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Aquí vivió: Historia de un desahucio, de Isaac Rosa y Cristina Bueno

Aquí vivió historia de un desahucio

Aquí vivió historia de un desahucio¡Sí se puede! Habéis vivido por encima de vuestras posibilidades. ¡Este desahucio lo vamos a parar! ¿Burbuja inmobiliaria? Eso no existe. ¡Dación en pago! Sí, no se preocupe, todo irá bien, firme aquí. ¡No nos mires: Únete! Alquilar es tirar el dinero. ¡Ni gente sin casa, ni casas sin gente! Yo no tengo la culpa, solo hago mi trabajo. ¡No es una crisis, es una estafa! A nadie se le obligó a firmar. ¡Sí se puede! ¡Sí se puede! ¡Sí se puede!

Los has escuchado. Lemas de los que han perdido el miedo. Gritos valientes en busca de justicia. Gargantas que vomitan signos de exclamación contra coletillas simplonas susurradas por patanes o mentiras desalmadas proclamadas por embaucadores. También los has visto. La lucha atroz, las amargas lágrimas de la derrota y las victorias esplendorosas. Pero cada vez se ven menos porque todo está volviendo a su cauce. ¿Verdad? Ellos lo dicen, lo repiten, retorciendo las palabras con esa lengua que emponzoña el lenguaje y que persuade al que quiere ser persuadido mientras barren lo incomodo bajo la alfombra de la invisibilidad. Pero que algo no sea mostrado no significa que haya dejado de existir. Todavía hay desahucios; todavía hay personas que se quedan sin casa. Afortunadamente hay gente que habla de ellos. Hay voces que no pueden ser silenciadas.

Aquí vivió: Historia de un desahucio, es una de esas voces. Un Pepito Grillo en forma de novela gráfica. La voz de una conciencia social de la cual parecen quedar solo brasas pero que realmente aún arde como una pira. Esa voz, la guía de los lectores, la que contagia empatía, es Alicia. Ella es una adolescente que debe enfrentarse a todos los sentimientos que se arremolinan en el estómago debido a la separación de sus padres. Por si esto no fuera suficiente descubrirá a través de un diario que el piso en el que ahora reside junto a su madre perteneció anteriormente a una familia que fue desahuciada. A través del diario, de los testimonios de los vecinos y conocidos y de los integrantes de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Alicia irá zambulléndose en una realidad, de la que pensaba no tenía nada que ver, de consecuencias desproporcionadas y de actos solidarios.

La imaginación es la forma más barata de vivir otras vidas y no tiene consecuencias. No haces daño a nadie” pontifica el padre de Alicia al tener una charla sobre el diario que ésta ha encontrado. Actos y consecuencias, de eso va Aquí vivió: Historia de un desahucio. Actos reales e implicación, que a diferencia de los imaginarios nunca son inocuos. Pero el que realmente habla a través de ese hombre de gafas con montura redonda y rostro afable es Isaac Rosa, renombrado escritor que ahora ha decidido probar suerte como guionista de cómics. Y lo ha hecho como consorte artístico de Cristina Bueno. ¡Vaya pareja! Si el primero erige una historia indudablemente dramática pero sobre cimientos de esperanza, Cristina Bueno no se queda atrás e ilustra con dibujos de aspecto ingenuo, nada pretenciosos y de trazo cercano al boceto, entrañables ancianas con cientos de arruguitas y enormes orejotas, adultos de variado aspecto pero dignos en su pose y fantasmas de un pasado cercano y sombrío. Si Isaac Rosa nos habla de la gran estafa argumentando a través del típico director de banco cuenta cuentos, Cristina Bueno empapela la sede de posters engañosos que hablan de hipotecas fáciles de saldar o la atiborra de manifestantes en busca de honestidad. Rosa pone voz a adolescentes con historias que se entrelazan o habla de casa ocupadas; Bueno dibuja emotividad o culpabilidad, transforma manchas de humedad en historias y croquis de pisos sin habitar en planos cenitales donde habita el calor humano. Rosa habla de suicidios, brutalidad policial o niños que lloran; Bueno lo muestra. Podría parecer una batalla por ver quién cuenta más. ¿Bueno o Rosa? Solo que no lo es. Es una cooperación de talentos por mostrar la cara oculta de una tragedia. Rosa y Bueno. No es una batalla. ¡Es sinergia!

