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El solar, de Alfonso López

El solar

El solarSabemos por experiencia que la relectura de un libro de nuestra juventud siempre nos depara sorpresas que, como tales, pueden ser buenas o malas. Las segundas, que son quizá las más habituales, acostumbran, con esa sensación de “¿de verdad esto me gustó tanto?”, a dejarnos decepcionados, chafados, y a amargar para siempre lo que hasta entonces había sido un grato recuerdo. Pero, por fortuna, la visita a nuestras lecturas juveniles o incluso infantiles también nos puede deparar sorpresas agradables, como descubrimos, curiosamente, leyendo una obra completamente nueva: la estupenda El solar, de Alfonso López.

Poco podía sospechar este aficionado a los tebeos, que en su infancia devoraba con pasión Pulgarcitos, TBOs y todo lo que tuviera viñetas, que aquellas historietas de personajes tan singulares y, para el niño que era servidor, tan estrafalarios como Carpanta, Don Pío, Doña Urraca, El doctor Cataplasma, Pepe el hincha, u otras cuyos títulos a menudo eran impagables pareados, como Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, El profesor Tragacanto y su clase que es de espanto, o La familia Trapisonda, un grupito que es la monda, poco podía sospechar que en realidad estaba leyendo una auténtica crónica social de la España de posguerra hasta el final del franquismo.

La historia que nos ocupa transcurre en el undécimo año triunfal del glorioso alzamiento. En Miranda de Ebro, donde se encuentra el último campo de concentración para prisioneros de la república, Pepe Gazuza recupera la libertad tras haber cumplido su pena y saldado cuentas con el nuevo régimen del generalísimo. Ahora empieza lo más difícil, que no es la reintegración en la sociedad, sino, simplemente, la superviviencia en un país estragado por la escasez, el estraperlo y el racionamiento.

Estamos en la España de Berlanga, en quien Alfonso López se inspira no sólo para esa vista general de la página 20, sino sobre todo para sus diálogos. La miseria del pueblo empuja a Petro, recreación de Petra, criada para todo, a buscarse la vida en la gran ciudad, una Barcelona que nunca se nombra, adonde también se dirige Gazuza, evidente homenaje a Carpanta. La historia que se desarrolla tiene mucho de comedia berlanguiana, en la que se mezcla el costumbrismo de botijo y pandereta con una parodia de una película de espionaje. Cine y tebeos, como vemos, son la referencia constante de El solar, por donde se pasean, además, personajes como la ya mencionada Doña Urraca, Gordito Relleno, Zipi y Zape, Mortadelo, las Hermanas Gilda, y otros casi olvidados como Doña Tomasa; actores como Fernando Fernán Gómez, James Cagney, Edward G. Robinson, o personajes históricos como Simon Wiesenthal, Manolete, Antonio Machín, Nikita Jrushov o el mismísimo caudillo cagando durante una de sus cacerías. Uno de los placeres de esta obra es releerla con detenimiento e intentar identificar todas las referencias, sean éstas a tebeos como a actores. Si el desafío no os parece lo bastante grande, os reto a que identifiquéis los rincones de Barcelona que aparecen, alguno de los cuales, como ese maravilloso bar de la página 75, imagino que ya no existe.

Alfonso López consigue recrear a la perfección el ambiente gris, opresor y desesperanzador de aquella sociedad, al mismo tiempo que rinde un merecido homenaje al cine, la música y, sobre todo, los tebeos, que ayudaron a nuestros abuelos a sobrellevar tantas carencias con buen humor. Y lo hace con una obra divertida y, a pesar de tantos cameos y referencias, personal y original, que nos recuerda de dónde venimos y, algo fundamental, nos ayuda a bajarnos los humos. Que la boina nos la quitamos anteayer.

 

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Vaciar los armarios, de Rodolfo Notivol

vaciar los armarios

 vaciar los armarios Alguien me dijo sobre este libro que me gustaría ¡Y vaya si me ha gustado! me faltaba muy poquito para terminarlo cuando me tocó ir a Zaragoza al hospital Provincial, que en realidad se llama “Virgen de Gracia”, allí no solo curan a mi familia, sino que lo hace gente que nos quiere y a los que apreciamos.

Es el hospital más antiguo de Aragón y uno de los más antiguos de toda España. En la actualidad está reformado y muy mejorado, pero no por ello ha perdido su esencia de antiguo sanatorio. Merece la pena ver su interior que posee retablos de Goya y Luzán. Y les cuento todo esto porque muy cerca de la zona por la que paseaba de rato en rato, pasa gran parte de lo que nos narra el autor en esta novela.

Lo he leído con la misma atención con la que escuchas a una amiga contarte su vida, porque en el fondo de eso se trata, de la vida; y es que hablar de una historia familiar es hablar de uno mismo, intentar llegar a comprender y a comprenderse, y por la forma en la que lo cuenta, en este caso en femenino singular, sin escatimar un ápice de dureza pero con el cariño que en el fondo se siente por quien te ves obligado a querer o a odiar con toda el alma, llega al lector con toda la pasión que la narradora pone en ello.

Porque uno no es su familia pero en el fondo la familia está ahí, para bien o para mal; ya saben aquello que nos contaba Tolstoi en Anna Karénina que todas las familias felices se parecen pero las infelices lo son cada una a su manera….

Y será por eso que hace tiempo que no reía y que no lloraba con una historia como esta, y me he creído a la narradora y he olvidado al autor, y no quiero saber, como no lo querrán ustedes, que es ficción porque para muchos pueden llegar a ser retazos de su propia vida.

La mayoría hemos vivido en familias felices unos ratos e infelices en otros, y es cierto que si lo piensan, cundo lean este libro, verán que la felicidad se parece mucho y que realmente las miserias familiares son lo diferentes, porque cada uno siente el dolor a su manera y en una intensidad distinta.

