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Vernon Subutex 2, de Virginie Despentes

Vernon Subutex 2

Vernon Subutex 2Hace unos meses hablé aquí de la primera parte de la trilogía de Vernon Subutex, y recuerdo que al final de la reseña les pedía a los editores de Literatura Random House que se dieran prisa en traducir la segunda.

Por suerte para mí, lo hicieron y desde hace unas semanas podemos leer en nuestra lengua Vernon Subutex 2, la continuación de la historia del vendedor de discos que acaba siendo un sin techo (¡no he hecho ningún spoiler, esto podíais encontrarlo en la contra del libro!).

Dicho así, la sinopsis de esta historia dividida en tres partes no parece muy interesante. Pero lo es. Porque en estos libros Virginie Despentes hace un retrato preciso, crudo y no exento de humor de la sociedad en la que vive. La autora tiene el don de mostrarnos lo que tenemos justo delante de las narices y darle nombre. Integra hasta tal punto su ficción en la realidad que a veces tienes que dejar de leer para pensar, ¿esto que está contando no es verdad, no? Y, al mismo tiempo, logra hacer esa realidad fascinante. Y ya os adelanto que fascinar al lector con la descripción de un personaje liándose un porro no parece que sea muy fácil. Pero Despentes lo logra.

¿Qué cuenta entonces la novela? Sigue el periplo de Vernon que, como ya hemos dicho, en el libro anterior se quedó en la calle. En Vernon Subutex 1 vimos que, con el auge de las descargas ilegales y más tarde la crisis, la vida del protagonista se había ido convirtiendo, de manera lenta pero firme, en un infierno monótono, aislado y solitario. Tuvo que cerrar la tienda de discos y vivía prisionero en una ratonera relativamente cómoda, pero cada vez más solo y más pobre. Y es a partir del momento en el que le echan de su piso y se queda sin nada cuando la situación cambia.

Que Vernon Subutex se quedé en la calle es el detonante que hará saltar por los aires la vida de muchas personas, algunas que le conocían, otras que no. Ese pequeño acontecimiento actúa como una ráfaga de viento sobre un castillo de naipes y tiene consecuencias que se desarrollan en Vernon Subutex 2 hasta límites tan absurdos como verosímiles. Antiguos compañeros de banda, clientes, amigos, otros sin techo, conocidos de conocidos… Vernon es el enlace entre decenas de personas que no tienen nada en común entre sí y que precisamente por eso tienen mucho que aportarse.

Si en la primera parte veíamos muy de cerca los estragos que ha causado el tiempo en la vida de los que formaron parte de la juventud de Vernon, la segunda parte de la trilogía es mucho más luminosa. En Vernon Subutex 2 las piezas que conocimos en la primera encajan armónicamente, y Despentes crea un mundo del que quieres formar parte. Pese al peligro que entraña. Y, ahora sí, hasta aquí puedo contar sin hacer spoilers.

Por otro lado, la autora también ha creado al DJ literario que todos querríamos tener en nuestras fiestas. Por la novela desfilan Bowie, The Who, Link Wray, The Beatles… La banda sonora de Vernon Subutex se merece una lista de Spotify. Y bailando nos quedamos a la espera de la tercera parte y resolución del periplo de este extraño héroe. Sale en francés este mes de mayo. Señores editores, dense prisa.

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Sangre en el ojo, de Lina Meruane

Sangre en el ojo

Sangre en el ojoHay algo profundamente atrayente en Sangre en el ojo, de Lina Meruane. Quizá sea la hondura que tiene para lo simple que parece; quizá la sensación de cercanía y a la vez de asombro literario, quizá la novedad de un Santiago de Chile tan poco novelado para mí; el caso es que este texto es uno de esos que se atraviesan en un suspiro y se terminan con cierta pena porque uno comprende que no les cabe segunda parte.

Recorre Sangre en el ojo un esqueleto tan inadvertido como resistente. Un orden dentro del desorden que supone la trama, claro. Lina, Lucina, hija y pareja, centro absoluto del relato, se queda de repente ciega, o casi, durante una fiesta. Nada sobrenatural, sino una consecuencia de la insistencia de sus venas por llenar sus ojos de sangre, algo que ya había advertido su oculista (un maravillosamente bien trazado doctor Lekz), que también le da cierta esperanza de recuperar la vista en un futuro cercano. A su alrededor, un novio reciente, Ignacio, es el único punto de referencia en una ciudad monstruosa como Nueva York, en la que por lo demás Lina solamente tiene un puñado de amigos fugaces y una beca que se menciona casi únicamente para hacer referencia al seguro. Para colmo, una mudanza, preparada desde hacía semanas y, por tanto, inevitable, termina de descolocar lo poco que antes había tenido un lugar fijo.

Una ciega, o casi, en la capital del mundo. Por fortuna Meruane no cae en la tentación de describirnos con todo detalle sus vicisitudes por NY como invidente. La novela retrata su entorno, cierto, pero lo hace más como el recuerdo de lo que vio que como lo que puede palpar y sentir en ese momento. Además abandona pronto la metrópolis y pone rumbo a Santiago de Chile, para pasar un angustioso mes de espera entre diagnósticos con sus padres, familia y el propio Ignacio. Y en Santiago se descubre la verdadera naturaleza del relato, que no es otra que trazar un mapa de las relaciones de Lina (y, en general, de las relaciones). Un entramado complejo de sumisiones, rencores, atrasos y faltas, una interesante visión de cómo las dependencias sentimentales, tanto las elegidas como las impuestas, condicionan nuestra vida.