Aquí vivió: Historia de un desahucio, es una historia grande constituida por otras más pequeñas, todas con alta carga emocional (asegurado el nudo en la garganta, un enorme y jodidamente áspero nudo marinero que cuando intentas tragarlo es inevitable que se te salte alguna lagrimilla). En el cómic tienen cabida divertidos recuerdos de infancia, supervivencia de posguerra, absurdas pero ocurrentes leyendas urbanas y hasta algún elemento fantástico; en conjunto todo encaja a la perfección, como un puzle de suaves azules, ligeros verdes, hoscos grises y blancos lustrosos; los únicos colores que Cristina Bueno necesita. El cuadro final es revelador, angustioso, pero siempre ilusionante. Además pone de manifiesto que todos, de una forma u otra, por lo que hacemos o dejamos de hacer, estamos implicados en el tema de los desahucios.

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Almóndigas del espacio, de Craig Thompson

almondigas del espacio

A vecesalmondigas del espacio viajo sin moverme del sitio. Una rebanada de pan, un chorrito de aceite y un trozo de chocolate, forman un vínculo capaz de conjugar tardes soleadas en las que las incógnitas de un futuro incierto me importaban un bledo. Vuelvo a viajar. Un fresquito vaso de leche es el carburante que me catapulta a veranos de colegios desiertos y de aventuras imaginarias por el parque junto a mis amigos. O los dibujos animados, que ahora emiten a todas horas, me recuerdan los madrugones del fin de semana para apoderarme de la única televisión de la casa. ¡Ay la morriña, cómo duele! Por fortuna ese niño aún vive dentro de mí y en ocasiones sale a corretear. Es como un Mr. Hyde, pero inofensivo, jovial, impulsivo y alocado, que se manifiesta después de que un olor, sabor o sensación, convertidos en el suculento cebo para atraer recuerdos de infancia, me envíe a un estado pueril tras capturar a uno. El sabor del algodón de azúcar, esa fugaz sensación de que montar en bicicleta forma parte de un juego más que de un deporte, las viejas fotografías de un pueblo que hace tiempo que no piso o el olor a papel repleto de aventuras de las almóndigas. ¡Sí, almóndigas! Pero no unas almóndigas cualquiera. Almóndigas del espacio de Craig Thompson, por supuesto.

Craig Thompson tiene un poder de sugestión y ejerce sus habilidades a través del papel. Con Blankets (obra de arte con mayúsculas) probé las virtudes del amor y sufrí por el desamor. En Adiós, Chunky Rice me mostró que no hay límites si existe amistad. Habibi me conmovió mediante el afán de supervivencia. Y ahora Almóndigas del espacio, un cómic que a todas luces podría parecer más enfocado a un público infantil. Y sí, por supuesto que un niño podrá leerlo, pues es una historia cándida que se puede disfrutar a diferentes niveles. Pero es una lástima que algunos vayan a descartar esta lectura, este viaje épico, por esas estúpidas ideas preconcebidas de que un adulto solo debe hurgar entre las cosas exclusivamente para adultos.

En Almóndigas del espacio se narra el periplo de Violet por encontrar a su padre. Hasta hace poco su vida era apacible y la única preocupación que la familia tenía era la búsqueda de un nuevo colegio, pues el suyo fue devorado por ballenas espaciales. Emm… sí; ballenas que surcan las galaxias y que de tanto en tanto se zampan cosas. La ocurrencia y lo absurdo dándose la mano. El inicio es algo lento y se mueve a la misma velocidad que lo haría una estrella fugaz a través de una balsa de miel. Este farragoso previo no es más que una muestra de la importancia que da Craig Thompson a los personajes, pues es ahí donde nos presenta con detalle a cada uno de ellos: cómo son, sus inquietudes y sus principios morales. Gracias a ello, a ese tramo que pensasteis que era un rollazo, luego entenderéis las motivaciones y decisiones de cada uno.

Este cómic puede que no sea tan “serio” como otras obras de Craig Thompson. Tal vez tenga semejanzas con Adiós, Chunky Rice, en donde la amistad más férrea era el motor que daba impulso a toda la historia. Pero a diferencia de las aventuras de la pequeña tortuga, Almóndigas del espacio es menos melancólica y oscura. Ayuda mucho el que sea la primera obra del autor en color. Un color bello, con una paleta infinita que convierte ilustraciones en dibujos animados, y en donde Dave Stewart (titán, artista y amo del color) pinta humanos de pieles rosadas, extraterrestres de tonalidades variopintas, estructuras de frío matiz metálico y galaxias repletas de estrellas. ¡Maldito Big Bang, Dave Stewart debería haber coloreado el universo y no tú!

¿El dibujo? Excelente. El autor nos deleita la vista con diseños de innumerables personajes inverosímiles. Además por las páginas se mueven toda clase de artilugios: cachivaches que recuerdan a barcos de pesca, naves nodrizas con la forma de animales que encontrarías en una mariscada, hamburguesas voladoras, automóviles con caparazón y hasta bolas que no recuerdan a nada pero que molan mucho. Craig Thompson transita de forma grácil entre las grandes viñetas y las gigantescas viñetas recargadas de detalles, y de ahí a las splash pages (en muchas ocasiones a doble página) donde abunda el universo, la basura espacial, las metáforas sobre la vida y las ballenas.

