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Pequeños tratados, de Pascal Quignard

Pequeños tratados

Pequeños tratadosCuando decidí reseñar a Quignard sabía que me metía en un berenjenal. ¿Cómo le explicas Quignard a otra persona? No se lo explicas. Coges uno de estos pequeños tratados y le dices: lee. O les hablas a tus amigos con tanta pasión de su obra (sin decir nada en realidad, porque ya os lo dicho y lo repetiré varias veces: no se puede explicar) que acaban leyéndose uno de sus libros y luego otro, y otro. Pero como no os tengo a todos a mano para irnos a tomar unas cervezas, no puedo hacer ninguna de esas dos cosas. Así que intentaré explicarlo.

Los Pequeños tratados de Pascal Quignard son un compendio de cincuenta y seis textos breves en los que el autor mezcla vida, historia, pensamiento y ficción. Él mismo cuenta su génesis en el primero de ellos, dedicado a su amigo Louis Cordesse y que marca el tono de todos los demás. Los tratados fueron escritos entre 1977 y 1980, empezaron como un juego y pasaron por un largo periplo editorial hasta ver la luz en 1991. Ahora han sido traducidos por el catedrático Miguel Morey para Sexto Piso, que los presenta en dos volúmenes y en una edición excelente. Ellos mismos lo dicen, son “la joya de la corona”.

Los más de cincuenta tratados, aunque siempre breves, viajan por los géneros (¿o acaso recuperan un género antiguo?) con una flexibilidad envidiable. En sus páginas encontramos desde reflexiones lingüísticas, hasta juegos de palabras; desde narrativa, como fragmentos de cuentos, una escena de novela suprimida o anécdotas históricas narradas con una técnica excepcional, hasta sentencias, citas de Tácito, de Horacio, pero también de Pierre Nicole, de Guy Lefèvre de la Boderie y de decenas de pensadores que configuran el universo referencial del autor.

Quignard conversa con su propia tradición y obsesiones y al mismo tiempo integra al lector en ese mundo que ha creado para sí mismo, pero también para los demás. Iba a escribir que “te lleva de la mano por ese mundo”, pero eso no es cierto. No te guía paso a paso a través de sus ideas, no te da el texto masticado ni te lo pone demasiado fácil. Leer a Quignard es un reto. A veces tienes que correr para seguirle, hay decenas de referencias que se te escapan y hay otras que acabas comprendiendo páginas después, cuando vuelve a ellas por tercera o cuarta vez. Los Pequeños tratados están plagados de puzles, de enigmas y juegos que el autor le plantea al lector, de retos intelectuales de los que poco a poco nos va dando más pistas. Y en ese reto, en la presión lúdica de seguir su hilo de pensamiento, radica la magia del texto. Cuando al fin comprendes, sientes que el trabajo lo has hecho tú. Y ahí Quignard también te engaña.

Estos Pequeños tratados podrían ser independientes, pero permanecen fuertemente conectados. Crean una obra completa y cohesionada aunque de una manera extraña; como dice el propio autor: son como una suite barroca. Son también un compendio de “cosas rechazadas”, de personajes históricos que han quedado en tercer o cuarto plano, de ideas oblicuas, complejas y recurrentes que los atraviesan como el hilo de una araña: escribir es callar, la voz y el silencio, el lenguaje es un constante desafío en el que sabemos desde el inicio que vamos a salir perdiendo. Pero no tiene sentido que intente explicároslo: tenéis que leerlo.

Porque otro punto que debéis ver por vosotros mismos es el estilo. Cuando la gente se aproxima al ensayo, y en última instancia este texto tiene más de ensayo que de narrativa convencional, tiende a pensar que lo que importa no es cómo está escrito, sino la información que aporta. Esa idea ha acabado saturando el mercado de textos sosos para dummies y de prosa directamente incomprensible. Olvidamos que, en realidad, es tan importante el fondo (qué se está contando), como la forma (cómo se cuenta). Y Quignard brilla en ambos campos. Todos hemos dejado ensayos porque el autor no lograba fascinarnos. Y otra cosa no, pero, en los Pequeños tratados, la fascinación está garantizada.

No quiero irme sin dejaros una cita de esta obra, el inicio del primero de los tratados, que justifica que Quignard sea uno de los autores que más he subrayado: “Todas las mañanas del mundo carecen de retorno. Tácito dice que no hay más que una tumba: el corazón de un amigo. Dice que la memoria no es un sepulcro sino una detención en el pretérito indefinido”.

Laura Gomara @lauraromea

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Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara

Che. Una vida revolucionaria: El doctor GuevaraEl periodista Jon Lee Anderson y el caricaturista José Hernández regresan con la segunda entrega de la biografía del Che Guevara en forma de novela gráfica. Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara es en realidad la primera parte de su trilogía, aunque sea la segunda en publicarse –después de Los años de Cuba–. En esta ocasión, volvemos al Che más idealista y joven que, después de licenciarse en medicina, se embarca en largas travesías a través de América del Sur y Centroamérica, en un periodo de tiempo que abarca desde 1952 a 1956. Estamos, por tanto, ante sus primeros años como revolucionario y su primera toma de contacto con Fidel Castro. Los años de las inquietudes políticas juveniles. El inicio estratégico de la revolución cubana.