Este estupendo libro titulado Vaciar los armarios, es, en definitiva, una saga familiar que se extiende desde el inicio de los años cuarenta hasta casi la actualidad. La Guerra Civil…, pues ya saben, terminada, y cada uno de los que han quedado, a lo suyo. La voz que narra es femenina y en ningún momento, como ya les he comentado se deja ver al auto. Un trabajo narrativo perfecto que atrapa desde su inicio, por el fondo y por la forma, y que no esconde ninguna de las miserias que todos sabemos que hay en cada casa.

Hay entre los agradecimientos muchos y a distintas personas, algunas de ellas conocidas para mí, pero lo cierto que es que estos agradecimientos, que unas veces los leo y otras no, en este caso no he podido dejar de ver que allí estaba Eva Puyó, y no me ha extrañado, ella abrió ese melón con su Ropa tendida, tampoco ella hurtó al lector algunos temas familiares delicados, tan delicados como su forma de narrarlo.

Ahora Rodolfo Notivol, lo hace pero a lo grande, porque aquí estamos hablando en mayor o menor proporción de seis generaciones. La que nos cuenta la historia es Marina, la segunda de 7 hermanos, de un padre ex legionario y luego Conserje en un hospital, y una madre … Especial, a la que es difícil poner calificativos. Pero es madre, ha pasado una guerra, el miedo, hermanos en el exilio, y probablemente nadie tuvo tiempo para educarla en el amor y en el sufrimiento, se trataba de sobrevivir.

El inicio del libro, sus primeras líneas ya nos hacen presagiar que la madre va a ser el eje fundamental de la historia:

“Si estaba enfadada o tenía un mal día y uno de nosotros se acercaba a darle un beso, mi madre decía:

—¡El beso de Judas!

Y tenías que ser tú quien lo hiciera todo, porque ella ni se molestaba en poner la cara.

Otra cosa que le gustaba hacer era amenazar.

—Ya verás cuando subas —decía, asomando medio cuerpo por la ventana del comedor cuando estábamos en «el jardín»—.Te voy a arrancar la piel a tiras….”

Marína le cuenta la historia de la familia a su sobrina que abarcará, como les decía, un total de seis generaciones. Ahora sí les voy a dejar que les hable el autor que comenta que “como toda narración sobre una familia, se pregunta sobre ese montón de temas que están en el centro de todas ellas: el cariño y sus complicaciones, la incapacidad para expresar los sentimientos, la búsqueda de la felicidad, las palabras que nunca llegaron a decirse, las manos tendidas… He querido que fuera una historia que atendiera a los pequeños detalles, que hablara de seres humildes y que estuviera llena de mujeres, mujeres complejas y poderosas. Todo contado sin condescendencia, pero con una mirada compasiva…”

Pues yo les digo que lo ha conseguido, que ha hecho una novela redonda, magistral, de las que puedes llegar a incluir entre la gran literatura pero con la ventaja de que para todos nosotros va a ser entendida, y sobre todo sentida, sabemos de qué nos habla y sabemos que es lo que calla, esa es la ventaja que tiene saber hablar desde el interior del ser humano a través de personajes a los que podemos llegar a querer y odiar al mismo tiempo.

La historia se desarrolla en Zaragoza, y es cierto que yo he vivido en esa ciudad muchos años, pero eso no quita, y quiero que quede muy claro, el carácter general de la novela, es provinciana, porque así es la vida, todos tenemos en este país un pasado histórico provinciano. El libro hace una pequeña referencia a Azuara, ¿Qué sé yo la relación que Rodolfo Notivol tiene con ese pequeño pueblo? Y es que estamos hablando de seis generaciones y en mi caso y en el suyo y en el de muchos hablaríamos de pequeñas localidades de las que algún día salieron nuestros ancestros ¿Cuantas familias se vieron obligadas a movilizarse de un lado a otro por culpa de la Guerra Civil? Pero NO, no habla de la esa Guerra, no teman, no es una novela sobre ella, es una novela en la que lo que había que hacer ha estaba hecho. La vida, que parece que no quiere pasar y al final terminamos como empezamos, con la familia alrededor de una mesa, como un domingo normal, pero la vida ya lo creo que ha pasado.

Es una novela estupenda, no quiero presionarles pero … tienen mi correo y esta página a su disposición para decirme que me equivoco, que no tengo razón, y que historias como esta que les estoy ofreciendo no les ha hecho penar que está escrita con retazos de nuestras propias vidas.

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Safari honeymoon, de Jesse Jacobs

Safari honeymoon

Safari honeymoonQueda mucho más bonito llamarnos “lectores” que “consumidores de libros”. Se trata, quizá, de la misma pedantería que se apodera de nosotros cuando cogemos un avión. No somos turistas, afirmamos con la solemnidad de Toro Sentado, sino viajeros. Vamos por la vida con la mente abierta y una sed infinita de aprender y conocer nuevas culturas y formas de vivir por las que, pese a su atraso, falta de higiene y costumbres salvajes, sentimos un religioso respeto.

La pareja protagonista de Safari Honeymoon, esta genial e inclasificable novela gráfica de Jesse Jacobs, han decidido celebrar su boda de miel con una genuina aventura en los peligrosos confines de un bosque infestado de peligrosos depredadores, horripilantes parásitos y plantas venenosas. Cuando el guía les sirve el desayuno, “croque-monsieur a la parrilla con creme fraiche y gruyère, coronado con huevo de codorniz orgánico”, la esposa pregunta si se trata de un plato local, como informaba el folleto de la agencia de viajes. “Todas las plantas y animlaes de este maldito bosque son venenosos”, le responde el guía. “Bueno, aun así sigue siendo un desayuno encantador”. Ni ella ni él van a dejar que semejante minucia les estropee una experiencia tan increíble como la que van a vivir.

La experiencia en cuestión consiste en matar todo bicho viviente que se les presenta, a lo que el guía contribuye matando a las crías para que no sufran. Lo que nuestra pareja de recién casados no sospecha es que el bosque en el que se encuentran es un organismo vivo y que, dentro de él, ellos son poco más que dos pequeños e insignificantes parásitos, no muy diferentes de los que les acechan con cada bocanada de aire. Tanto es así que olvidarse de ponerse el tapón del culo cuando duermen puede tener consecuencias espeluznantes.