No solo el drama y la aventura están presentes en este cómic, el humor también tiene sus momentos y éstos vienen de la mano de los dos extraños y alienígenas niños que acompañan a Violet en su misión de rescate. Por un lado está Zaqueo (un bicho de color anaranjado y con una morfología corporal similar a una mandarina): impulsivo, valiente pero algo pendenciero. “¡Para ya con tus lecciones de historia de sabelotodo!” Elliot, en cambio, es un pollo (perteneciente a una raza de aves de corral que evolucionaron gracias a la manipulación hormonal) bastante sabihondo, extremadamente miedoso, algo repipi y propenso a sufrir inoportunos ataques de ansiedad. “Mis cálculos son más sofisticados que los tuyos”. Y así a todas horas. Pero a pesar de que siempre andan a la greña, debido sobre todo a lo opuestos que son, deberán trabajar juntos y vencer sus miedos, como lo hicieran el famoso cuarteto protagonista de El mago de Oz, por el bien de su amiga.

En Almóndigas del espacio Craig Thompson no solo difunde un bello mensaje de amor (entre amigos, dentro del entorno familiar y hacia a los más desfavorecidos) sino que además, maquillada de fábula dulzona, nos deja un agudo relato sobre ecología y la importancia vital de cuidar el medio ambiente. Pero sobretodo, y especialmente, nos hace viajar sin movernos del sitio. Nos traslada de nuevo a nuestra infancia, en la que abundaban las golosinas, los pensamientos puros que se originaban en el corazón sin necesidad de cruzar el peaje del frío y calculador cerebro, las rodillas llenas de arañazos debido a las caídas en bicicleta y las aventuras imaginarias junto a tus inseparables amigos tejidas con el hilo de la fantasía.

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El atlas de las nubes, de David Mitchell

el atlas de las nubes

el atlas de las nubes¿Te has parado a pensar en que todo lo que haces, todas esas acciones que llevas a cabo de forma casi inconsciente, como un acto reflejo, repercuten en la vida de los demás de tal forma que es posible que sean esa minúscula chispa que con el paso de los años pueda llegar a crecer e inflamar conciencias hasta incluso llegar a cambiar el curso de la historia? Unas palabras de ánimo para aquel que su día amaneció gris. Un reproche injustificado. Un inesperado y cálido abrazo. Una sonrisa sincera. Unas palabras que rezuman bilis sin venir a cuento. Tender una mano al necesitado. Una sugerente pieza musical ejecutada con habilidad. Responder con el más flagrante desprecio al que busca refugio. La lectura de un libro inspirador en el momento adecuado. Un acto de amor o un arrebato de odio. “Todo está conectado” ¿Y si nuestra mera existencia solo fuera un insignificante pero valioso grano de arena que forma parte de una duna y esta a su vez es la pequeña porción de un inimaginable y gigantesco desierto? ¿Podría esta reseña, con este preámbulo de tintes New Age, llegar a ser el texto principal de unos panfletos propagandísticos que sembraran la semilla de una revolución? Pésima hipérbole a modo de ejemplo pero, a decir verdad, cosas más raras se han visto.

Y hablando de rarezas: ¿es raro que el Sant Jordi pasado, y sobretodo porque me atrajo la portada (¡oh sí, podéis tildarme de superficial!), me comprara Relojes de Hueso y tras terminarlo me pareciera uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo y por ello decidiera que, por todo los medios, aunque fuera de forma desordenada, tenía que leer todas las obras de aquel autor británico capaz de atrapar al lector con su metamórfica prosa? Debo confesar, querido lector, que con literatura de por medio mi obsesión compulsiva parece hasta beneficiosa; o como dice el refrán: sarna con gusto no pica. Sarnoso perdido. Pero sí que hay algo que me pica, y es la curiosidad de saber si David Mitchell padece algún tipo de desorden de personalidad múltiple. No logro encontrar otra explicación satisfactoria a esa capacidad sobrehumana que le lleva a escribir y a imaginar como si de seis personas diferentes se tratara. Porque El atlas de las nubes, la obra de la que hoy quiero hablarte querido lector, son seis libros diferentes que se entrecruzan. Seis géneros literarios. Seis viajes que te cambian. “No hay viaje que no te cambie un poco”. Seis protagonistas, separados por el tiempo, que descubrirán que sus vidas, que los gestos que llevan a cabo, son consecuencia de lo que previamente hicieron otros y que los suyos propios, y sin que ellos si quiera lleguen a sospecharlo, marcarán de alguna forma transcendental las siguientes generaciones.