Basada en la novela homónima de Jon Lee Anderson, El doctor Guevara, como ya lo hiciera su anterior publicación, funciona muy bien como primera aproximación a la vida del comandante. La adaptación corre a cuenta del mexicano José Hernández. Ya insistí en Los años de Cuba, y reitero mi insistencia en esta ocasión, es precisamente esto, la calidad gráfica de la novela, uno de sus grandes puntos fuertes. Rica en matices, sus viñetas abren y cierran planos, de lo general al detalle, sombras y luces, con una precisión absoluta. Como si fuera fácil convertir un folio en blanco en una película, entre sus páginas se desprende la esencia de los años 50 y el ambiente revolucionario instalado entre los países que acogieron a Guevara, tras su salida de Argentina.

El otro punto fuerte es su documentación. Y eso a pesar de que, en algunos momentos dé la impresión de que todo quede demasiado condensado, algo superficial, como si ocurrieran demasiadas cosas, o demasiados viajes, en poco espacio para asimilar. En este sentido, además, uno tiene la sensación de que la segunda parte es algo más contundente que esta primera. Tal vez solo sea una cuestión de efectos especiales. Faltan la lluvia, que ya empieza a asomarse al final, y más balas.

Así las cosas, con un marcado trasfondo social y político de la época, el cómic pasa de puntillas por la vida más personal del Che, cuyas inquietudes ideológicas, a veces, le muestran algo frío y distante. Algo más pragmático y resolutivo, ya nos lo advierte en su comienzo: “Costará vidas inocentes”. Su lado más humano lo encontramos en sus cartas y testimonios, sus momentos con su hija y su vertiente más poética. Al menos, uno de mis pasajes favoritos está relacionado con la poesía. Especialmente, con el poema que el propio Ernesto Guevara le dirige a María, la anciana moribunda que está bajo sus cuidados médicos. Como si realmente las palabras de su protagonista cobraran tono, su voz suena de fondo, mientras se intercalan con el resto de viñetas.

Después, Che. Una vida revolucionaria: El doctor Guevara termina con el principio de Los años en Cuba. Dos novelas gráficas, cada una con sus matices, que se completarán con un tercer tomo, su viaje al Congo y su regreso a Cuba y a Bolivia. Lo bonito de esta historia es que, aunque todos sepamos ya cómo termina, realmente tengo curiosidad por ver cómo nos la cuentan. Hasta entonces, de momento, habrá que esperar un poco.

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Preparación para la próxima vida, de Atticus Lish

Preparación para la próxima vida

Preparación para la próxima vidaLlevo tiempo sabiendo de la existencia de esta novela. Desde su publicación en 2014 cuando empezó a ganar premios hasta finalmente decidieron traducirla al castellano. He seguido todas las reseñas de los grandes medios y todas las pequeñas radiografías llevadas a cabo por el ciudadano medio. No, no creo que llegase a obsesionarme con la novela, pero sí sentí que, de algún modo, me vería arrastrado hacia ella. Ahora, una vez leída, entiendo que “arrastrado” es el término que mejor define mi experiencia. Y es que Atticus Lish ha ganado premios y renombre por desenterrar cadáveres en un día de lluvia. Esta es la historia de amor con más barro que recuerdo. Y decir que es una historia de amor es andar muy cerca de un desfiladero terminológico. Quería acercarme tanto a esta novela que no pude esquivar lo que recibí a cambio. No recuerdo una novela tan dura desde aquel festival de violencia que fue Meridiano de Sangre. Bienvenido al fin de la esperanza y a la reinvención del amor. Bienvenido a Preparación para la próxima vida.

Ambientada en un Nueva York post 11S, la historia nos cuenta el encuentro fortuito y desolado de dos criaturas que se necesitan a pesar de ser antagónicas. Skinner, un veterano de la guerra de Irak incapaz de hacer un alto al fuego dentro de su cabeza; y Zou Lei, una inmigrante ilegal de origen chino y musulmán. Una suerte de Romeo y Julieta desvaídos y carentes de magia, que luchan por creer en algo incluso cuando la realidad no para de pisotearlos. El ambiente turbio de los bajos fondos neoyorquinos se encarga de poblar la novela de personajes crueles y buscavidas, cuyo único lema vital que aún les acompaña es el sálvese quién pueda. Olvídate de ese Nueva York chic. Olvídate de zapaterías de lujo y restaurantes en la parte alta de los rascacielos. Nuestros personajes van a la deriva entre Foot Lockers y McDonalds de horarios nocturnos. El oportunismo y la necesidad de un cambio les hará reflexionar sobre cuánto tiempo les queda antes de que llegue algo y les arrebate lo poco que aún pueden considerar como propio.

El estilo de Atticus Lish es duro y demoledor. La novela puede jactarse de dejar sin aire a más de uno. La dureza del relato está aderezada con escenas de batallas militares en las que poco queda de algo que pueda llamarse humano. El ambiente bélico, así como el abuso en cárceles norteamericanas a inmigrantes sin papeles son el colofón a una historia basada en el dolor como medio para despertar la empatía. Diálogos directos y escenas callejeras dan el último pulido a una historia incapaz de dejar a alguien impasible. Porque Zou Lei y Skinner confunden durante muchos pasajes el amor y la necesidad de otro humano. Tantas veces, que incluso uno acaba creyendo que puede que la versión errónea de dichos conceptos sea la que posee el lector y no los personajes. Así de bueno es aquello que se arrastra entre las páginas de Preparación para la próxima vida.

Hemos tardado dos años en traer esta historia hasta nuestras fronteras. He esperado con verdadera devoción para poder tenerla en esta más que correcta edición que ha elaborado Sexto Piso. Y ahora tengo miedo. Esperar algo, una nueva oportunidad, un historia de amor como las de antes, un futuro mejor. Esperar es otorgarle a la paciencia el peso de nuestra toma de decisiones. Esperar es aguantar a que él se cure o a que ella no tenga que esconderse cada vez que se cruza con un policía. Lo terrible de esperar, como uno aprende desde la primera página de esta pieza absoluta de dolorosa autenticidad, es que a veces aquello que llega preguntando por nosotros dista mucho de aquello que creíamos que vendría. No te pierdas esta novela. Pero no esperes leer la historia que creías que iba a ser.

