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El beso del ganador, de Marie Rutkoski

El beso del ganador

El beso del ganadorNo sé en cuánto está mi récord. Normalmente suelo leer unas cien páginas al día, pero con este libro… creo que lo he batido por completo. Tenía tantas ganas de tenerlo en mis manos y dejarme llevar por la historia, que apenas me ha durado un día. Ahora, que ya lo he terminado y que me he quedado tranquila, ya puedo sentarme relajadamente a contaros qué me ha parecido, sin dejarme llevar por los impulsos de querer contaros cada uno de los detalles de la historia.

El beso del ganador es la tercera y última parte de esta saga maravillosa escrita por Marie Rutkoski. En ella viajamos a un mundo imaginario en el que la realeza se antepone al pueblo llano y donde los esclavos son una mercancía más. Krestel perteneció a una casa de alta cuna, donde aprendió a tocar el piano y a comportarse como una dama. Pero lo cierto es que, con el paso del tiempo, esa dama ha ido quedando en el olvido, dando lugar a una diosa de la guerra. En este libro, de hecho, vemos a una Krestel bastante castigada, llegando a estar incluso recluida como si fuera una vulgar esclava. Y todo por haber jugado con fuego: en el libro anterior, El crimen del ganador, vimos cómo nuestra protagonista se convirtió en una espía infiltrada dentro de su propio bando, lo que al final le pasó factura. Y ya no solo por estar encerrada en una mina de azufre, sino por su historia con Arin, aquel esclavo del que tan enamorada estaba, porque básicamente se fue a pique por creerse con derecho a jugar a las guerras.

No quiero hablar más de la historia porque no quiero destripar uno de los mejores finales de saga que he leído. Lo que sí diré es que en este último tomo, la política se lleva a otro nivel y la guerra entre valorianos y herraníes estalla dejando metralla por todas partes. Arin tendrá que darse cuenta de que todo lo que ha hecho Krestel, ha sido precisamente por él. Nadie se imaginaba que la Krestel protagonista de La maldición del ganador —primera parte de la trilogía—, aquella que nada más que pensaba en tener intactas sus manos para poder tocar el piano, se convertiría en una espía y todo por amor. Hablando de Krestel, no puedo dejar de reseñar que es un personaje que evoluciona una barbaridad desde que la conocimos. No es como esas protagonistas planas que son iguales de principio a fin de la historia. Y, hay que decir, aunque parezca que tiene un corazón de hielo y que es fría como un témpano, en realidad todo es una coraza.

¿Se verá por fin el amor imposible realizado? Soy una tumba. Así que para saberlo tendréis que adentraros en la prosa de Marie Rutkoski y averiguarlo por vosotros mismos.

He estado cotilleando por Internet y son muchos los que piden una continuación de la historia. Aunque no tiene por qué ser con los mismos protagonistas. Rutkoski crea un mundo tan hilado y tan perfecto que da juego para mucho más y la verdad es que esta trilogía sabe a poco en ese sentido. El beso del ganador es, aun así, un final muy digno, que deja por todo lo alto la trilogía y que hará (espero) que a algún productor de cine se le iluminen los ojos. Hasta entonces —soñar es gratis— quizá con el tiempo me deje llevar y me adentre otra vez en tierras valorianas y herraníes.

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El tiempo entre suturas, de Enfermera Saturada

El tiempo entre suturas

El tiempo entre suturasTengo que decir que, aunque soy joven todavía, he pasado más tiempo del que me gustaría en un hospital. Recuerdo cuando tenía unos trece años y me tuve que enfrentar a mi primera resonancia. Ya de por sí, los hospitales nunca me habían hecho gracia, pero pensar que iba a tener que introducirme dentro de una urna durante un largo rato, ya era el colmo. Pero tenía que hacerlo, sí o sí. Llegué al hospital —aunque con lo que me temblaban las piernas, aún no sé cómo— y una enfermera me dio un montón de papeles que tenía que firmar antes de meterme en aquel cacharro. Empecé a echarle un ojo a los papeles por encima y casi me da un patatús allí mismo. Dentro de esa cosa podía pasarme de todo. ¡Podía morir! Y esa señora con bata impecable pretendía que yo firmara para que, en caso de ocurrirme algo, la responsabilidad únicamente fuera mía. Mi madre, que ya había pasado por unas cuantas operaciones en su vida (incluyendo una muy seria cuando le dio un derrame cerebral con apenas dieciocho años), me dijo que era mejor que no siguiera leyendo. Había que hacerse esa prueba de todas todas, así que leer aquel tocho solo iba a servirme para martirizarme y ponerme más nerviosa. Le eché valor, firmé y me dirigí a aquella urna que más parecía un aparato salido de Expediente X. Y la enfermera que iba a supervisar que todo saliera correctamente (sin muertes de por medio), me dio un consejo: tú piensa en Chase, el médico buenorro que sale en House. Uno de los consejos más sabios que me han dado en la vida.

Y es que ser enfermera tiene que ser muy difícil. Yo me la imagino mirándome y pensando “será tonta, si es una prueba de nada. Anda que si le tocara pisar un quirófano…” Pero es que ellas tienen que entender que los pacientes no estamos hechos de la misma pasta que las enfermeras. Hablando por mí, yo soy una cagona. Me da miedo que me pinchen, que me exploren, que me hagan pruebas, que comprueben si algo me duele cuando ya les he dicho mil veces que me duele horrores. Y tener que lidiar con eso a todas horas, tiene que ser agotador. Por eso no me extraña que Satu, o Enfermera Saturada si queremos usar su nombre completo, se haya dedicado a compartir con el resto de humanos las peripecias por las que tiene que pasar una enfermera a diario.

Primero vio la luz La vida es suero, donde conocimos a Satu, una enfermera de pueblo que había decido mudarse a Madrid y que tendría que descubrir cómo sobrevivir lejos de la familia y cerca del metro y sus peligrosas puertas que se cierran sin más. La vida siguió y Satu sacó su segundo libro, El tiempo entre suturas y, por último, recientemente ha publicado una nueva historia, Las uvis de la ira. Podría haber empezado por el primero, siguiendo un orden lógico, pero a veces no soy mucho de seguir las reglas y me decanté por el segundo libro para conocer a Satu. Ahora, que ya me he adentrado en su mundo, creo que tendré que leer sus otras dos historias para terminar de conocerla.