¿No es magnífico pues, pagar por un libro y llevarse seis? Una historia de historias. ¡El vademécum de la ficción! No me odiéis por mi emoción algo sobreactuada, pero, y repito por si no ha quedado claro: en estos tiempos de crisis indefinida, ¿no es magnífico pagar por un libro y llevarse seis? Seis existencias que se cruzan sutilmente, pero fácil de percibir cuando llega el momento, a lo largo de eones y que comienzan con las prometedoras aventuras, en formato diario, de un notario a bordo de un navío en el siglo XIX. Seguidamente David Mitchell nos sumerge en la dura, bella y emotivamente desgarradora vida, narrada en epístolas, de un joven compositor arruinado. ¡Música maestro! Este tramo no se lee, se escucha con deleite. De aquí saltaremos a los años setenta y a un electrizante thriller político de ritmo vertiginoso, y antes de que podamos recobrar el aliento estaremos llenando el silencio de carcajadas con la divertida (humor inteligente y corrosivo) parte en la que un editor de libros, de nombre Timothy Cavendish, se las tiene que ver con un puñado de gente bastante indeseable. ¡Pero aún hay más lector! Faltan las dos historias de ciencia ficción: la que habla de un mundo distópico al más puro estilo Un mundo feliz de Aldous Huxley y la que finalmente nos lleva a un lugar post apocalíptico en el que primitivas microsociedades intentan evitar el esclavismo al que otros congéneres les quieren abocar. Y luego salto hacia atrás con tirabuzón y vuelta a empezar.

Y es que David Mitchell (¡qué envidia, qué forma magistral de narrar! No es peloteo, es admiración, ¡carajo!) lleva las seis historias de El atlas de las nubes al punto álgido, al cliffhanger que deja sin aliento, que obliga a roer uñas y que magnifica la curiosidad del lector. Luego, como una montaña rusa que ha ascendido seis cuestas a la vez, se lanza a descenderlas a toda pastilla, haciendo un estudiadísimo cambio de vías en pleno descenso, para saltar así a otra historia y dejarte asombrado y sin aliento. Y todo este recurso narrativo “condensado” en casi 700 páginas sirve para mostrarnos que la tiranía de aquel que ejerce el poder siempre pervivirá. Pero de igual forma lo hacen el amor, el coraje y la amistad, además de la insaciable búsqueda de la verdad y la sed de conocimiento, ascuas imposibles de extinguir que son el germen de las rebeliones que buscan un mundo justo, libre e igualitario.

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La senda del corredor, de Adharanand Finn

la senda del corredor

la senda del corredorZancadas que le ganan la carrera a esos quilos de más. Grasa que merma de forma gradual. Corazón que bombea sangre oxigenada. Cuádriceps, abductores y gemelos que se tensan y endurecen para dejar atrás el contemporáneo monstruo del estrés nacido de las entrañas de un trabajo demasiado absorbente. Zancada corta, frecuencia alta. Mejora de la técnica para evitar lesiones. La frente perlada de sudor, las zapatillas cargadas de kilómetros, los pulmones susurrando y el polvo del camino ocultando tus huellas, es lo último que ve esa ansiedad de tomarse la vida muy a pecho antes de que le des esquinazo. Sigue corriendo. Sigue añadiéndole kilómetros a tus piernas. Supera los miedos, completa carreras, lucha contra el cronómetro, alcanza retos… ¿Y luego qué? ¿Por qué seguimos corriendo? ¿Por qué continuamos madrugando para trotar haga frío o calor, nieve o truene? ¿Por qué ropajes de colores estridentes y fosforito? ¿Por qué si ayer recorriste ese camino irregular abarrotado de piedras, raíces y nubes de mosquitos que vuelan hasta tu garganta hoy decides que es una buena idea calcar tus pasos, pero con más rapidez? ¿Por qué decides, insensato, que un agosto a las once de la mañana es un momento espléndido para empezar una media maratón? Subir más de 600 escaleras corriendo, ¿por qué? En definitiva: ¿por qué corremos?

Adharanand Finn se hizo esta última pregunta, la repitió en su obsesiva mente de corredor y por si fuera poco, y antes de alcanzar la respuesta, añadió otra: ¿cómo podemos correr de una forma mucho más eficiente?
Los japoneses parecían tener algunas repuestas.

