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Fire!!, de Peter Bagge

Fire!!

Fire!!Como la mejor literatura, la novela gráfica no sólo nos ayuda a conocer el mundo, sino que, con cada vez mayor frecuencia, resucita a extraordinarios personajes como La virgen roja, La familia Carter o como la de hoy, cubiertos de un aura de leyenda y que son, como se dice en inglés, “más grandes que la vida”.

Acercaos a vuestra librería de cabecera y preguntad al librero por Zora Neale Hurston. Probad luego en la librería más grande de la ciudad, y a continuación paseaos por la red de bibliotecas públicas. Como último recurso, preguntad a vuestro  compañero de trabajo, ése que se jacta de haberlo leído todo, qué sabe de la señora Hurston. A lo sumo, le sonará vagamente el nombre y pensará, como pensaba servidor, que se trata de una activista, de una exploradora, de la Primera Ministra de Jamaica o de una nueva sospechosa del asesinato de JFK. A estas alturas, ya os habréis convencido de que nuestra amiga no ha gozado nunca del favor de nuestras editoriales, lo cual es una pena, porque, después de leer esta excelente Fire!!, se le despierta a uno ese apetito lector que sólo puede saciarse con un libro de esta autora.

Nacida en 1891, nieta de esclavos e hija de un aparcero y una maestra, la pequeña Zora era una niña de armas tomar. Ya en la primera página vemos que la ciudad de Eatonville, en Florida, una de las primeras “ciudades negras” de los Estados Unidos, le quedaba pequeña a nuestra heroína, que soñaba con ir a sitios e intenta montarse en un carromato que la lleve hasta el horizonte.

No obstante, lo cierto es que, por muy asfixiante que pudiera ser a ratos aquella ciudad, Zora siempre se sintió allí como en su casa, escuchando las increíbles historias que, sentado en el porche de su tienda, contaba a la parroquia el tendero Joe Clarke. En esas historias, donde se mezclan la Biblia y la fantasía, así como en el inconfundible y, a menudo, casi ininteligible dialecto de los afroamericanos del sur, encontramos algunos de los rasgos más distintivos de la futura obra de Hurston.

Hurston fue, sin duda, una mujer excepcional y el retrato que de ella hace Peter Bagge nos muestra a una persona que nunca se dejó encasillar y que nunca se amoldó a lo que la sociedad y, en particular, sus “hermanos” esperaban y hasta exigían de ella. A saber, Hurston rechazaba escribir sobre el tema racial y se distanciaba así de los principios del Renacimiento de Harlem, movimiento artístico que aspiraba a “elevar” la raza. ¿Se debe ello a que, habiendo crecido en una “ciudad negra”, Hurston apenas conoció los conflictos raciales? Bagge, que hace gala de una documentación enciclopédica, nos da a entender que semejante lógica sería demasiado simple para una persona tan compleja como nuestra autora. Hurston, de hecho, calificó a los escritores del Renacimiento de Harlem como la “lloriqueante escuela de negritud”, y subrayó que ella había dejado de pensar en términos de raza y pensaba tan sólo en personas. Algunos no le perdonarían nunca esa presunta traición, y no cuesta imaginar el trato que le darían los de siempre en la actual tiranía de lo politicorrecto,

La novela, que nos lleva desde la infancia de Hurston hasta su muerte, tiene un ritmo absolutamente endiablado, y por sus apasionantes páginas vemos pasar amantes, artistas, mecenas, esclavos (¡en los años 30!), ceremonias de vudú y hasta un auténtico zombi. Con unas ilustraciones coloridas y unos retratos al límite de la caricatura, Bagge nos ofrece una galería de personajes redondos, frescos, divertidos, y una protagonista a la que no le falta una sola imperfección. Creo que si conociera a Zora Neale Hurston, me aseguraría bien de no hacerla enfadar.

Y aunque, como señalaba al principio, os costará encontrar algo con que saciar la sed de lecturas de Hurston, Fire!! trae de propina más de treinta páginas de notas y fotografías explicándonos los detalles de prácticamente todas y cada una de las viñetas. ¡A disfrutar!

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Opiniones contundentes, de Vladimir Nabokov

Opiniones contundentes

Opiniones contundentesLeemos por placer, dicen algunos. Y supongo que es cierto. Ese tipo de lector que se siente tan feliz en compañía de familia, amigos o amante, que al final, desesperado, tiene que levantarse y salir de la habitación para coger un libro, abrirlo, dejar entrar un soplo de mal rollo en su vida y recordar que todo es vanidad, no es el tipo de lector que más abunda. Aunque, no os quepa duda, haberlos, haylos.

Existe otro tipo de lector. Este también lee por placer, por descontado, pero, a diferencia de aquéllos que buscan un autor al que tutear, un narrador con el que se identifiquen y unas aventuras o sueños cercanos a los suyos, este lector encuentra el placer en un autor distante, con el que no tenga nada en común y que le hable de asuntos que jamás hubiera considerado de su interés. Cuando nuestro lector encuentra a un autor así, se entrega a él en cuerpo y alma, ve transformado su concepto de la literatura y recibe de buen grado el majestuoso desdén de su nuevo amo y  señor.

Así que ya lo sabes: si a ti te gusta un autor con el que te puedas identificar, yo me enorgullezco de que Vladimir Nabokov me llame ignorante. Y lo hace a las primeras de cambio:

Sólo cierto tipo de personas ignorantes mueven los labios al leer o reflexionar.

¡Y yo que pensaba que, al contrario, me hacía parecer más inteligente! Pero servidor es sólo el primero de los títeres que nuestro genial autor decapita. Aquí no se libra nadie. Vayamos por pasos.

