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Nuestra casa en el árbol, de Lea Vélez

nuestra casa en el árbol

nuestra casa en el árbolParece que los Dioses de la lectura me han mirado de frente y me han dejado disfrutar todo el verano. Un verano que ha sido como entrar en una pastelería y pedir una caja de bombones y que te ofrezcan un platito lleno de varios sabores para que los pruebes todos y puedas elegir con propiedad. El placer está en que te gustan prácticamente todos, porque cada uno tiene su algo especial. Unos a corto plazo, ya saben, esos de sabor intenso que hicieron que me aprontase en las reseñas, y otros que han necesitado algo más de tiempo de reflexión.

Mientras leía “Nuestra casa en el árbol”, he pensado en lo mucho que cambian las cosas a lo largo de la vida. Es normal, pensarán ustedes, ¿cómo no van a cambiar las cosas con lo larga que es la vida? Pues ya les digo que este es uno de esos libros en que te das cuenta de cómo cambia la perspectiva de las cosas de verlas desde el punto de vista de los padres, a verlas desde el de los hijos. Y hay cosas que se pueden decir precisamente cuanto estás en esa situación de la vida en la que te encuentras en el centro, eres padre o madre, pero también eres hijo.

Otra de las reflexiones que he tenido al leer “Nuestra casa en el árbol” ha girado en torno a sí yo he sido tanto una buena hija como en si he hecho como madre todo lo que estaba en mi mano para hacer de mis hijos seres extraordinariamente felices.

Los temas que toca son complejos, y lo sé. Pero no el libro, el libro es de lectura sencilla y entretenida, apto para todo tipo de lectores, lo que cada uno saque de él, eso ya es otro tema 😉

Veamos, nos centramos en Lea Vélez, la autora, una mujer que escribe (y muy bien, por cierto) desde más allá de la experiencia; habla desde el sentimiento y la sabiduría que deja precisamente esa experiencia a quién tiene la especial capacidad de aplicarla en su vida futura, corregir errores y afrontar miedos.

No hablamos solo de autobiografía, es literatura que contiene frescura y realidad, que contiene vida, y de la vida lo mejor y lo peor, porque la vida duele y la autora ha tenido que afrontar sus duelos desde la inteligencia. Esta autora es una mujer superdotada, al igual que lo era su marido y que lo son sus hijos (sobredotados, creo que se llaman ahora). Su Marido falleció e imagino que una de las cosas que la ayudaría como a tantos otros a superar el duelo, sería escribir, pero esta mujer se ha puesto a ello y lo ha hecho de maravilla, descubriéndose en ella una auténtica escritora, y además nos ha mostrado qué cosas estamos haciendo mal en el sistema educativo actual con nuestros chavales superdotados o con cualidades o necesidades especiales.

De toda la vida de Dios se ha hablado de lo mal que está el sistema para los niños con deficiencias, incluso yo diría que en la actualidad esas deficiencias se intensifican en aquellos que, siendo medio normales, o lo que es lo mismo de los del montón, tienen padres que nunca están, o que no saben acompañar, o que no tienen el tiempo o capacidad necesaria para encontrar respuestas a tantas preguntas infantiles como puede hacer la chavalería inquieta. Claro que siempre está la gran solución: ¡Las extraescolares! Para aquellos que las pueden pagar, claro, y además … tampoco siempre son la solución. Y si no, pasen y vean.

Pasen a Nuestra casa en el árbol, a este libro mágico en que la mayor preocupación es hacer niños felices, porque en el mundo que nos describe Lea vamos a ver cómo se desarrolla la vida de esta familia contada desde los dos puntos de vista, el de esos tres chavales tan especiales, Michael, Richard y María, que ya les digo desde ahora que casi dan un poquito de rabia por lo buenos y lo listos que son, pero a los que no nos quedará otra que cogerles cariño, porque a la gente buena al final se la quiere; y desde el punto de vista de su mamá, Ana. Veremos cómo ella sufre y afronta los errores que quiere corregir porque ya los soportó en primera persona. Así que un día recoge velas tras su fracaso en el sistema educativo español y se marcha a Hamble-le-Rice, un bonito pueblo pesquero junto a la desembocadura del río Hamble… Allí tenía una casa que le venía por herencia del marido y que reconvierte en lo que nosotros llamaríamos un hotelito con encanto o casa rural.

Y allí será donde trascurra la vida con sus hijos, que tampoco lo tendrán fácil en los colegios británicos, pero , y esto si lo puedo decir porque lo he vivido en primera persona, la vida rural nos da un poco más de tiempo de calidad para compartir con la familia, y los niños que crecen en los pueblos pueden tener una infancia más experiencial en su relación con la familia, como les decía, pero también y sobre todo con la naturaleza, y en definitiva, con la vida.

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Transgénicos sin miedo, de J. M. Mulet

Transgénicos sin miedo

Transgénicos sin miedoSomos lo que comemos. Eso dicen. Si esto fuera verdad, yo no sé qué sería. Vale, no llevo una dieta ideal ni controlo mucho lo que como, pero lo que sí es verdad es que como de todo y muy variado. Durante la semana tomo verduras, legumbres, pasta, arroz, pescado y carne. Todo sin gluten, claro, porque soy celíaca (pero de las de verdad, no de las de autodiagnóstico lohagopormoda o porqueelglutenesmaloquítameloquítamelo). Pues eso, que intento comer de todo y de la mejor manera posible, aunque a veces es muy difícil. Gracias a mis problemillas con el gluten, tengo que leer todas las etiquetas de los productos para ver si llevan algo que haga que me tire tres días sin poder ir a trabajar. Un día, comiendo  por ahí con unos amigos, me puse a inspeccionar la etiqueta de un helado y un chico me dijo que si estaba buscando el ingrediente “aceite de palma”. Él ya me iba a tachar de paranoica y de exquisita, pues como dijo tajantemente, “el aceite de palma se lleva años usando y eso de que da tantos problemas es una chorrada”. Ahí se abrió un debate muy interesante. Que si aceite sí, que si aceite no. Que si cancerígeno por aquí, que si obesidad por allá… Yo, contenta al saber que mi helado era gluten free, quedé ajena a la conversación mientras me lo comía tranquilamente y pensaba en mis cosas.

