
Si mi memoria no me engaña fue durante un verano, cuando yo todavía no había alcanzado la adolescencia, cuando los cómics de corte adulto abordaron, de forma arrolladora, mi vida de lector. Mis primos tenían un puñado de revistas antiguas y amablemente me invitaron a meter la nariz entre sus páginas. Me sentí como si estuviera en un buffet libre destinado al entretenimiento. Creepy, una revista especializada en reunir lo mejor en historietas de terror, fue una de ellas. La otra, que aún hoy en día sigue publicándose, fue: El Jueves. Mientras que con Creepy hice un espeluznante recorrido que me llevó del terror más visceral al más sutil y clásico, con El Jueves descubrí el humor irónico, la sátira política y los chistes subiditos de tono. Creo que he salido bastante bien después de todo. Pero me centraré en ésta última revista, pues aquel revelador verano, tras hojear varios números, enseguida quedé prendado de tres historietas: Pedro Pico y Pico Vena, Makinavaja y, por supuesto, Johnny Roqueta.
Johnny Roqueta lo tenía todo para que llamara mi atención: un tío más chulo que un ocho que hablaba siempre vacilándole a la gente (jerga de rockero, ¿okay?), con un tupé de construcción impecable que coronaba su cabeza y con la exagerada elegancia de vestir siempre (incluso en verano y con cuarenta grados a la sombra) una chaqueta de cuero que le sentaba como un guante y unas camperas que lograban que pareciera un cowboy de ciudad. Por si esto fuera poco Johnny Roqueta, y como buen rockero, se paseaba por las viñetas tarareando o escuchando lo mejores temas de rock; música que justamente hacía poco que, en forma de cassettes, había empezado a ocupar gran parte de mis estanterías. La única pega de las historias de Johnny Roqueta era que se acababan. ¡Nos ha jodío! Apenas dos páginas, tres a lo sumo, sobre las aventuras de un rockero que ocupaba su tiempo fumando porros, trabajando un poco (cachondeo asegurado con Johnny ejerciendo de canguro), escuchando buena música y metiéndose en tánganas en las que estaban involucrados heavys , punks o cualquiera que hiciera un comentario negativo sobre Elvis Presley. Si es que se lo buscaban. Pero la época de esperar una semana para disfrutar de unas páginas más de mi cómic favorito ya pasó, de hecho, y durante lo que me pareció una eternidad, Johnny desapareció dejando el panorama comiquero español falto de música, buenas motos y birras… Hasta ahora, pues Johnny ha vuelto para rocanrolear y enseñarnos dónde empezó todo.
Y vuelve gracias a Dolmen Editorial que, dentro de su colección ¡Por fin es viernes!, ha publicado en una edición muy cuidada, el álbum Johnny Roqueta: 1982-1985. En dicha recopilación, y como bien puede deducirse del título, se recoge todo y de forma cronológica lo que, primero en solitario Rafael Vaquer y luego junto a Joan Tharrats, se publicó durante esos años sobre el personaje. El álbum abre con una introducción del propio Vaquer en el que además de explicarnos los entresijos del personaje, rememora alguna que otra anécdota. Y de aquí hasta la página 160 encontraremos Johnny Roqueta en estado puro. Desde los inicios del personaje (difícilmente reconocible y con un dibujo más elemental) hasta, tras pasar por una visible evolución, llegar al Johnny que siempre lleva gafas Ray-Ban Aviator (probablemente de imitación o robadas), jeans ajustados, pulsera de pinchos y espesas patillas de rockabilly. Sin duda rasgos distintivos que lo hacen inimitable. ¡Ojo! Toda historieta tiene además un pequeño anunciado a pie de página en el que se nos hace saber el año y el número de la revista El Jueves en la que apareció la historieta. Todo muy bien ordenadito, como debe ser. Por cierto, el álbum además recoge un inédito, alguna curiosidad, una caricatura de los autores realizada por Vizcarra y un puñado de páginas a todo color.
