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El libro de cocina + fácil del mundo, de J. -F. Mallet

El libro de cocina + fácil del mundo

El libro de cocina + fácil del mundoYa que nos ponemos sinceros, os voy a hacer una confesión. Desde hace unos meses estoy metida en un proyecto muy gordo: estoy mirando casas para irme a vivir con Aarón, mi pareja. Hemos tenido que mirar terrenos, promotoras, hipotecas (bancos y más bancos), hacer más papeleo del que nos gustaría, pensar en la distribución de la casa, los muebles, los acabados… en fin, una lista interminable de cosas. Y ahora, cuando ya está el proyecto en marcha y ya veo la casa de mis sueños como algo palpable, voy y me pregunto a mí misma: “¿y tía (porque yo a veces me llamo tía a mí misma, cosas de la vida), se puede saber de qué narices te vas a alimentar cuando vivas con Aarón?” Porque no es que él sea un manitas de la cocina, y yo tampoco, para qué nos vamos a engañar. De hecho, yo solo suelo cocinar “en serio” los fines de semana. El resto de días me alimento de cosas a la plancha/arroz/verduras que se hagan en menos de 20 minutos. Incluso 20 minutos me parece mucho tiempo. Si se puede hacer en 10, mucho mejor.

Muchas veces, por no decir todas, es por falta de tiempo. Trabajo por las mañanas y por las tardes me dedico de lleno a la oposición (y a LyL, no os pongáis celosillos). Así que, sinceramente, lo último que me apetece cuando tengo un rato libre es ponerme a cocinar. Y ya no digamos ir a hacer la compra… muero solo de pensarlo.

Entonces un día vi en un escaparate El libro de cocina + fácil del mundo y fue una sensación como de atracción inmediata. Como si el libro fuera un imán y yo una chapa metálica enorme. Ese libro estaba pensado para Aarón y para mí y, sobre todo, para nuestra próxima convivencia juntos. ¿Sabéis lo bueno de este libro? ¿Lo grandioso, lo maravilloso, lo increíble, lo ¡impresionante!? Pues bien, se trata de que en cada receta solo se usan de media unos cuatro ingredientes. Sencillos. De esos que se pueden encontrar en cualquier sitio (incluso en mi nevera) y que  no hay que ir a buscarlos a Mordor ni al Corte Ingles —que para mí vienen siendo un poco lo mismo—. Te plasman fotografías de los ingredientes, para que no haya lugar a confusión y la explicación del plato te la resumen en unas cinco o seis líneas, yendo al grano. Sin florituras ni palabrejos extraños. Vaya, para que todo el mundo pueda entender las directrices sin cagarla y no hacer un trifle como aquel que hizo Rachel de Friends el día de Acción de Gracias. Y no todos tenemos un Joey en nuestra vida que se coma nuestros desastres, así que mejor hacer las cosas bien. Por cierto, haciendo un inciso en esto, AMO Friends con todas mis fuerzas y más o menos en todas las conversaciones que tengo sale alguna comparación con un capítulo de esta serie. También aplicable a los Simpsons. Tenía que decirlo, ya que nos estamos sincerando y empezamos a conocernos un poco mejor.

Cuando recibí el libro, subí una foto a Twitter (esto es más bien marujeo, pero tenía que contarlo). Y la editorial, Larousse, me contestó diciendo que cuando hiciera mi primer plato basado en las recetas del libro de J. –F. Mallet, tenía que subir una foto del resultado. Pues bien, hoy me he atrevido y he hecho unas endivias con bacon al horno para chuparse los dedos. Bueno, a mí no me han parecido tan buenas porque no es que me gusten mucho las endivias. Pero el plato ha quedado monísimo y al menos he podido usar unas endivias que sino iban a acabar poniéndose malas. Así que nada, creedme cuando os digo que este libro me va a sacar de más de un apuro. Además, me he enterado de que dentro de muy poco sacarán la versión light, así que no puedo pedir más.

No sé si mi convivencia con Aarón será más fácil teniendo El libro de cocina + fácil del mundo —cariño, si estás leyendo esto, no pienses que va con segundas ni nada de eso ;)—, pero al menos esa conversación de “¿qué comemos hoy?” nos la podremos evitar.

 

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Jardín sombrío – saga Dollanganger 5 -, de V. C. Andrews

Jardín sombrío

Jardín sombríoEl ser humano es de por sí curioso, lo que le lleva a preguntarse siempre el porqué de todo. Las cosas no pueden pasar porque sí, es necesario hallar respuestas. Pero hay ciertas incógnitas a las que difícilmente les podemos encontrar un por qué: la muerte, principalmente. Las personas mueren a diario, pero ¿a dónde van? ¿por qué ha tenido que morir esa persona y no otra? ¿por qué ha muerto alguien tan joven? Preguntas y más preguntas. Y por eso surgió la religión, para dar respuesta a cuestiones irresolubles. Y hay soluciones para todo tipo de gustos: se ha reencarnado, ha ascendido al cielo, se ha transformado en energía… En el momento en el que todas estas preguntas tengan una solución científica, al traste la religión. Mientras tanto, solo nos queda creer que esas respuestas nos satisfacen. Así dormimos más tranquilos. Así le tenemos menos miedo a la muerte.

Porque está claro que saber la respuesta de alguna incógnita es algo que nos produce alivio y bienestar. Me he presentado a más exámenes de los que puedo recordar y el tema era el mismo siempre: encontrar una solución a la pregunta. A veces era de librillo, de memorieta o de carrerilla. Otras veces no quedaba otro remedio que dejar fluir un lenguaje extremadamente técnico y enrevesado para que no se pudiese percatar el profesor de tu falta de conocimiento de la materia en cuestión. A veces colaba. Pero en realidad yo siempre he necesitado saber la respuesta de todo. No me valen placebos ni hipótesis, tengo que saber el por qué, cuándo, cómo y dónde. No hay más. Así que al leer, sobre todo, el primer ejemplar de la saga Dollanganger, Flores en el ático, mi cabeza se fue llenando de preguntas sin respuesta. ¿Qué hace que una abuela permita que sus cuatro nietos pequeños estén encerrados en un ático durante más de tres años? ¿Qué le ha tenido que pasar en su vida, ¡qué trauma!, para que fuera tan fría y tan gris?

