Muerte de tinta

Muerte de tinta, de Cornelia Funke

muerte de tintaAbrir un libro debe convertirse, siempre, en algo distinto a todo lo que llevamos vivido hasta el momento. Sólo así puede entenderse la verdadera naturaleza de un lector que, ávido por nuevas experiencias, abre un libro tras otro buscando algún mensaje oculto y que le lleve a meterse en la historia como si no hubiera nada más en este mundo. Algo así, en una especie de locura transitoria – pero de las agradables – es lo que me sucede cada vez que abro un libro de Cornelia Funke. No sé por qué, no sé las razones que me llevan a ella, pero el caso es que, como si fuera una invitada a la que yo abro las puertas de mi casa siempre que lo desee y no reparo en agasajarla con todo lo que esté en mi mano. Y es curioso porque, en realidad, es al revés. Es ella, con sus historias, la que consigue llenarme de regalos que, tras muchos años, he ido acumulando como si de tesoros enjaulados se tratasen. Pero si alguna historia ha cautivado al joven lector que llevo dentro y convertido los libros en un placer absoluto, sin duda alguna es su trilogía más famosa, que termina aquí con Muerte de tinta que augura algo trágico, pero a la vez emocionante y que sólo quien lo lee sabe que no podía ser mejor, no podría encontrarse un mundo tan apasionante por mucho que lo intentara. Vivir en los libros, dicen, es como si todo un nuevo universo se desplegara ante nosotros y pudiéramos olvidarnos de la realidad. No se trata de viajes a mundos paralelos, o quizá sí, puede que en este mundo de la literatura, consista precisamente en contenernos a todos en una especie de realidad distinta para que sepamos que, más allá de lo que conocemos, existe algo más que podemos hacer nuestro.

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Yonqui

Yonqui, de William S. Burroughs

yonquiHay novelas que cambian el rumbo de quien las lee, como lo puede hacer la música cuando entra en el cuerpo que, con su ritmo, cambia el compás y lleva a un ritmo vertiginoso a quien la escucha. Serán – si mi ingenuidad no me permite mentirme a mí mismo – unas cuantas novelas las que han mantenido, a pesar del paso del tiempo, esa condición y ese cambio que se augura al inmiscuirnos en sus letras, como pequeños polizones en un barco del que ya empiezan a irse las ratas, que son las primeras siempre en abandonar cuando algún peligro las acecha. William S. Burroughs, en aquel verano en el le descubrí, convirtió una pequeña lectura – por su extensión no por lo que conlleva – en esa especie de fantasma que persigue pero no agarra, en ese tipo de susurro que eriza los pelos que nacen en la nuca, recorriendo la espina dorsal y terminando con el poco alivio que nos queda, ese que se da al respirar después de muchas sensaciones, y que el cuerpo no es capaz de aguantar. Porque al fin y al cabo, la lectura es algo así como la droga máxima para alguien que ama los libros demasiado, y en esta historia de viajes, de colocones, de subidas y bajadas causadas por la droga, por la heroína, por la búsqueda de una droga milagrosa que no dañe el cuerpo y ni siquiera la mente, comprenderemos que allá por el 53, año en el que esta novela fue publicada, han pasado tantos años, pero en realidad casi todo sigue igual porque la adicción, la llamada a filas de lo que nos acerca un poco más a la muerte, sigue caminando a sus anchas por las calles y bares nocturnos, y por las vías anchas que recorren nuestro cuerpo. Ahí, en nuestras venas, es donde se encuentra la verdadera historia escondida.

