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Tres días y una vida, de Pierre Lemaitre

Tres días y una vida

Tres días y una vidaÉsta es una reseña complicada. Complicadísima, de hecho. Tres días y una vida es una de esas novelas que te mueres por comentar con alguien según las acabas, pero de las que sabes que es casi imposible hablar sin desvelar más de lo que deberías. A pesar de ello prometo que voy a esforzarme en intentar expresar lo que me ha parecido su lectura destripando lo menos posible del libro, porque todos sabemos lo que fastidia un spoiler literario.

Pierre Lemaitre nos sitúa en el pequeño pueblo de Beauval, uno de tantos recónditos lugares donde la vida transcurre entre la tranquilidad y el hastío que provocan la rutina y el saberse con el futuro escrito desde el nacimiento. Esta paz se trastoca en las navidades de 1999 cuando Antoine, un chaval de doce años de edad, golpea en un ataque de ira a Rémi, un niño de sólo seis años, que muere en el acto. A pesar de las fuertes tentaciones por contar lo ocurrido, el chico decide ocultar el crimen y seguir con su vida, a sabiendas de que de quién jamás podrá esconderse es de sí mismo.

Lemaitre, con su habitual claridad y limpieza, consigue en muy pocas páginas lo que a otros autores les cuesta varios capítulos: hacer verosímil tanto la historia que cuenta como el ambiente en el que ésta se desarrolla. Me parece digno de destacar lo bien que recoge la idiosincrasia de los pueblos pequeños, en especial sus miserias: la necesidad de dar buena imagen por el “qué dirán”, los chismorreos en la plaza, los motes crueles y facilones, las habituales rencillas familiares, los cuchicheos en misa… Como residente estival en tres pueblos de pequeño tamaño, puedo decir que la ambientación que recrea el autor francés podría extrapolarse a centenares de localidades españolas sin ningún tipo de problema.

Antoine monopoliza el relato. Se nos muestra desde un principio como un chaval atormentado, no tanto por los remordimientos del crimen cometido, sino por el miedo a ser descubierto y a tener que pasar unos cuantos años en prisión. La psicosis en la que empieza a vivir desde el momento del asesinato está muy bien recogida, con numerosas pesadillas, paranoias, ganas de huir… Es una novela fuertemente angustiosa.

Lemaitre usa el recurso tan habitual como eficaz en este tipo de novelas de lanzar fuertes giros al final de cada capítulo, con lo que consigue mantenernos pegados al libro hasta que tiene piedad y relaja el ritmo narrativo. Aun así, tengo que avisar de que las últimas páginas son enormemente impactantes y adictivas; ahí Lemaitre emplea todos sus recursos para que acabemos el libro al borde del infarto. Pese a ello, el verdadero filón de esta novela no está tanto en lo que ocurre como en lo que no ocurre. Como dijo el escritor Giovanni Papini, todo hombre no vive más que por lo que espera, y la vida de Antoine podría resumirse en esa cita. Este libro es una tortuosa espera, un suplicio agónico del que Lemaitre no nos librará hasta que devoremos la última hoja.

Ya paro, de verdad de la buena. Sólo me queda recomendar esta lectura a todo aquel al que le apasionen las novelas de suspense y tenga suficiente tiempo para leer Tres días y una vida en una semana o menos, ya que de lo contrario pasará unas cuantas horas al día dándole vueltas a cada uno de los retorcidos giros del autor francés. Se lo digo por experiencia.

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La mujer de la libreta roja, de Antoine Laurain

La mujer de la libreta roja

La mujer de la libreta rojaNo sé cuántos bolsos tengo. Quizá veinte, quizá treinta. No cuento con ningún vicio reseñable, a excepción de los bolsos y alguna que otra colonia. Los tengo de todo tipo, tamaño y color; cada uno para una ocasión. Antes de salir de casa, escojo el que me apetece usar y lo relleno con las cosas que cada día me acompañan. Hablo de mis bolsos porque así empieza la historia de La mujer de la libreta roja. Exactamente comienza cuando Laure es asaltada en la puerta de su casa por un hombre que tiene la intención de robarle el bolso. Y, por lo que Laurent, nuestro otro protagonista, descubre al día siguiente, llevó su empresa con éxito. Digo esto porque Laurent encuentra el bolso de la chica tirado en la calle. Ese bolso, grande, lila y con muchas cremalleras doradas, hará que Laurent no pueda dejar de pensar en su dueña. A través de los objetos que contiene, intentará descifrar quién es esa misteriosa mujer que recoge piedras al azar por la calle, usa una colonia que es casi imposible de encontrar en una perfumería, tiene un libro dedicado por su autor favorito y rellena una libreta roja con frases carentes de sentido tales como “me dan miedo las hormigas rojas” o “me gusta abrir los ojos cuando nado debajo del agua”.

