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Libros y Novedades 28

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Libros y Novedades 28

Boletín de novedades. Noviembre 2010 – 4

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El cementerio de Praga,
de Umberto Eco

Hilos de sangre,
de Gonzalo Torné

Viaje a las emociones,
de Eduardo Punset

 

Una semana más el equipo de Libros y Literatura os quiere recomendar los títulos que nos parecen más destacables de entre las novedades más recientes. Cada nuevo libro de Umberto Eco es un acontecimiento editorial esperado por multitud de lectores. En esta ocasión Eco nos traslada a la Europa del XIX con El cementerio de Praga, un homenaje a los folletines de Dumas en el que nada ni nadie es lo que parece. El premio Jaén de novela 2010 nos descubre un nuevo talento de las letras españolas, Gonzalo Torné, gracias a Hilos de sangre, una novela donde la protagonista tendrá que bucear en su pasado y en el su familia para encontrar las respuestas que necesita. Por último, Viaje a las emociones, de Eduardo Punset, reune en un solo volumen la trilogía de divulgación científica que ha apasionado a medio millón de lectores. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Libros y Novedades 27

picnic en hanging rock - joan lindsay

Libros y Novedades 27

Boletín de novedades. Noviembre 2010 – 3

lindsay-picnic

anonimo-erudito

toro-oscura

Picnic en Hanging Rock,
de Joan Lindsay

El erudito de las
carcajadas: Jin Ping Mei
,
de Anónimo

Oscura,
de Guillermo del Toro y
Chuck Hogan

 

Esta semana el equipo de Libros y Literatura ha seleccionado tres títulos para todos los gustos. El primero es Picnic en Hanging Rock, de Joan Lindsay, una auténtica novela de culto que narra la desaparición en 1900 de tres niñas y una profesora durante una excursión. A día de hoy nadie sabe a ciencia cierta si los hechos que se narran en la novela son ciertos o no y cada año, en el día de la desaparición, todavía hay quien peregrina a Hanging Rock para intentar descubrirlo. El erudito de las carcajadas es el nombre con el que se conoce al desconocido que escribió hace 400 años el Jin Ping Mei, un clásico de la literatura china a medio camino entre la sátira social y la pornografía. Por último, para los que no se asustan fácilmente, la segunda entrega de la Trilogía de la Oscuridad, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan, Oscura. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Libros y Novedades 26

La Navidad para un niño en Gales

Libros y Novedades 26

Boletín de novedades. Noviembre 2010 – 2

thomas-gales

kadare-general

miyabe-sombra

La Navidad para un niño
en Gales
,
de Dylan Thomas

El general del ejército muerto,
de Ismaíl Kadaré

La sombra del Kasha,
de Miyuki Miyabe

 

Estamos a mediados de noviembre y ya comienza a sentirse en las calles la proximidad de las fiestas navideñas. También en las librerías, porque Nórdica ha lanzado una edición bilingüe de La navidad para un niño en Gales, ilustrada por Pep Monserrat. Un hermosísimo volumen con el que recuperar uno de los mejores relatos de Dylan Thomas, más concido por su faceta de poeta. Otra historia invernal, aunque mucho menos alegre, es la que relata Ismaíl Kadaré, Premio Príncipe de Asturias 2009, en El general del ejército muerto; la oscura historia de un general italiano que viaja a Albania para recuperar los cuerpos de sus compatriotas caídos en la Segunda Guerra Mundial, veinte años atrás. Para finalizar, Miyuki Miyabe, una de las autoras más premiadas y leídas en Japón, nos traslada al oscuro mundo de las mafias niponas con La sombra del Kasha, la novela negra que está causando furor en Japón. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Entrevista a Pilar Adón

pilar adon

Entrevista a Pilar Adón

¿Le ha contado algo de esto a Elvira alguna vez? ¿Ha hablado con ella de este modo?
Gabriel Murtagh sonrió, ahora sí de una forma voluntaria, y negó con la cabeza.
¡Jamás!  Con Elvira sólo debo hablar de árboles y de flores y de la perfección de sol al atardecer.  Ella no toleraría ningún otro comentario, ningún pensamiento lúgubre.
¿Y yo sí?
Gabriel amplió su sonrisa enormemente y la mantuvo un instante.  Casi parecía feliz.
Claro.  Usted… Puede afrontar estas cosas.  Usted lee.

