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Mr. Nobody 1, de Gou Tanabe

Mr Nobody 1

Mr Nobody 1El thriller psicológico es un género muy resultón tanto en el cine como en la pequeña pantalla. No hay más que pensar en nombres como Brian de Palma, David Lynch, Amenábar o M. Night Shyamalan, por no remontarnos a Hitchcock, y nos daremos cuenta de que es además un género de lo más fructífero. Probablemente nos costaría más nombrar obras literarias que encajen claramente en él, aunque, bien mirado, podríamos remitirnos a un autor de talla de Stephen King. Pero eso sí, si tuviéramos que mencionar títulos de novelas gráficas, ese número se reduciría a la mínima expresión. Hasta ahora.

Mr Nobody 1, primer volumen de una trilogía muy apetecible, se inscribe plenamente en el género del thriller psicológico. Tenemos a Kawai Susumu, un joven que, tras una dura infancia, en la que perdió a su padre antes de nacer y a su madre, poco después, ha conseguido superar todas las dificultades de la vida, ahora trabaja como detective privado y está a punto de casarse. El único nubarrón en su vida es un extraño recuerdo de juventud, relativo a un decisivo error cometido durante un partido de béisbol, que no deja de acosarle. En éstas estamos cuando recibe un curioso encargo por parte de un enigmático personaje, que le ordena que vaya a un motel ruso y espere nuevas órdenes.

En el motel se encuentra con tres hombres y una mujer, todos ellos con el mismo encargo que Kawai. Nadie sabe qué se espera de ellos ni tienen idea de quién les va a pagar, pero su primera misión disipa todos sus escrúpulos. Un tren de mercancías se va a detener durante cinco minutos a diez kilómetros del lugar donde se encuentran. Su trabajo consiste en dirigirse allí y abrir el último vagón. La recompensa, 100.000 dólares.

A continuación, acción, asesinatos bestiales, misterio y resbaladizas identidades que arrastran al lector página tras página. En un libro de estas características, es inevitable que, tras la lectura del primer volumen, nos sintamos un  tanto confundidos. Mr Nobody 1 prácticamente exige ser leído a una velocidad de vértigo, y al llegar al final nos encontramos, como es natural, con que todos los cabos están sueltos. En esa situación, y mientras esperamos la llegada del segundo volumen, el lector se ve obligado a releer el libro con más detenimiento para así matar el tiempo de espera. Y es entonces cuando el aspecto psicológico se impone al thriller. Dejamos de lado los brutales asesinatos y nos preguntamos sobre la relevancia de detalles como “Let it be”, la canción de los Beatles que canta Kawai y que, nos dice, era la favorita de su padre. Escuchamos con atención las palabras de Mika, su prometida, que le dice “para una mujer lo importante es el presente. El pasado no cuenta”. Observamos el detalle de que Mika ya estuvo casada, y nos inquietamos con ese extraño sueño en el que vemos unos cuerpos manipulados de manera extraña por manos y aparatos.

El destino de Kawai, pero también, y de manera significativa, su pasado, empieza a entrelazarse con el de sus compañeros de misión. Una es Nastasja, a quien su madre abandonó de niña en mitad de una clase de ballet, y el otro, Anri, desertor del ejército americano. Todos viven atormentados por un recuerdo que sólo ellos creen conocer. ¡Cuán equivocados están!

En fin. Habrá que ver si el segundo volumen responde a las expectativas que éste ha levantado. De momento, nos hemos quedado con muchas ganas de seguir.

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Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy

Juliette

JulietteTodos conocéis esa sensación tan agradable que tenemos a veces al salir del cine, cuando hemos visto una película con personajes creíbles, entrañables, con una historia cotidiana, casi trivial, pero con ese toque que hace que la sintamos muy cercana. En inglés hay un término muy preciso para referirse a dichas historias: feelgood. Así, una película feelgood es una película que te hace sentir bien contigo mismo, con el mundo y con los personajes. Pensad, qué sé yo, en Amélie. Por su parte, no se me ocurre mejor ejemplo para un libro feelgood que este entrañable y divertido Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy. Y mientras os dejo que vayáis pensando en una traducción de feelgood (nada de dejarlo en inglés, por favor), hablemos un poquito de esta estupenda novela gráfica.

Juliette regresa a su pueblo natal en tren, el medio de transporte más adecuado para los fantasmas, que así pueden ir saliendo poco a poco de su escondite y empezar a colarse en nuestro recuerdo y, sobre todo, en nuestra vida. No sabemos bien qué dolor aqueja a Juliette, aunque su dolor físico parece ser reflejo de una herida en el alma. Por ello ha decidido regresar al lugar donde creció, donde una vez fue feliz y donde la vida de los que se quedaron, sus padres, hoy separados, su hermana y su abuela, sigue un curioso rumbo, entre la rutina y el vodevil, con unos personajes en permanente huida de la soledad.

Marylou, la hermana de Juliette, juega a un curioso y arriesgado jueguecito erótico con su amante. Su padre, por su parte, vive todavía amargado por el recuerdo de su ex, una señora excéntrica con ínfulas de artista que, aparentemente, consiguió escapar con éxito de esa vida provinciana que ha atrapado a todos los demás. Y mientras tanto, su abuela languidece junto a sus cada día más escasos recuerdos. Nada más llegar, Juliette decide visitar la casa donde creció, ahora ocupada por Georges, otro prisionero de la ciudad, un solterón que mata sus semanas en la taberna del pueblo, donde los días de suerte consigue llevar al huerto a una amiga con derecho a roce ocasional a la que nunca ha querido dar nada más que eso. Georges, a quien sus amigotes llaman Pólux, desfoga su pasión escribiendo cartas de amor a amantes imaginarias.