Pero sí, hay gente que lleva estos temas a rajatabla. No gluten. No aceite de palma. Y, lo que ahora está muy de moda, no transgénicos. No nos engañemos, yo había oído hablar de los transgénicos una y mil veces en todos los medios de comunicación pero no sabía muy bien qué eran ni si el efecto de su consumo era tan maligno como se decía a todas horas en la televisión. Después de leer Transgénicos sin miedo, cuyo autor es J. M. Mulet —que ya me iluminó en su día con La ciencia en la sombra, enseñándonos la ciencia forense desde otro punto de vista— me ha quedado el tema más claro que el agua. Y ahora sé que hasta el jabón que uso para eliminar las manchas de la ropa es un transgénico. Casi todos los productos que consumimos hoy en día (véase aquí que esto no afecta únicamente al ámbito de la alimentación, sino que se puede aplicar a los cosméticos o incluso a la ropa) están modificados genéticamente. Porque los tiempos avanzan y es necesario que todo se adapte al entorno.

J. M. Mulet, en Transgénicos sin miedo, desmantela un mito del que llevamos años oyendo: los transgénicos no son malos. Es más, son necesarios en nuestro día a día. Pero, como él bien, dice, son demasiados los intereses que están en juego y la manipulación de la información que nos llega beneficia a determinados sectores.

No soy quién para dar lecciones sobre si un transgénico es bueno o es malo. No se me ocurriría. Para formaros una opinión contundente que os permita hablar del tema en las comidas familiares (ya sabéis, para hacer un poco “el cuñado”, pero con conocimientos sólidos), os tendréis que dejar llevar por las clases magistrales que este autor Valenciano da en su libro. Lo cierto es que no ha estado mal adentrarme por unas horas en este mundo y descubrir cosas que muchos se callan y que todos deberíamos saber. Al fin y al cabo, somos lo que comemos, ¿o no?

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Las lágrimas de Claire Jones, de Berna González Harbour

Las lágrimas de Claire Jones

Las lágrimas de Claire JonesEl año pasado disfruté mucho leyendo Sangre en los estantes, la pequeña enciclopedia de novela negra que ha dejado Paco Camarasa como legado a todos los aficionados de este género. Entre sus múltiples recomendaciones literarias, el dueño de la mítica librería Negra y Criminal terminaba dedicando un espacio a la nueva generación de escritores españoles, encargados de mantener la esencia y el nivel del género negrocriminal patrio. Liderados por Carlos Zanón, entre estos “nueve novísimos” (así los bautizó Paco) se encuentra Berna González Harbour, cuya última novela, Las lágrimas de Claire Jones, llega a Destino tras dos novelas previas publicadas en RBA.

Estamos ante el tercer caso de la comisaria María Ruiz, antigua psicóloga de la Policía Nacional que tras un trágico suceso decidió dejar el diván y convertirse en policía. Siempre que se empieza una saga policial por su último caso, tenemos el hándicap negativo de no saber mucho de cómo y por qué han llegado los personajes a su estado actual. Este libro no es una excepción, pero aun así no es impedimento para disfrutar de una buena novela negra. En este momento, encontramos a María destinada (o mejor dicho, desterrada) en Soria, una de las provincias más tranquilas y desesperantes para un investigador del cuerpo. Semanalmente visita en Ávila a Tomás, compañero de trabajo que lucha por salir del coma, y con el que María estaba decidida a empezar una relación antes del fatal accidente derivado del último caso que investigaban. Su monótona vida da un cambio cuando en una visita de fin de semana a su compañero y amigo Carlos, comisario en Santander, ambos descubren, en un coche abandonado, en cadáver de una joven mujer. Dicho cadáver viene acompañado de un ejemplar de 1998 del diario británico The Times con una noticia recortada. Pese a no estar bajo su jurisdicción, la comisaria ve en este caso la oportunidad perfecta para salir de su rutina y volver a sentirse policía, en un caso en el que conocerá los entresijos de la comunidad inglesa afincada en Cantabria y en especial la labor de los cuáqueros, comunidad religiosa de la que poco o nada sabía hasta ahora.

Berna González Harbour hace de María Ruiz un personaje fuerte, condición indispensable para conseguir llegar a comisaria en un mundo tan difícil como el de la Policía. Su determinación y arrojo le hace ganarse la lealtad de todos los que comparten el día a día con ella, a pesar de que en esta ocasión parece que alguien de las altas instancias quiere quitársela de en medio sacando trapos sucios de su pasado. La aparición del cadáver en Santander hace de catalizador en María, que lo encuentra como la excusa perfecta para iniciar una huida hacia adelante para redimir o expiar parte de sus pecados y temores.

Pese al inicio un tanto titubeante, Las lágrimas de Claire Jones empieza a coger ritmo a base de capítulos cortos y una tensión que va in crescendo por momentos. El mundo de las corruptelas policiales, la prostitución y las drogas pintan una visión no tan idílica de una ciudad como Santander. Berna se vale de tres voces para ir contando todo el proceso, aunque son María (presente) y Claire Jones (pasado) las que cogen el peso narrativo y van desvelando poco a poco los misterios ocultos. Pero si en el inicio encontrábamos alguna pequeña pega, poco malo se puede decir de su brillante final. La novela negra nos tiene acostumbrados a finales de infarto, pero créanme si les digo que las últimas 50 páginas de esta novela tienen una calidad superior a la media. Decir que sus últimos capítulos cortan la respiración y mantienen al lector pegado al sofá puede sonar a tópico recurrente, pero en este caso dicho tópico no falta para nada a la verdad.