El tiempo entre suturas es un libro divertido, no solo dirigido a las personas que comparten el gremio de la enfermería, sino que también lo puede leer cualquiera que haya sufrido en un hospital. Sí es cierto que usa un lenguaje bastante técnico con el que yo —que vengo de la rama jurídica— no estoy muy familiarizada; aunque he de decir que gracias a Anatomía de Grey sé lo que es un desfibrilador, aunque en toda las series de médicos lo usen siempre mal. Aun así, yo me he divertido muchísimo leyendo este libro, que está compuesto de pequeños capítulos que hacen que se lea en una tarde. Además, el prólogo de Luis Piedrahita ya nos adelanta lo que nos podemos esperar al leer las aventuras de Satu. Es un libro donde el humor negro se deja ver en cada frase. Si no eres amigo de la ironía y del sarcasmo, este no es tu libro. Pero en mi caso, que soy fan incondicional del humor negro, he disfrutado como una enana. Ahora, cuando vaya a un hospital no podré evitar clasificar a las enfermeras según el baremo que Satu nos ofrece en su libro. Y desearé con todas mis fuerzas que no me toque la pirolítica, esa que está quemadísima por los recortes o por el inútil del médico de guardia que le ha tocado. Aunque no sé, quizá siga el consejo que me dio aquella enfermera y, en vez de clasificarlas y amargarme pensando en que me van a pinchar y a dejarme como un colador, me dedique a soñar con Chase.

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Sabores de siempre, de Karlos Arguiñano

Sabores de siempre

Sabores de siemprePor suerte o por desgracia, dependiendo de si hablamos del cocinero o de su bolsillo, en mi casa siempre hemos sido de buen comer. Da igual lo que haya en la mesa, lo importante es que haya calidad. Y con calidad me refiero a una buena sopa hecha por mi abuela o el pilpil de mi madre. Esas recetas que se hacen con mimo y con dedicación y que hacen que todo el mundo se quede callado durante unos minutos mientras saborea el plato que tienen delante.

Yo creo que lo de saber cocinar es algo que se consigue pasándose pantallas, como si se tratara de un videojuego. Te vas a vivir solo: aprendes a hacer huevos fritos. Eres madre: aprendes a hacer tortilla de patata. Eres abuela: aprendes a hacer croquetas. Y es que lo de las croquetas es como esa pantalla final imposible de pasar donde tienes que matar a un bicho gigante que escupe fuego. Si consigues pasarte esa pantalla, te conviertes en la persona que se verá obligada a hacer tuppers de croquetas para toda la familia durante el resto de su vida. Ni que decir tiene que mi abuela es una súper experta en este tema y hace unas de cocido que ya quisieran muchos. No he probado las de Arguiñano, pero estoy segura que las de mi abuela no tienen nada que envidiarle. Y es que las abuelas son un tema aparte. Crecieron con las recetas de toda la vida, como estas que podemos encontrar en Sabores de siempre. Es pensar en los pimientos rellenos que hace y se me ponen los pelos de punta. Una maravilla.

El mes de diciembre es uno de mis favoritos del año y es que es como un ritual. Cuando llega el uno de diciembre toda la familia se pone en movimiento. Se acerca la Navidad y hay que decidir el menú. Lo más gracioso de todo es que hasta el mismo día 23 no se sabe con certeza qué se va a cenar y es que cada uno aporta su granito de arena. Mi tía se va a marcar un pavo de diez kilos, mi abuela hará sus pimientos (oh dulce néctar de los dioses) y mi madre preparará unos chipirones en su tinta que van a hacer que a más de uno se le escape hasta alguna lágrima. Imaginaos veintitrés días donde el único tema de conversación es qué se va a cenar ese día. Bueno, y quién le ha tocado a quién en el amigo invisible, pero eso es tema aparte. Así que con tanta retahíla gastronómica, mi madre saca todo su arsenal de libros de recetas y se pone manos a la obra. En esa biblioteca guarda desde recortes de recetas encontrados en revistas hasta grandes obras francesas que hablan de vinos. A partir de hoy, creo que también formará parte de su colección Sabores de siempre. Y es que sé que ella le sacará el partido que hay que sacarle a este tipo de libros. Yo la teoría me la sé, de verdad; lo que pasa es que soy muy perezosa. Llega la hora de la comida y acabo pillando lo que sea de la nevera o del congelador que se haga en menos de quince minutos. Ese es mi límite. Y que conste que normalmente soy yo la que hace la comida en casa y puedo dar fe que con solo quince minutos se consiguen cosas bastante decentes. Aunque sí es cierto que después de leer las recetas propuestas por Arguiñano, puede que el próximo día se me ocurran otras ideas diferentes (que entren dentro de mi límite diario dedicado a la cocina) y que sorprendan a mi madre casi tanto como me sorprende ella a mí cuando me hace su tortilla de patata. Ay… madres, qué haríamos sin ellas.

La verdad es que reseñar un libro de recetas no es algo sencillo. Pero lo que sí puedo decir es que a mí las recetas me sirven de motor para mi imaginación. Hacen que al pensar en qué voy a comer mañana no se me venga a la mente la imagen de una pobre pechuga de pollo con un poco de puré de patata. Quizá el próximo día envuelva esa pechuga en el puré, la empane y le haga una salta de setas. O no sé, tal vez algún día me atreva a adentrarme en el mundo de las croquetas, aunque sé que el monstruo que me espera al otro lado no será pequeño y que habrá que vencerlo a golpe de varilla… Mientras me decido o no, creo que voy a ir a atacar un poco la nevera porque tanta receta para arriba y receta para abajo me han dado un hambre horroroso. Y es que, qué se le va a hacer, me encanta comer.

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El crimen del ganador, de Marie Rutkoski

El crimen del ganador

El crimen del ganadorLas sagas son una daga de doble filo. Por una parte apasiona la idea de saber que a la historia que tienes entre manos todavía le queda un largo recorrido por hacer. Pero, por otra, el ansia de leer la continuación de una de las entregas a veces puede llegar a ser agotadora. Pero ese sentimiento, el de la necesidad de saber más, de volver a adentrarte en un mundo que ya te resulta familiar y que va a recibirte con los brazos abiertos, es de los más bonitos y anhelados que puede tener un lector. Pues bien, este verano me sumergí en la narrativa de Marie Rutkoski con  La maldición del ganador, una historia que nos hablaba de poder, sometimiento, esclavitud, traiciones y amor. Sobre todo, amor. Como no podía ser de otra forma, el final de dicho libro fue de los que te dejan impaciente y buscando en el calendario la fecha de publicación del siguiente tomo. En este caso, la segunda parte, El crimen del ganador, ya estaba a la venta cuando terminé la primera, así que la espera fue corta y mi ansiedad quedó dentro de los límites saludables.

Cogí este libro con un poco de prudencia, debo decir. Normalmente, la regla de que “segundas partes nunca fueron buenas” no falla. Y más cuando se habla de una trilogía. Y esto tiene una razón muy lógica: el primer libro es la novedad, todo es sorprendente, todo es intrigante. Conocemos a los personajes con los que vamos a compartir horas y horas y nos vamos adentrando poco a poco en sus tramas. La segunda parte suele ser una etapa de transición. Con suerte, el ritmo no decae demasiado pero es una mera preparación ante lo que nos espera en el último tomo. Así, el final será explosivo, con un nivel de evolución de la historia más ascendente que el anterior. En este caso, podríamos decir que el libro sigue esta regla. Es un libro de transición, un preliminar antes de llegar al gran final. ¿Significa eso que es un mal libro? En absoluto. Es una parte totalmente necesaria para prepararnos ante lo que nos espera en El beso del ganador, el cierre de la trilogía.

