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Johnny Roqueta: 1982-1985, de Rafael Vaquer y Joan Tharrats

johnny roqueta: 1982-1985

johnny roqueta: 1982-1985Si mi memoria no me engaña fue durante un verano, cuando yo todavía no había alcanzado la adolescencia, cuando los cómics de corte adulto abordaron, de forma arrolladora, mi vida de lector. Mis primos tenían un puñado de revistas antiguas y amablemente me invitaron a meter la nariz entre sus páginas. Me sentí como si estuviera en un buffet libre destinado al entretenimiento. Creepy, una revista especializada en reunir lo mejor en historietas de terror, fue una de ellas. La otra, que aún hoy en día sigue publicándose, fue: El Jueves. Mientras que con Creepy hice un espeluznante recorrido que me llevó del terror más visceral al más sutil y clásico, con El Jueves descubrí el humor irónico, la sátira política y los chistes subiditos de tono. Creo que he salido bastante bien después de todo. Pero me centraré en ésta última revista, pues aquel revelador verano, tras hojear varios números, enseguida quedé prendado de tres historietas: Pedro Pico y Pico Vena, Makinavaja y, por supuesto, Johnny Roqueta.

Johnny Roqueta lo tenía todo para que llamara mi atención: un tío más chulo que un ocho que hablaba siempre vacilándole a la gente (jerga de rockero, ¿okay?), con un tupé de construcción impecable que coronaba su cabeza y con la exagerada elegancia de vestir siempre (incluso en verano y con cuarenta grados a la sombra) una chaqueta de cuero que le sentaba como un guante y unas camperas que lograban que pareciera un cowboy de ciudad. Por si esto fuera poco Johnny Roqueta, y como buen rockero, se paseaba por las viñetas tarareando o escuchando lo mejores temas de rock; música que justamente hacía poco que, en forma de cassettes, había empezado a ocupar gran parte de mis estanterías. La única pega de las historias de Johnny Roqueta era que se acababan. ¡Nos ha jodío! Apenas dos páginas, tres a lo sumo, sobre las aventuras de un rockero que ocupaba su tiempo fumando porros, trabajando un poco (cachondeo asegurado con Johnny ejerciendo de canguro), escuchando buena música y metiéndose en tánganas en las que estaban involucrados heavys , punks o cualquiera que hiciera un comentario negativo sobre Elvis Presley. Si es que se lo buscaban. Pero la época de esperar una semana para disfrutar de unas páginas más de mi cómic favorito ya pasó, de hecho, y durante lo que me pareció una eternidad, Johnny desapareció dejando el panorama comiquero español falto de música, buenas motos y birras… Hasta ahora, pues Johnny ha vuelto para rocanrolear y enseñarnos dónde empezó todo.

Y vuelve gracias a Dolmen Editorial que, dentro de su colección ¡Por fin es viernes!, ha publicado en una edición muy cuidada, el álbum Johnny Roqueta: 1982-1985. En dicha recopilación, y como bien puede deducirse del título, se recoge todo y de forma cronológica lo que, primero en solitario Rafael Vaquer y luego junto a Joan Tharrats, se publicó durante esos años sobre el personaje. El álbum abre con una introducción del propio Vaquer en el que además de explicarnos los entresijos del personaje, rememora alguna que otra anécdota. Y de aquí hasta la página 160 encontraremos Johnny Roqueta en estado puro. Desde los inicios del personaje (difícilmente reconocible y con un dibujo más elemental) hasta, tras pasar por una visible evolución, llegar al Johnny que siempre lleva gafas Ray-Ban Aviator (probablemente de imitación o robadas), jeans ajustados, pulsera de pinchos y espesas patillas de rockabilly. Sin duda rasgos distintivos que lo hacen inimitable. ¡Ojo! Toda historieta tiene además un pequeño anunciado a pie de página en el que se nos hace saber el año y el número de la revista El Jueves en la que apareció la historieta. Todo muy bien ordenadito, como debe ser. Por cierto, el álbum además recoge un inédito, alguna curiosidad, una caricatura de los autores realizada por Vizcarra y un puñado de páginas a todo color.

Con este Johnny Roqueta: 1982-1985, los que tuvimos la oportunidad de conocer al personaje tendremos la sensación de reencontrarnos con un viejo amigo, los que no lo conocen descubrirán al rockero más gamberro, carismático y divertido que ha parido el cómic patrio. Aun así, he de reconocer que al principio tenía un poco de miedo. ¿Estoy viviendo de nostalgia? ¿He encumbrado un personaje que ahora no estará a la altura? No sería la primera vez que me pasa. Ni de coña. Johnny Roqueta sigue (y a falta de un calificativo más culto) molando. Su pandilla sigue siendo esa que nos gustaría tener a todos. Y sus peripecias, de dudosa moralidad y de clara ilegalidad, siguen consiguiendo arrancar sonoras carcajadas, además de hacerte soltar algún que otro: “¡qué bruto!”, “¡están colgaos!” o “¡coño, eso también lo he hecho yo!”. Porque, seamos sinceros, aunque lo relatado en Johnny Roqueta podría haber pasado de moda, no lo ha hecho. Las pintas no son las mismas, pero el contexto sigue encajando: chavales intentando sacar rendimiento a un trabajo basura, ahorrando unas pelillas al colarse en el tren, robando saleros (o media cubertería) en el bar o pasando el tiempo haciendo lo que más les gusta, como escuchar música, presumir de sus cacharros, ligarse a todo lo que se mueve o bailar hasta que el cuerpo aguante.

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El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain

el eterno intermedio de Billy Lynn

el eterno intermedio de Billy LynnVende tu producto. Si lo que ofreces es lo suficientemente bueno se venderá solo. Diseño, nuevas aplicaciones, exclusividad… Te lo quitarán de las manos. Si ese artículo está enmarcado en una gama media te toca trabajar más. Crea una necesidad. El cliente precisa de tu artículo para vivir mejor. ¿Pero y si lo que aspiras a vender, y hablando claro, es una mierda? ¿Y si es un producto infumable y hasta, tal vez, perjudicial? ¿He dicho perjudicial? Quería decir mortal. Bueno, entonces entra en juego el arte de enmascarar la verdad. Una mierda cubierta de guirnaldas sobre una bandeja de plata parece menos mierda. Destaca las virtudes del producto; si es que las tiene, sino algo se nos ocurrirá. Añade también, siempre, un poco de miedo. Si no lo adquiere ya, se quedará sin él. Si no compra esa alarma, le entrarán a robar. Si no atacamos, si no nos defendemos, ellos vendrán a por nosotros, con armas de destrucción masiva, y nos despojarán de nuestras libertades. ¡Palabras mayores! Póngame un puñado de guerra, por favor. Sí, a la mayoría ya los tienes en el bote. Tras toda guerra existe un marketing. El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain, además de una novela magnífica es un gran ejemplo de ese inmoral marketing.

Pero tras El eterno intermedio de Billy Lynn hay mucho más que una divertida sátira sobre el arte de vender una guerra, pues hay también la historia de amistad de ocho supervivientes. Uno de ellos, Billy Lynn, será el guía que nos conducirá por los recovecos de la América más grotescamente patriota. Esa que se esconde tras la bandera cada vez que se lleva a cabo un acto de dudosa moralidad. El escuadrón Bravo ya no está completo. Hubo muertes. El mejor amigo de Billy Lynn cayó. “Es un poco raro. Que te rindan homenaje por el peor día de tu vida”. Los muertos no importan. Son mala publicidad. Pero las acciones que llevaron a cabo contra los insurgentes en Al Ansakar los han convertido en héroes. Solo necesitaron un vídeo de poco más de tres minutos, eso y que éste se volviera viral. Ahora estos héroes serán homenajeados. El Texas Stadium parece el lugar indicado. ¡Si hasta les quieren hacer una película con Hilary Swank de protagonista! La América más profunda, la más enfermizamente patriótica y la que cree con fervor en el sueño americano les ama. Los ocho soldados conocerán a gigantescos futbolistas, cheerleaders de voluptuosas formas y gente adinerada que está a favor de la guerra de Irak siempre y cuando ésta se quede en Irak y ellos puedan seguir llenándose los bolsillos de billetes.