Dicen que a una mujer se la puede llegar a conocer por lo que lleva a diario en su bolso. Yo no suelo llevar siempre lo mismo; depende de adonde vaya y lo que tenga que hacer durante el día. No sé si alguien se podría llegar a enamorar de mí viendo el contenido del mío. Si alguien se lo encontrara por casualidad, sabría que suelo llevar siempre los labios pintados de rojo; por la cantidad industrial de tiritas intuiría que soy muy torpe y que me hago heridas cada dos por tres; gracias al libro que siempre me acompaña, sabría que para mí un libro a veces es la mejor compañía y que no me gusta malgastar el tiempo mientras hago cola en algún lugar. Gracias a los cientos de pinzas y gomas del pelo, sabría que lo tengo largo y que cuando hace calor me lo tengo que recoger porque me agobia. Si rebusca entre las canciones del iPod verá que me gusta el rock; y si encuentra mis llaves, deducirá que me encantan los llaveros gigantes y que los tengo para encontrar las llaves más fácilmente dentro del caos que es el interior de mi bolso. Quizá pensara todo esto o quizá solo viera un puñado de tiritas, demasiadas gomas del pelo y un libro excesivamente grande como para cargar con él todo el día.

Pero Laurent sí que supo entender el significado de todas las cosas que contenía aquel bolso lila. Puede ser que a ratos necesitara la ayuda de su hija, sí, pero poco a poco fue capaz de descifrar quién era esa mujer tan misteriosa.

Antoine Laurain, escritor francés, nos hace cómplices, con su prosa delicada, de una preciosa historia de amor. Pero no se trata de una historia de amor al uso; no puede serlo. Laurent se enamorará de una persona que él mismo formará en su cabeza a través de todos los objetos que contiene el bolso. No ha visto jamás a Laure. No sabe cómo se llama, dónde vive, en qué trabaja. Solo sabe que la tiene que encontrar. Cueste lo que cueste. Aun así se siente un poco violento cada vez que revisa las cosas de esa desconocida. Laurent resume esta situación con una cita de Sacha Guitri: “mirar a alguien que duerme es como leer una carta dirigida a otro”.

En sus pocas páginas se resume la historia de la valentía y de la persistencia de un hombre que es capaz de lo que sea por lograr sus objetivos. Ya lo demostró hace años, cuando dejó su desmesuradamente remunerado trabajo como banquero para trabajar de librero. Él sabe que lo importante de la vida está en las cosas pequeñas. Que si una puerta se cierra, se abre un ventanal; que todo es posible si uno tiene la esperanza suficiente.

No sé si alguien podría llegar a conocerme por el interior de mi bolso. No sé si quiera si me lo devolverían si lo pierdo. Pero sé que si alguien encontrara La mujer de la libreta roja dentro de él, sabría que me encantan las novelas que te roban un trocito de corazón cuando las lees y que de dejan con una sonrisa de oreja a oreja cuando las terminas.

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Final de trayecto, de Emmanuel Grand

Final de trayecto

Final de trayectoLas líneas entre los géneros son cada vez más difusas, y el lector actual parece agradecerlo. La mezcla de géneros, o la disolución de fronteras, supone una mayor libertad para el escritor y una promesa de mayores sorpresas para el lector. Y los críticos se ven obligados a rebuscar mejor en su acervo literario para encontrar similitudes en autores ya consagrados; así, Final de trayecto, la ópera prima del francés Emmanuel Grand, ha sido presentada por algunos medios como “una mezcla entre Georges Simenon y Stephen King“. Ello es debido a que en esta novela hallamos un curioso maridaje entre thriller, novela social de oscuras tonalidades y novela de terror sobrenatural.