Así está el patio de nuestros personajes, al que llega una melancólica Juliette y al que Camille Jourdy nos invita a entrar con unas ilustraciones sencillitas, pequeñas, de color pastel, cuyo flujo de vez en cuando interrumpe con otras, preciosas, a página entera, donde podemos apreciar la sencillez de un jardín o la riqueza de detalles y el ajetreo de una escena en una calle del pueblo. Y aunque Juliette no parece darse cuenta, la vida del pueblo cambia con su llegada, así como ella misma cambia al enfrentarse a la soledad de su padre, a las locuras de su hermana, y, sobre todo, al conocer a Georges.

Terminamos la lectura de Juliette y comprobamos que, en efecto, nos sentimos mucho mejor con nosotros mismos y con el mundo. El rato que Juliette, Marylou, Georges y compañía nos han permitido pasar con ellos nos ha abierto los ojos a nuestros fantasmillas, que, por pequeños y humildes que sean, también pueden llegar a ser bastante puñeteros. Tenemos la curiosa pero no desconocida sensación de que un grupo de amigos nos ha ayudado a cambiar nuestra visión del mundo, si bien “mundo” puede ser una palabra demasiado ambiciosa. Digamos mejor que nuestra calle, nuestro jefe, el pesado del vecino, nuestro puto cuñado y ese familiar (¿nuestro padre, nuestro hermano?) con el que nunca hemos terminado de entendernos han adquirido de repente un curioso color pastel y que ahora hasta nos encontramos a gusto con ellos. Por lo que respecta a Juliette y compañía, una vez hayamos colocado de nuevo el libro en la estantería, los vamos a echar mucho de menos a todos.

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El pájaro azul, de Takashi Murakami

El pájaro azul

El pájaro azulEstremecido. Emocionado. Sobrecogido. Pero también alegre y esperanzado. Así me ha dejado El pájaro azul. En fin, no sabía por dónde empezar, así que lo he hecho por el entusiasmo.

Algunos piensan que es tarea fácil eso de estremecer, emocionar y sobrecoger. Basta, según ellos, con mostrarnos una terrible tragedia y regodearse en los detalles más escabrosos y, sobre todo, en las lágrimas. Podéis verlo en esas películas que intentan acentuar los momentos de dolor con sollozos desconsolados y gritos desgarradores, señal de que el director no ha tenido el suficiente talento para reflejar la magnitud de la tragedia, e intenta compensar esa carencia con la pornografía del dolor. Cuánto podrían aprender esos directores con esta obra que hoy os traigo.

Con El pájaro azul, Takashi Murakami se revela a este lector, que lo desconocía, como un auténtico maestro del manga, y como un artista de inconmensurable talento para convertir la tragedia en belleza y, por lo tanto, en esperanza. El libro nos cuenta la historia de una familia feliz a la que el destino intenta destrozar. El destino, sin embargo, es un arma de dos filos, y del mismo modo que, desde su trono, puede sonreírse mientras apunta con el cruel pulgar hacia abajo, es capaz también de convertirse en nuestro aliado más inesperado. En ese momento, nos damos cuenta de que Murakami no es sólo poesía y sensibilidad, sino un fabuloso constructor de historias.

Sorprendido, el lector de este maravilloso libro se encuentra con que la historia que le da título termina en la página 81, y va seguida de otra historia considerablemente más larga titulada “El azar”. Pensamos, pues, que quizá alguien se ha equivocado al vendernos como novela lo que en realidad son dos historias separadas, pero entonces descubrimos el increíble vínculo que las une, y nos asombramos junto a los propios personajes, tres generaciones unidas, en el sentido primordial de la palabra, por la tragedia.

Nos cuenta el autor en el epílogo que estaba elaborando una obra que versara sobre la familia, cuando tuvo lugar el desastre del tsunami de 2011. Más allá del impacto inicial que tienen sobre nosotros, las grandes catástrofes cambian nuestra perspectiva de la vida, y, durante un instante, unos días a lo sumo, comprendemos y aceptamos nuestra fragilidad como seres vivos. Al cabo de un tiempo, sin embargo, todo eso pasa o lo hacemos pasar, y volvemos a preocuparnos por las miserias de la vida: envidiar, poseer y aparentar. No así Murakami, que nos dice: “el miedo y la desesperación que me causaron las pérdidas derivadas de aquel desastre tuvieron su repercusión en la historia en la que estaba trabajando. ¿Cómo afrontar las muertes de nuestros seres queridos? ¿Cómo afrontar nuestra propia muerte?”.

La muerte de un hijo, el alzheimer y el estado vegetativo de un ser querido no son, desde luego, temas que a priori nos prometan una tarde de lectura agradable. Takashi Murakami, sin embargo, con su trazo rico y expresivo, con sus entrañables personajes rebosantes de humanidad, con su sensibilidad totalmente desprovista de sentimentalismo, y con su mirada llena de vitalidad, esperanza y alegría, nos hace pasar un rato absolutamente inolvidable.

Creo que no exagero si digo que uno sale de esta lectura convertido en mejor persona. Más sana también, ya que con los litros de lágrimas que hemos derramado nos hemos deshecho de una cantidad de toxinas que ni  en una sauna finlandesa.