Con este Johnny Roqueta: 1982-1985, los que tuvimos la oportunidad de conocer al personaje tendremos la sensación de reencontrarnos con un viejo amigo, los que no lo conocen descubrirán al rockero más gamberro, carismático y divertido que ha parido el cómic patrio. Aun así, he de reconocer que al principio tenía un poco de miedo. ¿Estoy viviendo de nostalgia? ¿He encumbrado un personaje que ahora no estará a la altura? No sería la primera vez que me pasa. Ni de coña. Johnny Roqueta sigue (y a falta de un calificativo más culto) molando. Su pandilla sigue siendo esa que nos gustaría tener a todos. Y sus peripecias, de dudosa moralidad y de clara ilegalidad, siguen consiguiendo arrancar sonoras carcajadas, además de hacerte soltar algún que otro: “¡qué bruto!”, “¡están colgaos!” o “¡coño, eso también lo he hecho yo!”. Porque, seamos sinceros, aunque lo relatado en Johnny Roqueta podría haber pasado de moda, no lo ha hecho. Las pintas no son las mismas, pero el contexto sigue encajando: chavales intentando sacar rendimiento a un trabajo basura, ahorrando unas pelillas al colarse en el tren, robando saleros (o media cubertería) en el bar o pasando el tiempo haciendo lo que más les gusta, como escuchar música, presumir de sus cacharros, ligarse a todo lo que se mueve o bailar hasta que el cuerpo aguante.

Vende tu producto. Si lo que ofreces es lo suficientemente bueno se venderá solo. Diseño, nuevas aplicaciones, exclusividad… Te lo quitarán de las manos. Si ese artículo está enmarcado en una gama media te toca trabajar más. Crea una necesidad. El cliente precisa de tu artículo para vivir mejor. ¿Pero y si lo que aspiras a vender, y hablando claro, es una mierda? ¿Y si es un producto infumable y hasta, tal vez, perjudicial? ¿He dicho perjudicial? Quería decir mortal. Bueno, entonces entra en juego el arte de enmascarar la verdad. Una mierda cubierta de guirnaldas sobre una bandeja de plata parece menos mierda. Destaca las virtudes del producto; si es que las tiene, sino algo se nos ocurrirá. Añade también, siempre, un poco de miedo. Si no lo adquiere ya, se quedará sin él. Si no compra esa alarma, le entrarán a robar. Si no atacamos, si no nos defendemos, ellos vendrán a por nosotros, con armas de destrucción masiva, y nos despojarán de nuestras libertades. ¡Palabras mayores! Póngame un puñado de guerra, por favor. Sí, a la mayoría ya los tienes en el bote. Tras toda guerra existe un marketing. El eterno intermedio de Billy Lynn, de Ben Fountain, además de una novela magnífica es un gran ejemplo de ese inmoral marketing.
Algunas historias son épicas por naturaleza. Son tan grandes y narran hechos tan asombrosos que permanecen en el imaginario colectivo durante generaciones. Son como una sonata bien ejecutada, de sonidos dulces y amargos, crueles y tiernos, que arroba a los oyentes. Esas historias luego se tararean. De boca a oído, sucesivamente, hasta convertirse en leyendas. La mayoría cuentan gestas; y tragedias. Aventuras, traición y amor se conjuran en ocasiones para servirnos un relato apasionante. La muerte también revolotea, recolectando su parte de protagonismo. Esas leyendas presentan un denominador común: un personaje que va desarrollándose a la par que recorre su larga senda de vicisitudes. Un protagonista que deberá llevar a cabo unas misiones muy concretas que le completarán como persona. Ese perfeccionamiento del ser, del alma, es siempre en un sentido metafórico. Pero hay ocasiones en que la metáfora y lo literal convergen hasta diluirse. Este es el caso del manga Dororo. Un relato repleto de heroicidades, amores imposibles, extrañas amistades de inquebrantable lealtad y monstruos. ¡Oh sí! Olvidé decirlo, pero las mejores leyendas tienen un buen puñado de ellos. Pero, dejadme que os explique, brevemente, de que trata Dororo.
Las acampadas, el campamento o ir de camping, llamadlo como queráis, evocan en mi mente una incontrolable estampida de recuerdos. Montar tu propia morada de tela intentando no aplastarte un dedo con el martillo. Dormir en el suelo, (sobre piedras, la mayoría de las veces) después de trasnochar. Comer al aire libre, evitando a las hormigas, o cantar bajo las estrellas junto a una hoguera. Pantalones cortos y rodillas repletas de heridas. Las batallas, repelente en mano, contra los mosquitos que, cada noche, intentaban chuparte la sangre. Cada jornada era una aventura. Cada nuevo amanecer despertabas exaltado impaciente por saber qué te depararía el nuevo día. ¿Zorros mágicos de tres ojos? Humm, no creo. ¿Monstruos de río que se asemejan a dragones marinos? A ver, déjame pensar… No lo recuerdo. ¿Gatetes sagrados o Yetis hípsters? Oh no, definitivamente eso no ocurrió en ninguna de mis acampadas. Eso, todos los monstruos, las aventuras extraordinarias y el derroche de amistad adictiva solo les ocurren a un grupo de adolescentes en El campamento para chicas molonas de miss Quinzella Thiskwin Penniquil Thistle Crumpet. Son cinco, son chicas y se hacen llamar: Las Leñadoras.
