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Kimokawaii, de Enrique Planas

KimoKawaii

KimoKawaiiBienvenidos a Lima, mediados de los noventa. Una ciudad difícil, turbulenta. Bienvenidos a la vida de un periodista cultural que roza la cuarentena, recién separado, sin rumbo, y que navega ocioso por la ciudad despojado de sus páginas. Claro, son los días que suceden a la muerte de Lady Di, a la de Teresa de Calcuta, los meses de secuestro de la embajada de Japón en Perú, no caben en las noticias las exposiciones de pintura ni las entrevistas con escritores.
En este caldo de cultivo, ¿qué es lo último que esperarían que surgiera? Seguramente muchas cosas, pero ninguna sería ¡Kawaii!, una revista de anime y manga. Pues eso es precisamente lo que nace poco después de que el protagonista se cruce con Michiko, una irresistible, volcánica y jovencísima otaku que lo arrastra a una vida completamente diferente a la que habría imaginado unas semanas antes. Dotada de una belleza tan radiante como particular, incluyendo una pequeña deformación, Michiko parece lograr siempre lo que se propone, caiga quien caiga; nuestro periodista, en crisis vital, queda prendido fácilmente de ella y se ve envuelto en una historia que gira muy pronto de la fascinación y el esplendor inicial a algo más perverso, enfermizo, obsesivo. Como todo en la vida de Michiko, como todo en Kimokawaii, esta novela de Enrique Planas.
Su descenso particular a los infiernos se hace de una manera muy natural, progresiva. En tanto que Michiko se construye y ¡Kawaii! toma forma, el periodista, cuyo nombre nunca se menciona, se deconstruye, o más bien se va construyendo en la dirección equivocada, como un mueble que se arma al revés. Sin embargo no es Michiko la única responsable de ello. También está su propio bagaje, su educación, una infancia que no ha terminado de superar y que está marcada de manera decisiva por el anime de Ultra Siete (sí, Ultraman para los españoles).
Esta no es sino una de las decenas de referencias a los géneros de animación japoneses que incluye Planas a lo largo del texto, un auténtico tratado sobre el tema. Son doscientas páginas de nada, de una prosa limpia, rápida y agradable que recuerda a otros latinoamericanos poco abigarrados (Zambra por ejemplo). Sin embargo, el libro contiene descripciones de capítulos enteros de Ultra Siete, escenas de Sailor Moon, y hasta una breve introducción a Ranma 1/2, que tengo que reconocer que era la única que tenía controlada antes de leer esta obra. El balance de una exposición tan amplia es desigual, y en ocasiones uno se aburre de estos fragmentos.
Eso no quita que tengan importancia como elemento definitorio de los dos principales personajes (hay más, pero no quiero destriparles el enredo): el idealista que cree todavía en los héroes de su niñez y piensa que una entidad superior vendrá a salvar el mundo frente a la milennial descarada, una lolita sin ínfulas de serlo, que simplemente toma lo que quiere de la vida consciente de nadie lo va a hacer por ella. De eso habla también Kimokawaii hasta que se nos cansan los ojos de leer: de cómo dos generaciones casi sucesivas pueden llegar a tener dos formas muy diferentes de mirar su propia existencia, y los conflictos que ello les acarrea cuando se relacionan.
Kimokawaii es un ejercicio de composición y descomposición constante. Se destejen las relaciones, muere un amigo, un compañero, comienzan los problemas en el trabajo. Hay que armar de nuevo una vida, un empleo. En el proceso, la mayoría de las veces, ni se escoge la aguja perfecta ni se dan las puntadas con acierto. Ese tren que se ve descarrilar desde el momento en el que asoma es la relación que retrata Kimokawaii.
Aun con sus defectos, Enrique Planas mantiene la atención hasta la última página. En un contexto histórico definido es capaz de plantear una historia imaginada e imaginativa, de tintes disparatados en ciertos momentos, que sin embargo encaja perfectamente con el ambiente. Por tanto, me han parecido más los aciertos que los errores en esta novela que, como su propio título viene a decir, termina siendo una buena mezcla entre lo encantador y lo perturbador.