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Loco, de Rainald Goetz

Loco

LocoLa locura es un tema muy complicado de acotar, ya que incluye un número casi infinito de posibles manifestaciones. Todos tenemos nuestro grado de locura, de irracionalidad a la hora de actuar y de gestionar nuestras emociones. ¿A partir de qué punto hay que considerar que alguien está loco? ¿Cuál es el baremo para decidir que una persona no está preparada para convivir en sociedad y que, a pesar de que sólo una parte de sus facultades cognitivas están dañadas, debe ser fuertemente medicado y recluido en un centro psiquiátrico?

Loco, novela que fue publicada por primera vez en 1983 y que supuso el debut novelístico de Rainald Goetz, no busca contestar a estas preguntas, sino que se dedica a ahondar aún más en ellas. El escritor alemán es, ante todo, un provocador: sabe cómo incitar a la reflexión a los lectores a través de frases crudas y directas, de personajes y planteamientos que relativizan y caricaturizan todo, dejando un poso de dudas que, especialmente, incide en cuestionar la legitimidad de los profesionales de la medicina para determinar qué personas deben ser tratadas y con qué métodos.

El protagonista del texto, Raspe, es un médico recién salido de la facultad que al comenzar a trabajar en un hospital psiquiátrico descubre lo alejados que se encuentran sus planteamientos de la realidad que se aplica a los pacientes de ese centro. Pero, más interesante aún que la propia historia del psiquiatra me ha resultado la sucesión de monólogos de pacientes y profesionales de la medicina que se suceden antes y después de que dé comienzo el relato principal. Es en ellos donde el autor emplea mayor originalidad y esmero para presentarnos las reflexiones y obsesiones de quienes tienen que convivir con la locura todos los días de su vida. Muchos de estos textos duran apenas unos párrafos, pero la manera en la que Goetz te introduce en sus mentes hace que algunos sean realmente angustiosos y duros de digerir. Por poner un ejemplo, casi todo el mundo ha conocido a personas a las que, por su edad, es necesario repetirles varias veces las cosas y que, aun así, se les acaban olvidando a los pocos minutos. Esta misma situación tocada por la pluma del escritor alemán tiene como resultado una lectura realmente tortuosa.

Otro interesante debate que abre este libro es la gran diferencia que existe entre la forma en la que los académicos estudian e interpretan la locura y cómo ésta se manifiesta realmente. Esta dicotomía no es exclusiva de este ámbito, ni siquiera del mundo de la medicina; por regla general, la academia, los investigadores, suelen estar bastante alejados de la sociedad a la que estudian, lo que provoca unos desajustes gigantescos entre lo que se presupone que debe ocurrir y lo que verdaderamente ocurre. Los conflictos entre las diferentes corrientes dentro de la psicología en torno a cómo se debe atender a los pacientes —la temible terapia por electrochoque siempre está en el aire— también aparecen con frecuencia y dotan al texto de una mayor riqueza y complejidad.

Extraña, provocadora, inquietante…son solo algunos de los adjetivos que se me vienen a la cabeza para valorar Loco, una novela que en ocasiones resulta críptica y caótica pero que, en mi opinión, consigue acercar un mundo tan hermético como el de la psiquiatría sin imponer una visión concreta, sino que opta por animar a los lectores a reflexionar sobre nuestra propia concepción de aquellos que, como apunta una de las múltiples voces que se suceden en este relato, tienen el alma enferma.

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Porcelain, de Moby

Porcelain

PorcelainAntes de leer este libro mis suposiciones sobre los orígenes de Moby eran tan erróneos como prejuiciosos. Creía, por su forma de vestir pulcra y elegante, por las gafas de pasta que tantos años llevan acompañándole así como por su cara de no haber roto nunca un plato que sería un ejemplo más del niño pijo al que le sobraba el tiempo y el dinero para probar suerte en el mundo de la música electrónica, con la seguridad de que papá le reservaba un puesto en su empresa en caso de que su talento no hubiese sido suficiente para ganarse la vida holgadamente. Porcelain, la que presumiblemente será la primera parte de las memorias del artista neoyorquino, apenas tardó un par de líneas en dejarme claro que estaba completamente equivocado.

Moby comienza el repaso de sus orígenes en el mundo de la música con una de esas anécdotas que marcan un antes y un después en la vida de toda persona. Cuenta como escuchar Love Hangover, de Diana Ross, le dio esperanzas de que había un futuro para él más allá de los suburbios de Harlem en los que le había tocado nacer. Pese a ello, aunque introduce alguna otra anécdota de su infancia, este libro se centra en las vivencias del descendiente de Herman Melville —autor de Moby Dick entre los años 1989 y 1999, una época en la que pasó de tocar en salas con veinte personas o en fiestas swinggers a llenar estadios y raves multitudinarias, con diversos altibajos. Fue precisamente en 1999 cuando alcanzó el éxito global con Play, trabajo con el que vendió más de diez millones de discos y que le consolidó como uno de los referentes del techno.

