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Para quien no brilla la luz, de José María Pérez Zúñiga

para quien no

para quien noA estas alturas de la película hacer algo medianamente original, distinto o, ya simplemente decente con un género que últimamente ha sido tan trillado, humillado y maltratado como el de los vampiros no es tarea fácil, aunque lo parezca. Al menos no sin pervertir tanto la esencia del mito como para cargárselo y no dejar de él más que cuatro notas típicas que sirvan al lector para poder diferenciarlo de un vulgar hombre lobo cualquiera. Es triste que mucha gente, sobre todo las últimas hornadas de gente, asocie a un icono del terror, tanto literario como cinematográfico, una saga, también literaria y fílmica, cuyo nombre se corresponde con el intervalo de tiempo antes de la salida o después de la puesta del Sol durante el cual el cielo permanece iluminado. Triste, pero cierto.

Así que con este desolador panorama en el que está quedando nuestra pobre cultura de masas, en el que a Odín gracias, también de vez en cuando nos encontramos con joyitas como, por poner un ejemplo, la pentalogía de David Wellington que se inicia con 13 balas, es muy gratificante encontrarse con pequeños y frescos tesoros como este Para quien no brilla la luz que le reconcilian a uno con la especie humana y piensa por un momento que sí, que aún hay esperanza, que no todo está perdido para los no-muertos. Que tal vez no funcionen ya los cánones de Stoker en una sociedad tecnificada y agilipollada como la nuestra, pero que pueden, Y DEBEN, seguir existiendo vampiros que te metan el miedo en el cuerpo, que te destrocen la yugular o la femoral, que te drenen el líquido vital y que, si no acaban contigo, te inoculen una sed insaciable, una capacidad de seducción magnética y, a ser posible, que todo esto no venga acompañado de dudas metafísicas acerca del bien, el mal, la vida y la muerte.

Alguno puede pensar que el vampiro es una figura que alguien inventó y que, por lo tanto, se puede hacer lo que se quiera con él dentro del campo de la libertad de creación. Sí. Pero no. Un vampiro moñas fosforito se queda en moñas fosforito, en un ser despreciable que no merece otra cosa que explotar al amanecer. Un vampiro ha de ser un ser terrible, malvado, astuto y capaz de jugar al gato y al ratón con su presa. Puede ser destruido, sí, pero con algo de esfuerzo. O con mucho, según…

Por eso este libro del que hoy hablo no es una brisa de aire fresco, sino un chorro dirigido a la cara. Es innovador, es perturbador y en ocasiones es jodidamente extraño. No tanto como pudieran serlo los sueños de David Lynch, pero tal vez como los de Freud o Jung. Desde luego, convencional no es.

Trata la figura del vampiro desde una óptica que, sobre todo en sus páginas finales, juega a descolocar al lector haciéndole dudar, desconcertándole, poniéndole en el mencionado lugar del ratón.

Por si fuera poco, la novela está escrita de forma inteligente, estructurada en capítulos cortos y narrados desde el punto de vista de varios personajes, volviéndose a veces metaliterario con la inclusión de ¿el propio autor? en algunos pasajes.

José María Pérez Zuñiga elabora una trama en la que el policía Miguel Serrano junto al forense Joaquín Moya investigan unos crímenes en el barrio de la Latina en Madrid. Cuerpos que aparecen desangrados, personas desaparecidas, y una misteriosa mujer a la que se la conocerá como Dama Negra. Una historia que atrapa, sobre todo su primera mitad, (más rápida y dinámica y menos introspectiva y psicológica que la segunda) creo yo que por la alternancia en los puntos de vista, por una escritura que empatiza con cada uno, por unas situaciones raras enmarcadas en un contexto de lo cotidiano (el vecino de arriba, el pub, el poli que vive en casa de sus padres sin renovar ni un solo mueble…) que hace que lo que nos cuenta se empape un poco más de la realidad y el terror que ya de por sí eso significa.