 El protagonista es Marko Voronine, un ucraniano inmigrante clandestino en Francia, adonde llega de la mano de una red mafiosa que trafica con personas necesitadas de salir de su tierra. Por avatares del destino, Voronine se ve perseguido por la mafia rumana que lo ha llevado hasta allí, y obligado a esconderse para seguir con vida. No se le ocurre para ello otro lugar que Belz, una isla de 2.000 habitantes en la costa de Bretaña. Sin embargo, en lugar de un refugio, Marko encontrará allí más problemas, al abrírsele otro frente de hostilidad con los locales, una sociedad muy cerrada y endogámica donde no toleran bien a los forasteros y donde ven a Marko como un rival que les disputa la ganancia en su modo de vida como pescadores que faenan en durísimas condiciones y en un sector que ya está de capa caída, donde ellos sólo aspiran a sobrevivir como mejor pueden. Un tercer frente surgirá pronto en forma de oscura amenaza que no es de este mundo y de la cual los habitantes de la isla saben mucho y temen más aún.

Ese resumen da una idea de la amalgama de géneros que nos vamos a encontrar. Casar un thriller poblado por mafiosos de Europa del Este e inmigrantes ilegales, con las dosis de tensión y de violencia que acertadamente podemos imaginar, con novela de terror sobrenatural es una hazaña propia de autores muy avezados, y aquí hemos de decir que Final de trayecto saca a relucir su carácter de primera novela. Era muy difícil hacer que las distintas subtramas convergieran de forma totalmente coherente, fluida y sin fisuras, y el resultado es satisfactorio sólo a medias, pues lo cierto es que, si lo deseable hubiera sido que la parte de novela criminal y la parte de novela fantástica y de terror hubieran discurrido por un mismo cauce y desembocado en un desenlace redondo o, al menos, capaz de responder por igual a los interrogantes e intrigas que cada subtrama por separado despierta, tal objetivo no se consigue y el desenlace resulta desigual, pues el equilibrio, ya de por sí difícil, acaba deshaciéndose claramente  a favor de uno de los dos. Al elegir ­-probablemente, de forma involuntaria- uno de los dos géneros en detrimento del otro, Emmanuel Grand adelgaza y priva de fuerza la solución del otro, lo cual resulta en unas expectativas que fácilmente pueden verse defraudadas, y eso es así porque, hasta el tramo final, la novela es adictiva y suscita muchos interrogantes y, por tanto, ganas de seguir leyendo.

Ya lo hemos dicho: combinar subgéneros es algo al alcance de muy pocos, y, de esos pocos, seguramente ninguno acertó a hacerlo en su primera tentativa. Uno de los dotados para hacerlo es Stephen King, autor que tiene tanto el don como la experiencia necesarios para mezclar misterio, terror y hasta humor y hacer que la novela sea unitaria, que todas las subtramas e historias paralelas se lean como un solo relato y no como varios que corren paralelos y en ocasiones se tocan. La gran diferencia entre el terror que cultiva King y el que elabora aquí Emmanuel Grand es que los monstruos de King son siempre de origen netamente humano; pocas veces se apoya en elementos folklóricos, en leyendas, en entidades que existen en contra del hombre, sino que crea sus horrores a partir del hombre. El monstruo de King es siempre una transposición de la materia oscura del alma y de la psique del hombre, y eso hace que, aparte de infundirnos mucho miedo, nada de lo humano le sea ajeno. El terror que nos ofrece Final de trayecto, por el contrario, es un terror que surge de fuera de los confines del hombre y al que éste se enfrenta. Esto no es ni mejor ni peor, pero sí es una dificultad añadida a la hora de otorgar credibilidad a una novela que quiere conjugar lo humano y lo fantástico. Y es que Final de trayecto puede leerse también como una competición entre horrores: ¿a qué le tenemos más miedo, al matón de la mafia que nos pisa los talones y puede descubrirnos y liquidarnos en cualquier momento, o a un ser ultraterrenal que merodea por los bosques y las costas del lugar donde vivimos? Esos dos miedos que viven en Marko, el protagonista, son antagónicos, y por eso resulta difícil contar una historia que contenga y dé respuesta a los dos.