Opiniones contundentes tiene un título sobradamente explícito, aunque habría que señalar que falta la palabra “razonadas”. Porque para opiniones contundentes, las mías (y si no, que se lo pregunten a mis enemigos de facebook), pero saber defender esas opiniones con argumentos y elegancia, ah, ahí ya no llego yo.

El libro consta, en su primera parte, de una serie de entrevistas concedidas por el autor, a lo largo de diez años (de 1962 a 1972), a medios tan diversos como Time, la BBC, la Radio Suiza, Vogue o Playboy. En estas entrevistas disfrutamos de la primera gran, enorme, virtud de Nabokov: su falta de espontaneidad. Así, a diferencia de tanto pánfilo que responde a una pregunta estúpida con la primera sandez que le viene a la cabeza, Nabokov siempre exigía que le entregaran las preguntas con anterioridad, para así poder preparar con tiempo suficiente la respuesta de aquéllas que se dignara responder. Naturalmente, dichas entrevistas son un auténtico deleite para el lector. Y en ellas, el bueno de Vladimir se despacha a gusto.

Entre sus fobias no literarias destacan “el jazz, el cretino de medias blancas que tortura a un toro negro (…); el bric-à-brac de los abstractos; las máscaras rituales primitivas; las escuelas progresistas; la música en los supermercados; las piscinas; los brutos, los pesados, los filisteos con conciencia de clase; Freud, Marx o los falsos pensadores”, entre otros.

Huelga decir que nuestro amigo rechazaba el encasillamiento en un grupo o movimiento literario. La literatura, en opinión de Nabokov, no conoce corrientes, grupos ni generaciones. Sólo existe el artista y su obra. Despreciaba la impostura, la pomposidad, las grandes ideas, las novelas repletas de símbolos y, sobre todo, la literatura con una función social. Califica como necia la Muerte en Venecia, de Thomas Mann; El doctor Zhivago, melodramática y mal escrita; y define las novelas de Faulkner como “crónicas con barbas de maíz”. Se ríe de esos autores que afirman que, al escribir, uno de sus personajes se apodera de ellos y les dicta el curso de la acción. !Qué experiencia tan absurda”; observa, para añadir que, en su relación con sus personajes, él es “un perfecto dictador dentro de ese mundo privado”. Es decir, mi libro lo escribo yo con mi mente, mi mano y mi lápiz. Patochadas pseudorománticas, no por favor.

Después de las entrevistas vienen las cartas hundidoras, que el autor escribía a los medios cada vez que sentía que no podía dejarse sin respuesta la última necedad del criticastro de turno. Nos dice Nabokov que él podía aceptar todo tipo de críticas, pero no toleraba que nadie pusiera en cuestión su erudición. Como veis, aquí no hay falsa modestia. Y si la réplica que dispara requiere que el autor se enemiste con un antiguo amigo, pues todo sea por el bien del arte y la verdad.

La tercera parte de Opiniones contundentes consta de una serie de artículos que abarcan desde su obra más conocida, Lolita, o la poesía de Jodásievich hasta su primera gran pasión, por encima incluso de la literatura: las mariposas.

Nabokov no sería hoy un personaje querido por los medios. La despiadada crítica a la estupidez, la fatuidad, los lugares comunes, la tradición académica establecida, y en fin, todo  intento de diluir el pensamiento del artista en el intragable potaje de las corrientes, los movimientos, las “Declaraciones”, los manifiestos y la voz del pueblo harían de él una persona no ya incómoda, sino odiada. Por eso, por sus novelas, por esta joya tan contundente y por llamarme ignorante, siento por él admiración infinita.

 

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El carterista 2, de Kazuo Koike y Goseki Kojima

El carterista 2

El carterista 2Pobre, pero honrado, se decía antaño. Pues bien, como vimos en la primera parte de El carterista, nuestro héroe Ankuro es ladrón, carterista, para más señas. Pero honrado. Y como servidor también lo es, os advierto de que, para hablar de la segunda parte de este clásico del manga, tendré que desvelaros algo de la primera. ¿Trato hecho? Bien, pues más os vale respetarlo, si no queréis que os parta los dedos uno a uno, u os obligue a saltar al río con una lápida a los pies y las manos atadas con tallos secos de boniato.

La imagen que tenemos de los japoneses es la de un pueblo trabajador, eficiente y perfectamente organizado. También así sus carteristas, cuyos jefes, por lo menos en el Japón del s. XIX, llevan un escrupuloso registro de todos los miembros de su banda. Veíamos cómo en la primera parte, Ankuro, preparando su venganza, conseguía hacerse con los nombres de aquéllos que destrozaron su vida y se ponía manos a la obra. Sute el Tambaleante era el primero en caer, y el lector da por supuesto que la segunda parte le mostrará el destino del resto de la banda, entre los que se encuentran Kichi el Mojacamas, Tadasu el Dormilón y Bankaku el Ciego. Y así lo hace, pero no sin antes deleitarnos con pequeñas digresiones en forma de historias y aventuras. Una de ellas es, sin duda, la del diamante, que, por su estructura y su divertido y escatológico final, nos hace pensar en El Decamerón o Los cuentos de Canterbury. Sin embargo, si queremos buscar obras que pudieran estar relacionadas con El carterista 2, habría que pensar en el cine, y más concretamente, en ese subgénero que podríamos denominar “películas de venganza”. Y pensad que, aunque los primeros títulos que os vengan a la cabeza puedan indicaros lo contrario, lo cierto es que el cine de venganza al que nos remite esta obra es el gran cine, el de Sin perdón Malditos bastardos.

Ankuro, decíamos más arriba, es carterista pero honrado. Su código de honor le impide robar vidas (venganzas aparte), y siempre da a su rival la oportunidad de derrotarlo y ganarse su perdón en relativamente noble lid. Su confianza en su propia agilidad, ingenio y habilidades prestidigitadoras le llevan a asumir riesgos que le ponen al borde de la muerte o, en una ocasión, al borde de la castración.

