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El diario de la princesa, de Carrie Fisher

el diario de la princesa

el diario de la princesaLa luz rojiza del atardecer iluminó la sonrisa que se había dibujado en mi rostro tras dejar atrás la penumbra de la vasta sala de cine en la que había disfrutado de la película Rogue One: Una historia de Star Wars. La sonrisa había sido consecuencia de ese final de la que, por el momento, era la última entrega de la saga galáctica más célebre. Un final que no solo enlazaba a la perfección con Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza, sino que además tocaba la fibra sensible de nostálgicos, recuperando, como si no hubieran pasado los años para ella, a aquella princesa menuda, pero estoica, que luchaba con la fuerza de un titán. Sí, la princesa Leia Organa.

Minutos después, y ya en casa, una noticia que corría como un reguero de pólvora por internet dinamitó mi sonrisa hasta convertirla en un puñado de escombros. Carrie Fisher acababa de morir. ¡Qué cruel es en ocasiones el destino! Fue en ese preciso momento cuando dos pensamientos fugaces cruzaron por mi mente para convertirse en dos dolorosas revelaciones. La primera: Cuando esos famosos a los que has admirado desde niño empiezan a morir (de una muerte más o menos natural) es que ya no eres tan niño. Y la segunda: De la princesa Leia lo sabía todo. En cambio de Carrie Fisher, ¿qué sabía? Solo lo poco que me había molestado en buscar en internet, que, no os voy a engañar, tampoco fue mucho. Supe que podría ponerle remedio al asunto al conocer la noticia de que Nova publicaría El diario de la princesa. Por fin iba conocer los secretos de Carrie Fisher, los derroteros que había tomado su vida tras rodar Star Wars, sus pensamientos más íntimos… ¡y todo contado por ella misma! Las páginas de El diario de la princesa serían como un susurro desde el más allá, y eso, en cierto modo era tan triste como emocionante.

El diario de la princesa se convirtió en un proyecto que llevar a cabo en el preciso momento en el que Carrie Fisher encontró los diarios que escribió cuando era solo una muchachita de diecinueve años. Esas reflexiones timoratas e ingenuas, los poemas ñoños no aptos para diabéticos y esos eslóganes de reflexión vacua, que bien podrían haber estado escritos en la carpeta de una adolescente, sorprendieron a una Carrie Fisher ya adulta. Desde la perspectiva que dan los años decidió que tal vez había llegado la hora de dar ciertos matices a aquellos pensamientos donde los únicos colores que parecían imperar eran el funesto negro y el cándido rosa.

Lo primero que llamó mi atención a las pocas páginas de empezar a leer (a parte de la facilidad que tenía la autora para encontrar las palabras adecuadas) fue su sentido del humor. Nunca hubiera imaginado que Carrie Fisher gozara de un humor tan incisivo. Con la ironía, el sarcasmo y en ocasiones el gamberrismo más refrigerante como estandarte principal de su narración, no duda en ningún momento en hallar esos trazos de comicidad que le rodearon durante el rodaje de la primera película de Star Wars y que siendo más joven fue incapaz de vislumbrar. Humor que tiene que ver con los fans, con sus compañeros de rodaje o con ella misma y con lo que significaba convertirse en una súper estrella de la noche a la mañana. “No creo que nadie pueda pensar en Leia sin que yo merodee también por sus pensamientos. Y no estoy hablando de masturbación.” Humor que incluso llegaría a ser profético. “Resulta difícil imaginar una necrológica televisiva que no use una foto de esa niñita de cara redonda con sendos absurdos rodetes a los lados de su escasamente experimentada cabeza.”

Ese humor rápidamente se diluye y Carrie Fisher desgarra sus vestiduras y descubre su alma a los lectores. Sin inhibiciones, y solo guardándose para ella las escenas más morbosas, nos hace partícipes de unas reflexiones imprescindibles para entender cómo funciona la insaciable maquinaria de Hollywood. Dinero y reconocimiento a una edad muy temprana. ¿Qué podía salir mal? Mientras leía, mientras Carrie hablaba sobre los peajes que tendría que pagar por rodar por la autopista de la fama, un viejo proverbio chino me vino a la mente: Ten cuidado con lo que deseas. Una vez más la sonrisa se diluía en la amargura de la nostalgia.

Una extensa parte de El diario de la princesa está dedicado a Harrison Ford. El Harrison Ford que interpretó al inolvidable Han Solo y del que la jovencísima Carrie Fisher se enamoraría hasta las trancas. Un amor prohibido. Un amor imposible descrito en los cuadernos manuscritos que acompañan al libro y que en ocasiones dan cierta vergüenza ajena y en otras resultan conmovedores. La Carrie Fisher adulta arroja luz sobre la verdad en su relación con Harrison Ford; cómo era él, cómo la trato y qué es lo que todavía sentía por él son algunas de la incógnitas que encontrarán su respuesta.

¿Y qué hay de Star Wars? Sí, es evidente que también habla de la película. Pero más que del producto final Carrie Fisher se hace eco de los entresijos de aquel set de rodaje, de las curiosidades, las anécdotas y las fiestas (con ese secuestro, del que ella fue víctima, perpetrado por varios miembros del equipo que a mí, sinceramente, y a pesar de que lo describe como una broma, me resultó algo espeluznante).

El diario de la princesa es un libro escrito a cuatro manos: las de la jovencísima, ingenua y enamoradiza Carrie Fisher y las de la adulta, sagaz pero también enamoradiza Carrie Fisher. Unas memorias divertidas, apasionadas y de evidente carga nostálgica que revelan no solo lo bien que se desenvolvía Carrie Fisher a la hora de escribir, sino también lo aguda y certera que llegó a ser en sus críticas hacía la industria del cine.

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Farishta, de Marc Pastor

Farishta

FarishtaAnte la publicación de un nuevo libro siempre actúo de dos formas. En la primera entra en juego mi mente más analítica. Así que indago un poco a la hora de embarcarme en esa nueva lectura, pues en ocasiones la sinopsis de la obra me suscita más dudas de las que me resuelve. También hurgo por ese cajón de sastre que es internet en busca de la biografía del autor. Las experiencias que éste ha vivido me pueden dar pistas sobre cómo habrá moldeado sus narraciones; o eso creo. Hay que tener en cuenta, además, la variable de la imaginación desmesurada de la que éste pueda gozar y que solo podrá confirmarse leyendo alguno de sus libros. El pez que se muerde la cola; una paradoja. El siguiente paso es, y siempre que el autor a investigar haya escrito más de un libro, encontrar similitudes de género entre sus obras, hallar esa suerte de dejà vu literario mientras aguardo a que, inesperadamente, el gusanillo de la curiosidad me pique; el estímulo definitivo para abordar cualquier lectura.

Recapitulemos, viajemos hacia atrás, hasta ese momento en que publican ese libro. Mi segundo modo de actuar es por puro instinto. ¿Éste o aquél? Ni siquiera leo la sinopsis. Como mucho me enamoro de la armonía entre el título y la portada. Me dejo llevar por el azar. ¿No es así como se viven las mejores aventuras? Así llegué hasta la inesperadamente sensacional Bioko; de esta forma descubrí a Marc Pastor. Marc Pastor, con esa historia, alcanzó mi personal olimpo de escritores que, escriban lo que escriban, allí estaré yo, como una fiera hambrienta, para leerlo, pero que a su vez intento reservar alguna de sus obras por temor a quedarme sin nada de ese autor que desvirgar. Locuras de lector, no me juzguéis. El caso es que llevar a cabo mi manía es complicado, pues Marc Pastor de momento solo tiene cinco libros escritos. ¡Que se dice pronto! Montecristo, La mala mujer, El año de la plaga, Bioko y la esperadísima Farishta.

Estamos en el año 1993. El año en el que Bill Clinton tomó posesión como presidente de los Estados Unidos. El año en el que un coche bomba estalló en los aparcamientos del World Trade Center. Ese mismo año en el que el atolón de Mururoa todavía era utilizado para realizar pruebas nucleares. En 1993 Farishta es una muchacha que acaba de cumplir los dieciocho años. Esa edad en la que nada parece imposible y en la que lo más sensato es correr un riesgo tras otro si eso nos lleva a alcanzar nuestras metas. Gracias a unos contactos conseguirá acceder a una extraña entrevista de trabajo que le dará acceso a un trabajo todavía más extraño. A pesar de las rarezas, el trabajo está muy bien pagado y sus funciones las desempeñará en un complejo de pequeñas islas ubicado en la Polinesia francesa. En cada isla reside una familia. Diferentes nacionalidades. Mismo estatus social. Todas con hijos pequeños. Pero, ¿qué es lo que realmente se está llevando a cabo en aquel lugar? ¿Por qué tanto secretismo? ¿Es posible abandonar el paraíso y salir indemne? ¿Qué clase de servicios ofrece la Iefremov-Strugatski, la compañía rusa que ha montado todo el tinglado, y qué sacan a cambio? Farishta emprenderá una investigación que no solo la llevará a la mayor y más increíble de las aventuras, sino que también descubrirá el amor y lo que significa comprometerse en cuerpo y alma con alguien.