V. C. Andrews fue consciente de que dejaba unos cuantos cabos sin atar desde que comenzara a escribir la saga, así que recompensó a los lectores con una quinta y última entrega donde se resolvían algunas de las incógnitas más importantes de la historia. En realidad no es que sea una quinta parte, sino que Jardín sombrío es una precuela, algo que sucedió muchísimo tiempo atrás, antes de que existiera un ático, una herencia o incluso una madre malvada y loca llamada Corrine. Este libro nos cuenta la historia de los abuelos, Olivia y Malcolm. De cómo se conocieron y cómo se enamoraron. Pero también cómo sufrieron y cómo él tuvo sus idas y venidas con otras mujeres. Es una historia desgarradora que hace que nos pongamos en la piel de Olivia. Hace que entendamos su forma de ser, comprender por qué es tan cruel y tan fría. Y el lector tendrá que verse en la tesitura de elegir entre compadecer a Olivia u odiarla todavía más si cabe.

Ya conté en la primera reseña de esta saga que yo leí estos libros cuando apenas tenía once años. Tenía pocos recuerdos de la historia, a decir verdad. Había algunas cosas que sí que me resultaban familiares pero la mayoría del cuerpo de la trama lo había olvidado por completo. Pero hay una cosa que en todos estos años no se ha ido de mi cabeza: el pánico que me daba Olivia. Por suerte yo he tenido —y tengo— dos abuelas maravillosas, que son una parte muy importante de mi vida. Así que no podía entender cómo una abuela podía tener la sangre fría de hacer las barbaridades que hizo Olivia a sus nietos. Era algo incomprensible. Y, aunque después se revelase que la madre era la mala malísima en realidad, para mí Olivia siguió y sigue siendo uno de los personajes más odiosos que he tenido el placer de conocer mediante mis lecturas. Y eso, queridos míos, es de las cosas que más me gusta a la hora de coger un libro. Encontrarme un personaje que me marque, para lo bueno y para lo malo.

Cierro para siempre —o no, ya veremos si dentro de diez años me da por revivir mi odio hacia Olivia y Corrine— esta increíble saga que tanto me ha hecho disfrutar y también sufrir. Gracias, V. C. Andrews, gracias, gracias, gracias de verdad, por escribir esta maravilla. Gracias.

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Semillas del ayer – saga Dollanganger – 4, de V. C. Andrews

Semillas del ayer

Semillas del ayerJoaquín Sabina decía en una canción que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. He escuchado esa canción como un millón y de veces y siempre he tratado de buscarle un significado a esa frase. Al final he llegado a una conclusión: las personas cambian, evolucionan, crecen, maduran. Para bien o para mal. Volver a un sitio donde fuiste muy feliz no garantiza en absoluto que allí lo vuelvas a ser. Es más, te darás cuenta de cómo eras antes y entenderás por qué ahora no puedes ser feliz como lo fuiste en aquél entonces. Pero, ¿qué pasa si es al contrario? ¿Si en vez de tratarse de un sitio que te trae buenos recuerdos, es un lugar en el que solo asolan las pesadillas del pasado? Aquí, entonces, según esta teoría que llevo años desarrollando, nos encontraríamos con dos opciones: una, que al volver allí te des cuenta de cuánto ha cambiado tu vida y te sientas feliz por ello. Y, dos, que al volver a aquel lugar rememores todo aquello que te impidió disfrutar de la vida y, por lo tanto, haga que no te sientas dichoso, sino triste y angustiado.

Esta teoría, desencadenada en mi caso por Sabina y alimentada por la cantidad de mudanzas que he vivido, ha visto su reflejo en el libro que nos ocupa, Semillas del ayer, cuarta y última parte de la saga Dollanganger; aunque después de esta va a venir una precuela (contabilizada como quinta parte), pero que en realidad narra la historia sucedida antes de Flores en el ático, primer tomo de la saga.

En esta última parte, nos encontramos que el experimento de V. C. Andrews consistente en que los narradores de la historia fueran los hijos de Cathy, parece que no ha terminado de convencerla. Otra vez, como anteriormete, es Cathy la que nos va a contar la historia desde su punto de vista, aunque sí es cierto que el libro gira en torno a sus dos hijos, Jory y Bart. Han pasado veinticinco años desde el anterior tomo. Cathy y Chris ya no esconden su amor, ya no les parece impuro y no se avergüenzan. Ahora las historias de amor protagonistas son las de los hijos de Cathy pero realmente, lo que nos interesa de este libro es de nuevo una herencia: la abuela de los chicos, aquella que encerró a sus cuatro hijos en un ático durante tres años, en su testamento le ha dejado a Bart la casa del ático. Pero por unos problemas legales, la herencia no se puede liquidar y toda la familia se ve viviendo allí.

Así que imaginaos lo difícil que se vuelve la vida de Cathy y de Chris cuando tienen que retornar a la casa donde estuvieron encerrados y donde vieron morir a uno de sus hermanos pequeños. Las pesadillas y los malos recuerdos acechan en cada esquina y eso puede hacer tambalear la relación que tantos años les ha costado mantener. Ahora deberíais entender por qué empecé la reseña citando aquella canción de Joaquín Sabina que, por otra parte, quizá halle su significado en Pedro Páramo y no aquí, por lo de Comala y esas cosas… Pero el caso es que a mí me ha ayudado enormemente a seguir elaborando mi teoría y como conclusión se me ocurre esto: no se debe volver al lugar donde se ha sido feliz, pero tampoco al lugar donde sufriste. Los recuerdos malos a veces pesan más que las alegrías presentes y eso puede hacer que tu vida se venga al traste con la facilidad con la que los pétalos de una flor se caen cuando se marchita.

Semillas del ayer nos da un final necesario. Para algunos este final es el que tenía que ser, para otros no tanto. Yo me quedo contenta con él, la verdad. Y no puedo más que agradecer a V. C. Andrews por habernos dado esta saga eterna que será un referente de la literatura dramática y romántica a lo largo de muchos años. Me quito el sombrero.

