
Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez

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Recuerdo perfectamente cómo conocí a Arundhati Roy. Fue en un kiosco. Entré a comprar el periódico y me fijé por casualidad en una de esas colecciones con oferta de lanzamiento: dos novelas de la mejor narrativa de Anagrama a un precio irrisorio. Aquellos dos libros eran ‘Seda’ y ‘El dios de las pequeñas cosas’. Los compré por impulso y desde entonces los llevo conmigo en un rincón del corazón, pues fueron de esas lecturas que lo conmueven a uno especialmente.
Caso curioso; después de casi diez años no había vuelto a leer ni a Baricco ni a Arundhati Roy. Pareciera como si aquellos dos libros me hubieran resultado tan especiales, tan llenos de magia y encanto, que tuviera el mismo miedo a reencontrarme con sus autores que el de un amante con su amada idealizada. Más aún en el caso de la escritora india, y es que ‘El dios de las pequeñas cosas’ me pareció una novela brutal y enternecedora, prodigiosa, hermosa e insuperable. Lo mismo debió de pensar ella: no ha vuelto a escribir otra.
Pero ni la literatura, ni mucho menos la vida, terminan con la novela. Arundhati Roy ha escrito mucho y vivido aún más en esta última década. Activista política, defensora de los derechos humanos y firme enemiga de la globalización económica impuesta por las grandes multinacionales, ha publicado multitud de ensayos, entrevistas y artículos de opinión. Algunos de ellos se recogen en este volumen bajo el sugestivo título de ‘Retórica bélica’.


Auschwitz. Nueve letras que retumban en nuestra cabeza con el peso del horror. Una palabra, un lugar: Auschwitz. Hasta su sonoridad nos parece maligna, como si cada sílaba pronunciada encerrase una podredumbre que se atraganta en la garganta.
¿Pero qué significa realmente Auschwitz? Todos hemos visto esas fotos con el corazón encogido y la mirada herida, hemos estudiado la historia, se han hecho cientos de películas, documentales, entrevistas a los supervivientes, se han escrito libros y se han solemnizado los aniversarios. Quizás con todo ello el tópico ha ido poco a poco ocultando la descarnada naturaleza de los hechos. No lo sé. Personalmente, nunca hasta ahora he llegado a profundizar en la cotidianidad lúgubre y descabellada del holocausto, no he reflexionado suficientemente sobre ello hasta que he tenido la oportunidad de leer el estremecedor testimonio de Primo Levi.
‘Si esto es un hombre’ es el relato de los once meses que el autor pasó en el Lager de Monowitz-Auschwitz, un campo de trabajo que proporcionaba obreros esclavos para la industria química que los alemanes trataban de construir a las afueras de la localidad polaca de Auschwitz. Un libro terrible pero también aleccionador, que sobrecoge sobre todo por la austeridad con la que se describen los acontecimientos. Porque Levi renuncia expresamente a su condición de víctima y es entonces, desde la neutralidad del testigo, cuando la realidad se nos muestra en todo su alcance siniestro e ininteligible.
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Philip Roth abandona sus habituales alter egos para hablarnos de un personaje a la vez tan real y tan cercano: su padre. Y lo hace sin ningún tipo de disfraz, a cara descubierta.
Hace ya una semana que he terminado Patrimonio. Es un libro duro, emotivo, escrito con una franqueza afilada, y no quería dejarme llevar por una primera impresión demasiado influenciada por los sentimientos. Necesitaba un tiempo de reflexión antes de ponerme a escribir sobre él. No sé a vosotros, pero a mí me sucede a menudo que las emociones menguan un tanto con el reposo: uno sale del cine, o cierra las páginas de un libro, y el cabo de un par de días se da cuenta de que el entusiasmo inicial no daba para tanto, y que el tiempo licuará su recuerdo junto a tantos otros diluidos en la memoria. No es el caso; el poso que deja esta lectura dista mucho de estar compuesto con la materia de la que están hechos los sueños, es más bien un humus de pura vida, un testimonio que abruma y reconforta e inevitablemente se agarra con fuerza al estómago.