De Ben Fountain solo sabía que no sabía nada, de igual manera con su obra. Fue un salto a ciegas el lanzarme a leer El eterno intermedio de Billy Lynn; un acto de fe producido por la provocativa portada y la impecable sinopsis que la editorial Contra me ofrecía. ¡Señor, qué vuelo, qué viaje y qué aterrizaje! Y aunque mi género preferido es la fantasía, de tanto en tanto me gusta darme un buen baño de realidad leyendo sobre algo que, aunque ficticio, se basa en un hecho real: la guerra de Irak. Pero aun siendo etiquetado como libro bélico, éste no te lleva a la guerra, no dispara (casi) ni una bala, pero te golpea en cada frase con una contundencia brutal al mostrarte qué hay entre bambalinas, tras ese escenario en donde caen bombas y muere gente. Y la verdad es que el panorama es deprimente. Un lugar de cínicos, teatreros y oportunistas que consiguen hacerte levantar del sofá y cagarte en la madre que los parió. Toda la culpa la tiene Ben Fountain, pues narra de forma extremadamente vital, lanzando mensajes de posterior reflexión. Además intercala oraciones repletas de jerga con otras de filosófica meditación, a la misma velocidad que una ametralladora descarga su mortal munición. Sus metáforas, que en una primera y rápida lectura parecen muy rebuscadas, cuando el cerebro las procesa con calma, se muestran como una genialidad.

A medida que te adentras en la historia irás descubriendo como los denominados héroes son tratados como meros objetos, como un medio para conseguir un fin. Los sentimientos no importan, el honor tampoco. Y los héroes están más guapos callados y sin pensar. La escena en la que el escuadrón hace su espectáculo junto a las Destiny’s Child es tan deplorable como esperpéntica. Escenas como ésa son las que consiguen que una sensación de nostalgia te acompañe durante todo el libro. Nostalgia de aquello que todavía no se ha perdido, de todo aquello que no ha ocurrido, pero que Billy sabe que acontecerá. Ya que los ocho del escuadrón Bravo deberán volver a la guerra de Irak en cuanto acabe todo el espectáculo. Y a pesar de toda esa tristeza contenida hay muchos momentos de divertido gamberrismo. Peleas campales a medio partido. Borracheras. Pensamientos indecorosos. La épica búsqueda de un ibuprofeno. Sexo furtivo y enamoramiento. Pensamientos de evasión. Esperanza.

Llegar al clímax de El eterno intermedio de Billy Lynn significa ser uno más del escuadrón Bravo, significa empatizar con ellos y con sus difíciles elecciones. Significa, también, tener que soportar esa escena, que retrata una feroz lucha de clases, con la filmación de una película de por medio, en la que son pisoteados como cucarachas en la intimidad mientras de cara al público son tratados con honores. Y al final, el párrafo. Ese párrafo con el que se cierra el libro y que consigue más tiempo de reflexión que cien libros de filosofía.

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Dororo, de Osamu Tezuka

dororo

dororoAlgunas historias son épicas por naturaleza. Son tan grandes y narran hechos tan asombrosos que permanecen en el imaginario colectivo durante generaciones. Son como una sonata bien ejecutada, de sonidos dulces y amargos, crueles y tiernos, que arroba a los oyentes. Esas historias luego se tararean. De boca a oído, sucesivamente, hasta convertirse en leyendas. La mayoría cuentan gestas; y tragedias. Aventuras, traición y amor se conjuran en ocasiones para servirnos un relato apasionante. La muerte también revolotea, recolectando su parte de protagonismo. Esas leyendas presentan un denominador común: un personaje que va desarrollándose a la par que recorre su larga senda de vicisitudes. Un protagonista que deberá llevar a cabo unas misiones muy concretas que le completarán como persona. Ese perfeccionamiento del ser, del alma, es siempre en un sentido metafórico. Pero hay ocasiones en que la metáfora y lo literal convergen hasta diluirse. Este es el caso del manga Dororo. Un relato repleto de heroicidades, amores imposibles, extrañas amistades de inquebrantable lealtad y monstruos. ¡Oh sí! Olvidé decirlo, pero las mejores leyendas tienen un buen puñado de ellos. Pero, dejadme que os explique, brevemente, de que trata Dororo.

Dororo es un jovenzuelo con amor por lo ajeno. Si lo que llevas en tus bolsillos tiene valor o es brillante, olvídate del objeto en cuestión. Él, que da título al manga, es en realidad el inseparable compañero del héroe. Así pues, esta es realmente la historia de Hyakkimaru, un samurái sin amo, un ronin que vaga por el mundo en busca de 48 demonios. Aquellos que le robaron trozos de su cuerpo. Todo empezó con un macabro trato. Pedazos de un bebé, el cual ni siquiera aún había nacido, a cambio de un poder inconmensurable. Su propio padre, Daigo Kagemitsu, fue una de las partes implicadas en el trato. Y cuando Hyakkimaru nació, él mismo fue el encargado de abandonarlo dentro de una cestita con destino río abajo. Ahora, convertido en una especie de ciborg, Hyakkimaru solo tiene un propósito en su vida: encontrar todos esos monstruos y volver a ser un humano completo.

Tras esta epopeya se encuentra un dios: Osamu Tezuka. No, no he enloquecido. Y no lo digo yo. Osamu Tezuka “dios del manga”. Este sobrenombre se lo ganó al revolucionar la anquilosada, cuadriculada y obtusa forma de narrar que el cómic japonés tenía allá por la época de la post guerra. Dororo es un manga perfecto, un ejemplo único y vigoroso, para descubrir esa nueva y ágil forma de narrar que Tezuka concibió. Viñetas con diferentes formas y tamaños. Personajes que se salen de éstas. Splash pages a porrillo. Brillantes transiciones, de gran belleza visual, que nos muestran el pasado de los personajes. Que sí, que ahora hasta el cómic más mediocre ya tiene de todo eso y más. Pero hay que tener en cuenta que Dororo data de finales de los 60. Fue toda una revolución cuando Tezuka tomó los pinceles y, dibujando con total libertad, empezó a romper los moldes de lo establecido.

Aun así hay que decir que el dibujo de Tezuka es engañoso. Cualquiera que haya leído Astroboy, o llegó a ver la tan famosa serie de animación La princesa caballero, recordará aquellas caritas redondeadas que mostraban ojazos similares a los de un cachorro de gatito. ¡Coño, si hasta Hitler parecía buena persona en su obra Adolf! Asimismo, los cuerpos tampoco gozaban de demasiados ángulos y las curvas se llevaban la palma en la fisonomía del cuerpo humano, animal o ser de procedencia infernal. No, no tenían esos rostros angulosos, esos músculos tonificados o esas figuras esbeltas a los que ahora el manga nos tiene más acostumbrados. Así pues, y como he dicho, esto puede llevar al engaño de que vamos a encontrarnos en Dororo una historia infantil. Craso error. Pues un Hyakkimaru de rostro redondito y de músculos esféricos desenvaina su katana cada dos por tres para arrebatar vidas a diestro y siniestro. Un giro de muñeca por aquí, y una cabeza menos. Una estocada, y otra vida que se esfuma. Dororo, aunque risueño, no escatima en argucias para robar lo que sea. Y los villanos, que no escasean, son también de postín: seres sin alma capaces de matar niños, yokais (extraídos la mayoría de la tan rica mitología nipona) que despedazan seres humanos y señores de la guerra que son capaces de esclavizar a su propio pueblo con tal de ganar una batalla. La sangre fluye en las viñetas cuando la violencia se sucede.

Pero Dororo no es una historia plana, no es únicamente un relato sobre violencia. Y es que por ella transitan personajes que deben cargar con el peso de grandes secretos, historias de terror (como la del pequeño Hyakkimaru) que pondrían los pelos de punta a Junji Ito o, como dice el propio Dororo, a Shigeru Mizuki o incluso tramas dignas de las mejores tragedias griegas. En Dororo encontraremos todas esas miserias que el alma humana es capaz de engendrar al igual que todos esos sentimientos benignos que también la forman. Como el amor o la amistad. La redención y el perdón. Arrepentimiento. Compasión. Todo ello a lo largo de más de 800 páginas en las que Osamu Tezuka nos lanza a una aventura realmente memorable en la que además tiene guardada alguna que otra sorpresa. Como algún que otro cameo (incluido el suyo propio) o Dororo hablándole al lector. Sí, Dororo es una leyenda épica, plasmada en papel y transformada en un excelente y divertido manga, que merece ser leída cientos de veces y recomendada otras tantas.