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Sangre y pertenencia, de Michael Ignatieff

Sangre y pertenencia

Sangre y pertenenciaSería muy fácil hacer un análisis del título. Podríamos empezar con ese concepto tan apasionado e irracional como es “la sangre”, que es ese sitio donde los nacionalistas lo llevan todo: sus sentimientos, su historia, su cultura, su lengua, su cepillo de dientes y un par de mudas. Luego continuaríamos con el otro concepto, el de la pertenencia, igual  de apasionado e irracional, pero con el valor añadido de su infantilismo. “Esto es mío”. “Tú no eres de aquí”. Podríamos pasar después a analizar la acertadísima portada, pero entonces quizá no nos quedaría sitio para hablar del contenido del libro, que es brillante de principio a fin.

Sangre y pertenencia tiene también un jugoso subtítulo que, no tardamos en descubrir, es marcada y quizá involuntariamente irónico: “Viajes al nuevo nacionalismo”. La palabra clave aquí es, desde luego, “nuevo”. Nadie quiere saber nada del viejo nacionalismo, responsable de algunos de los momentos estelares del siglo XX y, por ello, desde hace tiempo completamente desacreditado. Nada que ver con el nuevo nacionalismo, parece sugerir ese subtítulo. Hasta que Ignatieff, apenas iniciado el libro, tranquiliza a este lector:

Con una ingenua ligereza, asumimos que el mundo dejaba atrás el nacionalismo irrevocablemente, el tribalismo, los límites provincianos de las identidades marcadas por nuestros pasaportes, de camino a una cultura global de mercado que iba a ser nuestro nuevo hogar. Visto ahora, silbábamos en la oscuridad. Lo que estaba reprimido ha vuelto, y su nombre es nacionalismo.

En este libro, que el autor escribió en 1993 a la par que se rodaba la serie documental de la BBC del mismo título, Ignatieff se propuso estudiar seis ejemplos de nacionalismo sobre los que apuntaban, a la sazón, los focos del mundo entero: Serbia y Croacia, tras la desintegración de Yugoslavia; Alemania, tras la reunificación; Ucrania, tras su independencia; Quebec, donde el independentismo llevaba décadas en constante aumento; Kurdistán, un pueblo dividido entre cinco países; e Irlanda del Norte, que ostentaba el triste récord de ser la democracia con más asesinatos politicos de todo el mundo.

Llegado este momento, hay que dejar que las ideas de Ignatieff se abran paso ante la interesada lectura de servidor, que, por si no lo habíais sospechado, tiene cosas más importantes que hacer que ser nacionalista: peinarme, hurgarme la nariz y asar castañas. Quiero decir con ello que sería injusto pensar que el autor se propuso escribir un libro contra el nacionalismo. Michael Ignatieff es un periodista y académico demasiado prestigioso como para dejarse llevar por prejuicios tan injustos como los míos.

Una de las premisas centrales de la obra es la que distingue entre el nacionalismo étnico, el de la sangre y el terruño, y el nacionalismo cívico, al cual se adscribe el mismo Ignatieff, hijo de ruso, canadiense de nacimiento, que ha vivido en varios países y está casado con una húngara. El nacionalismo cívico, según Ignatieff, mantiene que “la nación debe estar formada por todos aquellos que suscriben el credo político de la nación, independientemente de su raza, color, fe, género, lengua o etnia. (…) Se llama cívico porque considera a la nación como una comunidad de ciudadanos iguales, poseedores de derechos” [y es] “necesariamente democrático ya que la soberanía reside en todo el pueblo”. Palabras tan sensatas que todos intentan apropiárselas. Los nacionalistas étnicos más que nadie.

Es un gran acierto, pues, por parte del autor, definirse ideológicamente desde el primer momento y, a la luz de esa autodefinición, analizar seis casos de nacionalismo radicalmente diferentes unos de otros. Tanto es así que el libro sorprende, entre otras cosas, por su variedad. El acercamiento de Ignatieff a cada uno de los seis casos es diferente del anterior. En el caso de Serbia y Croacia, por ejemplo, da especial relevancia a la historia, mientras que en Alemania se centra en una interesante cuestión que nos plantea de esta forma:

Coja una nación y divídala en dos estados independientes. Asegúrese de que estos dos estados encarnen filosofías y formas de organización social opuestas. (…) Coloque un muro entre ambos estados e impida, tanto como sea posible, cualquier comunicación entre ellos. Transcurridos cuarenta y cinco años, retire el muro. Haga saber a la población que el experimento ha concluido y que en adelante son, de nuevo, una única nación.

¿Seguirían siendo una sola nación?

En todos estos viajes asistimos a escenas emocionantes, como cuando en Ucrania el autor viaja al pueblo donde vivió su abuelo y habla con personas que lo conocieron; escuchamos diferentes versiones de la situación de cada país, nos deleitamos con la claridad con que Ignatieff expone sus ideas y, sobre todo, aprendemos a entender (entender simplemente es casi imposible, ¿no?) el mundo actual, desde el Brexit hasta esos viejísimos populismos con nueva envoltura. Una lectura iluminadora y apasionante.

El futuro no es prisionero del pasado. Sólo los nacionalistas creen eso.

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La virgen roja, de Bryan y Mary M. Talbot

La virgen roja

La virgen rojaDesde hace algunos años, la novela gráfica ha empezado a salir de la introspección autobiográfica y la ficción más fantasiosa para adentrarse en la vida de los demás y la historia de otros lugares. Ahí están, por ejemplo, las impagables crónicas de Joe Sacco, los reportajes de Emmanuel Guibert, o las biografías de A. Dan y M. Le Roy. La pareja formada por Mary M. Talbot y su marido Bryan han publicado tres biografías consecutivas que han cosechado premios y encendidos elogios, y hoy os traigo la última de ellas.