Es inevitable, y más una vez que a la protagonista empiezan a ocurrirle extraños sucesos, que cualquiera que haya visto la serie Lost empiece a hacer ciertas comparaciones y conjeturas. De hecho el propio Marc Pastor, consciente de ello, siembra entre las páginas algún guiño que sirve no solo para dejar claro al lector que él sabe lo que nosotros pensamos, sino que además, y como buen degustador de series, nos hace sabedores de que ciertamente algo (ambientación y poco más) ha tomado de la obra de J.J. Abrams. No nos engañemos, ya hubiera querido Abrams un final como el de Farishta. Así pues, finiquitado el tema Lost podemos continuar.

Farishta está narrado en modo diario, en una primera persona que nos lleva a ser conocedores de las más secretas intimidades de la joven protagonista. Una excelente narración a la que es imposible resistirse y que te hace empatizar enseguida con la muchacha, espontánea, aventurera, de carácter enamoradizo pero sin llegar a perder el control. Una heroína en toda regla. La heroína que esta novela se merece. Además, a dicho diario se le suman cartas, fotografías, informes médicos, mapas, recortes de periódico y otra clase de documentos que, debidamente intercalados, convierten el diario de una muchacha singular en el testimonio de una aventura apasionante; es como poder leer un misterioso mensaje que trajo una botella tras dejar atrás costas lejanas y lugares recónditos.

Ciencia ficción romántica, thriller fantástico con toques de amor o aventura e intriga con romance pero sin llegar a empalagar. Además está esa reminiscencia a la ciencia ficción de Verne o H.G. Wells, a la que habla de lo desconocido o de los conflictos morales ante ciertos avances en la ciencia. Por todo esto es difícil adscribir a un único género el libro de Farishta. Y es que Marc Pastor se ha convertido en un maestro en el arte de conjugar géneros, entrelazándolos de forma minuciosa hasta crear un producto final sólido, ocurrente y que consigue atrapar a todo tipo de lectores que acabaran mordiéndose las uñas antes de llegar al final.

Farishta es una novela que a un vertiginoso ritmo de thriller de ciencia ficción nos lanza a una aventura en la que la trama, paulatinamente, y a golpe de giros argumentales que dejan la mente del lector quebrada, te enganchará, mostrándote además el nuevo e independiente granito de arena de ese universo que Marc Pastor ha ido creando con sus novelas y que en ocasiones, y sutilmente, llegan a entrelazarse.

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Superman/Batman/Wonder Woman: Metrópolis, de Randy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever

superman batman wonder woman metropolis

superman batman wonder woman metropolisImaginad que la nave que transportaba a Superman hubiera aterrizado en el Reino Unido en vez de en Estados Unidos, logrando, con este mero hecho, que su vida se convirtiera en una comedia de los Monty Phyton; o que lo hubiera hecho en la Unión Soviética, transformando al Hombre de Acero en una especie de arma con la que meter el miedo en el cuerpo a los americanos en plena Guerra Fría. Raro, ¿verdad? ¿Y qué me decís de Batman y Harry Houdini uniendo fuerzas para resolver un crimen? ¿Y de Edgar Allan Poe, el cual se ve en la obligación de aliarse con un hombre que se disfraza de murciélago para poder echar el guante a unos asesinos? Parece poco menos que inverosímil, ¿no es cierto? La Liga de la Justicia de América convertida en monstruos y protagonistas de La isla del doctor Moreau, el clásico de ciencia ficción de H.G. Wells, es otro de esos experimentos que algunos guionistas han llevado a cabo en el sello Otros Mundos de DC (que en España publica ECC) y que resulta el punto en común de todas las historias que antes os he planteado. En Otros Mundos la premisa está clara: transportar a los superhéroes más conocidos de la editorial DC a lugares, mundos o circunstancias que nada tienen que ver con las que los catapultaron a los mitos que hoy en día son. Superman/Batman/Wonder Woman: Metrópolis es otro de esos cómics. Esta vez asistiremos al nacimiento de la trinidad fundadora de La Liga de la Justicia desde el prisma que ofrece el cine expresionista alemán.

La corriente artística que supuso el cine expresionista alemán nació a principios del siglo XX y, tomando las directrices que el expresionismo ya había dejado más que perfilado en las artes plásticas, se creó un estilo visual nunca antes visto en el cine en el que mediante las formas se intentaba acentuar el dramatismo. Se considera al film El gabinete del doctor Caligari como uno de los precursores de este tipo de cine, y junto a la, conocidísima, Metrópolis del director Fritz Lang, la película de horror Nosferatu y El ángel azul, protagonizada por Marlene Dietrich, conforman las fuentes de inspiración del matrimonio de guionistas Randy y Jean-Marc Lofficier y del dibujante Ted McKeever para llevar a cabo Superman/Batman/Wonder Woman: Metrópolis.

Superman: Metrópolis es la primera de las historias. Una distopía en la que las clases pudientes, más conocidas como patricios, viven a expensas de una clase obrera que trabaja sin cesar para que toda la maquinaria que hace que funcione la ciudad no se pare. Clark Kent vive entre los ricos y apenas tiene preocupaciones hasta que se cruza con Lois Lane, una revolucionaria que busca el equilibrio entre ambas sociedades. El amor entre el niño rico y la chica de clase baja será el inicio de una serie de acontecimientos que cambiarán el orden establecido.

Todos esos personajes que siempre han rodeado la figura de Superman, tanto amigos como villanos, así como su mitología, los podréis encontrar en esta historia, pero totalmente subvertidos, encajando adecuadamente hasta fundirse, de forma natural, con una narración que toma muchísimo del film Metrópolis de Fritz Lang.

Batman: Nosferatu se sucede inmediatamente tras la primera historia. Aquí el matrimonio de guionistas nos sumerge en las oscuras profundidades de la ciudad de Metrópolis. El doctor Arkham, director de una institución psiquiátrica, se valdrá de sus dotes hipnóticas para, a través de un paciente al que llama el Hombre Risueño (inconfundible alter ego del Joker) cometer un sinfín de atroces asesinatos. Un hombre intentará detenerlo pero será lanzado a las sombrías profundidades de la ciudad, resurgiendo, después, como Nosferatu.

Si en la historia anterior podíamos gozar del traje de Superman más extraño nunca antes visto en un cómic, en ésta asistiremos al Batman más oscuro, bizarro y retorcido que una mente (jodidamente enferma) haya podido concebir jamás. Claramente basado en el vampiro que protagonizaba la película de Nosferatu. Y es que esta historia es una simbiosis entre el film del chupasangre y el de El gabinete del doctor Caligari. Tomando de cada una lo necesario para crear un ambiente, de marcados colores fríos, tétrico, terriblemente lóbrego, opresivo, macabro por momentos y con tintes de novela de terror.

Es en Batman: Nosferatu donde se pondrán a prueba los posibles prejuicios que el lector pueda tener en lo referente a la parte visual. Yo, que casi me considero libre de esos prejuicios, cuando llegué a esta parte, y hasta que no me acostumbré, pensé que el dibujo era tan absurdo como intrincado. Hasta que empecé a disfrutar de esas perspectivas imposibles, de las sombras alargadas, de los rostros, cuerpos o edificios que se retuercen en ángulos imposibles, de la realidad deformada, del trazo brutal e insoportablemente grueso y del color que parece pastel al óleo.

La última de las historias, Wonder Woman: La amazona azul, se apropia de algunos rasgos de la película El ángel azul para reformular la historia de la heroína creada por William Moulton Marston. Diana es una muchacha que ejerce de cabaretera en un local de mala reputación conocido como El palacio del pecado y regentado por el Doctor Psycho. Ésta, ayudada por Steve Trevor, intentará por todos los medios recuperar unos recuerdos que le fueron borrados para mantenerla dócil e indefensa.

Es la historia de la amazona, y a pesar de que enlaza correctamente con las otras dos, la más floja, tanto en guion (narración apática y con prisas por acabar) como en dibujo (de trazo todavía colérico pero de color demasiado “usual”) de las tres.

Superman/Batman/ Wonder Woman: Metrópolis es una curiosa, valiente y muy arriesgada propuesta que empieza con gran fuerza, evoluciona hacia algo salvajemente visual (no apto para el lector medio de cómics) y termina por perder fuelle en el tramo final. Aun así, ya solo por su apartado visual, este tomo, por primera vez en español, es una de esas llamativas rarezas a tener en cuenta.