Sé que no es fácil hacer terror (aunque menos lo es hacer comedia) y Para quien no brilla la luz, libro que, aunque no es que sea terror terror, (es policíaco y de misterio diría yo), sí que consigue provocar una inquietud desagradable al leerlo. Un desasosiego, una intranquilidad un mar de dudas y una comprensión del estado confuso de los protagonistas, que no es fácilmente explicable.

“Ciudadanos, autoridades y policía se enfrentan a sus ansiedades y miedos más íntimos, los que constituyen nuestras miserias personales y sociales. Es lo que han representado siempre los vampiros: la otredad; la posibilidad de que seamos de una forma diferente.”

Sea o no esa la interpretación de vampirismo, he aquí un buen libro sobre el tema para todos los que adoramos a esas criaturas de la noche. Unas criaturas tratadas aquí de forma respetuosa y más cercana a su particular realidad. ¡Un libro de vampiros como Odín manda!

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El arte de escribir, de David Vicente

El arte de escribir

El arte de escribir A menudo me pregunto si la gente subestima el arte de escribir o soy yo quien lo sobrevaloro. Mi pasión literaria viene de tan atrás y soy tan crítica con lo que escribo, que reconozco que me molesta cuando alguien, que apenas sabe redactar sin faltas de ortografía, dice que es escritor solo porque ha colgado su «libro» en Amazon. Eso me recuerda, irremediablemente, aquella anécdota que contó Pérez Reverte en su columna, hace ya algunos años. Estaba él sentado en una terraza cuando se le acercó un hombre a saludarlo. Tras reconocer que no había leído sus libros, ni ninguno en general, le pidió consejo para escribir una novela. No tenía una idea concreta en mente, ni siquiera había escogido un género, pero oye, al hombre le hacía ilusión escribir un libro. Estupefacto, Reverte le dijo que por qué no le había dado por componer música, y el hombre le replicó que eso no lo hacía cualquiera, que para eso había que valer.

Ese es el error más extendido: considerar que escribir literatura no requiere de aprendizaje alguno. Yo, que soy una romántica o, tal vez, muy inocente, pienso que, además de técnica, para escribir se precisa de una mirada especial. Y David Vicente, el autor de El arte de escribir, está de acuerdo conmigo, aunque también está convencido de que hasta eso puede aprenderse.

En este manual de escritura, recientemente publicado por la editorial Berenice, David Vicente no solo resume las enseñanzas que suele impartir en sus talleres de escritura creativa, sino que reproduce casi íntegros cuentos de escritores de la talla de Hemingway o Capote, para que sirvan de ejemplo, e incluye ejercicios al final de cada capítulo. Aunque los lectores no tendrán la suerte de que él se los revise y comente, al menos es una forma de llevar a la práctica lo leído. Después serán la persistencia y el ojo crítico los que harán que este curso exprés de ciento veinticuatro páginas dé sus frutos en los lectores que se adentren en él.

No es la primera vez que hablo de libros de escritura. Ya reseñé aquí La mecánica de la escritura creativa: en busca de una voz propia, una recopilación de artículos de profesores y colaboradores de la Universidad de Alcalá de Henares que reflexionaban sobre los retos y beneficios de la escritura creativa; Escribe con Rosa Montero, un precioso cuaderno donde escribir nosotros mismos, con reflexiones y consejos de la escritora madrileña e ilustraciones de Paula Bonet y Los 65 errores más frecuentes del escritor, un excelente manual para quienes ya llevan muchas páginas escritas a sus espaldas y buscan perfeccionar su estilo. En cambio, El arte de escribir, de David Vicente, está destinado a principiantes y, en ese nivel, cumple perfectamente su función.

David Vicente no se anda con rodeos. Con un lenguaje sencillo y cercano, aborda las cuestiones básicas que todo aspirante a escritor debería conocer: el punto de vista que requiere cada narración, los elementos para una buena construcción de personajes, cómo plantear el conflicto, de qué forma desarrollar la trama y sus nudos, cuándo es necesario introducir diálogos o descripciones, en qué momento plantearnos el tema de fondo de nuestra historia o la importancia de la reescritura. Y, deliberadamente, deja en un segundo plano la publicación, esa obsesión de muchos que, al final, poco tiene que ver con el verdadero arte de escribir.