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Leñadoras, de Noelle Stevenson y Brooke Allen

leñadoras

leñadorasLas acampadas, el campamento o ir de camping, llamadlo como queráis, evocan en mi mente una incontrolable estampida de recuerdos. Montar tu propia morada de tela intentando no aplastarte un dedo con el martillo. Dormir en el suelo, (sobre piedras, la mayoría de las veces) después de trasnochar. Comer al aire libre, evitando a las hormigas, o cantar bajo las estrellas junto a una hoguera. Pantalones cortos y rodillas repletas de heridas. Las batallas, repelente en mano, contra los mosquitos que, cada noche, intentaban chuparte la sangre. Cada jornada era una aventura. Cada nuevo amanecer despertabas exaltado impaciente por saber qué te depararía el nuevo día. ¿Zorros mágicos de tres ojos? Humm, no creo. ¿Monstruos de río que se asemejan a dragones marinos? A ver, déjame pensar… No lo recuerdo. ¿Gatetes sagrados o Yetis hípsters? Oh no, definitivamente eso no ocurrió en ninguna de mis acampadas. Eso, todos los monstruos, las aventuras extraordinarias y el derroche de amistad adictiva solo les ocurren a un grupo de adolescentes en El campamento para chicas molonas de miss Quinzella Thiskwin Penniquil Thistle Crumpet. Son cinco, son chicas y se hacen llamar: Las Leñadoras.

Leñadoras (Lumberjanes en el original), creado por Noelle Stevenson, Shannon Watters, Grace Ellis y Brooke Allen, es un cómic que altera, para mejor, las monótonas acampadas para adolescentes. Jo, April, Mal, Molly y Ripley son las cinco protagonistas. La jefa sensata. La chica repipi que reparte buenos mamporros. La muchacha dura por fuera pero muy sensible por dentro. La que duda sobre sí misma. Y la chica pequeñita y adorable que está como una cabra y que provoca esas situaciones en las que te descacharrarás de la risa. Ellas cinco, como si fueran aprendices de Indiana Jones o las herederas de Scooby Doo y su tropa, se verán obligadas a resolver misterios mientras un puñado de curiosos monstruos les dan la brasa. Sapristi Cómic se ha encargado de reunir en un solo tomo los primeros ocho capítulos de esta serie juvenil en los que las heroínas deberán resolver un misterio que involucra a zorros, yetis, dioses, ancianas que se convierten en osos y criptogramas de toda clase. Este arco argumental tiene como título: Cuidado con el gatete sagrado. Con todo lo que os he explicado creo que mínimamente os podéis hacer una idea del tipo de cómic que os vais a encontrar. Fresco; sin duda. Alocado; por supuesto. Absurdo; claro, en ocasiones. Pero sobretodo un guion con grandes dosis de humor y amistad.

Este guion tan notable se han encargado de moldearlo Noelle Stevenson y la debutante Grace Ellis. Ambas han dado rienda suelta a todas las locuras que les fluía por la cabeza para transformarlo en historias que se leen del tirón y se disfrutan en cada viñeta. El dibujo, obra de Brooke Allen, de trazo grueso o muy, muy grueso en los momentos de más acción, y con un colorido que emplea toda la paleta de colores imaginables, posee en el diseño de personajes su mayor atractivo. Un diseño que se va asentando con fuerza a medida que pasan los capítulos. Las Supernenas, Steven Universe u Hora de aventuras son algunas de esas series de dibujos animados de guion inverosímil y de personajes de atractiva personalidad que invadirán de forma atropellada tu cabeza al principio, tras abrir Leñadoras y al pasar las primeras páginas. Luego descubrirás que, aunque se asemejan en las formas, el contenido es mucho más personal. Digamos que si Leñadoras fuera una flor gozaría de su propio e inigualable aroma a galletitas de mantequilla, té verde y sudor balsámico, y si fuera un oso llevaría un sombrero con un tocado bien vistoso y unos guantes de boxeo.

Leñadoras también tiene su propio estilo a la hora de estructurar cada capítulo: empieza con una hoja del manual de campo de las leñadoras. Un manual anticuado (décima edición en enero de 1984) que habla sobre cómo conseguir insignias. La insignia de trasnochadora, la de calculadora humana, la de la amistad a tope… una insignia por cada capítulo. El manual explica cuál sería la forma más común para obtener cada uno de esos premios. Pero en el mundo de las leñadoras en ocasiones (bueno, casi siempre) lo común es poco más que el nombre de un raro animal mitológico. Aun así, curiosamente, y de una forma más rebuscada y sobretodo inusual, siempre harán honor al manual y en especial a su esencia. “Por encima de todo, una leñadora aprenderá lo que significa ser amigas.” Porque Leñadoras va de amistad. De estar ahí cuando más se te necesita. De soltar tacos originales que raras veces ofenden. “¡Yippe-ki-yay, hijo de fruta!” De apoyar decisiones; incluso cuando son equivocadas. De enfrentarse a los peligros unidas y de cubrirse las espaldas cuando un puñado de velociraptores misteriosos atacan el campamento. “Una leñadora aprenderá lo que significa trabajar en equipo”. Pero Leñadoras también susurra delicadamente al oído del lector lo que es el amor libre, qué significa amar a quien quieras (sin importar clase, condición, raza y todas esas trabas que algunos interponen) y lo bonito y tierno que puede llegar a ser.

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Pax: Una historia de paz y amistad, de Sara Pennypacker

pax: una historia de paz y amistad

pax: una historia de paz y amistadEra pequeñita. Su pelaje era de color canela. Un blanco impoluto jaspeaba sus patitas. Tenía la naricilla rosada y su nombre hacía honor a La reina del rock. Mi perrita, al igual que cualquier otro can, era fiel; leal a mí y a su familia de humanos. Yo hubiera hecho lo que fuera por ella, y ella seguro que también por mí. Podría decirse que desde entonces acostumbro a leer libros sobre animales (buscando tal vez reencontrarme con sensaciones arrebatadas por el sueño eterno), pero no es cierto. En realidad, ya lo hacía incluso antes de tener aquel aburrido gusano de seda, el pez negro y bobalicón de ojos saltones o aquel pollo que, todo ufano él, nos despertaba cada día al alba con su estridente canto. He leído libros con animales como protagonista desde que era muy niño. He hallado, en esos libros, amigos de largas colas, de bellos plumajes o de escamas plateadas. ¡Incluso he encontrado amigos entre los golosos plantígrados! Así pues, no era de extrañar que una portada rebosante de un otoño de tonos ocres, con un zorro de pelaje rojizo que, sobre una suave loma, observa como el día declina, me cautivara. Ese zorro se llama Pax, y él es el protagonista de este libro de mismo nombre.

Pax es un zorro doméstico. Un animal salvaje que, acostumbrado a vivir entre humanos, es dócil como un perrito. Amigo incondicional de Peter, el niño que lo recogió cuando era un cachorro y que desde entonces lo cuida con devoción. Amigos para siempre. Pero entonces la guerra entra en escena. La inestable armonía en la que se sostenía la relación de Peter con su padre se derrumba. Primero tras conocer la noticia de que éste debe marchar para defender a su país, y que él, en su ausencia, será dejado al cuidado de su abuelo. Y luego tras abandonar a Pax en el solitario margen de un bosque. Peter en un primer momento acatará las órdenes de su padre. Los mayores mandan. Pero más tarde, una vez haya ordenado sus ideas, decidirá hacer el petate, dejar una nota a su abuelo y huir en busca de su peludo amigo. Cientos de kilómetros los separan pero si la lealtad es inquebrantable el camino se hace más liviano. Pax, por su parte, deberá buscarse la vida mientras espera ansioso la vuelta de su amo. Cazar para comer, defenderse de depredadores o relacionarse con los de su misma especie, serán algunas de las lecciones que se verá obligado a dominar si quiere sobrevivir en el bosque. En definitiva, aprender a ser un zorro.