 

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Si hubiera espinas – saga Dollanganger – 3, de V. C. Andrews

Si hubiera espinas

Si hubiera espinasMe imagino a V. C. Andrews delante de su máquina de escribir (esto es suposición mía, ya que no tengo ni la menor idea de si escribía en un bloc, en máquina o en un trozo de pergamino), pensando: “Está bien. He escrito dos libros que han sido todo un éxito y ahora el público quiere más. Pero ya me estoy hartando de Cathy y de sus venganzas contra su madre. ¿Cómo podría cambiar el estilo de la saga sin olvidar el hilo de la historia? ¡Ya sé, cambiaré el narrador!”. Y eso es, efectivamente, lo que nuestra querida escritora hizo. Cathy ya no es quien nos cuenta la historia, ya no habla en primera persona, sino que serán sus dos hijos (Jory y Bart), nacidos de sus vaivenes anteriores con los hombres, quienes nos hacen cómplices de la continuación de la saga Dollanganger.

Si estáis un poco perdidos con el inicio de esta reseña es porque no habéis leído las dos entregas anteriores de la saga Dollanganger, Flores en el ático y Pétalos al viento. Pero si habéis entendido perfectamente quiénes son Jory, Bart y Cathy y, sobre todo, por qué esta última quiere venganza, es porque sois de los míos y habéis leído estos libros que menciono y estáis ávidos de saber cómo continúa la historia. Pues bien, como decía al principio, los protagonistas ahora son Jory y Bart. Cada uno de ellos nos va a narrar un capítulo, de manera que se van a ir intercalando. Esto nos permitirá ver lo diferentes que son: uno es el hijo perfecto y, el otro, no tanto… Cada uno nos contará desde su punto de vista la historia que ve con sus propios ojos. Pero hay una cosa que ninguno de los dos sabe: y es que su “padrastro” (es decir, Chris), es en realidad el hermano de su madre. Tampoco saben nada del ático, ni de una abuela encerrada en un psiquiátrico. Pero, por suerte o por desgracia, los secretos son muy difíciles de guardar. Y más si se trata de secretos tan jugosos y morbosos como los que acechan a esta familia.

Si hubiera espinas supone un cambio radical en la historia creada por V. C. Andrews. Ya no solo por modificar a los protagonistas, sino por transformar su estilo narrativo. En este libro ha escogido a dos relatores que no podrían ser más diferentes entre sí y, como no debía de ser de otra manera, cada uno tiene su forma de ver el mundo y de expresarse. Eso es algo que a mí, personalmente, me apasiona. Entiendo que haya gente a la que no le guste encontrarse dos estilos de narrar en un mismo libro, ya que puede resultar un poco agotador seguir la manera de ser de cada protagonista; pero a mí me gusta mucho el hecho de que la autora cambie sus expresiones y su ligereza a la hora de escribir para hacer que los personajes nos resulten mucho más cercanos.

Pero lo que no cambia es su narrativa gótica y tormentosa. El drama es el hilo conductor de toda la historia y la escritora nos tiene en vilo durante todos los capítulos. Leer este libro es como ver un tren que va al doble de velocidad de la que debería y saber que va a descarrilar en cualquier momento. Sientes que tienes que dejar de mirar si no quieres grabar en tu mente una imagen tan grotesca como puede llegar a ser un descarrilamiento, pero a la vez quieres, no, necesitas, no apartar tus ojos del tren ni un solo segundo, por muy trágico que sea el final.

Y yo, claro está, no desvié la mirada del tren ni por un momento. Seguí con mis ojos fijos en él hasta que, como era de esperar, descarriló. Así que ahora solo me queda una cosa por hacer: terminar esta reseña y no parar hasta devorar Semillas del ayer, cuarta parte de esta saga, que espero que me ayude a curar el trauma vivido tras este devastador descarrilamiento.

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Pétalos al viento – saga Dollanganger – 2, de V. C. Andrews

Pétalos al viento

DicePétalos al vienton  que en esta vida todo pasa por algo. Los más optimistas llegan a decir que si una desgracia llama a la puerta es porque tiene que ser así. Cuestión de destino. Que yo no digo que no sea precioso este punto de vista, pero pongamos un ejemplo práctico para que entendamos la situación: te despiertas un lunes lluvioso de enero. Fuera hace tanto frío que te estás planteando ir al trabajo con ropa térmica debajo del traje. Al menos te queda el consuelo de hacerte un buen café calentito y unas tostadas deliciosas. Pero el café sale aguado y las tostadas se te queman. Bueno, no pasa nada; es lunes y es normal que las cosas se tuerzan. Pero es que al ir a por el coche, este no arranca. Como ves que vas a llegar tarde al trabajo, coges el móvil para ver si algún compañero que vive por la zona se puede acercar a recogerte. Y, al sacar el teléfono del bolsillo, se te cae al suelo y se te descascarilla una esquina dejando una huella imborrable que hará que cada vez que la mires rememores ese día tan horrible. Los optimistas dirán que todo esto ha pasado por algo: el café estaba aguado porque tu cuerpo es sabio y es consciente de que tomas mucha cafeína; las tostadas las tuviste que tirar (ni rascando se iba lo quemado), de acuerdo, pero lo cierto es que tu operación bikini te lo agradecerá eternamente. El coche no arrancaba porque… no sé, porque esas cosas pasan a veces. Y el teléfono… pues tampoco sé. ¿Veis? ¡Es que no me sale ser optimista en estas circunstancias ni a propósito!

Así que cuando terminé de leer Flores en el ático, primera parte de la Saga Dollanganger, pensé que nuestros protagonistas habían sufrido en balde y que muy difícilmente se iba a arreglar su situación. Hagamos memoria: en esa primera parte (maravillosa, como dejé bien claro en su correspondiente reseña), los cuatro hermanos conviven encerrados dentro de un ático a la espera de que su abuelo muera. Todo con el fin de que su madre adquiera la indecente herencia que el abuelo, moribundo, iba a dejar cuando abandonara el mundo de los vivos. Si no habéis leído la primera parte, os recomiendo (como siempre suelo hacer cuando reseño sagas) que os detengáis ahora mismo y no continuéis leyendo esta reseña. No me malinterpretéis, me encanta que leáis lo que escribo —introdúzcase aquí una gran reverencia y un movimiento galante de sombrero—, pero no quiero ser yo quien os desvele el final de la primera parte. Parte que, si no habéis leído, ya estáis tardando.