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Ether: La muerte de la última llama dorada, de Matt Kindt y David Rubín

Ether la muerte de la última llama dorada

Ether la muerte de la última llama doradaEl año pasado el museo del Prado reunió las mejores obras del pintor Jheronimus Bosch, más conocido como el Bosco, para conmemorar los cinco siglos de su muerte. Entre esas obras se encontraba El jardín de las delicias, un tríptico pintado al óleo que es una portentosa obra de imaginación. No tuve la oportunidad de visitar el museo, pero desde la página web de éste pude escrutar con tranquilidad todos los detalles del cuadro. Todos esos seres deformes, monstruos, animales imposibles, abominaciones de la naturaleza; todos ellos formando parte de un todo tan fantástico que me dejó atrapado durante horas preguntándome qué vivencias habría tras esos personajes. No el significado alegórico, sino las historias que contaban sus estáticas acciones. La liebre que vagabundea por entremedio del alboroto que forma una aglomeración de cuerpos desnudos, ¿anda pérdida o solo está curioseando? El tipo con cabeza de arándano que yace junto a una muchacha, ¿ella le ama a pesar de su extraña deformidad o solo está con él por su dinero? Cosas por ese estilo. Todos esos personajes llegaron a conquistarme hasta tal punto que sentí que formaba parte de ese lugar. La primera vez que puse un pie en Ether sentí exactamente lo mismo. ¿Pero qué es Ether?

Ether: La muerte de la última Llama Dorada es un cómic escrito por Matt Kindt y dibujado por David Rubín. Ether también es un mundo mágico, un mundo de lugares imposibles y seres de disparatada composición biológica que se haya en una dimensión alejada, pero a la vez en los aledaños de la nuestra. Un paraíso para la vista con una aventura tras cada esquina. Un misterio por resolver para todo buen científico. Una golosina que saborear para todo buen aventurero. Boone Dias es ese aventurero. Un explorador interdimensional con la mente analítica de Sherlock Holmes, el anhelo de sondear lugares recónditos de Ernest Shackleton y el arrebatador carisma de Indiana Jones. Y mientras Boone Dias se deja seducir por esa magia, en la cual hay mucho de ciencia, los habitantes del lugar solicitan su ayuda siempre que se perpetra un crimen. ¿El último? ¡La Llama Dorada ha sido asesinada! Las dotes de Boone Dias serán necesarias más que nunca.

Cuando todavía estoy recuperándome de la resaca de Gran Hotel Abismo, cuando aún tengo que hacer un esfuerzo para no asaltar a cualquiera de todos esos políticos corruptos que reptan por nuestro país y apretarles, pero bien apretado, el nudo de la corbata, llega la nueva obra de David Rubín. Esta vez su compinche es Matt Kindt. O llega la nueva obra de Matt Kindt con David Rubín como camarada. Tanto monta monta tanto. Ambos nos llevan a una historia repleta de fantasía sin tapujos ni medias tintas. Algo que se hace patente desde la página uno, con un protagonista que parece hablarle directamente al lector, aunque en realidad la charla la mantenga con Glom, una especie de gorila con patas de cabra que es el guardián de La Encrucijada: el portal entre la Tierra y el reino mágico de Ether y que se convertirá en el compañero inseparable del protagonista. Delirante, ¿eh? Pues aún queda mucha tela por cortar. Aun así la tendréis que descubrir por vosotros mismos pues Ether: La muerte de la última Llama Dorada es una de esas obras en las que cuanto menos se sabe más se disfruta.

Sí puedo explicaros, en cambio, que la narración engancha como una droga dura. Primero con todos esos flashbacks que los autores han introducido en el momento idóneo, sin entorpecer nunca la acción, y que añaden profundidad al cómic al explicar lo necesario para que podamos avanzar por la historia. Y luego con ese marcado, desgarrador incluso, contraste entre el colorido y deslumbrante mundo mágico de Ether y el oscuro, real y desalentador mundo real. Tras visitar Ether, mi primera vuelta a la Tierra fue dolorosa, triste, con la sensación de haber perdido algo irrecuperable. Esa sensación de formar parte de ese lugar… ¡Ya os lo dije! Y por último están los conceptos, las historias de batallas pasadas, la fauna del lugar, los habitantes de la ciudad de Agartha, todo en conjunto encaja de forma tan delicada, tan precisa, que conforman en su totalidad un mito.

Si el guion de Matt Kindt es una bomba el dibujo de Rubín es esa mano que la activa, permitiendo que inmoles tu sentido de la vista en una explosión de colores y de dibujos prodigiosos. Atención a los colores de Ether. A los de la Tierra. Esa forma de acentuar las diferencias entre los dos mundos. Esos manchurrones que caen de forma controlada sobre esos dibujos que muestran recuerdos y que se asemejan a esas fotografías ajadas por el paso del tiempo ¿Y qué decir del diseño de personajes? Pues no mucho, porque por mucho que me esfuerce me quedaré corto, por mucho que lo intente no seré capaz de hablar de esos rostros de mirada tierna, dura, sincera, de mirada gatuna; de la heroica y sinuosa complexión de la Llama Dorada; o de esos animales voladores, corredores o nadadores de fabulosa apariencia que solo habitan en los sueños más intensos o en las locuras más enfermizas.

Ether: La muerte de la última llama dorada (con una edición impecable por parte de Astiberri) es un cómic único e inclasificable, además de un tsunami de imaginación que te zambullirá en un mundo mágico. El único pero de Ether es que se acaba, y al ser un primer volumen, de espero muchos más, es necesario esperar. Y como he dicho antes este cómic es pura droga, así que la espera puede provocaros un síndrome de abstinencia bastante agudo que, por suerte, podéis remediar releyéndolo hasta la extenuación.

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El imperio del sol, de J. G. Ballard

el imperio del sol

el imperio del solMe gusta la novela bélica pero me asquea la guerra. Creo entender que la mayoría de los conflictos estallan como resultado de una negociación política infructuosa. El fin de la diplomacia. Poder, control de territorios, riqueza, odio… Y digo que creo entender porque me faltan piezas del puzzle, pinceladas del cuadro y razones para el entendimiento. No, no creo entender ni la mitad. Es por eso que leo literatura bélica. Buscando respuestas a todas esas acciones terribles perpetradas por el humano en esos momentos de sociedad civilizada en suspenso. En contraposición a esas acciones despiadadas, y supongo que en un intento de equilibrio entre tanta corrupción humana, es también en parajes en guerra, donde se crean situaciones que pondrán la bondad, la compasión o la supervivencia a prueba.

Altos el fuego en lugares gélidos provocados por la melodía de un violín tocado de forma magistral. Treguas temporales para jugar un partido de fútbol navideño con las tropas enemigas. Confraternización con prisioneros. Hechos ocurridos en los momentos que más se necesitaba que ocurrieran. Porque las situaciones complicadas sobraban. Momentos y lugares de heroísmo y terror, mezclados con amasijos de cuerpos, fuego y barro. Lugares como Normandía, Dunkerque, Auschwitz o las Ardenas. Éstos, de una u otra forma, pasaron a ser parte importante de La Segunda Guerra Mundial. Pero si hay algo más que tienen en común todos estos emplazamientos es que se hallan en la vieja Europa. De hecho, la mayoría de libros, series o películas nos acercan una y otra vez a todos estos sitios. Probablemente porque fue donde se originó el conflicto. Hoy en cambio vamos a volar hasta China, en concreto hasta Shanghái, para ser testigos de primera mano de cómo fue La Segunda Guerra Mundial en aquel lugar tan alejado de Europa; todo ello gracias a James Graham Ballard y a su libro El imperio del sol.

En El imperio del sol vamos a ver la guerra a través de los ojos de un muchacho llamado Jim. Vive en Shanghái junto a sus padres: británicos adinerados que residen en la ciudad desde antes de que él naciera. El inicio de la novela es complicado y algo farragoso ya que el protagonista debe explicar todas las tensiones políticas que había en aquel momento. “En la guerra de verdad nadie sabía de qué lado estaba, y no había banderas, comentaristas ni vencedores”. Las relaciones entre China y Japón estaban muy enmarañadas y ya de por sí resulta complicado entenderlo aunque te lo expliquen. La versión resumida y sencilla sería algo como: chinos y japoneses libraban una guerra no declarada desde que los segundos los invadieran en 1937. Así pues en la ciudad se vivía una inestable calma tensa. Para los europeos que vivían en asentamientos en los que se llevaba una vida occidental, a pesar de que ocurrían atrocidades por las calles, todo aquello parecía no afectarles. De hecho, al inicio, la desconexión, la desidia, de Jim con ese mundo resulta incluso violenta para el lector. Pero todo esto cambia cuando los japoneses atacan Pearl Harbor y entran en La Segunda Guerra Mundial, dejando además clara su posición en la contienda. Es entonces cuando éstos entran en acción en Shanghái. Es entonces también cuando la novela El imperio del sol da su pistoletazo de salida.