Pax: Una historia de paz y amistad habla de evolución, de adaptarse, pues mientras Pax intenta ser el animal salvaje que nunca fue, Peter debe dejar atrás su niñez y convertirse en un hombre. Pax y Peter, cada uno se verá inmerso en su propio viaje iniciático, a la vez que cada uno intenta llegar hasta el otro. La guerra, como enemigo implacable e indefinido, les saldrá al paso una y otra vez para que no consigan su cometido. “La guerra es una enfermedad humana…”. Pax habla también de guerra, pues es un libro que no solo explora los daños colaterales que ésta produce entre civiles inocentes, sino también entre la naturaleza más pura y los animales salvajes que la pueblan. Pero la guerra no afecta solamente de forma física, pues lo hace también de forma psicológica. “La gente debería decir la verdad sobre el coste de la guerra.” Destroza proyectos futuros. Bombardea pensamientos positivos. Y deja atrapadas a personas, en jaulas creadas por ellas mismas, en los horrores de guerras pasadas. Pax habla también de paz y de esperanza.

Sara Pennypacker utiliza un lenguaje sencillo que rápidamente obtiene el compromiso del lector para seguir las peripecias de Pax y Peter. Su punto más fuerte es la forma, fluida y específica, en la que describe el comportamiento de los zorros, no solo el del animal protagonista, sino el de otros compañeros de especie que, a diferencia de él, se han criado en la naturaleza. Gruñidos y ladridos. Posturas de desafío, de temor o respeto. Hocicos que olfatean todo olor que se filtra en su territorio. La forma de abalanzarse sobre una presa. Sara Pennypacker se esmera para que Pax sea un zorro de verdad, y lo consigue; abriendo además el apetito de conocimiento del lector. No tardaréis mucho en descubriros navegando por internet en busca de fotos y videos sobre estos animalillos.

Jon Klassen se encarga de ilustrar Pax. Su trabajo es de una preciosidad casi mágica en la portada (casi se puede oler la humedad del bosque u oír la respiración del zorro). En su interior una docena de ilustraciones sencillas y en blanco y negro (¡qué lástima que no sean a color!) resultan ser la compañía visual adecuada para acompañar a la narración.

Pax: Una historia de paz y amistad, es un cuento. Un cuento que no endulza una realidad tan dura como es la guerra. Un cuento que, por su lenguaje, es perfecto para los más jóvenes pero, por lo que dice y de la forma en que lo hace, deberían leer también los adultos; sobre todo los adultos, pues somos los que tenemos mayor responsabilidad en el asunto. Pax es, en definitiva, uno de esos cuentos que puede transformar una agobiante noche de insomnio en algo tan productivo como una didáctica reflexión sobre cómo alcanzar diferentes tipos de paz.

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Antes de que los cuelguen, de Joe Abercrombie

antes de que los cuelguen

antes de que los cuelguenRetumban tambores de guerra. Silban las flechas sobre las cabezas de soldados asustados. Luego impactan en escudos o en carne fresca. Aúllan los combatientes heridos. Lloran como niños los hombres. Piden clemencia, llaman a sus madres. Mueren en el barro; perecen en soledad. Relinchan los caballos antes de aplastar a la infantería. Luego las espadas hablan: pronuncian funestas palabras de muerte. Refulgen al principio, sangran después. No hay honor en la guerra, solo afán de supervivencia. “Solo hay honor si se gana”. Mejor ser un cobarde vivo que un héroe que se pudre bajo tierra. Supervivientes a toda costa. Gente imperfecta que en tiempos duros busca salvar el pellejo; a cualquier precio. Cobardes, granujas, salvajes y farsantes que hacen lo que pueden para sobrevivir. De esta clase de hombres, de esta clase de mujeres, Joe Abercrombie entiende un rato. Y, en Antes de que los cuelguen, segundo libro de la trilogía de La primera Ley, ellos son los protagonistas.

La guerra, lejana en La voz de las espadas, ahora, en Antes de que los cuelguen, ha llegado hasta las puertas de sus hogares. Cruenta y despiadada. Sangrienta e imparable. Bella y minuciosamente descrita por Joe Abercrombie. No todos se enfrentarán igual a tal fatalidad. Algunos elegirán su rumbo, otros solo cumplirán órdenes a regañadientes. En el primer grupo encontramos a Bayaz, el primero de los magos, y al variado conjunto de hombres y mujeres que comanda. Un conjunto formado por viejas glorias, espadachines valerosos pero solo de boquilla, molestos parlanchines o salvajes intratables. Pero todos con una habilidad que los hace únicos. Una banda que muestra más similitudes con los forajidos de Los siete magníficos que con los paladines de La compañía del anillo. Si en La voz de las espadas Abercrombie nos esbozó, con sumo cuidado, personajes y situaciones, en su continuación nos dibuja, con todo lujo de detalles y con mayor ritmo, como éstos evolucionan para adaptarse a los derroteros que toma la historia. Sí, algunos de estos personajes son verdadera escoria (moralmente hablando), pero solo por separado. Juntos aprenderán a ser mejores, a ser menos ruines e, incluso, a hacer lo correcto. “Pequeños gestos y tiempo. Así es como se consiguen las cosas”. Joe Abercrombie nos regala unos personajes creíbles que en esta segunda novela, y a medida que aprenden a confiar en sus compañeros, nos muestran un poquito más de ellos. Cuentan el porqué de sus acciones, de las leyendas que preceden a sus nombres o de los actos, crímenes o hazañas, que cometieron en el pasado.

Ahora hablemos del segundo grupo. De esa gente que deja que otros elijan su destino. De esos que asienten pero piensan en un no rotundo. Sí, hablemos de Glokta. El personaje estrella de Antes de que los cuelguen. El cínico tullido es enviado, junto con sus esbirros, a defender una ciudad sitiada. Una empresa con pocas posibilidades de éxito que le obligará a hacer pactos inverosímiles. “Un hombre perdido en el desierto debe aceptar el agua que se le ofrezca”. Y si defender una ciudad no fuera suficiente, le ordenan, además, investigar un complot que podría acabar con sus maltrechos huesos en una tumba. Imaginad a Sherlock Holmes; la versión más avinagrada de él intentando esclarecer el más violento de los crímenes. Imaginad que el telón de fondo de dicha investigación es la batalla de El Álamo, ese épico asedio ocurrido en Texas, en el lejano y violento oeste. Dejad de imaginar, pues Joe Abercrombie ya hace tiempo que lo hizo y lo escribió.

Pero Joe Abercrombie no solo crea personajes memorables, también describe lugares de forma tan precisa que hace fácil imaginarlos. Páramos estériles, ciudades abandonadas, bosques cubiertos por la niebla… Todos esos lugares se convierten, a través de las palabras leídas, en enérgicos fogonazos de imágenes muy vívidas que asaltan la mente. De idéntico modo ocurre con todas esas batallas repletas de violencia; solo una imagen sería capaz de superar las gráficas descripciones. Sangre, vísceras, muerte, vencedores y vencidos. Y luego, por supuesto, están las tramas. Directas, al grano, sin rodeos absurdos o subtramas de las que no se saca nada en claro. Por ello, Antes de que los cuelguen, y a pesar de ser un tocho, se lee sin dificultad. Se abre por la mañana, te sumerges en él y cuando vuelves a sacar la cabeza, la luz del crepúsculo baña tu sala de estar. Y es que te zambulles en Midderland y las encarnizadas batallas que acontecen a lo largo del territorio atrapan toda tu atención. Te subyugan. Todas esas masacres. Toda esa esperanza entre tanto horror. Ese amor, y sexo, entre tanto odio. Todas las traiciones y la camaradería. Por supuesto, el desconsuelo, y la nostalgia por el hogar; pero también el coraje que empuja a seguir luchando en busca de paz. A la caza de un final digno. Un final que únicamente hallaremos en El último argumento de los reyes, tercera y última novela que completa la trilogía de La primera ley.