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Eres hermosa, de Chuck Palahniuk

Eres hermosa

Eres hermosaLa verdad es que no hace mucho tiempo que empecé a leer a Chuck Palahniuk. Todo comenzó cuando entré en la Universidad; un compañero insistía constantemente en que tenía que leer a este autor. Tal fue la insistencia, que cada vez que pensaba en Palahniuk solo se me venía a la cabeza una palabra: obligación. “Tienes que leer a…” nunca ha sido una de mis frases predilectas. No es que no me guste que la gente me recomiende libros, pero cuando se hace con tanta y tanta insistencia, acabo por aborrecerlos incluso sin haber leído una sola página. El chico que os decía sentía verdadera devoción por este autor. Se mostraba emocionado, exultante, cada vez que hablaba de él. Tanto era así que llegó a decirme que si algún día se encontraba en el metro a una chica con un libro de Palahniuk, le pediría matrimonio allí mismo.

Años después, me atreví con mi primera novela de este autor. Me estrené con Condenada. Me horrorizaba y me fascinaba a partes iguales. No sabía si meter el libro en el congelador como en esa escena de Friends o si convertirlo en uno de mis libros de cabecera. Tampoco sabía si quería leer más libros de él o si por el contrario no iba a tocar una de sus obras nunca más. Y mucho menos sabía si Palahniuk era un genio o un demente sin remedio.

Hace unos días me topé con Eres hermosa. Jamás habría dicho que un libro con ese título pudiera pertenecer a Palahniuk, pero ahí estaba. Con esa libélula insinuándose y cuyo significado no podía ni siquiera imaginar. En ese momento, sentí la necesidad de saber qué nueva locura había salido de la mente de este escritor. Quería saber qué situación había llevado hasta la excentricidad y la locura. Jamás hubiera sido capaz de adivinar lo que se avecinaba. Jamás.

Penny se acaba de licenciar en la Facultad de Derecho. Trabaja en un gran bufete; es la becaria. Su vida se pasa entre cafés y fotocopias. Hasta que un día aparece C. Linux Maxwell, cuyas iniciales son C. Li. Max. Sí, “clímax”. Maxwell es un famoso y guapísimo millonario, el deseo de cualquier mujer. Cuando Penny se topa con él, no imagina que su vida se va a convertir, casi literalmente, en un orgasmo.

Vayamos por partes. Lo primero que hay que decir es que este libro va de sexo. Mucho. Página tras página. Pero la verdad es que no es un sexo al uso. Podríamos definirlo como… un sexo científico. Sí, científico puede ser la palabra adecuada. Maxwell lleva años analizando e investigando exhaustivamente cada una de las tribus existentes en el mundo para conocer todas las técnicas sexuales, antiguas y actuales, con un propósito: crear una línea de artilugios que hagan que las mujeres no necesiten a un hombre nunca más, sexualmente hablando. Esa línea se llamará “Eres hermosa”. Maxwell es un meticuloso científico que entiende a la perfección la anatomía femenina. Sabe a cuántas pulsaciones debe estar un cuerpo para alcanzar el clímax impecable, sabe qué hormonas hay que potenciar y de qué manera para que el cuerpo entre en un estado de éxtasis, conoce todas las técnicas necesarias para que una mujer traspase barreras que jamás imaginó. Pero para llegar a convertirse en tal experto, ha tenido que experimentar con cientos, miles, de mujeres. Una de ellas, es Penny.

Con esta descripción muchos podríais pensar que se trata de un libro erótico, pero personalmente no creo que este sea el caso. Un libro erótico busca una complicidad entre la historia y el lector, un frenesí de quien pasa una página tras otra. Eres hermosa, en cambio, es una historia fría, aséptica, apasional. Habla de la obsesión de la sociedad por el sexo. Esa búsqueda incontrolable por el hedonismo, que puede llevar a una marca como “Eres hermosa” a dominar el mundo. Pero, como Penny podrá comprobar, no es oro todo lo que reluce. Y nada, en esta vida, sale gratis.