Y ya que hablamos de las regiones bajas, ¿qué me decís de la lectura de vaginas? En uno de sus geniales y genitales golpes de astucia, Ankuro se presenta como un itinerante rasurador púbico, que hay que decir que era una profesión tan respetable como necesaria, por razones higiénicas, en aquel mundo de hampa y prostitución. Así, aparte de mostrar una rara habilidad para dejarles el monte de Fuji suave como el culo de un bebé, nuestro héroe deja pasmados a mujeres y sus cornudos maridos con su capacidad de leer toda su vida pasada y futura en el rincón más recóndito de su anatomía. Estamos, como veis, ante otro episodio que parece sacado de las descaradas aventuras recogidas por Bocaccio.

El carterista 2, pues, pese a inscribirse en la tradición de la literatura de samuráis y ronins, bebe, como tantos otros mangas quintaesencialmente japoneses, de numerosas fuentes tanto orientales como occidentales, tanto clásicas como contemporáneas, y nos brinda una historia sobre honor, justicia y destino, repleta de acción, violencia, y refinada crueldad, con toques de erotismo y humor. Vamos, que lo tiene todo. Manga.

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Sky Hawk, de Jiro Taniguchi

Sky Hawk

Sky HawkÉrase una vez dos samuráis en el Far West… En más de una ocasión he señalado que el manga no conoce los límites en lo que respecta al género, al estilo, al argumento o a la creatividad. Eso sí, crear un manga que nos hable de las andanzas de dos guerreros japoneses viviendo con los sioux, en tierras de Dakota del Norte, enfrentándose a los bandoleros, los buscadores de oro y, por último, al ejército de los Estados Unidos, y conseguir que la historia sea no sólo interesante y emocionante, sino además absolutamente creíble, eso está al alcance únicamente del más grande mangaka: Jiro Taniguchi, por supuesto.

En honor a la verdad, la presencia de samuráis en América no es fruto de la imaginación de Taniguchi, sino que se trata de un hecho absolutamente verídico. A raíz de la derrota que sufrieron en la guerra civil japonesa de 1868-9, un grupo de cuarenta miembros del clan Aizu se embarcaron en el barco de vapor China y partieron rumbo a San Francisco. Entre ellos sitúa el autor a Hikozaburo Shoma y Manzo Shiotsu, dos personajes ficticios que acercan Sky Hawk, obra escrupulosamente documentada, a la novela histórica.

Al poco de llegar a California, nuestros héroes son víctimas de explotación y timos, y su aventura en búsqueda de oro se ve frustrada en el momento mismo en que da comienzo. Un día, mientras está cazando, Hikozaburo se encuentra con una joven india que acaba de dar a luz y a la que persiguen unos cazarrecompensas. Hikozaburo la lleva a la cabaña que comparte con Manzo y empieza así su nueva vida, cuando, tras defender a Ciervo Saltarín, como se llama la joven, son recibidos con grandes honores por la tribu de los Oglala Sioux, que los invitan a establecerse con ellos.

Fuertemente influido por algunos clásicos del cine, Taniguchi nos regala aquí un western de los grandes, al tiempo que nos cuenta la lenta pero implacable persecución que el gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo contra los nativos hasta recluirlos en reservas y convertirlos en poco más que piezas de museo. Mediante acuerdos que eran sistemáticamente violados, el exterminio de millones de bisontes, la invasión de sus tierras en busca de oro y la construcción del ferrocarril a través de territorios sagrados para ellos, los sioux y otras tribus nativas se enfrentaban a la destrucción de su forma de vida. Sin nada que perder, sólo les quedaba luchar hasta la muerte. Y nuestros samuráis, tras adoptar los nombres de Lobo del Viento y Halcón del cielo, les ayudarán en la empresa.

El Taniguchi de Sky Hawk es, por una parte, el autor sereno y meditativo que conocemos, un hombre que, como sus personajes, huye de una sociedad violenta y materialista, y se refugia en la comunión espiritual con la naturaleza. Por otra parte, no obstante, tenemos un Taniguchi que nos sorprende con escenas de acción extremadamente violentas, en las que vemos cómo el jiu-jitsu y las katanas causan estragos entre las tropas del general Custer.

Mientras entre épicas batallas, escaramuzas, amores, traiciones y matanzas, la historia se aproxima a su clímax, la histórica batalla de Little Big Horn, el lector se pregunta por el pasado de Halcón y Lobo. ¿Qué han sacrificado? ¿Qué tuvieron que dejar atrás? Por momentos echamos de menos un fugaz viaje al pasado, hasta que nos damos cuenta de que, en realidad, ese vistazo al pasado hubiera desviado el objetivo principal del autor: llevar el western al manga. Taniguchi se inspiró para ello en clásicos del oeste como Un hombre llamado Caballo, Bailando con lobos o El último mohicano entre otras, es decir historias en las que el protagonista renuncia a la presunta civilización y decide empezar una nueva vida entre los nativos, adoptando sus valores, creencias y costumbres. Cuando esa renuncia es sincera, no se puede volver la vista atrás, caminante.

Miremos, por tanto, al negro futuro y al conocido desenlace de la guerra entre los sioux y el ejército de los EEUU, pero sin perder del todo la fe. Taniguchi, que siempre tuvo una visión esperanzada del mundo, nos reserva una pequeña y exquisita sorpresa en la última página de esta excelente Sky Hawk. Manga, novela histórica y pequeño gran clásico del western.

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Hotel Harbour View, de Jiro Taniguchi y Natsuo Sekikawa

Hotel Harbour View

Hotel Harbour ViewCualquier libro en el que figure el nombre de Jiro Taniguchi es tentación, obligación y motivo de jolgorio para el lector de manga. Esto sucede no sólo con las historias creadas por este gigantesco artista, sino también, como en el libro que hoy os traigo, con aquéllas en las que Taniguchi presta su inconfundible dibujo a otro guionista.