Los parásitos y el resto de criaturas que pueblan este bosque y las páginas de Safari Honeymoon merecen comentario aparte. Cada rincón  de cada viñeta puede ocultar un animal o una planta de aspecto tan fantástico como estremecedor, desde los monos del bosque hasta ese animal que engulle a una criatura que, a su vez, le hace devorarse a sí mismo, pasando por otra criatura, también inquietantemente antropomorfa, cuyo feto, que aún no ha desarrollado las toxinas, salva de morir de inanición a nuestros protagonistas. Cada viñeta de esta novela gráfica es un pequeño mundo en el que el caos de la civilización entabla un duelo con la simetría y la racionalidad de la naturaleza.

A nadie que la lea se le ocultará el mensaje ecológico de la obra, pero reducirla a ese mensaje sería del todo injusto. Situada, como hemos visto, en un remoto bosque plagado de peligros, Safari Honeymoon se me antoja una sátira sobre diferentes aspectos de nuestra sociedad:  el ansia de aventuras exóticas supuestamente auténticas, el empeño en estudiar, someter y controlar cada palmo de nuestro planeta, o ese esnobismo que afecta por igual a turistas y consumidores de libros. Y como toda buena sátira, el sentido del humor está presente en todo momento. A título de ejemplo, no puedo resistirme a mencionar las crípticas citas que apunta el bosque parlanchín, cual uno de esos excéntricos personajes que pueblan las películas de Wes Anderson, o las palabras que el marido, creyéndose al borde la muerte, le dice a su esposa:

Prométeme que, cuando vuelvas a la ciudad, denunciarás de mi parte a la agencia de viajes.

A lo largo de nuestra vida como consumidores de libros, sólo en contadas ocasiones podemos decir que nos hallamos ante una obra completamente diferente a todo lo que hemos leído. Enigmática, perturbadora y ferozmente divertida, ésta es una de ellas.

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Mr. Nobody 2, de Gou Tanabe

Mr. Nobody 2

Mr. Nobody 2Dice el lugar común que, de tres hermanos, el del medio es el que se enfrenta a una infancia más difícil. Se supone que no tiene los privilegios que tiene el mayor, ni disfruta de los mimos del pequeño, que lo ha destronado. Así, se encuentra,  siempre según esta teoría, en una especie de limbo de ni fu ni fa. Los aficionados a categorizar, clasificar y denominar, que los hay, incluso han acuñado una expresión para referirse a esa triste condición: el síndrome del hijo mediano (“middle child syndrome”, ver en wikipedia).

Personalmente, esa teoría me parece absurda, y de hecho, como padre de tres hijos, creo que lo que ocurre es precisamente lo contrario. Mi hija mediana tiene lo mejor de ambos mundos, pues, cada que vez que le apetece, puede jugar a ser mayor como su hermano, y cuando se cansa, ponerse a peinar muñecas con su hermanita.

Me he estado preguntando, no obstante, si sería válido extrapolar ese presunto síndrome al mundo de las trilogías, y si la segunda parte, en consecuencia, flota en un magma que no es chicha ni limoná, a la espera de la resolución de argumentos, subargumentos y misterios. Mi conclusión, tras la lectura de Mr. Nobody 2, de Gou Tanabe, es que, cuando una trilogía está bien construida, no hay síndrome del mediano que valga.

Señalaba en la reseña del primer volumen que Mr Nobody 1 se inscribía en el género del thriller psicológico. El misterioso pasado de los protagonistas y su obsesión con algunos difusos recuerdos parecía tener más peso que el propio misterio y, aún más, la llave para la resolución de éste. Sin embargo, el desarrollo de la historia, en este segundo volumen nos encamina a un thriller político con mucho de ciencia ficción, o, si lo preferís, a una historia de ciencia ficción enmarcada en un thriller político.

Empezamos a entender el porqué de los vagos recuerdos de Kawai y Nastasja, quienes, no obstante, se niegan a aceptar lo que ello implica. Al tiempo que nuestros héroes descubren con horror de dónde vienen, nos trasladamos a los últimos días de la Unión Soviética, un mundo que se derrumbaba por momentos y donde unos huían de los cascotes, vigas y muros que se les venían encima, mientras otros se lanzaban sin miedo ni escrúpulos al epicentro del seísmo a ver qué podían sacar de allí. Y hace entonces su aparición Berhane, una niña africana víctima de la guerra. Un tiempo antes, desde la portada de una revista, el rostro angelical de Berhane conmocionó al mundo entero, y ahora la entrada en escena de esta refugiada, a quien todos daban por desaparecida, da a la historia su nueva dimensión política.

Seguimos estando, qué duda cabe, ante una historia compleja y que en ocasiones nos deja un tanto confusos. Pero esa confusión no se debe tanto al argumento como al estilo de dibujo de Tanabe y al modo en que resuelve algunas escenas, que parecen plantear un desafío al lector y exigirle una lectura más detenida.

La escena final nos deja, como se dice en inglés, colgando de un acantilado. Descubrimos que vamos a regresar al punto de partida y a jugar la partida final con el Señor Nadie.

Continuará.

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Cuarentón, de Joe Ollmann

Cuarentón

CuarentónAntes de que todos supiéramos inglés, en España se traducían los títulos de las películas. Los traductores se lo pasaban pipa compitiendo por ver quién se alejaba más del original o, sencillamente, quién era capaz de desvirtuarlo por completo.  Existen incontables ejemplos de ello, pero hoy me basta con citar sólo uno. ¿Os acordáis de aquella gran comedia de Billy Wilder, que inmortalizó la imagen de Marilyn Monroe sobre la salida de ventilación del metro? En español se tituló La tentación vive arriba, porque el personaje de Marilyn vivía encima del señor que se la mira en la famosa foto, y porque además ella era una chica muy tentadora. Todo muy sutil, como veis. Pues bien, en inglés el título era The seven-year itch, que hace referencia a ese picorcillo que, a decir de algunos psicólogos, les entra a los miembros de una pareja tras siete años de relación y que los lleva a tontear fuera de ella.