Y ya que he empezado hablando de Paco Camarasa, también me gustaría terminar citando sus palabras. Este erudito del género, aseguraba que estos “nueve novísimos” iban a dar un “futuro espléndido a la novela negrocriminal”. Y no puedo estar más de acuerdo. Berna González Harbour hace merecimientos suficientes para estar en esa lista exclusiva de escritores. Y Las lágrimas de Claire Jones son el ejemplo perfecto. Una novela de alta calidad, con un personaje atractivo que hace ganar adeptos al género negro.

César Malagón (@malagonc)

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Cuando llega la penumbra, de Jaume Cabré

cuando llega la penumbra

cuando llega la penumbraEl relato no es un arte menor, aunque su corta extensión le haga pensar eso a más de uno. Muchos grandes novelistas no saben manejarse en historias cortas, igual que no todos los relatistas son capaces de escribir una novela. En el relato no hay tiempo de cometer errores o entretenerse en digresiones; cada personaje, acción o elemento cumplen un papel imprescindible. Nada debe estar de más y nada debe echarse de menos, y esa capacidad de contención y concreción es difícil de dominar. Por eso tenía ganas de leer Cuando llega la penumbra, de Jaume Cabré. Como disfruté muchísimo de Yo confieso, su novelón de mil páginas, quería ver si conseguía impactarme tanto en relatos de menos de cuarenta.

Ya sabía que Jaume Cabré tiene un magnífico dominio de la lengua, y en Cuando llega la penumbra ha vuelto a demostrármelo. Hace igualmente creíble el monólogo de un ladrón de ovejas que el de un galerista. En esta antología de trece relatos aparecen personajes tan dispares como los mencionados, pero la mayoría tienen algo en común: el ejercicio de la maldad sin remordimientos. Estamos obsesionados con razonar la maldad, buscarle su razón de ser en enfermedades mentales o pasados traumáticos, pero no siempre es así. Jaume Cabré aborda la maldad desde diferentes prismas, con total naturalidad, con humor y cinismo incluso, para desmitificarla y volverla ordinaria, porque, al fin y al cabo, es lo que es.

Que Jaume Cabré tiene un bagaje cultural tremendo se nota enseguida porque las referencias literarias y pictóricas son constantes. La pasión por el arte mueve a muchos de los personajes, hasta tal punto que varios de ellos quedan atrapados dentro del cuadro que les fascina. La enigmática pintura que los abduce aparece en varios relatos, pero no es el único elemento que salta de una historia a otra: también los personajes entran en este particular juego narrativo del autor. A medida que se avanza en la lectura de Cuando llega la penumbra, nos damos cuenta de las coincidencias y esta antología de relatos se convierte en mucho más: un universo metaliterario que dota de mayor transcendencia a las partes que lo conforman. Quizá Jaume Cabré, acostumbrado a las largas distancias, no podía conformarse con pequeñas historias independientes.

Me ha gustado descubrir en un solo volumen varios registros de Jaume Cabré, aunque reconozco que Cuando llega la penumbra no me ha cautivado tanto como Yo confieso. Pero, claro, aquella novela me encantó y era muy complicado que estas historias la superaran, aunque contara con trece intentos. Aun así, sea en la extensión que sea, este escritor hace alarde de su talento literario y de su gusto por saltarse las convenciones narrativas, lo que siempre es un placer para aquellos lectores que no queremos que nos pongan las cosas fáciles. En Cuando llega la penumbra nos ofrece una experiencia lectora a dos niveles, pues aunque son relatos, bien podría entenderse como una novela experimental. Si os decantáis por esta segunda lectura, no os acomodéis: Jaume Cabré os tiene preparado un nuevo guiño cómplice al pasar la página.

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La noche que no paró de llover, de Laura Castañón

la noche que no paró de llover

la noche que no paró de lloverMe llaman la atención las novelas en las que un personaje rememora su vida desde la perspectiva que da la vejez. Cuando todo lo que pudo hacer ya está hecho y no queda ningún ser querido vivo con el que saldar cuentas. Cuando echar la vista atrás solo sirve para quedarse en paz con uno mismo… o no.

Me atraen los personajes detestables, llenos de malos sentimientos. No es necesario que sean asesinos o psicópatas, me basta con que caigan a menudo en la envidia, la vanidad, el egoísmo… Esos pecados en los que es fácil reconocernos porque todos hemos sido víctimas o culpables de ellos alguna vez.

Me gustan las novelas corales, en las que los protagonistas se van pasando el testigo para contarnos sus historias, que inevitablemente se entrecruzan. Eso me permite conocer cómo se ven a sí mismos y cómo los ven los demás y, qué curioso, suelen ser puntos de vista irreconciliables, lo que le da mucha más profundidad a los personajes.

Estos tres ingredientes narrativos los he encontrado en La noche que no paró de llover, de Laura Castañón. La mujer que recuerda su vida es Valeria Santaclara, una octogenaria de las del palo de «con Franco vivíamos mejor», que ha tenido una existencia acomodada y bastante anodina, pero está llena de resentimientos y de heridas sin cicatrizar. La odié desde la primera página (lo mismo me pasó con la protagonista de Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes, con la que tiene más de una similitud), pero terminé por compadecerla: porque vive atrapada en sus propias mentiras y prejuicios y porque ella también sufrió, a pesar de todo. De ahí que sea un personaje tan atractivo, alrededor del cual giran todos los demás. El resto de mujeres que protagonizan esta novela son Laia, la psicóloga a la que Valeria relata su vida para atreverse a abrir un sobre que lleva guardando dieciocho años, titulado «El perdón»; Emma, la novia de Laia, que se esfuerza para que su relación sea perfecta, aunque encuentre a su pareja cada vez más distante; y Feli, la limpiadora de la residencia de Valeria, escritora aficionada que trata de averiguar qué le pasó a una maestra de la Segunda República que estuvo vinculada con la familia Santaclara.