 

pilar adonEl anterior fragmento pertenece a uno de los relatos incluidos en El mes más cruel, de Pilar Adón, un título que no hace mucho tuve la oportunidad de leer y reseñar aquí.  Pilar ha accedido a contestar algunas preguntas para Libros y Literatura, así que vamos a tratar de conocer mejor a esta escritora madrileña.

 

Pilar, imagino que eres una gran lectora, así que, como el personaje de tu relato, podrás afrontar cualquier clase de pregunta.  Lo digo porque de árboles y flores entiendo poco…
En todo escritor ha de vivir un gran lector, y normalmente se trata de lector admirado ante lo que ve. Un lector que puede pasar horas analizando frases, barajando palabras, dejándose llevar por la musicalidad de un texto… Las palabras aisladas tienen una belleza propia, y unidas pasan a formar frases que suelen influir enormemente en el estado de ánimo de quien las lee. A veces nos olvidamos de ese inmenso poder. Por otro lado, los escritores no solemos ser, aunque a menudo se piense lo contrario, expertos en montones de temas, poseedores de una llave que explique el mundo, o incluso una parcela del mundo. La vida de un escritor es más aburrida y menos trepidante de lo que algunos creen. Pasamos mucho tiempo sentados, sin hacer otra cosa que teclear o mirar por la ventana o revolvernos en el asiento. Y casi siempre sin salir de una habitación. Ahí vivimos, y a eso dedicamos la mayor parte del día. Así que sucede con frecuencia que nuestras experiencias beben de lo que leemos. En los libros hay mundos riquísimos, seductores, un universo de ideas, un mundo elevado… Leer ordena la mente, asienta lo que consideramos que es la realidad.

Por lo que me dices, el estereotipo del escritor bohemio o del autor maniático y atormentado va cediendo ante la imagen de un profesional meticuloso y bien preparado.  Para ti escribir ¿es un impulso creativo o un trabajo que requiere más disciplina que inspiración?
Ese estereotipo del que hablas es de una naturaleza romántica que me parece muy perjudicial. Hay que tener mucho cuidado con lo que se admira en los demás, porque lo normal es que intentemos emularlo. Muchas veces, sobre todo en la juventud, cuando las formas y un posicionamiento estético pesan casi más que lo que se escribe, admiramos a unos personajes de la literatura casi mártires, con biografías trágicas y finales generalmente espantosos (suicidios, alcoholismo, locura…), que escribieron a pesar de esas tendencias, y no gracias a ellas. Pero en ciertos momentos resulta difícil distinguir la locura o la marginalidad del genio, y se opina que hay que sufrir lo primero para disfrutar de lo segundo, sin advertir que lo primero es paralizante, doloroso y, con frecuencia, estéril. En realidad, escribir no tiene mucho que ver con ese estereotipo, aunque tampoco con la pretendida imagen funcionarial del escritor que trabaja de nueve a cinco, sin implicarse. Por lo general, la labor creativa no es una opción, sino una necesidad de expresar algo desde una perspectiva personal y diferenciada. A partir de ahí, hay que saber combinar la magia y el espanto con la profesionalidad y el control.

 

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Libros y Novedades 25

rivas-silencio

Libros y Novedades 25

Boletín de novedades. Noviembre 2010 – 1

rivas-silencio

vonnegut-pajarito

camilleri-guardabarrera

Todo es silencio,
de Manuel Rivas

Mire al pajarito,
de Kurt Vonnegut

El guardabarrera,
de Andrea Camilleri

 

