
Clásicos infantiles 8
¿Quién, de todos vosotros, podría explicarme qué es exactamente para él un clásico infantil? Palabras, palabras que significan para muchos de nosotros todo lo que fue la infancia, como si estuviéramos viendo desde lejos aquello que nos hizo sentir que éramos únicos porque los personajes que aparecían en los libros parecían hablarnos desde las páginas. Pero en el fondo esas palabras no dejaban de ser ensoñaciones, meras descripciones de algo a lo que no sabemos muy bien definir, pero que está ahí, que siempre lo ha estado, y que ha pasado de generación en generación para hacernos entender que el mundo sin la literatura no sería mundo, quizá otra cosa, pero desde luego no el mundo que todos conocemos. Será por eso que yo me encuentro aquí, en esta sección de Clásicos infantiles para enseñar una de esas colecciones que, de vez en cuando, nos regala una editorial, nos enseña a través de sus ilustraciones, de su edición perfectamente cuidada y llena de todas aquellas historias con las que los niños crecieron, con las que los niños sintieron, con las que los niños se hicieron fuertes y faltos de miedo, y con las que los niños, ya adultos, volvieron a aparecer para impregnarlo todo con una sonrisa, con una voz de ingenuidad y unos ojos de noctámbulo que miraban con ansia aquello de lo que estaban hechos aquellos cuentos: los sueños.








