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Trabajo, piso, pareja, de Zahara

Trabajo, piso, pareja

Trabajo, piso, parejaSupongo que, dado que este texto es una reseña de Trabajo, piso, pareja, tendrán alguna expectativa razonable de que la describa según unas referencias comunes, que lo etiquete, por decirlo de forma que se me entienda. Y ya les puedo asegurar que no tengo la menor intención de hacer algo así, en primer lugar porque como no creo en etiquetas hacerlo sería traicionarme, pero también, y esto es lo más importante, porque hacerlo sería traicionar a un libro tan libre y original que seguro que se resistiría al intento con uñas y dientes. Créanme, lo último que quisiera sería enfadar a Clarisa, la protagonista, y a ustedes tampoco se lo recomiendo.
La originalidad no le viene del tema de fondo, la convivencia en una edad que comienza a ser más adulta de lo que sus propietarios desearían, sino de las voces de los protagonistas. De ambos en conjunto pero muy especialmente de la torrencial, brillante y complicada Clarisa. Uno de esos personajes que desde el primer vistazo anuncia su intención de quedarse a vivir en el recuerdo del lector y que juraría que incluso planta una bandera para reclamar sus derechos como inquilina, porque una de las facetas de su tremendo atractivo es su rebeldía, su voluntad de mantenerse diferente (y no por serlo sino por ser ella misma, diría que no se define en relación a los demás) y de luchar con uñas y dientes por cualquier circunstancia que considere digna de ser defendida. Que vienen siendo todas. Que se lo cuenten a los taxistas.
Él, Marco, es bien diferente, sintoniza muy bien en algunos aspectos como el sentido del humor, del que ambos son pozos inagotables, la diversión o el sexo, pero que en otros, como el orden, la rebeldía o el trabajo no podrían ser más diferentes. Y esa confrontación funciona muy bien, como lo hacen las demoledoras opiniones de Clarisa, que le nacen de natural, entre las que me ha divertido especialmente la que sostiene sobre la librería Tipos infames. No sé que pensarán ellos, los libreros, pero yo primero abrí mucho los ojos y después la sonrisa. Clarisa es alérgica a la corrección política, como bien demuestra en su discurso en la boda de su mejor amiga. Impagable.
La relación de ambos con sus amigos es otro de los valores de la novela y ocurre en ese tema algo similar a lo que pasa con ellos mismos, ellas llaman más la atención, son de una naturaleza expansiva que las rebosa a cada instante, mientras que ellos son más serenos, aunque hay quien diría pánfilos. Sin embargo el peso de la narración se lo reparten bastante equilibradamente. Como ya he dicho, el contraste funciona y Trabajo, piso, pareja es una historia más sobre su relación que sobre ellos mismos. Si acaso tengo la sensación de que ella es más fiel (a sí misma y a ambos) pero no por una cuestión de sentimiento o de engaño, sino porque la relación de Marco con su libro, porque es escritor, llega a desesperar al lector casi tanto como irrita a Clarisa, que logra llegar a tener razón desde una premisa absolutamente equivocada. Y se lo dice alguien que escribe.
Dicho lo cual tengo que decirles que no comparto el concepto de la convivencia que tienen los protagonistas, siempre he defendido la bondad de la costumbre, eso que llamo el amor en babuchas, y no soy de los que piensan que el hecho de que la pasión decaiga sea porque muera sino porque se transforma en cosas mejores. Ellos son diferentes, necesitan que el amor sea visible y corpóreo, parecen desear un trío entre ellos dos y su amor, que debe materializarse en cada detalle y en cada momento, desde el café (otro tema brillante el del café y Matías, se lo recomiendo no sólo para su disfrute lector sino como vacuna frente al esnobismo) hasta el orden en el armario. Se lo digo no porque quiera discutirle nada a Clarisa, Marco o Zahara, la autora, sino porque uno se mete en la historia, es como si le estuviera ocurriendo a dos amigos, y en ocasiones tiene esa frustrante sensación de que sus problemas los han creado ellos y los cuidan con el mimo que corresponde a progenitores entregados. O dicho de otra manera, uno quiere a esos personajes, los adopta desde que es consciente de que se quedarán a vivir donde quiera que sea que lo hagan los personajes literarios que se instalan en su recuerdo, y les desea un amor eterno, indestructible, y los ve ponerlo en riesgo sin especial necesidad. Es, como ven, un libro extraordinariamente pegado a la realidad.
Trabajo, piso, pareja es el segundo libro de verso&cuento que reseño, el anterior fue Primero de poeta, de Patricia Benito, y debo decir que ambos tienen mucha personalidad y rasgos similares. Son frescos, jóvenes, guardan mucha vida dentro de un embalaje sumamente cuidado y, contando mucho, dicen mucho más de lo que cuentan. Pero sobre todo tienen una voz muy personal. No conozco mucho a Zahara en su faceta musical, mis ojos la descubren ahora, pero, qué quieren que les diga, me encanta que me cuenten buenas historias y ésta lo es. Me encanta que además me las cuenten bien, y esta está bien contada. Y me encanta conocer a personajes interesantes y prometerles no olvidarles, estos lo son y se lo prometo.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Primero de poeta, de Patricia Benito