En lo que a mí respecta, llevo bastante más de siete años casado, y, si alguna vez he sentido ese picorcillo, ya ni me acuerdo. Pero es que tampoco he pasado por esa temida etapa en la que se nos viene encima, como un alud, toda nuestra insignificancia, nuestra flacidez, nuestra alopecia, nuestros cartuchos mojados y nuestras frustraciones. Me refiero, naturalmente, a la crisis de los cuarenta.

No puede decirse lo mismo de John, el amargado protagonista de esta estupenda y cruelmente divertida Cuarentón, de Joe Ollmann. John, casado con una mujer mucho más joven que él, padre, con su primera mujer, de dos hijas mayores de edad y, con la segunda, de un bebé, y encargado oficial de limpiar la mierda de los gatos que sus hijas dejaron al emanciparse, está hasta los mismísimos. Pero a diferencia de otras historias sobre víctimas de esta crisis, las causas de la amargura de John hay que buscarlas dentro de él mismo, y no en quienes le rodean. Su caso, pues, se parece más al de Sherman, el vecino de Marilyn, que al de Lester, de American beauty. Su matrimonio es feliz, como el mismo John reconoce, y su mujer es tan comprensiva con él que probablemente le perdonaría… pero no revelemos demasiado.

La otra parte de la historia es la que nos cuenta las desventuras de Sherri, una aspirante a rockera a quien la industria musical no le permite más que dedicarse a las canciones infantiles. A través de las canciones de Sherri, que encandilan al bebé de nuestro héroe, John conoce y se encapricha de la cantante hasta la obsesión. Y empieza entonces la operación Sherri, a la que John se lanza con esa sensación en el estómago que sólo un cuarentón puede tener: estoy a punto de cometer una locura, soy consciente de ello y me lanzo sin paracaídas.

El personaje de Sherri es una gran creación que introduce en la novela el elemento redentor. Sherri emana bondad y comprensión, y a veces su sola presencia basta para ayudar a quienes la rodean, que, por supuesto, no dudan en aprovecharse de ella. La aparición de Sherri en la vida de John promete sacarlo de esa rutina de pañales y oficina, que lo tiene encerrado en esas nueve viñetas tan regulares y constantes como las barras de una celda.

Las vidas de John y Sherri continúan cada una por su lado, una, cuesta abajo, otra, atascada, hasta que al final se produce el encuentro. Naturalmente, no os voy a contar qué sucede a continuación, pero, comparando el comportamiento de John en ese momento con el de servidor hace treinta años, se me ocurre que quizá el cuarentonismo no sea una cuestión de edad, sino una característica personal más.

En definitiva, grandes perdedores en una gran novela, divertida y amarga, que algunos leerán con la sonrisa congelada.

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Bárbara, de Osamu Tezuka

Bárbara

BárbaraCada uno imagina el infierno a su manera. Para algunos será un sótano con calderas hirvientes e  instrumentos de tortura manejados por protervos ángeles caídos de tez candente, mientras para otros será un disco rayado de Juan Pardo en sonido cuadrofónico. En cambio, no cabe duda de que, a la hora de imaginar el cielo, todos estamos de acuerdo: el cielo es una biblioteca con las obras completas de Osamu Tezuka. ¿Cómo, que para ti no? Eso es que lo has leído poco. Y mira que la obra de este fénix de los ingenios ilustrados comprende más de 700 mangas para elegir.

En todo caso, es de agradecer, por no decir arrodillarse y besar el suelo, que, con las cinco obras publicadas hasta ahora, la editorial ECC nos acerque un poquitín a esa visión del cielo en la tierra que tenemos los tezukianos. El tezukianismo es una fe de la que me encanta hacer proselitismo y a la que es muy fácil convertirse. No hay más que leer cualquiera de sus grandes obras, sean, por mencionar sólo las pocas que conozco, Adolf, El libro de los insectos humanos, La canción de Apolo, o, para qué ir más lejos, Bárbara.

Así que entremos en materia, aunque para ello tengamos que dar otro pequeño rodeo.

Sería difícil exagerar la influencia que llegó a tener Tezuka no sólo en el manga sino en toda la literatura japonesa, pero me atreveré a daros un pequeño ejemplo: ¿verdad que conocéis a Haruki Murakami, ese escritor de imaginación tan desbordante, capaz de crear historias, personajes e imágenes que parecen sacadas de lo más profundo de nuestro subconsciente? Pues sabed que Murakami no hace nada que no hubiera hecho, muchos años antes, Osamu Tezuka. Por mencionar tan sólo un ejemplo de dicha influencia, pensad en esas chicas enigmáticas, de pasado desconocido, tan pronto ardientes como el fuego como frías cual bisturí, que entran y salen de la vida del narrador como Pedro por su casa, y que pueblan las novelas de Murakami. Pues bien, todas ellas parecen algo más que inspiradas en el personaje que da título a esta obra de Tezuka.

Bárbara, como el susodicho título no indica sino sugiere de manera muy indirecta, nos cuenta el descenso de un artista al infierno de la esterilidad creativa. Yosuke Mikura es un autor de gran éxito e inmenso prestigio a quien los políticos y empresarios más ricos del país ofrecen sus bellas hijas en matrimonio. Mikura, sin embargo, sufre una enfermedad crónica, un trastorno sexual cuya naturaleza nunca nos revela, y que lo mantiene al borde del abismo al que la aparición de Bárbara terminará por lanzarlo.