Pero vamos a lo que nos interesa, la historia de Krestel. En esta parte, Krestel ya está en palacio. Aguarda su inminente boda con el heredero de la corona. Todo parece perfecto, va a tener una ceremonia preciosa, llena de flores y con un vestido que podría ser el deleite de cualquier chica. Pero lo cierto es que Krestel no está emocionada. Sabe que ahí fuera, dos reinos están combatiendo para sobrevivir. Sabe que detrás de los muros del palacio está Arin, aquel esclavo que le robó el corazón sin que apenas se diera ella cuenta y que hace que su futuro marido no sea para ella más que un extraño. A su vez, el rey ve en Krestel una espía perfecta y la hace infiltrarse para que destape todos los planes que le puedan afectar. Y, por si fuera poco, Arin se ve obligado a rondar las cercanías del palacio y a ver a la que fue la chica que le robaba el sueño a todas horas.

Podríamos decir que El crimen del ganador se divide en dos partes: en la primera la historia idílica entre Krestel y Arin es la protagonista. Nos ofrecerán momentos de esos en los que nos dejan con la miel en los labios y que harán que nos veamos diciendo a gritos “¿por qué no se juntan de una vez?”. Y en la segunda parte, encontraremos una historia mayormente política, donde las controversias entre los dos reinos será lo que nos tenga con los ojos pegados al libro. Como vemos, es una trama parecida a la anterior, aunque con otros escenarios. Pero los temas claves seguirán siendo los mismos y donde, por supuesto, el amor imposible y prohibido será el gran protagonista.

Yo he tenido la suerte de haber descubierto esta saga un poco tarde. Leí el primer libro hará unos tres meses, ahora acabo de terminar el segundo. Y —nótese la gran sonrisa que tengo en mi cara en estos momentos— puedo decir que tengo en mis manos (literalmente) la última parte de la saga. Por lo que yo, que soy bastante impaciente en cuanto a libros se refiere, no voy a dejar pasar más tiempo alejada de su lectura y me voy a poner manos a la obra. A ver si por fin Krestel y Arin ven su amor realizado.

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Trainspotting, de Irvine Welsh

Trainspotting

TrainspottingTodos tenemos un amigo pesado que nos ha dicho como unas veinte veces que tenemos que ver Trainspotting. Si no lo tienes, quizá seas tú el susodicho. En mi caso, tenía una amiga que, en absolutamente todas las conversaciones, acababa recomendándote algún libro/película. Y en el cincuenta por ciento de esas veces, la recomendación era básicamente la película de la que vengo hablando. Así que un día, con el simple fin de que me dejara un poco tranquila, la vi. No voy a entrar en el debate de si es o no una obra maestra, ya que de cine entiendo lo mismo que de tiburones blancos, es decir, nada. Pero sí que puedo decir que ha sido una de las películas con las que peor lo he pasado de todas las que he visto. Durante todo el largometraje sentí una angustia que hizo que me planteara apagar el televisor y no seguir con aquella tortura. Pero a la vez, tenía la necesidad de seguir viéndola, de no apartar los ojos de la pantalla y de saber qué iba a pasar con Mark Renton. Me removió por dentro emociones que no sabía que ni existían y lo pasé realmente mal al ver el sufrimiento de sus personajes. Incluso llegué a pensar que la vida real de Ewan McGregor era como la de Mark Renton, por lo bien que interpretó su papel.

Para el que no lo sepa, Trainspotting es una historia de drogas. Irvine Welsh nos retrata con crudeza el día a día de un grupo de colegas escoceses que se dedican a más que tontear con las drogas. Aunque el protagonista es Mark Renton, en la obra interactúan decenas de personajes que irán dando juego al desarrollo de la historia. En este libro, nos encontramos a un grupo de yonkis que están metidos hasta el cuello en el mundo de la heroína. Todas las vidas de estos chicos giran alrededor del caballo. Se despiertan y no pueden pensar más que en prepararse la primera jeringuilla del día. Y en el momento en que no la tienen a mano, los sudores fríos y los temblores hacen acto de presencia.

Welsh nos demuestra que hay libros que no están hechos para todos. Todo el mundo puede leer a Dan Brown, o tal vez a Stieg Larsson. Pero no todos pueden leer a Welsh. Es así de simple. Welsh es irónico, rudo, directo, poco político, cortante, sarcástico y —no sé si esto os dará una pista sobre su manera de escribir—, escocés. Reconozco que a mucha gente no le gustará su manera de relatar y yo partía de esa premisa cuando empecé con esta obra. Pero yo, que soy muy dada a apreciar el valor de los escritores de expresarse libremente y sin miedo a reprimendas, me adentré en el mundo de los Skagboys con curiosidad y un poco de prudencia, recordándome que si no era capaz de continuar con la lectura, no me iba a quedar más remedio que dejarla y ponerme a leer algo más agradable. Pero por suerte para mí —y para ti, que has venido hasta aquí para encontrar una pequeña reseña de esta obra—, saqué fuerzas de flaqueza y la terminé. No sin esfuerzo, sinceramente. Es un libro que requiere tiempo y paciencia. También mucha energía y fuerza de voluntad. Porque es una historia muy difícil, muy ardua, muy desgarradora.

La verdad es que no sé si con esto te estoy animando a leer a Welsh o no… eso ya es decisión tuya. Pero quiero que, si decides adentrarte en este mundo, lo hagas con todas las consecuencias. Sintiendo cada arrebato de Mark Renton como si estuvieras en su piel. Sudando igual que él suda cuando no tiene la excarcelación corriendo por sus venas. Liberándote a su vez cuando él consigue elevarse durante unos efímeros minutos. Te aseguro que si lo haces, sentirás la necesidad irrefrenable de seguir con sus otras dos obras, Porno y Skagboys. La primera nos habla de lo que ocurre diez años después de Trainspotting y la segunda es una precuela, donde entenderemos el porqué de la perdición de estos chicos. Y sí al final te animas a compartir las desgracias de Renton, te darás cuenta de que no hace falta ningún caballo para trotar por otros mundos. Que para eso, basta con un buen libro.

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Diarios, de Kurt Cobain

Diarios

DiariosMe han dicho que un artista necesita la tragedia constante para expresar plenamente su trabajo, pero yo no soy un artista, y cuando en una canción hablo en primera persona, no significa necesariamente que dicha persona sea yo ni tampoco significa que yo sea un mero narrador. Significa cualquiera o lo que uno quiera, porque cada cual tiene su propia definición de una palabra en concreto y cuando se habla en el contexto de la música no se puede esperar que las palabras tengan el mismo significado que en su uso cotidiano, porque yo personalmente considero la música arte y cuando digo “Esa canción es arte” no pretendo equipararla con un cuadro, porque pienso que las artes visuales no son ni con mucho tan sagradas como la comunicación oral o escrita, pero no deja de ser arte y pienso que esta sociedad ha perdido de algún modo el sentido de lo que es el arte. El arte es expresión, y para expresarse uno necesita el 100% de libertad y la libertad que tenemos para expresar nuestro arte se encuentra en una situación muy jodida”.