Primero de poeta

Primero de poetaEl día en que Patricia Benito decidió matricularse en Primero de poeta sin duda fue un gran día, al menos para los lectores. Resulta curioso cómo es posible que habiendo superado el curso con una nota inmejorable, uno desea que se transforme en curso-marmota y lo repita indefinidamente, no sea que en segundo de poeta aprenda a perder la frescura, la honestidad y el encanto que hacen de éste no solo un buen libro, sino uno entrañable. Tanto que le dan a uno ganas de matricularse en primero de persona, de recuperar esa mirada fresca que permite medir el tiempo en medias cervezas y no hacer planes a más de cerveza y media.
Resulta francamente emocionante asomarse al corazón de esta recolectora de mariposas que es Patricia Benito, uno ve estas páginas honestas, transparentes y se pregunta si en Primero de poeta había otra asignatura que la libertad. Libertad para escribir, para sentir, para amar o, en fin, para vivir. El talento para escribirlo y la honestidad para desnudarse y lograr que las letras sean sus mejores galas no se enseña, aunque se aprende, pero en cualquier caso corre de su cuenta.
De todas las libertades que pueblan este poemario, desde luego la que se toma con la ortodoxia académica, con la métrica, no es la más definitoria del libro, de hecho tengo para mi que aunque la forma sea importante por lo hermosa, el alma de este libro no tiene nada que ver con ella sino con el fondo, con ese sentimiento vitalista e inquieto que lo ilumina.
Cosas como

Hace tiempo aprendí
A poner un “creo” detrás de
Mis verdades más absolutas.

Y un par de oídos.

Desde entonces,
Salgo ganando siempre.

Son además una muestra de sabiduría, aunque supongo que esa palabra no gustará a la autora o en todo caso le provocará cierto sonrojo. También lo es eso de “Vive, joder, vive” que sirve en cierto modo de leit motiv al libro, ya que nos ponemos.
La legión de quienes no tenemos la suerte de cursar estos estudios de Primero de poeta que Patricia Benito plasma en este libro, los que empezamos demasiadas frases por “tengo que” en lugar de por “quiero”, no puedo decir que cambiemos, seguro que este curso tiene un cupo de acceso limitado a quienes de todos modos no lo necesitan, pero nos queda el consuelo de leerlo y de sentirnos reconfortados. Tal vez no convirtamos los “tengos” en “quieros” pero el libro nos hace recuperar cierto espíritu, cierta paz, porque al menos nos damos cuenta de que nuestros “tengos” son voluntarios y realmente son “quierotenerqués”. Puede que suspendamos Primero de poeta pero siempre nos queda Patricia Benito, esa incontinente sentiverbal que prequiere demasiado rápido y desquiere demasiado lento, para disfrutar del camino.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

 

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Antimanual de autodestrucción amorosa, de Marita Alonso

Antimanual de autodestrucción amorosa

Antimanual de autodestrucción amorosaNo sé qué me ha dado últimamente con los libros antiamor. Os recuerdo que hace poco os hablaba de No eres tú, soy yo que me he dado cuenta que eres lo peor, el libro de la genial Pedrita Parker que es un todo un canto al desamor y a las rupturas amorosas. El amor es muy bonito, pero el desamor con humor es mucho más divertido, dónde va a parar. Debe ser el verano y el calor, que a mí me ponen de muy mala leche. Porque a ver, ¿qué es eso de enamorarse en verano? No lo entiendo. ¿Quién tiene ganas de magrearse entre sudores?, ¿qué es eso de abrazarse en la cama a 40 grados? Par favaaaar, échate, para allá, que esto ya parece Mordor. No sé, no lo veo. Todavía el invierno tiene más encanto para eso de acurrucarse.

Supongo que por eso, por mi mala leche estival me he dejado atrapar por títulos como el del libro de hoy: Antimanual de autodestrucción amorosa, ¿a que suena bien? Bueno, confieso que lo primero que me atrajo del libro fue que estuviera ilustrado por Alfonso Casas. Si no le conocéis os lo recomiendo mucho. Podéis ver parte de su trabajo en su página web o en las redes sociales. Tiene un toque entre naif y mala leche que me encanta.

El libro en cuestión está escrito por Marita Alonso, a la que servidora no tenía el gusto de conocer. Es periodista de moda, escritora, guionista y reportera. Ha trabajado para Cosmpolitan, Marie Claire o Glamour y es, además, una rubia explosiva. Podéis comprobarlo fácilmente poniendo su nombre en Google Images. Y claro, después de ver a esta chica diez quizás os preguntéis que cómo ella, precisamente ella, va a tener problemas de amores. No os preocupéis, ella está harta de que le pregunten lo mismo. Quizá por eso mismo ha escrito Antimanual de autodestrucción amorosa, para demostrar que, aun siendo un completo desastre en esto del amor, a todo se le puede sacar partido.

Marita ha escrito un antimanual, precisamente porque ella no cree en los manuales de ayuda y con sus (nefastas) experiencias amorosas ha creado esta guía repleta de ejemplos (sus propios ejemplos) de lo que no debemos hacer.

Hay de todo en el libro, desde una genial crítica al amor que Disney trató de vendernos, tipologías de los piropeadores, las primeras experiencias sexuales o el inquietante mundo de las citas vía Tinder. Se me ponen los pelos de punta.

Marita Alonso es muy mordaz y no se corta un pelo a la hora de contarnos sus experiencias amorosas. El resultado es un libro divertido, de esos que puedes leer tranquilamente en verano porque no te va a dar calor, sino que te va a hacer pasar un buen rato. Los romances de verano con los libros son mucho mejores, ¿verdad?