Muchos músicos, al menos dentro de lo que he podido leer hasta la fecha, tienden a caricaturizarse en sus autobiografías, consciente o inconscientemente. Así, es frecuente ver destacadas anécdotas en las que, ya sea para bien o para mal, proyectan la imagen que la gente ya tiene en sus cabezas antes de la lectura. Porcelain no se encuentra dentro de este tipo de trabajos, dado que Moby no se esfuerza por dar una imagen estereotipada de sí mismo, sino que se limita a relatar distintos momentos de su vida y son éstos, sin colorantes ni edulcorantes, los que ayudan a construir a la persona. Así, el chico nacido entre adictos al crack y botellas de vidrio es capaz de desnudar su alma al completo, sin dejar de lado ninguna de sus contradicciones: “Un cristiano abstemio que trabajaba en clubes animados por las drogas”, resume. Moby no sólo no evita hablar de sus malos momentos, tanto a nivel personal como profesional, sino que se reboza en ellos, sin maquillar ni justificar algunos actos que podrían considerarse reprochables. Tampoco tapa sus fiascos amorosos, sus malos pensamientos o sus peores decisiones, como sus idas y venidas con el alcohol. Me ha parecido que hay mucho de redención en este trabajo, aunque puede que sólo haya sido una muestra más de la voluntad del artista por ser lo más trasparente posible en su relato.

También toca, aunque con menos detallismo que otros compositores, el proceso de creación de sus temas. Es un aspecto que me ha parecido especialmente interesante, ya que en la música electrónica tiende a subestimarse mucho más que en otros géneros este aspecto y, a través de algunos fragmentos puntuales, se puede conocer mejor la complejidad de este trabajo y sus similitudes con el que desarrollan otros compañeros de profesión.

Porcelain, más que una autobiografía musical al uso es un fragmento de una vida, un texto tan natural y sincero que merece la pena leer independientemente del interés que se tenga por el autor y su música. Porque al igual que uno se lleva decepciones —y muchas— con los libros que sacan algunos de sus artistas favoritos y que no se acercan ni de lejos a las expectativas creadas, estas memorias aportan mucho más que un simple repaso a una carrera con luces y sombras: ofrecen, parafraseando a Calamaro, honestidad brutal. Y muy pocos son capaces de poner eso sobre la mesa.

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Anatomía de un soldado, de Harry Parker

Anatomía de un soldado

Anatomía de un soldadoAl principio me cogió con cierto recelo. Le había llamado la atención por mi sinopsis, pero no sería la primera ni la última vez que un atrayente párrafo en la contraportada de un libro le hacía perder el tiempo. Poco a poco se fue dando cuenta de que en mis hojas había una historia digna de ser impresa y de que mi estructura era de lo más original que iba a ver en mucho tiempo. Seguramente fue por eso que, sin ser yo excesivamente pequeño, me devoró en pocos días, que se le hicieron eternos al no saber qué futuro le esperaba al pobre capitán Barnes. Cuando pasó sus ojos por la última de mis frases se le puso una media sonrisa complaciente en el rostro y noté que estaba satisfecho consigo mismo por haberse dejado llevar por aquel primer párrafo.

Este es, a grandes rasgos, el estilo narrativo que uno encuentra en las páginas de Anatomía de un soldado, que publica en español la editorial Sexto Piso. La historia de cómo el capitán Tom Barnes pierde sus piernas  y la manera en que discurre su vida a partir de ese momento tiene dos alicientes especialmente notables. El primero de ellos es que Harry Parker, su autor, habla, por desgracia, desde la experiencia. En el año 2009, cuando era oficial del ejército británico y estaba destinado en Afganistán, tuvo la mala fortuna de pisar una mina cuando regresaba hacia su base por un terreno que no había sido evaluado. Consiguió salvar la vida milagrosamente, pero nada pudieron hacer los médicos con sus piernas. No cabe duda de que la historia de Barnes está irremediablemente unida a la de su creador. El segundo aspecto que destaca de este trabajo es que la narración, lejos de dejarla en manos del propio protagonista o del siempre socorrido narrador omnisciente, la asumen distintos objetos que se encuentran cerca de los lugares donde ocurren los hechos.

Es una lectura extraña, pero al mismo tiempo muy atractiva. Me costó acostumbrarme a su singularidad, no voy a negarlo. No siempre es una bota la que te cuenta cómo llega su dueño al autobús del ejército o una mina antipersona la que te explica, con todo lujo de detalles, la manera en la que ha sido fabricada. Para mí, este experimento estilístico tiene aspectos positivos y negativos. Para bien, además de la mera originalidad, que nunca hay que menospreciar, destacaría que las narraciones están realmente bien construidas y te hacen sentir como si estuvieses viendo lo ocurrido desde el prisma de un vaso de cerveza o de una pierna ortopédica, lo cual tiene mucho mérito. En su contra podría argumentar que la falta de continuidad narrativa —tanto porque cada vez es un objeto el que habla como porque hay continuos saltos temporales en la historia— hace que en ocasiones sea algo costoso seguir el desarrollo de los acontecimientos.

También es necesario destacar las descripciones que hace Parker en este trabajo, ya que éstas son enormemente potentes y verosímiles. El británico no tiene compasión del lector cuando quiere hacerle sentir cuan duros son los momentos por los que el protagonista pasa desde el atentado, tanto a nivel físico como psicológico, y refleja con toda crudeza las situaciones más precarias. Sin duda este es uno de esos libros en los que se nota la diferencia entre los escritores que relatan desde la documentación y aquellos que han vivido cosas similares a las que cuentan.

No voy a esconder que no me gustaría leer decenas de libros escritos a la manera de Anatomía de un soldado. Al fin y al cabo, las buenas historias no suelen requerir de grandes florituras estilísticas. No obstante, tampoco negaré que he quedado enormemente satisfecho con esta lectura, ya que aúna una emocionante historia de superación y una llamativa y poderosa forma de volcarla sobre papel.