Era pequeñita. Su pelaje era de color canela. Un blanco impoluto jaspeaba sus patitas. Tenía la naricilla rosada y su nombre hacía honor a La reina del rock. Mi perrita, al igual que cualquier otro can, era fiel; leal a mí y a su familia de humanos. Yo hubiera hecho lo que fuera por ella, y ella seguro que también por mí. Podría decirse que desde entonces acostumbro a leer libros sobre animales (buscando tal vez reencontrarme con sensaciones arrebatadas por el sueño eterno), pero no es cierto. En realidad, ya lo hacía incluso antes de tener aquel aburrido gusano de seda, el pez negro y bobalicón de ojos saltones o aquel pollo que, todo ufano él, nos despertaba cada día al alba con su estridente canto. He leído libros con animales como protagonista desde que era muy niño. He hallado, en esos libros, amigos de largas colas, de bellos plumajes o de escamas plateadas. ¡Incluso he encontrado amigos entre los golosos plantígrados! Así pues, no era de extrañar que una portada rebosante de un otoño de tonos ocres, con un zorro de pelaje rojizo que, sobre una suave loma, observa como el día declina, me cautivara. Ese zorro se llama Pax, y él es el protagonista de este libro de mismo nombre.
Retumban tambores de guerra. Silban las flechas sobre las cabezas de soldados asustados. Luego impactan en escudos o en carne fresca. Aúllan los combatientes heridos. Lloran como niños los hombres. Piden clemencia, llaman a sus madres. Mueren en el barro; perecen en soledad. Relinchan los caballos antes de aplastar a la infantería. Luego las espadas hablan: pronuncian funestas palabras de muerte. Refulgen al principio, sangran después. No hay honor en la guerra, solo afán de supervivencia. “Solo hay honor si se gana”. Mejor ser un cobarde vivo que un héroe que se pudre bajo tierra. Supervivientes a toda costa. Gente imperfecta que en tiempos duros busca salvar el pellejo; a cualquier precio. Cobardes, granujas, salvajes y farsantes que hacen lo que pueden para sobrevivir. De esta clase de hombres, de esta clase de mujeres, Joe Abercrombie entiende un rato. Y, en Antes de que los cuelguen, segundo libro de la trilogía de La primera Ley, ellos son los protagonistas.
Correr es un deporte solitario. La mayoría de las veces lo practico con la única compañía del cielo y la tierra. Como si fuera un ermitaño, intentando alcanzar un tipo de paz que solo de tanto en tanto y sin avisar se manifiesta. Otras veces corro acompañado de un amigo. Amigos y oponentes. Una rivalidad sana que nos ha llevado a ambos a mejorar. Y cada vez que lo hacemos, cada vez que batimos nuestra propia marca, a nuestro verdadero rival, que somos nosotros mismos, bromeamos: somos un poco más etíopes. En ese momento que rozamos con la punta de los dedos los 44 minutos en una carrera de 10 kilómetros: deberíamos mudarnos a Adís Abeba. O cuando en una de 5 kilómetros los 20 minutos nos saludan desde la meta: creo que se me está oscureciendo la piel. Y sí, en mi caso así es; pero en verano y tras tomar bastante el sol. Pero detrás de estas bromas hay una verdad innegable: admiración hacia esos corredores que revientan el cronómetro y destrozan récords cada vez que se calzan unas zapatillas (o no) y emprenden su endiablada marcha. Así pues, no era de extrañar que el libro Corre como un etíope, de Marc Roig Tió editado por 
trata de leer no hago ascos a nada. No importa el género literario, siempre y cuando la historia sea buena. Una historia robusta y cargada de personajes memorables para mí lo es todo. Pero debo confesar que desde pequeñito he mantenido un apasionante idilio con la 
Llevo muchos años aguardando el fin del mundo. Deseando que toda nuestra sociedad termine de una vez por todas, pero de una forma épica y memorable. Tras meditarlo detenidamente, y descartar varias opciones, he llegado a la conclusión de que un apocalipsis zombie daría ese toque de emoción a mi vida; a la de todos nosotros. A esas vidas que últimamente se han estancado en la más soporífera monotonía. El problema es que un mundo repleto de zombies es muy chungo, además de un muermo. O eso es lo que muchos autores de libros y cómics, además de directores de cine, nos han hecho creer. ¡Pero aún hay esperanza!, pues existe un lugar ahí fuera en el que luchar por tu vida y repartir candela de la fina entre los zombies putrefactos no está reñido con mearte encima de la risa. Ve preparando un buen cargamento de pañales porque, créeme, una vez los muertos empiecen a alzarse en Tokyo Zombie los necesitarás.