Pongo punto y aparte para dar espacio a la gente que no se ha leído el primer libro y, ahora que quedamos los que sí que sufrimos con la abuela (y luego con la madre) de los cuatro niños, podemos continuar con la reseña. El caso es que yo venía diciendo que no entendía a la gente que ve las desgracias como una oportunidad de que algo bueno va a pasar. “Cuando una puerta se cierra, se abre una ventana”, suele decir mi abuela. Tampoco sé muy bien qué significa eso. Será porque viví toda mi infancia en un quinto y si me quitaban la puerta… poco más se podía hacer. Pero parece que Cathy es de las optimistas. Después de vivir encerrada más de tres años en un ático solo piensa que las cosas pueden ir a mejor. Y parece que no estaba equivocada, pues poco después de salir del ático conocerán al doctor Sheffield, quien les adoptará y les dará un nuevo hogar. Pero ya conocemos un poco a V. C. Andrews y en Pétalos al viento no iba a dejar que los hermanos fueran felices tan fácilmente. No quiero adelantar absolutamente nada de la historia, ya que creo que sería un delito contar aunque solo fuera un ápice de esta, pero sí diré que son muchos los años que transcurren en esta parte de la saga, por lo que conoceremos a una Cathy adolescente, pero también veremos cómo crece y se convierte en una mujer vengativa que nada más que quiere devolverle el flaco favor que le hizo su madre al dejarla allí arriba encerrada junto con sus hermanos.

Pétalos al viento es una historia de venganza y de desesperación. Cathy intentará encontrar un rumbo a su vida, tratando de no emular a su madre; pero poco a poco se dará cuenta de que, en realidad, no son tan distintas.

Esta es la segunda vez que leo este libro. E, igual que me pasó la primera vez, no he podido evitar que la piel se me pusiera de gallina con algunas escenas. V. C. Andrews siempre ha tenido la capacidad de transportarme a sus escenarios y hacerme cómplice de las historias, como si yo misma estuviera metida en las páginas de su saga. Y eso, queridos lectores, es una de las mejores sensaciones que puede encontrar un amante de los libros.

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Jóvenes poetas rebeldes, de Matthew Quick

Jóvenes poetas rebeldes

Jóvenes poetas rebeldesHay libros que marcan un antes y un después. Historias que se quedan revoloteando en tu cabeza sin ninguna intención de salir durante lo que prometen ser muchos años. Hay libros que llegan a obsesionar. Y hay obras que consiguen cambiar la vida de una persona.

Eso es exactamente lo que le pasó a Nanette O’Hare cuando leyó La parca de chicle. Un libro escrito unas cuantas décadas antes de que ella naciera y que escondía detrás de sus páginas más que una historia ficticia. No se sabe si fue capricho del destino, pero resultó que el escritor de este libro que tan obsesionada tenía a Nanette vivía a poca distancia de ella. Poco a poco, nació entre ellos dos una preciosa amistad, pero con una única condición: no se podría hablar jamás de La parca del chicle. Digamos que la obsesión de Nanette por este libro se debía a que el autor había dejado un final abierto, no ponía fin a ninguna de las historias que había comenzado en su narración. Cuando la chica leyó por primera vez la obra (la primera de cientos de veces que vendrían posteriormente), se indignó profundamente. Volvió a sumergirse en la lectura para ver si es que se le había escapado algún detalle fundamental que servía para dilucidar el final, pero fue absolutamente en vano. Y, a pesar de haber conocido a la única persona que le podía dar esa solución, vio cómo el tema sobre el que giraba su vida de adolescente fue vetado sin poder hacer nada al respecto.

Pero digamos que el escritor sabe lo que es tener diecisiete años y sabe hasta qué punto puede obsesionarse alguien de esa edad. Así que pone a Nanette en contacto con Alex, un chico que escribe poesía, con el que se carteaba muy a menudo y que estaba igual de obcecado con La parca del chicle. que nuestra protagonista. A partir de ese momento, Nanette y Alex emprenderán una aventura que girará en torno al gran misterio que es el final del famoso libro, haciendo que incluso ellos mismos lleguen a confundir sus identidades con los protagonistas de la historia.

Matthew Quick nos presenta una crónica entretenida, novedosa y llena de sentimientos. Jóvenes poetas rebeldes es ese tipo de obra que te engancha por su sencillez y te conmueve por su profundidad. Me recuerda un poco a las historias de John Green, que tratan de mostrarnos lo difícil que es ser adolescente en un mundo en el que hay que seguir unas pautas y unos patrones para poder encajar con la sociedad. Los protagonistas son chicos raros, diferentes. Imaginaos a un chico y una chica que se hacen amigos porque están enganchados a la misma novela; novela que se publicó hace más de cinco décadas y que fue descatalogada con la misma prisa con la que fue editada. Nanette descubre que tiene voz y voto en esta sociedad, y también en su casa. Que si algo no le gusta o no le hace sentir bien, puede alzar la voz para renunciar a ello. Que, al final, el que se queda a tu lado, tiene que hacerlo porque quiere y que el que no te hace bien es mejor que se aleje como si fuera una hoja arrastrada por el viento.

Jóvenes poetas rebeldes es un libro que me ha rozado un poquito el corazón. Nanette es un personaje al que enseguida coges cariño y llega un momento de la historia en la que deseas decirle: “¡Nanette, tú eres única. Persigue tu sueño y no dejes que los demás te aplasten!”

Y no importa que las historias no tengan final, eso es lo bonito de la vida. Aunque eso signifique que te pases horas pensando en cómo podría haber sido el cuento si las cosas hubieran ido por  un camino diferente. No os voy a decir si Nanette descubrió o no el final de La parca de chicle pero lo que sí os digo es que, después de todo lo que aprendió a lo largo de la historia, el final, es lo de menos.

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Un año de dulces, de Alma Obregón

Un año de dulces

Un año de dulcesLa experiencia de estar embarazada es diferente dependiendo de la mujer de la que estemos hablando y de las condiciones del propio embarazo. Alma Obregón, a pesar de tener muchas náuseas y sufrir la pesadez de cuerpo que conlleva portar otra vida dentro, decidió adentrarse en un proyecto sintiendo el apoyo que Bruno le estaba dando desde lo más profundo de su cuerpo. Ese proyecto fue Un año de dulces. La bilbaína vio así recompensado su esfuerzo y un tiempo después, además de ser mamá, era la autora de un libro de recetas de postres que es todo un boom en el mercado.