La virgen roja nos habla de un breve episodio de la historia que pudo cambiar el curso de ésta y que, como tantos, quedó en sueño roto o en pesadilla exorcizada, según a quién preguntéis. Hablamos de la Comuna de París, que, pese a su relevancia y a que sucedió hace apenas siglo y medio, no es una historia muy conocida por estos lares.

Lampedusa acuñó esa frase inmortal de “que todo cambie para que todo siga igual”, y eso es algo que acostumbra suceder con las revoluciones. Así, en Francia se decapitó un rey para que acabara ocupando su lugar un emperador, Napoleón III. En ésas estamos cuando una serie de sucesos en los que, por pereza y desconocimiento, no vamos a entrar, condujo en París a un efectivo vacío de poder del que se aprovecharon los obreros, los antimonárquicos, los anarquistas y las milicias ciudadanas para instaurar la Comuna de París, que anarquistas y comunistas se disputan desde entonces como el primero de sus triunfos. El personaje más carismático de aquella Comuna fue la educadora, poeta y líder social Luoise Michel, conocida como la Virgen Roja.

De manera un tanto desconcertante, Mary Talbot, la guionista, decide abrir y concluir esta excelente novela gráfica con un curioso personaje histórico, Franz Reichelt, un sastre austriaco destinado a un trágico final. La figura de Reichelt, a quien no vemos más que en esos dos momentos, sirve quizá a Talbot para acentuar el valor y la abnegación de Michel. Tanto uno como otra han sido definidos de manera errónea como soñadores, cuando en realidad ambos dieron una patada a los sueños y se lanzaron de lleno a la lucha con la realidad, aun a riesgo de perder la vida. Quiso el destino, injustamente o no, que uno de ellos pasar a la historia como una mera nota a pie de página que dice “loco”, y que la otra, de manera indiscutible, se convirtiera en una leyenda de la lucha en favor de los oprimidos.

Pocas personas son capaces de ser consecuentes con sus ideas y principios hasta el punto de sacrificar su bienestar, su libertad y su ida. Louise Michel, arrestada por incitación a la violencia, entre otros cargos, exigió al tribunal que la juzgó que la condenara a muerte, y lo hizo con unas palabras que han pasado a la historia y que las ilustraciones de Bryan Talbot hacen aún más memorables.

Dado que parece que todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, exijo mi parte. Si me dejáis vivir, no dejaré de clamar venganza…

El tribunal, sin embargo, decidió deportarla a Nueva Caledonia, donde Michel continuó con su lucha al lado de los desfavorecidos.

Con un gran sentido narrativo, una estructura en flashback enmarcada dentro de una conversación que tiene lugar precisamente el día de su funeral, con sus excelentes ilustraciones que hacen uso de apenas cuatro colores, y con unas interesantísimas notas finales, La virgen roja es una gran lección de historia en forma de novela gráfica.

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La mierda arde, de Petr Sabach

La mierda arde

La mierda arde… y además muy bien. De hecho, en muchos lugares del mundo se utilizan las cagarrutas de vaca en lugar de leña como combustible para cocinar. Desconozco cómo estará el cabrito asado al horno de caca, pero, como podéis imaginar, no van por ahí los tiros con este libro.

Petr Sabach es checo, con todo lo que eso quiere decir. Y quiere decir, en primer lugar, literatura a la eterna e inimitable sombra de Hasek y Hrabal, y en segundo lugar, obra muy poco conocida allende sus fronteras. Y es una lástima, porque libros como éste no se leen todos los días… a no ser que seas como yo y te lazampes dos veces en sendos días.

La mierda arde, como su propio título podría sugerir, es un libro desconcertante. En la primera de las tres historias de las que consta, “La apuesta”, que, hablando en términos musicales, podría ser un divertimento, se nos narra la absurda y divertidísima charla de bar y el increíble duelo posterior entre dos vejetes cascarrabias, de esos que salvan el mundo con cada lingotazo de anís. Sabach se revela aquí como un gran observador y, aunque el inesperado final del cuento nos puede dejar con un ¿eh? en la boca, anticipa una característica fundamental del segundo y extraordinario relato: la creación de un mundo cotidiano, costumbrista y casi anodino donde, sin embargo, en cualquier momento puede surgir, y de hecho surge, el absurdo más delirante.

La segunda historia, “Bellevue”, tanto en su estructura como su desenlace, nos recuerda mucho más a lo que podríamos considerar un relato convencional, salvo que nada en este autor es convencional. Sabach, que escribe con un estilo aparentemente deslavazado en el que el hilo argumental parece cortarse bruscamente con cada nuevo párrafo, nos brinda sin embargo un extraordinario relato, corto, preciso, original, de gran imaginación, divertido y sugerente, en el que, a diferencia de la primera historia, el desenlace es rotundo y contundente. Y seguimos en ascenso, porque ahora viene la tercera.

“Agua con zumo” es, con mucho, el relato más extenso, y en él disfrutamos de una historia de características parecidas a “Bellevue”, a saber, tono costumbrista y de pitorreo, gran número de personajes, multitud de pequeños hilos argumentales y saltos bruscos de uno a otro. Pero esta última historia es mucho más compleja y ambiciosa.