edes obtenerla si un rayo cae en el laboratorio en el que trabajas. Caprichos del azar. O tenerla por pertenecer a una raza extraterrestre y que esa particular habilidad no sea nada del otro mundo en tu lugar natal pero que en la Tierra resulte ser poco menos que increíble. También puedes conseguirla si un mago te obsequia con un conjunto de poderes y, entre ellos, se encuentra esa capacidad. Magia de la buena; sin trampa ni cartón. Haberla conseguido por herencia genética; sí, una opción tan válida como otra cualquiera. O, simplemente, haber nacido con el don porque algo en tu interior mutó. ¡Dejen paso a la evolución! O ser un dios; por supuesto, si eres un dios das por sentado haber sido agraciado con la súper velocidad. ¡Qué menos! Pero alguien ha ingeniado una nueva forma de correr más rápido que un bólido. ¿He dicho un bólido? ¡Más que un jodido avión supersónico! Y quién sabe, tal vez hasta más rápido. Rompiendo todos los récords, destrozándolos hasta pulverizarlos. Haciendo fosfatina la barrera del sonido en lo que dura el latido de un corazón. Mach 10, o lo que se tercie. Ahora, y a un precio muy asequible, la tan ansiada súper velocidad viene contenida en una insignificante pastillita. Una gragea similar a la que es capaz de ejecutar, sin compasión, el dolor de cabeza, pero con las propiedades para convertirte en el ser más rápido sobre la faz de la Tierra. Diseñada y elaborada, exclusivamente para ti, en los laboratorios 
Miedo. Puede provocarlo algo real, como una amenaza inminente o un riesgo para nuestra seguridad. El ataque de un demente sediento de sangre que esgrime un arma blanca, el desasosiego ante la posibilidad de perder los bienes acumulados o la ineludible muerte que siempre nos anda rondando. Miedo. También puede ser producido por algo irreal, insustancial e invisible. Algo que no pertenece a este mundo, y que nuestra pobre, abrumada y limitada mente puede llegar a enloquecer cuando se empeña en rellenar huecos, en crear patrones, en buscar la explicación o la pieza que haga que todo encaje. “Habrá sido el viento…” Pero, ¿y si no existe tal pieza? Entonces nuestro lado creativo toma el control y moldea una, a pesar de que la prudencia sigue gritando que no es la forma más sensata de proceder. Creaciones de nuestra mente. ¿Pero qué ocurre cuando esos dos miedos se unen? ¿Y si no hay que temer únicamente a lo tangible, a lo que el pensamiento racional puede explicar? ¿Y si hay lugares en los que las leyes físicas que conocemos juegan a provocar el caos absoluto uniendo ambos mundos y creando nuevos terrores? Ese lugar es Killington, y solo está a unos miles de kilómetros de Tide Haven: El refugio de las mareas.
¡Bienvenidos a Roma, cuna del imperio romano! Antaño ciudad de histéricos conductores con la mano siempre adherida al claxon. Hoy metrópolis perteneciente a la próspera Unión Euroasiática, remanso de paz de conductores adoctrinados a circular de forma ordenada y silenciosa. Roma, grandiosa ciudad de oportunidades en la que el paro es un animal mitológico y los bancos, con el refulgir de sus luces y esas vocecitas inocentes que insisten en retar a sus clientes en apuestas que estos últimos siempre pierden, parecen ilusorias máquinas tragaperras. Y luego están los anuncios que copan cualquier esquina de la urbe, de tu automóvil y hasta de tu cuarto de baño. ¡Compra, compra, compra! Roma, la ciudad eterna; así como parecen serlo sus ciudadanos a los cuales se les ofrece la oportunidad de hacerse retoques plásticos en unos minutos y desde el confort de sus hogares. Lo que se ve es lo que cuenta. Roma, ciudad utópica, donde las fuerzas del orden velan por la seguridad de sus residentes vigilándoles a todas horas, sabiendo lo que hacen en todo momento y eliminando a todo aquel que se descarría del buen camino. Roma, lugar placentero para vivir. Tome sus pastillas para no soñar y duerma de un tirón sin pensamientos creativos que entorpezcan su descanso. ¡Bienvenidos a Roma! Una Roma de ensueño.