Sangre en el ojo es una novela en apariencia simple, autoficcional, engranada en torno a un suceso que da la impresión de que le podría pasar a cualquiera y que, inicialmente, parece que podría escribir cualquiera. No plantea grandes complejidades técnicas y sin embargo en ese sentido me parece perfecta, justa en el detalle, sin ser aburrida y tampoco sin resultar banal. Un ejemplo de cómo se puede conseguir la calidad muy lejos del barroquismo. Quizá, como ya se apunta, la autoficción comienza a cansar un poco y les puede resultar cargante a quienes busquen libros menos pegados a la realidad y, por qué no decirlo, menos personalistas. Pero no sería justo achacar nada de ello a Lina Meruane, por supuesto.

En la faja de mi edición, antes de hacerla pedacitos como hago siempre, decía que este es uno de los cien mejores libros de los últimos 25 años según Babelia. Una verdad a medias, que no deja de ser una mentira, porque aquella lista se refería solamente a los libros escritos originalmente en español. No obstante, estoy dispuesto a perdonárselo esta vez. Sangre en el ojo merece tener esa segunda vida en las listas, en las conversaciones, en las traducciones.

Pero sobre todo merece ser leído antes de que nos quedemos, todos, ciegos.

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Retrato de una dama, de Henry James

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Henry James es un mago del lenguaje escrito como pocos ha habido, hay y, me aventuro a pronosticar, habrá. Es sumamente infrecuente encontrar una escritura tan bella, tan cuidada, tan rica, tan preocupada por el detalle y, a la vez, tan deliberadamente ambigua, de tal forma que suscita tantos interrogantes como respuestas proporciona, y deja abierto a la imaginación y a la adivinanza tanto espacio, que casi la mitad de la historia -o de las conclusiones de la historia y de sus diversas secuencias, situaciones y escenas- es obligatoriamente obra del lector, de cada lector, partiendo de la certeza o de la advertencia forzosa de que ni siquiera después de décadas de estudios, aproximaciones, análisis sincréticos y dialécticos de su obra, de contextualizaciones históricas y biográficas, de interpretaciones de literatura comparada… ni siquiera después de todo eso han logrado los expertos en Henry James alzarse con respuestas definitivas que despejen algunas de las más célebres ambigüedades de su obra; el ejemplo más conocido es La vuelta del torno (u Otra vuelta de tuerca), muestra, toda ella en su íntegra integridad, de las prestidigitaciones semióticas y paradójicas de las que era capaz James. Pero el resto de su obra participa igualmente de esa preferencia por dejar al lector confuso e indeciso: tal famosa escena de Retrato de una dama ¿se refiere al despertar sexual o es la descripción velada de un intento de agresión?

Bien; vamos por partes. La primera: leer Retrato de una dama. A pesar de su longitud, es, sin embargo, mucho más accesible y fácil de leer que obras breves como Los papeles de Aspern y la propia La vuelta del torno. Ello se debe a que se trata de una obra cuyo objetivo es narrar la vida, o la mayor parte de ésta, de Isabel Archer, quien, al comenzar la obra, es una jovencita estadounidense que llega a Inglaterra de la mano de su tía y bajo la égida de ésta, como muchacha casadera. Inmediatamente comienza a hechizar a quienes la rodean, empezando por su familia, los Touchett: su primo Ralph -uno de los personajes mejor construidos y más entrañables de la novela, tal vez el único verdaderamente noble- y su anciano y enfermo tío; más tarde, el joven aristócrata Lord Warburton y la enigmática Madame Merle; sin olvidar a los que ya cayeron bajo su magnetismo personal y la siguen hasta Inglaterra, como su apasionado pretendiente Caspar Goodwood o su mejor amiga, la periodista Henrietta Stackpole. Isabel conocerá a mucha gente, y casi todos ellos serán personajes que conoceremos al dedillo, porque Henry James les insuflará la vida -sí, cobrarán vida delante de nuestros ojos, y conoceremos sus mentes y sus almas hasta el punto de que nos resultará excesivo, nos agobiará ese conocimiento tan perfecto, como si fueran nuestros mejores amigos o los enemigos de toda una vida­–; personajes que, sin embargo, no podremos dejar de seguir, de los que querremos leer más y más, saber de sus bondades y de sus vilezas, adivinar sus próximos pasos, indagar aún más en su interior. Pero nada de ello nos distraerá del objeto preferente de nuestro interés, que ni por un solo momento dejará de ser ella: Isabel Archer. Porque, a medida que avance la lectura, el objetivo, la pregunta suprema de Henry James será también la nuestra: ¿puede Isabel Archer ser feliz con las decisiones que ha tomado?, y ¿puede compaginar su amor por la libertad con esas decisiones concretas y con las consecuencias de éstas? Así, la historia aparentemente trivial de una muchacha de clase media agraciada –en apariencia– por la fortuna deviene en el estudio pormenorizado de un dilema existencial que traspasa épocas, siglos, circunstancias históricas y geográficas, incluso socioeconómicas. Es así como la historia particular de Isabel Archer se convierte, para Henry James, en supuesta lección moral y vital, pues el autor, si en algún momento no juega a la ambigüedad, es precisamente a la hora de mostrarnos claramente sus propias conclusiones, dejándonos aun así la libertad de rechazarlas y alcanzar nosotros las nuestras (pues, si no, no sería Henry James).