Adharanand Finn, autor de La senda del corredor. Un viaje al mítico mundo del running japonés, y zalamero engatusador como pocos, consiguió convencer a su familia (mujer y tres hijas) para que le acompañaran a Japón (14.000 kilómetros por tierra más un paseíto en barco; ahí es nada) en su búsqueda obsesiva de la excelencia en la disciplina del running. Allí el autor se embarcó en una misión harto complicada de conseguir entrar a formar parte de un equipo de corredores de ekiden, llamadas así las carreras de relevos muy célebres en el país nipón. Y por si fuera poco, y ya como suculento postre, poder también escarbar en los misteriosos entresijos que rodean a los místicos monjes corredores capaces de meterse entre pecho y espalda, y según cuentan las leyendas y los ancianos del lugar, mil maratones en mil días para alcanzar ese punto en el que el hombre y el universo son un todo. “Cuando eres nada, entonces algo surge para llenar el espacio”.

No corredor, aquel que prefiere andar rápido, ¡no huyas aún! La senda del corredor es mucho más que únicamente un libro sobre ese deporte que ahora está tan de moda. ¿Qué tal una guía de viajes? A todos nos gusta viajar, aunque ese viaje se haga a través de un libro. ¿Y qué libro no es un viaje? Además Japón es digno de ser visitado y estudiado a conciencia. Una cultura tan opuesta a la nuestra, tan rica en costumbres, tan imprescindiblemente educada y en ocasiones tan obcecada en caducas costumbres milenarias. Templos budistas que emanan zen, gastronomía con base de arroz y pescado, ciudades de asfalto con raudos transportes, hoteles cápsula que alojan oficinistas durmientes, señores respetables y que visten traje pero que prefieren leer un buen manga antes que a ese literato de fama mundial; Adharanand Finn relata su aventura, en formato casi de diario, mostrando todos estos lugares y aspectos además de las dificultades que encuentran tanto él como su familia para adaptarse a un país de contrastes en los que, una y otra vez, lo moderno y lo tradicional chocan brutalmente, como si de dos locomotoras de vapor sin conductor que transitan por la misma vía se tratara. Así pues, ¡no te vayas no corredor! Descubre Japón, y sí, un poquito, bueno vale bastante, del deporte que en Japón une trabajo en equipo y compañerismo pero que por ello no acaba con el más descarnado espíritu de competición.

¿Y qué tal un poco de filosofía, un poco de reflexión (sin en ocasiones llegar a algún conocimiento) solo por el hecho de utilizar la parte analista de nuestro cerebro, solo con el placentero fin de alcanzar otro tipo de metas más espirituales? Running y filosofía; cuerpo y mente. “Correr tiene una razón de ser en el acto mismo”. La senda del corredor destila zen, filosofía de la vida. Y el autor delibera consigo mismo sobre cada paso que da en su aventura, sobre la culminación de su investigación y su peregrinaje por tierras niponas, y luego lo comparte de forma íntima con el lector.

Y tras llegar al final de este divertido e instructivo libro, ¿qué haremos? Tras descubrir la respuesta a la pregunta, ¿cómo hay que proceder? De la forma más lógica: corriendo.

El frío será bienvenido, un poco de sudor no es molestia. Seguiremos trotando por esos caminos polvorientos en los que los pájaros, desde las ramas de frondosos árboles, canturrean animándonos. El asfalto no está tan duro. Y esta media maratón bajo un sol de justicia es solo un viaje que vacía mi mente y me hace sobrevolar el camino. ¡Pues claro que seguiremos corriendo! ¿Por qué? Lee La senda del corredor.Un viaje al mítico mundo del running japonés de Adharand Finn, no tiene todas las respuestas (¡cómo si alguien las tuviera!), pero tiene algunas que resultan indiscutiblemente reveladoras. Y luego ponte unas zapatillas…

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El olmo del Cáucaso, de Jiro Taniguchi y Ryuichiro Utsumi

El olmo del Cáucaso

El olmo del CáucasoMira tu mano. ¿Qué ves?
Ante ti tienes pura ingeniería. El instrumento mejor diseñado por la naturaleza. Pequeños huesos, músculos y ligamentos que junto a sus 29 articulaciones son capaces de hacer que la mano genere todo tipo de movimientos, revelando así, en algunas ocasiones, más sentimientos que el propio rostro humano. Lo cual no es difícil si eres Sylvester Stallone. La mano es un mecanismo tan complejo como extraordinario, capaz de manipular todo tipo de objetos y ofrecerte un agarre único en las situaciones más peliagudas. La mano es esa que muestra la destreza suficiente para asir un lápiz con la medida adecuada entre suavidad y firmeza con la finalidad de crear letras; de igual forma es esa que se cerraba dentro de un guante de boxeo para golpear de forma contundente, con el fin de derribar oponentes, y llevar a Muhammad Alí hasta sus 56 victorias.
Vuelve a mirar tu mano. ¿Qué ves?
Si eres dibujante posiblemente veas una pesadilla. La mano es ese objeto del mal constituido de poliedros, triángulos, óvalos y hasta circunferencias que puede conseguir arruinarte la obra de arte que ya casi tenías terminada. Solo algunos pocos elegidos son capaces de dibujar estas herramientas carnosas de cinco dedos sin que parezcan aberraciones de la naturaleza surgidas de los enfermizos relatos de Lovecraft. Jiro Taniguchi es uno de ellos. Las manos que él ilustra son bellas y atesoran la capacidad del lenguaje no verbal; hablan de saludos y susurran caricias.