La verdad es que a mí me encanta el dulce, sobre todo el chocolate. Pero hace unos años me diagnosticaron celiaquía, por lo que la ingesta de postres se vio reducida al mínimo. Pero ahí tengo a mi tía, que le encanta la repostería, y que de vez en cuando me sorprende con una tarta o con unas magdalenas sin gluten. Es una maravilla. Yo decidí leer este libro por ella. Ella está todo el día buscando nuevas recetas de postres (no solo sin gluten) y la verdad es que si pudiera enviaros un trocito de las tartas que hace a través de esta reseña, se os caería la baba.

Yo he intentado hacer postres desde que tengo uso de razón. Todo el mundo dice que, aunque se te dé mal la cocina en general, un bizcocho (aunque sea el famoso “1-2-3”) le sale a todo el mundo. Bueno, yo debo de ser la excepción. El único postre que me sale bien (incluso sin gluten) son las crêpes. Pero no me saques de ahí, porque puede ser todo un desastre. Recuerdo que tuve una época en la que me dio por hacer rosquillas; llegaba el domingo, me aburría y me dedicaba a ensuciar cacharros y la cocina en general. A ver… comestibles, eran. Pero tampoco nada del otro mundo. En cambio, a mi tía le das un poco de harina, leche, unos huevos y un limón y te hace una obra maestra. Así que cuando estaba leyendo las recetas de Alma Obregón (porque, vale, no sabré cocinar, pero al menos la teoría la intento aprender) no paraba de pensar en Carla, mi tía. Y, especialmente, cuando vi la receta del rollito de chocolate de Navidad. Tengo que decir que en todas y cada una de las fiestas que se dan en esta época, mi tía se marca un postre de diez. En Navidad hizo mousse de limón y en Noche Vieja, una tarta de tres pisos de chocolate con naranja. Yo, claro está, me paso la comida entera pensando en esos postres y se me olvida el jamón, los langostinos e incluso el cochinillo. También hace tartas personalizadas. Yo ya estoy planeando la mía, ya que mi graduación está a punto de caramelo. Pero cada vez que hablamos del tema se echa las manos a la cabeza, porque todavía no sabe cómo va a conseguir hacer una tarta que tenga la temática de Harry Potter, que incluya búhos y libros y en la que aparezca Jack Skeleton. Va a ser la mejor tarta del mundo.

Volviendo al libro, este se divide en cuatro partes, referente cada una de ellas a una estación del año, de manera que los postres que vamos viendo son los que se podrían hacer con las frutas de temporada de cada época y los que más pegan según las fechas. Hay recetas muy clásicas, como el roscón de Reyes, pero también incluye postres de esos que están tan de moda últimamente, como los macarons. Muchas de las recetas vienen con fotos del paso a paso y tanto los textos como las fotos que los acompañan, están hechas por Alma Obregón.

Un año de dulces es la cima de la montaña que esta repostera ha ido escalando poco a poco. Y todo empezó cuando se fue a vivir a Alemania, donde las tardes frías de invierno le hicieron buscarse un nuevo hobby que le permitiera no tener que salir de casa. Ese fue el comienzo de una larga carrera profesional. Y, si estos postres de verdad están tan buenos como parece (estoy segurísima de que sí), creo que Bruno muy pronto dejará los biberones para pedir con ansia un cupcake.

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El gran libro de los artefactos de Harry Potter, de Jody Revenson

El gran libro de los artefactos de Harry Potter

El gran libro de los artefactos de Harry PotterSon muchas las cosas que me fascinan de J. K. Rowling pero una de las que más me ha sorprendido siempre es la habilidad que tiene de conectar todos y cada uno de los detalles de sus historias. Hace tiempo vi la película titulada Más allá de las palabras que contaba los inicios de esta escritora. A mí me impresionó ver lo duros que fueron sus inicios. Realmente Harry Potter estuvo siempre dentro de su cabeza y en un momento dado de su vida, empezó a verlo por todas partes. Como si fuera una señal que le estaba dando a entender que tenía que plasmar en papel todas aquellas ideas. En esa película se ve cómo ella va en un tren muy parecido al Expreso de Hogwarst y aparece una anciana con un carrito de café. Al instante, la anciana se convierte en una bruja con un gran sombrero y dentro del carrito empiezan a surgir ranas de chocolate y todo tipo de dulces que bien podrían haber salido de Honeydukes. En otra escena, se ve cómo ella va al banco a pedir un crédito y el señor de la ventanilla —nada amable y que se niega a ayudarla— se convierte en un duende gruñón, como aquellos que se encargaban de cuidar los tesoros ocultos en Gringotts.

Absolutamente todo lo que cuenta en sus libros tiene una explicación, todo tiene una razón de ser. Y eso a mí, que he intentado más de una vez crear una historia más o menos larga, me parece admirable; ya que es muy sencillo que las historias (y más concretamente los detalles) se pierdan por el camino y no se le den la importancia que merecen. Podemos encontrar detalles en el primer libro que están directamente relacionados con el quinto. Y esa es la tónica que sostiene durante los siete libros de la saga. Yo la he leído dos veces y estoy segura de que cuando la vuelva a releer (tarde o temprano acabaré haciéndolo) encontraré más detalles que había pasado por alto.

Así que no es de extrañar que Jody Revenson haya optado por crear una serie de enciclopedias que desgranen al mínimo esta maravillosa saga. Con la obra que nos ocupa, El gran libro de los artefactos de Harry Potter, van cuatro, ya que anteriormente publicó las enciclopedias referentes a los personajes, a los lugares y a las criaturas. Lo primero que impresiona es su tamaño, ya que más o menos es tan grande como un folio. Y, lo segundo, es la calidad del papel con el que está hecho. Las fotografías y los dibujos, a todo color, tienen un brillo y un tacto que enamorará a cualquier amante de los libros. Y, por supuesto, a cualquier seguidor incondicional de la saga.