En “Agua con zumo”, el autor nos ofrece, en primer lugar, un  corrosivo relato de la vida cotidiana tras el telón de acero. Sin embargo, lejos de limitarse a Checoslovaquia, Sabach se burla aquí de todo el mundo soviético. Así, le bastan un par de escenas para ridiculizar, por decirlo de manera suave, los grandes progresos de la técnica y el diseño en la RDA y, sobre todo, el inexplicable orgullo que esos presuntos progresos inspiraban a la generación de sus padres.

La represión política es también vista desde un punto de vista no ya divertido, sino hilarante, como en esa brillante escena en que la profesora invita a la escuela a un agente de la policía secreta para que hable a los niños de su trabajo. Lo cierto es que el absurdo alcanza en determinados momentos tales cotas que uno supone que todo lo que cuenta el autor tiene que ser cierto, pues nadie puede inventar semejantes barbaridades. De hecho, en un momento dado el narrador nos jura que cierto sádico juego inventado para entretener a los jóvenes pioneros no es fruto de su perversa imaginación.

Pero este genial relato es también una especie de estudio de las relaciones entre hombres y mujeres. Comienza con una niña descubriendo el poder que su ombligo es capaz de ejercer sobre el sexo opuesto, y concluye con otra disparatada escena en la que la esposa del narrador, que se entromete constantemente en el proceso de escritura, lleva a sus últimas consecuencias la estúpida satisfacción del narrador por haberse conocido.

Servidor, por su parte, a quien está encantado de haber conocido es a este idolatrable iconoclasta llamado Petr Sabach.

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Gods I’ve seen, de Abbas

Gods I've seen

Gods I've seenEl viajar es un placer que nos suele suceder. Pero hay viajes y viajes. Y entre los segundos, no hay nada que pueda compararse a la experiencia de la India. Hablo, naturalmente, de viajar, y no de comprar un paquete turístico que nos muestre en 10 días y nueve noches las maravillas de la India de los mogules. Hablo de aterrizar en un país de leyenda, sentirte, desde el primer instante, como si control de tierra te hubiera abandonado a tu suerte en Marte, y preguntarte, con angustia, cuántos días podrás vivir con el oxígeno que te queda. Y cuando decides que de perdidos al Ganges, te pones a explorar un planeta donde constatas que sí, que el viajero puede sobrevivir, si bien en condiciones durísimas, hasta que, meses después, a tu regreso a casa, descubres que el planeta hostil quizá es el tuyo. Eso y más es la India.

Gods I’ve seen (Dioses que he visto) es un impresionante libro de fotografía que, por lo menos de momento, está publicado únicamente en inglés. Como el propio título indica, se centra en la religión, y más concretamente, en el hinduismo. No hay que pensar por ello que nos ofrece una visión parcial o reducida de esa sociedad, ya que, como podrá constatar cualquiera que haya visitado ese inmenso país, la India es religión, hasta el punto de que servidor nunca se ha sentido tan cristiano como allí.

Uno llega a la India y, desde el primer momento, empieza a familiarizarse con los dioses más llamativos y populares del descomunal panteón hindú. Nunca llegaremos a conocer a sus cientos de millones de dioses (sí, habéis leído bien), y nos preguntamos si el más venerado brahman los conocerá, pero la verdad es que, para ir tirando y conocer un poquito mejor este increíble país, nos basta con el astuto Hanuman, el dios mono, el entrañable y ubicuo Ganesh, el dios elefante, así como las deidades más conocidas de Vishnu o Shiva.

Abbas, el fotógrafo franco-iraní autor de este extraordinario viaje fotográfico, nos muestra y nos habla de una India tal y como la que se encuentra el viajero. No espere el lector, pues, encontrar aquí la sempiterna leyenda del Taj Mahal y el triste destino de su arquitecto, ni recrearse la vista con palacios imperiales ni el rosa de Jaipur. Con sus fotografías, en su mayoría en blanco y negro, y sus textos, el autor nos habla de su constante desconcierto, indignación, e incluso asco ante una sociedad que para el visitante occidental es casi imposible, no ya de abarcar, sino de comprender a un nivel elemental. ¿Cómo podemos entender la obsesión por la pureza y el rechazo a la casta de los intocables en un país cuyas calles están cubiertas de excrementos de perro, vaca, cerdo, camello, elefante y, por supuesto, humanos? ¿Cómo explicar que en el río Ganges, sagrado para los hindús, podamos ver a alguien lavarse los dientes a diez metros de un desagüe de alcantarilla?  ¿Cómo hacer entender a unas gentes que parecen desconocer el concepto de privacidad, que nos molesta que metan la cabeza en nuestra mochila cada vez que la abrimos? ¿Cómo explicar a los habitantes de aldeas donde no conocen más entretenimiento que  ver llover, que al extranjero le incomoda tener a cien personas sentadas a su alrededor observando cada uno de sus movimientos? Las preguntas sin respuesta podrían ser tantas como los dioses hindús, pero, en última instancia, Abbas alcanza, en la medida de lo posible, su objetivo: darnos a conocer, y por lo tanto, respetar, y con el tiempo, amar a ese pueblo.