En Bárbara, como en cualquier otro libro de Tezuka, asistimos al gran milagro que este autor es capaz de obrar, a saber, que alguien con un talento relativamente limitado para el dibujo sea al mismo tiempo capaz de crear viñetas y páginas magistrales que aún hoy, casi cincuenta años después de su publicación, nos siguen sorprendiendo cuando no maravillando. A Tezuka le sirve cualquier momento en la narración, incluso aquéllos donde, a priori, no pasa nada, para introducir una perspectiva insólita, un detalle nunca antes visto, una imagen jamás imaginada y, sobre todo, una impresionante traslación del lenguaje cinematográfico al medio de la novela gráfica. ¿Qué me decís, por ejemplo, de esa mano que, en la página 36, agarra el pomo de la puerta revelándonos el resto del cuerpo en la sombra, que tanto nos recuerda al cine expresionista alemán? ¿Qué de esos ojos en la 186 o esas bocas en la 27, una imagen tan sencilla y tan poderosa? ¿Esa composición de viñetas de la 118, tan orsonwellsiana y que, como veremos una y otra vez, fusiona cine y manga? Y, por terminar lo que podría ser una lista interminable, ¿qué me decís de esos pasos que, en la página 315, persiguen y huyen, una imagen tantas veces vista en el cine y que nadie, hasta Tezuka, supo trasladar a la página?

Las imágenes, sin embargo, por deslumbrantes e innovadoras que sean, no son para Tezuka un fin en sí mismo. Nuestro autor nos cuenta una historia profunda, enigmática y que intuimos eterna. Nos habla de la naturaleza de la creación, de la inspiración, de los demonios que atormentan al artista, o del valor de su obra, entre otras muchas ideas. Es clara la influencia de occidente en lo que respecta al arte, la literatura e incluso la mitología, y, sin embargo, esa misma influencia es cuestionada hacia el final por ese curioso y pequeñito remedo de Andy Warhol.

En definitiva, Bárbara es, como su protagonista, bella, misteriosa, arrolladora, inolvidable y, me atrevería a decir, destructiva: vuestro concepto acerca de lo que es la novela gráfica o, sencillamente, la literatura puede caer hecho pedazos.

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La leyenda de Sally Jones, de Jakob Wegelius

La leyenda de Sally Jones

La leyenda de Sally JonesDe los grandes libros infantiles, suele decirse que gustan por igual a niños y mayores. Si eso es así, La leyenda de Sally Jones debe de ser un grandísimo libro infantil, porque yo soy muy mayor y me ha gustado mucho.

Lo primero que nos llama la atención de este libro es su formato, alto, esbelto y exquisitamente editado. Nos sentimos poderosamente tentados a abrirlo y hojearlo, pero antes de ello hemos caído ya rendidos ante la calidad de las ilustraciones que nos encontramos en la portada, y las aventuras que desde allí se nos prometen.

Serán cosas mías, pero se me ocurre que alguien con un nombre tan fantástico y evocador como Jakob Wegelius estaba destinado a fabular mundos tan absolutamente irresistibles como el de Sally Jones, que nos lleva a una época pasada y, para muchos, olvidada. Algunos pensarán en la época de los inicios del cine, en los libros de Emilio Salgari, las aventuras de Julio Verne, las películas de Fu Manchú o las de Tarzán. Otros simplemente se acordarán de una cosa que se llama “infancia”.

La leyenda de Sally Jones nos cuenta la historia de una hembra de gorila nacida en mala hora, una noche sin luna ni estrellas, y condenada, por ello, a vivir una vida de grandes trabajos y desventuras. Y éstas no tardan en presentarse, en forma de cazadores furtivos belgas que la capturan y la venden a un comerciante de marfil turco, que se la quiere regalar a su caprichosa esposa. Comienza así una vida de aventuras, intrigas, soledad, violencia, lucha, nobleza y amistad eterna, recorriendo el mundo en cargueros, camiones, carromatos y caravanas circenses, y rodeada de la más alta y baja estofa de la sociedad. Por estas páginas de fascinantes ilustraciones pasan marineros, magos, condesas, contrabandistas y exploradores, que nos llevan del Congo a Borneo, pasando por Estambul, Hungría, Macedonia, París, Singapur, San Francisco, La Habana o Shanghai.

La inventiva de Jakob Wegelius, escritor y extraordinario (por si no había quedado claro) ilustrador no tiene límites ni da respiro al lector. La historia tiene tanta frescura que uno tiene la impresión de que el autor la está imaginando al tiempo que nos la cuenta, como hacemos cuando nuestros hijos nos piden que nos inventemos un cuento. Pero claro, si bien todos los padres somos capaces lanzar tantos cabos, ¡y más!, al mar, no todos sabemos luego recogerlos y hacer con ellos un soberbio nudo marinero.

Si no recuerdo mal, contaba García Márquez que nunca conoció a nadie que fuera tan buena contadora de historias como su abuela. Cada detalle, cada personaje que aparecía en aquellos cuentos  lo hacía por un motivo, y se equivocaba el pequeño Gabrielito si pensaba que su abuela se había olvidado del destino de este o aquel personaje, o que lo había introducido a tontas y a locas. A medida que la historia se encaminaba a su fin, todos y cada uno de aquellos personajes reaparecían y cumplían su, pequeño o no, pero siempre decisivo papel.

Así escribe Jakob Wegelius, un autor que, a los mayores, nos hace recordar el placer de la aventura, de la fantasía, de conocer y odiar a los malos malísimos, y de sufrir y llorar con los buenos buenísimos, que un buen día se cansan de recibir patadas y que, en el momento en que la banda sonora empieza a ponerse épica, agarran la mano que se disponía a azotarles con el látigo. Se nos pone la piel de gallina y aplaudimos entusiasmados.

Y si Sally Jones consigue hacer eso con los lectores adultos, qué os voy a decir de los niños.

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Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), de Liz Pichon

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)

Tom Gates. Poderes súper geniales (casi...)Tengo un morro que me lo piso. Si queréis saber por qué, seguid leyendo. De momento, para empezar, quiero expresar la envidia que me dan mis hijos, que tienen a su alcance lecturas tan divertidas como toda la serie de Tom Gates, un pequeño fenómeno editorial que lleva años arrasando en el Reino Unido, tanto en ventas como en crítica, y que aquí también está conquistando a todo lectorcito que se le acerca.

