
Ya que nos ponemos sinceros, os voy a hacer una confesión. Desde hace unos meses estoy metida en un proyecto muy gordo: estoy mirando casas para irme a vivir con Aarón, mi pareja. Hemos tenido que mirar terrenos, promotoras, hipotecas (bancos y más bancos), hacer más papeleo del que nos gustaría, pensar en la distribución de la casa, los muebles, los acabados… en fin, una lista interminable de cosas. Y ahora, cuando ya está el proyecto en marcha y ya veo la casa de mis sueños como algo palpable, voy y me pregunto a mí misma: “¿y tía (porque yo a veces me llamo tía a mí misma, cosas de la vida), se puede saber de qué narices te vas a alimentar cuando vivas con Aarón?” Porque no es que él sea un manitas de la cocina, y yo tampoco, para qué nos vamos a engañar. De hecho, yo solo suelo cocinar “en serio” los fines de semana. El resto de días me alimento de cosas a la plancha/arroz/verduras que se hagan en menos de 20 minutos. Incluso 20 minutos me parece mucho tiempo. Si se puede hacer en 10, mucho mejor.
Muchas veces, por no decir todas, es por falta de tiempo. Trabajo por las mañanas y por las tardes me dedico de lleno a la oposición (y a LyL, no os pongáis celosillos). Así que, sinceramente, lo último que me apetece cuando tengo un rato libre es ponerme a cocinar. Y ya no digamos ir a hacer la compra… muero solo de pensarlo.
Entonces un día vi en un escaparate El libro de cocina + fácil del mundo y fue una sensación como de atracción inmediata. Como si el libro fuera un imán y yo una chapa metálica enorme. Ese libro estaba pensado para Aarón y para mí y, sobre todo, para nuestra próxima convivencia juntos. ¿Sabéis lo bueno de este libro? ¿Lo grandioso, lo maravilloso, lo increíble, lo ¡impresionante!? Pues bien, se trata de que en cada receta solo se usan de media unos cuatro ingredientes. Sencillos. De esos que se pueden encontrar en cualquier sitio (incluso en mi nevera) y que no hay que ir a buscarlos a Mordor ni al Corte Ingles —que para mí vienen siendo un poco lo mismo—. Te plasman fotografías de los ingredientes, para que no haya lugar a confusión y la explicación del plato te la resumen en unas cinco o seis líneas, yendo al grano. Sin florituras ni palabrejos extraños. Vaya, para que todo el mundo pueda entender las directrices sin cagarla y no hacer un trifle como aquel que hizo Rachel de Friends el día de Acción de Gracias. Y no todos tenemos un Joey en nuestra vida que se coma nuestros desastres, así que mejor hacer las cosas bien. Por cierto, haciendo un inciso en esto, AMO Friends con todas mis fuerzas y más o menos en todas las conversaciones que tengo sale alguna comparación con un capítulo de esta serie. También aplicable a los Simpsons. Tenía que decirlo, ya que nos estamos sincerando y empezamos a conocernos un poco mejor.
Cuando recibí el libro, subí una foto a Twitter (esto es más bien marujeo, pero tenía que contarlo). Y la editorial, Larousse, me contestó diciendo que cuando hiciera mi primer plato basado en las recetas del libro de J. –F. Mallet, tenía que subir una foto del resultado. Pues bien, hoy me he atrevido y he hecho unas endivias con bacon al horno para chuparse los dedos. Bueno, a mí no me han parecido tan buenas porque no es que me gusten mucho las endivias. Pero el plato ha quedado monísimo y al menos he podido usar unas endivias que sino iban a acabar poniéndose malas. Así que nada, creedme cuando os digo que este libro me va a sacar de más de un apuro. Además, me he enterado de que dentro de muy poco sacarán la versión light, así que no puedo pedir más.
No sé si mi convivencia con Aarón será más fácil teniendo El libro de cocina + fácil del mundo —cariño, si estás leyendo esto, no pienses que va con segundas ni nada de eso ;)—, pero al menos esa conversación de “¿qué comemos hoy?” nos la podremos evitar.