La última obra de Manuel Rivas es una novela negra que relata cómo los círculos del crimen rodean y corrompen, no siempre con éxito, el extraño duende de la condición humana. Todo es silencio nos traslada a la costa atlántica, en un tiempo en que las redes del contrabando, reconvertidas al narcotráfico, llegaron a controlarlo todo. El equipo de Libros y Literatura también quiere destacar esta semana la edición de Mire al pajarito, una antología que reúne los cuentos de todo un icono de la contracultura, el incorregible Kurt Vonnegut. Para terminar, os recomendamos El guardabarrera, de Andrea Camilleri; la historia de una pareja modesta y sencilla, capaces de disfrutar de lo poco que tienen y, sobre todo, de la ilusión del hijo que está en camino. Pero es 1942 y la violencia es un torbellino vertiginoso que los engulle. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Primeras páginas: Todo es silencio

todo es silencio

 

todo es silencio

 

 El silencio amigo

  

I 

 

La boca no es para hablar. Es para callar.

Era un dicho de Mariscal que su padre repetía como una letanía y que Víctor Rumbo, Brinco, recordó cuando el otro muchacho, aterrado, vio lo que había en el raro envoltorio que él había sacado del cesto de pescador y preguntó lo que no tenía que preguntar.

—¿Y eso qué es? ¿Qué vas a hacer?

—Tienen boca y no hablan —respondió lacónico.

La marea estaba baja o pensando en subir, en una calma atónita y destellante que allí resultaba extraña. Estaban los dos, Brinco y Fins, en las rocas próximas al rompiente, al pie del faro del cabo de Cons, y no muy lejos de las cruces de piedra que recuerdan a náufragos y pescadores muertos.

En el cielo, teniendo como epicentro la linterna del faro, las gaviotas picoteaban el silencio. Había un saber burlón en aquella alerta de las aves del mar. Un cuchicheo de forajidos. Se alejaban para luego retornar más cercanas, en círculos cada vez más insolentes. Se tomaban esa confianza, compartiendo con jactancia un secreto que el resto de la existencia prefería ignorar. Brinco miró de soslayo, divertido con el escándalo de las aves del mar. Sabía que él era la causa de la excitación. Que estaban al acecho.

Que esperaban la señal decisiva.

—Mi padre sabe el nombre de todas estas piedras —dijo Fins, intentando desatarse del curso de las cosas—.

Las que se ven y las que no se ven.

Brinco ya había aprendido a tener desdén. Le gustaba ese sabor de las frases urticantes en el paladar.

 

 

—Las piedras no son más que piedras.

Brinco empuñó el cartucho de dinamita, ya montado con la mecha. Con el estilo de quien sabe cómo se usan.

—Tu padre será un lobo de mar, no lo niego. Pero vas a ver cómo se pesca de verdad.

Prendió al fin la mecha del cartucho. Tuvo la sangre fría de sostenerlo un instante en alto, ante la mirada espantada de Fins. Lo arrojó luego con fuerza, con entrenada destreza, por encima de las cruces de piedra. Al poco, se oyó el retumbe del estallido en el mar.

Ellos esperaban. Las gaviotas se agitaban más, en jauría voladora, con un chillar cómplice, jaleando cada salto de Brinco en las rocas. Fins tiene la mirada clavada en el mar.

—Ahora va a ser una marca de miedo.

—¿El qué?

—Los peces no vuelven. Donde estalla la dinamita,

no vuelven.

—¿Por qué? ¿Porque lo dice tu padre?

—Eso se sabe. Es el esquilme.

—Sí, hombre, sí —se burló Brinco.

En el Ultramar había oído conversaciones parecidas y sabía la respuesta para acallarlas: «¡Ahora va a resultar que los peces tienen memoria!».

Se sonrió de repente. Una fuerza puede con otra en el interior y es la que articula la sonrisa. Lo que le vino a la boca fue una sentencia de Mariscal. Una de esas frases que otorgan un triunfo, mientras Fins Malpica está cada vez más intimidado en la espera, callado y pálido como un penitente. El hijo del Palo de la Santa Cruz.

—Si eres pobre mucho tiempo —dijo Brinco con la medida contundencia—, acabas cagando blanco como las gaviotas.

Sabe que con cada sentencia de Mariscal queda el campo despejado. No fallan. Le fastidia, por otra parte, tener esa fuente de inspiración. Pero le ocurre algo curioso con el lenguaje de Mariscal. Aunque quiera evitarlo, le viene a la boca, se apodera de él. Como ponerle el rabo a las cerezas. Ésa es otra. Otra frase que se enganchó. No falla.