A Palahniuk se le ha vuelto a ir la pinza. De verdad. Para que os hagáis una idea, uno de sus “conejillos de indias” es la propia Presidenta de los Estados Unidos. No es por nada, pero para atreverse a esto, hay que estar muy mal de la cabeza. Y, otra vez, no sé si estamos ante una genialidad o ante unos delirios de un amante de la vesanía. Lo que sí sé es que esta novela no ha acabado en mi congelador por muy poco y que si mi amigo de la Facultad ve a alguna chica leyéndolo en el metro, tendré boda el año que viene.

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La flor púrpura, de Chimamanda Ngozi Adichie

La flor púrpura

La flor púrpuraLa personalidad y el comportamiento del ser humano están determinados por sus genes y por el ambiente en el que vive. Nature and nurture, naturaleza y crianza, o lo que es lo mismo, herencia y entorno. Nacemos con una herencia genética fija que nos predispone a ser tímidos, adictos a las drogas o propensos a sufrir una depresión. Este saco de genes regalado por nuestros padres interacciona con el entorno que nos ha tocado vivir, con los amigos que nos encontramos o nos encuentran, con el brillante profesor de matemáticas del instituto que descubre algo en ti que nadie más había visto, con la natación del jueves y con el ballet de los martes. Pero también y por encima de todo, nuestra estructura genética choca con sus donantes originales, con cómo son, cómo viven y cómo nos educan nuestros padres. Tras un tira y afloja de varios años entre estos dos grandes mecanismos reguladores, se genera un adulto más o menos inteligente, motivado, extrovertido, neurótico, atrevido, voluntarioso, optimista y empático (por mencionar solo algunos de los muchos aspectos que configuran la personalidad).

Los genes son bastante invariables (de momento, de momento), así que lo único que se puede controlar para generar un adulto sano es evitar que la influencia del ambiente sea muy negativa. La infancia debería ser una etapa sagrada ya que en ella se forman la gran mayoría de los esquemas mentales que nos van a permitir luego enfrentarnos con cierta soltura en un mundo complejo. La infamia es que en muchos casos no es así. Muchos adultos se encontrarán con que están más o menos incapacitados para tratar con lo que les rodea, precisamente por haber encajado en un mundo peligroso o terrible en su niñez.

La Flor Púrpura es un libro que nos habla del final de la infancia de dos hermanos, Kambili y Jaja, que viven en un ambiente muy particular creado, principalmente, por su padre. La atmósfera en la que viven se sale de lo corriente. A mí me ha recordado al mundo tan extraño en el que viven los hijos en la película Canino. En esta extraordinaria película de Yorgos Lanthimos, se podría decir que los padres han secuestrado a los hijos del mundo real, obligándolos a vivir dentro de casa sin que entre ni una pizca del mundo exterior en sus vidas. Este encierro induce en sus hijos una ingenuidad y una pureza no habituales en niños “corriente y molientes” (si es que existe tal cosa). Sin embargo, la consecuencia atroz de este experimento es que, si alguna vez fuesen más allá de los muros de su casa, estos niños, ya adultos, serían completamente incapaces de entender nada de lo que les rodea. Los personajes de Canino son ficticios, pero existen casos reales equiparables, como el descrito en el documental Wolfpack (2015) de Crystal Moselle, que cuenta cómo los hermanos Angulo pasaron encerrados catorce años en su casa porque su padre tenía miedo de que Nueva York los “contaminase”.

Kambili y Jaja, viven una situación singular, no tan extrema como la de los niños de Canino o los del documental Wolfpack, y desgraciadamente mucho más habitual. A otra escala, la educación restrictiva de Eugene, el padre de Kambili y Jaja, transporta a los niños a un espacio cuyas únicas referencias son las que el padre permite. El factor externo “educación” choca con la carga genética de Kambili y le produce miedo, confusión y silencia su voz, mientras que el mismo factor provoca en Jaja frustración, culpa y finalmente determinación. En la historia que cuenta La Flor Púrpura, el entorno es una bomba que determinará las personalidades de Kambili y Jaja para siempre, a no ser que algo lo impida. A no ser que se les exponga a otro mundo lleno de risas, de flores de otros colores, de comidas más baratas pero más sabrosas. A un mundo de relaciones flexibles y naturales en el que conviven con armonía la tradición y la modernidad, la rebeldía y la supervivencia. Un mundo como el de la Tía Ifeona, la hermana de su padre.