Y si de manos seguimos hablando hablaré de lo lejos que queda aquella vez que en las mías cayó aquel cómic de tres tomos titulado El almanaque de mi padre. Por aquel entonces en el manga reinaban los rostros de grandes ojos y las bocas de piñón. Hombres musculados y mujeres de desproporcionados atributos sexuales protagonizaban historias de corte fantástico o de ciencia ficción, en las que la violencia campaba a sus anchas. No os estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera me estoy quejando (engullí, y sigo engullendo, ese tipo de cómics con gusto), solo evidencio un hecho de aquella época. Pero aquel manga, que contaba las vicisitudes de una familia a lo largo de los años, con un dibujo fuertemente enraizado al cómic europeo, me mostró que en lo referente al seinen (o manga para adultos) había más alternativas.
Antes de llegar hasta El olmo del Cáucaso y otras historias de Jiro Taniguchi se cruzarían en mi camino, como Barrio Lejano, Sky Hawk o Cielos radiantes. Enseñándome que este prolífico mangaka, aunque se encontraba más cómodo relatando historias costumbristas, era capaz de dibujar samuráis, indios y vaqueros que luchaban por un ideal, perros salvajes de lealtad consumada o hasta naves espaciales y paisajes post-apocalípticos, como en Crónicas de la nueva era glacial, que dejaban al lector con el culo congelado. Pero con El olmo del Cáucaso Jiro Taniguchi, que esta vez comparte tareas con el novelista Ryuichiro Utsumi, el cual se encarga del guion, vuelve a esas historias intimistas en las que pasan cosas usuales pero que gracias a ese aura casi onírica que les otorga consigue dejarte ensimismado hasta el final del relato.

El tándem funciona, y es que mientras Ryuichiro Utsumi narra historias de vidas complejas con una prosa muy cercana a la fábula, Jiro Taniguchi vuelve a confeccionar un dibujo sublime, con primeros planos de esos rostros de trazo limpio a los cuales otorga más luminosidad al difuminar el fondo o simplemente dejándolo totalmente en blanco. Y esa meticulosidad que muestra en poblar cocinas de utensilios, cuartos de estar de adornos, ciudades de vida y naturaleza de movimiento. En definitiva, dibujos en blanco y negro que son capaces de evocar colores.
Este tomo, excelentemente reeditado por Ponent Mon, se compone de ocho relatos; todos marcados por las decisiones que tomamos en la vida. Relatos repletos de pequeñas dudas existenciales o de complicadas encrucijadas que solo tras el paso de varios años sus protagonistas son capaces de dilucidar el camino a seguir. Como en El reencuentro, donde un hombre que se desentendió de su familia, y tras una grata casualidad, tiene la oportunidad de enmendar sus errores. ¡Bienvenidas sean las segundas oportunidades! O en El olmo del Cáucaso, la primera de las historias que además da nombre al compendio, donde los autores consiguieron hacerme sufrir por el destino de un árbol (¡de un puto árbol!) hasta el último momento. ¡La esperanza jamás debe perderse! O En Los alrededores del museo, donde nos muestran que las exiguas perspectivas de felicidad ante una vida que ya parece caduca se trastocan con la llegada de un inesperado amor. Oh la la, c’est l’amour! O en Atravesando el bosque, mi relato favorito (aquí donde me veis soy un blando al cual el corazoncito se le derrite ante historias protagonizadas por perros e infantes) donde el hermano mayor, que ha madurado a la fuerza y de forma injusta, intenta proteger al pequeño de ese mundo en ocasiones cruel. ¡Cuánto drama, y a su vez cuánta fe en el ser humano!

Ahora vuelve a mirarte la mano.
Manos que se tienden para ayudar: “Hiroshi agarró con fuerza la mano de Yôji y continuó andando con la boca firmemente cerrada.”
Manos que enjugan lágrimas: “Sin querer, de improviso, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas
Manos que buscan la reconciliación y manos que dan golpecitos amistosos en la espalda.
El olmo del Cáucaso es como tu mano, una obra de ingeniería que funciona a la perfección. Un conjunto de historias, trabajando todas ellas, como una maquinaria bien engrasada, con un solo propósito: conseguir hacerte reflexionar sobre las cosas que realmente importan en esta vida.