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Sandman Obertura 2

Sandman Obertura 2, de Neil Gaiman y J. H. Williams III

sandman obertura 2Es bien sabido, y sino lo vuelvo a repetir, que yo soy un fiel admirador de todo el universo Sandman y que uno de mis autores de cabecera es Neil Gaiman a quien admiro no sólo como creador de un universo propio en la ciencia ficción sino por haberme descubierto, a través de la lectura, la mezcla entre fantasía, infancia y oscuridad que, con las dosis necesarias, hace que todos nos sintamos identificados con sus historias. No es por tanto una sorpresa entender que, cuando vi que se publicada una nueva serie sobre uno de sus personajes estrella – Sueño, de los Eternos – primero entré en parada, después empecé a morderme las uñas por la espera y al tenerlo en mis manos, una especie de subidón hace acto de presencia y yo me veo tan inmerso en este mundo onírico que es imposible que quiera salir de él por mucho que lo intenten – y vaya si la realidad lo intenta, la puñetera de ella -. En cualquier caso, en ocasiones leer y observar van de la mano, en un camino acompañado que expande el universo creado por el autor y convierte la lectura en algo destino que es lo que busco siempre. Una emoción, una simple frase que dé al traste con todo lo conocido, un sentimiento que vaya más allá de la pura evidencia, de haber leído algo bueno, porque estaba claro que, si ya en el primer número me conquistó, en este segundo número, más rebuscado y con unos juegos con el lenguaje brutales, sólo podía superar las expectativas y haberme hecho creer que lo que aquí se cuenta no puede ser mejor. ¿Que por qué? Bueno, eso me temo que tendréis que descubrirlo más adelante…

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El misterio de Pont-Aven

El misterio de Pont-Aven, de Jean-Luc Bannalec

el-misterio-de-pont-aven.jpgNo sé si alguno de ustedes tiene intención de viajar a la Bretaña próximamente; si es así, y si les va ese estilo, pueden ustedes hacerse con una guía de viaje convencional, o pueden hacerse con esta novela, El misterio de Pont-Aven, que también cumplirá ese mismo cometido. Tendrán así un dos por uno: lectura amena para sus vacaciones y orientación y pistas sobre lugares que ver, detalles en los que fijarse y pinceladas sobre el carácter bretón.

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Cuadernos rusos

Cuadernos rusos, de Igort

cuadernos rusosSi uno hace una búsqueda por internet escribiendo el nombre de Anna Politkóvskaya descubrirá que esta periodista defensora de los derechos humanos y opositora del conflicto checheno y del presidente Vladimir Putin, fue asesinada a traición y murió en un ascensor mientras varios disparos sesgaban su vida. Una vida en la que, lo único que pretendía, era dar luz a la verdad que nadie quería sacar a la luz. Murió por luchas por la verdad y eso sólo tiene una conclusión evidente: en pleno siglo XXI todavía hay sectores que se mueven con total impunidad por el mundo, y las decisiones políticas siguen matando a gente que lucha porque este mundo sea, sino mejor, al menos mucho más tranquilo para sus ciudadanos. No mentiré si digo que, movido entre la estupefacción y el asombro, lo que he descubierto en este Cuadernos rusos es una narración valiente, dura, casi tan dura como el dolor de las balas que se clavan en el cuerpo de alguien, y que nos cuenta la historia de una mujer que luchó hasta el último aliento por la vida y la dignidad humana, y además, la historia de un conflicto que nos retrotrae a otras épocas y que nos deja tiritando del miedo al pensar que, todo esto, todo lo que aquí converge en un punto – y ese es la barbarie – sucedió no hace mucho y sigue perpetuándose, estira sus brazos y golpea las vidas de unos ciudadanos que, de poder hacerlo, huirían de todo lo que conocen convirtiéndose en nómadas que no encontraran paz allá donde vayan. Porque lo importante no es aquello que dejas, sino lo que te llevas contigo. Porque el dolor, lo insoportable de él, es que te persigue incluso en sueños.