Hasta ahora no he dicho que La Flor Púrpura se desarrolla en Nigeria y que todos los personajes del libro, a excepción de algún sacerdote europeo, son africanos. Y no lo he hecho a propósito. Precisamente para no incidir en lo que Chimamanda Ngozi Adichie llama el “peligro de la historia única” en su lúcida charla TED. Si tenemos muy poca información sobre una persona, un país, un continente, lo poco que sabemos los define de manera exclusiva.“La historia única” nos limita, fomenta los estereotipos y transmite la sensación de que somos muy diferentes de aquello que no conocemos. “La historia única” es la que hace que muchos europeos y americanos hablemos de África como si fuese un país en vez de un continente; un país además pobre, enfermo, analfabeto y violento. Solo eso. Chimamanda Ngozi se queja y nos recuerda que sus habitantes también son ambiciosos en sus trabajos, quieren conocer a la pareja de su vida o se preocupan por la rebeldía de sus hijos en su adolescencia. Todos somos muy parecidos en lo esencial y “la historia única” fomenta las diferencias y la oposición del “yo” frente al “otro”. Chimamanda Ngozi propone luchar contra la generación de esquemas tan pobres, sumando historias que nos permitan ver con más claridad. Y la materia de la que está hecha La Flor Púrpura, su primera novela, se podía extrapolar a Francia, Canadá o China. Es verdad que el clima político que ella describe es inseguro y peligroso y, obviamente, esta realidad como parte del entorno que los moldea tiene un gran impacto en sus vidas.

Pero la vida está en muchas otras plazas. En la contradicción emocional en la que vive Kambili con respecto a su padre, que parece ser un héroe y un monstruo a la vez; en la lucha por la democracia y la libertad de los medios de comunicación en la que lidian Eugene y Ade Coker; en el papel de la religión, tanto la de los dioses Igbos con sus exóticos rituales como la de la religión católica mostrada a través del antagonismo de Eugene y del padre Amadi; incluso en las preparaciones de comidas dónde se pela, se trocea y se cuecen verduras, tubérculos, frutos y se mezclan, si se puede, con algo de carne (el okpa, las hojas de orah… palabras hermosas no traducidas, probablemente directas del Igbo).

Chimamanda Ngozi, con su prosa limpia y bien estructurada, lucha contra la historia única no solo mediante un cuento sobre Nigeria que se suma a lo que conocemos, sino que predica con el ejemplo y puebla su historia con personajes complejos y contradictorios, que percibimos que están hechos de lo mismo que nosotros. Después ha escrito obras mejores como Medio Sol Amarillo o Americanah, pero su primera novela contiene ya los ingredientes y el buen hacer que le hicieron recibir el premio “Commonwealth Writer´s” al “Best First Book”.

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Los monstruos que ríen, de Denis Johnson

Los monstruos que ríen

Los monstruos que ríenPremio National Book en 2007 por Árbol de humo, novelas como Hijo de Jesús, especialmente, o El nombre del mundo han consagrado a Denis Johnson como un autor de culto dentro del panorama literario actual. No es de extrañar. El escritor, que apenas concede entrevistas y vive apartado con su familia en Idaho, tiene un lenguaje propio, poético y figurado, fácilmente reconocible. Sus textos están plagados de personajes descarriados y confusos que viven en una especie de nebulosa, de equilibrios imposibles entre el caos y la decadencia, en ese lugar del subsuelo donde resulta igual de sencillo llegar a la esencia absoluta de las cosas que perderse definitivamente en ella.

En su última novela, Los monstruos que ríen, Johnson –que vivió durante un mes en Uganda para encontrar el tono adecuado de su relato– abandona no obstante su particular estilo, despliega una prosa menos lírica, algo más narrativa pero casi igual de hipnótica, y construye una historia de espías, contrabandistas y traiciones, ambientada en el continente africano y protagonizada por Roland Nair, un agente secreto en una misión encubierta, cuyo amigo, Michael Adriko, un mercenario africano, huérfano de la guerra, pronto contraerá matrimonio con una joven estadounidense.