El ser humano es de por sí curioso, lo que le lleva a preguntarse siempre el porqué de todo. Las cosas no pueden pasar porque sí, es necesario hallar respuestas. Pero hay ciertas incógnitas a las que difícilmente les podemos encontrar un por qué: la muerte, principalmente. Las personas mueren a diario, pero ¿a dónde van? ¿por qué ha tenido que morir esa persona y no otra? ¿por qué ha muerto alguien tan joven? Preguntas y más preguntas. Y por eso surgió la religión, para dar respuesta a cuestiones irresolubles. Y hay soluciones para todo tipo de gustos: se ha reencarnado, ha ascendido al cielo, se ha transformado en energía… En el momento en el que todas estas preguntas tengan una solución científica, al traste la religión. Mientras tanto, solo nos queda creer que esas respuestas nos satisfacen. Así dormimos más tranquilos. Así le tenemos menos miedo a la muerte.
Joaquín Sabina decía en una canción que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. He escuchado esa canción como un millón y de veces y siempre he tratado de buscarle un significado a esa frase. Al final he llegado a una conclusión: las personas cambian, evolucionan, crecen, maduran. Para bien o para mal. Volver a un sitio donde fuiste muy feliz no garantiza en absoluto que allí lo vuelvas a ser. Es más, te darás cuenta de cómo eras antes y entenderás por qué ahora no puedes ser feliz como lo fuiste en aquél entonces. Pero, ¿qué pasa si es al contrario? ¿Si en vez de tratarse de un sitio que te trae buenos recuerdos, es un lugar en el que solo asolan las pesadillas del pasado? Aquí, entonces, según esta teoría que llevo años desarrollando, nos encontraríamos con dos opciones: una, que al volver allí te des cuenta de cuánto ha cambiado tu vida y te sientas feliz por ello. Y, dos, que al volver a aquel lugar rememores todo aquello que te impidió disfrutar de la vida y, por lo tanto, haga que no te sientas dichoso, sino triste y angustiado.
Me imagino a 
n que en esta vida todo pasa por algo. Los más optimistas llegan a decir que si una desgracia llama a la puerta es porque tiene que ser así. Cuestión de destino. Que yo no digo que no sea precioso este punto de vista, pero pongamos un ejemplo práctico para que entendamos la situación: te despiertas un lunes lluvioso de enero. Fuera hace tanto frío que te estás planteando ir al trabajo con ropa térmica debajo del traje. Al menos te queda el consuelo de hacerte un buen café calentito y unas tostadas deliciosas. Pero el café sale aguado y las tostadas se te queman. Bueno, no pasa nada; es lunes y es normal que las cosas se tuerzan. Pero es que al ir a por el coche, este no arranca. Como ves que vas a llegar tarde al trabajo, coges el móvil para ver si algún compañero que vive por la zona se puede acercar a recogerte. Y, al sacar el teléfono del bolsillo, se te cae al suelo y se te descascarilla una esquina dejando una huella imborrable que hará que cada vez que la mires rememores ese día tan horrible. Los optimistas dirán que todo esto ha pasado por algo: el café estaba aguado porque tu cuerpo es sabio y es consciente de que tomas mucha cafeína; las tostadas las tuviste que tirar (ni rascando se iba lo quemado), de acuerdo, pero lo cierto es que tu operación bikini te lo agradecerá eternamente. El coche no arrancaba porque… no sé, porque esas cosas pasan a veces. Y el teléfono… pues tampoco sé. ¿Veis? ¡Es que no me sale ser optimista en estas circunstancias ni a propósito!
Hay libros que marcan un antes y un después. Historias que se quedan revoloteando en tu cabeza sin ninguna intención de salir durante lo que prometen ser muchos años. Hay libros que llegan a obsesionar. Y hay obras que consiguen cambiar la vida de una persona.
La experiencia de estar embarazada es diferente dependiendo de la mujer de la que estemos hablando y de las condiciones del propio embarazo. Alma Obregón, a pesar de tener muchas náuseas y sufrir la pesadez de cuerpo que conlleva portar otra vida dentro, decidió adentrarse en un proyecto sintiendo el apoyo que Bruno le estaba dando desde lo más profundo de su cuerpo. Ese proyecto fue Un año de dulces. La bilbaína vio así recompensado su esfuerzo y un tiempo después, además de ser mamá, era la autora de un libro de recetas de postres que es todo un boom en el mercado.