“Agua y viento”, “Fuego y sangre”, “Pandits y Sanayasis”, “Minorías”, “En la carretera” o “La India emergente” son algunos de los títulos de los diferentes capítulos. En ellos nos acercamos a la vida diaria de un pueblo marcado a cada momento del día por la religión. Vemos sus abluciones sagradas, sus festivales, la crueldad de alguno de sus rituales; conocemos al inconfundible personaje del saddhu; nos asombramos y contenemos el aliento al ver esos gigantescos andamios de bambú. Nuestra capacidad de sorpresa tiene un límite, y como le sucede al viajero, esa constante sorna, esa tendencia a indignarse, deprimirse o burlarse se va transformando paulatinamente en curiosidad, interés, respeto y fascinación.

Un indio cosmopolita y bien viajado me dijo un día “hazte a la idea: mi pueblo te hará enfurecer y te volverá loco. Te comprendo. Pero no hagas daño a mi pueblo”. No pierdas la paciencia, venía a decir, con aquél que, como estás haciendo tú, tan sólo quiere conocer al otro. Pues bien, este extraordinario Gods I’ve seen nos ayuda a salvar esa contradicción.

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Historia a pie de calle, de Alberto de Frutos

Historia a pie de calle

Historia a pie de calleSe titula Historia a pie de calle, pero podría perfectamente haberse titulado Historia viva. Servidor, que ya peina unas cuantas canas, vivió muchas de las historias que conforman este libro, y aquéllas que no, siguen vivas en el recuerdo de mi señora madre. Y allí donde su memoria no llegue, sí lo hará la de muchos de vuestros abuelos. Y ahí para de contar, porque insisto, aquí no hay carlistas ni guerras de Marruecos: esto es historia viva.

La generación a la que pertenezco se ha entregado en cuerpo y alma a la nostalgia, y el fenómeno de alguna página web ha dado lugar a un auténtico bombazo editorial. Pero Historia a pie de calle va bastante más allá de la mera nostalgia y el buen rollo. Nuestra historia reciente comprende ocho décadas, algunas más alegres y prósperas que otras, otras más duras y grises que algunas, y este libro les hace a todas un somero a la vez que completo repaso, recordando nuestras efimeras glorias, sin escatimar los momentos de dolor.

Son del siglo pasado, sí, pero muchos de estos recuerdos parecen aún más lejanos en el tiempo. Y si no, decidme: ¿cuándo terminaron las emisiones del programa de Elena Francis? 1984. ¿Y el NO-DO? 1981. ¿Cuándo dejó de publicarse El Caso? Agárrate, lorito: en 1997.

Sería un error, no obstante, pensar que este libro se limita a entretener, que lo hace y mucho, y a dejarnos en el pecho un suspiro de uf, parece que fue ayer o jo, parece que hace siglos. De lectura fácil accesible y enromemente amena, Historia a pie de calle, ante todo, informa, y además, algo más que meritorio en estos tiempos que corren, lo hace sin recurrir a los tópicos manidos y casi inevitables en los que, por aquello del qué dirán, tantos cronistas se ven obligados a incurrir al recordar los momentos más espinosos de nuestra historia. Y el que quiera entender, que entienda.

Alberto de Frutos ha dividido el libro en seis periodos históricos que, a su vez, están compuestos de pequeños artículos o crónicas. Los de mi generación, desde luego, disfrutaremos con los dedicados a la movida madrileña o el mundial de España, pero, como señalaba antes, no todo ha de ser buen rollo, y de Frutos hace muy bien al recordar episodios tan tristes como el aceite de colza o los años más sangrientos de ETA. Y al lado de estos artículos, digámoslo así, inevitables, también hay otros de gran interés para ver de dónde venimos, como los dedicados al inicio del programa Erasmus, a la huelga general del 88, o a la capacidad de superviviencia del dinosaurio falangista durante todo el periodo de la transición.

Personalmente, sin embargo, y como aprender me gusta todavía más que revolcarme en la nostalgia, he disfrutado sobre todo con el retrato de aquella España en la que crecieron mis padres y abuelos, la de la República, la guerra, la posguerra, el Auxilio Social, el nacimiento de El Corte Inglés, las primeras quinielas, la mariquita Pérez con la que jugaba mi madre o las coplas que tarareaba mi abuela.

Hay muchos libros sobre nuestra historia reciente, pero pocos se dejan leer tan bien como Historia a pie de calle.

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La repetición, de Ivica Djikic

La repetición

La repeticiónCualquier país que ha sufrido una guerra civil sabe que habrán de pasar décadas, quizá siglos, antes de que lleguen a restañarse todas las heridas. A diferencia de lo que ocurre con una guerra entre países, en una guerra civil no hay resquicio, por pequeño que sea, donde no logre introducirse el veneno del odio entre hermanos, amigos y vecinos.

Pasado el tiempo y restablecida la paz, la sociedad se da cuenta de que es tan difícil extraer ese veneno que resulta más fácil dejarlo ahí y seguir con nuestra vida, como un anciano que se empeña en sobreponerse a sus achaques e ir a comprar el pan. Pero el veneno de la guerra entre hermanos no es un achaque, sino una bomba de relojería. En los Balcanes esa bomba ha estallado varias veces, la última de ellas en los años 90.

Las primeras páginas de la novela pueden ser un tanto desconcertantes. Djikic nos lleva al interior de un coche que se ha visto obligado a detenerse en una pequeña ciudad a causa de una nevada. En su interior se encuentra Dijana, quien, probablemente, es lo más parecido a un personaje principal que tiene esta novela, en la que cada personaje tiene una historia que contar y que, paradojas de la vida, en la mayoría de los casos prefieren guardarse para sí. Dijana fuma, espera y llama desde el móvil, y pronto descubrimos que, por pura casualidad, se ha quedado detenida al lado de la casa donde vive la familia de su complicado novio, familia a la que nunca antes ha sido presentada. Y así, con retazos desordenados de información, y desde el punto de vista de un personaje externo, vamos construyendo una historia familiar en la que las tragedias, las grandes y las pequeñas, las de todos y las individuales, las confesadas y las ocultas, están encerradas en el sótano.

