
Fernando Goitia vive en Madrid, es jefe de Actualidad del dominical XL Semanal y ha recibido premios como el Iberoamericano de Periodismo Fernando Lázaro Carreter. Aunque, antes de todo esto, viajó por medio mundo y vivió en lugares como Londres, Río de Janeiro o Nicaragua. La sacudida es su primera novela y condensa sus experiencias cubriendo los estragos del huracán Mitch en Centroamérica. Pero La sacudida es más que eso, es un thriller que va más allá del tópico y se adentra en temas como la amistad, la culpa y la posibilidad de redención.
En Libros y literatura hemos podido entrevistarle y aquí os dejamos el resultado:
1. Al final de la novela adjuntas una nota en la que cuentas cómo surgió el germen de la novela y porqué decidiste escribir sobre el Mitch. Pero quería preguntarte sobre la idea inicial de los personajes. ¿Cómo surgieron Miguel y Julio? ¿Cuándo tuviste clara la historia que querías a contar?
Miguel y Julio nacen al calor de mis obsesiones y fantasmas personales. Miguel es un etarra que traiciona a sus compañeros y huye a América Latina; Julio es un ex guerrillero hondureño-nicaragüense reconvertido en sicario al término de la guerra. Al crearlos y reunirlos fui descubriendo que su aventura me permitía hablar de muchas de las cuestiones que siempre me han interesado. Entre ellas, del País Vasco y de Nicaragua, dos lugares, fundamentales en mi vida, que han sufrido la descomposición individual y colectiva que produce la violencia. La historia, en todo caso, vino definida por los personajes. Ambos surgieron de repente, un día Julio, otro día Miguel, al escribir los dos primeros capítulos de la novela, narrados por cada uno de ellos en primera persona. Aparecieron, visualicé el resto de la historia y todo empezó a encajar.
2. Siguiendo con los personajes. Tus dos protagonistas son muy diferentes. Tienen un origen, un carácter y una biografía dispares. Pero, en el fondo, son dos caras de la misma moneda. ¿Esta confusión entre presa y cazador formaba parte del plan inicial?
Sí, aunque no de una forma tan premeditada. Ambos personajes se inspiran en gentes que he conocido y que han vivido experiencias similares; esa ambivalencia del criminal que se convierte en víctima de sus propios crímenes. A Miguel y a Julio los une, aunque ellos ignoren quién es el otro, su pasado violento; haberse visto empujados a matar por las circunstancias en que crecieron. Acaban por darse cuenta del error que cometieron y de la manipulación de la que fueron objeto, pero ya es demasiado tarde… La pregunta original sería: ¿cómo se las arregla para seguir adelante alguien que ha asesinado a otras personas por motivos ideológicos cuando ya se ha arrepentido o desengañado?
3. ¿Cuál es tu método de escritura? ¿Eres de los que se sientan ante la pantalla sin un plan previo o de los que esquematizan toda la novela?
‘La Sacudida’ es mi primera novela. He aprendido muchas cosas al escribirla, pero, sobre todo, aprendí con ella a escribir una novela. No leí manuales al respecto ni nadie me dijo cómo debía proceder. Me senté y, poco a poco, surgió. Lo primero que tuve claro fue el viaje, el camino que los personajes iban a recorrer: Nicaragua y Honduras arrasados por Mitch. Sabía, por consiguiente, el principio y el final de la ruta. Ya el resto, digamos que me fui dejando llevar por el huracán interior de los personajes. En todo caso, antes de definir la historia, arrancaron muchas otras tramas que no llegaron tan lejos. Ahora, al empezar a preparar la segunda, sin embargo, todo estuvo más definido desde el comienzo.
4. En La sacudida se nota el conocimiento de primera mano de los espacios y las culturas en las que se sitúa la acción, pero también de la desolación que causó el desastre del Mitch. ¿Fue difícil encontrar el equilibrio entre contar lo que viste y mantenerte en la ficción?
La verdad es que no. Yo conocía el paisaje devastado por el Mitch y los testimonios de supervivientes que salpican la narración; los llevaba ya conmigo. Es decir, coloqué a mis personajes en unos escenarios que ya conocía y que deseaba mostrar de un modo mucho más amplio a lo que pude mostrar como periodista. No es que esa parte fuera fácil, digamos, más bien, que fluyó sin muchos problemas.
5. Me ha encantado cómo has logrado diferenciar las voces de los dos personajes que narran la historia: Miguel, vasco, y Julio, nicaragüense. Pese a haber vivido en Nicaragua, ¿tuviste dudas sobre la lengua de Julio?