Será que la memoria me traiciona, o que mis padres no tenían buen ojo, pero yo juraría que, cuando era niño, no había libros como éste, al que, creedme, pocos chavales de entre 7 a 12 años se pueden resistir. Servidor era más que feliz con sus Astérix, sus Mortadelo y sus Clásicos ilustrados, pero las lecturas más densas (entiéndase, sin viñetas) acababan irremisiblemente acumulando polvo en las estanterías. Eran esos libros que me regalaban y que, decían, me iban a encantar, esos clásicos que encandilaron a papás y abuelos. Lo hubieran hecho, sin duda, eso de encandilarme, pero para ello antes debería haberme aficionado a la palabra desviñetada con un personaje como este pillo llamado Tom Gates, que nos habla de algo tan sencillo como la vida normal de un niño normal en un colegio normal. No hay fantasmas, piratas, misterios ni magia. Sólo las trastadas de un niño que se pasa las clases dibujando garabatos; sus horas libres, intentando que su grupo de música no desafine hasta niveles insoportables, y que, los lunes, de vuelta al cole sin los deberes hechos, se ve obligado a inventar las más fantásticas excusas.

Algo parecido a lo que he hecho yo (de ahí lo del morro que decía al principio), que he pedido a mis hijos, de 10 y 12 años, que me escriban la reseña. Yo estaba demasiado ocupado haciendo… No, sí que la había escrito, pero vino un alien, me ató las manos, me torturó haciéndome cosquillas y se llevó el ordenador. De verdad. Así que he tenido que pedir ayuda.

Dice mi hija:

“El señor Fullerman da regalitos el último día del trimestre, y Tom consigue… ¡un taco enorme de adhesivos! Pensaréis que es el peor regalo del mundo, pero Tom ha descubierto una cosa muy interesante que puede hacer con ellos.

“Tom se va a un campamento con sus padres, su hermana Delia (por desgracia), y también viene un personaje nuevo: Avril, la amiga de Delia. Tom se encuentra con Amy (compañera del cole) y espera que ella no le diga a nadie lo que ha visto hacer a Tom. En el campamento está lloviendo toooodo el rato y Tom se inventa muchos juegos interesantes para hacer.

“La mejor parte es cuando Tom, su padre, su madre, Delia y Avril se creen que están en el campamento de verdad, pero no, están en un campamento abandonado, por eso caen gotas del techo todo el rato”.

Todo ello, y esto lo digo yo, acompañado de unas ilustraciones  sencillísimas, casi de palo, pero al mismo tiempo sutiles (la autora, Liz Pichon, es ilustradora profesional) y francamente divertidas. De hecho, el diseño y las ilustraciones han sido lo que mi hijo mayor ha encontrado absolutamente irresistible. En sus propias palabras:

“En este libro, Tom Gates. Poderes súper geniales (casi…), hay muchísimas páginas para hacer dibujos y garabatos como Tom, por ejemplo:

Aprender a dibujar a Marcus (el nene repelente).

Tus propias excusas parano hacer los deberes.

Garabatofrutas.

Garabatopajitas

Lo que puedes ver por un catalejo…

En fin, creo que ni yo mismo lo hubiera dicho mejor. Mis hijos, incluida la pequeña, de 7 años, son fanáticos de la serie, y este volumen, me dicen, está a la altura de los mejores. Yo lo he leído, de verdad, pero el alien que me robó el ordenador también me borró la memoria.

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Plinius 1, de Mari Yamazaki y Tori Miki

Plinius 1

Plinius 1Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por  vivir en esta época, ¿verdad?

No cabe duda de que, a lo largo de los siglos y hasta hace apenas cuatro días, nuestro mundo ha sido el mundo de la magia, la oscuridad, la superstición y el miedo, pero también un jardín de las maravillas donde bajo cada piedra se abría un universo por explorar. La reacción natural del ser humano ante un cielo que se les venía encima con su espantosa carga de rayos y centellas era implorar piedad a los dioses e intentar aplacar su furia. Pero siempre hubo unos pocos, muy pocos, que eran capaces de salir de la cueva que los protegía y mirar al cielo cara a cara, desafiando a esa presunta furia divina, para intentar hallar la verdadera explicación del fenómeno o, sencillamente, deleitarse con su belleza. Plinio el Viejo fue uno de ellos.

De esta guisa, precisamente, se abre Plinius 1, esta interesantísima y sorprendente novela gráfica de Mari Yamazaki y Tori Miki. Estamos en Pompeya, que está a punto de ser destruida por la erupción del Vesuvio. Tiembla la tierra, un pestilente gas se infiltra por cada rincón de la residencia de Plinio y empiezan a caer cascotes y piedras  del techo. El pánico se apodera de toda la corte de colaboradores, subalternos, familiares y esclavos que acompaña a nuestro héroe, quien, sin embargo, no se deja apresurar y se niega a abandonar la zona sin antes darse un baño y cenar tranquilamente. Su escribiente, Eukles, que lo acompaña desde los 18 años anotando cada una de las observaciones y reflexiones de su señor, se asombra de la sangre fría de su señor, y recuerda las circunstancias, muy parecidas, en que lo conoció, años atrás.

El flashback nos lleva al paisaje después de otro desastre, la erupción del Etna, en Sicilia, que destruyó la casa familiar de Eukles. Mientras intenta rescatar alguna de sus posesiones, el joven ve interrumpida su búsqueda por la aparición de un excéntrico romano que habla un griego perfecto y muestra un conocimiento ilimitado. El romano le pide a Eukles que le preste la tablilla de cera, el único recuerdo de su padre, pues necesita”dejar escritas unas cosas”. De este modo se inicia su colaboración. Plinio habla, fantasea, imagina y, probablemente, bromea. Eukles apunta frenéticamente y se admira de la curiosidad omnívora e insaciable y la sapiencia de Plinio.

No cabe duda de que a los cínicos nos cuesta tomarnos en serio algunas, si no muchas, de las teorías e historias de Plinio. ¿Un hombre que muere devorado por los piojos? ¿Rayos que se generan en el planeta Júpiter? Pero no os engañéis: Plinio se adelantó a su época. ¿Cuánto? Unos veinte siglos, aproximadamente.