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Corre como un etíope, de Marc Roig Tió

corre como un etiope

corre como un etiopeCorrer es un deporte solitario. La mayoría de las veces lo practico con la única compañía del cielo y la tierra. Como si fuera un ermitaño, intentando alcanzar un tipo de paz que solo de tanto en tanto y sin avisar se manifiesta. Otras veces corro acompañado de un amigo. Amigos y oponentes. Una rivalidad sana que nos ha llevado a ambos a mejorar. Y cada vez que lo hacemos, cada vez que batimos nuestra propia marca, a nuestro verdadero rival, que somos nosotros mismos, bromeamos: somos un poco más etíopes. En ese momento que rozamos con la punta de los dedos los 44 minutos en una carrera de 10 kilómetros: deberíamos mudarnos a Adís Abeba. O cuando en una de 5 kilómetros los 20 minutos nos saludan desde la meta: creo que se me está oscureciendo la piel. Y sí, en mi caso así es; pero en verano y tras tomar bastante el sol. Pero detrás de estas bromas hay una verdad innegable: admiración hacia esos corredores que revientan el cronómetro y destrozan récords cada vez que se calzan unas zapatillas (o no) y emprenden su endiablada marcha. Así pues, no era de extrañar que el libro Corre como un etíope, de Marc Roig Tió editado por La esfera de los libros, llamara mi atención.

Corre como un etíope: manual para entrenar como un atleta de élite es, además de un libro que habla sobre el furor del running por aquellos lares y de sus principales figuras en esta disciplina, un manual de entrenamiento que pone a la disposición de cualquiera la oportunidad de ejercitarse como un etíope. O por lo menos intentarlo. El autor del libro Marc Roig Tió, corredor experimentando con varios galardones importantes en su haber y algún que otro récord, habla con conocimiento de causa sobre el tema ya que residió en Etiopia trabajando como fisioterapeuta para corredores de élite. El libro está estructurado en dos partes muy diferenciables: la primera trata sobre todo del mito y la realidad que rodea a los corredores originarios de ese país. Aquí el autor nos muestra los, en ocasiones curiosos aunque efectivos, entrenamientos que realizan estos deportistas. Seguidamente se lanza a fusilarnos con un sinfín de imponentes tiempos conseguidos por los más grandes que ha dado aquella nación: como, por ejemplo, Abebe Bikila que se hizo célebre por correr descalzo la maratón de los juegos olímpicos de Roma en 1960. Aquí se relatan grandes historias, y gestas de cariz épico. Además, al igual que a ti, al autor le ha rondado por la cabeza una pregunta que en el capítulo titulado “¿Por qué son tan buenos los etíopes?” intentará, reuniendo todos los estudios que ha sido capaz de encontrar, darle una explicación.

Si en la primera parte de Corre como un etíope Marc Roig Tió nos acerca a las gentes de Etiopía, en la segunda nos muestra, como si fuera una guía de viajes, los lugares que no debemos perdernos. Todo, eso sí, enfocado hacia la práctica del running. ¡Aquí lo que interesa es estar activos! No solo te mostrará, con todo lujo de detalles, cuales son los mejores lugares para pasar la noche, sino que también da indicaciones de cuáles son los mejores restaurantes para degustar las viandas del lugar. Y ya que hablamos de comida, el libro también incluye las recetas de cocina más populares del país. Así, si decides correr algunas de las carreras que allí se disputan, y que no deberías perderte, podrás recuperar energías preparando tus propios platos. Ya que estás allí, no tienes nada que perder. Porque, si por un casual tu destino te lleva en algún momento hasta ese país y llevas encima Corre como un etíope, sabrás como chapurrear incluso algo del idioma. Sí, hasta incluso en eso el autor ha decidido darnos una lección básica. Una corta pero útil lección que agradecerás una vez estés allí y te veas obligado a comprar comida, buscar un baño (¡qué desasosiego!) o decirle al médico dónde te duele.

Si con todo lo dicho anteriormente Corre como un etíope no te parece lo suficientemente atractivo, el autor ha añadido unas tablas de entrenamientos para diferentes niveles: principiante (porque cualquier momento es bueno para empezar), aficionado o experto. Tablas que de forma rigurosa te enseñan el camino a seguir para concluir con éxito carreras de 10 kilómetros, una media maratón o la maratón (la prueba estrella).
Tras leer Corre como un etíope seguiré corriendo. Tal vez mejore; sí, posiblemente. Porque es un libro que no solo te hace mejorar como corredor, sino que además te hace conocedor de otra cultura. Y conociendo la cultura de un país, su pueblo y sus costumbres también mejoras como persona. Un buen corredor, esa es la meta final. Eso es lo que quiero. Lento o rápido, no importa, pero al fin y al cabo un buen corredor que, eso sí, continuará bromeando cada vez que rebase la línea de llegada.

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La voz de las espadas, de Joe Abercrombie

la voz de las espadas

Cuando se la voz de las espadastrata de leer no hago ascos a nada. No importa el género literario, siempre y cuando la historia sea buena. Una historia robusta y cargada de personajes memorables para mí lo es todo. Pero debo confesar que desde pequeñito he mantenido un apasionante idilio con la fantasía. Mi nariz tarde o temprano siempre acababa (y aún acaba) metida entre las páginas de libros en los que se describían lugares increíbles habitados por seres que iban más allá de toda imaginación. A medida que crecía, que maduraba (o lo intentaba), me di cuenta de que la realidad que me rodeaba no era de color de rosa, sino que había muchos tonos ocres. Asimismo, de forma gradual, ocurrió con el género fantástico. Los héroes ahora ya no son hombres bondadosos que jamás pierden una batalla. Pierden y mueren. Las princesas no buscan un príncipe azul con el que casarse, sino que libran sus propias batallas. ¡Y qué batallas! Los magos honestos, que visten túnica con runas ininteligibles bordadas en ella, escasean. Y no todos los bárbaros son seres despreciables carentes de compasión. “Lealtad, deber, orgullo, honor; todos esos conceptos están pasados de moda”. No todos los buenos sobreviven. Ni todos los malos mueren. No todos los buenos son tan buenos, ni todos los malos son tan malos. Entre el blanco y el negro existe el gris. Pero hay autores, como Joe Abercrombie, a quienes les gusta el gris oscuro. Muy, pero que muy oscuro.

El libro La voz de las espadas de Joe Abercrombie es una muestra clara (al igual que lo es la saga Canción de hielo y fuego escrita por George R.R. Martin) de que la fantasía se ha vuelto menos pudorosa a la hora de mostrar mundos repletos de personajes de moralidad bastante disoluta. “Lo que cuentan son los jugadores, no las cartas”. Midderland es uno de esos lugares, además de ser el mundo en el que transcurren los hechos narrados en la trilogía de La primera ley. Es un lugar ficticio y legendario, como dictan las normas, pero bastante lóbrego. No, Midderland no es la Tierra Media. No es ese lugar que nos describió Tolkien en donde los héroes habitaban verdes praderas o ciudades blancas y los villanos lugares recónditos, oscuros y pestilentes. Midderland es un anárquico revoltijo de matices en donde los que obran de forma correcta y los que se comportan de forma execrable se confunden, conviviendo en un mundo que se desangra por un sinfín de guerras interminables. Si bien es cierto que la narración no empieza siendo tan tenebrosa la historia vira, a medida que avanza, tomando un cariz más oscuro; haciendo todavía más patente el contraste con esas ciudades que parecen bellas e impolutas, pobladas por ciudadanos que fingen gozar de una ética intachable. Pero en las sucias tripas de tales poblaciones aguardan lugares sórdidos. Allí se llevan a cabo todo tipo de muertes, asesinatos y torturas. Éstas últimas, obra de La Inquisición y, en especial, llevadas a cabo por su inquisidor estrella: San dan Glokta. Antaño fue campeón de esgrima, tras pasar por las cárceles del enemigo se convirtió (a la fuerza) en un cínico tullido. Las mejores frases, y pensamientos, son para este personaje. A mi parecer, y tal vez algunos pongan el grito en el cielo por lo que voy a decir, Golkta no tiene nada que envidiarle a Tyrion Lannister; absolutamente nada. Las escenas en las que Glokta extrae información con sus ingeniosos aunque brutales métodos son narradas con especial crudeza y de forma explícita, así como algunas de las pocas pero frenéticas batallas que se dan a lo largo del libro. “Cada cual sirve al rey a su manera”. Igual de gráficas son las descripciones de los dolores que atormentan el cuerpo de Golkta: son tan detalladas que, para alguien con un poco de hipocondría (como yo, por ejemplo) resultan poco menos que una putada. ¡Qué caprichosa es la mente cuando el que habla es tan preciso! Por si todavía no te había quedado claro, La voz de las espadas no es una novela apta para todos los públicos. Jezal dan Luthar, un niño rico que en vez de llevar a cabo sus tareas de capitán y de entrenar para el certamen de esgrima prefiere pasarse el día jugando a cartas con sus amigos y emborrachándose, y Nuevededos, el bárbaro que empieza a estar harto de la lucha, son los otros dos protagonistas que encabezan una lista de personajes en donde abunda la variedad. Personajes espléndidos, de notable profundidad y con personalidades repletas de luces y sombras.