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La luz impronunciable, de Ernesto Kavi

La luz impronunciable

La luz impronunciableTodo un poemario para acabar con la reflexión que da título al libro: La luz impronunciable. Ernesto Kavi, poeta mexicano, publica de la mano de Sexto Piso esta partitura con base de poemas con la que demostrar que la nada no se puede explicar, que no se puede hacer poesía de ella y menos cuando sabes que el todo es solo la nada disfrazada. La luz impronunciable es un ensayo, no como género literario, sino como prueba, como intento de desgranar una luz que no se sabe de dónde viene, para qué lo hace, cuánto durará y si es de alguien: la luz vital.

Ernesto Kavi nos muestra en papel el intento de pronunciar ese todo que es irreal a través de poemas donde el propio autor lucha consigo mismo y con lo que le rodea. Bajo el sol, bajo una luz que nos acompaña poema tras poema, con aves revoloteando alrededor de un ser humano que se investiga para no encontrarse en sí mismo. Mientras leía el poemario, y ya desde un principio, tenía la imagen en mi cabeza de ese animal simbólico, el Uróboros, que se engulle a sí mismo. Y es que es lo que sucede aquí. Es cierto que en algún poema, los rayos del sol van acompañados de algún rayo de esperanza, pero esta queda muerta unos versos después, como si el Uróboros encontrase partes de su cuerpo dulces pero se diese cuenta poco después que solo son pequeños oasis en un mar de basura corporal.

Al estilo de una partitura musical, con cantos, coda e incluso iniciando el poemario con un fragmento de una partitura de Bach, Ernesto Kavi nos lleva por un ejercicio de exorcismo humano a través de la poesía que va acompañado, además, de una gran innovación formal. Ese juego con la forma – con la disposición de las palabras, el juego de citas, la colocación de signos y símbolos a lo largo de la obra – es algo llamativo y que personalmente me ha traído a la mente el dulce recuerdo de Chantal Maillard.

Con un breve prefacio del ya fallecido poeta Yves Bonnefoy en el que se alaba la poesía de Kavi y se adentra en la poesía como concepto, La luz impronunciable es un gran y recomendable respiro para muchos de los que nos quedamos encallados – para bien – en esa poesía de la generación de los cincuenta, ese intimismo que huye de la perfección formal para estudiar la posibilidad de una perfección más adentro, en el interior del propio poeta; acabando con un homenaje en forma de tres versos que cantan a la felicidad y a la luz sobre la firma de Yves Bonnefoy.

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Caer, de Éric Chevillard

Caer

CaerHoy tengo entre mis manos una reseña difícil. Os preguntaréis por qué (y si no ya os lo digo yo): Caer es una de las novelas más raras que he leído últimamente. De hecho, si tuviera que hacer una lista de lecturas raras de narices creo que Caer entraría directamente en el top five. Y eso que he leído mucho.

Voy a intentar aclarar qué quiero decir cuando califico este libro como raro. Cuando decimos que algo/alguien es raro, suele tener un cierto toque despectivo. Lo raro es atípico. Lo atípico es diferente. Lo diferente no entra dentro de las normas establecidas y plaf, queda fuera de la normalidad, que es lo bonito y cómodo. Para mí raro no conlleva ningún sentido despectivo. De hecho, que algo esté fuera de lo común me parece hermoso. Hermoso en su originalidad, entiéndanme, no siempre tiene por qué funcionar.

Leí esta novela del francés Éric Chevillard porque la crítica la relacionaba con el absurdo. Y a mí me gusta mucho el absurdo. Esperando a Godot de Samuel Beckett y La cantante calva de Eugène Ionesco están entre mis lecturas preferidas. También soy muy fan de Amanece que no es poco, una de las películas más absurdas y geniales de la historia. Así que, con estas premisas, supuse que esta novela tenía que gustarme sí o sí.

Y bien, ¿qué es Caer? Caer es una isla. Una isla habitada por personas que esperan el regreso de su salvador. Caer es desconcertante y todo lo que habita en ella, desde las chinches a las personas parecen condenadas a una existencia realmente absurda. Nada es lo que parece en Caer. Cuando se cree que algo tiene sentido, éste desaparece. Cuando se cree alcanzar el fin de la isla, ésta renace.

Toda la novela es el relato de uno de sus habitantes que explica cómo es la vida allí, si acaso eso puede llamarse vida.

“Nuestros brazos suelen rechazar el abrazo, queremos algo mejor: la agarrada; para asirnos más cómodamente hemos imaginado clavarnos unos a otros entre los omóplatos esos puñales que tienen el mango trabajado con amor. Así es como vive nuestro pueblo, desgarrado por odios ancestrales o instantáneos – últimos portadores de la tradición-, reconciliado por una misma esperanza en el regreso de Ilinuk el Polidáctilo. Eso es así desde el origen. El presente de Caer repite penosamente nuestro recuerdo de Caer. Cada día lo verificamos: así es, sin duda.”

Sin duda esta isla es inquietamente absurda y desconcertante. Nada hay en ella que pueda llamarse propiamente vida, y sin embargo, sus habitantes, viven, generación tras generación esperando el regreso de su salvador. Se reúnen en corros escuchando el relato de Yoakam narrando la gesta de Ilinulk, quien consiguió escapar de la isla y a quien esperan que regrese para llevarles con él, fuera de esa isla donde la vida es una broma que carece de cualquier lógica.