Son muchas las cosas que me fascinan de 
Cuando decidí leer Julia desaparece me pasó algo que no suele sucederme cuando escojo un libro. Normalmente, leo el pequeño resumen que viene en la parte de atrás y me hago una idea de lo que me puedo esperar de su interior. En este caso, yo había entendido que el libro era una especie de thriller en el que Julia tendría que resolver un misterio. Además tampoco había oído hablar de este ejemplar con anterioridad y como tampoco es muy conocido, no pude buscar referencias en otros blogs de literatura. Así que digamos que mis expectativas no eran demasiado altas. Pero cuando comencé a leer, me dije a mí misma: “¡ya te vale!”. Y es que este libro es mucho más de lo que yo me creía. Para empezar por alguna parte, la historia se nos presenta en una época pasada, donde las brujas convivían entre los ciudadanos y donde eran perseguidas hasta terminar en una hoguera. En este ambiente tan medieval, una serie de muertes empieza a acontecer y Julia comienza a tener sospechas. Y os preguntaréis, ¿quién es Julia? Pues bien, es una espía. Ni más, ni menos. Y es una espía que tiene una ventaja enorme y es que puede desaparecer sin dejar rastro. Así cualquiera, ¿no? Pero la verdad es que tener ese don en una ciudad donde las brujas son perseguidas y asesinadas públicamente no es el trabajo ideal que cualquier jovencita desearía tener.
Descubrí la filosofía sin querer a los trece años, cuando leí El banquete. Y la verdad es que no lo entendí hasta que en primero de Bachillerato estudié a Platón. Recuerdo mi primera clase de filosofía: yo acababa de mudarme desde Madrid a Cantabria y comencé el curso un trimestre más tarde que los demás. Llegué a la que era mi clase y me senté en el único hueco que había libre. Entonces entró Eugenio, el profesor de Filosofía. Lo primero que me dijo fue que me tenía que poner la escafandra si quería estar en su clase. Imaginaos mi cara. Yo, nueva, en una clase donde solo conocía a un par de personas y con una vergüenza que empezaba a reflejarse en mis mofletes. Eugenio me lo repitió otra vez y me explicó que hoy íbamos a viajar a su planeta, porque él no era humano, pertenecía a otro mundo ubicado en mitad de la galaxia y que estaba hecho de oro. Allí, la filosofía se vivía, se respiraba; por eso tenía que viajar hasta su planeta si quería entender las mentes de los grandes pesadores. Y, para ello, era necesario ponerse una escafandra, porque el viaje sería largo y no quería que hubiera que lamentar pérdidas por falta de oxígeno. Así que yo no pude hacer más que, con toda la vergüenza del mundo, ponerme esa escafandra imaginaria, ajustarla perfectamente y prepararme para el viaje en el que iba a embarcar.
Hay muchas cosas que me encantan de Laura Gallego, pero yo creo que lo que más me gusta de ella es la capacidad que tiene de teletransportarme a otros mundos. La descubrí cuando leí la trilogía de Memorias de Idhún y desde entonces fue un no parar. Seguí con La emperatriz de los etéreos, Dos velas para el diablo, y así hasta llegar a 
Recuerdo que cuando era pequeña odiaba el desayuno. Cuando me levantaba por las mañanas para ir al colegio y veía la leche con las galletas, se me venía el mundo encima. A la fuerza, desayunaba y después me pasaba media mañana con la tripa hinchada y de mal humor. Siempre tenía molestias en el estómago y mi madre me decía: “te tendría que haber llamado Dolores, en vez de Ana”. Varias veces acabé en el hospital con un dolor terrible en la tripa. La primera vez me dijeron que era apendicitis y cuando ya estaba casi todo listo para llamar al cirujano, se dieron cuenta de que no era así. La siguiente vez que acabé en urgencias, me dijeron que mis molestias derivaban de dolores menstruales. La tercera vez, ya cuando estaba en la Univerisdad, era estrés y ansiedad, que se me reflejaba en forma de dolor de estómago. Y la última, el día de Reyes de 2012, tuve que ir a urgencias, ya que llevaba muchos días sin comer nada y no podía casi ni levantarme de la cama. Allí me dijeron que tenía una úlcera. Así que me derivaron a un especialista y, al hacerme la endoscopia correspondiente y cotejándola con una analítica de sangre, se descubrió la verdad: era celíaca. Y me había pasado casi veinte años de mi vida con molestias hasta que mi cuerpo dijo “hasta aquí hemos llegado”.