El manual de David Vicente es una lectura que recomiendo tanto a los que pecamos de sobrevalorar la escritura como a los que la subestiman. A unos, porque comprobamos que hay una serie de conceptos que, bien interiorizados, hacen que cualquiera pueda escribir una historia que merezca la pena ser leída. Y a los otros, porque constatarán que esto del arte de escribir tiene muchísima más miga de lo que parece.

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El desorden de los números cardinales, de Vicente Marco

El desorden de los números cardinales

El desorden de los números cardinalesAdelante, abre El desorden de los números cardinales. Pero ándate con ojo con su autor, Vicente Marco, y las historias que te va a contar.

Te encontrarás con un portero hablando con uno de los vecinos del edificio que vigila. Con la historia de una mujer que es abordada por un desconocido que le pide que entregue un sobre. Con la de un hombre que se entera de que un excompañero de clase, el número uno en la lista, acaba de fallecer. O el relato de tres borrachos que se suben a un taxi. Nada fuera de lo normal, ¿verdad? Historias cotidianas que cualquiera de nosotros podría presenciar o protagonizar.

Espera un momento… ¿Te has dado cuenta de ese diálogo? ¿Y de esa escena desconcertante? La realidad empieza a resquebrajarse. Las cosas no son lo que parecen y tratas de buscarle la lógica. Mira que te advertí que fueras con cuidado, pero ya es tarde: has entrado en el juego de Vicente Marco.

En los doce relatos que componen El desorden de los números cardinales entremezcla varios géneros literarios. Hay historias aparentemente realistas, sí. Otras fantasiosas desde el principio. ¿O tal vez no lo son? La verdad es que no sabes a qué atenerte. Ni siquiera te fías de los relatos de humor, que acaban siendo terroríficos. Pero, con el paso de las páginas, empiezas a pillarle el truco a Vicente Marco. Te ha quedado claro que no desvela sus verdaderas intenciones hasta la frase final de cada relato. Así que te relajas y te dejas llevar por la narración: te ríes de su ironía, disfrutas de su imaginación y asientes a sus críticas sociales (unas veces, directas; otras, sutiles; siempre certeras).

Pobre ingenuo. Vicente Marco no se va a conformar con eso. No le interesas si eres un lector pasivo; así que no te dejará que lo seas, aunque te resistas hasta el final. Y será en el momento en el que acabes de leer El desorden de los números cardinales cuando te des cuenta de que no son doce relatos, sino uno solo. Tus doce certezas se esfuman. Y tú que te creías que sabías de qué iba esto. Pero no, claro que no.

No te queda más remedio que desandar tus pasos. Has detectado algunas señales durante la lectura, solo es cuestión de recapitular los personajes que saltan de una historia a otra y las referencias a Susi Bon, para esclarecer el verdadero papel de esa mujer en todo esto y descubrir qué lugar es ese al que llaman Hemisferio. Vuelves al principio, relees cada relato, tratas en vano de atar todos los cabos. Pero en cada relectura encuentras nuevas señales, nuevos mensajes entre líneas, nuevas realidades que nunca se te habían pasado por la cabeza. Siento decirte que es ahí, justo ahí, donde Vicente Marco te quería tener.

Enhorabuena, por fin has entrado en el Hemisferio. ¿A que no está tan mal, visto desde dentro? Vicente Marco te da la bienvenida. Y yo misma, que también te estaba esperando, como todos los lectores que se han asomado antes que tú a las páginas de El desorden de los números cardinales. Te dije que fueras con ojo, pero lo cierto es que sabía que no podrías resistirte a este juego metaliterario. Así que siéntate y disfruta. Aquí todo es posible. Lo pasaremos bien en el Hemisferio.