Hotel Harbour View es una colección de historias con guión de Natsuo Sekikawa e ilustrado por nuestro mangaka favorito. En su primera edición, hace ya unos cuantos años, constaba tan sólo de dos historias, pero en esta nueva edición, de manera muy acertada, Planeta Cómic ha includido otras tres para brindarnos un extraño y fascinante híbrido entre el manga y la novela negra.

Esta extrañeza y fascinación nos asalta desde la primera historia, “Good-Luck City”, poética, experimental y misteriosa, con páginas divididas en alargadas viñetas verticales y el enigmático texto en la parte inferior. Los autores creen necesario justificar la inclusión de esta historia inconclusa, pero a este lector se le antoja que esas últimas viñetas ya sin color, y ese personaje a punto de cruzar el río son el mejor y el único final posible para esos preciosos desvaríos.

Con sus pistoleros, prostitutas y hoteluchos de mala muerte, “Good-Luck City”, además, marca perfectamente el tono de todo el volumen. Así, en la segunda historia, que da título al libro y se abre con una impresionante escena y una espectacular vista de Hong-Kong, nos encontramos con un hombre que se prepara para enfrentarse con su futuro asesino. Esta historia tan oscura alcanza su clímax con otra inolvidable escena en la que es inevitable acordarse de aquella obra maestra del cine negro que era  La dama de Shanghai.

Para continuar la fiesta, dejamos atrás Hong-Kong y nos dirigimos a Caracas, donde transcurre “El restaurante de la calle de Los Niños Perdidos”, otra historia oscura que da comienzo en la morgue y nos conduce por una ciudad que “apesta a gasolina, meados y colonia demasiado fuerte”. En su clase de español, el protagonista aprendió a decir “la sangre es roja”, y al final de la historia, para dar fe de ello, las viñetas cobran un color cada vez más intenso que casi estalla en una viñeta a doble página que parece pintada al óleo.

“Brief encounter” es el título de un clásico del melodrama que nos contaba, allá por los años cuarenta, la historia de un amor imposible. Desconozco si los autores estaban pensando en ella al escribir esta historia, pero lo cierto es que aquí la novela negra introduce el motivo de ese amor que todos tuvimos un día y que, precisamente por imposible, nos negamos a olvidar.

La propina es “Un asesinato tokiota”, una visión del submundo de la mafia yakuza a través de los ojos de un extranjero. Muerte, cuerpos tatuados, katanas y, de nuevo, un asesinato anunciado.

Hotel Harbour View es, en suma, otra demostración de que no hay género literario fuera del alcance del manga, en este caso bendecida, además, por el genio ilustrador de Jiro Taniguchi.

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La familia Carter, de Frank M. Young y David Lasky

La familia Carter

La familia CarterDentro mismo de los Estados Unidos, los Montes Apalaches son un mundo aparte. Se trata de una región remota en la que, al decir de los estereotipos, no viven, aparte de osos y mapaches, más que familias incestuosas y granjeros solitarios que disparan primero y echan un trago de whisky casero después.

Este estereotipo, que hoy en día sigue vigente, arraigó con fuerza en el siglo XIX, y pueden verse trazas de su más cínico apogeo en esta extraordinaria La familia Carter, que nos narra los avatares de una humilde familia de granjeros que marcó la música norteamericana del siglo XX. Y si no, preguntadle a Woody Guthrie, Johnny Cash, o Bob Dylan entre otros, qué habría sido de ellos si, una buena mañana de 1914, un incompetente vendedor de manzanos ambulante llamado Alvin Pleasant Carter no hubiera oído cantar, por una de esas casualidades de la vida, a la bella Sara Dougherty. Con aquel encuentro el destino puso la primera piedra de una saga familiar que, con pasmosa maestría, desenfado y exquisita sensibilidad, nos presentan el escritor Frank M Young y el ilustrador David Lasky.

La historia que tenemos en las manos, en impecable edición de Impedimenta, abarca mucho más que las vicisitudes de una familia de músicos. En primer lugar, se me ocurre, La familia Carter es una visión diferente del sueño americano, ese ideal según el cual uno puede,  mediante el trabajo duro, salir de la miseria y alcanzar la prosperidad para sí mismo y para su familia. Trabajaron duro, sin duda, los Carter, en especial Alvin Pleasant, A.P. para los amigos, quien, en una empresa comparable a la de nuestro Menéndez Pidal, se pateó hasta el último rincón de los Apalaches y más allá con el fin de recoger melodías y canciones de boca de abuelas nonagenarias, melodías que, de otra manera, se hubieran perdido para siempre. Muchas de esas piezas musicales provenían, en última instancia, de las verdes y lluviosas colinas de Escocia y el Ulster, lugar de procedencia de muchos de los primeros europeos que se instalaron en la zona en busca de tierras.

Poco a poco, empieza a correr la voz sobre el talento de esa familia, y paso a paso, de concierto en concierto, los Carter van haciéndose un nombre en la zona, hasta que por fin les llega la gran oportunidad: el cazatalentos y productor musical Ralph Peer se fija en ellos y realiza una serie de grabaciones que se convertirán en su trampolín a la leyenda. Con canciones como ésta:

Así, mientras por un lado tenemos la historia de una familia sencilla lanzada al mundo del espectáculo, un mundo para el que no está preparada y en el que nunca se siente a gusto, por otro tenemos el apasionante retrato del desarrollo de la industria musical. Vemos a A.P. maravillado ante un gramófono y asistimos a sesiones de grabación, donde, como pulpos en un garaje, los Carter, habituados al calor del público, se ven obligados a repetir una pieza hasta la extenuación para recibir como toda recompensa el mudo reconocimiento de un cuerno que recoge el sonido (más tarde llegará la nueva sensación: el micrófono). Asistimos también a las sesiones fotográficas, en las que se manifiestan en todo su esplendor los estereotipos mencionados más arriba. Los Carter, que se han arreglado, lucen sus mejores ropas y se han lustrado los zapatos, tienen que volver a ponerse sus gastadas ropas de trabajo y posar, azada en mano, junto a la letrina. “Son ustedes cantantes rústicos -les dice el fotógrafo- y tienen que parecerlo”.

