
Puedo decir con orgullo que yo he tenido suerte en la vida. Desde bien pequeña mis padres me enseñaron que todo lo que me rodea es superfluo menos una cosa: la felicidad. Todo lo demás no importa, todo lo demás cambia, se va, vuelve, es innecesario, es indiferente. Lo único que tengo que perseguir en mi vida es la felicidad.
Yo no lo entendía demasiado bien. Bueno, la teoría, sí. Pero no sabía muy bien cómo aplicarla en la práctica. La primera vez que me enfrenté a este dilema fue cuando encontré unos amigos con los que no estaba realmente a gusto. A veces lo pasábamos bien, pero el resto del tiempo sentía que estaba con ellos porque tenía que ser así. En ese momento recordé: todo es indiferente, solo importa la felicidad. Así que decidí dejar de juntarme con ellos y buscarme otros amigos que realmente me aportaran algo que hiciera que yo quisiera seguir con esa amistad.
El siguiente punto de inflexión llegó cuando tuve que decidir qué carrera estudiar. ¿Quedarme en mi ciudad o marcharme lejos? ¿Estudiar lo que decía mi cabeza o lo que decía mi corazón? ¿Pensar en las salidas o no pensar en ellas? Dudas y más dudas se agolpaban dentro de mí. Intenté seguir esa máxima de buscar la felicidad ante todo, pero no resultaba nada sencillo. Como decía: en la teoría sí, en la práctica no. Así que decidí: me iba a estudiar fuera una carrera que no me apasionaba pero que me ofrecía muchas salidas. No puedo decir que me equivoqué, porque soy de la creencia de que todo pasa por algo, pero lo cierto es que pasé unos años muy duros estudiando algo que no terminaba de gustarme y sin saber si después me querría dedicar a ello. No fue nada bonito.
Después de leer El día que dije basta, estoy segura de que si me hubiera encontrado a Erick Canale en esos años me hubiera dicho: “Ana, déjalo ya. Deja esa carrera y estudia algo que te apasione, no pienses más que en eso”. Y yo le habría contestado: “Ay, Erick, si todo fuera tan sencillo…”. Pero la Ana de hoy en día, la de seis años después de empezar la carrera, le habría hecho caso con los ojos cerrados. Porque ahora voy aprendiendo a hacer eso, a tomar las decisiones sin sopesar tantísimo los pros y los contras. Me basta una pequeña garantía de que eso me hará feliz, para saber qué decisión es la que tengo que tomar. He seguido esta regla los últimos años y la verdad es que me ha ido bastante bien. Porque las cosas no se hacen igual sabiendo que vas a ser feliz haciéndolas que si las haces por obligación o porque sí.
A ver, está claro que yo no llego por las mañanas a la oficina y le digo a mi jefe que no me da la gana hacer las facturas porque eso no me llena. No. Pero sí que he escogido un trabajo que me da la oportunidad de tener las tardes libres y dedicarme a lo que verdaderamente me gusta. Y, ahora mismo, no podría entender la felicidad si no fuera de este modo.
Así que leer El día que dije basta me ha gustado muchísimo. Dentro de este libro se relata la propia historia personal de Erick Canale, de cómo lo dejó todo para convertirse en lo que siempre había querido: ser emprendedor. Y también la de muchas personas a las que ayudó a seguir el camino correcto. Mientras leía todos estos relatos he querido ser consciente de que todo lo que se cuenta en estas páginas es real. Y lo he hecho quizá con la intención de serenar mi alma para que esta vea que no soy la única loca que va por el mundo persiguiendo la felicidad sin importarle lo que los demás opinen. Porque, aunque yo venga aquí haciendo un manifiesto sobre lo que yo opino, como si yo jamás dudara de que las decisiones que tomo son las correctas, en realidad no es así. Tengo claro en qué tengo que pensar cuando tengo que elegir, pero a veces es muy complicado. ¿Me habré equivocado? ¿Será este el camino correcto? ¿Y si ha llegado la hora de dejar de pensar tanto en mí misma? En fin, ya os podéis imaginar cómo es tener mi cabeza, bullendo veinticuatro horas al día.
Volviendo al libro, diré que se lee con rapidez y sin pausa. La sucesión de las historias hace que las páginas pasen deprisa. A mí me pasó que, cuando quise darme cuenta, ya me lo había terminado. Os confesaré que al principio era un poco reticente a leerlo, porque yo no soy demasiado de libros de autoayuda, categoría donde podríamos encuadrar a este. Pero la temática me gustó muchísimo y me dio la sensación de que no iba a ser como el resto que ya había leído. Y no me equivocaba. Me ha gustado mucho el enfoque personal que le da el autor y la forma en la que cada uno podemos vernos reflejados en la historia. Porque, vale, yo de momento no quiero emprender y no tendría por qué hacer caso de lo que Erick cuenta en su libro. Pero no se trata de eso, consiste en extrapolarlo a tus propias circunstancias y sacar las conclusiones que tengas que sacar.