Me alegra mucho que digas eso, porque creo que esta estructura de dos narradores es una pieza clave de la novela. Nunca tuve dudas sobre ella y, menos aún sobre Julio. Él siempre habló en primera persona y con sus modismos nicaragüenses. Mi fascinación por el habla de la zona en los años que viví allí me fue de gran ayuda. Las dudas, si acaso, surgieron, una vez finalizada, al pensar en su comercialización. «¿Serán estos localismos un obstáculo para el lector?». Es posible. Confío en que, una vez que el lector se familiarice con el español de Julio –porque habla español, no lo olvidemos–, acabe disfrutando tanto de esa riqueza de nuestro idioma como lo hice yo al escribir ‘La Sacudida’.
6. Aunque periodistas y escritores comparten muchas herramientas y técnicas, escribir ficción y no ficción debe de ser muy diferente. ¿Cómo viviste el paso a escribir una novela de 360 páginas?
Como un aprendizaje hacia nuevos caminos en mi forma de escribir. La novela ofrece libertad a la imaginación –algo que jamás debes aplicar al periodismo– y un laboratorio inmenso para experimentar con el lenguaje. Eres libre de hacer lo que quieras: estilos, estructuras, diálogos, descripciones…, y esa experimentación alimenta tu escritura, escribas lo que escribas. Por otro lado, el libro tiene también un componente periodístico, ya que la acción se desarrolla en una especie de cobertura novelada del desastre, coqueteando muy de soslayo con el reportaje cuando así le conviene al desarrollo de los personajes.
7. En la novela se habla mucho de libros, se menciona a autores como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa o Vázquez Montalbán. ¿Cuáles son tus referentes a la hora de escribir La sacudida?
Nunca pensé en referencias concretas, pero hay tres libros que han causado un especial impacto en mi vida: El asesino dentro de mí, de Jim Thompson; El ruido y la furia, de William Faulkner, y Conversación en la catedral de Mario Vargas Llosa. Son novelas demoledoras y escritas sin miedo, tanto en el uso del lenguaje y la técnica narrativa como en su temática. La lista de mis libros fascinantes es larga y abarca varias épocas y países, pero estos tres siempre los tuve en un rincón aparte.
8. La novela es un thriller y también un road trip. ¿Mientras escribías te planteabas que estabas haciendo un thriller o preferías no pensar en el género?
Puede que la estructura beba mucho del thriller, pero esto deriva del desarrollo de la acción más que de una intención literaria. Al escribir, pensaba en el género, sin duda, en cómo resolver los enfrentamientos latentes en la trama y en cómo culminaría la huida de los protagonistas, pero la novela cuenta, sobre todo la historia de estos dos personajes –afines y antagónicos, a un tiempo– y la relación que se establece entre ellos.
9. ¿Tienes algún otro proyecto de ficción en marcha? ¿Algo que se pueda contar?
Como te decía estoy escribiendo una segunda novela, aunque está en un estado primigenio. Años 60 y años 30, País Vasco y procesos de descolonización en el Tercer Mundo, una familia partida por la política… Vaya, creo que ya te he contado demasiado, jajaja…


Hay novelas que te muestran tu propia realidad y hay novelas que te hacen viajar. Algunas logran las dos cosas. Este es el caso de La sacudida, la novela debut del periodista Fernando Goitia con la que viajamos a Centroamérica y al mismo tiempo nos quedamos muy cerca de casa.
El 


No sé qué tiene el mundo de la Antigua Roma que me fascina tanto. Será la belleza de su contexto o la solemnidad con la que vivían el día a día. Tanto llegó a apasionarme, que cuando tuve que decidir qué asignaturas cursar en bachillerato, no dudé ni por un segundo que una de ellas iba a ser Latín. Mi curiosidad por esta época también se pone de manifiesto en el hecho de que, a punto de terminar la carrera de Derecho, no se me ha ocurrido una idea mejor que enfrascarme en un trabajo de fin de grado de Derecho Romano (puedo ver a todos los que hayan estudiado mi carrera echándose las manos a la cabeza). En realidad, creo que lo que más me asombra es el misticismo oculto detrás de los dioses que veneraban; ese politeísmo cargado de mitología e historias fascinantes que hacen que siempre quiera saber más sobre aquella época. Pero, aunque me guste tanto la Antigua Roma, tengo que confesar que nunca había leído una novela que la tuviera como contexto. Sí que me he topado con unos cuantos libros sobre mitología, pero jamás uno que tuviera el formato de novela. Así que me daba un poco de miedo enfrentarme a este libro, ya que yo no soy mucho de 
Siempre he sido un poco detractor de ciertas modas que, a mí, me parecen una pérdida de tiempo. Creo necesario empezar con esta frase para que aquel que lea la reseña pueda entender el cambio de registro que, a veces, los libros nos pueden llegar a hacer evidente. Hace unos años, la moda de los libros para colorear empezó a inundar las librerías y no fueron pocos los que se encontraron, de la noche a la mañana, con baldas e incluso secciones enteras de aquellos libros donde este tipo de publicaciones ocupaban un puesto de honor. De esa moda nació, en cierta forma, mi reticencia a este tipo de libros que no dejan de apelar a un espíritu nostálgico para todos aquellos que, como yo, ya llevábamos tiempo, y desde bien pequeños, coloreando libros por el simple hecho de divertirnos. Después llegó la terapia a través del color y ya todo cambió. Colortronic, como nueva publicación de este tipo de libros, es muy posible que no guarde en su interior un espíritu novedoso ni un concepto completamente diferente a lo que ya estamos acostumbrados, pero lo que sí nos propone es obtener unos resultados cuanto menos curiosos. Ya he dicho al principio de esta introducción que yo, las modas que intentan meterme por los ojos todo lo posible su compra tienden a caer en saco roto conmigo, pero resulta que la creación de Shannon Kirk ha conseguido que me siente, que pinte, que coloree y que, en definitiva, contemple el tiempo desde otra perspectiva y, si se me permite la licencia, desde otro tipo de arte. Ahora entenderéis por qué.