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El dios asesinado en el servicio de caballeros, de Sergio S. Morán

el dios asesinado en el servicio de caballeros

el dios asesinado en el servicio de caballeros

Seguro que la has visto.

Te encontrabas en la cumbre del Aneto y cuando ibas a coronar el pico viste el resplandor. Circulabas a la máxima velocidad permitida por la M-40 y vislumbraste el seductor destello. Realizabas esquí acuático arrastrado por la lancha que posee tu amigo, bordeando la costa de Mallorca, y unas vigorosas partículas de luz se cruzaron en tu camino.

Claro que la has visto.

Y entonces sigues esa luz. No importa en qué lugar remoto te encuentres, la sigues, como si fueras una curiosa polilla que ha quedado hechizada por una vieja bombilla de 40 vatios. Seas de donde seas, vengas de donde vengas, el destino siempre es el mismo: una librería. Y entonces, tras ponerte unas gafas de sol para evitar daños irreversibles en las retinas, compruebas que la fuente de luz resulta ser un libro: El dios asesinado en el servicio de caballeros de Sergio S. Morán. Su portada, en la cual los diseñadores no han escatimado con los colores fucsia y amarillo pollo, logra que todos los demás libros que comparten emplazamiento junto a él sean tétricos, de colores desvaídos y con un aire tan melancólico que parecen invitarte a vivir en un desdichado invierno perpetuo.

Pero no solo de colores chispeantes vive este libro. En la parte inferior de la portada hay una figura: oscura, pequeña, resoluta y con un arma humeante. Bien, acabas de conocer a la protagonista de la novela, Verónica Guerra alias Parabellum, de oficio: detective de lo paranormal. Ella bien podría haber sido el fruto de una noche loca entre Sherlock Holmes y Anita Blake; o entre Flanagan y Buffy Cazavampiros; o entre John Constantine y Jessica Fletcher. Vale, borrad esa última pareja de vuestra mente si nos queréis gastaros vuestro sueldo en visitas al psicólogo.
Detective de lo paranormal o no, para que el negocio funcione, necesita clientes. “Los vampiros necesitan sangre, los dioses que los adoren… ¡Yo necesito comer! Y en el duro mundo de los mortales para eso se necesita dinero” Por suerte para ella éstos nunca le faltan; y quienes hacen uso de los servicios que presta Parabellum acostumbran a tener, como mínimo, dos puntos en común. El primero: viven en Barcelona o alrededores (ya que es la zona de acción de la detective). El segundo: han visto cosas o seres que pensaban que solo formaban parte de leyendas, y que únicamente algunos programas de televisión, expertos en el mundo del misterio, lo desconocido y otros enseres de cocina, trataban con fingida seriedad.

“No hay que dejar de sorprenderse nunca, mi querida Verónica. Si no, el mundo sería muy aburrido” afirma en un momento de la historia uno de sus clientes. Y eso es lo que es El dios asesinado en el servicio de caballeros: una agradable (y por supuesto nada aburrida) sorpresa; además de ser la opera prima de Sergio S. Morán, y la primera aventura en la que seguiremos a la experimentada detective. En esta ocasión Parabellum se enfrentará a un caso de asesinato que pondrá patas arriba las ya tirantes relaciones entre las deidades griegas y nórdicas, además de intentar aclarar el misterio de un fantasma enamoradizo y evitando, asimismo, por todos los medios, que su novio descubra a qué se dedica realmente. Así pues, mientras discurre la aventura y se desmadeja el caso, asistiremos a un variopinto desfile de seres mágicos tales como: minotauros, fantasmas, vampiros, dioses griegos y nórdicos y hasta algún que otro deus ex machina bien camuflado de resolución narrativa; oh gran salvador de eventos peliagudos. Todo este batiburrillo, y tras haber pasado por la coctelera del autor que agita con brío mezclando géneros como humor, novela negra y fantasía, dan como resultado un libro tan divertido como desvergonzado. El cual, sea dicho de paso, no solo goza de una protagonista dura y subversiva que se hace querer, sino que también posee algunos secundarios de lujo, como Killian: el ser feérico irlandés que regenta el pub Rainbow’s Arse. Un Clurichaun (que viene a ser el primo lejano y borracho de un Leprechaun) que posee un nutrido repertorio de palabras malsonantes que reparte entre sus parroquianos a la misma velocidad que sirve las cervezas. Un granuja de corta estatura que se valdría el solo para tirar adelante la trama completa de la obra; aunque fuera a patadas.

El dios asesinado en el servicio de caballeros no solo se mueve a ritmo de novela negra que se ríe de los propios clichés del género tras previamente hacerles un corte de mangas, sino que también se desplaza por un submundo repleto de acción a raudales. Ríete tú de Michael Bay y sus explosiones de chichinabo.