Laura Castañón consigue que cada personaje adquiera una voz propia e inconfundible y que sus historias nos enganchen de igual manera. Su forma de narrar me ha recordado a la de Alejandro Palomas: por lo cuidado de su prosa, por su humor, por las inquietudes y las relaciones familiares de sus protagonistas, por algunos de los temas que trata. Por eso creo que los seguidores del autor catalán conectarán de inmediato con esta novela. También lo harán los lectores que busquen una lectura adictiva, pero que les deje poso, pues a través de los pensamientos y las vivencias de Valeria, Laia, Emma y Feli, La noche que no paró de llover reflexiona sobre la maternidad, la vejez, el amor y la culpa. Y, por encima de todo, sobre la memoria, individual e histórica, y sobre el mal, voluntario o inconsciente. Porque cualquiera de nuestras decisiones diarias puede tener consecuencias imprevistas, terribles para nosotros mismos o para otros, igual que nuestras acciones o inacciones como sociedad determinan la historia de nuestro país, para bien o para mal.

Qué difícil es asumir que nuestras equivocaciones pueden ser trascendentales para los demás. Imagino que por eso solemos esperar a que la muerte esté a la vuelta de la esquina para evocar nuestros recuerdos, como Valeria Santaclara. Quién sabe si entonces encontraremos el sentido a todo aquello que vivimos y si habrá alguna justificación para cada una de nuestras malas decisiones. La noche que nunca paró de llover me deja con ese desasosiego, quizá por planteármelo antes de tiempo. O en el momento oportuno, quién sabe.

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Sangre en los estantes, de Paco Camarasa

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Normalmente, los libros de no ficción, pese a estar objetivamente muy bien escritos, incluso con oraciones más largas y con más cláusulas subordinadas y mejor y más rica adjetivación y adverbiación que los libros de ficción, tienen como gran desventaja ser –estoy generalizando- menos entretenidos que aquéllos. Éste no es el caso del libro que nos ocupa, Sangre en los estantes. Dado que se trata de un libro-guía sobre novelas de género negro y policíaco que tiene como virtud –el libro, no el género- una escritura ligera, gran profusión de referencias, anécdotas y chascarrillos amables sobre autores, y, ante todo, el hecho de que no abruma al lector con una cantidad intragable de información ni de sapiencia.

Por otro lado, pese a ser un libro que puede leerse como índice útil a la hora de buscar más información o algunas referencias sobre tal o cual autor –algunos de los incluidos en el libro son autores marginalmente editados en España, o autores completamente desconocidos para el gran público, incluso para el lector más o menos aficionado al género-, queriendo decir con esto que es un volumen eminentemente práctico, también es verdad que su autor, Paco Camarasa, veterano librero y gran conocedor del género negro, impregna de subjetividad y opinión cada página (como es lógico y de esperar que haga, por cierto; imagínense pedir consejo a su librero de confianza y que éste le ofrezca un montón de información biográfica y bibliográfica sobre los autores disponibles pero que rechace “mojarse” y recomendarle uno de ellos o advertirle sobre otro), por lo cual es también un libro que puede considerarse de autor, ya que recoge el criterio de quien lo ha escrito; en este caso, Paco Camarasa, exlibrero y comisario de BCNegra.

El lector puede estar de acuerdo o en desacuerdo con el criterio y la opinión de Camarasa, pero el autor es respetuoso a la hora de exponer su subjetividad, sin tomarla con los autores que menos le gustan o con aquellos que no considera pertenecientes al género negro, como le sucede con los autores clásicos de misterio o de enigma. En esto, el autor (de este libro) es muy puntilloso y ya de entrada precisa lo que él considera que es género negro o policíaco.

Es de notar que Camarasa se extiende generosamente al hablar de sus autores y subgéneros favoritos, explayándose sobre sus orígenes, detalles poco conocidos sobre su vida y obra, conexiones con otros autores, pasajes apócrifos y cotilleos graciosos o curiosos que bien pueden ser verdaderamente reales, bien pura leyenda urbana o mitología sobre un autor más o menos conocido.

Sangre en los estantes supone una excelente guía para quienes quieren explorar nuevos autores o saber más sobre aquellos que ya conocen.

 

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Sylvia, de Celso Castro

Sylvia

SylviaMe gusta Celso Castro porque escribe pequeño, en minúscula, sobre asuntos tan grandes como el amor, que es una búsqueda, es pregunta y es respuesta, o lo contrario al amor, que a veces no sé muy bien si es el odio o el desamor, o un estado intermedio, o ninguna de las dos cosas. Lo contrario al amor es perderse. Al otro y a uno mismo. Pero también es el dolor, como ese cuchillo de obsidiana del que habla Sylvia. Un dolor pequeño y localizado, como sus textos, que se siente tan infinito que a veces lo ocupa todo.

El problema del protagonista de su última novela publicada por Destino es que, en su caso, el dolor, la tristeza, es algo que parece crónico. Marcado por una experiencia traumática en su infancia –en esto presenta similitudes con su obra anterior, Entre culebras y extraños–, y un afecto maternal casi tan intenso como el que le mueve a él a buscar a la amada a pesar del rechazo, Sylvia es una historia de amor no correspondido o, a veces también, mal correspondido, sobre un joven con una sensibilidad especial que se enamora de una mujer que, a su vez, está enamorada de otro. Su amor, como su dolor antes, durante y después, es un amor adolescente, casi enfermizo, que se arrastra por sus párrafos e implora de rodillas, tan grande que solo es posible escribir de él como lo hace Castro.