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Primero de poeta, de Patricia Benito

Primero de poeta

Primero de poetaDesde que tengo memoria, tengo la necesidad de apuntar las frases de películas/canciones/libros que significan algo para mí. Tampoco sé muy bien por qué, porque después esas notas suelen quedarse en el olvido y no son leídas por nadie. Quizá sea porque tengo la necesidad de saber que si, algún día, no me salen las palabras, podré recurrir a esas notas que una yo del pasado apuntó pensando en que la yo del futuro las necesitaría.

Desde que tengo memoria, me identifico muy a menudo con las palabras ajenas. Me veo reflejada en la vida de los demás. Cuando leo, muchas veces me veo a mí misma. Es como leer un diario. Cuando era pequeña me encantaba meterme en la cama y escribir lo que había hecho ese día en un diario. En él me desahogaba, me liberaba. Hacía que me calmara. Años después, leo esas páginas y, a pesar de saber que fui yo quién las escribió, tengo la sensación de que es otra persona la que escribía por mí. Muchas veces he llegado a identificarme más en las palabras de otra gente que en las mías propias. Porque con el tiempo cambio, me modifico. Y ya no soy la que era hace diez años. Ni me preocupan ni me emocionan las mismas cosas. En cambio, cuando leo un libro, consciente de que otra persona ha dejado en él su alma, siento como si esa vida fuera la mía. Como si en ese preciso momento me estuviera dando lo que necesito leer. Como si supiera que el libro ha llegado a mis manos en el momento perfecto.

Hacer tuyas las vivencias de otros es la parte más bonita de ser amante de la lectura.

En Primero de poeta, Patricia Benito nos hace cómplices de los retazos de su vida. Desgrana situaciones personales y las comparte, trocito a trocito, poema a poema, con el lector. Este libro llegó a mis manos por casualidad. No lo buscaba, pero él me encontró. Y me sumergí en él. Y me identifiqué con sus palabras, con sus versos, con su lírica. Me identifique con la manera en la que Patricia muestra su propia visión del mundo. Revela una personalidad inconformista, luchadora y arrolladora. Ser inconformista está infravalorado. Todos deberíamos aspirar a más. Intentar ser mejores y alcanzar el máximo potencial de nosotros mismos. Patricia lo hace y nos lo cuenta en forma de poema.

Primero de poeta es una recopilación de aquellos versos que salen en un momento de ahogo. O de desahogo. En momentos en los que el boli y el papel son los mejores amigos que uno puede tener. Es un resumen de una vida de cambios y de viajes.

Desde que tengo memoria subrayo las frases de los libros que han significado algo para mí. He tenido que leer este poemario con un lápiz bien cerca porque cada cinco minutos necesitaba marcar un verso. A veces me gusta pensar que quien lea después ese libro, me conocerá un poco más. Y solo bastará para ello leer con atención las frases subrayadas. Como si fuera un mapa que resuelve un enigma. Y eso, es de primero de poesía.

 

Siempre he sido más

de salvar las distancias

que de ponerlas.

 

De sacar las piedras

de los bolsillos

para poder flotar.

 

De quitar

el freno de mano

ante una cuesta abajo con vistas.

 

De no llevar flotador

a pesar de las mareas,

de las contracorrientes.

 

De no hacerle ni caso

a las contraindicaciones.  

 

De no leer

la letra pequeña de la gente.

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Guías visuales: India, de varios autores

Guías visuales: India

Guías visuales: IndiaMi primer viaje fuera de España fue a París. Tenía once años y estaba tan preocupada por el miedo que me daba el avión que no fui capaz ni de pensar que iba a cumplir el sueño de todo niño: visitar Disneyland. Aunque, para ser sincera, a mí lo que realmente me apetecía era ver la Mona Lisa. Así de rara era yo ya con once años.

Cuando pisé el suelo de París y me monté en un taxi que nos llevó por los puentes más bellos que había visto yo en mi corta vida, decidí que viajar iba a ser una de mis grandes aficiones. Y las aficiones hay que cuidarlas. Hay que regarlas como si fueran una planta, que necesita agua y luz para crecer sana y fuerte. Ese fue el desencadenante. Ese momento fue el culpable de que yo ahora haya visitado ya nueve países, en diez viajes maravillosos.

El primer viaje que hice con Aarón, mi novio, fue a Londres. Aunque yo había estado en Inglaterra con anterioridad, trabajando de aupair, no pude conocer la capital, así que, él, sabiéndolo, me regaló aquel viaje. Por lo que nos escapamos un fin de semana que haría que inauguráramos una nueva tradición: cada año, viajaríamos a un sitio. Luego vino la multicultural Malta, la salvaje Argentina y el colorido Méjico. Y aquí estamos, en 2017, pensando cuál será nuestro siguiente destino. Ya que llevábamos dos años cruzando el Atlántico, pensamos que la mejor idea era cambiar de rumbo. Asia parecía un buen plan. Y, aunque a él le llamaba más China, a mí India hacía que me brillaran los ojos. Desde el momento en el que empezamos a mirar billetes de avión, mi imaginación comenzó a volar. Yo ya no estaba en España, estaba en mitad de Jaipur, perdiéndome entre mercaderes. Estaba en Delhi, dejándome bañar por el sol que se refleja en Qutb Minar. Estaba en Agra, observando con mis propios ojos el más precioso monumento hecho por amor que la historia ha podido conocer.

Al final, después de mucho mirar, creo que viajaremos a otro país y a otro continente. Se oyen tambores de Kenia por nuestros sueños y no sabemos si dejarnos seducir por esa melodía tan hipnótica.

