paulina Flores y a su Qué vergüenza. Abstenerse lectores Ferraris.

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Nunca tires la toalla, de Donald Trump

Nunca tires la toalla

Nunca tires la toallaEn esos años que transitan entre el final de la infancia y el principio de la adolescencia me hice aficionado al Wrestling, la lucha libre profesional, que por aquel entonces emitían de madrugada. Cuento esto porque unas navidades mis padres tuvieron a bien regalarme un DVD con uno de estos espectáculos, y en él aparecía un señor trajeado, ya entrado en años, que se atrevía a apostarse su prominente cabellera con el promotor del evento (y que acabó conservando). Si alguien me hubiese dicho, allá por las navidades del año 2007, que ese tipo iba a ser candidato a la presidencia de los Estados Unidos…seguramente hubiese pensado que, al igual que en aquellas peleas, todo lo que estaba viendo por televisión no era más que mero artificio, puro entretenimiento.

Sin embargo, todos sabemos que Donald John Trump está sólo a un paso de pisar el despacho oval y si eso es así es en buena parte por la imagen de hombre de negocios exitoso que ha conseguido crear en torno a él. Nunca tires la toalla es un repaso a algunos de los momentos clave a nivel empresarial de la 121 mayor fortuna de América según la revista Forbes, recubierto con mensajes motivacionales y consejos para los lectores que quieran conocer (y puede que hasta seguir) la forma en la que ha forjado su imperio el de Queens.

Trump defiende el pensamiento positivo como forma de encarar las adversidades en la vida. Un planteamiento a priori simplista, pero que va desgranando con el paso de los capítulos a través de distintos ejemplos en los cuales la moraleja común es Never give up! (¡Nunca tires la toalla!), frase que se repite decenas de veces a lo largo del texto, a modo de mantra. Hay muy poco de autocrítica y mucho de oda a su personalidad y a sus dotes para los negocios. Es algo que no me ha convencido demasiado, ya que cuando el empresario habla de inversiones que le han resultado muy provechosas el mérito siempre viene de él y de su prodigiosa visión de futuro, pero cuando comenta algún negocio que no prosperó en su día lo achaca a motivos como que “las fuerzas externas en contra eran demasiado fuertes”. Su personalidad egocéntrica también queda patente, por ejemplo, cuando al hablar de los atentados del 11-S recalca que él predijo meses atrás la cercanía de un ataque terrorista. También es duro en este texto con sus detractores, a los que señala y critica duramente, mientras que se muestra amable y complaciente con aquellos que le han tratado bien públicamente.

Lo que sí que me ha resultado interesante de este trabajo ha sido la forma en la que el magnate estadounidense explica el proceso que siguió en su día para alcanzar algunos de sus logros más importantes. Trump no se ahorra detalles burocráticos ni nombres para exponer cómo consiguió levantar varios de sus edificios más emblemáticos, como el Trump International Hotel & Tower de Chicago o la Trump Tower de Nueva York. Y por supuesto, Trump destaca su papel como showman, el que sin duda le ha dado a conocer entre el gran público y que, desgraciadamente, explica buena parte de su éxito electoral, al menos dentro de su partido. Por encima de sus participaciones en eventos puntuales, como en Saturday Night Live o en el ya citado de lucha libre, a nivel televisivo fue el reality show El aprendiz el que le granjeó buena parte de su fama. Estrenado en enero de 2004, el programa en el que los aspirantes competían por un contrato en la Trump Corporation, se mantuvo en antena durante 12 temporadas y en la actualidad se sigue emitiendo, en una versión con personajes famosos. Precisamente la próxima será la primera temporada sin la presencia del candidato a la Presidencia, ya que la NBC decidió no contar con él para el futuro por sus comentarios racistas contra los inmigrantes mexicanos.