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El crimen del sistema métrico decimal, de Miguel Izu

El crimen del sistema métrico decimal

El crimen del sistema métrico decimalDebo reconocer que si pedí este libro fue porque el título me intrigó desde el primer momento, ¿cómo puede nacer de algo como el sistema métrico decimal algún motivo que se transforme en móvil de un crimen? Diría que justificar esa premisa es todo un reto para un narrador, pero lo cierto es que Miguel Izu lo consigue y con gran solvencia. El truco, diría que más bien solución universal, consiste en poner las cosas en su contexto, que en este caso no es otro que el debate de aprobación de la Ley de pesas y medidas allá por 1849. Al final lo que resulta apasionante es precisamente el contexto, el sistema métrico decimal es un hilo conductor brillantemente utilizado para describir la sociedad de la época, su ambiente a pie de calle y las intrigas políticas.
El crimen del sistema métrico decimal nos regala, por empezar por el principio, un mundo perdido. Uno en el que se usaban medidas como libras, onzas, celemines, toneles, quintales, arreldes, libras, marcos, adarmes, estadales, pies, yardas, galones o fanegas. Son términos evocadores y para mí ha sido un verdadero disfrute leerlos, profundizar en ellos y saber que 15 varas castellanas equivalían a 16 varas navarras, que 100 libras aragonesas eran 75 libras castellanas o que 100 pies aragoneses suponían 92 pies castellanos y un tercio. Si querían una prueba del algodón de lo complejo y diverso que era el mundo que la ley de pesas y medidas quería ordenar sin duda la tienen en ese tercio que riza el rizo de la complejidad y seguramente también del atractivo romántico de las medidas perdidas. ¿Quieren más? Verán, un cántaro navarro se dividía en 16 pintas, cada una de las cuales se componía de cuatro cuartillos, mientras que una cántara castellana se dividía en 4 cuartillas, 8 azumbres, 16 medias azumbres y, por supuesto, 32 cuartillos. De lo que concluimos que una cántara castellana equivale a 20 pintas navarras (lo concluye el autor, entiéndanme). Aunque si lo prefieren quédense con las libras: 100 libras aragonesa eran 75 libras castellanas.
Mi devoción por las medidas probablemente nazca de un cuento de Antonio Pereira que me permito citar aquí para tratar de contagiarles de esta atracción romántica mía:

Si les preguntas a los más jóvenes, no tienen ni idea de lo que es un cuartillo. Es la cuarta parte de la azumbre, otra medida de las que se empleaban para el vino y los áridos, pero ellos tampoco saben lo que son los áridos o la azumbre. Nosotros, y también la señora María de Sanabria, sabíamos que el cuartillo es la ración exacta para que dos hombres empiecen a vivir la tarde mano a mano, se den la paz como en la misa y se abran la chaqueta y a veces un poco la camisa, por la parte del corazón.

Sin embargo no conviene abusar, no quiero que piensen que las virtudes que veo en esta novela de deben a un desorden psicológico de esos que tanto abundan entre los lectores y que nos hacen amar determinadas palabras mucho más allá de los conceptos que representan. El crimen del sistema métrico decimal no sólo es una eficaz novela policíaca en el sentido de que existen un crimen, una investigación y numerosos obstáculos que el protagonista, el comisario de distrito Pedro Arróniz, debe sortear. Es un brillante retrato de aquella sociedad en la que se encuentra el germen de la nuestra. Y un paseo por una ciudad, Madrid, de la mano de personajes que con el tiempo se han convertido en calles o barrios de la misma, como Bravo Murillo o José de Salamanca.
Con igual detalle que las medidas se describe la organización de los barrios de Madrid, de sus fuerzas del orden (con serenos, celadores, salvaguardias o “guindillas”, ronda de capa, etc), o la vida de sus ciudadanos, a los que acompañamos a hospedajes, paseos o comidas en mesones. Diría que Miguel Izu ha puesto mucho cuidado en dar vida al escenario, en algunos pasajes podría parecer que incluso más que en la propia trama que es el eje de El crimen del sistema métrico decimal, de la que si algo debo decir es que fluye de forma natural, sin trampas ni giros argumentales artificiales, lo que a mi modo de ver beneficia al conjunto de la obra porque integra ambas facetas, la histórica y la policíaca, en un mismo nivel de honestidad y lealtad tanto con la historia como con el lector.
En un libro tan bien documentado y tan sincero, el uso de personajes reales es un reto, y si además son personajes históricos y forman parte de una trama compleja. Todo cuanto debe ser comentado a este respecto lo hace el autor en una nota al final de El crimen del sistema métrico decimal, así que poco queda que añadir más que felicitarle por su solvencia narrativa.
No esperen fuegos artificiales, no es este un libro de estridencias, pero si desean conocer un escenario real de la mano de personajes reales (todos ellos, los históricos y los de ficción) y disfrutar de un buen rato tratando de resolver un caso y resucitar temporalmente un buen puñado de palabras moribundas, acérquense a este libro. No les voy a decir que después de él no será lo mismo utilizar la cinta métrica, pero el buen rato se lo garantizo.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Magical mystery tour, de Ángela Pinaud