Así, en minúscula, con un estilo muy personal y particular, el monólogo interior de su protagonista en primera persona fluye poéticamente sin puntos al final del párrafo que pongan fin a ese sentimiento que no hace otra cosa que crecer en todas las direcciones. O abrirse paso entre sus páginas. Allí, el autor gallego consigue dar textura a la tristeza y al dolor, que más bien es depresión, algo que, diría, a veces va más allá de la propia Sylvia y se enrosca con la ausencia del amor paterno, tampoco correspondido.

Su lectura es un placer que a veces duele y casi siempre gusta. Íntima, personal y lírica. Celso Castro construye la voz atormentada de un joven, casi adolescente, que se deja llevar, casi arrollar, por sus excesos emocionales. Y eso que su texto logra contener en pocas palabras tanto y tanto dolor hasta que, de algún modo, este se desborda fuera del mismo. En ello tiene que ver la facilidad con la que escribe su autor. Sin ruido alrededor que enturbie el sentimiento.

Bien es cierto -y esto ya es una cuestión más de entrañas- que no parece llegar siempre con la misma intensidad.  O al menos a mí, su final no me ha movido del todo, ya sabéis, como mueven esas lecturas que te pellizcan desde dentro. Como si aún esperara leer algo más sobre el amor, el desamor, la angustia o el sobreseimiento de todo lo anterior. O me supiera a poco. Tal vez tenga que ver con su breve extensión, que no llega a las 120 páginas. O a mis ganas eternas de más. O quizás porque aún no haya comprendido del todo que para hablar de las cosas grandes de la vida, hay que hacerlo precisamente así, en pequeño. Como lo hacen los poetas.

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Cuando me veas, de Laura Gallego

Cuando me veas

Cuando me veasSe dice que el bullying es un tema reciente, que antes eso no existía. Cuando un niño se metía con otro, se le quitaba hierro al asunto diciendo que “eso es cosa de críos”. Incluso he llegado a escuchar la frase “los que se pelean, se desean”, como modo de exculpar cualquier comportamiento agresivo que un niño pudiera tener contra otro.

Se dice que el acoso escolar es una cosa moderna. Que antes los niños eran menos sensibles y estaban menos protegidos por mamá y papá. Se dice que ahora existe porque los niños están muy mimados y a la mínima de cambio se ofenden y hacen de un insulto o un empujón un mundo.

Se dice que el bullying es algo inventado por los medios, que suelen sensacionalizar todo lo que rozan. Que, en realidad, no es para tanto y que los suicidios de niños que sufren acoso, se dan porque esos chicos ya tenían algo en la cabeza que no andaba bien.

¿Y sabéis qué? A mí todo esto se me hace bola. Como que no lo entiendo. Como que se me atraganta bastante. Porque el bullying SÍ QUE EXISTE. Es tan real como los insultos que sobrevuelan las aulas, como las collejas gratuitas que vienen y van, como los tirones de orejas, como las palizas que llegan a romper huesos, como los suicidios de niños que no pueden más.

Es un tema real que espero que no te haya tocado vivir en tu propia piel. Espero que ningún matón haya llegado a presionar a toda la clase para que todos dejaran de hablarte. Espero que no hayas tenido que ir a un psicólogo por no encontrar tu sitio en el aula. Y espero que jamás nadie te haya puesto una mano encima. Porque eso significaría que lo pasaste muy mal en el colegio y que para ti pensar en aquella época no te trae más que malos recuerdos. Y nadie, absolutamente nadie, debería sentirse así.

Ya sabéis que yo amo a Laura Gallego y que he leído la mayoría de sus obras, aunque es cierto que todavía me quedan bastantes por guardar en mi estantería. Suele sacar un libro al año y yo lo espero como agua de mayo. Esta vez, le ha tocado el turno a Cuando me veas, una obra de ficción que poco tiene que ver con lo que suele regalarnos. Aquí no encontramos dragones, hadas, brujos o princesas. Aquí encontramos a Tina, una chica normal y corriente que no termina de encajar del todo en el instituto debido a sus orígenes latinos. Su mejor amiga, Salima, también intenta pasar desapercibida, pero sus rasgos árabes la delatan. Entre tanto, una muerte deja boquiabierto a todo el instituto. Un chico se ha tirado por una azotea. Un chico que sufría demasiado. Este podría ser el desencadenante que lleva a Tina a descubrir que tiene un poder muy especial, uno del que no había sido consciente y que le permitirá proteger a aquellos que por sí solos no pueden.

Cuando me veas es un libro muy especial. Es un grito de valor, una esperanza para todos esos niños que preferirían morir antes que enfrentarse a otro día en el colegio. Es un jarro de agua fría que se echa sobre todos aquellos que dicen que el bullying no existe.

Yo no sé si lo sufrí cuando iba al colegio. Y no lo sé por una sencilla razón: cuando yo era pequeña, esas cosas eran “normales” y ningún profesor se atrevía a darle importancia. Recuerdo que cuando estaba en quinto de primaria, una chica hizo que toda la clase dejara de hablarme. Pero no solo a mí, también a otra chica que tenía que soportar día a día que se metieran con ella por su peso, por su ropa o incluso por su peinado. Había otra chica que era pelirroja y tenía que soportar que la insultaran a diario, haciéndola que se sintiera diferente y fuera de lugar. El chico con sobrepeso era conocido como “el gordo”. A mí me llamaban “la jirafa”, porque tenía un cuello demasiado largo. Otra era “la pechoplacha”, porque no tenía la talla de sujetador que los demás consideraban correcta. Otra, “la peloescoba”, porque tenía el pelo seco. Y así, infinidad de motes que dejaban ver la calidad humana que reinaba en esa clase. ¿Eso es bullying? No lo sé. Pero no era agradable, desde luego. Y no hay nada más triste que levantarte por la mañana y odiar con todas tus fuerzas lo que vas a hacer las ocho horas siguientes.