Como libro de autoayuda no creo que Nunca tires la toalla tenga un gran valor, ya que la mayoría de los consejos que ofrece Trump los hemos podido leer y escuchar centenares de veces a distintas personas. Pero como lectura para conocer la forma en la que ha forjado su imperio y cómo ha ido encarando las distintas amenazas y oportunidades que ha ido encontrando a lo largo de su vida me parece bastante más interesante, ya que Donald Trump es, lo queramos o no, una de las personas más influyentes del mundo.

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Corriendo con Hemingway, de Bill Hillmann

Corriendo con Hemingway

Corriendo con HemingwayPuedo prometer y prometo que jamás correré un encierro en Pamplona. Bueno, ni en Pamplona ni en ningún sitio. Me gustaría decir que el motivo son mis fuertes principios antitaurinos, pero que va. Sencillamente, no acabo de verme sólo unos centímetros por delante de bichos de más de 500 kilos con los cuernos más afilados que una navaja de Albacete. Es por ello que siempre he sentido cierta curiosidad por saber qué lleva a miles de personas a jugarse el tipo año tras año, sin más premio que el de llegar a la plaza sanos y salvos. Y tengo que reconocer que después de leer Corriendo con Hemingway comprendo un poco más esta pasión, aunque sigo siendo firme en mi decisión de sólo visitar la calle Estafeta con fines etílicos y gastronómicos.

Empecé a leer este libro con cierto escepticismo, el propio del que se enfrenta a un autor que no conoce y a un tema que no está nada seguro de que le vaya a seducir, pero a los pocos párrafos ya estaba convencido de que había acertado con la elección. La prosa de Bill Hillmann, sarcástica y directa, hizo que me enfrascara en la lectura de su segunda novela desde el principio. Siempre he sido muy fan de eso que llaman realismo sucio y, pese a tratarse de un relato biográfico, la juventud de Hillmann parece sacada de una novela de Bukowski. Nacido en una familia desestructurada, ex boxeador amateur, alcohólico empedernido, pequeño traficante y de puñetazo fácil. Carne de prisión o de un destino peor, como tantos otros coetáneos suyos de los barrios humildes de Chicago. Pero un buen día, este joven con el fracaso escrito en la frente descubre a Ernest Hemingway a través de su novela ‘Fiesta’ y tras devorarla toma dos decisiones: la primera, convertirse en escritor. La segunda, viajar en solitario hasta Pamplona para sentir en sus propias carnes lo relatado por el ilustre narrador estadounidense.

Cada uno de los capítulos del libro recoge un año de la vida del autor, y la historia abarca desde 2005, año de su primera visita a Pamplona, hasta 2015, una década en la que sólo se ha ausentado en una ocasión de la fiesta navarra. Unos años en los que se percibe perfectamente la evolución de Hillmann y su lucha interior, que desnuda por completo en sus páginas, hasta el punto de detallar los horribles pensamientos que recorrían su cabeza durante el tiempo en que su trastorno bipolar estuvo sin ser tratado médicamente.

Pero la mayor parte del libro de Buffalo Bill, como le apoda cariñosamente su círculo pamplonica, se centra en lo que ocurre en los encierros, donde el autor no se limita a narrar el desarrollo de los mismos, sino que también da cabida a los sentimientos que le abordan antes, durante y después de cada carrera. Hillmann transmite con verosimilitud el nerviosismo de la noche previa, su admiración por los mozos más experimentados, la necesidad de demostrar su valía, sus voces internas, sus supersticiones, los codazos y empujones que tiene que dar y recibir mientras avanza, la adrenalina cuando sabe que hay un toro a pocos metros, los gritos de los mozos cogidos, los aplausos del público cuando los corredores pisan la arena…

Me han parecido muy oportunos también algunos apartes que hace Hillmann durante su narración y que ayudan a que el libro no se convierta en una mera exposición de sus carreras por el tramo de Telefónica. El autor introduce testimonios de personajes muy experimentados en los encierros, como Juan Pedro Lecuona o David Rodríguez, así como textos que buscan dar base científica a ideas que defiendo como ahínco, como los orígenes ancestrales de las carreras delante de animales o de cómo el consumo de carne animal favoreció el desarrollo del cerebro humano.