A pesar de todo lo dicho, Final de trayecto es una lectura muy entretenida y que contiene muchos aciertos. Por ejemplo, Emmanuel Grand apunta maneras en el género de thriller. La historia de los inmigrantes ucranianos es creíble, está contada de forma eficaz y con los detalles necesarios en los momentos oportunos, dotándola de verosimilitud y de hondura, aparte de ser un tema de triste actualidad (aunque ¿no siempre lo es?). También engancha, y mucho, la descripción de las condiciones de vida y de trabajo de los habitantes de Belz; una vida melancólica, porque está condenada al fracaso y a la extinción y a no brindar jamás ninguna prosperidad a los pescadores. Y hay apuntes muy interesantes sobre otros temas, como el maltrato a la mujer, que apenas asoma en la novela pero que está tratado con la complejidad suficiente para no caer en el simplismo ni en el tópico; la penuria de ser diferente -o considerado diferente- en una sociedad cerrada como un clan; la sensación de culpa y la carga que supone, muchas veces insostenible; el choque entre religión y paganismo; y las relaciones entre las mafias y los códigos que manejan. Emmanuel Grand se muestra como un escritor minucioso y de gran valía al tratar todos esos temas, y es de esperar que sus dotes se consoliden y brillen sin sombras en futuras novelas. En cuanto a Final de trayecto, supone una lectura trepidante que será apreciada, a buen seguro, por aficionados a varios géneros distintos, así como a los interesados en el folklore del norte de Francia y de parte del Atlántico.

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Harry Potter y el legado maldito, de J. K. Rowling, Jack Thorne y John Tiffany

harry potter y el legado maldito

harry potter y el legado malditoLondres. Julio de 2016. Es muy posible que sin haber ido este verano y paseado por las calles londinenses, yo no estuviera hoy haciendo esta reseña. Aquel que, antes de la salida a la venta de Harry Potter y el legado maldito en inglés, se paseara por cualquiera de las librerías de la capital podía observar cómo los preparativos para la salida de esta obra de teatro indicaban una cosa: Harry Potter no estaba muerto y los lectores no se habían olvidado de él después de tantos años. Volví de Londres y el mismo día de la publicación corrí a mi librería más cercana para empezar a leer aquello que se había vestido con el traje de “el lanzamiento del año” y hoy puedo decir que la espera ha merecido la pena. Pocas generaciones han crecido tan al abrigo de una serie de libros como lo hicimos nosotros con cada publicación de las aventuras del mago que luchaba contra Voldemort y que nos dejó en cierta forma huérfanos de historias semejantes. Ahí, en ese vacío que se crea entre el término de un libro y nuestras ganas de saber qué sucede después, es donde este nuevo capítulo en la vida de Harry hace mella y nos deja a los lectores con una sonrisa y con los ojos brillantes por tener en nuestras manos, de nuevo, una nueva aventura de uno de nuestros personajes favoritos. Poco importará que sea en teatro, novela o cualquiera que sea el modo elegido. Aquí lo importante es que vuelven a abrirse las puertas de  Hogwarts y la magia vuelve a caminar con nosotros de la mano. ¡Empecemos con el análisis!

El secreto de lo que sucede en Harry Potter y el legado maldito debe permanecer a buen recaudo. No comentaré detalles de su argumento que destrocen las ansias de quien está dispuesto a devorarlo en su lanzamiento. Sólo diré que nos encontramos diecinueve años después de lo que ya pudimos leer en el último libro y Harry se dispone a ver cómo su hijo emprende los mismos pasos hacia Hogwarts que él diera cuando era pequeño. Sin embargo, como si de una maldición eterna se tratase, la vida de los Potter no tendrá descanso ninguno y una sombra se cierne sobre la cabeza de aquellos a los que ha amado siempre.

Para esta reseña necesito cambiar un poco el estilo de cómo lo suelo hacer habitualmente e  ir punto por punto para no dejarme absolutamente nada de lo que quiero contar:

En primer lugar, hablemos de la forma. Se ha criticado mucho que esta nueva historia sea una obra de teatro y no sea fiel a sus formatos anteriores. Si bien es cierto que la forma de leer y los ritmos cambian considerablemente, no he visto en ningún momento un impedimento, un lastre, un escollo, que no me permitiera disfrutar del texto. Diré, además, que para mí ha sido un viaje diferente y podría decir que incluso más liviano que me permitía, cosas de la imaginación, pensar en cómo sería la adaptación al escenario de todo lo que estaba leyendo. Quizá por eso entiendo poco las críticas tan furibundas que he leído en las redes sociales. ¿No se trata de disfrutar de la lectura? ¿Debemos ser siempre tan puristas con todo?