Gracias de nuevo, Laura, por escribir. Por darnos historias como esta, y como todas las demás. Historias con valores, con esperanza, con protagonistas reales, que hablan de la homofobia, de la xenofobia, del bullying, del maltrato y de todos los tabúes que hoy existen en nuestra sociedad. Gracias por hacer que millones de chicos y chicas lean tus libros y se enteren de que pueden ser valientes y de que uno puede ser el héroe del cuento con solo proponérselo. Gracias.

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Orfancia, de Athos Zontini

orfancia

orfanciaDe pequeño comía de todo. Si algo no me gustaba me obligaban a quedarme en la mesa hasta que no quedara nada y, si tiempo después, el plato seguía ahí, la comida se convertía en la cena. Y así siempre que hubiera algo que no me gustaba y me resistía a dejar que penetrara en mi interior. Afortunadamente, eso ocurría pocas veces porque, como digo, comía de todo y, lo que en un principio “se me hacía bola” (recuerdo lo mucho que odié las espinacas), acababa por comerlo.

No fui uno de esos niños repelentes y mimados de ahora, cuyos padres ceden a lloros y/o berridos y los cuáles ahora que ya son mayores (y con mayores quiero decir de un mínimo de 30 años) cuando preparas una comida o una cena o merienda te sueltan un “ay, ¿has hecho esto? Es que no me gusta el pimiento”, o un “ay, es que yo no como nada de color verde”, o un “ay, ¿no te dije que no me gusta el tomate?”. Y ahondando en los porqués de esas exclusiones, compruebas que no es cosa de alergias, gluten o nada relacionado con la salud, sino que desde pequeños no comen tal o cual cosa porque no les daba la gana. ¡No, no, no! ¡Así no! Yo incluso alguna vez tuve que cazar mi propia comida. Al principio con los mayores, luego ya solo, adentrándome en terrenos que a muchos de vosotros haría que os cagarais encima. Pero esa es otra historia.

En Orfancia tenemos a un niño de ocho años que no quiere comer. Es más: se esfuerza lo indecible por no querer comer. Y no porque no le guste la comida. Al contrario. Le gusta mucho la comida que hace su madre (de hecho es una gran cocinera), y la bollería industrial y las chuches, los pasteles… Si no come es solo porque está convencido de que cuando esté bien gordo sus padres se lo comerán, al igual que cree que el resto de padres se comerán también a sus hijos.

Los padres del protagonista, (en ningún momento se dice su nombre), se las ven y se las desean para que el niño coma. A su lado, los niños de su edad parecen gigantes. Él está débil, pálido, se cansa en seguida y simula comer para que sus padres le dejen en paz. Cuando va a su habitación vomita lo comido con naturalidad. Su padre se avergüenza de él, no deja que se corte el pelo (y le confunden con una niña), para que su delgadez se atenúe algo. El pediatra al que le llevan no sabe qué hacer. “No es posible que un niño de su edad nunca tenga hambre”. Por si fuera poco, en el colegio le acosan, se ríen de él y le pegan.

Anorexia, bulimia, acoso, maltrato animal, violencia, machismo, agresiones, soledad… Y al principio parecía una historia simple, ¿eh?, pero en Orfancia se da todo eso y más. La narración corre a cargo del niño en primera persona a lo largo de los cuatro capítulos titulados como las cuatro estaciones. Es una narración tremendamente dura en muchas ocasiones y a uno le dan ganas de zarandearle, de decirle “¡pero espabila, chaval, espabila!” Zontini se mete tan bien en su mente y consigue empatizar tanto, que nos da pena el chaval porque sufre a diario. Sufre mucho y, lo que es peor, ¡en silencio! Pero, de la misma manera, entendemos también la desesperación de los padres.

La lectura fluye con rapidez, las páginas se leen solas. Cuando lo lees no eres consciente del todo (un poco sí), pero ahora, una vez leído, caes en que has estado leyendo una fábula o, mejor aún, un cuento. Un cuento moderno, pero con toques clásicos. Y al acabarlo, te queda una sensación rara, porque es también un libro raro, muy poco convencional. Tiene un vocabulario sencillo, es ágil, engancha mucho, y se lee con facilidad y rapidez porque estás deseando saber cuánto más va a aguantar el protagonista y el final que puedes intuir a pesar de no darse hasta la última página. Y es entonces cuando ves lo perfectamente estructurado y pensado que ha sido este libro y lo bien que ha plasmado el cambio. Porque este es también un libro sobre el cambio y la pérdida de la inocencia.

Y sobre todo, ese finalazo. Un final que puede interpretarse de varias formas y que merece la pena leer una y otra vez (total, solo es una página). La primera vez que lo lees te quedas estupefacto aunque era uno de los finales que ves como posibles durante la lectura. La segunda vez ves algo que te dice que ese final puede ser el que has interpretado la primera y a la vez puede no ser (final Schrodinger, lo llamo en un derroche de originalidad). La tercera vez, me lo deja claro, aunque me gustaría que hubiera sido el final de la primera lectura.

Un libro duro por el retrato que hace de la infancia, un cuento para niños grandes y un indispensable del 2017.

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Un lugar a donde ir, de María Oruña

Un lugar a donde ir

Un lugar a donde irEn 2015 María Oruña nos sorprendía a todos con Puerto escondido, una buena novela negra ambientada en Cantabria. La historia nos dejaba dos personajes, Valentina Redondo y Oliver Gordon, que bien merecían una continuación de su historia. Pues bien, esa continuación se llama Un lugar a donde ir y vuelve a transportarnos a esos lugares llenos del verdor de las praderas y el azul del mar.