Escrito con esa voz narrativa en primera persona que tan bien se le da a Denis Johnson, a ratos rota y oscura, intencionadamente ambigua, dramática y no exenta de humor, la novela encuentra en África, donde nunca nada es lo que parece, a su cómplice ideal. Cualquier cosa es posible en medio del universo caótico, asfixiante, violento y corrupto que se respira entre sus páginas a través de los paisajes de Uganda, Sierra Leona y el Congo. Un nido de mentiras, sangre y dinero no tan fácil donde el mundo libra a diario sus batallas sin importar las consecuencias y donde, no por casualidad, dos de sus montes, bautizados por el misionero James Hannington, dan título a esta novela.

De “los monstruos que ríen” a las Montañas Felices, tal y como las conocen allí los autóctonos, hay un amplio trecho. El mismo que separa al observado del observador. Y eso a pesar de que la línea se vuelve cada vez más difusa a medida que avanza la trama de sus protagonistas. Ellos, tanto Nair como Adriko, son la verdadera esencia de este thriller, con más acción que suspense, que, si bien no llega al nivel de calidad de sus anteriores obras ni a toda su trascendencia, se reserva algunos momentos de innegable factura.

Allí, como reconoce Roland Nair en algún instante de la novela, uno tiene la sensación de que pasar, en el sentido de pasar, no pasa nada. Y, sin embargo, la acción es continua. También las imágenes. Porque de algún modo esto se trata de observar. Entre medias, entre los recovecos de la historia, está todo ese caos y ese desorden que el agente secreto, como un yonqui de la adrenalina, echa en falta en su vida diaria, mientras alrededor todo sucede como si lo hiciera bajo los efectos, en cierto modo sedantes, de una película.

Ocurre casi fuera de Los monstruos que ríen pero sucede. Quizás porque Denis Johnson un poco como Michael no hace planes, solo “urde historias”. Y es precisamente en esos instantes cuando se dan algunas de las secuencias más impactantes de esta novela que justifican por sí solas toda su existencia. Lo demás es una lectura apacible, capaz de provocarte diferentes sensaciones que terminan justo en el instante en que la última página toca a su fin, algo poco común en este autor, que acostumbra a meterse en tu cabeza.

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Vernon Subutex 1, de Virginie Despentes

Vernon Subutex 1

Vernon Subutex 1Cuando pensamos en París, por muchas veces que hayamos estado y la conozcamos bien, siempre nos vienen a la mente las mismas imágenes: la Torre Eiffel, Montmartre, el Sena, la plaza de la Concordia…

Bien, quiero adelantaros que no encontraréis nada de eso en Vernon Subutex 1, la última novela traducida al español de Virginie Despentes. La novela de Despentes, como todas sus obras, tiene poco que ver con esa Francia romántica de agencia de viajes y exuda sátira, rock y autenticidad por todos sus costados.

Vernon Subutex 1 es una novela coral en la que la autora da voz a una legión de personajes -ricos, pobres, mujeres, hombres, heteros, LGTBIQ, autoproclamados de derechas, de izquierdas, católicos, musulmanes- para conformar un cuadro del París actual. Este cuadro siempre rota alrededor del personaje que da nombre a la novela: Vernon Subutex.

Pero, ¿de qué va Vernon Subutex 1? La novela empieza, por supuesto, con Vernon. Se nos presenta como un ex vendedor de discos en plena decadencia. Con la crisis en la industria de la música, tuvo que cerrar la tienda y, después de varios años viviendo de trabajillos y de la ayuda de amigos, le desahucian de su piso. Cuando los funcionarios del Estado vienen a echarle, Vernon solo puede llevarse una bolsa con algunas de sus pertenencias y, pensando que puede sacar algo de dinero de ello, coge unas cintas de vídeo que Alex Bleach, un famoso cantante que fue amigo suyo, grabó en su casa meses antes de suicidarse. A partir de ese momento, Vernon tira de Facebook y se las ingenia para hacer coachsurfing en casa de conocidos y amistades durante unas semanas.