Hay quien tacha Retrato de una dama de novela aburrida, estática, donde no pasa nada. Al contrario: pasan muchísimas cosas; no dejan de pasar cosas, en realidad. Que éstas pasen en las mentes y en los corazones de los personajes, y que James nos haga partícipes de ellas usando para eso todo su arte literario, no supone la menor diferencia. En su afán por explorar hasta las últimas consecuencias las preguntas que él mismo pretende responder, Henry James va haciendo a Isabel Archer atravesar todo tipo de situaciones, enfrentándose a algunos personajes, aliándose con otros y despachando a algunos más, todo ello manteniendo constantemente el interés, porque sus personajes, ya lo dijimos, están casi insoportablemente vivos, evolucionan ante nuestros ojos, insinúan sus intenciones, disimulan, se muestran o se ocultan y nos sorprenden al final. Leer Retrato de una dama es tan apasionante como observar a la gente de nuestro alrededor, descifrarla y adivinar sus motivaciones y sus próximos pasos, filosofar sobre la condición humana, emitir juicios de valor, hallar correlaciones de causa y efecto con parámetros profundamente humanos y, por ello, imposibles de sintetizar ni de descodificar.

Retrato de una dama es también la historia de los anhelos humanos, de los deseos y de su diferencia -a veces, abismal y, por ello, en ocasiones, trágica– con la realidad, cuando ésta llega para desbaratar aquéllos, para obligar a los personajes a cambiar de tercio. Henry James nos va mostrando cómo sus personajes se enfrentan a la pérdida, a la derrota, al fracaso vital, y cómo van salvando las situaciones: algunos con dignidad, otros con vergüenza. Se describen y se denotan a sí mismos, no hace falta juzgarlos porque ellos, en sus actos, llevan ya su salvación o su condena.

Además, en Retrato de una dama disfrutaremos de la crónica social y de costumbres de Europa y de Estados Unidos, por aquel entonces –si es que no lo sigue siendo– un país idealizado, joven, que todavía conservaba un aura salvaje e indómita.

Retrato de una dama es, en resumen, una obra imprescindible para entender el personalísimo realismo de Henry James y para disfrutar de su singular estilo, irrepetible, sin concesiones. Random House nos ofrece esta novela clásica en una bonita edición de tapa dura y, lo que es más importante, en una maravillosa –y, sin duda, muy laboriosa– traducción de Ana Eiroa.

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Galveias, de José Luis Peixoto

Galveias

GalveiasPortugal es un país que me encanta. He vivido allí durante un año y he visitado en muchas ocasiones sus ciudades y pueblos. Me gustan sus gentes, su lengua, su cultura, su gastronomía y esa decadencia tan visible en ciudades como Oporto o Lisboa. Es un país que me produce una nostalgia enorme, pero una nostalgia sumamente positiva. Como un fado, Portugal me envuelve y yo solo puedo dejarme llevar. Además, siendo extremeña, cruzar la frontera es realmente fácil y rápido. ¿Veis? Ahora me han entrado muchas ganas de perderme en uno de sus encantadores pueblos, pasear por sus calles y tomar café en cualquiera de sus cafeterías (por cierto, el café portugués es uno de los mejores del mundo).

Cuando viví allí con una beca Erasmus estuve en Braga, una ciudad que está en el norte del país, cerda de Oporto. Braga no es una ciudad muy grande y donde yo vivía, a las afueras, aquello parecía aún más una aldea con sus quintas, sus calles empinadas, fuentes y típicos aldeanos. Así que algo sé de ese Portugal más rural. En Galveias, José Luis Peixoto (1974) sitúa la historia en su pueblo natal (el mismo que da nombre a la novela). No sé si conocéis a este autor, pero es uno de los más importantes escritores portugueses de la actualidad. (¡Hay vida más allá de Saramago!) Hace poco os hablamos de su novela Dentro del secreto.

El libro, publicado por Literatura Random House, recrea la vida rural en Galveias, en el norte del Alentejo (muy cerca de Extremadura). Pero la narración de la cotidiana vida de este pueblo arranca con un suceso: una noche de enero de 1984, una serie de explosiones y movimientos sacuden la tierra de Galveias. Los vecinos, desconcertados, no saben bien qué ha ocurrido ni de dónde viene ese olor a azufre. Seguirán días de lluvia torrencial y desde esa noche, esa presencia inquietante trastocará y acompañará la vida de los vecinos. Este será el punto de partida para conocer a los habitantes de Galveias, privada y públicamente. Esta novela es un retrato de vida y de la realidad rural que se desarrolla en los pueblos portugueses (bastante parecido a lo que ocurre en nuestro país).

Así, conocemos a personajes como Isabella, la brasileña que regenta la panadería y que también es la dueña del burdel, los hermanos Cordato (que llevan cincuenta años sin hablarse), Miau, el tonto del pueblo, la familia Cabeça o el cartero Joaquim, quien conoce todos los secretos. Todo un elenco de personajes de lo más variopinto, bien definidos y caracterizados y que representan la vida cotidiana de Galveias reflejando la sociedad rural portuguesa en la que creció este autor.

Peixoto es un escritor duro y cuando digo duro quiero decir tremendamente genuino y real. No adorna su narrativa: la presenta fría, seria y en ocasiones hiriente, así como la vida misma.

En este universo cerrado que es Galveias, cada capítulo cuenta una acción diferente, sin un aparente vínculo con la anterior. Un entramado de capítulos que va tejiendo la vida diaria del pueblo y sus personajes.

Lo cierto es que es una novela bastante real que esconde mucho simbolismo entre sus páginas y un cierto sentido poético. Ese suceso inicial que os he contado y que es el punto de partida de la novela representa algo así como un mensaje divino: es el vínculo de unión entre el universo y Galveias.

Una novela cruel y dura que esconde mucho más entre sus líneas y cuyos personajes, genialmente desarrollados, representan una realidad rural que a veces se nos escapa.

