
Bienvenidos a Lima, mediados de los noventa. Una ciudad difícil, turbulenta. Bienvenidos a la vida de un periodista cultural que roza la cuarentena, recién separado, sin rumbo, y que navega ocioso por la ciudad despojado de sus páginas. Claro, son los días que suceden a la muerte de Lady Di, a la de Teresa de Calcuta, los meses de secuestro de la embajada de Japón en Perú, no caben en las noticias las exposiciones de pintura ni las entrevistas con escritores.
En este caldo de cultivo, ¿qué es lo último que esperarían que surgiera? Seguramente muchas cosas, pero ninguna sería ¡Kawaii!, una revista de anime y manga. Pues eso es precisamente lo que nace poco después de que el protagonista se cruce con Michiko, una irresistible, volcánica y jovencísima otaku que lo arrastra a una vida completamente diferente a la que habría imaginado unas semanas antes. Dotada de una belleza tan radiante como particular, incluyendo una pequeña deformación, Michiko parece lograr siempre lo que se propone, caiga quien caiga; nuestro periodista, en crisis vital, queda prendido fácilmente de ella y se ve envuelto en una historia que gira muy pronto de la fascinación y el esplendor inicial a algo más perverso, enfermizo, obsesivo. Como todo en la vida de Michiko, como todo en Kimokawaii, esta novela de Enrique Planas.
Su descenso particular a los infiernos se hace de una manera muy natural, progresiva. En tanto que Michiko se construye y ¡Kawaii! toma forma, el periodista, cuyo nombre nunca se menciona, se deconstruye, o más bien se va construyendo en la dirección equivocada, como un mueble que se arma al revés. Sin embargo no es Michiko la única responsable de ello. También está su propio bagaje, su educación, una infancia que no ha terminado de superar y que está marcada de manera decisiva por el anime de Ultra Siete (sí, Ultraman para los españoles).
Esta no es sino una de las decenas de referencias a los géneros de animación japoneses que incluye Planas a lo largo del texto, un auténtico tratado sobre el tema. Son doscientas páginas de nada, de una prosa limpia, rápida y agradable que recuerda a otros latinoamericanos poco abigarrados (Zambra por ejemplo). Sin embargo, el libro contiene descripciones de capítulos enteros de Ultra Siete, escenas de Sailor Moon, y hasta una breve introducción a Ranma 1/2, que tengo que reconocer que era la única que tenía controlada antes de leer esta obra. El balance de una exposición tan amplia es desigual, y en ocasiones uno se aburre de estos fragmentos.
Eso no quita que tengan importancia como elemento definitorio de los dos principales personajes (hay más, pero no quiero destriparles el enredo): el idealista que cree todavía en los héroes de su niñez y piensa que una entidad superior vendrá a salvar el mundo frente a la milennial descarada, una lolita sin ínfulas de serlo, que simplemente toma lo que quiere de la vida consciente de nadie lo va a hacer por ella. De eso habla también Kimokawaii hasta que se nos cansan los ojos de leer: de cómo dos generaciones casi sucesivas pueden llegar a tener dos formas muy diferentes de mirar su propia existencia, y los conflictos que ello les acarrea cuando se relacionan.
Kimokawaii es un ejercicio de composición y descomposición constante. Se destejen las relaciones, muere un amigo, un compañero, comienzan los problemas en el trabajo. Hay que armar de nuevo una vida, un empleo. En el proceso, la mayoría de las veces, ni se escoge la aguja perfecta ni se dan las puntadas con acierto. Ese tren que se ve descarrilar desde el momento en el que asoma es la relación que retrata Kimokawaii.
Aun con sus defectos, Enrique Planas mantiene la atención hasta la última página. En un contexto histórico definido es capaz de plantear una historia imaginada e imaginativa, de tintes disparatados en ciertos momentos, que sin embargo encaja perfectamente con el ambiente. Por tanto, me han parecido más los aciertos que los errores en esta novela que, como su propio título viene a decir, termina siendo una buena mezcla entre lo encantador y lo perturbador.

La verdad es que no hace mucho tiempo que empecé a leer a 
La personalidad y el comportamiento del ser humano están determinados por sus genes y por el ambiente en el que vive. Nature and nurture, naturaleza y crianza, o lo que es lo mismo, herencia y entorno. Nacemos con una herencia genética fija que nos predispone a ser tímidos, adictos a las drogas o propensos a sufrir una depresión. Este saco de genes regalado por nuestros padres interacciona con el entorno que nos ha tocado vivir, con los amigos que nos encontramos o nos encuentran, con el brillante profesor de matemáticas del instituto que descubre algo en ti que nadie más había visto, con la natación del jueves y con el ballet de los martes. Pero también y por encima de todo, nuestra estructura genética choca con sus donantes originales, con cómo son, cómo viven y cómo nos educan nuestros padres. Tras un tira y afloja de varios años entre estos dos grandes mecanismos reguladores, se genera un adulto más o menos inteligente, motivado, extrovertido, neurótico, atrevido, voluntarioso, optimista y empático (por mencionar solo algunos de los muchos aspectos que configuran la personalidad).




Al igual que el anterior tomo de En manos de maestros I, este segundo tomo nos regala a los amantes de la literatura el inmenso placer de ponernos los ojos de un maestro indiscutible, J.M. Coetzee para contempla, analizar y descubrir a otros grandes autores o temas del mayor interés. La diferencia de este último tomo está al final, porque el último de los ensayos permite entrar en el propio mundo creativo de Coetzee, un lugar del que no se sale indemne.







n una época tan poseída por los demonios que sólo podemos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad, dice uno de los personajes de Las constelaciones oscuras (Literatura Random House) cerca del final de la novela. Cuando llega ese momento, hasta un firme defensor de la bondad humana como yo asiente, convencido por las casi doscientas páginas anteriores de que aquello no puede ser de otra manera. Tal es el poder envolvente de esta obra de Pola Oloixarac, uno de los más originales de la narrativa del último año, pero también uno de los más difíciles de clasificar.
erto Olmos se pasa al relato corto por fin, después de una decena de libros publicados, casi todo novelas, y a la tierna edad de cuarenta años. Tras su anterior Alabanza había muchos que tenían ganas de hincarle el diente a cualquier novedad del segoviano; esta incursión en un género que él mismo ha declarado que considera “refugio de mediocres” ha hecho que muchos colmillos se hayan afilado antes de abrir las primeras páginas de Guardar las formas (Literatura Random House).