Subrayé esa frase a los quince años. Mi madre me regaló Diarios, de Kurt Cobain cuando mi obsesión por Nirvana hacía que no pudiera parar de escucharlos. Lo leí con afán, casi sin aliento. Sintiendo escalofríos cada vez que Kurt abría su alma en esos trozos de papel arrugados.

Yo no conocía su música hasta que un amigo de aquel entonces me pasó por Messenger su canción más famosa: Smell like teen spirit. Yo no sabía si quiera qué quería decir Kurt en esa canción. Quizá ni él lo sabía. Y digo esto porque el título está basado en un desodorante que se llamaba Teen spirit. Imaginaos la situación: acabas de crear el himno grunge por excelencia, ese que va a hacer que tu carrera y la de los otros dos que te acompañan dé un giro de ciento ochenta grados. Tienes que ponerle un nombre y no se te ocurre cómo diantres llamarla… así que coges lo que tienes más a mano, que es un desodorante y decides ponerle su nombre a uno de los himnos de la década de los noventa. Pero era Cobain y él podía hacer lo que le diera la gana. Incluso componer una canción que se titulara Rape me que, para los que no saben inglés, significa “viólame”.

Así era Kurt, desquiciado y un tanto paranoico. O al menos eso deja ver en sus diarios. Este libro, publicado por Reservoir Books, es una recopilación de los diarios del famoso cantante de Seattle. Contiene las copias de sus manuscritos en los que se pueden ver desde dibujos —algunos demasiado perturbadores para mi gusto—, hasta las letras de sus canciones más conocidas. Entre ellas se puede encontrar la de Come as you are, que junto con Lithium, es una de mis favoritas. También hay alguna carta dirigida a su padre en la que le dice que ahora siente lo que es amar a un hijo y también hay otras cuyo destinatario no es ni más ni menos que Courtney Love. ¿A alguien se le ocurre algo más morboso que esto? Ya sabéis que se ha especulado muchísimo sobre la muerte de Kurt. Suicidio o asesinato. Diarios dan para teorizar bastante sobre estas dos posibilidades y los fans de la hipótesis de que fue Courtney quien mandó asesinar a su marido estarán más que contentos cuando lean estas páginas. Confieso que hace años me ubicaba en este segundo grupo y tenía la certeza de que la rubia era en realidad una viuda negra y que era culpable de haber privado al mundo de un artista de la talla de Cobain. Luego ese espíritu hambriento de conspiraciones fue dando paso a la idea de que Kurt era un pobre hombre que se había metido en un traje que no era de su talla. Entre eso, sus devaneos con las drogas, sus depresiones constantes y su mala vida no es de extrañar que un día viera una salida en la escopeta con la que se disparó. Para los morbosos, diré que el año pasado, veinte años después de su muerte, se filtraron las fotos de la escena. En ellas se puede ver una bolsa llena de cartuchos para la escopeta, la carta de suicidio dirigida a su mujer y a su hija, el brazalete que le pusieron cuando dejó el centro de rehabilitación por su adicción a las drogas y una caja en el que llevaba su kit de heroína. Eran más o menos las once de la mañana cuando decidió terminar con su vida.

Diarios son un imprescindible para todas aquellas personas que algún día se dejaron llevar por las letras atormentadas del de Seattle. Creo que es necesario leerlos para intentar entenderle. Yo no lo conseguí del todo, aunque me acerqué un poco más a su alma. Y eso, para un fan, es el mayor regalo que puede existir.

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Todas mis heridas, de Kathleen Glasgow

Todas mis heridas

Todas mis heridasCharlie no habla. Charlie no es feliz. Charlie no quiere seguir en este mundo. Charlie se corta para hacerse más pequeña.

Leer un libro que habla del suicidio es duro. Conocer un personaje como Charlie marca un antes y un después. Ella es una adolescente a la que le ha tocado vivir demasiado en muy poco tiempo. Ha tenido que madurar contrarreloj. La relación con sus padres ha sido tan traumática que se ha convertido en algo de lo que prefiere no hablar. Sus tonteos con las drogas le han hecho perder el norte en más de una ocasión y el intento de suicidio de su mejor amiga ha terminado de hundirla, si es que todavía quedaba alguna parte de ella a flote. Por eso un día decide acabar con todo. Cortarse hace que todo parezca más fácil; ver correr la sangre por sus brazos le hace pensar que los problemas pueden deslizarse de su vida con la misma facilidad. Ya lo decía Marla en El club de la lucha: “deslízate”.

Charlie es un personaje muy real, podríamos ser tú o yo. Si hubiera vivido su historia, no sé dónde estaría ahora mismo. Pero desde luego, no estaría sentada en mi cama escribiendo en un portátil mi impresión sobre este libro. Seguramente estaría en la calle, aterida de frío, intentando encontrar emociones fuertes que me recuerden que todavía estoy viva. Quizá me diera por cortarme los brazos y las piernas; nada serio, solo pequeños rasguños lo suficientemente profundos como para dejar señales del dolor en forma de cicatriz. Así, cada vez que los mirara, pensaría en lo dura que había sido mi vida y que, a pesar de todo, aquí sigo. O no sé, tal vez me diera por huir de ese mundo de sombras al que estaría encadenada, buscando una vía de escape que me permitiera ser alguien en la vida.

Al leer Todas mis heridas no he podido evitar estremecerme. En algunas ocasiones se me ha puesto la piel de gallina llegando incluso a querer pasar las páginas a todo correr para no leer la pesadilla que es la vida de Charlie. Charlie me ha dado una pena terrible, he conseguido empatizar con ella hasta niveles insospechados. No he podido dejar de leer su historia, ansiosa por saber cómo terminaría su horripilante odisea. El libro comienza con ella dentro de un centro para chicas con problemas. Allí conocerá las peores sombras del ser humano, convivirá con chicas que le harán replantearse de nuevo sus ganas por seguir con vida. Leer sin cesar una historia tan dura, en la que he conseguido que el personaje me llegue muy dentro, ha hecho que terminara un poco agotada. Vivir la historia de Charlie ha sido para mí como un jarro de agua fría. Y el que el libro estuviera narrado en primera persona, ha hecho que esto sea todavía más traumático, ya que es como si estuvieras en la cabeza de Charlie todo el tiempo.

Vaya, parece que nada más estoy diciendo cosas malas de este libro, pero ¡es todo lo contrario! Que una historia consiga hacerme sentir todo lo que lo ha hecho esta, para mí es insuperable. Yo necesito libros que me hagan vibrar, que hagan que me estremezca, que logren que me sienta como el personaje. Sufrir cuando él sufre y llorar cuando él llora. Para mí, eso, es lo más importante de un libro. Y Kathleen Glasgow, conmigo, lo ha conseguido. No sé si es que me ha pillado en una época de mi vida en la que los traumas personales hacen que empatice mucho con los personajes. Quizá sea solo una sobrecarga de hormonas o tal vez el agotamiento que sufro en el trabajo provoque que mis sentimientos estén a flor de piel. No lo sé, pero el caso es que yo he sentido esta historia como si fuera yo misma la protagonista.

