
Sé que habéis venido aquí en busca de la valoración de un manga, pero permitidme, por una vez, que empiece hablándoos de un juego. El juego es conocido popularmente como El hombre lobo. El concepto de éste es tan simple como atractivo. Entre todos los jugadores se crean dos grupos: aldeanos y hombres lobo. Depredadores y presas. Nadie sabe si el jugador que tiene enfrente es un aldeano o un hombre lobo. ¿Amigo o enemigo? También dependerá del rol que a ti te haya tocado desempeñar. El verdadero atractivo de este juego es el clima de desconfianza que se crea; sobre todo en las primeras rondas donde reina el desconcierto. Los aldeanos deberán sobreponerse a la discordia sembrada por los licántropos y acabar con ellos. Pero conjeturas erróneas, probablemente engendradas por un monstruo manipulador, los llevarán en ocasiones a asesinar a aldeanos inocentes.
¿Quién es el 11º pasajero? de Moto Hagio, excelentemente editado y por primera vez en castellano gracias a Ediciones TomoDomo, me ha recordado a grandes rasgos a este juego de mesa. Aunque cabe señalar que por este manga de corte juvenil discurre menos violencia y sangre de la que se vierte en una de las imaginarias partidas, y tal vez veáis por las viñetas algún aldeano, pero ningún hombre lobo, ya que el género al que pertenece nada tiene que ver con la fantasía o el terror. Sí encontraréis extraterrestres. Es lo que tienen las historias de ciencia ficción. De hecho el relato está ubicado en un futuro distante. A años luz del nuestro. Un futuro en el que gracias a nuevas formas de energía los terrestres alcanzaron a colonizar la friolera de 51 planetas. Pero la historia que hoy nos ocupa ocurre mucho después de estos hechos, muchísimo después. La fecha es irrelevante. El lugar concreto es la Universidad Estelar. Allí se reúnen seres venidos de cualquier parte de la galaxia, la flor y nata de cada sociedad, jóvenes con mucho potencial, con el único objetivo de ingresar en ella y convertirse en los mejores pilotos de naves espaciales. Pero primeramente hay que pasar una prueba de ingreso. Diez aspirantes son embarcados en una nave que orbita alrededor de un planeta abandonado. Su misión: sobrevivir y enfrentarse a diversos retos a lo largo de 53 días. La cuestión es que nada más embarcar descubren que son once. La desconfianza se adueña de sus ánimos. ¿Quién es el undécimo pasajero? ¿A qué ha venido? ¿En quién puedo confiar? No son solo los actores de esta epopeya espacial los únicos que se plantean tales cuestiones, yo como lector no deje de hacérmelas hasta el final.
Ahora permitidme que me dé el lujo de hacer una comparación, y es que ¿Quién es el 11º pasajero? es también como esos reality shows de convivencia. Con concursantes mucho más capacitados intelectualmente y de profundidad psicológica más acentuada (por supuesto) y con un experimento de supervivencia y sociológico inmensamente más complejo (sin lugar a dudas), pero con unas bases cimentadas en el mismo concepto: congregar a gente diametralmente opuesta y lanzarlas a situaciones límite. Diferentes razas, diferentes personalidades, diferentes religiones, en definitiva, seres muy alejados unos de los otros que tendrán que aprender a convivir y superar obstáculos. Esos obstáculos se presentan de formas variadas: virus descontrolados, errores en el sistema de navegación, cargas explosivas diseminadas a lo largo de la nave… pero, ¿son parte del examen todas estas dificultades o realmente se enfrentan a contratiempos reales que podrían poner en peligro sus vidas?
Con el final de ¿Quién es el 11º pasajero? no solo se responderán todas las preguntas, sino que Moto Hagio nos propondrá algunas nuevas con Al horizonte del este, eternamente al oeste. Si la primera parte era un thriller de suspense, con vagas similitudes con el libro Diez negritos de Agatha Christie, en la continuación son las intrigas palaciegas las que toman el mando. Reyes destronados, guerras interplanetarias, traidores, espías y amor. Sí, amor. Lo hay. De igual forma, y tratado con mucha naturalidad, encontraréis el tema de la identidad sexual en la adolescencia. No os engañaré, este tomo de ¿Quién es el 11º pasajero? tiene sus momentos azucarados, pero no hay peligro de diabetes. Además, ¿no es la raíz, o la finalidad, o incluso el hilo conductor, de toda buena historia el amor en todas sus formas?
Hablemos ahora de Moto Hagio, una de las precursoras del shojo manga, y de su soltura para crear y dar forma al humor. A lo largo del cómic se hace patente esa agudeza; a pesar de que en ocasiones se excede e interrumpe el ritmo o la acción. Pero es en las últimas páginas donde podremos disfrutar de la Moto Hagio más gamberra y socarrona a través de un puñado de historias cortas que a pesar de ser de corte humorístico tienen también cierto calado filosófico y existencial.