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Nosotros en la noche, de Kent Haruf

Nosotros en la noche

Nosotros en la nocheLa verdad es que esta novelita de apenas ciento veinte páginas me ha conmovido hasta límites insospechados y me ha removido y sacudido bastante. Tan solo con leer la sinopsis supe que me iba a gustar. Digamos que fue algo así como un flechazo.

Cuando leí el libro iba por su segunda edición. No sé si ha cambiado algo desde entonces, pero me parecería normal que fuese ya por una tercera. Se lo merece. Además, Nosotros en la noche, publicado por Literatura Random House, ha sido galardonado con el premio Whiting Award y nominado al National Book Award. No es una novelita cualquiera.

Kent Haruf, un escritor americano autor de cinco novelas más, es el creador de este libro. Yo no conocía a este escritor, pero creo que después de leer este libro voy a tratar de leer sus otras novelas. La historia que rodea a la escritura de esta novela es un poco nostálgica (algo así como el propio libro). Resulta que en 2014 los médicos diagnosticaron a Haruf pocos meses de vida. Aun estando enfermo, escribió esta novela y justo después de haber entregado a su editor las últimas correcciones, falleció. Nunca llegó a verla publicada, nunca supo que había vendido miles de ejemplares. Triste, ¿verdad? En realidad, lo que más me conmueve de todo esto es que, sabiendo que iba a morir, tuviera las fuerzas y las ganas de escribir un último libro. Me conmueve la historia que narra en él, porque todo adquiere otro cariz cuando conocemos las condiciones en las que la escribió. Me conmueve enormemente el mensaje que deja en él. Yo, que soy tremendamente sensible y este libro que es tremendamente emotivo. Ya podéis haceros una idea de lo que ha significado para mí, ¿no?

No me gusta destripar los argumentos de los libros y con éste corro el riesgo de hacerlo porque me van a poder la ganas y porque, aunque corto, es intenso. Tranquilos, voy a contenerme, no seré tan malvada.

Louis y Addie son los protagonistas de Nosotros en la noche. Ambos son vecinos desde hace muchos años en Holt, Colorado. Los dos, ahora en la vejez de sus vidas, llevan viudos muchos años. Y éste es uno de los primeros puntos que me toca especialmente la fibra: la gente mayor que vive sola, que se ha acostumbrado irremediablemente a la soledad. Addie, sin embargo, le echa valor y un día va a casa de su vecino Louis con una proposición: dormir juntos. Simplemente eso. Cuando anochece son las horas más difíciles para los dos, el momento en que la soledad se instala en sus casas y en sus cuerpos. Por eso, Addie quiere que su vecino vaya a su casa a dormir con ella. Así podrán charlar, podrán entretenerse y olvidar, durante esa noche, que están solos.

Louis acepta y como supondréis al principio es una situación bastante extraña. Cuando cae la noche, Louis coge su pijama y su cepillo de dientes y se planta en casa de su vecina. Pero esa sensación incómoda tarda poco en desaparecer. Pronto empezarán a sentirse muy a gusto en compañía. Charlan, repasan sus vidas, sus matrimonios y sus sueños. Y lo que es más importante, les importa muy poco lo que los demás habitantes del pueblo puedan pensar de esta atípica relación nocturna.

Sin embargo, aunque ellos, por decirlo de una manera coloquial, estén de vuelta de todo, no todo el mundo piensa ni siente igual que ellos. Y aquí, amigos, hay una lección muy grande para todos. Si dos personas adultas no tienen ningún miedo a la opinión del resto de la gente, ¿quién se cree la gente para opinar sobre ellos?, ¿quién nos creemos que somos? Sí, me enerva este tema y a la vez me emociona. Qué bien si no tuviéramos prejuicios, ¿verdad? Qué genial sería si la gente pudiese hacer lo que le dé la gana sin tener que dar explicaciones. Sabrán ellos, sobre todo nuestros mayores, lo que quieren, ¿no? Preciosa novela. Preciosa lección, lectores.

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Acuario, de David Vann

Acuario

AcuarioOs confieso que sufro una especie de extraña adicción por David Vann. Su narración, a medio camino entre lírica, oscura y violenta, es tremendamente hipnótica e incómoda, como si uno quisiera parar de leer pero no pudiera dejar de hacerlo. Algo así también sucede en su nueva novela, Acuario, donde abandona por primera vez los páramos salvajes e indomables de las islas de Sukkwan Island y Caribou Island, las montañas de Goat Mountain y el verano asfixiante de California en Tierra, y se adentra en la fría ciudad de Seattle. No se aleja demasiado, es verdad. Después de todo, David Vann sigue sonando a David Vann y su naturaleza, aunque encerrada en tanques de cristal, continúa presente entre sus páginas.

Bien es cierto que ahora, más que algo hostil y amenazante, el acuario al que alude el título es un refugio. Un rincón para soñar y a partir del cual tratar de comprender el mundo. Allí pasa las tardes Caitlin, una niña de 12 años que espera paciente a que su madre la recoja al salir de trabajar cada día, hasta que una tarde irrumpe en su vida un misterioso anciano, cuya presencia, a ratos algo inquietante, es el detonante que desfigura el mundo, o la rutina, que ella y su madre han creado a su alrededor.

Acuario, un poco como Sukkwan Island, sucede en dos tiempos. Una primera parte, íntimamente relacionada con el mundo de los peces, hermosa, casi poética, con hojas de estrellas, medusas y dragones marítimos, de los que se cuelgan, eso sí, las notas de una triste balada, cantada o narrada en primera persona por la propia Caitlin. Y una segunda donde el aire de Seattle se vicia y se vuelve denso, y la realidad se vuelve oscura y angustiosa.