Después de leer este Todas mis heridas si lo escoges como próxima aventura para vivir, tendrás que dejar que las heridas sanen, que cicatricen. Tendrás que ver cómo van cambiando de color, cómo pasan de estar amoratadas a ser una línea blancuzca. Y un día, cuando pase mucho tiempo, aprenderás a vivir con ellas y no podrás evitar sonreír al verlas y pensar que todavía, a pesar de ellas, sigues vivo.

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En mi cuarto, de Guillaume Dustan

En mi cuarto

En mi cuartoNo soy homosexual. Y si lo fuera no sé si tendría el valor de gritarlo a los cuatro vientos. Por una sencilla razón: vivimos en una sociedad en la que lo diferente es malo. No se acepta que alguien se desvíe de la línea, que decida emprender su propio camino. Hay que seguir los patrones establecidos. Por suerte, cuando yo era muy pequeña, mi madre me explicó que el amor no consistía únicamente en querer a un hombre si eras mujer o a una mujer si eras un hombre. Te podía gustar cualquiera de las dos cosas, las dos a la vez, o incluso ninguna. Podía ser que decidieras que tu sexo no era el adecuado para ti. Podías cambiarlo. Agradezco enormemente que mi madre me explicara todas esas cosas cuando yo era tan pequeña, porque así crecí viéndolo como la cosa más natural del mundo. Tengo amigas lesbianas, amigos gays, bisexuales, también conozco a algún asexual y en mi familia hay una persona transexual de la que me siento más que orgullosa. Porque tener el valor de admitir que ya no quieres seguir siendo Pablo, sino que ahora quieres ser Paula es algo que no está al alcance de todos.

Ojalá todos tuviéramos ese valor. No solo me refiero al hecho de tenerlo para admitir nuestra condición sexual. Sino para acabar con todas esas cosas que nos aprietan en la vida y que nos ahogan poco a poco hasta hacernos pequeños y dejarnos sin voz. Un jefe al que odiamos, unos estudios que nos atormentan, una pareja a la que ya no queremos, un hobby que ha terminado por ser una tortura… Hay que tener valor. Y eso también me lo dejó bien claro mi madre cuando yo era pequeña.

Y de valor va este libro. Para escribir En mi cuarto hay que tenerlo. La historia la escribe Guillaume Dustan, sinónimo bajo el que se presenta un alto cargo de la Justicia francesa y que nos trae una obra autobiográfica. En este libro, Guillaume nos narra sus aventuras sexuales con decenas de hombres y sus idas y venidas con las drogas. Es un libro directo, duro, pervertido y muy pero que muy explícito. En sus escasas páginas no sé cuántas veces ha podido leer las palabras polla, culo, fisting o semen. Todo muy explícito, como os decía. Además, Guillaume es seropositivo. Tiene VIH. Pero en la época en la que él tenía todos esos devaneos (no dice exactamente cuál es pero yo me imagino que serían los ochenta), la mayoría de los chicos con los que se encontraba en los cuartos oscuros también lo padecían. Guillaume se pone hasta arriba de drogas. Le da igual qué meterse. Coca, heroína, poppers, éxtasis, maría… el caso es ponerse ciego para poder tener el sexo más alucinante de su vida con cualquiera que se le ponga por delante. Tiene una pareja que es más o menos como él, aunque en una versión más light. Y cuando vas pasando las páginas vas notando cómo todo se va a ir al garete en cuestión de minutos. Guillaume solo necesita amor, sentirse querido. Y parece que su pareja no lo consigue. No deja de pensar en su exnovio. Nada más que quiere sensaciones fuertes. Ponerse hasta el culo y dejarse hacer.

¿Ahora entendéis lo que decía del valor? En mi cuarto se basa en tabúes: sexo, drogas, homosexualidad, VIH, infidelidades… Yo iba pasando las páginas y no sabía qué era lo siguiente que me iba a encontrar. A mí me ha resultado un poco duro de leer, por la crudeza con la que está escrito. Confieso que al principio me propuse dejarlo, ya que tanto escarceo sexual no me estaba aportando nada y me estaba resultando un poco tedioso. Pero decidí continuar con él, darle una segunda oportunidad. Y me encontré devorando lo que me quedaba de libro en una sola tarde. Porque necesitaba saber qué le iba a pasar a Guillaume. Quería asegurarme de que él entendía que el amor a veces es más importante que cualquier sensación que puedas encontrar en un baño de una discoteca. Quería saber si por fin podría ser más fuerte que la coca que viajaba directa a su cerebro. Quería tener la certeza de que todo le iba bien. Porque qué difícil tuvo que ser su vida… No os voy a destripar el final, eso sería cruel por mi parte. Así que solo me queda decir que, tanto si tenéis una mente abierta como si no, este libro os hará replantearos todo lo que pensáis sobre el mundo homosexual. Yo creo que voy a tardar unos días en digerirlo y en quitarme esa sensación de angustia del cuerpo.

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Copygirl, de Anna Mitchael y Michelle Sassa

Copygirl

CopygirlHay dos tipos de personas: las que siguen al rebaño y las que crean sus propias normas. Kay lo ha tenido siempre muy claro y sabe que ella pertenece al grupo número dos. Aunque eso, en Nueva York, ciudad de los estereotipos y de los rebaños por excelencia, donde la gente se muere por ser como la persona que tiene al lado, intentar crear tus propias normas es bastante traumático y agotador. Kay es publicista. Bueno, casi. Es una copygirl, una especie de becaria que tiene que hacer malabares con su tiempo para poder cumplir con todo lo que su jefe le pide. Para colmo, está enamorada de su compañero de trabajo. Aunque sabe de sobra que este parece sentirse más atraído por las infinitas piernas de otra publicista. Una publicista de verdad. No como ella. Ella se tiene que quedar por las noches intentando crear un logo adecuado para una comida de gatos. Mientras que la de las piernas infinitas recorre todos los bares de Manhattan recopilando contactos para la empresa.

Me imagino que será una cuestión de publicidad el hecho de que este libro se venda como una fusión entre Mad men y El diablo se viste de Prada. Comparar una historia con la famosísima comedia protagonizada por Anne Hathaway es muy peligroso. Para mí, Miranda Priestly, a la que da vida Meryl Streep (aquí introduzco una grandísima reverencia) es la peor jefa con la que uno se podía topar. ¿Tu jefe es odioso? PUES MIRANDA LO ES EL DOBLE. Por eso al leer Copygirl, lo he hecho con pies de plomo, intentando en la medida de lo posible no comparar ambas historias. Está claro que El diablo viste de Prada fue una gran novedad en nuestras vidas y que, llevada a la gran pantalla, se ha convertido en la obra de referencia cuando pensamos en un becario. Por eso mi consejo es el siguiente: no busques una Miranda en esta historia, pues no la vas a encontrar. No las compares. Piensa únicamente en Kay y en su desastrosa vida. Así disfrutarás el triple de este libro de Anna Mitchael y Michelle Sassa.