Mientras que en estas últimas historias que completan el tomo la autora crea unos dibujos que son caricaturas infantiles de sus propios personajes, en ¿Quién es el 11º pasajero? y su continuación nos muestra qué podía hacer esta mangaka allá por los años 70. Rostros angulosos, enormes ojos que albergan la belleza de las galaxias, muchachos de frondosos cabellos y rizos imposibles. Si el diseño de personajes es correcto, el de vestuario, curiosamente, es realmente llamativo por la mezcolanza cultural. Se observa en algunas viñetas ropajes que bien podrían haber vestido los mosqueteros de la corte de Luis XIV, vestimentas de cuando el zar Nicolás II gobernaba en Rusia o incluso ropajes tradicionales de Japón. Una mixtura que no añade nada a lo que cuenta pero que pone de manifiesto que Moto Hagio, a lo largo de ¿Quién es el 11º pasajero?, da importancia a todos los detalles; dando especial trato de consideración a la psicología de sus personajes así como a las relaciones entre ellos.

Hace 76 años nació una superheroína. Sería William Moulton Marston, psicólogo de profesión, inventor en sus ratos libres y tipo versado en el arte de amar a varias personas a la vez, el que crearía a uno de los personajes más icónicos de DC cómics poco después de que estallara la segunda guerra mundial. Hasta entonces repartir estopa entre los villanos había sido labor exclusivamente del género masculino. Wonder Woman cambiaría las reglas y demostraría que podía golpear igual o más fuerte que sus camaradas de profesión. Con cada patada, con cada puñetazo, también luchaba por la igualdad de género. ¡Más patadas, más puñetazos; adelante! A pesar de que las causas de su lucha no han cambiado demasiado, de que su meta sigue siendo la misma, 76 años son muchos y, de tanto en tanto, al igual que ha pasado con 
A lo largo de la historia de la humanidad no son pocos los periodos vividos por el humano que, ahora vistos en retrospectiva, nos sorprenden por algunos hechos concretos, las costumbres o incluso los pasatiempos de aquellos lugares que pertenecen al pasado. La época victoriana fue indudablemente una de las más sorprendentes. Este periodo, que rondaría las siete décadas de duración, no solo nos dejaría la cumbre de la revolución industrial, sino que también pondría de manifiesto vicios y filias que podrían abarrotar páginas y páginas de un libro.
Soy un cocinillas. Cuando entro en la cocina la mayoría de veces consigo no cortarme, no quemarme y al final ofrecer a los comensales algo comestible. ¿Sabes qué cocinero no se corta? El que no cocina. Sabias palabras pronunciadas por mi madre cada vez que me enfrento entre fogones a un problema que frustra mis expectativas de éxito. Mi progenitora, maestra jedi en las artes culinarias y celosa guardiana de sus utensilios de cocina y de sus recetas a los que solo permite aproximarse a padawans capacitados. Como el maestro Yoda (sin los problemas gramaticales que éste presenta y ciertamente menos verde) mi madre me ha ido mostrando los caminos de la gastronomía. Paulatinamente vendrían otros maestros. 
Olvida Blade Runner. Olvida a Ridley Scott. Olvida todos esos temas sintetizados y melódicos que compuso Vangelis. Borra de un plumazo de tu mente la Tyrell Corporation. Haz lo mismo con los replicantes. Elimina a Rutger Hauer. Haz que desaparezcan las naves en llamas más allá de Orión, los Rayos-C, la puerta de Tannhäuser… Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Hazlo, haz que se esfumen también. Difícil borrar una parte imprescindible de la cultura popular, ¿verdad? Claro que lo es. Ahora, si puedes, si tan siquiera te atreves, si tu cerebro te permite por un instante introducirte en la parte del subconsciente y llegar a rozar ese valioso cofre de recuerdos emocionales, haz que Rick Deckard deje de ser Harrison Ford. Solo si puedes. Y una vez que tu mente esté despejada de distracciones, casi en blanco, en ese momento en el que no eres más que un niño sin prejuicios, como un impoluto lienzo a punto de recibir su primera pincelada, entonces, solo entonces, podrás abrir el libro por la primera página de Blade Runner: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick.