Supervivencia a toda costa mediante la adaptación y la esperanza como tabla de salvación. Esta frase podría resumir la novela de J.G. Ballard, ya que en su totalidad va de esto. Pues nuestro joven protagonista quedará separado de sus padres y tendrá que buscarse la vida, primero por las calles de una convulsa y violenta Shanghái y luego en Lunghua , un campo de prisioneros en el que será recluido. El muchacho se convertirá en un ser metódico, con un talento especial para la manipulación y la negociación. Capaz incluso de aliarse con la peor calaña con tal no solo de socorrerse a sí mismo, sino también a los amigos que hará por el camino. Algo que le resultará de vital ayuda en el campo de prisioneros para comerciar y poder alimentarse mejor que la mayoría. Por otro lado está su fe; fe en encontrar a sus padres, en reunirse con ellos a toda costa, una fe que choca con el miedo de que todo aquello acabe. Pues Jim se acostumbra a aquella vida, un hábito o una suerte de síndrome de Estocolmo que teme que acabe, pues prefiere un rutinario mundo en guerra que las incertidumbres que pueda portar un mundo en paz. Y de todo ello hace partícipe al lector con sus más profundos e íntimos pensamientos a la vez que comparte su respetuoso ensimismamiento, casi poético, por los aviones que sobrevuelan el cielo de Shanghai. Y es evidente que desde la perspectiva del lector la forma de pensar y actuar de Jim en un principio parece críptica e inexplicable, sobre todo en esas escenas en las que Jim profesa una veneración casi absurda hacía los soldados japoneses que lo tienen preso. “Jim se sentía más próximo a los japoneses, que se habían apoderado de Shanghái y que habían hundido la flota americana de Pearl Harbor”. Con el avance de la novela se pone de manifiesto que en tiempos de guerra las reglas cambian, la forma de razonar también y que Jim lo que intenta por todos los medios es salir indemne de todo aquello.

El imperio del sol de J.G. Ballard, basada en las experiencias del propio autor, es una novela bélica imprescindible que nos habla de la supervivencia, la superación y la esperanza en ese momento decisivo en el que un niño alcanza la adolescencia. En ella nos enfrentaremos a escenas que nos pondrán la piel de gallina, que nos dejarán con un nudo en la garganta o que nos plantearán ciertos debates morales, todas narradas con una prosa, que recuerda a la crónica periodística, y que llega a ser descriptiva al milímetro pero sin caer en sensacionalismos.

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Arma X, de Barry Windsor-Smith

Arma X

Arma X“Magneto me arrancó el adamántium del cuerpo. Mi factor de curación es casi inexistente…” Así empieza el número 65 de Lobezno de la etapa guionizada por Larry Hama. Un cómic de grapa, de principio de los años 90, que he tenido que rescatar de mi vieja, irregular y variada colección, para poder refrescar algunos de mis vagos recuerdos. El cómic en cuestión es de esa época en la que Cómics Forum era el sello editorial encargado de traernos todas esas historias narradas por la factoría Marvel; esa misma época en la que todavía se les llamaba tebeos y que completar una colección era una tarea harto complicada, pues dependías del típico kiosco cutre de barrio, o de librerías especializadas en prensa que, normalmente, traían cómics de tanto en tanto para rellenar estanterías. Cómics que en muchas ocasiones compartían espacio con pornografía (la X los debía confundir) o revistas del corazón. Las tiendas físicas especializadas en cómics no abundaban, e internet, todavía en pañales, daba sus primeros pasitos hacia un mundo de oportunidades. Si a todo lo anterior le añadimos que por aquel entonces yo era un chavalín que dependía de la paga que le daban sus padres, podréis entender el porqué de una colección tan variada e irregular. Coleccionar cómics, por aquel entonces, era una aventura solo apta para comiqueros perseverantes dotados de una desarrollada habilidad de rastreo.

Pero antes de que continúe divagando, y me pierda en las batallitas de un friki veterano, me gustaría retomar el hilo principal, que no es otro que el adamántium de Lobezno. Ese material indestructible que recubre por completo el esqueleto del mutante y que unido a su factor de curación lo hace prácticamente inmortal. Siendo un impúber yo pensaba que formaba parte de la mutación de Logan. Pues tras haber leído un buen puñado de cómics de La Patrulla X y de los Classic X-Men, aquel tipo canadiense bajito y con malas pulgas seguía siendo para mí un enigma por resolver. Era, entonces, una etapa de insinuaciones más que de aclaraciones. No fue hasta el cómic con el que he abierto esta reseña, y tras un comentario que hacía Yuriko, más conocida como Dama Mortal, que descubrí que tras el esqueleto de Logan había un experimento. “¿Qué ha sido del proceso de mi padre? ¡No podía ser invertido!”

Ese proceso había sido explicado dos años antes, y el padre de Yuriko nada tenía que ver con él. Sí, también fue una época de cierto desbarajuste en las líneas argumentales. Barry Windsor-Smith fue el encargado de desentrañar, con pelos y señales, sin dejarse nada en el tintero, una de las etapas más trágicas del mutante más carismático de los X-Men. El cómic, al igual que el experimento, se llamó Arma X y borraba de un plumazo aquel halo de misterio que había envuelto a Lobezno durante tanto tiempo.

Arma X inicia con un Logan que se tortura a si mismo por lo que es, y por el desprecio que los demás sienten hacia su persona. Se pasa el día bebido, se mete en peleas de bar y malvive en una pensión de mala muerte. Una noche, saliendo de un bar en aparente estado de embriaguez, es secuestrado. Logan dejará de ser Logan. Los científicos se encargarán mediante diferentes pruebas de convertirlo en una bestia; un ser sin remordimientos, sin conciencia. Intentarán de forma brutal, arrancarle aquello que todavía lo hacía humano, y todo con el fin de convertirlo en un súper soldado; un arma que sea implacable e invencible en el campo de batalla. El arma perfecta.

Arma X no es la típica historia en la que Lobezno se las tiene que ver con un enemigo. Arma X es la crónica de un experimento, de todas las perrerías que se le hicieron al sujeto de pruebas. Pruebas inhumanas, dignas de la mente de un científico chiflado y sin escrúpulos. No solo experimentan, a todos los niveles, con el cuerpo de Logan, sino que lo hacen también con su mente. Situaciones que crean una línea directa de empatía entre el lector y el pobre conejillo de indias humano. Es inevitable sentir lástima por Logan y rabia por los científicos de moral disoluta que, a pesar de las muestras de dolor que manifiesta el individuo, deciden llevar su tortura hasta niveles abominables. “Así que puede sentir lo que le estamos haciendo, ¿no? La mayor parte sí. El pobre bastardo se está retorciendo de dolor.”

Con Arma X Barry Windsor-Smith se convirtió en Juan Palomo “yo me lo guiso yo me lo como”, pues no solamente se encargó del guion, el dibujo o el color, sino que su nivel de involucración en el proyecto fue tal que lo llevó a dibujar las portadas o a incluso ocuparse de parte de la rotulación. Y si de la extraordinaria parte gráfica hay que destacar algo, es sin duda la capacidad del autor para mostrarnos a un Lobezno brutal, más animal que persona, con un estilo que mezcla los cómics clásicos de los 70 y 80. Pétreos músculos, tendones marcados, venas inflamadas, dientes afilados, salpicaduras de sangre; nunca habías visto así antes a Lobezno. Nunca habías visto a un Logan tan fiero y sanguinario. Nuestro querido mutante convertido en un monstruo que transmutará, a golpe de zarpa, una historia de ciencia ficción en una de terror (entre Frankenstein y Alien) mientras se pasea, con la única vestimenta que le ofrecen un casco futurista y unas baterías colgando de su cintura, por una estación científica repleta de soldados; o bajo la nieve, momento en el que nos será revelado que la brutalidad en ocasiones puede alcanzar a la belleza.

Esta última edición que nos trae Panini Cómics de Arma X , además de gozar de una calidad visual increíble, es una magnífica oportunidad para conocer muy de cerca ese experimento que ya forma parte no solo del esqueleto y la psique de Logan, sino también del imaginario de todos los fans del mutante.

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D4VE, de Ryan Ferrier y Valentín Ramón

D4VE

D4VE“Elige la vida. Elige un empleo. Elige una carrera. Elige una familia. Elige un televisor grande que te cagas. Elige lavadoras, coches, equipos de compact disc y abrelatas eléctricos…” Así empieza la descarnada y brillante reflexión que Mark Renton, uno de los protagonistas de Trainspotting, comparte con el espectador (o lector) para defender la postura que ha tomado ante la sociedad y para manifestar que no va a seguir el camino establecido.