Y es que no importa cuántas veces el escritor cambie de escenario, o la fuerza que este ejerza sobre sus personajes, sus historias siempre están protagonizadas por el lado más salvaje y primario del ser humano. Ese lado oculto de las cosas que no vemos. Es ahí donde resuena la voz del viejo Vann que, aunque no golpee con la misma intensidad que Sukkwan Island, eso es cierto -ninguna de sus obras posteriores lo hacen-, regresa a algunos de sus lugares más comunes: el sentimiento de ira, la culpa heredada o los vínculos de sangre. Pero también a su gran obsesión, la familia como elemento de hostilidad. Tampoco es tan raro, a fin de cuentas ahí es donde empieza y termina todo.

Traducida por Luis Murillo Fort, no se separa en esto del resto de sus obras y, por momentos, aunque con una trama en su recta final algo más forzada, adquiere cuotas de suspense, casi de terror, con giros inesperados, o vueltas de tuerca, allí donde la prosa se aprieta y se torna más violenta, que sumergen al lector en un ambiente inquietante y perturbador. Cierto es que a sus ingredientes tradicionales, añade algún que otro elemento nuevo. Indaga en conceptos como el amor incondicional o el perdón y proporciona algo más de luz al texto, a pesar de que, en el universo retorcido de este autor, la niebla sea siempre demasiado espesa.

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El rey Lear, de William Shakespeare

el rey lear

 

El rey LearWhen we are born we cry that we are come
To this great stage of fools/
Cuando nace uno llora la llegada
a este gran escenario de idiotas.
LEAR

Si hay un aspecto de las obras de Shakespeare que podríamos extrapolar a nuestro tiempo, es quizás la psicología de los personajes y las situaciones que viven en las mismas. Aunque es cierto que en nuestro entorno no encontramos reyes, bufones, princesas, caballeros, duques o condes, sí que podemos encontrar corrupción, venganza, ambición e hipocresía disfrazada de honradez y sinceridad.

Y, en esta obra, encontramos muchos ejemplos de ello… Todo comienza cuando el anciano rey Lear se levanta un día con el deseo de dividir su reino entre sus tres hijas, pidiendo a cambio que ellas expresen en palabras su amor por él. Mientras dos de sus hijas proclaman por todo lo alto su infinito amor por el monarca, Cordelia no dice nada y esto desata la ira del rey. A esta trama se le unen otras subtramas y otros personajes que marcarán el desarrollo de la obra.

Tras haber leído y disfrutado Sonetos, El sueño de una noche de verano, Noche de Reyes, Hamlet y Romeo y Julieta, la lectura de El rey Lear era casi obligada. Ya sabía que, en cierta manera, encontraría en ella el humor característico de Shakespeare, junto con las situaciones dramáticas a las que tiene acostumbrados a sus lectores. Lo que no sabía es que en esta obra nadie es quien parece ser y que el autor me iba a sorprender tanto jugando con el factor sorpresa. En El rey Lear, amarás a los personajes que odiabas en un principio y odiarás a esos personajes que parecían tan sinceros y amables en sus primeras páginas. Además, aunque el autor introduce pequeñas moralejas, nos encontramos situaciones injustas que, como en la vida misma, ocurren en el libro.

Lo que no me ha sorprendido en absoluto durante su lectura es la magia que el autor desprende a través de su pluma, sus juegos de palabras y la ironía que solo él sabe poner a sus personajes más enigmáticos. En esto el autor sigue como me tenía acostumbrada en las obras que ya he leído y releído varias veces. Amor, amistad, ambición, venganza, hipocresía, falsedad y honestidad se dan cita en una obra que no cesa su ritmo desde que empieza hasta que llega a su fin.

Además, leer esta edición especial en concreto, al cumplirse los 400 años de la muerte de este célebre autor, ha sido una delicia. No solo incluye la edición original en las páginas impares y una nueva traducción al español (brillante, por cierto) en las pares, de tal forma que puedes leer ambas al mismo tiempo o consultar dudas del original, sino que también incluye magníficas ilustraciones a lo largo de la misma que acogen algunas de las frases más importantes y significativas.

El rey Lear es quizás una de las tragedias más conocidas de Shakespeare y una de las obras más valoradas de la literatura universal. Y es quizás también una de las obras más sinceras y profundas que he leído hasta el momento. Me ha llegado, una vez más, al corazón esa forma tan característica del autor de retratar las emociones, los sentimientos y la conciencia humana a través de las palabras. William Shakespeare es uno de los autores que todos deberíamos leer, sin importar nuestra edad o la época del año en la que nos encontremos, solo para dejarnos llevar por la brillantez de su pluma, su retrato de la moral humana y sus moralejas aplicables a nuestro tiempo.

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Industrias y andanzas de Alfanhuí, de Rafael Sánchez Ferlosio

industrias y andanzas de alfanhui

industrias y andanzas de alfanhuiLa edición ilustrada que Literatura Random House ha publicado de Industrias y andanzas de Alfanhuí es atípica: por sus dimensiones, inferiores a las habituales (un tamaño ideal para llevar en el bolso, he de decir); por el tacto rugoso de su tapa, dura y blanca; y por el trazo sencillo del dibujo del niño protagonista en la cubierta —creado por Asen Stareishinski, como todas las ilustraciones de la obra— con solo un toque de color bajo sus labios. Una edición atípica, que incluso desentona en la estantería de novedades literarias, pero la edición idónea para esta historia que, publicada por primera vez en 1951, también se desmarcó de los cánones de la época y del realismo predominante. La encuadernación y las ilustraciones le otorgan un halo de libro antiguo que es perfecto para la historia del niño llamado Alfanhuí, pues sus andanzas nos llevan al mundo primigenio, ese donde la naturaleza y la inocencia intentan prevalecer sobre todo lo demás.