magical-mystery-tourEn mi opinión, y seguro que en la de muchos otros lectores, es una pena que el género de terror y de fantasía no tenga raigambre en la literatura española (no así en la literatura de otros países hermanos de lengua), cuyas raíces hondamente realistas han ahogado desde siempre cualquier intento de que de los pequeños brotes de esos géneros hayan florecido árboles recios. La gran excepción histórica, que siendo sólo una vale por toda una biblioteca, es, naturalmente, Don Quijote, donde la fantasía campa a sus anchas y forma parte esencial de la grandeza y el mito de esa novela seminal. Pero, hoy en día, los autores contemporáneos deudores de aquel pequeño atisbo y de tradiciones como las de Poe, Lovecraft y, más recientemente, King, Matheson y Koontz, deben poner un extra de esfuerzo para ser publicados y reconocidos. Ese desfavorecimiento de toda una tradición literaria hace que autores como Ángela Pinaud corran el riesgo de pasar por debajo del rádar. Y sería una pena, porque, como en el caso de Pinaud, son autores muy prometedores.

Ángela Pinaud tiene una página web donde ha publicado una cincuentena de relatos de tema terrorífico y fantástico, a los cuales eché un vistazo y quedé enganchada, como parece ser que les ha sucedido a un buen puñado de lectores que, fielmente, dejan comentarios en cada uno de sus relatos. Desde aquí va mi recomendación a los aficionados al género; la web es eternidadseescribecontinta.blogspot.com.es. Esos relatos me hacían presagiar buenas cosas al comenzar la lectura de su primera novela, Magical mystery tour. La verdad es que no me ha decepcionado y que, si bien no es una novela perfecta (sigue siendo una primera novela, algo muy diferente y más complejo que un relato breve, aunque la dificultad de un buen relato se subestime por regla general), contiene muchos elementos que auguran a una buena cultivadora del género de terror con ambientes claustrofóbicos incorporados a aldeas castellanas en lugar de norteamericanas, personajes que anuncian su naturaleza siniestra a las primeras de cambio y giros argumentales que combinan bien el terror mundano y material con el fantástico, oscuro y de ultratumba.

Magical mystery tour comienza con una ambientación contemporánea y urbana, con la protagonista, Julia, una abogada de 25 años que vive con su abuela en Salamanca y trabaja en un bufete junto con su ex y sin embargo amigo, Martín, y su amiga Sara. El pasado de Julia incluye la muerte sangrienta y sin esclarecer de su padre, en la aldea donde ella nació y vivió sus primeros años, y una huida con su abuela por toda Europa, no se sabe bien de qué. Un día, Julia empieza a tener terroríficas visiones de una mujer monstruosa que la persigue y que va sembrando la muerte allá por donde pasa. En busca de respuestas, Julia regresa al pueblecito donde murió su padre, y allí se reencontrará con seres de todo tipo (vivos, muertos y sin definir), así como con muchos misterios que deberá esclarecer con la ayuda de sus amigos.