Los personajes de La repetición viven, pues, acuciados por los pequeños grandes problemas de la vida. Un jefe que es un tirano, un proyecto profesional que se puede venir abajo, una regla que se retrasa, una persona que se entromete en nuestra relación, una revelación sobre una fosa común, una piedra que entra por la ventana, un marido y padre que desaparece, hasta que un día de repente nos damos cuenta de que lo que parecía un problemita cotidiano se ha convertido de repente en una tragedia. Cuando caminas por un campo minado, y  perdón por la pertinente metáfora, cualquier tropezón puede ser el último.

Cada uno de estos problemas se convierte en una de las muchas pequeñas tramas que Djikic entrelaza con gran maestría en esta brevísima y excelente novela. Se trate de problemas tan serios o tan triviales como los que pueda tener cualquiera de nosotros, en ambos casos los personajes optan por entregarse a la obsesión, como si ello les fuera a brindar protección frente a la amenaza de un pasado que, en algunos lugares del mundo, yace latente, siempre brutal.

Ivica Djikic nos  muestra en La repetición un pedazo de la historia colectiva reciente de los Balcanes, y lo hace con una historia original, de gran dramatismo y perfectamente narrada. Pequeña gran literatura.

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La montaña mágica, de Jiro Taniguchi

La montaña mágica

La montaña mágicaCurioseando por google tras leer esta novela, escribo “Jiro Taniguchi” y le doy a “imágenes”. Entre muchos dibujos hermosísimos, de exquisito detalle y primorosa perspectiva, me encuentro con unas pocas fotos de un señor con bigote y gafitas redondas. Su rostro bonachón y su mirada escéptica, con un toque socarrón, son difíciles de reconciliar con la inmensa melancolía que con frecuencia destilan sus obras. En ellas, desde la inolvidable Barrio lejano hasta El olmo del Cáucaso, pasando por El paseante o El almanaque de mi padre, el maestro Taniguchi nos cuenta historias sobre personajes que, sin llegar a sentirse perdidos, sí sienten que algo o alguien, puede que ellos mismos, quizá muy lejos de aquí o quizá en la tienda de al lado, tal vez ahora mismo o tal vez en otro tiempo remoto, necesita su ayuda, o tan sólo su presencia. Eso, y no otra cosa, es la melancolía.

Dice el propio Taniguchi en la interesantísima entrevista que Ponent Mon ha tenido el acierto de incluir en la edición: “La melancolía es un remedio para equilibrar el espíritu. (…) De entre los sentimientos humanos, [es] el más sutil, inasible, y sin duda precioso. La melancolía no es una enfermedad, sino el estado más puro de un individuo”. Algo, pues, que va mucho más allá de la mera tristeza.

Un niño que a los seis años pierde a su padre, y que, a los once, teme que la enfermedad que sufre su madre acabe por llevársela a ella también, no puede sentir sino una inmensa melancolía. Apenas has empezado a vivir y la vida misma te lo roba todo. Con este planteamiento se abre La montaña mágica, una sencilla y hermosa historia en la que Taniguchi introduce un elemento muy poco habitual en él: la magia.

No busquéis aquí una historia como Barrio lejano o El paseante. Por el contrario, muchos comparan esta obra con la película El viaje de Chihiro, por la presencia en ambas de ese mundo de espíritus japonés que tan ajeno nos resulta. En La montaña mágica, pues, Taniguchi, en lugar de asomarse al mundo de los niños desde una melancolía adulta, lo ha hecho desde un punto de vista infantil. Y el resultado es una sencilla historia de iniciación que, a diferencia de otras obras del autor, gustará mucho a los niños.

¿Y a los adultos? Pues bien, este adulto, algo desconcertado tras la primera lectura, disfrutó en la segunda, por supuesto, con los dibujos de este maestro de la novela gráfica, siempre de una sobria belleza, pero también con la sencillez de un relato que, gracias a los detalles enigmáticos y hasta tenebrosos que lo puntúan, nos deja con la sensación de que algo se nos escapa, se nos escapa, se nos escapó.

No podemos volver a nuestra infancia para recuperar ese algo, pero, por suerte, siempre nos quedará Taniguchi.

 

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Viaje por el Antiguo Egipto, de Jean-Claude Golvin y Aude Gros de Beler

Viaje por el antiguo Egipto

Viaje por el antiguo EgiptoLos títulos que nos invitan a viajar al pasado suelen ser un poco engañosos. Así, esos viajes al mundo de los dinosaurios, la antigua Roma o la Edad Media, deberían titularse, más apropiadamente, Gran colección de datos sobre los dinosaurios (la Antigua Roma, etc.). Es cierto, “colección de datos” no suena demasiado atractivo, pero es que, después de leer el libro que hoy os traigo, no acepto que nadie utilice la palabra viaje en vano.

Los aficionados a la Historia saben que el conocimiento del Antiguo Egipto presenta dificultades mayores que las de, por ejemplo, la Roma clásica. Ésta, en efecto, tiene la ventaja de que sus protagonistas, aquellos emperadores tan bien retratados por los clásicos, nos resultan muy cercanos y familiares, lo cual hace que la presentación cronológica de sus vidas y milagros sea mucho más sencilla. Pero, ¿cómo acercarse a una historia que cubre casi cuatro milenios, más de treinta dinastías, y una superficie de millones de kilómetros cuadrados?