Industrias y andanzas de Alfanhuí, el primer libro publicado por Rafael Sánchez Ferlosio, puede verse como una novela de aprendizaje, las vivencias de un niño de camino a la madurez. Aunque, en realidad, es el pequeño Alfanhuí el que da más de una lección a los adultos de su alrededor, como si fuera una especie de Principito, enseñándoles que son tesoros todo aquello que no se puede vender, lo que vale tanto que no vale nada. Se podría considerar también que es una historia de realismo mágico, donde hay una criada disecada, pero que sonríe de vez en cuando, y una marioneta se mueve como Pedro por su casa por las calles de Madrid. Pero la verdad es que se publicó mucho antes de que eclosionara el género como tal en Hispanoamérica, y no todos sus elementos casan con esta corriente literaria. Tal vez solo sea un retablo de maravillas, donde Sánchez Ferlosio exploró el lenguaje y la fantasía a tal nivel que, aún hoy, resulta sorprendente. Encasillamientos aparte, Industrias y andanzas de Alfanhuí es una lectura para el deleite, pues pocas veces el lector se encontrará con una prosa que invada sus sentidos como lo consigue esta.

El color es un elemento clave a lo largo de la historia. Alfanhuí planea mil industrias para atrapar los colores de su entorno, esa belleza de la que nadie más parece percatarse. Su capacidad de ver más allá, de crear inventos inverosímiles, asusta a muchos y fascina a unos pocos. Y movido por las reacciones de unos y otros, viaja por el interior de España, desde las tierras de Guadalajara o Palencia hasta la ciudad de Madrid, cruzándose con personajes que quebrantan todas las leyes de la lógica y que, por eso mismo, resultan fascinantes. Pero entre tantos colores, peripecias y fantasías, se entromete el blanco, la muerte y la incómoda realidad, todo eso que parece tan ajeno a Alfanhuí, pero a lo que tarde o temprano ha de enfrentarse.

Un toque de Principito, decía, y del Lazarillo de Tormes, añado. Y, pese a las semejanzas, esta obra es diferente porque su prosa y su inventiva lo son. Sánchez Ferlosio describió imágenes tan visuales y originales que hoy causan el mismo impacto que hace sesenta años. De ahí que Industrias y andanzas de Alfanhuí siga siendo una pequeña rareza literaria, y se revaloriza con el paso del tiempo, con ese encanto que tienen los retratos de otras épocas, en los que aún nos reconocemos.

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El desapego es una manera de querernos, de Selva Almada

El desapego es una manera de querernos

El desapego es una manera de querernosEl universo entero se puede construir y explicar mediante círculos concéntricos, que se ordenan alrededor de unidades familiares pequeñas en entornos reducidos. Quizá podría ser esa uno de los mensajes de Selva Almada en El desapego es una manera de querernos. Todo es susceptible de ocurrir en un pueblo argentino, en un medio rural desamparado y poco importante a ojos del resto. La vida, la muerte, el amor, las traiciones más bajas y los lazos más fuertes se pueden encontrar en las vastas extensiones que describe la autora, perdidas en la Argentina profunda, tan inabarcable, tan poco nombrada y sin embargo tan viva y tan pulsátil.
La tierra, el apego y el desapego, como se ve desde el título, y la lucha constante por la vida y contra la vida constituyen el caldo de cultivo sobre el que nace y crece esta colección de cuentos que Almada fue alumbrando (y publicando en algunos casos) durante una década y que ahora llegan a nosotros reunidos en un único volumen.
El título general se corresponde, aunque no palabra por palabra, con uno de los mejores relatos de la colección. Un hombre le comenta a su esposa, después de cenar, que ha muerto su hermano. Ella se extraña: de la muerte, de la manera de contarlo, cuando ya llevaban un buen rato juntos, de la frialdad de su marido ante la muerte de alguien tan próximo. Asistimos entonces a un debate de pensamientos, porque se cuenta más sobre lo que piensan que sobre lo que dicen, y la autora consigue con ello que nos introduzcamos en la cabeza de ambos personajes para analizar el momento, y que nos veamos rodeados por una atmósfera pesada, enrarecida, especial pese a su anodino escenario, con platos, migas, guantes de plástico y demás vida cotidiana asomando por los bordes.
En este caso se desarrolla toda la escena en un puñado de páginas, menos de diez, pero no es la tónica general del libro, que encierra narraciones disparejas que oscilan entre las nouvelles del principio (“Niños”, “Chicas lindas”) y los cuentos cortos del final (“Off-side”, por citar uno), aunque sin llegar al microrrelato. El punto de vista es fragmentado, poliédrico: hablan los diversos personajes, habla la narradora, se intercalan unos y otros y se entrelazan con ellos unas descripciones límpidas y unas ambientaciones soberbias, lo mejor de todo el libro. Porque si algo tiene de uniforme esta colección, si en algo creo que estarán de acuerdo todos los lectores que se acerquen a ella, es que es toda una fiesta del lenguaje. Selva Almada le da espacio a la descripción del calor, de los insectos, de los tractores y de todo aquello que reconocerá cualquiera que, antes de los noventa, haya pasado parte de su infancia en el campo. Eso sí, en clave argentina, donde los coches de alquiler son remís y la vajilla es la loza, por ejemplo. Un placer para los que quieran servirse una ración de castellano distinto al que están acostumbrados a trasegar por acá.
De nuevo, como en el caso de Laura Ferrero, se pueden saltar la lectura de este libro aquellos que traten de encontrar sensaciones fuertes, los que gusten del quiebro final, del cuento con moraleja más o menos evidente, de los cliffhangers al final del relato. No hay más magia aquí que la que desprenden las leyendas populares.
Así como Pola Oloixarac, de la que ya hablé, representa la vanguardia y la ruptura, Selva Almada, de una generación no muy lejana a la suya, parece tratar de recuperar ciertos códigos narrativos, de no perder palabras por el camino. Las dos, como aproximaciones a la literatura argentina actual, pueden dar satisfacción a los lectores, y El desapego es una manera de querernos me ha parecido buena muestra de ello.