Brinco y Fins se sentaron en una roca y metieron los pies descalzos en una poza de agua, de las que deja la bajamar. En aquella pecera, la única vida visible era el jardín de las anémonas. Jugaron a acercar los dedos de los pies. Ese simple movimiento provocaba que la falsaria floración agitase sus tentáculos.

—Las muy putas —dijo Brinco—. Simulan ser flores y son sanguijuelas.

—La boca es también el culo —dijo Fins—. En las anémonas es el mismo agujero.

El otro lo miró incrédulo. Iba a soltar una bravata.

Pero se lo pensó mejor y calló. Fins Malpica sabía mucho más que él de peces y animales. Y del resto. Por lo menos en la escuela. Así que lo que hizo Brinco fue agacharse, pillar algo en la poza y llevárselo a la boca. La cerró y mantuvo la cara inflada como un bofe. Al abrirla, sacó la lengua con un pequeño cangrejo vivo.

—¿Cuánto tiempo puedes aguantar sin respirar?

—No sé. Media hora o así.

Fins quedó pensativo. Sonrió para dentro. Con Brinco ése es el juego, hay que dejarse ganar para que esté a gusto. Hacerse el tonto.

—¿Media hora? —dijo Fins—. ¡Qué mierda!

Era la primera vez que se reían juntos desde que llegaron al cabo de Cons. Brinco se levantó y escudriñó el mar. Con ese movimiento, ese gesto de poner la mano de visera, en el cielo se intensificó el bullicio. Un chillido torvo picoteó la atmósfera en su punto más débil. Entre espumarajos, como hervidos por el mar, aparecieron los primeros peces muertos. Brinco se apresuró a capturarlos con el salabardo. Traían la tripa reventada. En la palma entristecida de la mano, contrastaban más el fulgir plateado de la piel y la sangre de las gallas abiertas.

—¿Ves? ¿Es o no un milagro?

 

 

II

 

 

Él era el hijo de Jesucristo. El hijo de Lucho Malpica. Decían: es el hijo de Lucho. O: es el hijo de Amparo. Pero era más conocido por el padre. Porque el padre, entre otras cosas, llevaba ya varios años haciendo de Cristo el día de la Pasión, el Viernes Santo. Cuando era más joven había hecho de soldado romano. Incluso llevó el látigo para azotar la espalda de Edmundo Sirgal, el Cristo anterior, que también era marinero. Lo que pasa es que Edmundo se marchó a las plataformas petrolíferas del Mar del Norte. Y el primer año todavía logró volver para que lo crucificasen. Pero luego hubo algún problema. La gente se va y a veces pasa eso, que de pronto se pierden las señas. Así que hacía falta un Cristo y sólo había que mirar a Lucho Malpica. Porque había otro barbas que podía hacerlo, el Moimenta, pero le sobraba un quintal de grasa. Como bien dijo el cura, Cristo, Cristo puede ser cualquiera, pero que no tenga tocino. Un buen Cristo no tiene tocino, es todo fibra. Y dieron con Lucho Malpica. Fuerte y flaco como un huso. De la misma madera que el palo de la cruz que lleva a cuestas.

—Ése es medio pagano, don Marcelo —dijo un ronchas de la cofradía.

—Como todos. Pero da un Cristo de primera. ¡Un Cristo de Zurbarán!

Malpica era un tipo inquieto. Ardía con la prisa. Y valiente, con las tripas en la mano. El hijo, Félix, Fins para nosotros, era más parecido a la madre. Más apocado. Tenía días, claro. Aquí el que más y el que menos tenemos mareas vivas y mareas muertas. Y él tenía esos días de momia, de quietismo. Ensimismado, en silencio.