En definitiva y siendo claros, este libro hace una defensa a ultranza de los encierros, de la tauromaquia y de lo que ambas disciplinas representan para su autor, y por ello estoy seguro de que jamás cogerá polvo en la estantería de un votante del PACMA. Sin embargo, si dejamos al margen todo aquello que puede herir sensibilidades, Corriendo con Hemingway no es sino la historia de un hombre que lucha por dejar su pasado atrás, por escapar de aquellos demonios que tantas veces le habían corneado y embestido.

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La viuda, de Fiona Barton

la-viudaAbrir un libro es abrirse uno mismo a ser decepcionado, quizá, pero sorprendido gratamente, otras veces. Nunca se sabe. Y con La viuda, debut literario de la otrora periodista Fiona Barton, me sucedió a mí y puede sucederle a usted, amable lector. No me refiero a que esta novela me haya sorprendido por haber superado mis expectativas, ni por haberme brindado una lectura más gratificante de lo que yo esperaba (no esperaba nada de particular más que pasar un rato agradable, habida cuenta de que La viuda se nos ha presentado como heredera de otras novelas veraniegas de tintes criminales, y muy especialmente de La chica del tren, con la cual se la ha comparado favorablemente, jerarquización con la cual no puedo estar más de acuerdo).

No. Me refiero a que La viuda pertenece a ese grupo de novelas que se transforman delante de nuestros ojos en otra cosa de lo que eran hasta ese momento. No se trata de transformaciones radicales; La viuda no contiene abruptos o  rebuscados giros argumentales, sorpresas que estiran hasta el límite la frontera de lo verosímil ni complejidades temáticas o estructurales que nos obliguen a releer fragmentos enteros para tratar de armar el puzle. La transformación de la que hablo tiene más que ver con la manera en que fluye la historia y fluyen los personajes, y ello lo debe todo a la magistral dosificación y administración de la información de las que hace gala Fiona Barton. Esta autora consigue en La viuda imitar la vida y a las personas reales, a las que no “leemos” ni conocemos igual que conocemos a los personajes de una novela cualquiera, sino poco a poco, llevándonos pequeñas sorpresas y desengaños, descubriendo sus personalidades lentamente, con un conocimiento cuyos fragmentos nos suelen llegar con cuentagotas y dependiendo de situaciones, momentos y coyunturas. Pues algo así sucede con los personajes de La viuda, sin duda el elemento decisivo a la hora de engancharnos a esta novela y el que la eleva por encima de otros libros de similares estilo, temática y argumento.

Los cuales no son el colmo de la originalidad, pero todas las historias ya han sido contadas; lo que las diferencia es las distintas maneras de contar, cómo el autor maneja la información, y en eso Fiona Barton acierta de lleno. La viuda cuenta la historia de Jean Taylor, que acaba de enviudar de un hombre que había sido juzgado (y absuelto) por secuestrar a una niña de 2 años. Ahora que el marido ha muerto, Jean recibe otra vez la visita de las personas que lo persiguieron y que nunca dejaron de creer en su culpabilidad: el inspector que llevó el caso, Bob Sparkes, y la periodista que lo cubrió a la par que intentaba descubrir la verdad, Kate Waters. Cada uno de ellos a su manera tratará de despejar la duda que los acecha: ¿es el difunto Glen Taylor el secuestrador de la pequeña Bella? Ambos se aferran a la posibilidad de que Jean conozca el secreto.