Pero India siempre es un destino que he tenido en mente. Y más después de leer Guías visuales: India. En más de ochocientas páginas, encontramos cientos, miles de motivos para que este viaje esté en nuestra lista de deseos por cumplir. Sí es cierto que, varias personas que conozco que han tenido la suerte de visitar este país, coinciden en que el contraste con nuestra civilización es chocante de más. Pero también están de acuerdo en que solo de esta manera podemos llegar a apreciar lo que tenemos en España. Cuando ves un tren en el que no cabe ni un alfiler; cuando ves cómo los niños juegan con poco más que piedras; cuando sientes pena al ver cómo las mujeres son tratadas como no se debería tratar a ningún ser humano; cuando te sientes impotente al ver la pobreza que inunda cada rincón de la ciudad. Pero, en cambio, con la misma facilidad se puede ver el amor que sienten por la familia, el cuidado con el que mantienen sus ritos, la amabilidad con la que reciben a los extraños. Y todo eso hace que India sea un país de contrastes. En el que lo bueno compensa mil veces lo malo. Y del que sales sintiendo que eres afortunado por tener esa afición de viajar y poder conocer culturas tan diferentes a la tuya.

Si no cambiamos de idea, no podremos conocer India este año, pero después de soñar despierta durante tanto tiempo —cosa a lo que ha ayudado con creces esta guía repleta de fotos increíbles— tengo claro que yo quiero sentir el amor que Shah Jahan puso al diseñar una de las maravillas del mundo y, sobre todo, quiero verlo con mis propios ojos.

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El amor, ese viejo neón, de Karmelo C. Iribarren

El amor, ese viejo neón

El amor, ese viejo neónHubo un tiempo en el que Karmelo C. Iribarren era poco menos que una leyenda urbana. Hablábamos de él, entre cerveza y cerveza, tejíamos complejos planes para asaltar el sanatorio de Mondragón y sacar a Leopoldo María Panero de allí y llevarlo a tomar unas cañas donde Karmelo, del que alguien nos había dicho que perpetraba aquellos poemas que tanto nos gustaban detrás de la barra de un bar. Nos encantaba Karmelo, una versión en bruto, si es posible eso, de Roger Wolfe, uno de los pocos poetas locales que habíamos podido descubrir en nuestra biblioteca municipal estirando un imaginario hilo desde nuestras lecturas de la generación beat hasta la España de los noventa.
Nos habíamos hartado entonces, en aquellos últimos años de instituto, de la poesía oficial y de los planes de estudio, con los que nunca llegamos a pasar de Miguel Hernández. Era como la propia birra: sabíamos que nos gustaba aquella mierda, pero todas las que nos ponían nos parecían un poco amargas. Ansiábamos el momento en el que, como nuestros mayores, descubriéramos una que calmase nuestra sed, nos emborrachara… y pudiéramos tragar sin arrugar el ceño. Karmelo lo fue, por lo menos por una buena temporada, con el añadido morboso de lo difícil que era hacerse con uno de sus libros, siempre agotados, lejanos, distantes, y con lo poco que sabíamos de su biografía. Su verso era y es certero, en las antípodas de lo barroco. Humano, desprovisto de alharacas, cercano como ninguno. Brutal, descarnado, real. Sí, sobre todo real. Porque a las once de la mañana estudiábamos el locus amoenus, pero lo que nos encontrábamos a las once de la noche, la hora mágica entonces para nosotros, era el humo de los bares, el rimmel de las mujeres, las vomitonas y los primeros desengaños. Y aquello no aparecía mencionado en Gonzalo de Berceo, estaba en Karmelo Iribarren, con aquella C en medio que nos recordaba tanto a los Rayos-C brillando en la oscuridad, cerca de la puerta de Tannhäuser.
Siguiendo con la analogía, poco tiempo después descubrimos las drogas. Nuestras lecturas se ensancharon, nuestros anaqueles se multiplicaron e Internet nos trajo tanta poesía que nuestros pequeños cerebros reventaron y nos terminaron llenando las paredes del cráneo de los restos dispersos de todo lo que habíamos leído durante aquellos años. Cuando llegó el momento limpiar aquel desastre, alguien, en algún bar, de nuevo, mencionó a Karmelo C., y corrimos a su encuentro una vez más. Nostalgia, lo llaman.
Sorpresa. La leyenda urbana se había convertido en una figura de culto para una generación, o dos, más allá de la nuestra. Los poemas que habían llenado nuestras conversaciones, que nos transmitíamos boca a oreja, que memorizábamos o manuscribíamos, ahora aparecían en Twitter, en Facebook, en Instagram. El poeta maldito, la leyenda urbana, había dejado de serlo y nosotros casi ni nos habíamos enterado.
Así que toca ponerse al día. Aunque precisamente su último libro, El amor, ese viejo neón, no aporta gran cosa a la trayectoria pasada de Iribarren, casi diría que ni siquiera a los que todavía alcanzamos a comprar su poesía completa (Seguro que esta historia te suena) cuando Renacimiento lo publicó en 2005. Es normal, es su octava antología, que se dice pronto para un poeta vivo que no ha llegado a los 60 años. El amor, ese viejo neón, que publica Aguilar, tiene la particularidad de reunir sus mejores poemas en torno al amor, o diría más bien que sobre el amor y las mujeres, una categoría aparte en Karmelo Iribarren. Como en otras ocasiones, ahí están la desesperación, los tragos de más, el cariño de menos. También el brillo de las pequeñas cosas, los cierres magistrales en versos de métrica irregular y dispar, esa manera de mirar la vida desde el fondo de la barra a través de unas gafas, nunca mejor dicho, de culo de vaso de alcohol. Se abre con cuatro poemas inéditos, y termina con una selección de sus aforismos, más recientes, ideal para aquellos que quieran rellenar su Twitter pero quizá un poco insustancial para los demás.
Nada nuevo, pero tampoco nada desdeñable. Quizá un libro adecuado para empezar con K. Para algún chaval de instituto como lo éramos nosotros hace veinte años, alguno aburrido tras horas de análisis literario de Rubén Darío, o desesperado después de los veinte poemas de amor de ya saben quién. Alguno al que, si está leyendo esto, le diría: te gusta la poesía, y lo sabes.
Ahora hazme caso, ve a buscar El amor, ese viejo neón y agárrate fuerte.