El caso es que no tuteaba a su padre, pero tenía esa confianza con él. No lo tildaba de padre o de papá. Preguntaba por Lucho Malpica. El marinero, fuera de casa, era como un tercer hombre, al margen de padre e hijo. El muchacho debía proteger al hombre. Tenía que cuidar de él. Cuando lo veía llegar borracho, iba corriendo a abrir la puerta, lo guiaba por las escaleras, y lo encamaba como un clandestino, para que no hubiese lío en casa, porque la madre no soportaba aquellos naufragios. Una vez, con ocasión de los pasos del Calvario, la madre le dijo: «No le llames Lucho cuando va con la cruz». Porque para él, de pequeño, era un honor que su padre fuese el Crucificado, con la corona de espinas, el reguero de sangre en la frente, aquella barba rubia, la túnica con el cordón dorado, las sandalias. Le llamaban mucho la atención las sandalias, porque entonces no era un calzado que llevasen los hombres en Brétema. Había mujeres que sí, en verano. Una veraneante que se hospedaba con su marido en la posada Ultramar. Llevaba pintadas las uñas de los dedos. Dedos que refulgían con un esmalte de ostra. Dedos niquelados. Toda la chavalería alrededor, como quien busca monedas en el suelo. Todo por la madrileña con los dedos de los pies pintados.

Los dedos del Cristo tenían matas de pelo, las uñas como lapas, y aun con las sandalias, se doblaban para sujetarse al suelo, como cuando se ceñían a la costra aristada de las peñas. Antes de la procesión, lo llamó aparte. «Vas al Ultramar y le dices a Rumbo que te dé una botella de agua bendita.» Y él sabía de sobra que no era agua de la pila santa. No, no iba a decirle nada a la madre. Ni falta que hacía que se enterase. Ya había hecho otras veces el trabajo de Caná. Así que salió pitando para ir y volver en un santiamén. Y por el camino decidió darle un tiento. Sólo un chupito. Sólo un chisguete. Si a todos les sentaba bien, algo tendría. A él también le venía de perlas ese día levantar la paletilla. Sintió que le ardían las entrañas, pero también el reverso de los ojos. Respiró a fondo. Cuando el aire fresco fue apagando aquel incendio de las entrañas, tapó y envolvió bien la botella en el papel de estraza y apeló a los pies para llegar antes de que el padre cargase con el Palo de la Santa Cruz.

En la procesión gritó todo contento:

—¡Padre, padre!

Y la madre murmuró ahora: «Tampoco le llames padre cuando va con la cruz».

Qué bien lo hacía, qué voluntad ponía en aquella aflicción.

—¡Qué Cristo, qué verosímil! —se oyó que decía el Desterrado al doctor Fonseca. En Brétema todo el mundo tenía un segundo nombre. Algo más que un apodo. Era como llevar dos rostros, dos identidades. O tres. Porque el Desterrado era también, a veces, el Cojo. Y ambos eran el maestro, Basilio Barbeito.

Lo hacía bien, Lucho Malpica. El rostro dolorido, pero digno, con la «distancia histórica», dijo el Desterrado, la mirada de quien sabe que los que ayer adulaban mañana serán quienes más nieguen. Incluso se tambaleaba al andar.

Llevaba un peso que pesaba. Alguno de los latigazos, por el entusiasmo teatral de los verdugos, acababa doliendo de verdad. Y luego, a trechos, aquel cántico de las mujeres: «¡Perdona a tu pueblo, Señor! ¡Perdona a tu pueblo, perdónalo, Señor! ¡No estés eternamente enojado!». El Desterrado hizo notar que la escenografía celeste ayudaba. Siempre había para esa estrofa un nubarrón a mano para eclipsar el sol.

—¡Verosímil! Sólo falta que lo maten.

—¡Y qué cántico más espantoso! —dijo el doctor Fonseca—. Un pueblo acoquinado, doliente de culpa, rogando una sonrisa a Dios. Una migaja de alegría.

—Sí. Pero no se fíe. Estas cosas del pueblo llevan siempre algo de retranca —dijo el Desterrado—. Fíjese que sólo cantan las mujeres.