D4VE hubiera aprobado su elección.

Algo similar le ocurría al narrador en El club de la lucha. Harto de una vida de programada insustancialidad, y de un sueño americano que no es más que un placebo insuficiente para sobrevivir a la rutina, se lo montaba en plan antisistema consigo mismo.

D4VE hubiera aplaudido su modo de vida.

Pajas mentales, estados de ansiedad, la crisis de los 40, fe en chorradas y dudas existenciales son algo inherente al ser humano. El hastío de vivir una vida de comodidades adulteradas o ese insidioso pensamiento que te susurra al oído que jamás serás alguien importante. ¿Te suena? Sí, seguro que te suena. Forma parte de nosotros. Está en nuestro ADN. Es algo característico de los humanos. Solo de los humanos. ¿Seguro? Ven, anda, que te voy a presentar a D4VE.

D4VE es una novela gráfica escrita por Ryan Ferrier, dibujada por Valentín Ramón y editada en nuestro país por Sapristi, que despunta ya como editorial que se esfuerza en traernos cómics raros y fascinantes. D4VE también es el nombre del principal protagonista. Un robot que trabaja en una oficina. Un robot que viste camisa blanca y corbata negra, y que se pierde en ensoñaciones de tiempos mejores en el pequeño cubículo donde forma parte de un estructurado engranaje llamado sociedad. ¡Anda mira, como tú! Antaño había sido un robo-soldado y había combatido para conquistar la Tierra. “Podéis llamarlo levantamiento hasta hartaros. Pero fue una señora y muy canónica patada en el culo de los hombres”. Luego, por diversión, eliminarían a cualquier raza alienígena que se cruzara en su camino. ¿Genocidio a nivel galáctico? Sí, un poco sí. Con el tiempo se quedaron sin cosas a las que matar, sin nada contra lo que luchar, en definitiva, sin un objetivo en la vida. Así que se convirtieron en unos haraganes de culo metálico y de sangre aceitosa que se dedicaron simplemente a existir. Es por ello que D4VE tiene una hipoteca, un trabajo odioso, un jefe que es un cabronazo, una mujer con la que tiene sus rifirrafes, una cuñada plasta que lo odia y un hijo adolescente que pasa de él y que prefiere ocupar su tiempo libre con los videojuegos, las drogas o meneándose con fruición el perno mientras mira revistas de robo-pilinguis. ¡Ah, sí, D4VE también sufre de insomnio! Vive una vida tan soporífera como ordinaria. Vamos, lo normal. Así que cuando unos extraterrestres, con naves de formas similares a los testículos de un octogenario, invaden la Tierra, D4VE ve una oportunidad para retomar su vida; aquella que perdió en una existencia de aburrimiento.

D4VE no deja de ser una oda, muy burra y ácida (a nivel sulfúrico), a favor de perseguir los sueños; a favor de escoger el camino tortuoso que nos hará felices y en contra de ése más cómodo que solo nos convertirá en seres tristes, oxidados y frustrados. Lo que Ryan Ferrier explica en D4VE no es nada nuevo, pero sí original por la forma en que lo hace. Y es que, cuando uno imagina a los robots conquistando a la raza humana, piensa en inteligencias superiores, como Skynet, que tras aniquilarnos tomarán mejores decisiones que nosotros. No en unos seres metálicos que, con el tiempo, se volverán unos memos agilipollados tan psicológicamente inestables como nosotros. “Pero lo que tiene el haber sido programado por humanos es que acabas adoptando sus…Tics”. Lo que puedo asegurar es que, a diferencia del pobre D4VE y la vida que tiene al inicio del cómic, el lector no va a aburrirse con esta sátira de humor cafre y desvergonzado que resulta ser el reflejo de nuestra propia sociedad. Los chistes (tanto buenos como malos) infestan casi cada bocadillo del cómic. Así como todo ese lenguaje informático. “Por el amor de Jobs”. De igual forma lo hacen todos esos tacos que se van soltando a lo largo de la historia y que dejan patente que una palabra malsonante, en ocasiones, es una excelente, y breve, declaración de intenciones; tan contundente como una buena patada en todas las partes colganderas.

El dibujo de Valentín Ramón es difícil de definir. Transita entre el arte conceptual para un videojuego, la vistosidad de Moebius en los paisajes (aunque con menos detallismo) y la brutalidad de Geof Darrow en Hard Boiled. El caso es que, además de único, el arte de Valentín Ramón es un acompañante perfecto para todo ese humor bestia que inunda la obra. Perfecto también para mostrar a un D4VE, de gestos muy humanos, en situaciones tan dispares como cuando se sincera con su familia e intenta arreglar las cosas, o como cuando se pone en plan Michael Douglas en Un día de furia y deja perdidas las viñetas de sangre verde y casquería alienígena.

D4VE, al final, resulta ser un cachondeo padre con grandes dosis de acción; una llamativa mezcla entre las buddy movies, las películas taquilleras de robots e invasiones alienígenas y el disco de un rapero negro que en la portada muestra la dicromática advertencia de Parental Advisory: Explicit Content. Pero tras la fachada de soberbio disparate también hay un mensaje, poco sutil y políticamente incorrecto, de libertad y de hacer lo que te haga feliz a pesar del qué dirán. “Esto es lo que soy. Todo vuelve a mí. La sensación de ser feliz”.

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The Legend of Zelda: A Link to the Past, de Shotaro Ishinomori

the legend of zelda a link to the past

the legend of zelda a link to the pastSoy de los que miden la calidad de un libro por el influjo que ha ejercido sobre mí; por la capacidad de éste para incrementar mi, ya desmesurado, don para evadirme del mundo real. Y es que algunos libros parecen tener una suerte de hechizo que me mantiene atrapado en una profunda ensoñación tiempo después de haber cerrado el libro. Pensando. Fantaseando despierto. Atascado en los recuerdos de las situaciones ficticias que me ha hecho vivir. Atolondrado. Reflexionando sobre los personajes memorables que han trascendido de la tinta impresa hasta lo más profundo de mis neuronas, las cuales fueron coaccionadas a reír, a llorar o a emocionarse. Bueno, tampoco las veréis lamentarse por tal trago. Para que nos vamos a engañar.

Ese tipo de magia absorbente no solo la he percibido con libros o cómics, algunos videojuegos también me han hecho alcanzar niveles de desconexión narcotizantes. ¿Qué mejor droga que una buena historia? Porque juegos como The Legend of Zelda: Ocarina of Time son capaces de crearte recuerdos de una vida alternativa; una vida que has vivido y que recuerdas perfectamente. Unos recuerdos, de tu yo en un mundo paralelo, que asaltan tu mente y embargan tu pecho, induciendo similar agitación que la que produce el reencuentro con un viejo amigo. Recuerda cómo te inundó la sorpresa al conocer a Navi, el hada que te acompañaría a lo largo de esa aventura que te convertiría en el único nexo de unión entre un pasado lleno de promesas y un futuro oscuro y devastado. Y todo a ritmo de la extraordinaria ocarina que a través de la música pondría la magia a nuestra disposición. Música que sonaría tiempo después de acabar con Ganondorf, el villano del juego, y que con el poder de su sonata y con la invocación de nuestra agridulce nostalgia seguiría transportándonos a un mundo de vivencias ilusorias.

Pero antes de que Ocarina of Time, a finales de los 90, dejara a jugadores con la boca abierta (y con la cartera vacía) y a la crítica especializada repartiendo elogios a diestro y siniestro, a principio de esa misma década era otro videojuego de la misma franquicia el que marcaría las particularidades que harían famosa a esta saga. Un videojuego que poco después vería su adaptación al cómic de la mano de uno de los grandes del manga. Ahora, por primera vez, y gracias a Norma Cómics, podemos disfrutar de esa adaptación en castellano. Prepárate, nos vamos a buscar la espada legendaria y la Triforce. Por el camino recogeremos todas las rupias necesarias. Verdes, azules y rojas. ¡A ver si te piensas que en las tiendas de artículos nos van a fiar! Prepárate para cruzar bosques frondosos, parajes desérticos y mares de lava. Prepárate para rescatar a la princesa Zelda. Prepárate para el cómic The Legend of Zelda: A Link to the Past.