Han pasado seis meses de los hechos ocurridos en la anterior novela, y Suances vive de nuevo en la calma más absoluta. Valentina y Oliver intentan afianzar su relación con ritmo pausado, ella centrándose en sus investigaciones y él en la gestión turística de Villa Marina. Pero esa calma se rompe la mañana en que una misteriosa joven, vestida con atuendo medieval y una moneda antigua en su mano, aparece sin vida en la Mota de Trespalacios, una rara construcción del medievo a pocos kilómetros de Suances. En ese momento se inicia una frenética investigación que arrojará otros sucesos desagradables que pondrán a prueba la valía de la teniente Redondo y el resto de su equipo.

María Oruña no cuenta la historia de un modo lineal. Ella, al igual que hiciera en Puerto escondido, va mezclando el presente con el pasado, estrechando cada vez más el tiempo que separa ambas historias hasta que se juntan en el tan esperado final. En este caso tenemos la historia presente, en la que se trata de desenmarañar quién y por qué ha aparecido un cadáver en tan extrañas circunstancias. Y junto a esta historia, viajamos unos años más atrás para conocer a un grupo de investigadores, aficionados a la espeleología, que buscan encontrar bajo tierra los secretos más ocultos del planeta. Por su parte, esta vez Oliver representa un papel secundario. Sigue buscando a su hermano Guillermo, desaparecido dos años atrás, recibiendo además una visita inesperada.

Muchos son los puntos fuertes de esta historia. María da un paso más allá tanto en la labor de investigación previa, como en la elaboración de los personajes y el desarrollo de la historia. En la historia de los espeleólogos se ven muchas horas de lecturas y documentación previa, ofreciendo al lector datos de gran interés y lugares tan interesantes como el sótano de las golondrinas, en México, maravillas naturales que gracias a Internet tenemos a un solo clic de distancia. También se observa una mejora en la construcción de los personajes, sobre todo el amplio grupo de trabajo que acompaña a Valentina Redondo. El equipo policial y forense se presenta más cercano y familiar, lo que lleva al lector a identificarse mucho más con la historia. Porque una buena novela negra no se construye solo con un buen investigador; debe tener detrás un equipo fuerte de secundarios que lo arropen, como ocurre con las historias de Fred Vargas, por poner un ejemplo. En cuanto al desarrollo de la historia, es fácil engancharse a ella. La información se va desvelando en pequeñas dosis, manteniendo siempre al lector en tensión, haciendo que finalmente las 500 páginas se queden incluso cortas.

En Puerto escondido la autora ya se postulaba como una escritora a tener en cuenta, cosa que queda refrendada tras esta gran historia. María Oruña sabe muy bien qué quiere contar y cómo tiene que hacerlo. En sus páginas se ve una dedicación exclusiva y una pasión por el noble arte de escribir. Lugares mágicos como Santillana del Mar, Suances o Comillas hacen también de Un lugar a donde ir un canto de amor a Cantabria, que ve en esta autora un reclamo perfecto para su turismo. Porque, querido lector, si todavía no conoces ni Cantabria ni a María Oruña… ¡ya estás tardando! Yo mientras tanto, quedo a la espera de nuevas noticias de la autora. No hay dos sin tres. O eso dice el refrán.

César Malagón @malagonc

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Una nueva felicidad, de Curro Cañete

Una nueva felicidad

Una nueva felicidadNunca me han gustado los libros de autoayuda. No me gusta que una persona que no me conoce intente venderme la solución a mis problemas a base de frases prefabricadas y clichés de sobra conocidos. Y aunque no crea en la autoayuda, sí que creo en el poder terapéutico de los libros. Me explico. No creo que un libro de ese género pueda arreglar nuestros males, pero sí que creo que uno puede encontrar la solución a la mayoría de ellos a través de la lectura de determinados libros. Por eso quiero hablaros hoy de Una nueva felicidad, la primera novela de Curro Cañete.

Tuve la suerte de conocer a Curro en el Premio Planeta de este año. Hablándonos de su obra ya nos dijo que era un libro difícil de definir. Y una vez leído, tengo que darle la razón. Explicar qué es Una nueva felicidad no es tarea sencilla. No es una novela al uso, porque aunque hablemos de ficción, cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia, como bien empieza diciendo el autor. No es un libro de autoayuda, aunque su lectura pueda ayudarnos a quitarnos muchos de los miedos que nos cortan las alas diariamente. Tampoco es una historia de amor, aunque historias tan bonitas como la del autor y Chico de Ojos Azules ocupen parte de la trama. Y tampoco es una autobiografía, aunque el autor aproveche para contarnos parte de su vida. Una nueva felicidad es la vida de Curro Cañete, un periodista de éxito que un verano decide aislarse en Lanzarote para escribir su primera novela. Allí descubre de manera fortuita unas poesías escritas por su hermano, muerto diez años atrás. Lo que ocurre en ese verano le hace dar un giro a su vida, dejando atrás todos los miedos e inseguridades que le lastraban y marcándose un nuevo objetivo, buscar la verdadera felicidad, y de paso contarlo en un libro.

“En Playa Blanca descubrí que no me iba a morir. Se cumplió mi deseo. Y precisamente en eso, en el conocimiento de mi no muerte, comenzó mi verdadera vida.”

Hablar de la felicidad es complicado. Quizá todos creamos conocerla, pero muy pocos saben (o pueden) apreciarla en todo su esplendor. Algunos lo reconocerán, y otros probablemente no querrán hacerlo, pero todos tenemos ciertas taras, miedos o defectos que no nos dejan ser realmente felices. Y (casi) todos solemos guardar esas cosas en un cajón, haciéndonos creer que si no lo vemos no nos afecta, cuando sabemos perfectamente que la única forma de derrotar a los miedos es enfrentándonos a ellos. Y no por manida esta frase deja de ser una realidad que nos negamos a afrontar. Todos somos un poco como Curro Cañete; otra cosa es que queramos aceptarlo o no. Y ese es el punto fuerte de Una nueva felicidad, saber que el lector va a encontrar en cualquiera de sus páginas un espejo que refleja sus propias vivencias, o las de sus seres más queridos.