Y aún hay más. Conocemos a una auténtica leyenda del blues llamada Lesley Riddle, hombre de memoria prodigiosa al que le bastaba escuchar cualquier melodía una sola vez para poder recordarla. Riddle, que aprendió a tocar la guitarra mientras se recuperaba de un accidente de trabajo en el que perdió la pierna, se convirtió en el mejor amigo de A.P., a quien además prestó una ayuda preciosa en su incesante búsqueda de material para nuevas grabaciones. Fijaos qué pequeña maravilla:

El estilo de las ilustraciones de David Lasky no podía ser más acertado para el tipo de historia que se nos cuenta. Se trata de un estilo realista y centrado en los personajes, sencillo, sin espectaculares alardes que alejen el foco del aspecto humano, ni con excesivos detalles que nos hagan perder la visión general del conflicto entre la familia y el mundo del espectáculo. Y cuando hay que romper con la tradición clásica, pues se rompe, como en esas breves escenas en blanco y negro, tan cinematográficas, que imprimen a la historia el ritmo acelerado de una vida que se escapa de las manos de los personajes.

En definitiva, La familia Carter es una excelente novela gráfica con la que pasaréis un rato estupendo, pero con la que, cuidado, corréis el riesgo de convertiros en unos auténticos hillbilies.

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Cuerpo humano, de Steve Parker y Andrew Baker

Cuerpo humano

Cuerpo humanoSe calcula que, si todos los músculos del cuerpo pudieran trabajar a la vez, podrían levantar un peso equivalente al de tres elefantes. Y además, africanos. También se calcula que el cuerpo humano contiene suficiente fósforo para hacer 20.000 cerillas. Y un dato que me sorprende bastante menos: el músculo más fuerte para su tamaño es el masetero, que es el que utilizamos para morder y masticar.

Cuerpo humano está repleto de curiosidades, pero no es en absoluto uno de esos libros que consisten en una colección de anécdotas seguida de una serie de trivialidades para dar paso a una recopilación de datos irrelevantes. El subtítulo, Una guía ilustrada de nuestra anatomía, nos da una idea más aproximada del contenido, aunque quizá sea el título original en inglés el que más nos revele qué hace de este libro algo especial. Hélo aquí: Body, the infographic book of us, es decir, que, a diferencia de las guías y enciclopedias de toda la vida, con fotos  e ilustraciones siempre lo más realistas posible, Cuerpo humano nos muestra lo que somos a través de infografías.

¿Y por qué va a ser mejor aprender con infografías que con fotografías o con las habituales ilustraciones? Pues ni mejor ni peor, pero sí mucho más claro y fácil de captar a primera vista. Estamos en la era del PowerPoint y del Prezi, y cualquiera que quiera hacer llegar cierta información al público de manera rápida, clara y sencilla, sabe que en una obra de divulgación, dirigida al gran público y no al lector especializado, los esquemas, diagramas y gráficos son, en ocasiones, el medio más eficaz de transmitir dicha información.

Otra de las grandes diferencias entre Cuerpo humano y los libros de anatomía tradicionales podemos encontrarla en el índice. Así, en lugar de esos capítulos, de todos conocidos, titulados “el sistema nervioso”, “digestivo” o “el aparato muscular”, la obra de Steve Parker y Andrew Baker opta por clasificar la información de un modo más global, en el que el cuerpo no es una máquina o un conjunto de engranajes, sino que, más bien, forma parte de un todo que va desde las partículas químicas que lo constituyen a la relación que establecemos con el mundo que nos rodea.

A modo de ejemplo, tomemos el primer capítulo, “El cuerpo físico”, cuya sección “Con la cabeza alta” nos muestra la evolución de la altura de los seres humanos a lo largo de los siglos y en diferentes partes del mundo, así como las posibles causas de dicho desarrollo. En la sección “Es hora de…”, del capítulo “El cuerpo pensante”, podemos ver otro ejemplo de ello. Esta sección se ocupa del reloj biológico de nuestro cuerpo, y nos explica el modo en que la temperatura ambiente o la luz influyen en la sincronización de ese reloj con nuestros sistemas hormonales o endocrinos.

Los otros capítulos, que van desde “El cuerpo químico” hasta “El cuerpo médico”, pasando por el “genético”, el “sensorial”, el “coordinado” o el “creciente”, son igualmente interesantes y amenos y están siempre explicados con apabullante claridad.

En definitiva, un libro excelente para consultar, para aprender y para curiosear, y en el que siempre descubrimos algo nuevo.

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Ayako 2, de Osamu Tezuka

Ayako 2

Ayako 2Un autor de cabecera es, según el diccionario, aquél por el que se manifiesta preferencia y que se lee con frecuencia. El  origen de la expresión se encuentra en la cabecera de la cama, que es donde algunos, supongo, ponen sus libros favoritos o, sencillamente, aquéllos más conducentes a tener un sueño dulce y reparador. Dado que mis autores favoritos provocan sueños más bien tormentosos, nunca los coloco a la cabecera de la cama. Por ello, voy a cometer la osadía de enmendar la plana a esos señores tan serios que escriben diccionarios, y corregir su definición de autor de cabecera.

Autor de cabecera: dícese de aquél cuyo estilo nos gusta tanto que nos da igual la historia que nos esté contando.