Yo no soy escritora como habréis notado ya. Solo soy una lectora empedernida que intento humildemente explicar las sensaciones que me han transmitido los libros que caen en mis manos. No tengo ninguna autoridad para decir que algo está bien escrito o no. Solo tengo mucha página leída y un gran respeto por los escritores y por su arte con la escritura. Porque escribir es eso: un arte. El arte nos enriquece el alma y el espíritu, es un alimento esencial para nuestro mundo interior. En estos tiempos revueltos, de crisis, el arte puede ser un escape, un viento refrescante, una reconciliación con el mundo. La belleza sigue ahí, en una pintura, en una melodía, en unas páginas.
Prometo que yo no soy seguidor de los Juegos Olímpicos. De hecho, me he ganado más de una bronca con mis conocidos por decir que no estaba viendo ninguna de las pruebas. Y digo esto porque parece que, en mi vida lectora, están entrando lecturas sobre los juegos un día sí y otro también. Hace poco fue la reedición de Asterix y Obélix y los Juegos Olímpicos y hoy le toca el turno a Mortadelo y Filemón: Río 2016. Y como ya dije anteriormente soy un seguidor de estos dos agentes desde que no levantaba casi ni dos palmos del suelo. Creo que fueron los primeros tebeos – cuando todavía se llamaban tebeos – que cayeron en mis manos y recuerdo esas tardes, ya fueran veraniegas o invernales, donde iba pasando las páginas y me reía a carcajada limpia con lo que podían ofrecerme esos dos personajes. Hoy, con el paso del tiempo, es cierto que la carcajada ha bajado de intensidad, pero siguen pareciéndome unas historias que manejan el humor a la perfección y que saben trasladar a las viñetas muchas de las cosas que están pasando a nuestro alrededor. Ahora le ha tocado el turno a los Juegos Olímpicos, y estoy seguro que en la próxima publicación tendrá mucho que ver con lo que la actualidad nos depare. De momento, y atendiendo a la espera, vayamos con un poco de deporte…


Zancadas que le ganan la carrera a esos quilos de más. Grasa que merma de forma gradual. Corazón que bombea sangre oxigenada. Cuádriceps, abductores y gemelos que se tensan y endurecen para dejar atrás el contemporáneo monstruo del estrés nacido de las entrañas de un trabajo demasiado absorbente. Zancada corta, frecuencia alta. Mejora de la técnica para evitar lesiones. La frente perlada de sudor, las zapatillas cargadas de kilómetros, los pulmones susurrando y el polvo del camino ocultando tus huellas, es lo último que ve esa ansiedad de tomarse la vida muy a pecho antes de que le des esquinazo. Sigue corriendo. Sigue añadiéndole kilómetros a tus piernas. Supera los miedos, completa carreras, lucha contra el cronómetro, alcanza retos… ¿Y luego qué? ¿Por qué seguimos corriendo? ¿Por qué continuamos madrugando para trotar haga frío o calor, nieve o truene? ¿Por qué ropajes de colores estridentes y fosforito? ¿Por qué si ayer recorriste ese camino irregular abarrotado de piedras, raíces y nubes de mosquitos que vuelan hasta tu garganta hoy decides que es una buena idea calcar tus pasos, pero con más rapidez? ¿Por qué decides, insensato, que un agosto a las once de la mañana es un momento espléndido para empezar una media maratón? Subir más de 600 escaleras corriendo, ¿por qué? En definitiva: ¿por qué corremos?