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Mensaje urgente a mis momentos contigo, de Abbey C.

Mensaje urgente a mis momentos contigo

Mensaje urgente a mis momentos contigoEn mi calidad de empanada y de no estar muy al tanto de esta nueva generación de escritores y youtubers, tengo que alegar que el nombre de Abbey C. no me decía nada. De hecho, pensaba que sería alguna escritora inglesa o americana. ¡Sacrilegio! Pensarán algunos (sobre todo los más jóvenes), pero ya os he dicho que por regla general, no suele gustarme demasiado la forma ni el fondo de la escritura de esta generación. Tampoco estoy al día sobre youtubers e influencers de moda, así que jamás había visto un video de esta chica. Pero, como quiero opinar sabiendo de lo que hablo, ya he superado mis carencias: he visto en Youtube alguno de sus videos y he leído este Mensaje urgente a mis momentos contigo.

Abbey C. es Isabel Clemente, una joven (tremendamente joven, de 1994) nacida en Murcia que asegura llevar escribiendo desde los ocho años. A través de Blogger y Youtube, plataformas que le han dado la fama, Abbey C. expresa sus sentimientos e ideas. Ella misma se define como “creadora de contenido”. No está mal la etiqueta. Afirma que la escritura es lo que le hace feliz y que esta vocación le viene gracias a su madre, a quien dedica este libro.

En cuanto al libro en cuestión, ella misma lo define como una recopilación de sentimientos. Y yo estoy de acuerdo: en Mensaje urgente a mis momentos contigo todas las palabras que aparecen entre sus páginas están llenas de sentimiento, todas ellas pertenecen a un estado de ánimo, a una situación que hemos vivido, a momentos que están por llegar. Eso sí, todas estas sensaciones giran en torno a un mismo tema: el amor (y el inevitable desamor).

Antes de nada debo sincerarme, lectores. Cuando vi el libro, el nombre de la autora, la portada y su diseño di por hecho que no me iba a gustar. No sé por qué, pero pensé que iba a ser un libro muy pasteloso, demasiado novelero y que no tenía nada que ver conmigo. No es que mi sensación (en cuanto a la forma y el fondo) haya cambiado demasiado al acabar el libro, porque no es el tipo de poesía que acostumbro a leer y no va a convertirse en un libro de cabecera para mí, pero sí que me ha sorprendido. Puedo decir que si pensaba que Abbey C. iba a resultarme una ñoña, ella se ha encargado de quitarme ese pensamiento. También me ha resultado en ocasiones original. Creo que tiene un toque diferente, que se aleja en cierto modo de lo que he leído de esta generación.

El libro se divide en dos apartados diferentes: Categorías e Historias. En cada apartado, encontramos diferentes sentimientos y situaciones. Así, en Categorías, Abbey C. escribe sobre Edades, Ciudades, Estaciones, Momentos o Días de la semana, al cual pertenece este texto:

“Martes.

La realidad es demasiado áspera como para no

rasgarme la piel.

Aun así, intento evitarlo.

Los martes me mimo. Me permito cuidarme y

acariciarme con todo el egocentrismo que me cabe en

las manos. Como nadie ha sido valiente de hacer.

Enfundo los escudos y me sobran las armaduras,

nadie me hace daño y las flechas no me alcanzan.

Me adelanto a los movimientos, soy como aquel que

se ha pasado el mismo videojuego dieciséis veces

y se sabe todos los trucos, atajos y trincheras.

Que no, que hoy no me pisas, no me menosprecias, no

me engañas, que hoy suena “Cómo me amo”, de Love

of Lesbian en un replay constante y de esta lista de

reproducción yo no salgo.

Que sí, Pereza, que lunes cuesta, pero martes ya es

posible sin su voz.”

Creo, de todas formas, que sus escritos funcionarían mejor en prosa. Me parecen que se escapan del formato poema, que no les viene bien. Creo que quedarían más fluidos en pequeños textos o microrrelatos. Sí, estoy un poco quisquillosa hoy.

Mensaje urgente a mis momentos contigo es un libro optimista, un libro en el que Abbey C. se desnuda y nos muestra sin tapujos sus sentimientos. Lo que más me ha gustado es el mensaje positivo que siempre se puede extraer de sus textos y eso es algo que valoro mucho.