El gran libro de los artefactos de Harry Potter reúne en sus doscientas páginas todos los cachivaches, objetos e inventos que salen en la saga original. Y, como no podía ser de otra manera, el primer objeto del que nos habla es, ni más ni menos, la carta de acceso a Hogwarst con la que todos hemos soñado alguna vez. Yo la estoy esperando desde que cumplí los once años. Quizá algún día llegue. También habla del giratiempo, por supuesto, explicando su funcionamiento con el más mínimo detalle. También hay un hueco para las varitas e incluso para las escobas. Y así, recorre todos y cada uno de los objetos que nos son tan familiares, dando a conocer sus orígenes, el material con el que están hechos y multitud de datos que cualquier friki de Harry Potter debería saber. ¡Es que incluso nos habla de la publicidad que aparece en El Quisquilloso! Lo que os decía, hasta el más mínimo detalle.

No puedo terminar esta reseña sin mencionar que, al final del libro, hay un pequeño sobre cuyo contenido no voy a desvelar. Yo no lo sabía hasta que lo vi, así que imaginaos qué sorpresa me llevé. Estoy más que contenta de que esta saga no se deje en el olvido y que sigan saliendo libros como este, que me hagan viajar de nuevo a Hogwarst, el sitio que fue un hogar para mí cuando más lo necesité.

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Julia desaparece, de Catherine Egan

Julia desaparece

Julia desapareceCuando decidí leer Julia desaparece me pasó algo que no suele sucederme cuando escojo un libro. Normalmente, leo el pequeño resumen que viene en la parte de atrás y me hago una idea de lo que me puedo esperar de su interior. En este caso, yo había entendido que el libro era una especie de thriller en el que Julia tendría que resolver un misterio. Además tampoco había oído hablar de este ejemplar con anterioridad y como tampoco es muy conocido, no pude buscar referencias en otros blogs de literatura. Así que digamos que mis expectativas no eran demasiado altas. Pero cuando comencé a leer, me dije a mí misma: “¡ya te vale!”. Y es que este libro es mucho más de lo que yo me creía. Para empezar por alguna parte, la historia se nos presenta en una época pasada, donde las brujas convivían entre los ciudadanos y donde eran perseguidas hasta terminar en una hoguera. En este ambiente tan medieval, una serie de muertes empieza a acontecer y Julia comienza a tener sospechas. Y os preguntaréis, ¿quién es Julia? Pues bien, es una espía. Ni más, ni menos. Y es una espía que tiene una ventaja enorme y es que puede desaparecer sin dejar rastro. Así cualquiera, ¿no? Pero la verdad es que tener ese don en una ciudad donde las brujas son perseguidas y asesinadas públicamente no es el trabajo ideal que cualquier jovencita desearía tener.

Toda esta mezcla de asesinatos, misterio y magia hicieron que las hojas pasaran sin que me diera ni cuenta. La primera noche lo dejé cuando ya llevaba más de cien páginas leídas. Y no paré por voluntad propia, tuve que hacerlo porque al día siguiente tenía que ir a trabajar y yo creo que mis compañeros empiezan a sospechar que algo raro pasa conmigo, porque siempre aparezco con unas ojeras que ni un oso panda. Pero la verdad es que al día siguiente, en el trabajo, fue como si no estuviera. Durante toda la mañana estuve pensando en Julia y en los asesinatos que la empezaban a rodear sin remedio. Y yo no paraba de decirme a mí misma: “Ana, esta vez no has acertado con tu primera impresión, ¡es que ni te has acercado lo más mínimo!”.

Volvamos un poco a la historia. Julia vive en una gran mansión cuya propietaria es la Señora Och. En esa mansión viven diversos personajes que parecen esconder a cada cual un secreto más grande y más oscuro. Julia sabe lo que es pasar hambre, sabe lo que es quedarse sola y sabe qué es lo que se siente cuando se ve morir a una madre. Todo eso le llevó a tener que buscarse la vida y la forma más eficaz para ganar dinero fácil, dado su don, era robar y convertirse en espía. Así que dentro de la casa de la Señora Och Julia se transforma en Ella para poder investigar qué hay dentro de esa habitación a la que jamás la dejan entrar. Y lo que ella no sabe es que se está acercando a algo muy peligroso y que se está arrimando mucho a un fuego que, tarde o tempran,o acabará por quemarla.

A medida que van pasando las páginas, el misterio parece crecer y crecer. Es una historia que va en constante ascenso y cuya protagonista hace que te adentres de lleno en la historia. Catherine Egan crea un mundo en el que perfectamente podría haber habitado Jack el Destripador o incluso Grenouille. Tiene ese toque romántico de los siglos pasados que tanto me gusta. Todo está conectado y ese halo de misterio y oscuridad que todo lo envuelve hacen que te sumerjas cada vez más en la lectura.

Sin duda, Julia desaparece es uno de los mejores ejemplares de literatura juvenil que he leído recientemente. Y ya es decir, porque últimamente parece que son los que más me llaman la atención. O quizá fuera el momento en el que lo he leído, ya que estaba ávida de una historia que me enganchara de principio a fin y que tuviera como hilo conductor una serie de asesinatos misteriosos. Lo único que se me ocurre decir para terminar esta reseña es que, si te pasa lo mismo que a mí, cuando empieces a leer este libro Julia no desaparecerá de tu mente durante una buena temporada.

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Harry Potter y la filosofía, de Gregory Bassham y William Irwin

Harry Potter y la filosofía

Harry Potter y la filosofíaDescubrí la filosofía sin querer a los trece años, cuando leí El banquete. Y la verdad es que no lo entendí hasta que en primero de Bachillerato estudié a Platón. Recuerdo mi primera clase de filosofía: yo acababa de mudarme desde Madrid a Cantabria y comencé el curso un trimestre más tarde que los demás. Llegué a la que era mi clase y me senté en el único hueco que había libre. Entonces entró Eugenio, el profesor de Filosofía. Lo primero que me dijo fue que me tenía que poner la escafandra si quería estar en su clase. Imaginaos mi cara. Yo, nueva, en una clase donde solo conocía a un par de personas y con una vergüenza que empezaba a reflejarse en mis mofletes. Eugenio me lo repitió otra vez y me explicó que hoy íbamos a viajar a su planeta, porque él no era humano, pertenecía a otro mundo ubicado en mitad de la galaxia y que estaba hecho de oro. Allí, la filosofía se vivía, se respiraba; por eso tenía que viajar hasta su planeta si quería entender las mentes de los grandes pesadores. Y, para ello, era necesario ponerse una escafandra, porque el viaje sería largo y no quería que hubiera que lamentar pérdidas por falta de oxígeno. Así que yo no pude hacer más que, con toda la vergüenza del mundo, ponerme esa escafandra imaginaria, ajustarla perfectamente y prepararme para el viaje en el que iba a embarcar.

