Manuscrito hallado en la calle Sócrates

Reseña del libro “Manuscrito hallado en la calle Sócrates” de Rupert Ranke

He de reconocer que, como lector apasionado y compulsivo, siempre me ha gustado meterle mano (con perdón) a todo tipo de género o autor, ya sea clásico o contemporáneo, de aquí o de allá, bestseller o famélico letraherido, principiante o vaca (o toro) sagrada. Sin embargo, tras un breve repaso a algunas de mis lecturas más recientes, observo con intriga, deleite y cierta perplejidad, que de un tiempo a esta parte me pierden y me fascinan las historias fantásticas y de misterio. Quizás este sea uno de los motivos por el que, precisamente, y a pesar de lo que acabo de decir, uno de los géneros que menos me llega es el de la autoficción, pero esa es otra historia. El caso es que, si echo la vista (las páginas) atrás, me encuentro con esa clara querencia a lo insospechado y a lo inesperado. Basta con repasar, por ejemplo, las novelas que he reseñado en esta misma página: Trigo Limpio, de Juan Manuel Gil, El Sótano de Oxford, de Cara Hunter, El Ministerio de la Verdad, de Carlos Augusto Casas o Incertidumbre, de Miguel Alcantud. En todas ellas el autor me ocultaba una verdad con la intención de que, poco a poco y con su ayuda, terminara por descubrirla (aunque a veces no me lo pusiera fácil), y con todas ellas me lo he pasado en grande. Con esta que reseño hoy, adelanto ya mi valoración, también. He disfrutado como hacía tiempo que no disfrutaba con una novela. 

Llegados a este punto, huelga la pregunta: ¿También hay misterio en Manuscrito hallado en la calle Sócrates? Y mi respuesta es: querido lector, eso es como inquirir por dónde va a salir el sol, si por el este o por el oeste; si después de la noche va a llegar el día; o si cualquier informativo va a abrir su sección de deportes con una noticia sobre el Madrid (masculino) o el Barça (masculino). ¡Pues claro que sí! Esta estupenda novela va sobrada de misterio. O, mejor dicho, de misterios. Algunos de los cuales, como ensartados en un rosario, recitaré a continuación: 

Primer misterio, el propio autor. Un tal Rupert Ranke, del que solo sabemos que nació en Maloja, Engadina Superior, Suiza, en 1973, que ha vivido y trabajado esporádicamente en España, Estados Unidos, Argentina, Costa Rica y Grecia y cuyo Manuscrito hallado en la calle Sócrates es su primer libro, editado y traducido para Lumen por Rodrigo Rey Rosa. Ahí la cosa empieza a parecer, cuando menos, sospechosa de engañosa. En primer lugar, porque una búsqueda en san Google no devuelve ni una mísera foto del autor. El único Ranke digno de mención es Leopold von Ranke, historiador del siglo XIX (por no extenderme mucho, creo que nada de esto es casual). Y, en segundo lugar, porque ya en la anterior novela de Rey Rosa, Carta de un ateo guatemalteco al Santo Padre, el autor se travestía de un tal  Román Rodolfo Rovirosa, el escritor de la misiva a la que alude el título, cuyas iniciales, como en el caso de la que nos ocupa, redundan y ronronean alrededor de la letra erre (¡toma aliteración!). Luego, todo nos lleva a pensar que, si Román Rodolfo era Rey Rosa, también lo es Rupert Ranke. ¿Puedo estar equivocado? Puedo. Solo el tiempo me lo dirá. 

Segundo misterio, derivado del primero: en el propio título encontramos el tópico literario del manuscrito encontrado. Se trata de una técnica narrativa en la que el narrador finge que su narración no es suya, sino que la ha hallado, y él se limita a transcribirla, editarla o traducirla. Del verdadero autor, siempre según el narrador, se tienen pocas noticias, o directamente, no sabemos quién es. En realidad, lo que hay es un disfrazamiento del propio autor para dotar de mayor misterio a su obra. Son muchos los referentes a lo largo de la historia de la Literatura, siendo el más conocido el propio Quijote, pero ya los hubo antes, en el mundo grecolatino o con el Amadís de Gaula, y por supuesto también después, como, citando algunos de los más conocidos, Potocki y su Manuscrito encontrado en Zaragoza, o el mismísimo Alan Poe y su Manuscrito hallado en una botella, ambos de títulos tan sospechosamente parecidos de la novela de Rupert Ranke/Rodrigo Rey.

Tercer misterio: la trama. ¿De qué va el manuscrito/novela? He aquí la sinopsis: “Ranke, historiador de la cultura clásica y guía turístico, no tarda en quedar cautivado por el encanto de la bella Teodora, de viaje por Grecia con su marido, y su melancólica obsesión por El pequeño refugiado, una escultura de mármol que ha visto en el Museo Arqueológico de Atenas y que es el vivo retrato de su hijo, desaparecido misteriosamente a los cuatro años”. Mola, ¿verdad que sí? No puedo dar más detalles, salvo que la novela transcurre en plena pandemia, ese paréntesis en nuestra historia más reciente, en el que aún estamos inmersos y que es, en sí mismo, un misterio global y personal. 

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Cuarto misterio: ¿cómo puede ser tan breve (no llega a doscientas páginas) una novela tan compleja como esta, que aborda temas tan profundos como el amor, la pasión, la maternidad, la pérdida de un ser querido o los autoengaños de la mente? Para esta pregunta tengo una respuesta clara: porque Rosa Rey es muy bueno. Y lo es porque ha logrado una novela depurada al máximo. Es tan escueto que a veces corre el riesgo de caer en la sequedad, en la frialdad, pero no, nunca llega a caerse, porque lo tiene todo atado y bien atado, y porque su prosa es tan precisa, que parece escrita con un bisturí en lugar de con una pluma. O cincelada, como ese magnífico Macguffin que es la escultura desencadenante de la novela. 

Quinto y último misterio: ¿sabremos alguna vez si El pequeño refugiado es el original o la copia? Ahí va mi respuesta: Ni lo sé, ni me importa. Lo que sí tengo claro es que Manuscrito hallado en la calle Sócrates es una novela de altos vuelos en la que, nada sobra y nada falta. Y eso solo se da cuando las obras son de una calidad esplendorosa. Como es el caso. 

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