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¿Qué pasaría si…?, de Randall Munroe

qué pasaría si

qué pasaría siDice el refrán que la curiosidad mató al gato. Tal vez la causa de la muerte del pobre felino fue una simple caja de cartón. Una que, para sorpresa de éste, halló cuando menos esperaba. Y ya se sabe, las cajas son el huevo Kinder de los gatos: desean llegar hasta su interior a toda costa, para luego, una vez dentro, descubrir que tampoco era para tanto; y así una y otra vez. Conjeturemos dejando de lado la lógica; abracemos la hilaridad de lo absurdo. Pongamos que ese gato, antes de actuar, se hiciera la siguiente pregunta: ¿Qué pasaría si me meto dentro de esa maravillosa estructura que tiene pinta de ser muy confortable por dentro? Sí, quizá esa fue la pregunta. Parecida debió ser la que se plantearon esos tres homínidos en Sudáfrica hace 700.000 años  al descubrir un incendio en el bosque provocado por un rayo: ¿Qué pasaría si utilizáramos esa luz que está devorando los árboles para cocinar lo que cazamos? Pues que absorberíamos mejor las propiedades de la carne, contestaría el segundo. Yo tenía en mente dejar de beberme el café frío por las mañanas, añadiría un tercero. Bien visto. ¿Qué pasaría si te cuelgo bocabajo de la Gran Muralla? Es con seguridad la pregunta que motivó a algún ingeniero chino de la antigüedad para inventar el papel higiénico y salvaguardar su propia vida del carácter avinagrado de su emperador. Tras limpiarse el culo con aquel sedoso papel, que además dejaba perfumado su real trasero, tal vez acabara con su irritación; y con su mal humor también. Lo que es un hecho es que el afán de saber, siempre ha empezado con una pregunta. Y en algunos casos ha terminado con la materialización de inventos o descubrimientos que han cambiado el curso de la historia. El libro que hoy nos ocupa no cambiará la historia (creo) ni hará que aparezcan nuevos inventos revolucionarios (quién sabe). El libro del que hablaré hoy simplemente responde a las más enfermizas inquietudes de algunas personas con demasiado tiempo libre. Y todas esas desconcertantes inquietudes empiezan con la misma pregunta, que a su vez da nombre al libro: ¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si…? de Randall Munroe es un libro de divulgación científica. Cuando se piensa en libros de este género más de uno se siente como aquel gato escaldado que del agua fría huía (estoy bastante fino hoy con los refranes con gatos de protagonista). Malas experiencias con libros muy enrevesados y jerga compleja pueden conseguir que te pierdas esos en los que el autor se ha dejado la piel para captar la atención del lector y hacer de su viaje por la ciencia un paseo ameno. Qué digo ameno, ¡divertido! Una breve historia de casi todo o La cuchara menguante son dos grandes ejemplos. Pero lo que diferencia ¿Qué pasaría sí…? de cualquier otro libro de divulgación científica es su tono humorístico, que la mayoría de veces ya viene dado por la pregunta inicial.

¿Qué pasaría si golpeases una pelota de béisbol lanzada al 90 por 100 de la velocidad de la luz? ¿Cuánta energía puede generar Yoda con la fuerza? ¿A qué velocidad puedes pasar conduciendo sobre un badén y sobrevivir? Esto quizá sea un poco escabroso, pero… si el ADN de alguien despareciera de repente, ¿cuánto duraría esa persona? Estas son solo cuatro preguntas, de las más de cincuenta que recoge el libro. Preguntas que en algunos casos ya fueron realizadas en la web del autor. Y es que este libro es el resultado del éxito cosechado por la web xkcd, en la que Randall Munroe, que fue físico de la NASA, se entretiene en contestar la mayoría de paranoias absurdas que le envían sus seguidores. A pesar de ser un libro con toques de humor, el autor se lo toma con bastante seriedad a la hora de elaborar una respuesta. Así pues, y tras hacer caso omiso a algunas leyes de la naturaleza que son inviolables, planteándonos escenarios imposibles que casan más con la ciencia ficción que con la realidad, el autor intentará sacar algo en claro haciendo uso de sus conocimientos científicos. En algunos casos incluso se servirá de la ayuda prestada por otros expertos como genetistas, especialistas en virus o radiación, o incluso profesionales del mundo armamentístico.

Albert Einstein dijo una vez que “no entiendes realmente algo hasta que eres capaz de explicárselo a tu abuela”. En ¿Qué pasaría si…? el lector es la abuela. Randall Munroe se vale de un lenguaje sencillo, obviando en muchos casos jerga científica y buscando símiles más comprensibles para hacer llegar el mensaje al público más neófito. Es casi como si un amigo graciosete te explicará una anécdota mientras bebéis cervezas hasta coger una buena cogorza. Si bien es cierto que hay fórmulas matemáticas, ecuaciones y algunas aclaraciones a pie de página que le dan ese punto atractivo para aquellos que, sin ser eminentes figuras de la ciencia, ya se mueven como pez en el agua por estos lares. Pero Randall Munroe no cree que sea suficiente que la respuesta aparezca en lenguaje escrito, así que añade monigotes a diestro y siniestro. En el mejor de los casos éstos sirven de apoyo o ejemplo de sus hipótesis; en otros dan un toque de humor que te harán sonreír. Para mi gusto, con la mitad de los chistes gráficos (pues en algunos casos lastran el ritmo) el libro sería aún mucho más fluido de lo que es.

En resumen, ¿Qué pasaría si…? es un libro de divulgación científica único en su especie. Mezcla con acierto humor y ciencia, desarrollando hipótesis rocambolescas mediante razonamientos coherentes; todo fruto de lo absurdo y la curiosidad. Esa misma curiosidad que mató al gato. Aunque nuestro gato del principio, tras meterse dentro de la caja, descubrió que formaba parte de un complejo experimento: El gato de Schrödinger. Conque, por esta vez, la muerte del gato tenía más que ver con nuestra curiosidad que con la suya.