Muy sencillo: en un viaje a través del Nilo.

Puesto que Egipto es el Nilo y el Nilo es Egipto, qué mejor forma de conocer el país que dejarse llevar por el río y dejar las cuestiones dinásticas o cronológicas calladitas en un recuadro bien visible. Así, nuestro periplo no comienza en el monumento más antiguo, sino en el primero que se presenta a nuestra vista desde la cubierta del barco: Abu Simbel, con sus cuatro colosos que nos contemplan desde la orilla. Desde Abu Simbel continuaremos bajando plácidamente el mítico río, dando saltos adelante y atrás en el tiempo, hasta llegar a la legendaria Alejandría.

En el barco disfrutamos de un exquisito bufet libre, del mismo modo que Viaje por el Antiguo Egipto nos permite picotear de este plato o del otro, todos presentados de forma clara, bien organizada y apetitosa. Esta mañana decidimos conocer mejor a las deidades egipcias, mientras que por la tarde quizá nos apetezca vivir la historia del pillaje de las tumbas reales. Siguiendo en todo momento el punto rojo que nos indica a qué altura del Nilo nos encontramos, mañana romperemos algunos mitos relativos a Tutankamón, luego tendremos unas horas libres para recorrer con la vista las impresionantes, por no decir alucinantes, ilustraciones de Jean-Claude Golvin, y, por la tarde, algún plato fuerte como el complejo de Guiza, donde escucharemos a Heródoto, Diodoro de Sicilia o Plinio el Viejo ilustrarnos sobre la construcción de las pirámides.

Quizá en algún momento no sepamos si vale la pena visitar tal o cual monumento. En ese caso, nada más fácil que recurrir a la breve guía que tenemos al final del libro, donde encontraremos una pequeña ficha técnica del lugar en cuestión, y un comentario tan sencillo y práctico como “de vista obligada”, “para aficionados”, “para aficionados bien informados” o “para especialistas”. Antes de leer este libro yo no llegaba ni a aficionado. Ahora he pasado de mero curioso a apasionado.

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Locas 2, de Jaime Hernández

Locas 2

Locas 2Como a Roma, son varios los caminos que conducen a la creación de un gran libro. Puede el autor, por ejemplo, proponerse escribir una obra maestra. Si se llama Joyce, Proust o Mann, puede, tras invocar a sus númenes, plantearnos profundas reflexiones sobre la memoria, el arte o la posmedernidad y el resultado se acercará bastante a la obra maestra. Por otra parte, el autor puede optar por olvidarse de la posteridad y escribir pensando en su público inmediato y en uno mismo. En ese caso, si tiene el talento suficiente, le bastará con llamarse Hernández, evocar el barrio donde creció y refocilarse en un culebrón de aquí te espero.

En este segundo volumen continúan las desventuras amorosas y las borracheras que, en Locas 1, nos deleitaban y, en lo que nos toca, nos hacían subir los colores. Locas 2, sin embargo, se centra mucho más en los personajes de Hopey Glass y, sobre todo, Maggie Chascarrillo, esa pareja de, sí, locas, con su relación de montaña rusa que ahora sube y ahora cae en picado.

Es probable que, a medida que publicaba estas historias en pequeñas entregas, Jaime Hernández se diera cuenta de que lo que tenía entre manos era más grande de lo que se había propuesto. Quizá sintió que sus personajes cobraban vida propia y reivindicaban aún más protagonismo en detrimento de la desbordante fantasía que podía chocarnos en la primera parte. Así, algunos de los elementos más llamativos y -vaya, otra vez- locos del primer volumen, a saber, los cohetes, los dinosaurios y el señor con cuernos, apenas aparecen, y de manera testimonial, en un par de escenas. Como todos los que alguna vez hemos tenido veinte años, Hernández debió de llegar a la conclusión de que la vida de los chicanos en California y el mundo de las luchadoras de wrestling ofrece suficientes elementos sobradamente capaces de entretener, asombrar y evocar.

Nadie debería, pues, ver en esa desaparición de cohetes y dinosaurios una falta de coherencia o un pecado de improvisación. A mi juicio, la grandeza de la serie Locas radica, entre otras cosas, en ver cómo no sólo los personajes, sino el propio autor, evoluciona y madura con nosotros. Crecemos (o nos gustaría haber crecido) con Maggie, y  sentimos que vamos conociendo junto a ella a los nuevos personajes que irrumpen en su vida. Entre estos destacan Danita y, sobre todo, Ray Dan, un chico que dejó el barrio para irse a la uni y acaba de regresar presuntamente licenciado.

El libro continúa con esa estructura de capítulos aparentemente deslavazados y sin un hilo narrativo claramente definido que caracterizaba ya al primer volumen. Esta estructura, que sin duda debe mucho al culebrón televisivo, sirve perfectamente a los intereses de Hernández y le permite insertar episodios que son, por sí mismos,  pequeñas obras maestras de la narrativa gráfica, como el capítulo “Moscas en el techo”.

Locas 2 es la prueba tangible de que aquellas horas que pasamos sentados en un banco comiendo pipas, encerrados en nuestra habitación mirando al techo, o buscando pelea a la salida de la discoteca no fueron horas desperdiciadas: Hernández las ha convertido en arte.

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