De acuerdo, la redacción podría estar mejor, pero no me negaréis que mi definición se ajusta mucho más a la realidad. Así, entre mis autores de cabecera se encuentran, por ejemplo, escritores como Bolaño o Faulkner, cuyos respectivos estilos me maravillan, escriban lo que escriban, y de quienes hace años que no leo nada.

Otro de estos autores de cabecera es, desde luego, el maestro Osamu Tezuka, quien, incluso en sus obras más flojas, es capaz de deslumbrarnos con sus insólitas perspectivas, su inagotable creatividad, su sentido cinematográfico y sus personajes siempre apasionados al borde del abismo. Pero cuando, además, a su inimitable estilo se une lo que ya describí en Ayako 1 como un majestuoso melodrama, los fans del manga, esa religión que se extiende por el mundo a pasos acelerados, no cabemos en nosotros de gozo.

La fiesta, es decir, el drama terrible, la tragedia familiar, los asesinatos y las venganzas a troche y moche, continúan en este Ayako 2, en el que nuestra trágica y perturbada heroína crece y se enfrenta con escasas armas a la terrible vida que la espera.

El trabajo gráfico de Tezuka es, una vez más, sensacional, y uno puede pasarse las horas bobas rastreando las influencias estilísticas. Servidor ve, en esa viñeta inferior de la página 67, un toque de Orson Welles; en esa casa de la 105, un remoto eco de Hitchcock; en esa extraordinaria secuencia de la página 111 a la 122, la teatralidad de los primeros años del cine; en la 182, inspiración para Taniguchi, y en la 190, para Joe Sacco. por mencionar tan sólo unas pocas  referencias de las muchísimas que podrán encontrar los conocedores del cine y de la novela gráfica.

Por si todo ello fuera poco, este Ayako 2 viene con propina. En efecto, el melodrama concluye, de manera soberbia, por supuesto, hacia la mitad del volumen, y nos encontramos entonces con tres historias cortas que, con excesiva e injustificada modestia, el autor, en el epílogo, describe como “salvables”, y que a servidor le han parecido excelentes.

La primera de ellas, “Melodía de acero”, con un comienzo brutal e irresistible, nos presenta una historia de gángsters que deriva en un híbrido entre la novela paranormal, la ciencia ficción y el thriller. A continuación tenemos “La silueta blanca”, que, pese a su brevedad y a su apariencia de mero entretenimiento, es una pequeña joya que nos da una idea del genio de Tezuka. Muchos autores hubieran alargado esta bella y divertida historia hasta darle la dimension de una novela o un largometraje. No así Tezuka, que era capaz de parir cinco ideas parecidas antes del desayuno. Por último, “Revolución”, la última de las tres historias de propina, es una lograda tragedia con metempsicosis por enmedio.

Híbrido de estilos y géneros, pasión, violencia, sentido del humor, villanos que reciben su merecido, y héroes a los que les pierde el sentido de venganza. Ayako es Tezuka en estado puro.

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Poncho fue, de Sole Otero

Poncho fue

Poncho fueTodos hemos oído alguna vez aquello de que el amor es ciego, una frase que a los feos siempre nos ha llenado de fe y esperanza. Y además es cierta. Decidme, si no, cómo se explica que una mujer tan hermosa como la mía se fijara en un tipo con mi careto, si no es por mi despampanante belleza interior.

Pero si esa frasecita en cuestión es cierta, no lo es menos aquella otra de que el amor nos ciega. Y eso ya no es tan bueno.

A Lu, la protagonista de esta excelente novela gráfica titulada Poncho fue, el amor tarda un suspiro en cegarla. Por desgracia, una vez nos han tapado los ojos con esa venda de la obnubilación, cuesta sangre, sudor y muchas lágrimas quitársela y volver a ver la realidad. La realidad empieza a desvancecerse en el momento en que aparece alguien que nos convence de que estamos hechos el uno para el otro y que, por tanto, a partir de ahora nada ni nadie nos va a separar. Yo sin ti soy media persona, y tú sin mí, todavía menos, porque eres, además, débil, histérica e incapaz de valerte por ti misma.

Ciega como se ha quedado, Lu no se da cuenta de algo que el lector percibe enseguida, a saber, que el Santi que la deslumbra es un fantasmón y un manipulador. La historia comienza con una discusión inesperada y absurda, que no parece más que una crisis pasajera en una relación hasta entonces idílica. Sin embargo, una serie de flashbacks nos muestran el inicio de la relación y el modo en que ésta fue degradándose poco a poco, emponzoñada por el egoísmo y el maltrato psicológico al que Santi somete a Lu.

El uso de los colores así como el estilo naif de la autora pueden darnos, pues, una primera impresión equivocada de esta gran e impresionante novela. Poncho fue es mucho más que una simple historia de maltrato. Basándose en una experiencia personal, Sole Otero nos ofrece en esta novela dos extraordinarios retratos psicológicos en los que no escatima críticas a sí misma ni hace excesivo hincapié en el carácter venenoso de Santi. Tan sutiles y verosímiles son los dos personajes que, de manera inquietante, es difícil en más de un momento no reconocerse a sí mismo en los rasgos de uno u otra. Así de cerca estamos todos del maltrato.

Santi no es un monstruo. De hecho, apenas puede decirse que sea violento. Santi, eterno aspirante a escritor que aún no ha conseguido acabar su primera novela, es, ante todo, una persona tremendamente infantil que, eso sí, tiene la habilidad de saber encontrar y explotar el punto débil de Lu: el sentimiento de culpa. Los halagos y las promesas nos pueden cegar tanto como el amor. Cuando alguien nos dice que no hay nadie como nosotros y que somos lo mejor que ha pasado en su vida, no resulta fácil rechazar tales halagos. Antes al contrario, bien pronto nos rendimos a ellos, y desde ese momento tenemos la obligación de demostrar que estamos a la altura del infinito amor que el otro nos profesa. Cuando no lo logremos, el peso de la culpa será imposible de sobrellevar, y de ahí al abismo del autodesprecio no hay más que un paso.