La genialidad de Despentes reside en que no cuenta la historia siempre desde la mirada de Vernon, sino que cada vez que presenta un personaje nuevo, la autora nos muestra cómo es la realidad a través de sus ojos. Y lo hace de un modo extraordinario. Mediante este recurso, vemos lo que los personajes piensan los unos de los otros, cómo se contradicen, comprobamos que lo que sentimos hacia los demás casi nunca es bidireccional y que la imagen que tenemos de nosotros mismos no suele coincidir con la que el mundo ha dado por válida. Por ejemplo, el mismo Vernon, un tipo que desde sus propios ojos no tiene ningún atractivo ni interés, es, sin saberlo, un gran seductor que se hace querer tanto por hombres como por mujeres, y por qué no decirlo, un tío bastante guapo.

Como he adelantado arriba, por la novela desfilan personajes tan variopintos como reales. De un capítulo a otro, nos encontramos en la cabeza de pijipis burguesas ex adictas a la heroína cuyos hijos se han convertido al catolicismo. Maltratadores de izquierdas. Brokers pasadísimos de coca que encarnan el neocapitalismo más salvaje. Hijas de actrices porno convertidas al islam. Ex rockeros que votan al Frente Nacional. Dependientes de H&M que por la noche juegan a ser neonazis.

Y Despentes consigue que, como lector, no te descuelgues, que la novela siga teniendo un ritmo intenso, acelerado, como una canción punk. Porque Vernon Subutex 1 te arrastra a lo largo de sus más de 300 páginas sin ningún tipo de dificultad: la trama encaja sus piezas a la perfección y el misterio de las cintas de Alex Bleach te persigue, y persigue a un Vernon ignorante de que tiene a media ciudad tras sus pasos, durante toda la novela.

Con Vernon Subutex 1, Despentes se ha marcado una novela compleja, sutil, trágica, humorística, satírica, absurda y tremendamente realista al mismo tiempo. Es imposible no reconocerse en la sociedad que pinta la autora, en sus extremos, en sus crueldades y también en su humanidad.

Vernon Subutex 1 también es una novela que habla de lo que pasa después de la juventud, de cómo una generación se solapa con la siguiente y el peso de la rutina destroza hasta a los más tenaces. Todo salpicado de buena música y dosis ingentes de ironía. Hacedme caso, leed a Despentes, y os quedaréis con ganas de que Literatura Random House traduzca la segunda parte de esta novela (¡porque hay una segunda parte!) ya mismo.

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Las manos de los maestros II, de J. M. Coetzee

Las manos de los maestros

las-manos-de-los-maestros-iiAl igual que el anterior tomo de En manos de maestros I, este segundo tomo nos regala a los amantes de la literatura el inmenso placer de ponernos los ojos de un maestro indiscutible, J.M. Coetzee para contempla, analizar y descubrir a otros grandes autores o temas del mayor interés. La diferencia de este último tomo está al final, porque el último de los ensayos permite entrar en el propio mundo creativo de Coetzee, un lugar del que no se sale indemne.

Los ensayos de este segundo volumen son:

  • Erasmo: locura y rivalidad
  • Goethe, Las desventuras del joven Werther
  • Sobre Hölderlin
  • Joseph Roth, los cuentos
  • Robert Musil, Las tribulaciones del estudiante Törless
  • Italo Svevo
  • Sándor Márai
  • Irène Némirovsky, escritora judía
  • Ocho formas de mirar a Samuel Beckett
  • El joven Beckett
  • Juan Ramón Jiménez, Platero y yo
  • Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes
  • Sobre Zbigniew Herbert
  • Trabajar con traductores