Tiene la literatura japonesa un sabor especial al que uno ha de acostumbrarse. Quizás provenga de su tradición poética, de esa sutileza ambigua que emanan los haikus, como si la vida se explicase mejor a través de pequeños fogonazos que con una sucesión ordenada de causas y efectos. Es al menos la impresión que yo tengo y que he visto reafirmada con la lectura de ‘Algo que brilla como el mar’, la nueva obra de una de las escritoras más populares de Japón, Hiromi Kawakami, tras alcanzar gran éxito de crítica y público con su anterior novela ‘El cielo es azul, la tierra blanca’.
Midori es un adolescente con una familia bastante peculiar. Vive con su madre soltera, Aiko, y su abuela Masako. Los tres mantienen una relación sin unos roles claramente definidos: Aiko actúa como si ella misma fuera una adolescente que trata de rehuir sus responsabilidades como progenitora; Midori se siente en ocasiones el más adulto de los tres; y Masako tan pronto asume el papel de cabeza de familia como se desentiende de todo con una particular y extravagante forma de encarar la vida. Casi todos los días reciben en casa la visita del padre biológico de Midori, a quien la familia trata con una mezcla de confianza y cierta falta de respeto.
En el colegio, la vida del protagonista no es menos complicada: Hanada, su mejor amigo, quiere vestirse de mujer para ahondar lo más posible en su propia individualidad; Mizue, su novia, le presiona para que le muestre sus sentimientos con una franqueza que él se siente incapaz de ofrecerle.
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Leer un libro se parece en cierto modo a degustar una comida. Los hay de consumo rápido: tan pronto los devoras ya los has olvidado. Los hay insípidos y también suculentos, hay libros de digestiones pesadas y otros que te dejan el estómago vacío. Hay libros adictivos, dulces, amargos, algunos definitivamente mal cocinados y unos pocos cuyo sabor siempre recordaremos. Pero mis preferidos son esos que uno desea no acabar nunca, y según el plato va quedando vacío nuestro ritmo de lectura también disminuye poco a poco, se ralentiza: cada página que nos acerca al final es una llamada a la nostalgia, cada bocado que nos llevamos a la boca lo saboreamos con la voluptuosidad que solo provocan los placeres más efímeros, aquellos que pronto nos serán arrebatados por el tiempo o la distancia.
El invierno en Lisboa es uno de esos libros.
Una mujer hermosa y fatal, Lucrecia. Un hombre escéptico y bohemio, Santiago Biralbo. Él toca el piano en un club de jazz de San Sebastián. Ella es la mujer de un estafador de segunda que trafica con obras de arte. Años más tarde, en Madrid, un narrador desconocido se encuentra con Biralbo y ambos retoman por un tiempo una melancólica amistad de silencios y ginebras. A través de sus conversaciones, de sus recuerdos y también de sus silencios, Muñoz Molina nos irá dosificando la historia como si de una confesión se tratase: la repentina huida de Lucrecia junto a su marido, los años de espera y despecho, el reencuentro amargo y un viaje frustrado camino de Lisboa… por el medio, mucho jazz, tugurios nocturnos y ambiciones traicionadas, una pistola que cambia de manos y un secreto manchado de sangre.
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No es la autobiografía un género especialmente atractivo para el lector de novelas. Por lo menos así me lo ha parecido siempre, convencido como estoy de que la verdad se encuentra más ligada a la ficción que a una supuesta reconstrucción fidedigna de hechos y anécdotas. En el caso que nos ocupa, se trata más bien de una evocación en forma de memorias, una especie de biografía novelada, y ahí reside precisamente el encanto e interés que yo le he encontrado: Coetzee reinventa el género y nos invita a un juego en el que el lector nunca acaba de adivinar si lo que observa es la realidad o un simple reflejo deformado.
Juventud es la segunda parte del viaje literario iniciado con Infancia. Ambas novelas presentan tantas similitudes que pueden considerarse como un solo proyecto, nunca una confesión, sino más bien una indagación en la que el premio nobel surafricano trata de analizar desde la distancia el germen de su formación como persona y escritor.


Me gusta el mar. A veces, como canta Sabina, si entre todas las vidas pudiera elegir, me quedaría con la del pirata cojo… Claro que para ello debería haber nacido en otro tiempo y bajo otro carácter, menos dado a la ensoñación y más audaz en abrazar cualquier aventura verdadera. Afortunadamente, es uno de los muchos consuelos que nos ofrece la literatura: colmar esos huecos que la vida no alcanza a llenar.
De esa unión entre literatura y mar nació hace tiempo mi pasión por Conrad, y por eso, cuando me encontré por casualidad con esta pequeña novela, mi primera reacción fue de sorpresa (nunca antes había oído hablar de ‘El negro del Narciso’).
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