Sin duda el término absurdo alcanza su esplendor en las líneas de esta novela. Obviamente, como era de esperar, dentro de este absurdo hay mucha realidad. Nosotros mismos podríamos ser habitantes de Caer. El paralelismo es evidente. El habitante que narra toda la historia podría ser un evangelista, Yoakam el profeta e Ilinulk, el salvador, Dios. Cualquier Dios vale, incluso Godot. Y mientras tanto nosotros, oh fieles, que esperamos no sabemos qué, que vivimos como podemos, en un absurdo e incoherente mundo.

Es cierto que la novela tiene algo de Esperando a Godot, pero también es bastante diferente. El mundo que se nos presenta en Caer es más extraño, más de ciencia ficción. No sé si habéis visto Mad Max: furia en la carretera. Sí, atención a la comparación que me voy a marcar. Los mundos de Caer me recuerdan más a los mundos postapocalípticos y extraños de Mad Max. Lo cual está bien, porque la última de Mad Max me gustó mucho. También me ha gustado Caer, pero sólo se la recomiendo a la gente a la que vaya este estilo. Disfrutaréis con la prosa de Chevillard y este extraño relato, seguro.

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Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain

Las aventuras de Huckleberry FinnAl hilo de la aparición de sucesivas ediciones conmemorativas llevo un tiempo recomendando la relectura de clásicos que por diversas razones (generalmente cinematográficas) han llegado a nuestros días descafeinados, en el mejor de los casos, cuando no seriamente mutiladas. Las aventuras de Huckleberry Finn son un claro ejemplo de esta situación y si acaso cabe destacar algo que la diferencie es el desbordante sentido del humor que contribuye en grado sumo a la promoción a los altares de la gran literatura de la obra original de Mark Twain. Porque sí, Las aventuras de Huckleberry Finn es una obra maestra que desborda cualquier intento de clasificación por género o estilo y sí, tiene, junto con su autor, el indudable valor añadido de ser una obra fundacional, el manantial del que se nutren tantos y tantos clásicos de la literatura estadounidense comenzando por William Faulkner. Y todo ello sin dejar de ser, como queda dicho, un texto rabiosamente divertido.

Pero estas ediciones conmemorativas generalmente añaden algo más derivado de una cuidada edición, y en este caso quisiera destacar de entre los muchos motivos que convierten esta edición de Sexto Piso en una de especial calidad las magníficas ilustraciones de Pablo Auladell.

De entre las voces narrativas que puede escoger un autor es probable que la de un niño sea una de las más arriesgadas, pero hay que reconocerle a Mark Twain una maestría particular en este aspecto ya que la mirada de  Huck Finn, protagonista y narrador, es uno de los activos fundamentales de la novela como lo son el río o ese particular ambiente tan literario de la esclavitud en los estados sureños que tan bien explorara Faulkner después.

Y se preguntarán cómo es leer Las aventuras de Huckleberry Finn hoy día, con ojos adultos del siglo XXI, y eso tiene fácil respuesta: igual que en su estreno e igual que dentro de tres siglos porque las grandes obras maestras son intemporales y tienen capacidad de modular la mirada del lector para incluirla en su universo particular como si siempre fuera nueva. Comencé la lectura en mientras pasaba unos días de vacaciones en casa de mis padres y cada vez que dejaba el libro aunque fuera un momento mi padre me lo expropiaba porque quiso echarle un vistazo y después no podía dejar de leer, aunque ya lo hubiera leído y lo conociera sobradamente. Este libro no sabe de generaciones.

Me confieso deslumbrado, he disfrutado como pocas veces y no puedo pensar en este libro sin que una sonrisa bonachona me delate. Y no será porque el libro no presente situaciones duras y motivos para la reflexión, pero ocurre que uno las asume con la libertad de quién navega en una barcaza río abajo al abrigo de las estrellas.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Narcisa, de Jonathan Shaw

Narcisa

Narcisa«Si Hubert Selby Jr., Charles Bukowski, Ernest Hemingway, Jack Kerouac, William Burroughs, Neal Cassady, Hunter S. Thompson, el marqués de Sade, Antonio Carlos Jobim, João Gilberto, Edward Teach, Charlie Parker, Iggy Pop, Louis-Ferdinand Céline, Robert Crumb, Robert Williams, Joe Coleman, Dashiell Hammett, E. M. Cioran y The Three Stooges hubiesen coincidido en una especie de grasienta y vergonzosa orgía de burdel, Jonathan Shaw sería, sin lugar a dudas, el diabólico y libertino vástago resultante».

Creo que es difícil hacer una crítica más acertada y descriptiva que la anterior; todos esos hombres, entre los que Johnny Deep incluyó hasta al mismísimo Barbanegra, tienen características en común: son personajes irreverentes, inadaptados y que dejaron una impronta especial en su disciplina artística. Deep vio muy clara la marca que su tatuador, Jonathan Shaw, grabó en la literatura con su primera novela, tan clara que le convenció para reeditarla con su propio sello editorial en 2015 y ahora es Sexto Piso quien la publica por primera vez en castellano.

Un inciso antes de meternos en harina: Rubén Martín, el traductor de esta novela, merece que se le haga una referencia especial. Narcisa es una obra especialmente compleja, con mucha jerga, juegos de palabras, vocabulario en portugués, onomatopeyas, reglas ortográficas y gramaticales retorcidas… Y considero que la labor que ha hecho el Martín es espectacular. No he podido compararlo con la novela original, pero sólo por haber conseguido sacar adelante una traducción tan creíble y legible con todas estas complicaciones, me parece necesario mencionar y aplaudir su trabajo.