Joe Abercrombie no solo pone especial mimo en moldear todo tipo de personajes, además urde, de forma lenta, una trama que poco a poco va apoderándose de toda la atención del lector. Su narración es pausada, sin ningún tipo de prisa, es como un jugador de ajedrez preparando el terreno de juego: saca el tablero, coloca las piezas y empieza a mover algunos peones de forma estratégica. Lento pero seguro. Es una táctica tan arriesgada como osada, ya que esa serenidad a la hora de narrar, mal ejecutada, podría llevar al tedio. Nada más lejos de la realidad, pues la táctica da sus frutos y no tardarás mucho en descubrirte devorando páginas sin parar.

Tras leer La voz de las espadas se pone de manifiesto que Midderland no es un lugar idílico para vivir, ni para disfrutar de unas vacaciones, ni siquiera para pasar un fin de semana; aun así necesito volver. “¿Por qué lo hago? ¿Por qué?”. Necesito saber qué pasará con sus habitantes, cómo transcurrirán esas guerras y quién sobrevivirá a éstas. Necesito volver a sufrir, reír, enamorarme, luchar… Ansío volver a Midderland, a pesar de sus peligros, la corta esperanza de vida y las tenebrosas conspiraciones. Para ello, para volver a esas vastas tierras repletas de misterio y magia, no hay mejor forma que continuar con la aventura y embarcarse, sin miramientos y con arrojo, con destino hacia el siguiente volumen de la trilogía.

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Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma

tokyo zombie

tokyo zombieLlevo muchos años aguardando el fin del mundo. Deseando que toda nuestra sociedad termine de una vez por todas, pero de una forma épica y memorable. Tras meditarlo detenidamente, y descartar varias opciones, he llegado a la conclusión de que un apocalipsis zombie daría ese toque de emoción a mi vida; a la de todos nosotros. A esas vidas que últimamente se han estancado en la más soporífera monotonía. El problema es que un mundo repleto de zombies es muy chungo, además de un muermo. O eso es lo que muchos autores de libros y cómics, además de directores de cine, nos han hecho creer. ¡Pero aún hay esperanza!, pues existe un lugar ahí fuera en el que luchar por tu vida y repartir candela de la fina entre los zombies putrefactos no está reñido con mearte encima de la risa. Ve preparando un buen cargamento de pañales porque, créeme, una vez los muertos empiecen a alzarse en Tokyo Zombie los necesitarás.

No mentiría si dijera que un 80% de las viñetas de este manga me hicieron reír. No es un estudio serio y las fuentes son poco fiables pero por el momento os tendréis que conformar. Sí, también es cierto que el concepto del humor es muy subjetivo, y que lo que a uno le hace gracia a otro podría parecerle una ofensa. Y más en esta era de humanos extremadamente susceptibles y sensiblones que reaccionan ante cualquier chiste poniendo el grito en el cielo porque les parece que es políticamente incorrecto. Ergo, sí, es posible que alguien se sienta ofendido leyendo Tokyo Zombie del mangaka Yusaku Hanakuma, ¿y a quién le importa? Tal vez habría que enterrar toda esa susceptibilidad en el Fuji Negro. ¿Qué no sabéis que es el Fuji Negro? Pues en Tokyo Zombie ese lugar es de vital importancia.

El Fuji Negro es el hermano desgarbado y feo del monte Fuji. Es una montaña pestilente y oscura. Un vertedero descontrolado de proporciones titánicas. La gente va allí a enterrar toda la basura de la que se deshace y, en ocasiones, hasta de las personas. No importa si están vivas o muertas. ¿Te quieres deshacer de la pesada de tu madre? Pues al Fuji Negro. “¿Con quién quieres pasar el resto de tu vida? ¿Con esta vieja o conmigo?” La parienta manda. ¿Eres un profesor de educación física que se le va la mano con sus alumnos? En el Fuji Negro hay hectáreas de sobra. “Los estudiantes de hoy en día no aguantan ni media hostia”. Problema resuelto. Fujio Pon y Mitsuo son dos compañeros de trabajo que en sus ratos libres practican jiu-jitsu. Ellos también acabarán visitando el Fuji Negro tras matar “sin querer” (nótense las comillas) a su jefe que les daba demasiado la brasa. El sueño húmedo de cualquier proletario. El Fuji Negro será la zona cero para el principio del fin.

Si crees que la parte más importante de un cómic debe bascular hacia su parte gráfica, este no es tú cómic; ni siquiera si piensas que debe radicar en un perfecto equilibrio entre dibujo y guion. Tokyo Zombie es un manga de estilo heta-huma, que podría definirse como: dibujo cutre pero guion delirantemente asombroso. Y así es, pues el dibujo parece obra de un dibujante que en un accidente de tráfico perdió ambas manos y tras muchas horas de práctica aprendió a hacer su trabajo con los muñones. Unos dibujos simples e irregulares, casi sin detalles, con viñetas repletas de seres desproporcionados y muy cercanos al monigote, pero todos ellos tan cautivadores como entrañables. Es inevitable acabar enamorado de Fujio Pon, el protagonista, de su magnífico y exuberante cabello a lo afro, del perrito, de los gorrinos sonrientes y por supuesto, del calvorotas de Mitsuo.

Pero Yusaku Hanakuma no solo cumple con la primera de las peculiaridades del estilo heta-huma, pues también satisface en lo referente al guion. No en vano se le considera el máxime representante de este peculiar estilo. En Tokyo Zombie no todo es reír a mandíbula batiente (pero casi) sino que también hay cabida para la crítica más corrosiva hacia la estructura de clases y la desigualdad dentro de una misma sociedad. Con ricos que, en pleno apocalipsis, siguen siendo los que cortan el bacalao y pobres que se la juegan para que éstos no tengan que mover un puto dedo para disponer de un sinfín de comodidades. Sorprende además encontrar conceptos que últimamente han tenido mucho éxito en el cómic Los muertos vivientes de Robert Kirkman en la obra de Hanakuma, que fue publicada unos años antes. Si bien es cierto que, a diferencia de la obra de Kirkman, los personajes creados por Yusaku Hanakuma no se montan tantas pajas mentales y filosóficas y van más al grano. “¿Queréis que la liemos gorda?” ¿Quién quiere circular por carreteras secundarias pudiendo ir a todo trapo por la autopista?

En Tokyo Zombie también hay felaciones, violencia (pero de la sana), litros de plasma sanguíneo, tuertos, palabras malsonantes, diálogos irreverentes, calvos, situaciones absurdamente hilarantes, zombies luchadores, decapitaciones, tertulianos coñazo sabelotodo, desmembramientos, una bella y enternecedora historia de amistad y hasta una piara de cerdos con nombre de mujer. Una mezcla explosiva que te abrirá la mente hacia un mundo tan disparatado como legendario, mostrándote además que por el mundo hay gente que está muy, pero que muy mal de la azotea. Y si con esta historia tan eclética y underground no bastara, va la editorial Autsaider Cómics y le coloca, en la portada, una especie de terciopelo al protagonista que en caso de apocalipsis zombie te ayudará a tranquilizarte con su suave tacto. Sí, a partir de ahora dormiré más tranquilo sabiendo que, si finalmente el apocalipsis zombie nos sobreviene, podría ser como el prometedor y divertido guateque que imaginó Yusaku Hanakuma en Tokyo Zombie. Porque lo peor no es que nuestra sociedad se vaya al carajo, sino en cómo vamos a entretenernos mientras eso sucede.