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Un viaje a la India

Un viaje a la India, de Gonçalo M. Tavares

un viaje a la india Si en la vida hay viajes que cambian la existencia, no es difícil imaginar que en la vida, también, hay libros que dejan un poso, una pequeña marca, que convierten su lectura en una especie de experiencia más allá del propio libro, más allá de lo que se vive en las letras y que convierte los instantes, los momentos en los que la historia ha ido desarrollándose, en un camino que lleva a algo más propio del alma, más propio de lo que se vive que del simple paso de los ojos por sus páginas. Si yo, después de Un viaje a la India intentara descubrir aquello que ha marcado un antes y un después, sería complicado porque en cada uno de los capítulos – o cantos, como el autor los denomina – hay un indicio, hay una pista, hay algún elemento que convierte este viaje del protagonista en un viaje de todos, de aquellos que cerramos nuestra vida y huimos, de aquellos que consideran que los caminos empiezan desde un lugar determinado pero nunca saben dónde acaban. Nuestros pies nos conminan a seguir, nos ordenan avanzar y nunca detenernos en un lugar determinado y observar, hacerlo sin el prejuicio que tanto abunda, o incluso con la ceguera que siempre anula la posibilidad de ver lo que realmente tenemos delante, aquello que aparece y desaparece en un momento y que, si no estamos atentos, nos perderemos sin remisión alguna. Hay viajes que cambian la vida de los que los hacen, pero también hay libros que golpean y que después dejan heridas que, quizá, no se curen rápido.

Conoceremos aquí a Bloom, un hombre que decide viajar tras llevar a las espaldas un crimen y que intenta huir, en un viaje que le llevará por paradas imprevistas, aunque el viaje más importante es el que se dará, como no podía ser de otra manera, en su interior.

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Tres crímenes rituales

Tres crímenes rituales, de Marcel Jouhandeau

tres crimenes ritualesLa Historia ha recubierto la tierra con numerosos crímenes que, aún a día de hoy, siguen sorprendiendo al más respetable de los mortales – si es que alguno queda – y acaparando ríos de tinta que suponen una especie de luz a la que no podemos dejar de mirar por mucho que sepamos – porque lo sabemos – que nos provocará daños a la vista. Hay, por tanto, una especie de obsesión por el mundo criminal que convierte a quien lo lee, como si por el efecto de un espejo se tratase, en ciudadanos respetables que jamás cometerían el crimen sobre el que están leyendo. Tres crímenes rituales son tres relatos de lo que, en las épocas en las que se cometieron, supusieron tres crímenes para la mente y la vida de un autor que, ya desde su fantástico prólogo, nos advierten que fue un escritor que se sentía maravillado por diferentes temas y de índole bien diferente. Y como si fuera una de esas estaciones en las que el silencio va haciendo mella y no hay refugios a nuestro alrededor, nos veremos en un momento poniéndonos en la piel de las víctimas, pero también de los verdugos, e incluso de los cómplices que, bien por su silencio bien por su voz sibilina que se introducía en las mentes de los que después cometieron el crimen, difuminando a la perfección esa línea roja que separa la inocencia de la culpabilidad, la naturaleza bondadosa de la que hacen gala los humanistas con el verdadero instinto que surge cuando, en un momento determinado, quitar una vida es el único objetivo que nuestra mente puede crear.

Tres crímenes que, seguidos desde el público, se convierten aquí en relatos donde una fotografía fija de la realidad nos devuelve a la realidad más absoluta, aquella en la que hombres y mujeres cruzan la línea y hunden el cuchillo en la carne.

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Ni siquiera los perros

Ni siquiera los perros, de Jon McGregor

Ni siquiera los perrosCómo escribir sobre el dolor de lo que no se puede ver. Podría estar ahí. En cualquier parte. En las letras de las palabras o en los signos de puntuación. O en una de esas terapias de grupo donde todos se mienten y cuentan tragedias que no existieron nunca para justificarse. Porque esto, las charlas, siempre se trata de lo mismo. De inventar razones para que los demás, los de las vidas ordenadas de ahí afuera, duerman tranquilos. Así que nadie dice que en realidad todo fue bien. Que fue solo la apatía. O una inmensa tristeza. O el desgaste. O las pocas ganas. Sí, sobre todo las pocas ganas. No hablan de manos huecas o risas enganchadas a la vía del tren. Ni del tiempo avanzando de prisa. Devorándoles. O de las malas decisiones. Solo era eso. Una tras otra. Esa incapacidad de encontrar un hueco donde encajar. Pero ellos no lo cuentan. Todos se guardan la verdad. La que tira por debajo de la piel, hueca, que no protege. Tendría que hacerlo. Tendría que volverse de hormigón y evitar que según qué cosas dolieran.