Magical mystery tour empieza a leerse como un largo cuento de terror donde las poblaciones pequeñas equivalen al oscurantismo, el peligro, los secretos tétricos y la muerte, con personajes que, lo sabemos de buen principio, jamás son de fiar. Al igual que en Stephen King, el medio rural aquí es un regreso no sólo al pasado del protagonista, sino al pasado colectivo, a la neblina de la conciencia y de la razón, donde se desdibujan las fronteras entre lo real y lo pesadillesco. Ángela Pinaud consigue trazar con soltura esas atmósferas de villas imaginarias pero con características sacadas de la realidad, donde los personajes, tanto aquellos que nos parecen inofensivos o positivos como los más siniestros, parecen deambular en una realidad apenas vivida, con pasiones mal sofocadas y muchos secretos que esconder y que amenazan la cordura y la integridad física de la protagonista urbanita.

El ingrediente terrorífico viene dado aquí no sólo por el misterio central –la identidad propia y la lucha por descubrir quién se es y qué lugar se ocupa en el mundo, y cuál se desea ocupar, siendo a veces la lucha entre deseo y realidad el más terrorífico de los conflictos, el más devastador para la psique y para el sentido de la realidad-, sino también por otro elemento que no vamos a desvelar aquí, y que, si bien entronca con un tipo de terror más convencional (aunque también sea, curiosamente, el que contiene más elementos sobrenaturales y fantásticos), resulta de interés por su carácter inesperado y porque la autora sabe combinar bien ambas tramas, desembocando en un desenlace que gustará a los amantes de los giros argumentales, y que promete sucesivas entregas que, esperemos,  encuentren su modo de llegar a las librerías.

Magical mystery tour es un thriller de terror bien planificado y, en general, bien ejecutado, al que se le pueden perdonar fácilmente los errores de autora novel, pues se trata de una escritora joven con mucho oficio y, si las ventas lo permiten, un porvenir muy fecundo en las letras fantásticas con sello español. No la pierdan de vista.

 

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Textos huérfanos, de Enrique Jardiel Poncela

textos huérfanos

textos huérfanosUn humorista no suele ser gracioso todo el día, ni siquiera en su trabajo, aunque este consista precisamente en serlo. Hacer reír a todo el mundo es misión imposible, porque el humor es subjetivo, fruto de una determinada forma de ver la vida, de una cultura, de una época.

Recomendar un libro de humor también es complicado. Lo que me ha divertido a mí puede dejar frío a otro o incluso ofenderle. Mirad si tiene tela el humor, aunque muchos lo consideren un arte de segunda. Aun así, hoy vengo a hablar de un libro escrito por uno de los humoristas españoles más relevantes del pasado siglo, Enrique Jardiel Poncela, y no una de sus obras más conocidas, sino Textos huérfanos, un recopilatorio de sus escritos de juventud, esos que hasta él olvidó cuando alcanzó notoriedad, y que la editorial Berenice reimprime por primera vez desde entonces.

Textos huérfanos contiene aquellos artículos experimentales que Jardiel Poncela publicó en las revistas Buen Humor y Gutiérrez durante los años veinte, mucho antes de darse de bruces con la censura franquista. En ellos, el cómico madrileño dio rienda suelta a su creatividad y explotó especialmente el humor absurdo, en el que logró muchos momentos de brillantez. He disfrutado de sus reconstrucciones históricas de la batalla de Lepanto y del viaje de Colón, de sus pequeñas obras teatrales parodiando la psicología cotidiana, de sus aforismos, de sus refranes inventados, de sus juegos de palabras y de la falsa atribución de frases célebres a famosas figuras de la Historia. Imaginad mi sorpresa al reconocer algunas de esas bromas, y es que más de una de las ocurrencias de Jardiel Poncela han pasado de boca en boca a lo largo de las décadas.

