
El amante, de Marguerite Duras
El amante era para mí uno de esos típicos títulos de los que no paramos de escuchar hablar, esas obras maestras que al parecer todo el mundo conoce pero que jamás han caído en nuestras manos y que nos despiertan, como poco, curiosidad. Pues bien, hoy ya no puedo decir lo mismo: al final, casi sin proponérmelo, éste apareció como el siguiente en mi lista de lecturas y ¿qué iba a hacer sino saciar las ganas de saber los motivos de su fama? Lo leí. Con la Indochina francesa de principios de siglo como telón de fondo, la historia empieza en el momento en que un hombre de veintiséis años y una joven de quince, la protagonista, se conocen. La situación y la atmósfera consiguen llamar la atención del lector y crearle unas expectativas que se ven satisfechas. La edad de ambos no es lo único que los diferencia: él, además de chino, es el heredero de una gran fortuna, mientras que ella es pobre y de descendencia francesa. Pero ni eso ni el riesgo que corren dada la época parecen importarles. El amor y sobre todo el deseo surgen entre ellos como algo inevitable, propulsándolos a más de un año de encuentros vívidos de pasión, descubrimiento y placer.
Pero lejos de ser una bonita historia de amor, la obra nos transmite, a través de los pensamientos de la niña, pesadumbre y tristeza, amargura incluso. Parece en realidad el retrato de una vida sin luz. Y no sólo por las complicaciones de la ilícita relación sentimental, también la desdichada realidad de su familia hace de la joven una persona infeliz. La obra parece destinada a mostrarnos la evolución de la chica, a justificarnos esa actitud rebelde que adopta con su transcurso vital, esa personalidad que la empuja finalmente a abandonarlo todo e irse a Francia para comenzar una nueva vida y cumplir su única ambición: escribir.