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Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie

Todos deberíamos ser feministas

Todos deberíamos ser feministasA finales de 2015, el editor sueco de Chimamanda Ngozi Adichie, junto con varias asociaciones como el Sweden’s Women Lobby, decidió distribuir copias gratuitas de Todos deberíamos ser feministas a los adolescentes del país. La iniciativa saltó a las páginas del diario The Guardian y en cuestión de horas el libro estaba siendo comentado en medio mundo. El hecho suscitó, cómo no, muchas adhesiones y algunas críticas, pero en todo caso consiguió una difusión de esta obra como no hubiera podido conseguir la mejor campaña de promoción.
El texto en sí, para ser estrictos, no es un libro, o no se gestó como tal. Se trata de la adaptación de una charla TED que, con el mismo título, había hecho Chimamanda anteriormente. Está en YouTube, es perfectamente accesible de manera gratuita y no ocupa espacio ni coge polvo en casa. En ese sentido me ha parecido bastante acertada la manera de llevar a cabo la edición, al menos la española (desconozco el resto): un librito muy pequeño, un precio reducido (menos de cinco euros), un tratamiento del texto bastante limpio, sin grandes prólogos, epílogos, justificaciones ni análisis para engordar el volumen injustificadamente.
Puedo decir de entrada que me ha parecido que vale la pena tenerlo, ya no digo solamente leerlo.
Más allá del contundente título, Chimamanda esboza un “abc” del feminismo desde una perspectiva positiva. Esto es, lo define y lo defiende como algo que tiene entidad por sí mismo, y no mediante el enfrentamiento con lo que “no es” o con aquello que supuestamente odia. En sus propias palabras, Todos deberíamos ser feministas retrata la voz de una “feminista feliz africana que no odia a los hombres”.
Una vez establecida esa premisa, el contenido transita principalmente por caminos trillados, por conceptos básicos del feminismo, en su mayor parte a través de experiencias personales de la propia autora. Las diferencias en la educación, diferencias en el trato social y en la consideración dentro de la familia y otros fundamentos de la discriminación hacia las mujeres. Algo que se pone muy de manifiesto es cómo Chimamanda incide en que muchos de esos comportamientos son algo más exagerado en África de lo que pensamos o de lo que experimentamos en nuestra pequeña parte del mundo. Por lo demás, con una lectura superficial el libro puede dar la impresión de no contar nada nuevo.
Y sin embargo esa aparente simpleza no hace que pierda valor, al contrario. A veces es necesario volver a las raíces para aprender de nuevo lo más complicado. Resulta algo frecuente en todos los ámbitos: cuanto más se profundiza en el conocimiento, más se pierde de vista la perspectiva global y más lejos quedan los principios, con el riesgo de acabar perdiendo la base. Si algo consigue Todos deberíamos ser feministas es hacer que el lector recuerde cuatro o cinco elementos fundamentales, en casi todos los casos bastante obvios, pero también bastante descuidados incluso por aquellos que se interesan por el tema y que participan activamente de él. Por eso, este libro de Chimamanda Ngozi Adichie, o cualquiera que se le parezca, tendría que estar no solo en manos de cada adolescente sino en todas las casas.
Vale la pena tenerlo, repito. Habrá mejores textos introductorios al feminismo, más completos, supongo. Lo desconozco porque no he leído el resto. Pues bien, merece tener cerca alguno de ellos, este por ejemplo. Y pensar que hay que leerlo dentro de diez, de veinte y de treinta años. Si hoy, y entonces, no podemos decir que todos los comportamientos que se recogen en el libro están superados, habrá que seguir insistiendo.

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Brújula, de Mathias Enard

Brújula

BrújulaImagino el desierto de dos formas distintas y es probable que ninguna se asemeje a la realidad. La primera es mucho más cálida. El desierto y sus fotografías de postal. Las puestas de sol. Los amaneceres. El oasis al final del camino. Las noches, mil y una, y sus otras mil millones de estrellas. Los beduinos y las historias ancestrales. El silencio. La luna. Buscarse y reconocerse en medio de la inmensidad más absoluta. La soledad dulce. La belleza que duele, que te colapsa. Ahí está. La emoción, tal cual.

La otra forma es algo más arisca. Es el desierto intenso, pasional y desbordante, como esa Brújula que siempre señala el Este de Mathias Enard, y sus brutales tormentas de arena. Los pasos pesados. Lentos. La silueta de la sombra deslizándose entre sus dunas. Las palabras secas. El calor, escurriéndote la piel. Y el frío hueco de las noches. Un reguero de huellas que aparecen de la nada y se pierden en ninguna parte, como este relato que poco a poco va tejiendo una memoria, colectiva y personal. Y en el centro tú. Tú, solo tú y tus ideas. Tú contra ti y contigo mismo. Al igual que Frank, su protagonista, un musicólogo que se siente acorralado por la enfermedad y la levedad del tiempo en esa noche, esa única noche, a la que su relato interno ha decidido abandonarse. Una marisma de pensamientos, recuerdos y sentimientos fielmente enredados a la inalcanzable –al menos el texto, las palabras, siempre van en su búsqueda– Sarah, en un recorrido que se extiende por Damasco, Alepo, Teherán o Estambul que alcanza hasta el “oriente de Oriente” y empieza con Viena.