Y mientras nuestro héroe y Eukles emprenden, dando un largo y lento rodeo, el regreso a Roma, entreteniéndose con historias de orcas y, en una escena genial, el testimonio de un niño que ha visto un monstruo marino, llegan órdenes del emperador Nerón. Plinio debe regresar inmediatamente a Roma. Seis veces lo ha hecho llamar para que acuda a su recital de cítara, y seis veces se ha negado el audaz naturalista. Nerón empieza a impacientarse, pero claro, si a Plinio no lo amedrenta la lava hirviendo, tampoco lo hará un vulgar emperador, por muy parricida que sea. En cualquier caso, se masca la tensión.

En el libro tenemos, pues, dos historias. Por una parte, la que nos muestra al genial naturalista, y por otra, un brillante retrato de Roma, de Nerón y de su intrigante amante Popea. Al mismo tiempo, Ponent Mon ha intercalado a lo largo del libro diversos fragmentos de una interesante entrevista con los autores, Miki Tori y Mari Yamazaki, esta última, auténtica apasionada de la Antigua Roma y autora de otro clásico del manga situado en la época: Thermae Romae.

En fin, queridos amantes del manga, de la biografía o de la Roma clásica: no os perdáis este Plinius 1, destinado a convertirse en un pequeño clásico del manga biográfico. Y todavía no hemos llegado al segundo volumen.

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Mr. Nobody 1, de Gou Tanabe

Mr Nobody 1

Mr Nobody 1El thriller psicológico es un género muy resultón tanto en el cine como en la pequeña pantalla. No hay más que pensar en nombres como Brian de Palma, David Lynch, Amenábar o M. Night Shyamalan, por no remontarnos a Hitchcock, y nos daremos cuenta de que es además un género de lo más fructífero. Probablemente nos costaría más nombrar obras literarias que encajen claramente en él, aunque, bien mirado, podríamos remitirnos a un autor de talla de Stephen King. Pero eso sí, si tuviéramos que mencionar títulos de novelas gráficas, ese número se reduciría a la mínima expresión. Hasta ahora.

Mr Nobody 1, primer volumen de una trilogía muy apetecible, se inscribe plenamente en el género del thriller psicológico. Tenemos a Kawai Susumu, un joven que, tras una dura infancia, en la que perdió a su padre antes de nacer y a su madre, poco después, ha conseguido superar todas las dificultades de la vida, ahora trabaja como detective privado y está a punto de casarse. El único nubarrón en su vida es un extraño recuerdo de juventud, relativo a un decisivo error cometido durante un partido de béisbol, que no deja de acosarle. En éstas estamos cuando recibe un curioso encargo por parte de un enigmático personaje, que le ordena que vaya a un motel ruso y espere nuevas órdenes.

En el motel se encuentra con tres hombres y una mujer, todos ellos con el mismo encargo que Kawai. Nadie sabe qué se espera de ellos ni tienen idea de quién les va a pagar, pero su primera misión disipa todos sus escrúpulos. Un tren de mercancías se va a detener durante cinco minutos a diez kilómetros del lugar donde se encuentran. Su trabajo consiste en dirigirse allí y abrir el último vagón. La recompensa, 100.000 dólares.

A continuación, acción, asesinatos bestiales, misterio y resbaladizas identidades que arrastran al lector página tras página. En un libro de estas características, es inevitable que, tras la lectura del primer volumen, nos sintamos un  tanto confundidos. Mr Nobody 1 prácticamente exige ser leído a una velocidad de vértigo, y al llegar al final nos encontramos, como es natural, con que todos los cabos están sueltos. En esa situación, y mientras esperamos la llegada del segundo volumen, el lector se ve obligado a releer el libro con más detenimiento para así matar el tiempo de espera. Y es entonces cuando el aspecto psicológico se impone al thriller. Dejamos de lado los brutales asesinatos y nos preguntamos sobre la relevancia de detalles como “Let it be”, la canción de los Beatles que canta Kawai y que, nos dice, era la favorita de su padre. Escuchamos con atención las palabras de Mika, su prometida, que le dice “para una mujer lo importante es el presente. El pasado no cuenta”. Observamos el detalle de que Mika ya estuvo casada, y nos inquietamos con ese extraño sueño en el que vemos unos cuerpos manipulados de manera extraña por manos y aparatos.

El destino de Kawai, pero también, y de manera significativa, su pasado, empieza a entrelazarse con el de sus compañeros de misión. Una es Nastasja, a quien su madre abandonó de niña en mitad de una clase de ballet, y el otro, Anri, desertor del ejército americano. Todos viven atormentados por un recuerdo que sólo ellos creen conocer. ¡Cuán equivocados están!

En fin. Habrá que ver si el segundo volumen responde a las expectativas que éste ha levantado. De momento, nos hemos quedado con muchas ganas de seguir.

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Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy

Juliette

JulietteTodos conocéis esa sensación tan agradable que tenemos a veces al salir del cine, cuando hemos visto una película con personajes creíbles, entrañables, con una historia cotidiana, casi trivial, pero con ese toque que hace que la sintamos muy cercana. En inglés hay un término muy preciso para referirse a dichas historias: feelgood. Así, una película feelgood es una película que te hace sentir bien contigo mismo, con el mundo y con los personajes. Pensad, qué sé yo, en Amélie. Por su parte, no se me ocurre mejor ejemplo para un libro feelgood que este entrañable y divertido Juliette. Los fantasmas regresan en primavera, de Camille Jourdy. Y mientras os dejo que vayáis pensando en una traducción de feelgood (nada de dejarlo en inglés, por favor), hablemos un poquito de esta estupenda novela gráfica.

Juliette regresa a su pueblo natal en tren, el medio de transporte más adecuado para los fantasmas, que así pueden ir saliendo poco a poco de su escondite y empezar a colarse en nuestro recuerdo y, sobre todo, en nuestra vida. No sabemos bien qué dolor aqueja a Juliette, aunque su dolor físico parece ser reflejo de una herida en el alma. Por ello ha decidido regresar al lugar donde creció, donde una vez fue feliz y donde la vida de los que se quedaron, sus padres, hoy separados, su hermana y su abuela, sigue un curioso rumbo, entre la rutina y el vodevil, con unos personajes en permanente huida de la soledad.