Ese ritmo frenético transcurre por una siniestra Ciudad Condal, de la cual se muestra menos de lo deseado desaprovechando escenarios emblemáticos y los cuales espero, y si Sergio S. Morán se anima con más aventuras de la detective, nos descubra en próximas entregas además de revelar más sobre los inicios de Parabellum, que en esta novela ofrece apenas unas pocas, e interesantísimas, migajas.

El dios asesinado en el servicio de caballeros es un libro perfecto para disfrutar este verano haciendo esquí acuático en Mallorca; el próximo invierno tras alcanzar la cima del Aneto; o en la otra vida, en el profundo y gélido inframundo, mientras mantienes a raya a todos esos demonios, que pretenden azotarte por haber sido un humano muy malo, usando como arma la mágica luz que irradia la portada.

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El club de la lucha 2, de Chuck Palahniuk y Cameron Stewart

El-club-de-la-lucha-2Lo sé porque Tyler lo sabe.
Sabe cómo fabricar explosivos con tu desayuno. Es un artista elaborando jabón con la repugnante grasa sobrante de las liposucciones. ¡Lávate con la baja autoestima de otros! Tyler odia la vorágine obscena de consumismo que nos bombardea a diario desde la televisión y las revistas. Porque tú no eres los pantalones que te pones.

¿Por qué lo sé? Porque Tyler lo sabe.
De igual forma que sé que la primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha. Una regla que hay que incumplir si queremos más acólitos para nuestro culto. Una secta de hombres frustrados, de guiñapos andantes, de perdedores aquejados de insomnio que jamás serán estrellas del rock y que deben acostumbrarse a vivir su mísera vida de ciudadano de clase media. Pero mediante la violencia más primaria apaciguarán ese fuego opresivo que les quema las entrañas por su tan planeado fiasco de vida.

El primer puñetazo que propines quebrará tus nudillos y te mostrará el camino. La primera muela arrancada de raíz te hará libre. El tabique nasal aplastado y la sangre corriendo a borbotones por tu garganta no es más que un mensaje: el dolor solo duele y tienes que tocar fondo para poder evolucionar. Ahora estás preparado para el proyecto Estragos.
¿Por qué lo sé? Porque Tyler lo sabe.

Si todo esto te suena a chino, deslízate, sal de tu cueva y lee El club de la lucha; y luego vuelve. Si, en cambio, esa tarea ya la tachaste de tu lista de cosas pendientes antes de morir, entonces quédate, porque vamos a asistir al tan esperado, y temido, regreso de Tyler Durden, el nihilista más acérrimo de la literatura, al cual, esta vez, la palabra anarquía se le ha quedado pequeña.

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Boy 21, de Matthew Quick

Boy 21

El ser humanBoy 21o es un recipiente capaz de albergar un torbellino de sentimientos que sistemáticamente y a lo largo de los años moldearán su personalidad. Pero tal vez es en la adolescencia cuando esos sentimientos, esas sensaciones que se agolpan en el pecho y en la cabeza se tornan tan caóticas y confusas que pueden hacerte perder la razón o dejarte casi sin habla. Si a la fórmula le añadimos espinillas, una autoestima más volátil que la nitroglicerina y la necesidad, casi auto-impuesta, de relacionarse con más individuos que están pasando por la misma situación el resultado puede ser catastrófico.

Yo fui de los que se tragaba sus sentimientos aun a riesgo de atragantarse con ellos. Aún lo hago, en menor medida; pero ahora casi siempre puedo digerirlos. Esto me lleva a la certeza de que Matthew Quick, autor de la novela que hoy nos ocupa, también formaba parte del grupo de los taciturnos en su época estudiantil. A esta aseveración (revelación casi) he llegado tras leer su última novela: Boy 21. En ella nos habla de Finley, un muchacho que calla más que habla y al cual le encanta jugar al baloncesto. Su lugar de residencia, Bellmont, es esa clase de pueblo en el que a pesar de haber coches, ordenadores, móviles y todo lo que conlleva vivir en este siglo parece haber quedado estancado en el viejo oeste ya que la mafia irlandesa es la que dicta las reglas con mano férrea y no cumplirlas significa pagar las consecuencias; la mayoría de veces con intereses.
Por añadidura, en esta población, las drogas son tan habituales como las palizas y los conflictos raciales están a la orden del día. Así pues Finley, que es el único blanco en el equipo de baloncesto de su instituto, que además vive con su padre, al que apenas ve pues trabaja de noche, y con su abuelo, un tullido al que le gusta empinar el codo, no es de extrañar que no le guste charlar animadamente y que sea difícil verlo sonreír.

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