Centrándonos ya en la novela, Narcisa nos presenta la historia de Cigano, un antiguo traficante a tiempo parcial y yonki a tiempo completo que, tras abandonar la cárcel y haber superado los cuarenta años de edad, decide iniciar una nueva vida en Río de Janeiro. Allí, en una ciudad repleta de vicio, violencia y pobreza, tropieza con la más dura y letal de las adicciones: Narcisa, una joven prostituta con un pasado atroz, un presente desastroso y un futuro que parece imposible de cambiar por culpa de sus múltiples adicciones y de su tendencia destructiva.

Narcisa es todo lo malo del mundo y, al mismo tiempo, todo lo que hace que merezca la pena vivir. Es interesada, cruel, viciosa, avariciosa, zafia, imprevisible, malhablada, ladrona, paranoica, agresiva, inestable, engreída, terca, impaciente, mentirosa y caótica. También es pasional, luchadora, inteligente, culta, curiosa, irónica, nihilista, sincera, risueña, atrevida, cariñosa, imaginativa, decidida y valiente. Narcisa son las mariposillas más agradables que has notado nunca en el estómago y el dolor más agudo y desgarrador que has tenido que padecer.

Por encima de la trama, lo que sobresale en este trabajo es el estilo del autor, muy personal y descarnado. Shaw hace literatura pomposa desde el fango más oscuro y pegajoso: tiene la facultad de embellecer lo espantoso y de hacer que lo aparentemente agradable dé auténtica grima. Su escritura es un viaje con volantazos agresivos, un tobogán de comparaciones, metáforas, e hipérboles provocadoras y siempre al límite de lo moralmente aceptable. Sin duda Charles Bukowski, referente del realismo sucio con quien Shaw compartió conversaciones y botellas cuando ambos colaboraban en Los Angeles Free Press, estaría muy orgulloso de él.

Los pequeños capítulos en los que se divide este libro, de apenas tres o cuatro páginas cada uno, se leen con ansiedad, me atrevo a decir que hasta con gula. No es que sea una novela con un argumento deslumbrante, con muchos giros narrativos y con diálogos frenéticos; más bien todo lo contrario. Shaw se recrea en sus descripciones todo lo que cree conveniente, adjetivando todo lo adjetivable e introduciendo figuras literarias muy por encima de lo habitual en la literatura del siglo XXI. La narración es, de hecho, muy musical; sólo hay que ver alguno de los vídeos que hay por la red en los que Shaw recita algún fragmento para darse cuenta de esa sonoridad, de esa cadencia que pide con ansia una banda sonora a la que amoldarse.

Es un libro extenso y en ocasiones agotador. Agota porque no ves salida a los problemas que sufren los dos protagonistas, porque los dos chocan una y otra vez con la misma piedra: Narcisa con la del crack, Cigano con Narcisa. Ambos tratan de abandonar su adicción, de dejar de ser esclavos de aquello que les está destrozando por fuera y por dentro, pero siempre acaban volviendo a recaer en sus infiernos. Un triángulo amoroso apasionante y pernicioso a partes iguales, del que será difícil prever cuál de los integrantes será expulsado de la relación.

Estoy seguro de que a muchas personas no sólo no les gustará, sino que aborrecerán esta novela a los pocos capítulos. Y me parece la cosa más lógica del mundo: Narcisa no es apto para todos los públicos, no sólo por cuestión de edad, sino también porque requiere una predisposición a enfrentarse a un relato cruel y desangelado y no todos estamos dispuestos a pagar ese precio por leer una gran novela. Para mí es uno de los grandes descubrimientos del año, una lectura que me ha tenido obsesionado desde antes incluso de tenerla en mis manos. Y creo que lo mío también tiene toda la lógica del mundo. Al fin y al cabo, todo en Narcisa son excesos y contrastes.

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Tu amor es infinito, de Maria Peura

Tu amor es infinito

Tu amor es infinitoDespués de tan sólo haber leído veinte páginas de este libro, os prometo que ya tenía el estómago del revés. Me sentía rara, no podía creer lo que estaba leyendo, pero no podía parar. No sabía que iba a tener que enfrentarme a todos esos demonios, no sabía que iba a tener esa sensación en el estómago durante toda la lectura. No tenía ni idea de dónde me había metido exactamente. Ahora, desde la distancia de los días que han pasado desde que acabé el libro, puedo decir que ha sido una lectura dura (no recuerdo una tan cruda en mucho tiempo), pero ha sido a la vez liberadora, asombrosa y realmente satisfactoria. ¿Cómo puedo tener sentimientos tan contrarios? Tu amor es infinito es una novela llena de opuestos, de realidad y ficción, de amor y odio, de vida y enfermedad, de niñez y vejez, de magia y desilusión.

Maria Peura (1970, Finlandia) es la autora de esta maravillosa novela publicada por la editorial Sextopiso. Me gustan muchos sus ediciones y la portada de ésta en concreto me parece perfecta. Creo que la ilustración transmite mucho de manera muy sutil. Hasta con las portadas hay que saber lucirse.

Tu amor es infinito, finalista del Premio Finlandia de Literatura en 2001, es una obra narrativa, pero os aseguro que es mucho más. He leído poemas menos líricos que esta novela. La belleza del lenguaje usado en este libro alcanza niveles muy altos, tan altos que te llevan a volar. Leyendo algunos pasajes de esta novela he notado como mis pies se elevaban de la tierra y me he dejado llevar, meciéndome, como una hoja arrastrada por el viento. Me he paseado por los bosques de Finlandia, me he sumergido en sus lagos, he montado a caballo y he visto cielos estrellados. Pero, como le ocurre al personaje de esta novela, no todo es lo que parece y entre vuelo y vuelo me he dado, unas cuantas veces, de bruces contra el suelo.