El Ecce Homo miró de soslayo al hijo y guiñó el ojo izquierdo. Esa imagen le quedó al niño para siempre en la cabeza. Pero también aquella expresión admirativa del maestro. Qué verosímil. Intuía lo que significaba, aunque no del todo. Tenía que ver con la verdad, pero pensó que era algo superior a la verdad. Un punto por encima de lo verdadero. Se quedó con aquella palabra para definir aquello que más lo sorprendía, que lo maravillaba, que deseaba. Cuando por fin abrazó a Leda, cuando fue capaz de dar aquel paso y salir de las islas, y avanzar hacia ella, el cuerpo aquel que venía del Mar Tenebroso, lo que pensó fue que no podía ser verdad. Tan bárbara, tan libre, tan verosímil.


 

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).

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Primeras páginas: Ru

ru

ru

 

A la gente de mi país

 

En francés, ru significa «arroyuelo» y, en sentido figurado, «flujo» (de lágrimas, de sangre, de dinero) (Le Robert historique). En vietnamita, ru significa «canción de cuna», «arrullar».

 

 

Llegué al mundo durante la ofensiva del Tet, en los primeros días del nuevo año del Mono, cuando las largas retahílas de petardos colgados ante las casas estallaban en polifonía con el sonido de las metralletas.

Vi la luz en Saigón, donde los restos de los petardos reventados en mil migajas coloreaban el suelo de rojo como pétalos de cerezo, o como la sangre de los dos millones de soldados desplegados, diseminados por las ciudades y las aldeas de un Vietnam desgarrado en dos.

Nací a la sombra de esos cielos adornados con fuegos artificiales, decorados con guirnaldas luminosas, atravesados por granadas y cohetes. Mi nacimiento tuvo la misión de reemplazar las vidas perdidas. Mi vida tenía el deber de continuar la de mi madre.

  

  

Me llamo Nguyễn An Tịnh y mi madre, Nguyễn An Tĩnh. Mi nombre es una simple variación del suyo porque sólo un punto bajo la i me diferencia de ella, me distingue de ella, me disocia de ella. Yo era una extensión de ella, incluso en el sentido de mi nombre. En vietnamita, el suyo significa «entorno apacible», y el mío, «interior apacible». Con esos nombres casi intercambiables, mi madre confirmaba que yo era una continuación suya, que proseguiría su historia. La historia del Vietnam, la que se escribe con H mayúscula, desbarató los planes de mi madre. Arrojó al agua los acentos de nuestros nombres cuando nos hizo atravesar el golfo de Siam, hace de ello treinta años. También despojó nuestros nombres de sentido, reduciéndolos a sonidos, a la vez ajenos y extraños, en lengua francesa. Acabó rompiendo, sobre todo, mi papel de prolongación natural de mi madre cuando cumplí los diez años.

 

 

Gracias al exilio, mis hijos nunca fueron prolongaciones de mí misma, de mi historia. Se llaman Pascal y Henri y no se parecen a mí. Tienen el pelo claro, la piel blanca y las pestañas espesas. No experimenté el sentimiento natural de la maternidad que yo esperaba cuando estaban agarrados a mis pechos en plena noche, a las tres de la madrugada. El instinto maternal me llegó mucho más tarde, al hilo de las noches en blanco, de los pañales manchados, de las sonrisas gratuitas, de los súbitos júbilos.

Sólo en aquel momento capté el amor de esa madre sentada ante mí en la cala de nuestro barco, llevando en sus brazos un bebé cuya cabeza estaba cubierta de hediondas costras de sarna. Tuve esa imagen ante mis ojos durante días y tal vez noches también. La pequeña bombilla que colgaba del extremo de un hilo sostenido por un clavo oxidado difundía en la cala una débil luz, siempre la misma. Al fondo de aquel barco, el día no se distinguía ya de la noche. La constancia de aquella iluminación nos protegía de la inmensidad del mar y del cielo que nos rodeaban. La gente sentada en cubierta nos contaba que no había ya línea de demarcación entre el azul del cielo y el azul del mar. No se sabía pues si nos dirigíamos hacia el cielo o si nos hundíamos en las profundidades del agua. El paraíso y el infierno se habían enlazado en el vientre de nuestro barco. El paraíso prometía un vuelco en nuestra vida, un nuevo porvenir, una nueva historia. El infierno, en cambio, exponía nuestros miedos: miedo a los piratas, miedo a morir de hambre, miedo a intoxicarnos con las galletas empapadas en aceite de motor, miedo a carecer de agua, miedo a no poder ya ponernos en pie, miedo a tener que orinar en aquel bote rojo que pasaba de una mano a otra. Miedo a que aquella cabeza de niño sarnoso fuese contagiosa, miedo a no hollar jamás ya la tierra firme, miedo a no ver de nuevo el rostro de tus padres sentados en alguna parte, en la penumbra, entre aquellas doscientas personas.