Aunque predominan los textos experimentales y frescos, también hay chistes rancios y machistas, porque, como decía, el humor es reflejo de una cultura y una época determinadas. Eso me ha hecho pensar en el debate sobre los límites del humor que está tan en boga en los últimos tiempos, ya que algunos de sus artículos, escritos hace casi cien años, serían objeto de demanda si se escribieran hoy. Os dejo el caso que me ha parecido más llamativo, para que juzguéis vosotros mismos:

Extracto de «Oficios que la mujer puede desempeñar»:
Adúltera
Escritora
Feminista
Víctima de un crimen (consecuencia de las tres anteriores).

Las sensibilidades cambian con los años, no cabe duda. El ejemplo anterior a mí me parece de mal gusto, pero otros chistes que tiran de topicazos entre hombres y mujeres sí me han hecho gracia, igual que los de otros asuntos que siguen hiriendo muchas susceptibilidades actualmente, como es el caso de los deseos de independentismo de Galicia, País Vasco y Cataluña.

Textos huérfanos es así: va de lo absurdo a lo incisivo, de lo trivial a lo reflexivo. En aquellos años, Jardiel Poncela escribió todo lo que quiso: a veces, innovando el humor, otras, recurriendo a los clichés; a veces, con creaciones brillantes, otras, con textos para salir del paso. Y es que, como decía, no se puede ser gracioso todo el tiempo ni hacer reír a todo el mundo. Sea como sea, la publicación de Textos huérfanos es una buena noticia para los seguidores de Jardiel Poncela que deseen descubrir al artista en sus primeros años y para aquellos amantes del humor absurdo que quieran conocer a uno de los pioneros españoles de esa vertiente. Y también es una oportunidad para revisar los límites del humor que había en nuestro país hace casi un siglo y que cada uno reflexione si hemos avanzado o retrocedido.

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Tide Haven: El refugio de las mareas, de David Chevalier

tide haven el refugio de las mareas

tide haven el refugio de las mareasMiedo. Puede provocarlo algo real, como una amenaza inminente o un riesgo para nuestra seguridad. El ataque de un demente sediento de sangre que esgrime un arma blanca, el desasosiego ante la posibilidad de perder los bienes acumulados o la ineludible muerte que siempre nos anda rondando. Miedo. También puede ser producido por algo irreal, insustancial e invisible. Algo que no pertenece a este mundo, y que nuestra pobre, abrumada y limitada mente puede llegar a enloquecer cuando se empeña en rellenar huecos, en crear patrones, en buscar la explicación o la pieza que haga que todo encaje. “Habrá sido el viento…” Pero, ¿y si no existe tal pieza? Entonces nuestro lado creativo toma el control y moldea una, a pesar de que la prudencia sigue gritando que no es la forma más sensata de proceder. Creaciones de nuestra mente. ¿Pero qué ocurre cuando esos dos miedos se unen? ¿Y si no hay que temer únicamente a lo tangible, a lo que el pensamiento racional puede explicar? ¿Y si hay lugares en los que las leyes físicas que conocemos juegan a provocar el caos absoluto uniendo ambos mundos y creando nuevos terrores? Ese lugar es Killington, y solo está a unos miles de kilómetros de Tide Haven: El refugio de las mareas.

La historia no se inicia en esa apacible población costera, descrita con todo lujo de detalles por el autor, David Chevalier, sino que aborda con prometedora brutalidad la tragedia, el drama más amargo, para así dar fuelle desde el principio y arrancar por todo lo alto. El terror gótico viene luego, a pequeñas dosis, como un potente veneno que el autor va inoculando a través de las venas del lector. “Lo mejor está por venir…” Y a medida que lo irracional y la angustia a lo desconocido calan como una lluvia fría e insistente sobre huesos artríticos también penetran con fuerza la esencia de los dos carismáticos personajes protagonistas: Peter Doyle y su amigo Tom Miller, periodista uno y sargento de homicidios el otro, ambos retirados, desahuciados de una vida que los maltrata sin cuartel y unidos en busca de respuestas.