Saraa, una niña de siete años es la protagonista de Tu amor es infinito. ¿Qué se espera de una niña de esa edad? Juegos, travesuras, amor infinito y felicidad. Algo tan simple como querer y ser querida. Sin embargo, no es tan sencillo. Saraa, cuyos problemáticos padres están sumergidos en un eterno proceso de divorcio, es enviada a casa de sus abuelos a pasar el verano. Se supone que los padres quieren lo mejor para sus hijos, se supone también que los abuelos quieren lo mejor para sus nietos. Con esta novela todo es un suponer, por eso nos deja con la boca abierta, mudos y sin poder parar de leer esta historia.

Saraa no parece ser digna de ser querida, ni  por sus padres, ni por sus abuelos. El calor que se supone que debía protegerla en casa de sus abuelos se convierte en un infierno para la niña. Y entonces nos damos cuenta del horror: incesto, palizas, abusos sexuales, engaños y dolor, mucho dolor.

Lo que ocurre es que todo este horror lo vivimos bajo la inocente perspectiva de Saraa. Y eso quizá sea lo más doloroso de todo. Una niña que sólo desea que la quieran, que no entiende los juegos del abuelo, pero que daría todo por complacerle. Una niña que quiere sentirse querida por su abuela, en lugar de recibir tanto desdén. Saraa, que espera acariciar a su madre, jugar con su padre. Una pequeña de siete años que no pretende ser más que eso, una niña.

A través de la imaginación, Saraa encuentra su propia forma de evadirse de ese sinsentido. Dibuja un círculo en el suelo, se mete dentro de él et voilà, ya nadie puede hacerle daño. Entonces la imaginación vuela y leemos los pasajes más hermosos del libro, dejándonos llevar por ella, buscando también ese amor infinito que todos los niños merecen.

Qué genial sorpresa encontrar libros así. Cuánta belleza y cuanto dolor caben en 205 páginas. Qué necesaria esta novela para valorar lo que tenemos.

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Dios es rojo: La historia secreta de cómo el cristianismo sobrevivió y floreció en la China comunista, de Liao Yiwu

Dios es rojo

Dios es rojoSaben, y los saben porque son lectores tan fieles como atentos, que siento una cierta debilidad por Liao Yiwu. Nuestros caminos (y los suyos) se han cruzado en Librosyliteratura ya en varias ocasiones y se han materializado en las reseñas de El paseante de cadáveres y Por una canción, cien canciones, de modo que Dios es rojo no debería pillarme por sorpresa. Pero sí que sorprende, vaya si lo hace. Empezando por un cuestión numérica, uno piensa que no hay mucho espacio para el cristianismo en un lugar como China y de hecho el propio libro la define como una religión minoritaria que apenas profesa el cinco por ciento de la población. Poca cosa. 70 millones de personas, ciudadano chino arriba, ciudadano chino abajo. Así que la línea de salida es tan interesante como que en China hay más cristianos que, por poner un ejemplo al azar, en España. Pero además no es una obra militante, el autor se reconoce como no creyente pero eso mejora sustancialmente la novela que no es proselitista en lo que a las creencias religiosas se refiere. Eso si no consideramos el amor por la libertad como una religión, claro.

Liao Yiwu sigue el mismo método que utilizara en el paseante de cadáveres, que consiste en una serie de entrevistas que pasan por ser una muestra representativa de aquello de lo que se habla, lo cual redunda en una fluidez narrativa que facilita la lectura de una obra que con otro enfoque podría haber resultado más árida. Las estampas de las vidas de los cristianos chinos que llenan estas páginas son muy emotivas, pero son más interesantes. Y lo son no por la  vertiente de martirio o de lucha que está presente en sus vidas, sino porque son un lado desde el que rara vez se ha contado la historia de un sitio tan interesante como China. Dios es rojo ayuda a comprender China, lo cual no es necesariamente edificante pero sin duda sí es necesario.

Hay muchos testimonios de diferentes generaciones. La visión cristiana de muchos de ellos no es equiparable a la de los países occidentales en el sentido de que tienen muchos problemas propios (la existencia de una iglesia gubernamental, por ejemplo). Incluso la obsesión de algunos de ellos por cuestiones materiales, la devolución de bienes incautados, resulta poco cristiana a nuestros ojos, aunque muy china por otra parte.

Pero lo que más me gusta de Dios es rojo es básicamente lo mismo que me gusta de Liao Yiwu, su honestidad. El retrato de los personajes a los que entrevista no es tendencioso ni panfletario y lo mismo se puede decir del de la sociedad que retrata y su evolución histórica. China es un país inabarcable del que lo único cierto que me atrevo a decir es que ostenta el dudoso honor de haber sido capaz de reunir en una única realidad lo peor de los dos mundos que la referencian, un materialismo desmedido que acomplejaría al más neoliberal de los occidentales y una falta de libertad que no envidiarían tiranos ciertamente destacados en la historia. Tal vez la única manera de comprenderla o al menos de mirarla sea hacerlo como lo hace Liao Yiwu, a través de las vidas de quienes la viven.

Dios es rojo no es un libro sobre religión. No sería ninguna deshonra que lo fuera, desde luego, pero es un libro sobre personas que viven situaciones excepcionales y conocer ambas, a las personas y a las situaciones, es un privilegio que debemos agradecer a Liao Yiwu y a quienes le prestan su voz en condiciones en las que hacerlo no es fácil, por no decir que es peligroso. Leerlo no sólo es interesante, sino que es el merecido homenaje que les debemos a esas personas.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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