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MPH, de Mark Millar y Duncan Fegredo

mph

Pumphedes obtenerla si un rayo cae en el laboratorio en el que trabajas. Caprichos del azar. O tenerla por pertenecer a una raza extraterrestre y que esa particular habilidad no sea nada del otro mundo en tu lugar natal pero que en la Tierra resulte ser poco menos que increíble. También puedes conseguirla si un mago te obsequia con un conjunto de poderes y, entre ellos, se encuentra esa capacidad. Magia de la buena; sin trampa ni cartón. Haberla conseguido por herencia genética; sí, una opción tan válida como otra cualquiera. O, simplemente, haber nacido con el don porque algo en tu interior mutó. ¡Dejen paso a la evolución! O ser un dios; por supuesto, si eres un dios das por sentado haber sido agraciado con la súper velocidad. ¡Qué menos! Pero alguien ha ingeniado una nueva forma de correr más rápido que un bólido. ¿He dicho un bólido? ¡Más que un jodido avión supersónico! Y quién sabe, tal vez hasta más rápido. Rompiendo todos los récords, destrozándolos hasta pulverizarlos. Haciendo fosfatina la barrera del sonido en lo que dura el latido de un corazón. Mach 10, o lo que se tercie. Ahora, y a un precio muy asequible, la tan ansiada súper velocidad viene contenida en una insignificante pastillita. Una gragea similar a la que es capaz de ejecutar, sin compasión, el dolor de cabeza, pero con las propiedades para convertirte en el ser más rápido sobre la faz de la Tierra. Diseñada y elaborada, exclusivamente para ti, en los laboratorios Mark Millar. ¿Su nombre? MPH.

No debería extrañarnos que Mark Millar utilice las drogas como medio para otorgar súper poderes a sus “héroes”. Acostumbra a hacerlo, a transgredir las normas establecidas y a eludir los clichés del cómic de superhéroes. En Kick-Ass convirtió en el azote de los villanos a un friki con un traje de buzo. En Némesis nos mostró como sería alguien como Batman si hubiera decidido pasarse al bando de los malos. Pero si hasta se atrevió con el niño bonito de DC, Superman, en Superman: hijo rojo, convirtiéndolo en el estandarte de la Unión Soviética. En MPH pone a disposición de unos marginados, unos chavales que malviven en Detroit, un poder para cambiar su suerte; su destino. Sin trabajo, sin esperanza y con la única forma de buscarse la vida que trapicheando y delinquiendo éstos decidirán, tras conseguir la súper velocidad, que lo más correcto es… seguir delinquiendo pero a más velocidad. “Nos sentíamos tan bien robando a todos esos peces gordos que habían mutilado Detroit…” ¡Toma ya!

Pero no todo será pegarle palos a los bancos dejando a los más ricos con cara de bobos. Mark Millar guarda varias sorpresas jugosas y algún que otro giro que, sin ser una novedad en el mundo de los velocistas capaces de correr sobre el agua, resultan ciertamente atractivos al hallarse en el punto clave de la historia. Además de esto, dispara a bocajarro unas cuantas críticas, tanto las implícitas a lo largo de la historia como las más explicitas, al capitalismo más despiadado. “Nos lo quitaron todo, convirtiendo una potencia industrial en un sitio del que la mitad escapaba, dejando más de ochenta mil casas vacías”. Correr, entonces, se convierte en la forma de ajustar cuentas, de tomarse la justicia por su mano. “Si la ley hace la vista gorda, nosotros creamos nuestras propias leyes”. Correr por venganza. Castigar por venganza. Robar por venganza. En 2015 El 1% más rico tenía tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto. Así pues, ¡qué carajo!, seguro que empatizáis con Roscoe, Rosa, Chevy y Baseball. A no ser que pertenezcáis a ese 1%.

La parte gráfica de MPH corre (y nunca mejor dicho) a cargo de Duncan Fegredo. Su trazo grueso, muy duro y recargado de sombras, cumple sobre todo en las escenas de acción. Escenas que gozan de menos (no muchos menos, ojo) violencia y litros de tomate frito de lo que Millar nos tiene acostumbrados. Mostrar la súper velocidad en una película (me viene a la mente la escena de Quicksilver en X-Men: Apocalipsis) en la que se puede jugar con el movimiento, o con la falta de éste, es mucho más fácil que hacerlo en una viñeta. Por ello Fegredo tira de ingenio para, mediante algunos trucos de dibujante, transmitir al lector, con bastante atino, las sensaciones de aceleración: cubrir el cuerpo del corredor de rayos y centellas, multiplicar su presencia para dar la sensación de ubicuidad, o incluso moldear los elementos dependiendo de la velocidad (como las gotas de agua, convertidas en esferas cuando el paso del tiempo se observa desde la perspectiva de los protagonistas). El lector por su parte debe comprometerse, para que el conjunto funcione, en poner algo de imaginación (la cual cosa, en mi caso, nunca resulta una tarea ardua). En especial en las escenas en las que el mundo corriente se detiene y el velocista novato se pasea preguntándose por qué cojones todo el mundo está parado.

Voy a ser honesto: MPH no es de las mejores obras de Mark Millar, pero, para ser también justo, debo decir que el autor tiene en su haber obras sublimes, cómics que son verdaderas joyas, ergo es complicado que siempre alcance esas cotas de calidad. Eso solo significa que MPH es un buen cómic. Un cómic con una buena historia y un dibujo acorde. Un cómic que hará las delicias de cualquier aficionado al género y que se lee en lo que dura un chasquido de dedos. Un cómic que engancha, como lo hacen las pastillas MPH. Pastillas que vienen sin instrucciones que leer atentamente y que, en caso de duda, no es necesario consultar con tu farmacéutico. ¡Solo ingiérelas y corre!

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Tide Haven: El refugio de las mareas, de David Chevalier

tide haven el refugio de las mareas

tide haven el refugio de las mareasMiedo. Puede provocarlo algo real, como una amenaza inminente o un riesgo para nuestra seguridad. El ataque de un demente sediento de sangre que esgrime un arma blanca, el desasosiego ante la posibilidad de perder los bienes acumulados o la ineludible muerte que siempre nos anda rondando. Miedo. También puede ser producido por algo irreal, insustancial e invisible. Algo que no pertenece a este mundo, y que nuestra pobre, abrumada y limitada mente puede llegar a enloquecer cuando se empeña en rellenar huecos, en crear patrones, en buscar la explicación o la pieza que haga que todo encaje. “Habrá sido el viento…” Pero, ¿y si no existe tal pieza? Entonces nuestro lado creativo toma el control y moldea una, a pesar de que la prudencia sigue gritando que no es la forma más sensata de proceder. Creaciones de nuestra mente. ¿Pero qué ocurre cuando esos dos miedos se unen? ¿Y si no hay que temer únicamente a lo tangible, a lo que el pensamiento racional puede explicar? ¿Y si hay lugares en los que las leyes físicas que conocemos juegan a provocar el caos absoluto uniendo ambos mundos y creando nuevos terrores? Ese lugar es Killington, y solo está a unos miles de kilómetros de Tide Haven: El refugio de las mareas.

La historia no se inicia en esa apacible población costera, descrita con todo lujo de detalles por el autor, David Chevalier, sino que aborda con prometedora brutalidad la tragedia, el drama más amargo, para así dar fuelle desde el principio y arrancar por todo lo alto. El terror gótico viene luego, a pequeñas dosis, como un potente veneno que el autor va inoculando a través de las venas del lector. “Lo mejor está por venir…” Y a medida que lo irracional y la angustia a lo desconocido calan como una lluvia fría e insistente sobre huesos artríticos también penetran con fuerza la esencia de los dos carismáticos personajes protagonistas: Peter Doyle y su amigo Tom Miller, periodista uno y sargento de homicidios el otro, ambos retirados, desahuciados de una vida que los maltrata sin cuartel y unidos en busca de respuestas.