Grant Morrison. ¿Quién es Grant Morrison? Un guionista de cómics que no deberías perderte. Esa sería la respuesta corta. Si tuviera que extenderme y dar un dictamen más justo y completo añadiría que en la solapa de uno de sus cómics reza así hacia el final de su biografía: portavoz de la contracultura, músico, dramaturgo premiado y mago caótico. Frase escueta que solo es una muestra de lo prolífico, polifacético y algo excéntrico que es este guionista natural de Glasgow. Cuando en mi cabeza, a la vertiginosa velocidad de la luz, se entrelazan el adjetivo excéntrico y la maravillosa ocupación de guionista de cómics, por asociación de ideas, también emergen los nombres 
0. El 
Hace unos años, antes de que internet nos pusiera al alcance de un clic de ratón la opción de conseguir la música que nos gusta (por no hablar de otras formas de cultura o vicio), solo se podía disfrutar de un buen tema musical mediante la radio; sin poder controlar los temas que escuchabas, como mucho el estilo dependiendo de la frecuencia que escogieras. De esta manera, y tras machacar nuestros oídos, una y otra vez, con esa balada heavy, ese enérgico tema de rock o aquella canción popera, cuando ya eras un adicto a aquella pegadiza melodía, acababas comprándote el cassette o el cd. En mi caso, no era la primera vez que tras escuchar el álbum entero descubría que únicamente me gustaba aquella canción que me había obligado a acercarme a la tienda de música (ay, qué nostalgia) para hacerme con él. La irrefrenable máquina del marketing había funcionado conmigo centenares de veces. Con los libros que son un compendio de relatos acostumbra a pasar lo mismo, sobre todo si éste reúne historias escritas por varios autores. En estos casos te venden nombres: que si el autor súper ventas de libros de fantasía, o aquella autora que escribe adictivos thrillers de investigación, etcétera; una forma tan lícita como necesaria de promocionar y vender un libro, pero que en más de una ocasión resulta una desagradable sorpresa para el pobre lector que, ingenuo, pensaba que todos los relatos estarían a la altura del narrado por el afamado escritor que se anunciaba en portada. ¿Pero qué pasa si en el libro en cuestión todos los relatos pertenecen a ese laureado autor? Bien, para resolver la cuestión planteada no hay mejor forma que ponerse manos a la obra con un libro que cumpla con estas características: en este caso, y yéndonos al género fantástico, Filos Mortales de Joe Abercrombie parece la mejor elección.
Guerra total. Dos palabras que unidas muestran similar contundencia a la de un hacha cayendo sobre un cuello. Sangre, muerte, pérdida, destrucción y sufrimiento. Pero también el alivio del que sobrevive. “Sigo vivo”. O la búsqueda de culpa, de ese mismo superviviente, por haber realizado tareas de dudosa moralidad. “¿Por qué lo hago?” ¿Arrepentimiento? No, eso, casi nunca. Pues no hay tiempo para ello, ya que cada uno, cada soldado, cada persona, libra una lucha; no solo interna, intentando averiguar qué les ha llevado hasta ese punto exacto y por qué hacen lo que hacen, sino también contra enemigos tangibles que de un mandoble les pueden borrar de la existencia. Supervivencia y guerra total es lo que encontraremos en El último argumento de los reyes, el libro que cierra la trilogía de La Primera Ley; el brutal y oscuro desenlace de ese mundo en donde no hay buenos ni malos, no hay héroes ni villanos, no hay ángeles ni demonios; solo hay vencedores y vencidos, vivos y muertos. “Solo hay una diferencia entre la guerra y el asesinato: el número de muertos”. Y, en esta última entrega, la mayoría de los personajes que empezamos a conocer en 
La unión hace la fuerza. Todos para uno y uno para todos. Cualquier poder si no se basa en la unión, es débil. Son solo tres citas que nos recuerdan que unidos podemos llegar a conseguir hitos que por separado probablemente serían imposibles de alcanzar o que como mucho llegaríamos solo a rozar con la punta de los dedos. La idea de un grupo de personas trabajando juntas, luchando, dejándose la piel por un mismo fin, un fin justo, siempre me ha fascinado. Supongo que es debido a esto que los cómics en los que varios superhéroes unen sus poderes para darle su merecido al villano de turno me encantan. Y si tuviera que elegir a uno, a un único grupo de superhéroes, me decantaría, y sin pensármelo demasiado, por La Liga de la Justicia de América.
El humano es de naturaleza exploradora; un primate curioso siempre ansioso por descubrir nuevos lugares. Antaño, siendo nómada, podía saciar esas ganas de sondear lugares recónditos a menudo. Luego llegaría la agricultura, y con ella el sedentarismo. Evidentemente había que quedarse en ese lugar para ver cómo crecían los tomates para posteriormente recolectarlos. Pero a pesar de todas esas ciudades colmadas de relativa comodidad, el humano aún percibía como ardía el fuego de la exploración en su interior. Por eso Cristóbal Colón descubrió América. El mismo motivo condujo a Roald Amundsen a dirigir una exitosa expedición a la Antártida para alcanzar el Polo Sur. ¡Y qué decir de la competición que llevaron a cabo rusos y americanos por ver qué nación exploraba más y mejor el espacio exterior! El final de esa carrera acabaría con los americanos dando saltitos en la Luna. Pero también serviría para sembrar el germen de una exploración más profunda, con los ojos de las agencias espaciales puestos en el planeta rojo.
Atento a la pantalla; empieza el show. Tras la mayestática musiquilla introductoria aparece el presentador. Apenas se ven los hilos que lo hacen hablar y moverse. Sus gafas de pasta tiemblan cuando su boca se lanza de lleno a una confusa perorata informativa. Los bancos siguen ganando dinero y propiedades mientras cientos de personas son