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Las manos de los maestros I, de J. M. Coetzee

las-manos-de-los-maestros-iEl reclamo promocional de este libro es poco menos que irresistible: J.M. Coetzee escribiendo sobre escritores. Y es irresistible porque considero a Coetzee uno de los mejores escritores vivos y un intelectual de gran altura, por lo que sus análisis sobre maestros de la literatura son doblemente atractivos. Pero aunque las manos de los maestros es eso que promete, resulta también es otras cosas, una recopilación de ensayos de muchos temas. Trata sobre todo de escritores, es cierto, pero también tiene sorpresas. Uno se sorprende de que alguien sienta la necesidad de escribir, pongamos, sobre la pereza de los hotentotes, pero se sorprende más aun, créanme, de leerlo apasionadamente. Porque la prosa, el espectáculo de la mente de Coetzee en movimiento, su despliegue argumental llevan inevitablemente a la emoción y a la admiración. Tanto da si habla de la pereza de los hotentotes como de Phillip Roth. Sigue leyendo Las manos de los maestros I, de J. M. Coetzee

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El nombre del mundo, de Denis Johnson

El nombre del mundo

El nombre del mundoEscribí en su momento, y lo reitero ahora, que con Denis Johnson siempre tengo la sensación de estar perdiéndome cosas. Entonces acababa de volver de un viaje. Recuerdo que pensé que tendría que regresar. A Hijo de Jesús, así se titulaba el libro, o a las vías del tren que, mientras lo leía, atravesaban aquel paisaje de un verde imposible.

Dos años después, he ido y he vuelto de El nombre del mundo. Y sí. Es cierto. Continúo perdiéndome cosas. Al menos esa es la sensación. Que siempre, cuando se trata de este autor, hay mucho más detrás de cada palabra que la palabra en sí misma. Su lectura más que un placer es una auténtica catarsis. Algo capaz de mover esa parte de ti que ni siquiera sabías que tenías.

En El nombre del mundo –traducido por Rodrigo Fresán y publicado por primera vez en castellano en 2003, cuya reedición coincide ahora con la publicación de otra de sus novelas, Los monstruos que ríen– Johnson cuenta la historia de un profesor universitario, Michael Reed, que intenta reponerse cuatro años después a la muerte de su mujer y de su hija en un trágico accidente.

Quien nos lo narra es precisamente él, en primera persona y bajo su particular visión de las cosas, con una voz contenida pero extremadamente lírica (marca de la casa), cuyo tono es aparentemente neutro, capaz de deslizarse entre la fina ironía, el humor, la tristeza y una forzada indiferencia. La narración, y no es casualidad, se enmarca en el periodo más insustancial de la vida de su protagonista, engullido como está por esa especie de sinsentido vital que le impulsa a continuar con su rutina. Como si el dolor a veces se estancara y dejara de doler, de tanto que lo hace.  Sigue leyendo El nombre del mundo, de Denis Johnson

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Relojes de hueso, de David Mitchell

Relojes de hueso

 

Relojes de hueso

Aún nos encontramos en una fase muy rudimentaria de nuestro desarrollo evolutivo como especie. Aún carecemos de una palabra para definir la tristeza que supone acabar un libro que no quieres dejar ir. Todavía nadie ha establecido grupos de autoayuda para reconfortarnos entre nosotros por la pérdida de una serie de personajes de carácter ficcional. Y aunque los hechos experimentados tengan una naturaleza de carácter fantástico o ilusorio, lo cierto es que la risa o la melancolía no pueden ser fingidas cuando no hay nadie más en la habitación. Cuando eres tú y la historia los únicos que quedáis despiertos después de que todo el mundo se haya marchado a casa. No siempre sucede, claro. Mucho de los libros que acabamos leyendo nos sirven para pasar el rato, para hacer llevaderos un martes cualquiera, una tarde de invierno con lluvia. Y luego están los malditos, libros como Relojes de hueso que no aceptan su condición lúdica, aquellos que contienen personajes tan reales que pueden llegar a incomodarnos. La última novela traducida de David Mitchell me ha hecho recordar que aún carecemos de una terminología exacta para todos esos sentimientos despertados por un libro. La última incursión narrativa del autor de El atlas de las nubes ha movido todo los muebles de sitio, y lo ha hecho sin pedir permiso. Como si esta fuera también su casa. Como si no importase tocar algo dentro de ti y marcharse al día siguiente, sin despedirse.