 

 

Antes de que nuestro barco levara anclas en plena noche, en las riberas de Rạch Giá, la mayoría de pasajeros sólo temía una cosa, a los comunistas, de ahí su huida. Pero, en cuanto estuvo rodeado, cercado por un solo y uniforme horizonte azul, el miedo se transformó en un monstruo de cien rostros, que nos rompía las piernas, que nos impedía sentir el entumecimiento de nuestros músculos inmovilizados. Estábamos petrificados en el miedo, por el miedo. No cerrábamos ya los ojos cuando el pipí del pequeño con la cabeza sarnosa nos salpicaba. No nos apretábamos la nariz ante el vómito de nuestros vecinos. Estábamos entumecidos, aprisionados por los hombros de los unos, las piernas de los otros y el miedo de todos. Estábamos paralizados.

La historia de la niña que fue devorada por el mar tras haber perdido pie al caminar por la borda se propagó por el vientre oloroso del barco como un gas anestesiante, o eufórico, que transformó la única bombilla en estrella polar y las galletas empapadas con aceite de motor en galletas de mantequilla. Aquel sabor de aceite en la garganta, en la lengua, en la cabeza nos adormecía al ritmo de la nana que cantaba mi vecina.

 


Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. Código Penal).

 

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Libros y Novedades 24

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Libros y Novedades 24

Boletín de novedades. Octubre 2010 – 5

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guenassia-club

thuy-ru

Lo que me queda por vivir,
de Elvira Lindo

El club de los
optimistas incorregibles
,
de Jean-Michel Guenassia

Ru,
de Kim Thúy

 

Esta semana el equipo de Libros y Literatura ha seleccionado tres novelas de entre los lanzamientos editoriales más recientes. La última obra de Elvira Lindo, titulada Lo que me queda por vivir, es la historia de un viaje interior, el de una mujer que se enfrenta a la juventud y a la maternidad mientras intenta hacerse un lugar en la vida, en una ciudad y en una época -el Madrid de los 80- de tiempo acelerado. En cambio El club de los optimistas nos lleva al París de finales de los 50, para conocer de la mano de Jean-Michel Guenassia a un grupo de exiliados, hombres que dejaron atrás sus amores y a su familia, traicionaron sus ideales y todo cuanto eran. Y terminaremos nuestro viaje en Saigón con Ru, de Kim Thúy, una sugerente historia en la que una mujer repasa los recuerdos de su vida. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Libros y Novedades 23

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Libros y Novedades 23

Boletín de novedades. Octubre 2010 – 4

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smith-discurso

Cuadernos 2000-2009
(Premino Nacional
de Poesía 2010)
,
de José María Millares Sall

La tía Mame,
de Patrick Dennis

El discurso secreto,
de Tom Rob Smith

 

Esta semana el equipo de Libros y Literatura te trae una propuesta diferente: la última antología poética de José María Millares Sall, reunida en sus Cuadernos 2000-2009, por los que obtuvo póstumamente el Premio Nacional de Poesía. Su obra poética, entre el existencialismo y el surrealismo, es una de las más importantes del siglo XX, Cambiando de registro, Acantilado recupera un divertido clásico de la literatura norteamericana: La tía Mame, de Patrick Dennis. Desde la más ácida crítica social hasta la comedia más hilarante, esta novela contiene todos los elementos para disfrutar de la lectura. Para terminar con las recomendaciones de esta semana, el último libro de Tom Rob Smith, autor del aclamado El niño 44, titulado El discurso secreto, una trepidante novela negra. Si estás interesado en alguno de estos títulos, te recordamos que puedes comprar libros on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, envíanos un comentario.