La capital austriaca es el punto de partida de esta fascinante novela, ganadora del prestigioso premio francés Goncourt. No sé cómo no lo había pensado hasta ahora. Posiblemente porque me siento algo exhausta cuando rebaso la última página con ese hermoso broche final: “A los sirios”. Exhausta de cansada pero también de conmovida.

No es fácil leer Brújula porque es demasiado inmensa. Cuesta hacerse con su ritmo, particularmente al principio, y seguir los acordes que se deslizan entre los amasijos de la mente de su protagonista, un profesor universitario cuya voz, en primera persona, a veces cede su espacio a las voces de otros (especialmente de esa Sarah “incorpórea” con la que comparte protagonismo). Un derroche de nombres, conocimientos y anécdotas relacionadas con Oriente que poco a poco se van ordenando en tu cabeza y van cobrando otra forma. Son nombres propios que ya conocemos. Como Listz, Beethoven o Chopin. Balzac, Hesse, Mann, Goethe o Proust. Pero también la voz vibrante de Shahram Nazeri, las turbulencias de Sadeq Hedayat y la búsqueda inconsolable de Annemarie Schwarzenbach.

Es, por tanto, a partir de los otros, de ese “otro en el yo”, que Frank reflexiona sobre el amor, las enfermedades, los placeres, la muerte o la vida mientras de fondo traza las siluetas de Oriente, se aleja de los tópicos y reproduce sus compases, sus olores y sus imágenes. Entre sus páginas se deshacen los ecos de una Siria que ya solo existe en el recuerdo, los efectos del opio, las calles de Turquía o la revolución iraní. Allí, el peso de la historia, el colonialismo o las relaciones entre Oriente y Occidente se mezclan con su propia experiencia personal, la literatura, la música y el arte, en un hermoso y fiel homenaje, he aquí su otra historia de amor, a los países que el propio Mathias Enard conoció y donde habría de pasar algunos años de su vida.

Brújula, traducida al español por Robert Juan-Cantavella, desborda por su inmensa capacidad de arrojar luz a base de conocimiento, eso es cierto. Como una travesía por el desierto, con sus interminables paseos entre dunas, que suben y bajan. Hay tanto donde mirar que es difícil abarcarlo todo. Es entonces cuando ocurre. Y el lugar árido e imposible se deshace y se recompone como un todo, entre sus infinitos atardeceres, sus historias ancestrales y sus estampas de postal. Porque sí, también hay mucho de eso en su recorrido. Solo hay que seguir hacia el Norte. O hacia el Este en este caso. Y disfrutar del placer del camino.

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Zona, de Mathias Enard

Zona

Zonasin puntos, es lo primero que aprendes de la novela, que está compuesta por una sola frase, casi quinientas páginas de corrido, sin un punto, seguido o aparte, y claro, te llama la atención: Zona, se titula, lo firma Mathias Énard; lo coges con curiosidad porque no te lo terminas de creer pero vas pasando las páginas y sí, hay separación de capítulos y muchas comas y algunos punto y coma pero sigues sin ver ningún punto: un coñazo, piensas, y te acuerdas de Cristo versus Arizona, y de lo que te costó leerla en la adolescencia; es verdad que al principio esta también se hace dura, pero poco a poco entras en Zona y vas cogiendo la velocidad y el ritmo de la novela, no es fácil pero te enamoras un poco de Marianne, te fascinas con el paisaje, te horrorizas con la guerra de los Balcanes y te das cuenta de que el texto no es solamente un experimento formal vacío y sin sentido, que tiene dentro varias buenas novelas, una de espías, una historia del crimen en Europa, una historia de amor; Francis Mirkovic, el protagonista, en cuya cabeza discurre todo, viaja sentado en un tren con destino al Vaticano, un tren actual pero lento, que tarda varias horas en llegar a su estación final: ha perdido un vuelo, o no lo ha querido coger, lo único que le queda es ese tren nocturno que ha de tomar para entregar en la meta un maletín que contiene importantes documentos sobre crímenes de guerra en “la Zona”; durante esas horas recuerda su propia historia, nada limpia, y la va intercalando con un recuento desordenado de hechos violentos desde Napoleón hasta nuestros días, en una especie de Ilíada contemporánea, hasta que se cansa de pensar y se pone a leer y entonces, sí, aparecen los únicos puntos de la novela, que no son pausas en la corriente de pensamiento de Mirkovic sino la puntuación que pertenece al libro que está leyendo, porque después vuelve a cabalgar por las montañas de su monólogo interior y recupera la narración huérfana de pausas fuertes y llena de frases decisivas, de puñales literarios: como Celso Castro, te dices de repente, un poco más acusado en Mathias Énard, que tiene calidad de sobra pero en ocasiones se recrea demasiado, en todo caso ya te has venido arriba, uno de esos libros con los que arder o que arrojar al fuego, te animas, aunque si has llegado a ese momento ya no hace falta animarte, habrás pasado por Beirut y los Balcanes, por Mesopotamia y por Trieste, y si has sobrevivido a la falta de oxígeno en tu ritmo lector y a la violencia que destilan los episodios que narra Francis, entonces te dará igual con quién se compare o a qué te recuerde, que ya vas a llegar al final de Zona a toda costa e incluso te va a dar igual qué pase con el maletín cuando lo entregue o cómo amanecerá en el Vaticano cuando se presente allí, simplemente recordarás que te has pasado media noche en vela tragando páginas y cuando te has querido dar cuenta el libro yacía junto a ti y la alarma estaba sonando y eso sí que ha sido, amigo, un punto final de los gordos.

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