Tienes que mirar

Reseña del libro “Tienes que mirar”, de Anna Starobinets

Tienes que mirar



No se puede recuperar lo perdido. Aquellos que han perdido su apariencia humana no pueden convertirse de nuevo en personas. Pero el sistema se puede corregir, esa es mi esperanza. Por eso indico los nombres reales de personas e instituciones. Por eso escribo la verdad.


Anna Starobinets es una de esas autoras cuya autoría es suficiente como para querer leer una obra suya, sea la que sea, de forma que cuando supe de la publicación de Tienes que mirar lo pedí sin dudar y sin informarme en absoluto sobre ella. Tuve la suerte de poder reseñarles Una edad difícil y El vivo, y supongo que asumí que se trataría de una de esas magníficas historias suyas de ciencia ficción que en el aspecto de terror son dignas de del mejor Stephen King, pero que en el de la profundidad psicológica lo son del propio Tolstói. Y eso son palabras mayores. Y, salvo por lo de la ciencia ficción, acerté plenamente. Se trata de una historia terrorífica, sí, pero autobiográfica, una mediante la cual Anna Starobinets digiere la más dura de sus experiencias y con la que convierte el dolor de la más dura y cruel de las experiencias en uno de los testimonios más conmovedores, honestos y brillantes de la literatura actual.


El prólogo, del que he extraído el párrafo inicial de esta reseña, es tan claro como extraordinario, y muestra bien a las claras lo que va a encontrarse uno en el libro. El relato de una historia dura, probablemente la más dura posible, la enfermedad del hijo del que estaba embarazada la autora y que conlleva, necesaria e ineludiblemente el peor de los desenlaces. Y hay dos caras en esa historia, la de los sentimientos que la situación provoca en la autora y su familia, que es terriblemente honesta y conmovedora, y la de la forma de afrontarla que tiene la sociedad rusa, que es tan terrible que merece sin lugar a dudas el calificativo de inhumana.
El moralismo y la falta de sensibilidad ajenos combinan mal con el dolor propio y uno no puede evitar preguntarse cómo es posible que alguien deba de afrontar la peor de sus experiencias vitales sin el apoyo o al menos la comprensión de las personas con las que debe tratar, las que debieran tener en primer lugar la obligación de comprenderla y el compromiso de consolarla. La autora no pide milagros, pero sí una palabra amable, y uno tiene la impresión de que le habría resultado más sencillo que multiplicasen panes y peces en las consultas médicas que tuvo que visitar a que le dijeran algo tan sencillo como «lo lamento». 
En su país no le niegan la atención médica que necesita, lo que sí le niegan es prestársela con un mínimo de humanidad y por avanzada científicamente que sea una sociedad, hay situaciones en las que es esa dimensión humana la más importante. La empatía. La autora tiene la suerte de poder buscar fuera lo que busca infructuosamente en su tierra, pero no es esta una característica exclusiva de Rusia, son muchos los países en los que en una situación semejante una mujer debe enfrentar un infierno similar o probablemente peor, incluso el nuestro no hace demasiado que dejó atrás esa forma inhumana de considerar a la mujer un recipiente sin más derecho sobre el proceso que el de sufrir en silencio. 
Tienes que mirar es lo que le repiten una y otra vez en el hospital de Alemania en el que finalmente nace y muere el hijo de la autora, el Minitejón. Además de proporcionarle asistencia psicológica, le insisten en que lo mire, en que se despida de él, en que en lugar de una intervención tenga un hijo, aunque sea uno muerto. Y ella duda, como probablemente dudaría cualquiera, teme que ponerle cara a su dolor sea perpetuarlo en su memoria, que esa visión la persiga toda su vida. Y es un dilema verdaderamente interesante que cada cual podrá decidir cómo gestionaría en su lugar, pero lo importante es que le dan la opción y le aconsejan, no le imponen nada.
El crío nace y muere un 13 de diciembre, la misma fecha en la que nació y murió mi hermano gemelo y a mi madre nunca le dieron esa opción, nunca pudo ver a su hijo muerto. Aunque las circunstancias fuesen diferentes, lo cierto es que a día de hoy sigue pensando en ello, en no haber tenido la oportunidad de verlo, de despedirlo. Créanme, mirar o no no es una anécdota, es algo verdaderamente trascendente que puede suponer la diferencia entre reconciliarse con el dolor o no, entre solo recordarlo o vivirlo de nuevo cada día.
Y la sentencia que de una forma u otra debe escuchar la autora de quienes la tratan en las instituciones de su país o lo que debe leer en los foros de afectados, tan pródigos en testimonios como en ataques furibundos, viene siendo la misma que forma parte de mi propia historia familiar, «un pecado muy gordo tiene usted que haber cometido para que dios le mande este castigo». Culpar a la madre de la enfermedad del hijo es posiblemente el más cruel de los ataques que pueda sufrir una mujer, y sospecho que ni la autora ni mi madre son la únicas que han tenido que escucharlo.
Tienes que mirar es un libro extraordinario, me atrevería a decir que todo el mundo debería leerlo porque conocer la experiencia de la autora es conocer el mundo en que vivimos. Además es un texto prodigiosamente honesto y bien escrito, como solo puede lograrlo un talento literario a la altura del de Anna Starobinets y no quisiera que todo lo dicho eclipsara ese dato fundamental: sería un libro magnífico si fuera ficción, si en lugar de nacer de una experiencia traumática lo hubiera hecho de la fértil imaginación de la autora.  Pero siendo lo que es bien podría terminar esta reseña parafraseando el título de la obra y transmutándolo en «tienes que leer» porque sinceramente creo que tiene razón la autora cuando dice que cuando se pierde la apariencia humana es difícil recuperarla, pero si hay un instrumento para lograr que la sociedad recupere esa humanidad perdida, sin duda es este libro. A lo mejor no se puede recuperar lo perdido, pero sí se puede conquistar lo necesario.


Andrés Barrero
@abarreror
comntacto@andresbarrero.es

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