Marylou, la hermana de Juliette, juega a un curioso y arriesgado jueguecito erótico con su amante. Su padre, por su parte, vive todavía amargado por el recuerdo de su ex, una señora excéntrica con ínfulas de artista que, aparentemente, consiguió escapar con éxito de esa vida provinciana que ha atrapado a todos los demás. Y mientras tanto, su abuela languidece junto a sus cada día más escasos recuerdos. Nada más llegar, Juliette decide visitar la casa donde creció, ahora ocupada por Georges, otro prisionero de la ciudad, un solterón que mata sus semanas en la taberna del pueblo, donde los días de suerte consigue llevar al huerto a una amiga con derecho a roce ocasional a la que nunca ha querido dar nada más que eso. Georges, a quien sus amigotes llaman Pólux, desfoga su pasión escribiendo cartas de amor a amantes imaginarias.

Así está el patio de nuestros personajes, al que llega una melancólica Juliette y al que Camille Jourdy nos invita a entrar con unas ilustraciones sencillitas, pequeñas, de color pastel, cuyo flujo de vez en cuando interrumpe con otras, preciosas, a página entera, donde podemos apreciar la sencillez de un jardín o la riqueza de detalles y el ajetreo de una escena en una calle del pueblo. Y aunque Juliette no parece darse cuenta, la vida del pueblo cambia con su llegada, así como ella misma cambia al enfrentarse a la soledad de su padre, a las locuras de su hermana, y, sobre todo, al conocer a Georges.

Terminamos la lectura de Juliette y comprobamos que, en efecto, nos sentimos mucho mejor con nosotros mismos y con el mundo. El rato que Juliette, Marylou, Georges y compañía nos han permitido pasar con ellos nos ha abierto los ojos a nuestros fantasmillas, que, por pequeños y humildes que sean, también pueden llegar a ser bastante puñeteros. Tenemos la curiosa pero no desconocida sensación de que un grupo de amigos nos ha ayudado a cambiar nuestra visión del mundo, si bien “mundo” puede ser una palabra demasiado ambiciosa. Digamos mejor que nuestra calle, nuestro jefe, el pesado del vecino, nuestro puto cuñado y ese familiar (¿nuestro padre, nuestro hermano?) con el que nunca hemos terminado de entendernos han adquirido de repente un curioso color pastel y que ahora hasta nos encontramos a gusto con ellos. Por lo que respecta a Juliette y compañía, una vez hayamos colocado de nuevo el libro en la estantería, los vamos a echar mucho de menos a todos.

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El pájaro azul, de Takashi Murakami

El pájaro azul

El pájaro azulEstremecido. Emocionado. Sobrecogido. Pero también alegre y esperanzado. Así me ha dejado El pájaro azul. En fin, no sabía por dónde empezar, así que lo he hecho por el entusiasmo.

Algunos piensan que es tarea fácil eso de estremecer, emocionar y sobrecoger. Basta, según ellos, con mostrarnos una terrible tragedia y regodearse en los detalles más escabrosos y, sobre todo, en las lágrimas. Podéis verlo en esas películas que intentan acentuar los momentos de dolor con sollozos desconsolados y gritos desgarradores, señal de que el director no ha tenido el suficiente talento para reflejar la magnitud de la tragedia, e intenta compensar esa carencia con la pornografía del dolor. Cuánto podrían aprender esos directores con esta obra que hoy os traigo.

Con El pájaro azul, Takashi Murakami se revela a este lector, que lo desconocía, como un auténtico maestro del manga, y como un artista de inconmensurable talento para convertir la tragedia en belleza y, por lo tanto, en esperanza. El libro nos cuenta la historia de una familia feliz a la que el destino intenta destrozar. El destino, sin embargo, es un arma de dos filos, y del mismo modo que, desde su trono, puede sonreírse mientras apunta con el cruel pulgar hacia abajo, es capaz también de convertirse en nuestro aliado más inesperado. En ese momento, nos damos cuenta de que Murakami no es sólo poesía y sensibilidad, sino un fabuloso constructor de historias.

Sorprendido, el lector de este maravilloso libro se encuentra con que la historia que le da título termina en la página 81, y va seguida de otra historia considerablemente más larga titulada “El azar”. Pensamos, pues, que quizá alguien se ha equivocado al vendernos como novela lo que en realidad son dos historias separadas, pero entonces descubrimos el increíble vínculo que las une, y nos asombramos junto a los propios personajes, tres generaciones unidas, en el sentido primordial de la palabra, por la tragedia.

Nos cuenta el autor en el epílogo que estaba elaborando una obra que versara sobre la familia, cuando tuvo lugar el desastre del tsunami de 2011. Más allá del impacto inicial que tienen sobre nosotros, las grandes catástrofes cambian nuestra perspectiva de la vida, y, durante un instante, unos días a lo sumo, comprendemos y aceptamos nuestra fragilidad como seres vivos. Al cabo de un tiempo, sin embargo, todo eso pasa o lo hacemos pasar, y volvemos a preocuparnos por las miserias de la vida: envidiar, poseer y aparentar. No así Murakami, que nos dice: “el miedo y la desesperación que me causaron las pérdidas derivadas de aquel desastre tuvieron su repercusión en la historia en la que estaba trabajando. ¿Cómo afrontar las muertes de nuestros seres queridos? ¿Cómo afrontar nuestra propia muerte?”.

La muerte de un hijo, el alzheimer y el estado vegetativo de un ser querido no son, desde luego, temas que a priori nos prometan una tarde de lectura agradable. Takashi Murakami, sin embargo, con su trazo rico y expresivo, con sus entrañables personajes rebosantes de humanidad, con su sensibilidad totalmente desprovista de sentimentalismo, y con su mirada llena de vitalidad, esperanza y alegría, nos hace pasar un rato absolutamente inolvidable.

Creo que no exagero si digo que uno sale de esta lectura convertido en mejor persona. Más sana también, ya que con los litros de lágrimas que hemos derramado nos hemos deshecho de una cantidad de toxinas que ni  en una sauna finlandesa.

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