“A esa edad intuí dos cosas que nunca olvidaré: lo que uno desea hacer de corazón no puede ser malo digan lo que digan los demás. Y lo que uno deja de hacer por el miedo al qué dirán es una oportunidad perdida para ser feliz.”

Curro habla en el libro de su infancia, adolescencia y madurez con mucha naturalidad y cercanía, con una narración ágil y rápida que hace de la experiencia lectora un verdadero disfrute. El autor busca la felicidad y se documenta para su libro, y en esa búsqueda conocemos su vida cotidiana, sus amigos y amores, la importancia del Demian de Hermann Hesse en su vida… y sobre todo, nos vemos reflejados en sus vivencias. También conocemos el trabajo periodístico que tuvo que desarrollar para escribir ese libro. Coaches, psicólogos, profesores de yoga y meditación; todos intentan esbozar brevemente qué es la felicidad y cómo se puede conseguir, pero será el propio autor el que tendrá que llegar hasta ella, superando todo obstáculo que se presente.

Volviendo al tema inicial, creo que habiendo libros como Una nueva felicidad no se necesitan libros de autoayuda. Curro Cañete nos regala un canto a la vida, a la libertad y a la valentía. Una historia sencilla sobre los miedos que siempre nos acechan y que no siempre conseguimos vencer. Un libro que desgrana la vida de su autor, pero que refleja historias cotidianas en las que he reconocido a familiares y amigos. Y será a esos familiares y amigos a los que pienso recomendar que lean esta bonita historia. Porque ellos también merecen encontrar la felicidad.

“Consideramos que el cambio es malo porque nos sabe a muerte y a desaparición. Ignoramos que nuestras células cambian siempre y que gracias a ello –al cambio- estamos vivos, permanecemos. El cambio es renovación, una oportunidad. Porque la vida, al fin y al cabo, es siempre un continuo avance hacia delante”

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El carbonero, de Carlos Soto Femenía

el carbonero

el carboneroEl mundo editorial te depara sorpresas cada cierto tiempo. Muchas no son más que campañas de marketing orquestadas por las editoriales, dispuestas a venderte una novela más revistiéndola de algo que luego resulta ser un fraude. De ahí que varios best-sellers de los últimos años tengan más ventas que calidad literaria. Sin embargo, en otras ocasiones, lo que se vende a priori como “Un sorprendente y rotundo descubrimiento literario” termina convirtiendo a esa frase en una gran y sincera verdad. Y eso pasa con una de las últimas novelas de la editorial Destino, El carbonero de Carlos Soto Femenía.

Tenemos en esta historia un noir rural ambientado en Mallorca y cuyos protagonistas, o al menos dos de ellos, desempeñan una profesión ya casi extinta, la de carbonero, oficio por otra parte bastante desconocido, al menos para los urbanitas. La novela la protagoniza Marc, un joven que desempeña este duro oficio junto a su padre en los montes de la Sierra de Tramontana, donde la soledad, la vigilia y el aislamiento forman parte de la vida austera las semanas que dura la quema de la encina. Marc y su padre son el apoyo mutuo que se necesita para subsistir en esas condiciones de vida, y más cuando en un luctuoso suceso ocurrido siete años atrás uno se queda sin madre y el otro sin esposa.

Los dos carboneros están acompañados por sus vecinos Arnau y Aina, hijos de un buhonero que hace de los trapicheos por la isla su modo de vida. Y todo dentro de la propiedad posesión de Joana, una señora a la que un amor pasado la impide desligarse del trabajo de sus vasallos. Con apenas seis personajes, Carlos Soto Femenía construye una historia fuerte, áspera y fría, sin florituras ni regalos al lector. Una historia tan dura como duro es el oficio del carbonero. Una historia donde los silencios cogen más importancia que los diálogos, donde una narración contenida encoge el alma del lector, que ve como la venganza y las deudas que uno contrae a lo largo de su vida son como un mal que nunca se puede llegar a expulsar, aunque uno pretenda con todas sus fuerzas pasar página.

Carlos Soto Femenía venía avalado por las palabras de Lorenzo Silva, y sin duda el apadrinado deja en buen nivel al padrino con esta novela. En El carbonero se nota la dura tarea de documentación sobre los usos y modos de vida del oficio y de los años de posguerra en la isla de Mallorca. Quizá alguno encuentre lento los primeros capítulos, donde se describe con todo detalle cómo se armaba la sitja y como vivían los trabajadores los días que duraba la quema. Pero ese ritmo lento, que no pesado, va in crescendo y evoluciona al ritmo marcado por su protagonista y sus ansias de venganza y nos revela que para hacer una buena novela negra no hace falta revestirla con policías corruptos, detectives huraños o asesinos implacables que no dudan en disparar a las primeras de cambio. No. Para hacer una buena novela negra solo se necesita una buena historia y hurgar en las profundidades del ser humano, allí donde se encuentra lo que somos incapaces de digerir, y donde se cocinan los peores sentimientos. Hasta ese recóndito lugar ha viajado el autor, y gracias a ese viaje uno puede escribir una historia así de buena.

Decía Lorenzo Silva que gracias a esta novela Carlos iba a dejar de ser secreto. Ya nos dijo el autor en la entrevista que tuvimos con él que no estaba muy de acuerdo con ese término. Pero aun así, desconocido o secreto, da igual; lo único claro es que tras leer El carbonero voy a seguir muy de cerca la pista de este escritor.

César Malagón @malagonc