Dejando de lado las comparaciones y concluyendo con que estas son tremendamente odiosas, tengo que decir que con Copygirl me he desternillado de risa. Kay es una chica con la que me he identificado mucho: una veinteañera que parece no encajar en ningún sitio. Pero si algo bueno tenemos las dos es que somos conscientes de ello y nos encanta. A Kay le gusta ser diferente, tener aficiones que parece que su entorno no comparte, ir al trabajo a trabajar y no a lucir sus Jimmy Choo de último modelo con los que se podrían pagar varias letras de una hipoteca. Le gusta quedarse en casa. Y le gusta hacer muñecas de cera (vale, esa es una afición que se sale de mis gustos. Aunque todavía no sé qué me parece, si fascinante o aterradora). Esas muñecas de cera van a ser testigos de su nueva vida, ya que un día, borracha y muy cabreada, decide grabar un video a una de sus ellas. En ese video se desahoga de todas esas preocupaciones que le han estado persiguiendo durante semanas. Se libera poniendo a caldo a su jefe, a su compañera la de las piernas infinitas a la que parece hacerle gracia el chico de sus sueños, a sus padres que tanto se alegran por los logros de sus hermanos pero no por los de ella… en fin, dice todo lo que nunca se atreve a decir. Os podéis imaginar el lío que se monta cuando su mejor amiga, con la que comparte este video, decide subirlo a las redes sociales…

Habréis podido comprobar por mis otras reseñas que me gustan los libros en los que la protagonista es un poco descarriada y que aboga por defender sus ideales. Creo que eso es lo que ahora necesitamos: que nos enseñen a que lo más valioso que tenemos es nuestra personalidad y que es algo que debemos mantener pase lo que pase. No podemos dejar de ser nosotros mismos para intentar “encajar”. No podemos ir con una máscara para, simplemente, agradar a alguien que no es como nosotros. No sé, quizá sea porque a mí siempre me han enseñado a que da igual si a alguien no le gusto como soy. Ya encontraré a alguien que sí que lo sepa apreciar. Por eso, os animo a que dejéis las máscaras en casa y que aprendáis a no seguir al rebaño. Y si es de la mano de Kay, muchísimo mejor.

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Mujeres, de Charles Bukoski

Mujeres

MujeresDespués de haber leído algún libro que otro sobre la vida de Henri Chinaski, por fin he llegado a esa obra en la que narra su vida como escritor. Si sois asiduos de Bukowski, sabréis que la mayoría de sus libros están basados en la frustración que sufrió antes de convertirse en escritor. Su obra se puede ver clarísimamente diferenciada en dos etapas: el antes y el después. El antes: cuando tenía que aceptar trabajos precarios y odiosos para mantenerse vivo un día más. El después: igual, pero siendo escritor.

El último libro de Bukowski que leí fue Cartero. En él, Chinaski, el alter ego del escritor y protagonista mayoritario de sus obras, trabajaba en Correos mientras veía cómo pasaba la vida. Chinaski vive en la miseria, con la compañía de las borracheras, las resacas y algún que otro cuerpo de mujer. Con esos tres elementos y una máquina de escribir, Chinaski podría alcanzar el nirvana. Para qué más. Pero, ¿a quién no le gusta que se le reconozcan sus méritos? Imagina que dedicas toda tu vida a escribir pero que jamás ves tu obra publicada. Imagina que te pasas los días amando a las mujeres y contemplándolas como seres extraordinarios y que jamás encuentres a una que te corresponda. Así es su día a día.

En Mujeres por fin Chinaski ve sus sueños hechos realidad. Escribe asiduamente (y cobrando por ello) y ha conseguido casarse con alguna mujer. Pero nuestro protagonista es el claro ejemplo de cómo un hombre puede tropezar con la misma piedra dos veces (o veinte). Y cómo, a pesar de tenerlo todo, consigue tirar todo el esfuerzo por la borda.

Chinaski no sabe escribir si no es estando borracho. Bebe una botella de whisky noche sí, noche también. Se acuesta con todas las mujeres que le permiten entrometerse entre sus piernas. Tiene algún que otro hijo, pero no sabe ni cómo se llama. Sigue siendo rematadamente odioso e imbécil y eso es lo que hace que no podamos dejar de leer. Lo mío con Chinaski es como una relación de amor-odio. Me encantan las historias que cuenta, me atrapan sus reacciones, su arremolinada vida y quiero que por fin el destino se porte bien con él. Pero después me doy cuenta de que es un idiota (incluso llegando a ser mala persona) y de que todo lo malo que le pasa, le pasa con razón. Y en el fondo —muy en el fondo, no os vayáis a pensar que me alegro por las desgracias ajenas— no termina de decepcionarme el que su vida sea un auténtico desastre. Ya sabes, por el karma y esas cosas.

En la reseña de Cartero comentaba que las historias de Bukowski empiezan mal, pero acaban peor. El que lee a este autor, ya sabe lo que esperar. Historias crudas, escritas desde las entrañas de una mente extraña y enrevesada. A Bukoswki hay que saberle entender. Pasa lo mismo que con su personaje: o le amas o le odias. Y con razón, pues su narrativa no está hecha para todos los gustos. Y eso, en mi opinión, es de lo mejor que se puede decir de un escritor. Hacer algo que le guste a todo el mundo es difícil, pero asequible a la larga, ya que si tienes éxito, el esfuerzo se verá recompensado. En cambio, escribir a sabiendas de que tu libro le va a gustar a muy poca gente, me parece de un mérito inconmesurable. Y a Bukoswki le da exactamente lo mismo si a mí me gusta su libro o no. Le importa una mierda, hablando claro. Y eso, aunque me cueste reconocerlo, es lo que más me gusta de él.

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Entrevista a José Luis Fernández Juan, autor de “Pinceladas de Harmonía”

José Luis Fernández Juan

José Luis Fernández JuanCuando las ganas de enseñar y las de escribir se aúnan en una mente brillante, nacen cosas fascinantes. Estas inquietudes inundaron la cabeza de José Luis Fernández Juan y como resultado vio publicada su obra, Pinceladas de Harmonía. Este profesor y escritor valenciano puso lo mejor de sí mismo en el interior de un libro que pretende hacer llegar a todos los colegios de España. Pinceladas es una obra con gran contenido lingüístico que da mucho juego a la hora de realizar un análisis, tanto sintáctico como semántico.

En Libros y Literatura hemos querido entrevistarnos con él para poder conocerle a él y a su proyecto con más profundidad. Aquí está el resultado:

1. ¿Cuál fue el desencadenante para que te decidieras a escribir Pinceladas de Harmonía? ¿Cuál fue tu motivación y cuáles tus objetivos?

El incidente detonador fue la escucha, una mañana de verano, de la canción de John Lennon Number 9 dream. No sé por qué, pero de inmediato me hechizó su atmósfera. El onirismo de la letra y de la música me cautivó arcádicamente y me animó a componer algunos versos jugando con el virtuosismo de las palabras y sus fragmentaciones.