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Con tal de verte volar, de Miguel Gene

Con tal de verte volar

Con tal de verte volarEn mi calidad de outsider tengo que decir que no conocía a Miguel Gene y que he leído este libro atraída por el título y la siguiente frase que aparece en la contraportada: “Escribo este libro porque no sé fabricar bombas nucleares y, después de todo, algo tendré que lanzarte.” Me gusta el título porque yo soy de altos vuelos, soy una mujer-árbol-mariposa y tengo cuentas pendientes con el cielo. Me gusta la frase que os he copiado porque me atrae la gente directa. Además, puestos a elegir, mucho mejor lanzar versos a la gente que andar lanzado bombas nucleares, donde va a parar.

Si seguís habitualmente las redes sociales de este círculo de la nueva hornada de poetas probablemente os suene el nombre de este escritor. Si no estáis muy puestos, ya os lo explico yo. Miguel Gene es George Mihaita Gane, un joven nacido en Rumanía en el año 1993. Desde el 2002, año en que él y su familia emigraron a España, reside en Madrid. Empezó pronto a interesarse por la poesía y ha participado en varios proyectos literarios, revistas y talleres. Es en las redes sociales donde Gane expone pincipalmente su poesía y, gracias a ellas y a sus seguidores, algunos de sus poemas han adquirido cierta fama y supongo que, gracias a ellas también, Con tal de verte volar ha sido a la luz. Lo cierto es que solo hay que poner su nombre en el buscador de Google para darse cuenta de que tiene bastante actividad en Internet. Es un debate todo este tema de Internet y los artistas, ¿no os parece? Muchos de ellos han salido de ese mundo y prácticamente le deben todo a las redes sociales. Supongo que hoy en día es lo normal y que cada vez lo será más. Lo cierto es que Internet es una de las principales fuentes de promoción y el trampolín a la fama de mucha gente desconocida. En mi opinión, esto tiene sus partes buenas y malas, pero ese asunto ya lo dejamos para otro día.

No sé si Con tal de verte volar es un libro de amor o desamor, aunque quizás eso no importe mucho. Lo que sí sé es que el poeta estuvo (está) profundamente enamorado y este es un homenaje a un amor ya perdido, pero no olvidado. Como os decía, no sé si hay más amor entre sus líneas que desamor, es difícil saberlo cuando estos dos términos tan opuestos se mezclan y confunden en la poesía. No hay amor sin desamor y viceversa. Al menos Miguel Gene lo tiene claro: él solo quiere verla volar. Es una actitud bonita frente a un desengaño. También es cierto que el autor es muy joven (tan solo 23 añitos) y que en ocasiones su visión del amor me ha resultado demasiado idílica. Ya sé que me vais a decir, “que el amor no tiene edad”, “que cada persona es un mundo”. Lo sé, lo sé. Pero ese amor se me antoja demasiado fantasioso, aunque no por ello bonito.

Este poema me parece que condensa la esencia de Gene y de este poemario:

“Estás loca.

Hay que estar realmente loca

para querer perder la cabeza

de esa forma tan auténticamente salvaje

con alguien

o por alguien

que no es capaz de cuidar la suya propia.

 

Eres

valientemente suicida,

atrevidamente kamikaze,

y lo único que te atrae de la vida

es estrellar tu muerte contra el amor

de algo

o de alguien.

Querer es mucho más importante

que las consecuencias.

 

Y qué guapa estás

sonriendo a pedazos;

y qué idiota fui

al querer reconstruirte.”

Un amor loco, casi adolescente y excesivo. Un amor que pide todo y nada a la vez. Un amor que lo tiene todo y al segundo se queda en nada. Así es este amor: efímero y duradero. Gene sabe lo que hace, sabe lo que quiere transmitir, es bueno con las palabras y parece que los versos son su mejor forma de expresión. Habrá que estar pendiente de lo que escriba en un futuro, a ver con qué nos sorprende.

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La felicidad después del orden, de Marie Kondo

La felicidad después del orden

La felicidad después del ordenAntes de irme a vivir sola, mi habitación siempre era un caos. No recogía la ropa limpia, la sucia se quedaba encima de una silla, aparecían calcetines desparejados entre las sábanas, mis apuntes de Filosofía se mezclaban con los de Griego y podían aparecer decenas de latas de Coca-cola entre todos los trastos de mi habitación. No me di cuenta de la horrible situación en la que vivía día a día hasta que me independicé. Llegó un día en el que no me quedaban camisetas limpias, la montaña de ropa para planchar era más alta que yo y cuando llegaba el fin de semana me pasaba horas organizando los apuntes que tendría que haber clasificado y pasado a limpio durante la semana. Aquello no podía seguir así, así que tuve que plantarle cara al desorden. No es que creara un método para tener la casa recogida, pero básicamente me impuse una regla: deja todo en su sitio. Así de fácil. Si hay una camiseta sucia, a la lavadora. Si hay un papel por el escritorio, a la carpeta de la asignatura correspondiente. Y así con todo. Si antes era desordenada, ahora soy ordenada de más (pero de más, de más). Será que soy yo muy extremista. También me ayudó bastante crearme un horario, para que no se me pasaran las horas muertas y pudiera invertir mi tiempo de una manera más eficiente; pero ese es otro tema.

