
Sería muy fácil hacer un análisis del título. Podríamos empezar con ese concepto tan apasionado e irracional como es “la sangre”, que es ese sitio donde los nacionalistas lo llevan todo: sus sentimientos, su historia, su cultura, su lengua, su cepillo de dientes y un par de mudas. Luego continuaríamos con el otro concepto, el de la pertenencia, igual de apasionado e irracional, pero con el valor añadido de su infantilismo. “Esto es mío”. “Tú no eres de aquí”. Podríamos pasar después a analizar la acertadísima portada, pero entonces quizá no nos quedaría sitio para hablar del contenido del libro, que es brillante de principio a fin.
Sangre y pertenencia tiene también un jugoso subtítulo que, no tardamos en descubrir, es marcada y quizá involuntariamente irónico: “Viajes al nuevo nacionalismo”. La palabra clave aquí es, desde luego, “nuevo”. Nadie quiere saber nada del viejo nacionalismo, responsable de algunos de los momentos estelares del siglo XX y, por ello, desde hace tiempo completamente desacreditado. Nada que ver con el nuevo nacionalismo, parece sugerir ese subtítulo. Hasta que Ignatieff, apenas iniciado el libro, tranquiliza a este lector:
Con una ingenua ligereza, asumimos que el mundo dejaba atrás el nacionalismo irrevocablemente, el tribalismo, los límites provincianos de las identidades marcadas por nuestros pasaportes, de camino a una cultura global de mercado que iba a ser nuestro nuevo hogar. Visto ahora, silbábamos en la oscuridad. Lo que estaba reprimido ha vuelto, y su nombre es nacionalismo.
En este libro, que el autor escribió en 1993 a la par que se rodaba la serie documental de la BBC del mismo título, Ignatieff se propuso estudiar seis ejemplos de nacionalismo sobre los que apuntaban, a la sazón, los focos del mundo entero: Serbia y Croacia, tras la desintegración de Yugoslavia; Alemania, tras la reunificación; Ucrania, tras su independencia; Quebec, donde el independentismo llevaba décadas en constante aumento; Kurdistán, un pueblo dividido entre cinco países; e Irlanda del Norte, que ostentaba el triste récord de ser la democracia con más asesinatos politicos de todo el mundo.
Llegado este momento, hay que dejar que las ideas de Ignatieff se abran paso ante la interesada lectura de servidor, que, por si no lo habíais sospechado, tiene cosas más importantes que hacer que ser nacionalista: peinarme, hurgarme la nariz y asar castañas. Quiero decir con ello que sería injusto pensar que el autor se propuso escribir un libro contra el nacionalismo. Michael Ignatieff es un periodista y académico demasiado prestigioso como para dejarse llevar por prejuicios tan injustos como los míos.
Una de las premisas centrales de la obra es la que distingue entre el nacionalismo étnico, el de la sangre y el terruño, y el nacionalismo cívico, al cual se adscribe el mismo Ignatieff, hijo de ruso, canadiense de nacimiento, que ha vivido en varios países y está casado con una húngara. El nacionalismo cívico, según Ignatieff, mantiene que “la nación debe estar formada por todos aquellos que suscriben el credo político de la nación, independientemente de su raza, color, fe, género, lengua o etnia. (…) Se llama cívico porque considera a la nación como una comunidad de ciudadanos iguales, poseedores de derechos” [y es] “necesariamente democrático ya que la soberanía reside en todo el pueblo”. Palabras tan sensatas que todos intentan apropiárselas. Los nacionalistas étnicos más que nadie.
Es un gran acierto, pues, por parte del autor, definirse ideológicamente desde el primer momento y, a la luz de esa autodefinición, analizar seis casos de nacionalismo radicalmente diferentes unos de otros. Tanto es así que el libro sorprende, entre otras cosas, por su variedad. El acercamiento de Ignatieff a cada uno de los seis casos es diferente del anterior. En el caso de Serbia y Croacia, por ejemplo, da especial relevancia a la historia, mientras que en Alemania se centra en una interesante cuestión que nos plantea de esta forma:
Coja una nación y divídala en dos estados independientes. Asegúrese de que estos dos estados encarnen filosofías y formas de organización social opuestas. (…) Coloque un muro entre ambos estados e impida, tanto como sea posible, cualquier comunicación entre ellos. Transcurridos cuarenta y cinco años, retire el muro. Haga saber a la población que el experimento ha concluido y que en adelante son, de nuevo, una única nación.
¿Seguirían siendo una sola nación?
En todos estos viajes asistimos a escenas emocionantes, como cuando en Ucrania el autor viaja al pueblo donde vivió su abuelo y habla con personas que lo conocieron; escuchamos diferentes versiones de la situación de cada país, nos deleitamos con la claridad con que Ignatieff expone sus ideas y, sobre todo, aprendemos a entender (entender simplemente es casi imposible, ¿no?) el mundo actual, desde el Brexit hasta esos viejísimos populismos con nueva envoltura. Una lectura iluminadora y apasionante.
El futuro no es prisionero del pasado. Sólo los nacionalistas creen eso.

Desde hace algunos años, la novela gráfica ha empezado a salir de la introspección autobiográfica y la ficción más fantasiosa para adentrarse en la vida de los demás y la historia de otros lugares. Ahí están, por ejemplo, las impagables crónicas de 
… y además muy bien. De hecho, en muchos lugares del mundo se utilizan las cagarrutas de vaca en lugar de leña como combustible para cocinar. Desconozco cómo estará el cabrito asado al horno de caca, pero, como podéis imaginar, no van por ahí los tiros con este libro.
El viajar es un placer que nos suele suceder. Pero hay viajes y viajes. Y entre los segundos, no hay nada que pueda compararse a la experiencia de la India. Hablo, naturalmente, de viajar, y no de comprar un paquete turístico que nos muestre en 10 días y nueve noches las maravillas de la India de los mogules. Hablo de aterrizar en un país de leyenda, sentirte, desde el primer instante, como si control de tierra te hubiera abandonado a tu suerte en Marte, y preguntarte, con angustia, cuántos días podrás vivir con el oxígeno que te queda. Y cuando decides que de perdidos al Ganges, te pones a explorar un planeta donde constatas que sí, que el viajero puede sobrevivir, si bien en condiciones durísimas, hasta que, meses después, a tu regreso a casa, descubres que el planeta hostil quizá es el tuyo. Eso y más es la India.
Se titula Historia a pie de calle, pero podría perfectamente haberse titulado Historia viva. Servidor, que ya peina unas cuantas canas, vivió muchas de las historias que conforman este libro, y aquéllas que no, siguen vivas en el recuerdo de mi señora madre. Y allí donde su memoria no llegue, sí lo hará la de muchos de vuestros abuelos. Y ahí para de contar, porque insisto, aquí no hay carlistas ni guerras de Marruecos: esto es historia viva.
Cualquier país que ha sufrido una guerra civil sabe que habrán de pasar décadas, quizá siglos, antes de que lleguen a restañarse todas las heridas. A diferencia de lo que ocurre con una guerra entre países, en una guerra civil no hay resquicio, por pequeño que sea, donde no logre introducirse el veneno del odio entre hermanos, amigos y vecinos.
Curioseando por google tras leer esta novela, escribo “