Pero anterior a las ansiadas respuestas estaban las preguntas. Éstas emergieron reptando desde las oscuras profundidades de un viejo teléfono negro de baquelita. Voces lejanas, entrecortadas, temblorosas. “Por Dios… que alguien nos ayude… ayuuudaaa…” Voces guturales que gritan auxilio a través de un teléfono que ni siquiera está conectado. Voces rasgadas que aúllan protección contra los monstruos y que ponen la carne de gallina. Voces dominadas por la desesperación que quizá llegan tarde a su destino. “Tarde siempre es más pronto que nunca”. Entonces David Chevalier lanza a sus protagonistas a un viaje, un road trip a través de la solitaria y agreste América profunda. Un viaje que se me antojó tardío y muy corto pero igualmente intenso, al igual que divertido (la venganza con aroma a gasolina tiene la culpa), con momentos de ternura (Stubby se encarga de ello), lleno de nostalgia y siempre con la liberadora sensación que otorga la oportunidad de ser redimido. “A veces luchar por alguien vale más que luchar por uno mismo…

La redención la buscarán en Killington. La ocasión perfecta de enmendar errores cometidos en el pasado. Un ayer que David Chevalier muestra con destreza metódica mediante los melancólicos e introspectivos pensamientos de los protagonistas. Una vez más voces; esta vez silenciosas, que susurran a través de recuerdos. El autor también hace uso de su poder como narrador omnisciente para saltar no solo de un personaje a otro, sino también del pasado al presente una y otra vez; para despistar en un principio, pero para contar, sobretodo, el porqué de los actos crueles y sanguinarios de esos personajes. Monstruos que caminan entre nosotros. “Digamos que en el mundo hay dos grupos de personas, los que pueden verlo y los que no”.

Lo que es ostensible es que Tide Haven es sin lugar a dudas una novela de terror gótico, y goza de todos los elementos para serlo: fantasmas, casa encantada, sensación de soledad, angustia, atmósferas sofocantes, misterio, etcétera. Todo descrito con tal lujo de detalles que es imposible no imaginar cómo sería la película. Pero el autor, en apenas 240 páginas, va más allá y se lanza en la arriesgada tarea de mezclar géneros. Funde el drama más realista con acontecimientos sobrenaturales y una amistad que se dilata en el tiempo (dando momentos tan cómicos como tristes o esperanzadores) con la novela criminal más cruenta donde los psicópatas más desalmados campan a sus anchas. Y todo ello con un ritmo narrativo que, como he apuntado antes, posee un aire muy cinematográfico.

Es por esto último que no puedo dejar de pensar en que si un Edgar Allan Poe de nuestra era se hubiera reunido con el equipo de guionistas de Mentes Criminales y True Detective y hubieran decidido unir su creatividad para escribir una novela es muy probable que Tide Haven: El refugio de las mareas hubiera sido el resultado. El producto de un conjunto de miedos atávicos que parece soñado por varias mentes, pero de la que una sola se ha encargado. Miedos tangibles e incorpóreos. Reales e imaginarios. Miedos que surgen de mentes enardecidas por imágenes terroríficas, sucesos inexplicables o seres amenazadores. Miedo a descubrir la verdad pero miedo también a no ser capaces de alcanzarla. Miedo a lo desconocido y, asimismo, a lo que conocemos demasiado bien. Miedo a todo. Miedo a no tener miedo a nada. Miedo al miedo.

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Golem, de Lorenzo Ceccotti

Golem

Golem¡Bienvenidos a Roma, cuna del imperio romano! Antaño ciudad de histéricos conductores con la mano siempre adherida al claxon. Hoy metrópolis perteneciente a la próspera Unión Euroasiática, remanso de paz de conductores adoctrinados a circular de forma ordenada y silenciosa. Roma, grandiosa ciudad de oportunidades en la que el paro es un animal mitológico y los bancos, con el refulgir de sus luces y esas vocecitas inocentes que insisten en retar a sus clientes en apuestas que estos últimos siempre pierden, parecen ilusorias máquinas tragaperras. Y luego están los anuncios que copan cualquier esquina de la urbe, de tu automóvil y hasta de tu cuarto de baño. ¡Compra, compra, compra! Roma, la ciudad eterna; así como parecen serlo sus ciudadanos a los cuales se les ofrece la oportunidad de hacerse retoques plásticos en unos minutos y desde el confort de sus hogares. Lo que se ve es lo que cuenta. Roma, ciudad utópica, donde las fuerzas del orden velan por la seguridad de sus residentes vigilándoles a todas horas, sabiendo lo que hacen en todo momento y eliminando a todo aquel que se descarría del buen camino. Roma, lugar placentero para vivir. Tome sus pastillas para no soñar y duerma de un tirón sin pensamientos creativos que entorpezcan su descanso. ¡Bienvenidos a Roma! Una Roma de ensueño.

Esta Roma futurista, que es un personaje pasivo pero transcendental además del telón de fondo del cómic Golem, es el resultado final de la fértil e imaginativa mente de Lorenzo Ceccotti (artista gráfico romano al que no tenía el placer de conocer pero al cual, y tras la lectura de Golem, voy a seguir muy de cerca). Este dibujante (y creo que este adjetivo se queda muy corto) tan pronto engendra el cartel de una película, que ilustra libros de Haruki Murakami, o, como es el caso, crea un cómic que se te queda grabado para siempre en la retina. Golem es una historia distópica al uso: vigilancia, represión y toneladas de “opio” para un pueblo aborregado, además de ser un reflejo distorsionado y extremo de nuestra actual sociedad. “Nuestro poder se basa en la instigación al consumo”. Y por supuesto, revolución. “Llegará un día en que tus sueños se harán realidad”. Y es que, y evidentemente, ese futuro es de todo menos perfecto. Y Steno, un muchacho que no se toma las pastillas que suprimen la capacidad de soñar, despierta cada mañana con la sensación de que ese mundo perfecto, ese arquetipo de ciudad inmejorable, está a punto de desmoronarse. Y sabe con certeza que está a punto de ocurrir. Ese posible cambio de rumbo puede proporcionarlo un descubrimiento, uno que puede redefinir por completo la forma de vivir de toda la sociedad; de todo el mundo. Un mundo, dominado por monopolios, que Lorenzo Ceccotti describe en tan solo una decena de páginas de forma soberbia, convirtiéndolo en algo tan tangible como plausible. Como genial es el concepto del invento: un elemento sencillo, concebible si se suspende la incredulidad (¡obligatorio en cualquier lectura!), insostenible científicamente (si nos ponemos tiquismiquis…) pero a fin de cuentas una idea suficientemente verosímil y seductora como para que el lector quede atrapado y la trama avance. Amigos, esto es un cómic, no un soporífero tratado científico.

Gráficamente Golem es demencialmente delicioso. No es navidad, ni tu cumpleaños pero aquí está, ¡bum!: un regalo para la vista. ¿Soy yo o esas viñetas parecen fotogramas extraídos de un anime? Solo que no hay anime, ni manga, es un cómic europeo. Pero es obvio, con solo echar un vistazo a Golem, que Lorenzo Ceccotti, con su particular estilo, toma como inspiración y rinde homenaje al manga de los 90 pero sin dejar de lado algunos, aunque pocos, rasgos distintivos del cómic europeo. Ninjas armados hasta los dientes con alta tecnología o soldados psicópatas con armas psíquicas que hacen recordar al Ghost in the Shell o al Appleseed de Masamune Shirow. Escenas con acción desenfrenada (justificadas por un guion robusto) que te hacen volar sobre esas páginas en las que también anidan seres gigantescos y aberrantes que rememoran los estados finales de la metamorfosis que sufre Tetsuo en Akira o, incluso, las múltiples transformaciones a las que se ve abocado Ryu en Project Arms de Ryoji Minagawa. O esa luz, ese color, que luce en cada viñeta y que inunda incluso las escenas más tenebrosas, junto al mensaje que subyace bajo tanta acción, que te hacen venir a la memoria los mejores títulos de Hayao Miyazaki. Pero es sin ninguna duda el Katsuhiro Otomo que ideó Akira el gran referente de Lorenzo Ceccotti. Pero entonces, cuando crees que ya lo has visto todo, cuando crees que el autor ya no puede sorprenderte más… Fundido negro, vuelta de página, y te encuentras con un cuadro repleto de claroscuros que parece la creación de un pintor del barroco. No, no hace falta que mires a tu alrededor, no estás en un museo de arte. Te encuentras ante la Roma del futuro. Una Roma con unos pocos aunque obstinados revolucionarios, unos idealistas que quieren cambiar el curso que está tomando la historia. Bienvenidos al inicio de una nueva Roma. Más cívica, más justa, más igualitaria. En donde cada uno sea dueño de las riendas de su futuro. “¡No dejes nunca de soñar!” Bienvenidos a la Roma de Lorenzo Ceccotti.

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