La viuda es una obra con más enjundia de lo que pueda parecer. Como historia criminal, las hay mejores y también mucho mejores; sin embargo, donde verdaderamente brilla es en la liga de historias de drama psicológico con tintes policíacos. Subrayo lo de los tintes; en realidad, es un barniz, pero no el corazón de la historia; pienso que a la autora no le interesaba tanto escribir una historia de sabuesos en persecución de la verdad como una acerca de los personajes en los que no se suele posar el foco de la atención pública: la mujer que posa al lado del acusado, la periodista ambiciosa pero con corazón, el policía que se agarra a un clavo ardiendo con tal de descubrir la verdad. Personajes secundarios en la vida real si miramos la historia con los ojos de un espectador no involucrado personalmente en la historia; a ese espectador -o lector- sólo le interesará el misterio y su resolución, y saber si el acusado se llevó a la tumba un secreto inconfesable o, por el contrario, era un hombre injustamente acusado. Pero personajes de indiscutible protagonismo si nos adentramos en la historia y elegimos vivirla en vicaria primera persona. Puesto que cada individuo es el más importante para sí mismo, y su historia, la única verdadera.

En La viuda hay o puede haber tantas verdades como personajes. Y Fiona Barton procura tratarlos a todos por igual, sin prender la llama del prejuicio, sin alentar éste con trucos fáciles de escritor de novela negra; jugando algunas veces el juego de adivinar qué piensa y siente el lector y demostrarle lo equivocado que está (o no) y hasta qué punto es presa de atajos simples de lector resabiado (o no).

La viuda es más sincera que La chica del tren, y más humana que Perdida. Y está mejor narrada que cualquiera de las dos. Porque atesora momentos de magia literaria, aquellos en los que, creyendo que teníamos caladísimo a tal o cual personaje, la autora nos demuestra que es ella quien más sabe. Y lo hace de una forma muy elegante: dejando caer información como gotas de sirimiri, de tal forma que, para cuando queremos darnos cuenta, somos nosotros los que estamos calados hasta los huesos, y ni nos hemos enterado.

Brilla con luz propia, del elenco de personajes, ese policía mucho más humano, mucho más real, mucho más amable y fácil de querer que la mayoría de superpolicías que pueblas las novelas de misterio: Bob Sparkes, el inspector que ha llegado a querer a la niña cuyo secuestro investiga. Sparkes es entrañable, y es especial entre los policías de novela; es excepcional porque personifica al policía que es derrotado por su caso pero, aun así, no ceja en su empeño. Es un policía que sale del Cuerpo por la puerta de atrás, humillado, avejentado, desengañado; un policía totalmente falible, que, a pesar de contar con compañeros jóvenes e inteligentes, se ve obligado a bajar a los infiernos para poder volver a nacer.

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Todo ese fuego, de Ángeles Caso

Todo ese fuego

Todo ese fuego

Ya sé que no debería decir que tengo un libro preferido. Es como si una madre tuviera que escoger entre sus hijos. Eso está feo. Pero es que ya tengo bastantes años y muchos libros y Jane Eyre de Charlotte Brontë sigue siendo mi debilidad. Lo leí con 13 años, más o menos. Fue uno de mis primeros “libros de mayores”, a veces pienso que por eso le tengo tanto cariño, y lo vuelvo a releer y no, no sólo es por eso, es que es maravilloso.

Así que cuando me enteré de que Ángeles Caso había escrito una novela sobre la vida de la familia Brontë, me faltó tiempo para conseguirla. Yo de las primeras y como en este país, así locura por comprar libros no hay, pues no tuve que dormir a la intemperie, ni pagar a los “reventas”, ni nada de eso.

¡Qué sensación más extraña! Meterte en la vida de alguien a quien admiras. Ángeles Caso ha novelado la vida de Charlotte Brontë y de sus hermanas, de toda la familia, y ha logrado que te sientas un poco intruso. Es como si te dejaran mirar por un agujero en la pared las intimidades de tu cantante favorito, aunque no como en los programas de la televisión o las revistas de cotilleo. Al principio te sientes algo incómodo viendo como se levantan, desayunan, trabajan, pero enseguida logras ser como un invitado a la mesa.