Pero anterior a las ansiadas respuestas estaban las preguntas. Éstas emergieron reptando desde las oscuras profundidades de un viejo teléfono negro de baquelita. Voces lejanas, entrecortadas, temblorosas. “Por Dios… que alguien nos ayude… ayuuudaaa…” Voces guturales que gritan auxilio a través de un teléfono que ni siquiera está conectado. Voces rasgadas que aúllan protección contra los monstruos y que ponen la carne de gallina. Voces dominadas por la desesperación que quizá llegan tarde a su destino. “Tarde siempre es más pronto que nunca”. Entonces David Chevalier lanza a sus protagonistas a un viaje, un road trip a través de la solitaria y agreste América profunda. Un viaje que se me antojó tardío y muy corto pero igualmente intenso, al igual que divertido (la venganza con aroma a gasolina tiene la culpa), con momentos de ternura (Stubby se encarga de ello), lleno de nostalgia y siempre con la liberadora sensación que otorga la oportunidad de ser redimido. “A veces luchar por alguien vale más que luchar por uno mismo…

La redención la buscarán en Killington. La ocasión perfecta de enmendar errores cometidos en el pasado. Un ayer que David Chevalier muestra con destreza metódica mediante los melancólicos e introspectivos pensamientos de los protagonistas. Una vez más voces; esta vez silenciosas, que susurran a través de recuerdos. El autor también hace uso de su poder como narrador omnisciente para saltar no solo de un personaje a otro, sino también del pasado al presente una y otra vez; para despistar en un principio, pero para contar, sobretodo, el porqué de los actos crueles y sanguinarios de esos personajes. Monstruos que caminan entre nosotros. “Digamos que en el mundo hay dos grupos de personas, los que pueden verlo y los que no”.

Lo que es ostensible es que Tide Haven es sin lugar a dudas una novela de terror gótico, y goza de todos los elementos para serlo: fantasmas, casa encantada, sensación de soledad, angustia, atmósferas sofocantes, misterio, etcétera. Todo descrito con tal lujo de detalles que es imposible no imaginar cómo sería la película. Pero el autor, en apenas 240 páginas, va más allá y se lanza en la arriesgada tarea de mezclar géneros. Funde el drama más realista con acontecimientos sobrenaturales y una amistad que se dilata en el tiempo (dando momentos tan cómicos como tristes o esperanzadores) con la novela criminal más cruenta donde los psicópatas más desalmados campan a sus anchas. Y todo ello con un ritmo narrativo que, como he apuntado antes, posee un aire muy cinematográfico.

Es por esto último que no puedo dejar de pensar en que si un Edgar Allan Poe de nuestra era se hubiera reunido con el equipo de guionistas de Mentes Criminales y True Detective y hubieran decidido unir su creatividad para escribir una novela es muy probable que Tide Haven: El refugio de las mareas hubiera sido el resultado. El producto de un conjunto de miedos atávicos que parece soñado por varias mentes, pero de la que una sola se ha encargado. Miedos tangibles e incorpóreos. Reales e imaginarios. Miedos que surgen de mentes enardecidas por imágenes terroríficas, sucesos inexplicables o seres amenazadores. Miedo a descubrir la verdad pero miedo también a no ser capaces de alcanzarla. Miedo a lo desconocido y, asimismo, a lo que conocemos demasiado bien. Miedo a todo. Miedo a no tener miedo a nada. Miedo al miedo.

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Vampiros. Guía de supervivencia

Vampiros: guía de supervivencia

Vampiros: Guía de Supervivencia, de Manuel Jesús Zamora

Vampiros: guía de supervivencia

 

El libro del que hablaremos hoy, jóvenes cazavampiros, -Gutiérrez, que le veo-, no es un libro propiamente dicho, sino una recopilación de documentos recopilados por la organización secreta El Círculo de la Estaca y el Tajo o CE&T a lo largo de los 250 años de existencia de la misma.

Ésta sociedad fue la que, en un intento de prevenir a la población sobre la plaga que se cernía (y se cierne) sobre nosotros, entregó anónimamente a una serie de escritores estos documentos para que, basándose en unas directrices (no adulterar la información proporcionada y no desvelar la anónima procedencia) hicieran buen uso de esos documentos. De ese modo surgió Drácula, de Bram Stoker.

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