En definitiva, una gran y sorprendente novela gráfica, una demostración de cómo convertir la tragedia en arte, y un libro que deberían leer todos esos amantes apasionadísimos que aseguran, sin asomo de vergüenza, que harían cualquier cosa por amor.

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La niña de sus ojos, de Bryan y Mary M. Talbot

La niña de sus ojos

La niña de sus ojosSucede que un buen día, en algún momento de nuestra paternidad, descubrimos a nuestro padre agazapado en nuestro interior. Puede que lo encontremos en una palabra que decimos y que hacía treinta años que no oíamos, en un gesto que hacemos, en el modo de reñir a nuestros hijos o en los hábitos caseros que cultivamos. Quizá nos demos cuenta de ello en seguida, o quizá tenga que ser nuestra madre quien nos lo señale: “tu padre también siempre se sentaba así”. Pero esas palabras, que a la mayoría nos llenan de orgullo y emoción, nos revelan asimismo la triste condición del hijo, a saber, que sólo empezamos a conocer de verdad a nuestro padre cuando ya no está.

Algo parecido le sucede a Mary M. Talbot, que en el funeral de su padre, abrumada por el aluvión de testimonios de personas que lo conocieron y apreciaron, constata un hecho ante el cual un hijo no sabe muy bien cómo reaccionar:

Parece que mi padre era encantador en todas partes. Pero muy rara vez en casa.

Y esa doble faceta de la personalidad de su padre es tan sólo uno de los muchos paralelismos que la autora británica descubre entre su vida y la de Lucia Joyce, hija de James Joyce, y que nos narra de manera amena y magistral en La niña de sus ojos.

Parece ser que al autor de Ulises, uno de los grandes de la literatura universal de todos los tiempos, la paternidad no se le daba tan bien como retratar al joven artista adolescente, trasladar a Odiseo a Dublín, o crear palabras nuevas a partir de lenguas diferentes. Ésa fue una de las técnicas que empleó en su última obra, en la que empleó varios años de su vida que dieron como fruto Finnegan’s Wake, una novela prácticamente ilegible que a lo largo de los años ha hecho las delicias de apenas un puñado de eruditos. Entre ellos, James A. Atherton, el padre de la autora, reconocido experto en la opus magnum del irlandés.

Tanto Mary M. Talbot como Lucia Joyce, pues, crecieron a la sombra de un padre cuyo mayor deleite consistía en encerrarse con sus libros, sus diccionarios y su máquina de escribir. Pero Lucia tuvo además la mala fortuna de ser la hija de un genio, de alguien que vivía por y para (y el resto de preposiciones) su obra. Ser la hija de alguien admirado por todo el mundo podría parecer envidiable, pero cuando tú misma tienes serias inquietudes artísticas, el peso de la obra y la figura de tu padre puede resultar imposible de soportar.

Así, la autora entrelaza la narración de su infancia y adolescencia con la de Lucia Joyce, y lo hace con tanta destreza que pasamos de la una a la otra con la misma naturalidad con que pasamos la página. A ello se une el arte de su marido, el ilustrador Bryan Talbot, quien hace un trabajo espectacular, con el tipo de viñeta precisa para cada momento, desde el caos del ambiente familiar de las primeras páginas, hasta la monótona espera y la brutal escena del parto, pasando por el estilo periodístico con el que retrata los años de los Joyce en París. La propia Mary, incapaz, acertadamente, de retocar el trabajo artístico de su marido, opta, en un toque posmodernista, por insertar comentarios sobre un par de anacronismos en los que incurre su marido.

A la autora le tocó vivir esa pequeña tragedia, que mencionamos más arriba, de empezar a conocer a su padre el día en que éste murió.  Lucia Joyce, por su parte, conoció demasiado bien al suyo, el genio que contribuyó a hacer de su vida un auténtico infierno. Moviéndonos entre la Inglaterra que va de la posguerra a los años hippies y, por otro lado, el París de Josephine Baker, Samuel Beckett, Sylvia Beach y el modernismo, esta extraordinaria La niña de sus ojos nos narra ambas vidas en una historia que es, como cualquier obra del propio Joyce, emotiva, cruel y divertida.

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El carterista, de Kazuo Koike y Goseki Kojima

El carterista

El carteristaEn buena hora se me ocurrió meterme en el mundo manga, pues resulta que no es tal mundo, sino una galaxia, y lo que se presentaba como un viajecito a un género diferente lleva así camino de convertirse en un exilio definitivo. Parece que he caído en un agujero negro, el del manga, y nadie va a poder sacarme de allí. Y la verdad es que ECC, con la publicación de clásicos del género como este El carterista, no está precisamente colaborando para mi regreso a la tierra, a ese mundo en el que había otros libros, otras novelas, otras historias, y el manga no era más que una estrella lejana en el cielo.

Os escribo, pues, desde mi agujero negro, donde estoy en compañía de Ankuro, un joven, diestro y misterioso carterista que carga con el juramento que se hizo a raíz de una terrible tragedia que le acaeció siendo niño. Estamos en Edo, que por si, al igual que yo, no lo sabíais, era el nombre que tuvo hasta 1868 la megalópolis que hoy conocemos como Tokio. La historia que va a suceder transcurre a mediados del siglo XIX, en una sociedad que estaba constituida por cuatro grandes clases: los samurái, los campesinos, los artesanos y los mercaderes… Un momento, ¿he dicho cuatro? Me temo que he olvidado un grupo social de extraordinaria relevancia para esta historia: los carteristas.