Por aquel entonces me hubiera venido genial el método de Marie Kondo, conocido como el método KonMari. Yo no lo conocí hasta hace un año. Sinceramente no había leído el libro que sacó hace un tiempo, llamado La magia del orden, pero sí que busqué su resumen en Internet, aprendiéndome de memoria algunos tips que me ayudaron a reorganizar mi vida. Vivo en una casa de pueblo, con demasiados rincones y espacios que te piden a gritos que llenes con cosas inservibles, así que el tip que más a rajatabla llevé fue el de “si una cosa no te hace feliz, despídete de ella, dale las gracias por el servicio que te ha dado y tírala” —aviso a navegantes: he dicho “tírala”. No “regálasela a tu vecino o a tu tía porque seguro que lo quiere y si no ya lo tirará”. No vayamos por ahí regalando nuestra propia basura—. Empecé por la ropa (ahora, leyendo La felicidad después del orden, que es una guía práctica e ilustrada del libro del que os hablaba, me he enterado de que es el inicio perfecto. Porque no os penséis, para reorganizar nuestra vida, también tenemos que seguir un orden preestablecido). Puse toda mi ropa encima de la cama y empecé a seleccionar aquello que no me hacía feliz (véase: esos pantalones que por mucho que me proponga adelgazar no me van a caber, esa camiseta rota que la guardo porque un día que me la puse me lo pasé genial, ese pareo que no me he puesto en la vida…) y, sorprendentemente, me deshice de bolsas y bolsas de ropa vieja e inservible que ni siquiera sabía que tenía. Así de fácil. Sin remordimientos.

La felicidad después del orden va un paso más allá. Nos enseña cómo debemos colocar las cosas para que seamos felices. Cómo doblar la ropa, por ejemplo. Yo antes colocaba todas las camisetas una encima de otra y cuando abría el cajón solo veía la que estaba arriba del todo, creando la sensación de “no tengo nada que ponerme”. Ahora, siguiendo el método de Marie Kondo, parece que mi armario se ha multiplicado por tres, por lo que mi propio vestuario y mi monedero me lo agradecen a diario.

Este libro es un arma de doble filo: está muy bien porque te enseña a ser ordenado y a vivir siempre con ese modo de vida, pero por otra parte el método propuesto implica reorganizar TODA la casa. Entera. Así que si de verdad quieres implicarte en el proyecto, tendrás que invertir muchas horas para que todo esté en su sitio. Marie Kondo nos promete que, si seguimos lo que propone al pie de la letra, viviremos una vida plena y feliz. Siempre me ha llamado la atención lo místicos que son los japoneses (cuando os decía que había que despedirse de las cosas, era en sentido literal) y parece que no les va nada mal. Me ha hecho gracia que incluso dice que, si estás buscando una nueva casa donde vivir, es necesario que reordenes la que vives, porque así la casa nueva se sentirá atraída por ese orden. No sé, también inventaron el shushi y fijaos que éxito.

Así que si necesitáis un cambio en vuestra vida, La felicidad después del orden puede ser un buen comienzo. No sé si esta recomendación es válida si quien la hace es una obsesa del orden… pero yo estoy pensando en regalárselo a unos cuantos de mis allegados. Al fin y al cabo, dicen que todo en esta vida se pega menos la hermosura.

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Los seres que me llenan, de Mikel Izal

Los seres que me llenan

Los seres que me llenanVoy a hacer una confesión antes de detenerme a analizar el libro de Mikel Izal: mi intención original era que no me gustara. Tiendo a desconfiar de los libros que, últimamente, se publican con nombres de músicos, actores, presentadores de televisión y toda la oleada que ha ido llegando a las librerías en los últimos años. Lo sé, no debería llevar esta mochila a mi espalda porque, probablemente, y en alguna ocasión, me esté perdiendo algo interesante, pero no puedo evitarlo. Hecha esta declaración, sigamos con el recorrido que hizo que empezara a leer Los seres que me llenan. Fue todo, en realidad, demasiado sencillo: una buena amiga me lo recomendó y tiendo a hacerle caso. Reconozco que miré su cara con gesto extraño, pero ella seguía insistiendo en que me iba a sorprender – para bien, se entiende – así que decidí empezar con él de la forma más escéptica a la que me he enfrentado a un libro. Y lo hizo, y de qué manera. Y sí, es muy probable que no estemos ante uno de los mejores libros de relatos del año, que no llene todas aquellas noches de insomnio en los que un libro me dejaba despierto por no poder dejarlo. Pero no creo que ese sea su cometido tampoco. Reconozco mi falta de práctica en algunas cuestiones de lectura a pesar de los años que llevo dedicándome a esto, pero los nuevos tiempos no dejan mucho a la imaginación y, más de una vez, la decepción ha hecho mella en mi capacidad de tolerancia. Así que vayamos por el principio y describamos este libro como lo que es: relatos que pueden sorprender a algún que otro escéptico como yo.

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Crónicas de la Adolestreinta, de Laura Santolaya del Burgo

Crónicas de la adolestreinta

Crónicas de la adolestreintaLos treinta, ¿una edad terrible o la mejor edad? Esta es una de estas preguntas que, según a quien se la plantees, obtendrás una respuesta totalmente diferente. Si preguntas a una persona de cincuenta o sesenta años probablemente te contesten que es la mejor edad y que volverían a sus treinta sin dudarlo, pero si preguntas a un veinteañero… Ahí es cuando verdaderamente la cosa se complica. Para un veinteañero cumplir los treinta significa despojarse de su juventud para convertirse en una persona completamente adulta que debe enfrentarse a los problemas con madurez y responsabilidad. Pensándolo con más calma,  el veinteañero se da cuenta de que este pensamiento es absurdo y que está entrando en pánico. Pero luego llega el gran amigo Google y cuando teclea “Tengo treinta años y…” le sugiere frases como “y no tengo novio”, “y vivo con mis padres” o “y no tengo nada”. De esta forma entra en bucle otra vez y odia este número que cada vez le resulta más terrorífico, el 30.

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