Ocarina of Time, Four Swords, Oracle of Ages, etcétera; todos los títulos de la saga Zelda han sido adaptados por el dúo de mangakas Akira Himekawa. Así pues, que The Legend of Zelda: A Link to the Past fuera publicado en castellano era casi de obligada necesidad. El cómic nos va a contar más o menos lo que ya pudimos jugar en el videojuego. Y digo más o menos porque Shotaro Ishinomori añadió algunas situaciones nuevas para, no solo hacer la aventura algo más extensa sino también para que los jugadores de aquella época encontraran algunas novedades. Si de lo contrario eres de los que hace mucho que jugaron al juego, o de los que tienen memoria de pez, puedo explicarte de forma pormenorizada de qué iba la historia.

Link es un muchacho que un buen día despierta debido a una voz que pide auxilio. Lo extraño es que ésta le habla directamente a su mente. Cuando se lanza en pos de la persona que pide ayuda descubre que ella es una princesa y que él, por casualidades de la vida, ahora es el elegido. En su camino se topará con seres mitológicos o mágicos: como dragones, hadas o brujos. Y sus pasos lo llevarán hasta todo tipo de castillos o mazmorras en los que deberá superar pruebas o resolver acertijos para poder continuar con su aventura y alcanzar al fin al villano que retiene a la princesa. The Legend of Zelda: A Link to the Past no deja de ser una de tantas historias de fantasía en las que el destino se cruza en el camino de un muchacho normal y corriente para que haga cosas inimaginables. Un cuento de hadas con un héroe que salva a una princesa. ¿Cuento? Perdón, quería decir leyenda.

Tras esta adaptación encontramos al que fue discípulo aventajado de Osamu Tezuka: Shotaro Ishinomori. No es de extrañar por ello que sus dibujos tengan cierto parecido con los del “dios del manga”. Trazos básicos, rostros pueriles, parajes simplones que gracias a un colorido elemental pero de precisa elaboración les hace ganar enteros y un diseño cuidado y espectacular en lo que se refiere a los monstruos. Como Trínex, el dragón tricéfalo que escupe fuego o hielo por viñetas de gran envergadura y de colores bermellones; el brujo Agahnim, dueño y orgulloso poseedor de portentosas guaridas de colores fríos que pegan perfectamente con el sombrío mundo de las tinieblas; o el propio Ganon, con su pinta de orondo y beligerante cochino ibérico, que parece haber decidido instruirse en el arte de guerrear y conquistar mundos a la fuerza para no acabar convertido en un delicioso jamón de Jabugo.

The Legend of Zelda: A Link to the Past de Shotaro Ishinomori es un clasicazo. Un manga a todo color que se sustenta sobre los cimientos de un videojuego que a día de hoy es de culto. Por este motivo creo que es de obligada compra para todo aquel fan de la saga que quiera volver a Hyrule, que busque deleitarse de nuevo con las melodías que compuso Koji Kondo o que desee liarse a mandobles con los cucos en Kakariko Village.

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Sherlock Holmes y el legado de Moriarty, de Sergio Colomino y Jordi Palomé

sherlock holmes y el legado de moriarty

sherlock holmes y el legado de moriartyTodo buen holmesiano sabe que Sherlock Holmes es un detective de lo más singular, sigue cualquier pista hasta dar en el clavo. Sherlock Holmes, es el único y genial. Sherlock Holmes, como él no hay otro igual ¿Ya estás cantando? ¡Te pillé! Sí, esa fue mi primera toma de contacto con el detective consultor. Una serie de dibujos animados, coproducida por Japón e Italia y con el gran Hayao Miyazaki de por medio, en la que los personajes que Conan Doyle imaginó eran animales de aspecto antropomórfico. Los casos tratados en la serie se basaban muy vagamente en la obra de Doyle, por no hablar además de todos aquellos medios de transporte anacrónicos, que poblaban las calles de una Londres victoriana y que parecían sacados directamente de las novelas de Julio Verne.

Visto ahora en retrospectiva, conociendo más profundamente al personaje, al autor y a su obra, podría afirmarse que aquella serie de dibujos se pasaba bastante por el forro las normas, no escritas pero implícitas, a la hora de contar algo sobre el detective con sede en el 221B de Baker Street. Puede que el anime de Sherlock Holmes no hiciera honor al canon holmesiano que Conan Doyle confeccionó a lo largo de 40 años, dando como fruto cuatro novelas, 56 relatos y una cantidad incalculable de fans; pero sí consiguió que a una generación de chavalines se nos abriera el apetito de casos más complicados, de misterios en apariencia irresolubles, de personajes menos caninos pero con los mismos instintos de caza, asimismo igual de carismáticos; en definitiva, ganas de buscar los orígenes de aquellos personajes perrunos. Ganas de Sherlock Holmes.

Sergio Colomino y Jordi Palomé también se nutrieron de esa serie; por lo menos así afirma uno de ellos. Y ahora, guionista y dibujante respectivamente, son los que nutren con historias del detective a una nueva (y a la veterana también) generación. Su primera obra, de título Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona, consiguió que aprobaran cum laude ante una de las instituciones más rigurosas de la literatura: los fans de Sherlock Holmes. Si no que se lo digan a Doyle, que tras matar a su personaje, y ante las presiones ejercidas por los fans (entre los que se encontraba la casa real o su propia madre) se vio en la obligación de resucitarlo. Es que lo que no consiga una madre… Pero hasta que Sherlock no reapareciera vivito y coleando en el caso de La casa vacía pasarían tres años ficticios. Ese periodo de tiempo sería popularmente conocido como El Gran Hiato.

Es durante ese hiato que, de la mano de Sergio Colomino y Jordi Palomé, Sherlock visitaría Barcelona, desentrañando una conspiración perpetrada por el Coronel: un criminal implacable experto en organizar complots de gran envergadura. Pero sus caminos no eran la primera vez que se cruzaban, pues tiempo atrás, en una Rusia decadente que mantenía una tensa relación de tiras y aflojas con Inglaterra, sus destinos ya habían colisionado. Un villano que, por dinero, está dispuesto a todo contra un detective que, tras ser dado por muerto, se convierte en agente secreto. Comienza el juego en Sherlock Holmes y el legado de Moriarty.

Algo que me gustó mucho de Sherlock Holmes y la conspiración de Barcelona fue la capacidad que tuvo Sergio Colomino para introducir una aventura del detective en la Ciudad Condal, sin que nada chirriara y sin que por ello tuviera que alterar el contexto histórico. Ficción histórica de primera calidad. Con este nuevo cómic logra lo mismo. Transporta al lector a esa Rusia que le quedaban pocos años de zarismo y muchos de cambios duros y forzosos. Una Rusia impecablemente dibujada por Jordi Palomé, el cual ya nos deleitó la vista con una Barcelona gótica, oscura, de sombras pronunciadas y claroscuros, y que ahora nos muestra la grandeza arquitectónica rusa a través de sus calles, de palacios como el de Moika o con lugares emblemáticos como la Plaza Roja. De hecho llega a representar tan bien todos esos lugares que, en algunas ocasiones, los escenarios le roban protagonismo a Sherlock Holmes o a Irene Adler. Sí, la mismísima Irene Adler. ¿Es que acaso hay otra? La Mujer. Ella fue la única persona que logró vencer a Sherlock Holmes y ahora será su consorte de aventuras.

Irene Adler no será la única que se una al detective. El Coronel o Mijail Strogov (antiguamente “correo del Zar” y ahora revolucionario), serán algunos de los personajes en los que se irá centrando el foco de la acción para que poco a poco, como si de una matrioska que va mostrando sus muñequitas ocultas se tratase, el caso se resuelva. Y es que la aventura de Sherlock por tierras rusas resulta ser de narración mucho más compleja (más dura de leer) que la que acaeció en Barcelona; no en vano también lo es el contexto histórico. Por ello es una de esas obras que con una segunda lectura se captan al completo los intríngulis de la historia. Pues hay tramas que se entrecruzan, historias inconclusas (que Sergio Colomino cerrará con una novela titulada Sherlock Holmes y el enigma de las muñecas rusas) y un epílogo abierto que podría (ojalá) servir de inicio de una tercera obra.

Pero mientras esa tercera obra llega, leed Sherlock Holmes y el legado de Moriarty pues es un cómic altamente cuidadoso con el canon holmesiano, algo que no le impide aportar su dosis de originalidad y gozar de su propio carácter. Marca de la casa; marca Colomino-Palomé. El cómic rinde además un solemne homenaje a la literatura y a la música, y nos muestra (¡por fin!) qué pasó entre Irene y Sherlock tras su encuentro en Escandalo en Bohemia. Todo ello en un tomo editado por Norma Editorial al cual no se le puede sacar ningún pero.