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Libros y Novedades 22

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Libros y Novedades 22

Boletín de novedades. Octubre 2010 – 3

millas-hombrecillos

ferrero-bravas

indridason-lago

Lo que sé de los hombrecillos,
de Juan José Millás

Balada de las noches bravas,
de Jesús Ferrero

El hombre del lago,
de Arnaldur Indridason

 

Esta semana, el equipo de Libros y Literatura os invita a echar a volar la imaginación de la mano de Juan José Millás: ¿qué pasaría si un doble tuyo de tamaño microscópico hiciera realidad tus deseos más inconfesables? Este es el punto de partida de Lo que sé de los hombrecillos, la última novela de Millás.  Además, en Balada de las noches bravas, Jesús Ferrero nos habla de una pasión que aspira a superar lo concebible, que sobrevuela traiciones y que resurge una y otra vez de sus propias cenizas. Por último, lo más reciente en novela negra escandinava con El hombre del lago, de Arnaldur Indridason, en la que al inspector Erlendur se enfrentará a un crimen cometido muchos años atrás. Una historia policíaca profunda, poética y conmovedora. Si te interesa alguno de estos títulos puedes comprar libros online haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, escríbenos un comentario.

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Libros y Novedades 21

follett-gigantes

Libros y Novedades 21

Boletín de novedades. Octubre 2010 – 2

follett-gigantes

calderon-paciente

diez-azul

La caída de los gigantes,
de Ken Follett

El último paciente
del doctor Wilson
,
de Reyes Calderón

Azul serenidad
o la muerte de
los seres queridos
,
de Luis Mateo Díez

 

Esta semana nos hacemos eco de uno de los lanzamientos más esperados de los últimos tiempos: La caída de los gigantes, la más reciente novela de Ken Follett, con la que el autor de Los pilares de la Tierra inicia una nueva saga centrada en los grandes acontecimientos que convulsionaron el mundo en las primeras décadas del siglo XX. Una gran novela que narra la historia de cinco familias de diferentes países con el trasfondo de la I Guerra Mundial, la Revolución Rusa y los profundos cambios sociales que éstas conllevaron. También recomendamos, de entre el resto de las novedades editoriales de la semana, El último paciente del doctor Wilson, una adictiva novela negra de la mano de la escritora Reyes Calderón y Azul serenidad, una obra autobiográfica de Luis Mateo Díez en la que el autor narra, desde la inmediatez de unas muertes familiares, la difícil disyuntiva de la imposibilidad de entender la muerte y la necesidad de comprenderla. Si te interesa alguno de estos títulos puedes comprarlo on line haciendo clic sobre la portada o el enlace. Si prefieres que lo reseñemos en Libros y Literatura, escríbenos un comentario.

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Libros y Novedades 20

Las batallas perdidas

Libros y Novedades 20

Boletín de novedades. Octubre 2010 – 1

welty-batallas

berman-mujer

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Las batallas perdidas,
de Eudora Welty

La mujer que buceó dentro
del corazón del mundo
,
de Sabina Berman

El poder: un nuevo
análisis social
,
de Bertrand Russell

 

Tras la excelente acogida de La hija del optimista, de Eudora Welty, la editorial Impedimenta vuele a recuperar «una de las voces más originales, sutiles y mágicas en el conjunto de la prosa americana» con Las batalla perdidas. Una reunión familiar nos traslada a un sur lleno de reminiscencias faulknerianas para disfrutar de la obra más ambiciosa y aclamada de Welty. Además, esta semana el equipo de Libros y Literatura destaca La mujer que buceó dentro del corazón del mundo, de Sabina Berman; el relato en el que Karen, más lúcida que muchos de los que la rodean a pesar de que desde niña se le diagnosticó un tipo de autismo funcional, reivindica la intuición y los sentidos frente a la razón y, en definitiva, el derecho a ser diferente. Por último, cerramos las recomendaciones de la semana con un ensayo del influyente pensador británico Bertrand Russell titulado El poder, en el que analiza uno de los temas esenciales de la civilización humana.

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