Lo mío con la filosofía fue un amor a primera vista. A medida que iban pasando los autores, mi mente estaba más abierta y la sentía más libre. Podía captar las ideas con mayor facilidad, comprendía cualquier teoría, por insana que fuera. Y cuando llegó Kant… oh Kant. Alucinante. Por eso cuando me enteré de que iban a publicar un libro llamado Harry Potter y la filosofía no pude más que emocionarme. Los que leéis mis reseñas ya sabéis lo que me gusta Harry Potter y si ahora os digo que me encanta la filosofía… entenderéis cuánto me ha hecho disfrutar este libro.

Gregory Bassham y William Irwin releyeron la saga escrita por J. K. Rowling decenas de veces. Cada vez que lo hacían descubrían nuevos matices y nuevos detalles que no habían tenido en cuenta las veces anteriores. Entendieron que todo estaba muy unido y que cada mínima referencia, anécdota o mención era de gran importancia para la historia. Y también se fijaron en que Rowling hablaba de temas que son de gran importancia para la filosofía: el amor, el alma, la muerte, los sueños… Así que decidieron analizar la saga desde un punto de vista filosófico, intentando averiguar, con las teorías de los grandes pensadores, lo que quería decir Rowling en las miles de páginas que escribió.

A mí me llamó especialmente el estudio de Sirius: Sirius Black es el padrino de Harry y es un animago, lo que significa que tiene la capacidad de convertirse en un animal cuando él quiera. En este caso, Sirius se convierte en un gran perro negro. Durante los primeros libros recurre mucho a ese cambio porque es un preso fugado de Azkaban y, por lo tanto, está en búsqueda y captura de máxima urgencia. Así que se convierte en perro para poder estar al lado de Harry sin que nadie sepa su verdadera identidad. Cuando es Sirius, es un humano. Eso está claro. Pero cuando se convierte en perro ¿es un perro con alma humana? ¿Es un humano con alma de perro? ¿Es perro con alma de perro? Un lío, vamos. Algo que quizá al leer la saga ni se te hubiera pasado por la cabeza, pero que Gregory Bassham y William Irwin han intentado resolver en Harry Potter y la filosofía.

Otro de los análisis que me gustó especialmente fue el del amor. Los que hemos leído la saga sabemos que lo que salvó a Harry de morir aquella terrible noche fue el amor de Lily hacia él. Este es un tema muy importante para los filósofos. Pero ya no solo el amor entre parejas (el eros), sino también el que se da entre amigos (la philia) o incluso el amor infinito e incondicional (el agape). Todos estos tipos son analizados meticulosamente, estudiados en sus diferentes vertientes y poniendo como ejemplo las historias que todos conocemos.

Este libro ha sido toda una sorpresa para mí. Me ha devuelto a mis años de instituto, cuando me encantaba adentrarme en las mentes de los filósofos y tratar de entenderles. Y, encima, con la temática de Harry Potter como hilo conductor. Eso sí, si no te has leído la saga de la que hablamos, creo que difícilmente podrás entender este libro, porque se hacen constantes referencias a aquella y se da por hecho que el lector ya se sabe la historia. Pero si es al revés, si te gusta la saga pero no la filosofía, puede ser que esta sea una forma maravillosa de adentrarte en ella. Quizá te pique el gusanillo y acabes leyendo El banquete.

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Mandrágora, de Laura Gallego

Mandrágora

MandrágoraHay muchas cosas que me encantan de Laura Gallego, pero yo creo que lo que más me gusta de ella es la capacidad que tiene de teletransportarme a otros mundos. La descubrí cuando leí la trilogía de Memorias de Idhún y desde entonces fue un no parar. Seguí con La emperatriz de los etéreos, Dos velas para el diablo, y así hasta llegar a Omnia, el último libro escrito por Laura y que salió a la venta el pasado verano. A pesar de que soy muy fan de ella y he leído casi todas sus obras, eso no es impedimento para que de vez en cuando descubra nuevos títulos de los que no había oído hablar anteriormente. Eso fue lo que me pasó con Mandrágora, que llevaba en el mercado muchos años pero no fue hasta su publicación con la editorial Algar que me enteré de su existencia. Así que no pude evitar hacerme con él y dejarme llevar, de nuevo, por los mundos mágicos que Laura nos ofrece.

Y es que la mente de Laura es maravillosa. No sé cómo cabe tanta fantasía e imaginación en su interior. Yo creo que el mundo necesita más escritores como ella, que tengan la capacidad de acercar a los más pequeños a la lectura. Sus historias atrapan desde la primera página e inculcan valores que todos deberíamos tener presentes en nuestras vidas. Nos ubica en mundos imaginarios perfectamente construidos, en los que la magia y los seres fantásticos siempre encuentran un buen lugar para coexistir.

Mandrágora es una historia de castillos, princesas y nigromantes. Y, como en todo castillo, tiene que haber un sabio que aconseje al rey. El problema es que el sabio Cornelius, que formaba parte de la corte desde hacía muchos años, desaparece sin dejar rastro y el rey Héctor tiene que encontrarle un sustituto. Es ahí cuando aparecen Zacarías y su hija Míriam, que tendrán que mudarse al castillo para poder trabajar mano a mano con el rey. Míriam se da cuenta entonces de que ella no es como el resto de las chicas. Las otras chicas de la corte, nobles y princesas, nada más que piensan en sus futuros maridos y en qué ropa ponerse en el baile que tendrá lugar muy pronto. Míriam, en cambio, pasa las horas entre libros y es incapaz de contener las frases en latín que sin querer salen de sus labios de vez en cuando. A Míriam también le llaman la atención los chicos pero lo cierto es que ellos la ven como un bicho raro que no puede ofrecer más que algún que otro refrán en latín. Pero Míriam empieza a tener unos sueños muy extraños en los que escucha una voz femenina que le repite una y otra vez: “mandrágora”. Todos sabemos que la mandrágora tiene grandes poderes mágicos así que esos sueños no son otra cosa que una predicción que hará que la vida de Míriam cambie por completo.