El carterista se abre con una gran escena, en la que un iracundo samurái acusa a una bella mujer de haberle robado la cartera. La mujer niega las acusaciones y reta al samurái: si ella demuestra su inocencia, él se postrará en el suelo para disculparse. Lo que sucede a continuación puede sugerir que nos vamos a encontrar con una típica historia de golfo encuentra a golfa, que tan bien nos ha contado el cine con películas como Los timadores. Sin embargo, no van por ahí los tiros, y la novela empieza a sorprendernos por sus inesperados giros, por el retrato que hace de la vida y costumbres sexuales de los edoítas, por su brutal violencia, por el exquisito modo en que se organizaba el mundo del hampa, y, sobre todo, por el retrato psicológico del protagonista principal.

Ankuro, al que todos llaman An, se revela bien pronto como un personaje carismático y oscuro, capaz de hacer enloquecer a las mujeres y de salir bien parado, gracias a sus argucias, de las crueles y refinadas trampas que le tienden los jefes de la banda de carteristas de turno. A An le gusta jugar. Confiado en su destreza e inteligencia, renuncia a las victorias fáciles y da a su contrincante la oportunidad de vencerle, como un cowboy que acepta enfrentarse con un revólver y un solo cartucho a un forajido con dos cargadores llenos. La comparación con los cowboys no es baladí, pues esta gran novela puede recordar al lector al legendario western Centauros del desierto. Al igual que John Wayne, An es un hombre sediento de justicia y con una misión, y nada, ni el amor de una mujer, ni una banda de carteristas, ni una colección de consoladores (sí, como lo oís) de todas las formas y colores lo va a desviar de su camino…

…¿o quizá sí? Para averiguarlo habrá que esperar al segundo volumen de este gran manga de violencia, sexo, venganza y algún que otro samurái.

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Ayako 1, de Osamu Tezuka

Ayako 1

Ayako 1Osamu Tezuka no fue sólo el padre del manga, sino además un artista que se exigía tanto a sí mismo que fue capaz de crear más de setecientas obras sin repetirse. De acuerdo, admito que me falta conocimiento de causa para hacer esa afirmación (setecientas son muchas cientas que leer), pero lo cierto es que, a diferencia de lo que me sucede con tantos otros autores, sean o no mangakas, con Ozuma todavía no conozco el dejà vu. La biografía, la novela histórica, el thriller político, la fantasía, la ciencia ficción; nuestro admirado artista era capaz de saltar de un género a otro como quien pasa del segundo al postre, dejando patidifusos a comensales y lectores con el saco sin fondo de donde extraía la inventiva de sus argumentos y, sobre todo, la prodigiosa creatividad de sus viñetas.

Tezuka debió de vivir en un universo paralelo, donde los días tenían 36 horas. No se puede explicar de otra forma que, aparte de su creación, tuviera tiempo para asimilar, como reflejan sus obras, tan vastos conocimientos literarios y cinematográficos. La obra que hoy os traigo, Ayako 1, es un gran ejemplo de esta incorporación de referentes que da como resultado una obra fascinante, original y, al mismo tiempo, anclada en las tradiciones occidental y japonesa.

Ayako 1 es un majestuoso melodrama, donde se mezcla una historia de espionaje situada en la posguerra con la desintegración definitiva de una sociedad feudal japonesa que, ante el poder de las autoridades norteamericanas y, por otra parte, el reprimido avance de las fuerzas de izquierdas, da sus últimos coletazos.

Nos encontramos en 1949. Jiro Tenge, prisionero de guerra liberado, regresa a su país con un ignominioso secreto que consigue ocultar en la cuenca vacía de su ojo tuerto. Ingenuo de él, no sabe que, al lado de los esqueletos del armario familiar, su terrible traición no pasaría por ser más que un desliz. La familia que lo recibe tiene un nuevo miembro, Ayako, que pasa por ser su hermana, pero sin ser hija de su madre…

Los Tenge representan lo que queda del Japón medieval, una sociedad rural que vive según tradiciones centenarias inaceptables en una sociedad obligada, por los tiempos y los yanquis, a modernizarse. Esta familia, que podría estar sacada de una película de Kenji Mizoguchi, es gobernada con mano de hierro por el despótico padre, un tirano que sólo tiene ojos para Ayako. Pero la llegada de Jiro, el hijo al que los hombres de la casa preferían añorar que volver a ver, va a dar la puntilla a ese mundo, y el pato lo pagará Ayako, con un castigo espeluznante que la marcará de por vida.

Como decía más arriba, Osamu Tezuka  fue un creador absolutamente omnívoro, que lo mismo te planta un referente a un clásico latino como a una película norteamericana de serie B. Así, en las páginas de esta novela, nos vienen a la mente personajes y motivos de la novela victoriana, como por ejemplo el misterioso benefactor de Grandes esperanzas ; de la rusa, con referencia explícita del propio autor a Los hermanos Karamázov; de la novela sureña faulkneriana, con esas familias más podridas que un queso en un vertedero; de los cuentos folclóricos, como “Barbazul”; del cine japonés, como el ya mencionado Mizoguchi, leyenda aquí casi desconocida, o Douglas Sirk, el director de aquellos melodramones de pasión entre cañonazos que, allá por la década de los cincuenta, entusiasmaban a a nuestros abuelos. Y si, con tantos nombres, estáis pensando que servidor es un pedante insufrible, sabed que tenéis razón. Sin embargo, por suerte, Tezuka no podría estar más lejos de la pedantería. Sirva como ejemplo este Ayako 1, que, como tantas obras suyas, combina de manera magistral la novela gráfica y el arte del cine en varios de sus géneros, y donde el maestro nos cuenta una historia apasionante, trágica y violenta en la que, al modo tarantiniano, la alta cultura y la cultura popular se tutean con descaro.

Continuará.