Ni siquiera los perros (Even the Dogs en el original) es el acertado título que le da Jon McGregor a esta novela, la tercera que escribe, en la que centra la atención en una serie de personajes adictos a las drogas y al alcohol, vulnerables, que buscan como sea el contacto de otra piel. En ella Robert Radcliffe desearía sentir cualquier tipo de cosas, aunque fuera el dolor. Pero es diciembre y él está muerto y no hay nadie allí. Nadie que le vea. Nadie que le escuche, aunque tampoco le lleguen las palabras para contar su verdad, encerrada en el fondo de una botella vacía de whisky. Leer más “Ni siquiera los perros” »

Los proyectos Manhattan 3

Los proyectos Manhattan 3, de Jonathan Hickman y Nick Pitarra

Proyectos Manhattan 3El actual panorama en el mundo de las novelas gráficas y los cómics – porque aunque no lo parezca, entre los dos conceptos hay diferencias – me hace preguntarme siempre por qué he tardado tanto tiempo en meterme de lleno en este universo. Puede que fuera por todos esos discursos que escuché en los que este tipo de publicaciones se tachaban de lecturas para niños o que, simplemente, eran para personas raras - entendiendo el término “raro” como alguien del que había que alejarse a toda costa -. Eso es lo que se llama, de toda la vida, prejuicio. Y como yo, que nunca he pretendido que este tipo de cosas sean las que dicten lo que yo debo o no debo leer, me metí en este mundo del que ya no he podido salir por recomendación de otros libreros de confianza o porque, simplemente, un buen día decidí abrir uno de ellos y ya no pude parar. En cualquier caso, y sea como fuera, descubro con estupor y satisfacción una serie como son Los proyectos Manhattan como si yo fuera un niño con zapatos nuevos – qué tiempos aquellos en los que todavía importaban esas cosas – y que en esta tercera entrega se supera y nos trae un relato que ahonda mucho más en lo que ya nos contaran los dos volúmenes anteriores y que trae mucho más mala leche, más ciencia – igual a maldad en estado puro – y otras muchas conspiraciones que no desvelaré para no aguarle la fiesta a nadie, pero que ponen el punto perfecto a una historia que parece escrita estando puesto de ácido lisérgico y que es todo un desafío para los sentidos que nos anclan a esta realidad tan, llamémosla de una forma políticamente correcta, aburrida.

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Mr. Smith

Mr. Smith, de Juha Seppälä

Mr SmithHace ya un tiempo, en una clase de la universidad titulada “Movimientos migratorios”, hablamos de lo que supone la migración en las personas, las emociones que suscitan en las personas que la viven y aquellos que les rodean. Un sentimiento de pertenecer a dos partes, y de no tener un hogar concreto en el que echar raíces. Algo así, mediante un pequeño mosaico que se entrelaza en las vidas de varios personajes, encontramos en las páginas de Mr Smith, en una especie de búsqueda de orígenes, del germen que construye lo que somos, lo que nos hace crecer o simplemente detenernos, en un tiempo y un espacio que se convierte en una pesada losa, en una época detenida en la que los recuerdos son la balsa que nos salvará – o destruirá – de la realidad que nos conmueve, o que nos inutiliza para ser mejores que lo que nos mantuvo en tierra firme desde que fuimos un simple pensamiento, una simple cuestión que nuestros padres se plantearon. Y es que el tiempo recrudece la piel que nos alberga, la historia de una familia que podría haber sido eterna, pero que se convirtió en un fragmento, en una pieza de un puzzle incompleto porque el viaje, la migración, el caer de un lado o de otro, del este o del oeste, como si brujas malvadas de los cuentos hubieran echado su maldición, convierten a los integrantes de un legado, en simples desconocidos que buscan su lugar, sin encontrarlo demasiado.

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