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Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg

Ciudad en llamas

Ciudad en llamas

El debut de Garth Risk Hallberg en el panorama literario de Estados Unidos es uno de esos inicios que hacen historia. Además de conseguir un adelanto de dos millones de dólares, todo un récord para un escritor novel, una productora ya ha se ha hecho con los derechos cinematográficos de su novela, que se va a publicar en 17 idiomas.

No obstante, más allá del ruido mediático, que siempre confunde en parte las cosas, habrá quien, como yo, llegue a Ciudad en llamas (traducido al español por Cruz Rodríguez Juiz) más por un impulso. La clase de impulso que te mueve a leer un libro de casi mil páginas sin saber mucho de él. Después es Hallberg el que consigue que quedarse se convierta en una tarea más o menos sencilla.

Su historia se inicia en la Nochevieja de 1976, con un tiroteo en Central Park, eje central de toda la novela, y culmina en el verano de 1977 con el histórico apagón de Nueva York que sumió a la ciudad en un ambiente de caos, vandalismo, violencia y desorden público. Entre medias un profesor que aspira a escribir la mejor novela americana, un músico punk heredero de un imperio económico, dos adolescentes que tratan de encontrarse entre las calles de Manhattan, un periodista deprimido, un pirotécnico, un policía a punto de jubilarse y un matrimonio en trámites de separación, entre otros, deambulan a lo largo de sus 94 capítulos buscando desesperadamente algún tipo de conexión.  Sigue leyendo Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg

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Las constelaciones oscuras, de Pola Oloixarac

Vivimos eLas constelaciones oscurasn una época tan poseída por los demonios que sólo podemos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad, dice uno de los personajes de Las constelaciones oscuras (Literatura Random House) cerca del final de la novela. Cuando llega ese momento, hasta un firme defensor de la bondad humana como yo asiente, convencido por las casi doscientas páginas anteriores de que aquello no puede ser de otra manera. Tal es el poder envolvente de esta obra de Pola Oloixarac, uno de los más originales de la narrativa del último año, pero también uno de los más difíciles de clasificar.

Las constelaciones oscuras se construye en torno a Cassio, un argentino-brasileño nacido en 1983 que demuestra desde una edad temprana unas dotes extraordinarias y mucho interés por la computación. De carácter un tanto antisocial, se concentra en las máquinas y termina siendo un hacker de alto nivel, cuya maestría le lleva eventualmente a formar parte de un proyecto (gubernamental pero clandestino) que busca dar un paso radical en el control de la conducta de los individuos. Ese es uno de los fuertes de Las constelaciones oscuras: durante toda la novela se nosplantea si más allá de sondear patrones de comportamiento y obtener datos de consumo (¿les suenan las cookies?), se podría llegar a tener la información suficiente como para, directamente, controlar a los individuos. En el completo mundo creado por Pola Oloixarac, el proyecto entronca con la biología y la botánica, y de ellas emergen las dos ramificaciones de la historia principal, que nos llevan a 1882 y a 2024 nada menos.

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Guardar las formas, de Alberto Olmos

AlbGuardar las formaserto Olmos se pasa al relato corto por fin, después de una decena de libros publicados, casi todo novelas, y a la tierna edad de cuarenta años. Tras su anterior Alabanza había muchos que tenían ganas de hincarle el diente a cualquier novedad del segoviano; esta incursión en un género que él mismo ha declarado que considera “refugio de mediocres” ha hecho que muchos colmillos se hayan afilado antes de abrir las primeras páginas de Guardar las formas (Literatura Random House).

Doce son los cuentos que componen la recopilación, que fue finalista del premio Ribera del Duero antes de llegar a nuestras manos. Doce relatos independientes entre sí, cuya extensión no alcanza las veinte páginas en ningún caso, y que abarcan géneros tan dispares como el terror y el humor, el retrato psicológico o la epístola. No en vano, el propio autor se ha cansado de decir a quien quisiera escucharle que hay pocas cosas más aburridas en su vida de lector que los libros de relatos que trazan un camino, aquellos en los que todos los elementos cuelgan de la misma cuerda de tender. En Guardar las formas, valga el juego de palabras, se ha aplicado el cuento. Sigue leyendo Guardar las formas, de Alberto Olmos