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Nos vemos en esta vida o en la otra, de Manuel Jabois

Nos vemos en esta vida o en la otra

Nos vemos en esta vida o en la otra“Cambias. Te da tiempo a corregir: éramos unos críos. Peligrosísimos, con muchos delitos detrás, pero con margen para corregir. No quiero justificar nada: lo hecho, hecho está. Pero había que ver de dónde veníamos, qué infancia habíamos tenido. No es excusa, pero, hostia, influye, ¿no?”

Éste no es otro libro más del 11-M. Y menos mal. Manuel Jabois no busca una solución maestra a todos los interrogantes que aún quedan por resolver de aquel terrible atentado, en el que fueron asesinadas 191 personas. En los últimos 12 años se han gastado cantidades ingentes de tinta y saliva en hacer conjeturas sobre cómo y quiénes orquestaron la matanza, muchas de ellas interesadas y partidistas. Por eso alegra leer un trabajo que no busca más respuestas de las que puede ofrecer; un reportaje que, abarcando poco, aprieta mucho.

Éste no es un libro maniqueo. Y esto demuestra valentía. Porque lo más fácil para el autor hubiese sido posicionarse en contra de Gabriel Vidal “Baby”, bautizado por los medios como ‘El Gitanillo’ y quien fuera el primer condenado por su colaboración en los atentados de Atocha. Lo más sencillo hubiese sido deformar sus ya de por sí deformes orígenes, adjetivar con dureza sus ya de por sí duras respuestas y cerrar el relato con una conclusión que reforzase el distanciamiento entre autor y entrevistado. En lugar de eso, Jabois ha hecho algo mucho más difícil y arriesgado: ha dejado hablar al joven asturiano y ha desaparecido durante las poco más de doscientas páginas que ocupa Nos vemos en esta vida o en la otra. Podría ser un muy buen ejemplo para dar en las aulas de periodismo, ya que aquello de que “el periodista no es el centro de la noticia” es una lección que muchos olvidan tan rápido como salen de la facultad. Sigue leyendo Nos vemos en esta vida o en la otra, de Manuel Jabois

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Todo lo posible, de Carmen Pacheco

Todo lo posible

Todo lo posible“Mi religión siempre han sido los libros. Desde niña los devoro, a veces con auténtica desesperación, no por entretenerme, no por evadirme, sino por encontrar, entre todas esas historias, la mía. ¿No es por lo que leemos todos?”

Con este breve pero maravilloso fragmento de la novela comienzo una reseña de un libro que supone toda una declaración de amor por los libros. Pero empecemos por el principio. Todo lo posible trata la historia de Blanca Cruz, una joven escritora de una saga de novelas vampírico-nórdicas de éxito nacional que está pasando por una gran crisis sentimental y profesional. Cree que su novio la está engañando con otra mujer y no se siente con fuerzas para continuar con su saga. Pero cuando llegan a su poder los libros y las cartas personales de Patricia A. King, una desconocida escritora inglesa que vivió en los años treinta, todo cambia y se sumerge en una aventura que la llevará a donde jamás había pensado.

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La viuda o la intriga hecha libro

La viuda

“La viuda de Fiona Barton”

La viudaSi él hubiera hecho algo horrible, ella lo sabría. ¿O no?

Con esta premisa comenzó mi interés por La viuda, un thriller psicológico que aborda la vida de un matrimonio en el que nada es lo que parece. Me recordó tanto a libros como Perdida o La chica del tren, de los que disfruté de principio a fin, que supe que tendría que leerlo. Por ello, cuando me ofrecieron ir a la presentación no me lo pensé ni un segundo.

Hay secretos que cambian tu vida. ¿Callar o mentir? Tú eliges

Son las 18:55 h. y me encuentro en la puerta de una famosa pastelería francesa de Madrid donde, sin saberlo, estoy a punto de trasladarme a uno de los encantadores pueblos situados al sudoeste de Inglaterra junto a Jean Taylor y Kate Waters para adentrarme en una historia plagada de secretos e intriga.

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