Y yo he sacado las mías: creo que, después de todo, no habré tomado tantos caminos equivocados cuando ahora mismo estoy aquí, hablando sobre libros mientras dejo que los rayos del sol se paseen por mi piel y pienso en lo feliz que seré cuando, dentro de un ratito, vuelva a coger otro libro para dejarme llevar por su historia. Eso, para mí, es la felicidad absoluta.

La vida me ha enseñado a creer en historias de amor. Todo empezó cuando, de pequeña, veía en modo bucle las películas de Disney. No vayáis a pensar, yo no era de la Cenicienta o Blancanieves, no. Yo era de Dumbo (debía gustarme sufrir). Esa película me enseñó que el amor es lo que mueve el mundo. En ese caso, el amor de una madre por su hijo y a la inversa. ¿Y eso no es amor? Es el más honesto y verdadero del mundo. Y después la vida se ha encargado de demostrarme que el amor es lo que mueve todo y, que sin él, estaríamos perdidos.
Las palabras pueden doler como puñales. Pero también pueden sanar, abrir los ojos de aquellos que los tienen cerrados, hacer recordar algo que creíamos olvidado, hacer que nos enamoremos de alguien o que lleguemos a odiarle. Las palabras son un arma para aquellas personas que saben utilizarlas y una salvación para aquellos que nos necesitamos refugiarnos en ellas cuando la vida real nos pesa demasiado. Para mí, son mi vida.
Últimamente llevo un ritmo de lectura frenético. Entiendo que me pasa como a todos y que va por temporadas. Hay meses en los que puedo leerme diez libros sin casi darme ni cuenta y hay otros meses en los que si leo un par siento como si hubiera batido algún récord. Ahora estoy en esa fase maravillosa en la que puedo pasarme tres horas al día leyendo y cierro un libro para abrir inmediatamente otro.
Cuando yo era pequeña vivía con mi madre y con mi tío. A pesar de no tener hermanos, mi tío se encargó de convertirse en uno, en lo bueno y en lo malo. Lo bueno: siempre se quedaba en casa cuidando de mí cuando mi madre trabajaba, jugábamos a la Play día sí y día también, me llevaba al cine a ver Harry Potter (aunque siempre se quedara dormido) y me protegía como si yo estuviera hecha de cristal. Lo malo: todos los días acabábamos peleados por alguna que otra tontería, lo echaba tremendamente de menos cuando se iba con sus amigos y no pasaba la tarde conmigo y me daba un pánico horrible saber en lo que trabajaba. Mi tío era paracaidista.
¿Cómo no iba a estar yo hoy, aquí, hablándoos del nuevo libro de 
Reconozco que soy una chica con muchas aficiones. Si me preguntas qué hago en mi tiempo libre la respuesta puede ser muy variada dependiendo del momento en que formules esa cuestión. Pero si me preguntas qué es lo que haría toda mi vida sin cansarme y a lo que no podría renunciar jamás, te contestaría: “leer, escribir y viajar”. Con esas tres cosas yo ya soy feliz.
Hoy estoy emocionada. Sí, estoy especialmente contenta. Ha sido un día estupendo: en el trabajo ha salido todo redondo, me he permitido el lujo de darme un paseo de una hora sin pensar en nada, he recibido muy buenas noticias y he terminado el libro que me ha acompañado estos últimos días.
No me puedo imaginar lo que sentiría si mañana me despertara y no recordara absolutamente nada de mi vida. Ni quién soy, ni dónde vivo, de dónde vengo. Ni siquiera mi nombre. Como si acabara de nacer, así, de repente. Pienso en lo que sería echar la vista atrás para descubrir algo de mi pasado, aunque fuera solo una cosa pequeñita y solo ver un borrón negro. Nada más. ¿Por dónde empezar? ¿Qué hacer?
Quería empezar esta reseña hablando de la conexión que ciertas personas sienten hacia algún elemento de la naturaleza. Por ejemplo, están los que aman el fuego, los que se sienten atraídos por ese color o esa fiereza que tanto le caracteriza. También están los que sienten un vínculo especial con las piedras, con el poder que transmiten y la conexión que experimentan cuando tocan una cargada de energía. Conozco personas que adoran el viento (como mi madre), a las que no hay nada que les guste más que estar en mitad de una montaña sintiendo cómo el viento les rodea. Y luego están los que, como yo, sienten algo especial cuando están dentro del agua.


Cuando anuncié por las redes sociales que iba a leer la tercera parte de Yo antes de ti mucha gente se puso en contacto conmigo para preguntarme por la saga. Otros muchos me dijeron que habían leído la primera parte por el boom que hubo en su día, pero que después les dio pereza seguir con la historia (visto el final del primer tomo). Y yo que no me lo explico. No lo entiendo. ¿Seré yo la única que estaba deseando que la vida de Louisa Clark continuara? Es imposible, no puede ser. Me cuesta mucho comprender a aquellas personas a las que no les gusta esta trama y que no entienden por qué la autora, Jojo Moyes se ha atrevido a escribir una tercera parte.