En aquel verano mis ratos de ocio los empleaba en escribir monólogos de humor; así que la conexión vino de la mano: ¡humor + surrealismo! A partir de este punto, comienzo a tomarme muy en serio la opción de escribir un libro.

De escribir apenas unas líneas pasé a un capítulo y de un capítulo pasé a esbozar prácticamente lo que sería la arquitectura básica de lo que acabó siendo Pinceladas de Harmonía.

Me motivaba sobremanera construir frases a partir de un modo de percepción alternativo. Esta línea de recorrido surrealista y divertido la iba embelleciendo con reflexión y conceptismo.  Con estos 4 rasgos básicos vertebré el estilo literario de la novela.

No me marqué ningún objetivo concreto al escribir; simplemente me dejé llevar por el fluir azaroso de la ideas buscando la sutileza y la levedad de las frases e ideas. La obra tiene todos los niveles de lectura que te puedas imaginar. El lector puede elegir el que más le guste.

2. Tu novela está dirigida a un público joven, ¿qué leías tú cuando eras adolescente? ¿Te gustaban los libros que te mandaban leer en el colegio o eras más bien un alma libre?

Leía a Jardiel Poncela y a Ramón Gómez de la Serna. Me resultaban absolutamente originales y transgresores. Su ironía a la hora de interpretar la sociedad me ayudó a entender la vida de una forma más inteligente y saludable. Por supuesto, la semilla de estos dos referentes germina en Pinceladas de Harmonía.

De los libros que leí en el colegio el que más me marcó fue La Metamorfosis de Kafka. De este genio me gustó amén de su ironía, la habilidad a la hora de combinar de forma espontánea la realidad y el sueño. Por supuesto, la influencia de Kafka se evidencia en Pinceladas ¡Cómo no!

Posteriormente, cuando cursé Filología descubrí a Góngora, Quevedo, Cervantes, Darío, Cortázar o García Márquez. Sus constantes juegos de pensamientos y asociaciones me sedujeron de inmediato. Obviamente, su influjo también vuela por las páginas de Pinceladas de Harmonía.

El poso que me dejaron estos clásicos me ha servido enormemente a la hora de configurar ese estilo tan peculiar que tiene Pinceladas de Harmonía. Nadie puede evadirse de las influencias de la gente que te “marca”. Indirectamente, ellos han diseñado mi método de estilo como medio y como fin.

3. ¿Qué sueles leer en tu tiempo libre? ¿Cuál es tu obra predilecta, esa que sueles recomendar cuando alguien te dice que no sabe qué leer?

Desde que a Bob Dylan le concedieron el Nobel de literatura me ha dado por escuchar canciones y fijarme minuciosamente en las letras. Al contrario de lo que siempre se ha pensado, la literatura no es propiedad privada de los escritores de libros. Hay músicos que son auténticos poetas y como tales hemos de valorarlos. Ahora estoy revisando canciones de grupos españoles de los 80 y estoy descubriendo letras que perfectamente entroncarían en la atmósfera de Harmonía; a saber: La rebelión de los electrodomésticos de Alaska y los Pegamoides, A través del Sol  de Trastos, Viaje por países pequeños de Poch, Gamaglobulina de Los Nikis, Ivonne de Radio Futura, A tu lado de Secretos… ¡Me encantan las canciones de los grupos españoles de la primera mitad de los 80! El atractivo de los enfoques parciales, los elementos inconscientes y las dislocaciones sintácticas de sus letras pueden ser una plataforma de enganche para la gente a la que no le guste leer. ¡Vale, no te gusta la lectura! ¡No pasa nada! ¡Escucha canciones! ¡Dylan, Cohen, Lennon, Cabrel, Serrat, Sabina! A los que no les guste leer les recomendaría que se fijasen detenidamente en las letras de sus canciones, en la curiosidad de sus conceptos y en sus andaduras rítmicas. Enseguida entenderían que se puede construir una idea de verdad a partir del lenguaje musical y de sus imágenes. Y esto les puede seducir en los ratos de ocio. De ahí a la lectura de un libro ya no hay ninguna distancia.

A los que sí les gusta abandonarse al acto placentero de la lectura les recomendaría cualquier texto de cualquiera de los escritores (que tanto me han influido) que te he citado con anterioridad.

4. ¿Crees que los jóvenes de hoy en día leen más o menos que antes? ¿Qué harías tú para fomentar la lectura?

Actualmente los jóvenes leen más que nunca. Puede que no lean libros de papel, pero sí leen profusamente por internet y dispositivos móviles (blogs, reseñas, mensajes, tutoriales, noticias…). Resulta obvio que prefieren lo digital al papel. Leen todo tipo de información, pero ha de ser audio-visual. Consumen textos inmediatos, rápidos y de corto formato.

Lo que nosotros hemos de hacer es adaptarnos a sus prácticas lectoras emocionales y funcionales. Tenemos que inventar modos de aproximación respetando sus gustos. Sus tres temas favoritos son el amor, misterio y humor. Pinceladas de Harmonía tiene estos tres condimentos y consta de diecisiete capítulos cortos; por tanto, se aproxima bastante a sus gustos mayoritarios. Por eso les gusta. Si somos capaces de crear nuevas estrategias adaptándonos a su realidad conseguiremos que en un futuro no muy lejano se interesen por obras de más calado literario (y de papel). Lo que nunca hay que hacer es imponerles una lectura “contra natura”. Si cometemos este error, acabarán odiando un hábito que siempre tiene que resultar placentero.

5. Si fueras uno de tus personajes de Pinceladas de Harmonía, ¿cuál te gustaría ser?

Me resulta imposible elegir a uno porque los quiero a todos por igual. Si tuviera que elegir un personaje, tendría que inventarme uno que tuviera las habilidades culinarias de Lisardo y Lucía, la cabeza amueblada de Atenógenes, los pies de Druso, la ambivalencia de Teodoro, la perseverancia de Yalinka, la imaginación de la familia Léxica, la educación de Anivderaleva, la serenidad de Enzia y Paz, las dotes canoras de Petronilo, la locuacidad de Daristóbulo, la frescura de Lorelei, la originalidad de Cloe…

Pero el libro ya está escrito y este personaje inventado no aparece…

Me gustan todos los personajes y me gustan como son. La felicidad en Harmonía se basa en el factor diferencial de cada habitante. Esta realidad enriquece a todos; todos aprenden de todos. En Harmonía es un privilegio contar con gente tan dispar; lejos de crear tensión, crea imantación. Así que como no puedo ser todos en uno, me gustaría ser cada día uno. Sería lo ideal. Disfrutaría lo que no está escrito.

6. ¿Cuándo prefieres escribir, de día o de noche?