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¿Qué pasaría si…?, de Randall Munroe

qué pasaría si

qué pasaría siDice el refrán que la curiosidad mató al gato. Tal vez la causa de la muerte del pobre felino fue una simple caja de cartón. Una que, para sorpresa de éste, halló cuando menos esperaba. Y ya se sabe, las cajas son el huevo Kinder de los gatos: desean llegar hasta su interior a toda costa, para luego, una vez dentro, descubrir que tampoco era para tanto; y así una y otra vez. Conjeturemos dejando de lado la lógica; abracemos la hilaridad de lo absurdo. Pongamos que ese gato, antes de actuar, se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si me meto dentro de esa maravillosa estructura que tiene pinta de ser muy confortable por dentro? Sí, quizá esa fue la pregunta. Parecida debió ser la que se plantearon esos tres homínidos en Sudáfrica hace 700.000 años  al descubrir un incendio en el bosque provocado por un rayo: ¿Qué pasaría si utilizáramos esa luz que está devorando los árboles para cocinar lo que cazamos? Pues que absorberíamos mejor las propiedades de la carne, contestaría el segundo. Yo tenía en mente dejar de beberme el café frío por las mañanas, añadiría un tercero. Bien visto. ¿Qué pasaría si te cuelgo bocabajo de la Gran Muralla? Es con seguridad la pregunta que motivó a algún ingeniero chino de la antigüedad para inventar el papel higiénico y salvaguardar su propia vida del carácter avinagrado de su emperador. Tras limpiarse el culo con aquel sedoso papel, que además dejaba perfumado su real trasero, tal vez acabara con su irritación; y con su mal humor también. Lo que es un hecho es que el afán de saber, siempre ha empezado con una pregunta. Y en algunos casos ha terminado con la materialización de inventos o descubrimientos que han cambiado el curso de la historia. El libro que hoy nos ocupa no cambiará la historia (creo) ni hará que aparezcan nuevos inventos revolucionarios (quién sabe). El libro del que hablaré hoy simplemente responde a las más enfermizas inquietudes de algunas personas con demasiado tiempo libre. Y todas esas desconcertantes inquietudes empiezan con la misma pregunta, que a su vez da nombre al libro: ¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si…? de Randall Munroe es un libro de divulgación científica. Cuando se piensa en libros de este género más de uno se siente como aquel gato escaldado que del agua fría huía (estoy bastante fino hoy con los refranes con gatos de protagonista). Malas experiencias con libros muy enrevesados y jerga compleja pueden conseguir que te pierdas esos en los que el autor se ha dejado la piel para captar la atención del lector y hacer de su viaje por la ciencia un paseo ameno. Qué digo ameno, ¡divertido! Una breve historia de casi todo o La cuchara menguante son dos grandes ejemplos. Pero lo que diferencia ¿Qué pasaría sí…? de cualquier otro libro de divulgación científica es su tono humorístico, que la mayoría de veces ya viene dado por la pregunta inicial.

¿Qué pasaría si golpeases una pelota de béisbol lanzada al 90 por 100 de la velocidad de la luz? ¿Cuánta energía puede generar Yoda con la fuerza? ¿A qué velocidad puedes pasar conduciendo sobre un badén y sobrevivir? Esto quizá sea un poco escabroso, pero… si el ADN de alguien despareciera de repente, ¿cuánto duraría esa persona? Estas son solo cuatro preguntas, de las más de cincuenta que recoge el libro. Preguntas que en algunos casos ya fueron realizadas en la web del autor. Y es que este libro es el resultado del éxito cosechado por la web xkcd, en la que Randall Munroe, que fue físico de la NASA, se entretiene en contestar la mayoría de paranoias absurdas que le envían sus seguidores. A pesar de ser un libro con toques de humor, el autor se lo toma con bastante seriedad a la hora de elaborar una respuesta. Así pues, y tras hacer caso omiso a algunas leyes de la naturaleza que son inviolables, planteándonos escenarios imposibles que casan más con la ciencia ficción que con la realidad, el autor intentará sacar algo en claro haciendo uso de sus conocimientos científicos. En algunos casos incluso se servirá de la ayuda prestada por otros expertos como genetistas, especialistas en virus o radiación, o incluso profesionales del mundo armamentístico.

Albert Einstein dijo una vez que “no entiendes realmente algo hasta que eres capaz de explicárselo a tu abuela”. En ¿Qué pasaría si…? el lector es la abuela. Randall Munroe se vale de un lenguaje sencillo, obviando en muchos casos jerga científica y buscando símiles más comprensibles para hacer llegar el mensaje al público más neófito. Es casi como si un amigo graciosete te explicará una anécdota mientras bebéis cervezas hasta coger una buena cogorza. Si bien es cierto que hay fórmulas matemáticas, ecuaciones y algunas aclaraciones a pie de página que le dan ese punto atractivo para aquellos que, sin ser eminentes figuras de la ciencia, ya se mueven como pez en el agua por estos lares. Pero Randall Munroe no cree que sea suficiente que la respuesta aparezca en lenguaje escrito, así que añade monigotes a diestro y siniestro. En el mejor de los casos éstos sirven de apoyo o ejemplo de sus hipótesis; en otros dan un toque de humor que te harán sonreír. Para mi gusto, con la mitad de los chistes gráficos (pues en algunos casos lastran el ritmo) el libro sería aún mucho más fluido de lo que es.

En resumen, ¿Qué pasaría si…? es un libro de divulgación científica único en su especie. Mezcla con acierto humor y ciencia, desarrollando hipótesis rocambolescas mediante razonamientos coherentes; todo fruto de lo absurdo y la curiosidad. Esa misma curiosidad que mató al gato. Aunque nuestro gato del principio, tras meterse dentro de la caja, descubrió que formaba parte de un complejo experimento: El gato de Schrödinger. Conque, por esta vez, la muerte del gato tenía más que ver con nuestra curiosidad que con la suya.

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La Torre Oscura: El Pistolero (Integral II), de Stephen King

la torre oscura el pistolero integral II

la torre oscura el pistolero integral IIAhora ya sabes quién es el Hombre de Negro. Ahora ya sabes quién es el Pistolero. Ahora ya sabes por qué huía el Hombre de Negro a través del desierto y por qué el Pistolero iba en pos de él. Todo ello, todo lo que necesitabas conocer para entender esta lucha descarnada, te fue explicado en La Torre Oscura: La canción de Roland (Integral I). El narrador, engendrado por Stephen King pero adoptado por Robin Furth y Peter David para la adaptación al cómic, ya te explicó cómo el Hombre de Negro encendió la chispa que calcinaría todo lo que Roland Deschain, ahora más conocido como el Pistolero, amaba. “Quemados, apuñalados, disparados… y la lista sigue y sigue”. Y cuando alguien te lo arrebata todo, ¿no es justo devolverle ese daño multiplicado por cien? O por mil. Venganza. Eso busca el Pistolero; pero para llevarla a cabo debe alcanzar a su presa. Pero, ¿es realmente el Hombre de Negro una presa o finge serlo mientras atrae a Roland Deschain a su mundo de retorcidas ilusiones? Y La Torre Oscura, ¿podría ser uno de esos espejismos creados por Walter O’Dim, Randall Flagg, sí, el hombre de los mil nombres? ¿Es tal vez, únicamente, una retorcida metáfora de una empresa irrealizable o, al contrario, es una tangible y titánica estructura que alberga poderes inimaginables y que puede devolver a Gilead (el hogar caído en desgracia del Pistolero) la gloria perdida? Cuando las preguntas se amontonan se torna indispensable hallar respuestas, dejémonos pues de preámbulos y empecemos de una condenada vez con La Torre Oscura: El Pistolero (Integral II).

Lo primero que llama la atención al abrir la novela gráfica es descubrir que las ilustraciones ya no son creación de Jae Lee. Cuenta la leyenda que por ser un poco lento con los lápices fue invitado a bajarse del carro y ahora vaga por el desierto, bajo un sol de justicia, pensando en asociarse con George R.R. Martin. Leyendas… Aun así no será un cambio traumático, ni mucho menos, y se hace mucho más llevadero gracias al colorista Richard Isanove. Pero esto puede esperar. La Torre Oscura: El Pistolero, empieza justo donde también daba el pistoletazo de salida el integral anterior, pues como recordareis, La canción de Roland era realmente un flashback que abarcaba la infancia y adolescencia de Roland Deschain a lo largo de más de 800 páginas. Con El viaje empieza, primer tomo de los seis que reúne esta obra, nos adentramos realmente en la búsqueda que rodea a toda la saga y que sirve de pretexto para transportarnos a aventuras terroríficas o a mundos que parecen sacados de la mente de George Miller, creador de Mad Max.