Así, con magia, misterio, luchas, príncipes, princesas y algún que otro conjuro, Mandrágora se nos presenta como una bonita historia de superación y de búsqueda de la identidad, con una preciosa moraleja digna de un buen cuento. Es un libro que está dirigido a un público de unos diez años pero que atrapará a cualquiera que se aventure dentro de sus páginas. A veces es bueno dejar de lado los libros “para adultos”, esos que detallan la realidad de tal forma que nos hacen pensar en lo mal que está la sociedad en la que vivimos. Y en su lugar, es bueno leer de vez en cuando algún libro que nos devuelva a la infancia, que nos haga volver a imaginar y que nos enseñe que soñar es una de las cosas más bonitas que pueden hacer los humanos. Y si no, mirad El principito. Y es que no hay nada mejor que viajar a un castillo lleno de magia para volver a creer que todo es posible.

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Cocina tu cambio, de Lucía Gómez

Cocina tu cambio

Cocina tu cambioRecuerdo que cuando era pequeña odiaba el desayuno. Cuando me levantaba por las mañanas para ir al colegio y veía la leche con las galletas, se me venía el mundo encima. A la fuerza, desayunaba y después me pasaba media mañana con la tripa hinchada y de mal humor. Siempre tenía molestias en el estómago y mi madre me decía: “te tendría que haber llamado Dolores, en vez de Ana”. Varias veces acabé en el hospital con un dolor terrible en la tripa. La primera vez me dijeron que era apendicitis y cuando ya estaba casi todo listo para llamar al cirujano, se dieron cuenta de que no era así. La siguiente vez que acabé en urgencias, me dijeron que mis molestias derivaban de dolores menstruales. La tercera vez, ya cuando estaba en la Univerisdad, era estrés y ansiedad, que se me reflejaba en forma de dolor de estómago. Y la última, el día de Reyes de 2012, tuve que ir a urgencias, ya que llevaba muchos días sin comer nada y no podía casi ni levantarme de la cama. Allí  me dijeron que tenía una úlcera. Así que me derivaron a un especialista y, al hacerme la endoscopia correspondiente y cotejándola con una analítica de sangre, se descubrió la verdad: era celíaca. Y me había pasado casi veinte años de mi vida con molestias hasta que mi cuerpo dijo “hasta aquí hemos llegado”.

Al principio no fue nada fácil. El tema de las intolerancias es un mundo. Cuando me enfrenté a la enfermedad me dije: “bueno, quitamos el pan, la pasta y la bollería y listo”. Pero nada más lejos de la realidad. ¡Hasta el café podía contener gluten! Y luego está el tema de la contaminación cruzada… así que lo de comer en un restaurante, difícil, difícil. En casa empezamos a cocinar todo sin gluten y creamos estanterías en las que separamos la comida prohibida de la permitida. Hoy, después de un tiempo, ya es una rutina diaria que llevo muy bien. Se ha normalizado y el estrés que me producía pensar qué iba a comer ha ido desapareciendo.

Lo que más miedo me daba era viajar, sinceramente. A mí siempre me había encantado viajar y la comida nunca había sido un problema… pero imaginad ir a otro país, con otro idioma y tener que explicar que sufrís una intolerancia. Mi primer viaje como celíaca fue a Londres. Fue una escapada corta, tres días, así que me dije que podía sobrevivir aunque fuera comiendo manzanas. El caso es que en Inglaterra el tema de los alérgenos está más que bien, ya que todos los productos tienen una etiqueta que incluye todos y cada uno de los productos que podrían causar problemas a los intolerantes. Además, en los supermercados, tenían secciones de comida preparada, tipo sándwich, sin gluten, sin lactosa, libre de frutos secos… Así que fue una experiencia muy positiva que hizo que no me planteara dudas a la hora de viajar nunca más. He de decir que Argentina es el país más preparado en este sentido que he visitado. De verdad, increíble.

Os cuento todo este rollo (perdón por la extensión, pero es que cuando me pongo…) porque Cocina tu cambio trata precisamente de esto. Es un libro que habla de las dificultades que encuentra una persona cuando le diagnostican una intolerancia alimenticia. Y cuando todo queda en casa, bueno, nos podemos apañar. Pero imaginad tener que comer fuera, o en una mesa repleta de gente que no está acostumbrada a las alergias. ¡Imaginad cómo son las Navidades! En estas últimas nos hemos reunido unas veinte personas, así que en la mesa tuvimos que hacer un reducto sin gluten al que no podía acercarse ni una miga. Pero, por suerte, tengo varios vigilantes repartidos por la mesa para que estén pendientes de si un solo trozo de pan sobrevuela la ensalada. Al final, es un modo de vida y hay que aprender a manejarlo de la mejor forma posible. Y, aunque parezca mentira, en casa se van acostumbrando ¡Si hasta mi primo de tres años me avisa de que las patatas que está comiendo son sin gluten!

A Lucía Gómez le pasó algo parecido a lo que estoy contando y se dio cuenta de que su vida iba a cambiar por completo. Que tendría que esforzarse por seguir una dieta muy estricta si quería estar sana. Y por eso creó Cocina tu cambio. No solo va dirigido a personas con intolerancias que, involuntariamente, se ven obligadas a seguir una dieta. Sino a todas aquellas personas que deciden retirar de su dieta diaria determinados alimentos. Con este libro, aprendemos que podemos comer de todo si tenemos la imaginación suficiente. Que si llega la Navidad y me apetece turrón pero no encuentro ninguno apto para mi dieta, me lo puedo hacer yo en casa sin ningún problema. Aunque no soy muy buena en la cocina, pondré en práctica algunas de las recetas que he visto en este libro. Y, sobre todo, hay que aprender que tenemos que aceptar nuestras intolerancias, tenemos que aprender  a convivir con ellas y a manejarlas para estar sanos. Al final, con fuerza de voluntad e imaginación, se puede llegar a tener una dieta con la que volver a disfrutar de la comida.

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