Escribo no cuando prefiero sino cuando puedo. Ejerzo de profesor y mientras estoy educando no dispongo de mucho tiempo de inspiración. La calidad de tiempo me la traen los períodos vacacionales y algún fin de semana. Intento aprovechar al máximo estas escalas temporales. Cuando disfruto de ellas, las grandes ideas me vienen de madrugada. Inmediatamente las apunto y las dejo reposar. Al día siguiente por la mañana con tranquilidad las trabajo y las desarrollo. Por la tarde las ordeno, las pongo a punto y las apunto en limpio. De noche, básicamente duermo… hasta que me viene una gran idea.

7. ¿Nos confiesas algún vicio o hábito extravagante que tengas a la hora de escribir?

Te voy a confesar un hábito que no sé si es muy extravagante pero que te va a sorprender ¡Primicia para “Libros y Literatura”! Las ideas y su desarrollo no las escribo directamente en el ordenador. Las escribo a bolígrafo en un papel. Estos papeles lo nutro de tachones, rectificaciones y chafarrinones varios que al final de la jornada acaban configurándoles un aspecto absolutamente barroco.  Solamente cuando tengo los textos totalmente perfilados y elaborados los paso a limpio al ordenador. A estos papeles barrocos (que llegan a ser innumerables) yo los denomino “papeles de arte y ensayo” y en alguna ocasión he llegado a utilizarlos en alguna performance. El valor artístico radica en la pericia formal de dotarlo de sentido unitario.

8. Otra pregunta comprometida, ¿te han recomendado alguna vez un libro insistentemente y no has sido capaz de terminarlo porque era horrible?

Parto de la base de la trascendencia de la subjetividad como vehículo de conocimiento y enjuiciamiento. Constantemente me recomiendan lecturas de libros. Valoro al buen escritor y entiendo que casi todos los libros te pueden llegar a aportar algo. La valoración final dependerá del momento y de lo que busques cuando te enfrentas a su lectura. Cuando empiezo a leer e intuyo que no me va a estimular, sencillamente no sigo. Si lo encuentro previsible, hostil, chocarrero o tópico, aparco su lectura pero sin enjuiciarlo ni tildarlo despectivamente.

9. ¿Cuál ha sido el sitio más extraño en el que te ha llegado la inspiración?

Los lugares más extraños que me dan inspiración siempre son enclaves espaciales creados dentro de mis propios sueños: castillos de burbujas, playas de gominola, nubes de aguacate, parques de espumillón, túneles de frambuesa. Desde estos sitios intento ir  más allá  para captar la energía de sus imágenes. El potencial de la percepción me resulta absolutamente sugerente para desarrollar las ideas que después puedo plasmar en un libro.

10. Y, para terminar, hablemos de futuro. ¿Estás sumergido en algún proyecto nuevo del que nos puedas hablar un poquito?

Pinceladas de Harmonía se ha concebido como una trilogía. La primera parte, por tanto, ya está editada. Sin embargo, antes de que la segunda entrega vea la luz voy a publicar un libro que nada tiene que ver con la trilogía Pinceladas. ¡Primicia para “Libros y Literatura”! De momento te puedo avanzar que va de “palabras”; y ya te estoy adelantando bastante. Se publicará en 2017 y será un trallazo directo a la línea de flotación de la RAE.

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La triunfante, de Teresa Cremisi

La triunfante

La triunfanteCuando era pequeña le dijeron que mencionara tres animales al azar. Y ella dijo: un delfín, un tigre de bengala y un erizo de mar. El primer animal la representaba a ella. El segundo, era lo que ella querría ser en un futuro. Y el tercero, lo que realmente llegaría a ser.

Esta es la historia de una mujer que cruzó fronteras para poder encontrarse a sí misma. La historia de una niña nacida en Alejandría que tendrá que apañárselas para sobrevivir en un mundo de hombres en el que a las mujeres no se les permite triunfar.

No sé por qué me decidí a leer La triunfante. Quizá fue porque me apetecía alejarme un poco de las novelas de fantasía que tanto me gustan. Tal vez porque cuando veo alguna publicación nueva de Anagrama no puedo evitar dar saltos de alegría. O podría ser porque necesitaba leer una historia donde la mujer saliera vencedora de su propia vida.

Teresa Cremisi ha sido editora durante toda su vida. Por sus manos han pasado obras brillantes que, gracias a ella, se han visto expuestas en las estanterías de las mejores librerías del mundo. Tiene que ser frustrante tener alma de escritor y dedicarte únicamente a editar los textos de otros. Por eso un día Teresa decidió que ya era hora de dar el salto. Y así fue cómo nació La triunfante. Cremisi nos presenta una obra semi-biográfica, que nos deja ver un poquito de su vida, aunque sin abandonar la ficción. Es una novela BELLA. Nunca se me había ocurrido utilizar este calificativo con ningún libro, pero esa es la palabra que se me ha estado viniendo a la mente mientras leía las escasas doscientas hojas que tiene esta obra. Es un libro lleno de belleza, de sensibilidad, de ternura. Y eso es muy difícil de encontrar hoy en día. Tal vez sea porque en esta obra los diálogos brillan por su ausencia y todo nos lo cuenta la protagonista en primera persona, dejando que nos adentremos en sus pensamientos más profundos y viviendo la historia desde el punto de vista más sincero posible. O puede ser también por todos los lugares que recorre la protagonista, todos bellos a su manera. O por la época en la que lo hace —mediados del siglo XX— en la que, después de haber superado una guerra mundial, hasta la flor más mediocre debe ser contemplada con admiración.

Como decía, la protagonista nace en Alejandría. Allí vive con su familia, con la que tiene una relación envidiable. A ella le queda el recuerdo de ir a comer erizos de mar junto a su padre. Pero cuando una gran crisis asola su país, su familia se ve obligada a emigrar a Milán. Cuando llega a Europa, descubre que los hombres de aquí no son tan diferentes a los que la rodeaban cuando vivía en Alejandría. En Milán las mujeres solo tenían la meta de estar hermosas, de lucir a la moda y de ir del brazo de algún hombre aparente. Milán le gustó mucho, le encandiló esa pasión por la belleza, pero lo cierto es que ella quería destacar como escritora, no por ser la mujer de alguien. Ella no quería ataduras, ni hombres a su lado que la constriñan, no quería ser esclava de nadie. No quería dueños. Gracias a las grandes obras de la Literatura universal, descubrió que ella también podía tener voz y voto en este mundo. Podía pensar por sí misma y lo iba a demostrar.

En París alcanzará ese éxito profesional que tanto anhelaba y conocerá el amor. Y se acordará de aquello que le dijeron cuando era pequeña: había sido un delfín, libre, apasionado; su meta de llegar a ser un tigre de bengala no le dejaría apreciar lo bueno de la vida, le llenaría de frustración. Pero algún día aprendería a ser un erizo de mar. A vivir sin complicaciones, disfrutando del placer de existir.

La triunfante es un libro que te deja con un muy buen sabor de boca, que terminas con una sonrisa. Es un libro lleno de optimismo y, como decía antes, que habla sobre la belleza. Nos enseña que la capacidad de superación es algo que siempre está presente, aunque pase desapercibido. Y nos enseña que no hay mayor suerte que la de haber nacido con una mente inquieta y con alma aventurera.

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