Ciencia ficción, terror, fantasía, en La Torre Oscura hay cabida para estos tres géneros; y para algunos más si observamos con lupa. Además nos zambulliremos en situaciones que son tema recurrente en las novelas de Stephen King. Como por ejemplo, esas circunstancias, poco saludables, en las que una turba obnubilada, y manipulada por una persona de religiosidad extrema, decide que el forastero está de más. Algo que descubriremos en La batalla de Tull. O con Las hermanitas de Eluria, donde monstruos que ocultan su verdadero rostro tras la aparente belleza de unas monjitas de sexuales y ávidos instintos, le pondrán las cosas difíciles al protagonista. Pero si hay algo que a Stephen King se le da bien es crear personajes juveniles de ostensible carisma. Como Jake, que se convertirá en inseparable del Pistolero, a pesar de que pertenecen a mundos diferentes; algo que quedará patente en todas esas expresiones que a Roland lo dejarán meditabundo. “Asaltemos esas montañas heladas Aragorn”. O como Sheemie, muchacho de corto intelecto pero con poderes paranormales y que, tras conocerlo en La canción de Roland, en Últimos disparos, y gracias a un cuento contado por él mismo, sabremos dónde lo llevó su destino.

Retomemos el tema visual. Jae Lee no está. Te echaremos de menos, sí, pero solo un poquito. Sobre todo al principio, con Sean Phillips encargado de dar vida a Roland y a todo lo que lo rodea. Rostros duros y figuras de proporciones extrañas. ¡Eh, mira, la niebla ha desaparecido! En la lejanía incluso se vislumbran montañas por las que cabalgar. Luke Ross será el siguiente, haciéndote pasar un mal rato al mostrarte la cara oculta de las monjas que cuidan de los caídos en combate en Eluria. El siguiente en tomar el testigo es Michael Lark, asiduo de DC y Marvel y que aquí realiza un trabajo más que decente. Laurence Campbell y Alex Malev (sobre todo éste último) elaboran lo que para mí es el mejor trabajo de todo el integral: rostros que transmiten lo que dicen y paisajes que cautivan. Y finalmente nos encontramos a Dean White, que da color al último tomo mientras Richard Isanove se ocupa del dibujo. Sí, el mismo Isanove que ha dado color a todos y cada uno de los dibujos que han pasado por esta adaptación gráfica; ese color que ha logrado unificar los distintos estilos, consiguiendo así que no se noten demasiado los diferentes cambios de dibujante. ¡Chapó señor Isanove!

Llegamos al final. Al final de esta reseña, al final de la aventura, al final de La Torre Oscura… o eso creías. Ya que La Torre Oscura: El pistolero (Integral II) no es ni mucho menos un final. Es realmente el final de un principio, ya que esta adaptación gráfica, precuela de las novelas, enlaza de forma extraordinaria con la saga que en 1982 Stephen King inició y que a día de hoy sigue más en forma que nunca; transportándonos a mundos de pesadilla de los que temeremos no despertar, a lugares de ensueño a los que querremos regresar y a realidades paralelas que dejarán nuestra concepción del espacio-tiempo hecha un guiñapo, y que nos obligará a repetir una y otra vez el credo de los pistoleros para no perder la cordura: “Apunto con el ojo. Disparo con la mente. Mato con el corazón”.

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La Torre Oscura: La canción de Roland (Integral I), de Stephen King

la torre oscura la canción de Roland integral I

la torre oscura la canción de Roland integral IEl cosquilleo ¿Lo has sentido alguna vez? El cosquilleo, ese ardor, en las yemas de unos dedos impacientes por abrir la primera página de un libro. Ese cosquilleo que recorre las entrañas del lector ávido al encarar una lectura de la que poco sabe o ha querido saber; virgen, premeditadamente, en su conocimiento. Sí, seguro que lo has sentido. Una suerte de electricidad estática que reacciona ante lecturas postergadas. Y que en mi caso tenía que ver con la obra magna, y vertebral, del maestro del terror: La Torre Oscura. He sentido el cosquilleo, todas esas ocasiones en las que mi camino se ha cruzado con la saga; todas esa veces que he tomado uno de los libros y he decidido que no era el momento; con todas esas lecturas que se interponían entre la colosal obra de Stephen King y mi interés lector, sin que yo, es justo decir, opusiera excesiva resistencia. Luego llegaría la adaptación gráfica y mi flirteo sensorial sería completo. ¡Las palabras de Stephen King convertidas en imágenes! Me lo ponían en bandeja. El cosquilleo se intensificó hasta niveles electrizantes. A pesar de todo, todavía pasaría un tiempo hasta que, virginal, decidiera lanzarme, sin protección, para averiguar qué llevó al Pistolero a atravesar su árido mundo en busca del Hombre de Negro. El tiempo justo y necesario para que La Torre Oscura: La canción de Roland (Integral I), cayera en mis manos, aplacando así mi eléctrica necesidad.

Pero, ¿quién es el Pistolero? ¿Y el Hombre de Negro? ¿Y esa Torre Oscura que está tan ligada al destino de ambos? El Pistolero es Roland Deschain y pertenece a la noble casa de Gilead, hogar de los pistoleros, caballeros con reminiscencias artúricas pero portadores de revólveres, y guardianes de la paz. Pero ésta es efímera cuando hombres como John Farson, bandido sanguinario y bastardo a secas, conocido irónicamente como El Hombre Bueno, decide que a Mundo Medio le hace falta un toque de destrucción y muerte. “Y Farson contempló la obra de sus ejércitos y vio que eso era bueno” El Hombre Bueno… ¡Ja! El Hombre de Negro, Marten Broadcloak, Walter O’Dim, sí, el hombre de los mil nombres, está a su lado. El Hombre de Negro es el que mueve los hilos. El Pistolero es el bien. El Hombre de Negro es el mal. La eterna batalla de final inalcanzable. “El Hombre de Negro huía a través del desierto, y el Pistolero iba en pos de él”. Una lucha de titanes. Una batalla que los desangrará, que sacará lo peor de ellos y que los llevará a lugares remotos y a realidades paralelas. Como bien has supuesto esta no es una historia típica de indios y vaqueros.

En La Torre Oscura: La canción de Roland, hay tal amalgama de géneros literarios que mal perpetrado no hubiera pasado de pastiche incomible, por suerte Stephen King aúna todos esos géneros creando una aleación inquebrantable. Western con toques de aventura medieval, fantasía onírica, ciencia ficción post apocalíptica y, como no, terror a raudales. La lectura de cada uno de los capítulos es única e impagable. Todos ellos con la voz de un narrador que habla directamente al lector. “¿Te consta?” Una voz intensa, íntima, probablemente rasgada, que parece susurra al oído cuentos y leyendas mientras duermes; en ocasiones también fábulas, o cuentos de hadas, de corte pesadillesco, que te harán despertar empapado en sudor; o tal vez no. Tal vez eres uno de esos que encuentran placer en cierto sufrimiento, como yo.

Porque leyendo La Torre Oscura vas a sufrir de igual manera que vas a disfrutar. Y es que leer esta novela gráfica implica cierto grado de compromiso, de atención, de fe ciega en las historias raras y complicadas. Historias que se nutren de toda la obra del maestro del terror. Historias que al leerlas nos acercan a la desgarrada mente de Stephen King y, también, a las de Robin Furth y Peter David que han trasladado la esencia del libro al cómic. Historias que también entran por los ojos. ¡Y de qué forma! Animales y humanos con deformidades, monstruos de sangre y carne, objetos mecánicos de metal y aceite, pero también rostros suaves devorados por las sombras que convierten a héroes y amigos en seres del más allá. El dibujo típicamente gótico de Jae Lee, unido al espectacular colorido de Richard Isanove, crea parajes tétricos, mágicos, lúgubres, infestados de lo que parecen rostros en troncos de árboles, en las piedras del camino o incluso en la niebla, presente a lo largo de toda la aventura. Y todo ello sin bajar en ningún momento el nivel a lo largo de las 800 páginas que recogen los primeros cinco tomos de la serie.

La Torre Oscura: La canción de Roland (Integral I) es la mejor, aunque no la única, forma de adentrarse en el mundo del Pistolero y su mitología para acabar con ese cosquilleo del que hablé anteriormente. Justicia contra ignominia. El héroe contra el villano. Sí, la opción más asequible para descubrir los recuerdos de infancia y adolescencia del protagonista. Para entender cómo empezó y acabó todo. Asimismo para asistir a terribles traiciones y a poderosas alianzas. También es perfecta para conocer de primera mano cómo se gestaron todas las batallas y cuáles fueron sus resultados. Para honrar a Steven Deschain. Para amar hasta el tuétano, hasta que duela el corazón, a Susan Delgado, y para estallar en carcajadas con las ocurrencias de Cuthbert Allgood y Alain Johns, amigos inseparables de El Pistolero; una vez, hace mucho tiempo, conocido como Roland Deschain. “Si El Pistolero te resulta familiar, bien, así es como debe ser”.

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