En segundo lugar, hablemos de la historia. Si bien todo parecía indicar que el relevo generacional iba a estar presente – y lo está, eso no hay que ponerlo en duda – termino el libro con la sensación de que, al final, Harry Potter vuelve a ser el eje central de toda la obra. Entendedme cuando digo esto en un tono de cierta decepción. Creo que la trama está muy bien llevada, que las referencias constantes a los otros libros son un acierto y te hacen plantearte volverte a leer todos del tirón, que la esencia de lo que J. K. Rowling sigue intacta, pero aun así esperaba una vuelta de tuerca más a lo que se nos proponía. ¿Significa esto que Harry Potter y el legado maldito no me ha gustado? Nada de eso, por favor. Lo he disfrutado, he babeado – casi literalmente – con la vuelta al mundo de los magos, con la vuelta a escena – nunca mejor dicho – de Harry, Hermione y Ron junto a secundarios de lujo que tenían que aparecer de nuevo. Simplemente es una sensación de un lector que, después de esperar tanto tiempo, esperaba quizás un poco más de riesgo a la hora de poner sobre el papel una nueva historia que nos proporcionara, quizás en un futuro o quizás no, a otro protagonista que manejara la varita mágica de la misma forma en que lo hacía el Potter original.

Para finalizar, el eterno debate entre leerlo sin haber leído los anteriores o, por el contrario, no leerlo sin haberse introducido en toda la saga como deberíamos. Mi opinión: uno puede leer sin complicaciones lo que encontrará en esta nueva historia sin haber leído todo lo anterior. Al fin y al cabo, en muchos de los actos que aparecen nos explican a la perfección qué es lo que ha sucedido para llegar a la situación actual. ¿Se disfrutará menos? Posiblemente. Hay referencias constantes a cuestiones de toda la saga, bromas privadas que entenderán aquellos que hayan devorado las historias de Harry Potter y quizá secretos que se encuentren en un interlineado que va más allá de lo que estamos leyendo. ¿Es entonces posible disfrutar de este libro como punto de partida? Lo creo firmemente. ¿Quién dijo que leer tuviera que tener una cronología determinada? No hay nada más placentero que un libro te descubra un mundo tan impresionante, como lo hace este, para que poco tiempo después sea el propio lector el que decida ampliarlo.

Por tanto, Harry Potter y el legado maldito cumple las expectativas, las retuerce de alguna manera y convierte lo que es una obra de teatro en un auténtico fenómeno que querrá arrasar con todo lo que esté a su paso.

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Material sensible, de Neil Gaiman

Material sensible

Material sensibleSe supone que Neil Gaiman es un maestro del terror (se supone porque lo es, naturalmente) sin embargo a mí siempre me ha resultado un escritor más entrañable que terrorífico. Tienen sus historias un alma tan humana que aunque uno es consciente de que es probable que en cualquier momento aparezca un monstruo mitológico, un malvado extraterrestre o aún peor, un avieso terrestre ordinario que tiñan la trama de sangre o como mínimo que le provoquen un sobresalto, las espera confortablemente. Como si los monstruos, las hadas, los asesinos, las sombras o los perros gigantes fueran de casa, de toda la vida, y pudiera uno conversar con ellos mientras descansan en pantuflas entre susto y susto. No sé si a él le gustaría este concepto que tengo sobre su obra que podría definir como “miedo sin angustia” pero tengo bastante claro que su principal rasgo definitorio no es tanto el terror como la desbordante imaginación de su autor y que el miedo en realidad sólo se siente ante la posibilidad de no estar como lector a la altura del despliegue de imaginación y fantasía que le espera.
Esta obra, Material sensible, es una recopilación de cuentos. Perdón. Esta obra, Material sensible, es una magnífica recopilación de cuentos y sin embargo eso es algo por lo que Neil Gaiman siente la necesidad de disculparse. Por recopilar en lugar de escribir una obra con hilo conductor y unidad temática o estilística que la cohesione. Le agradezco la disculpa pero me veo obligado a reconocer que me parece absurda y así lo he defendido en multitud de ocasiones. Los cuentos son lo que son en sí mismos y son tan buenos si a continuación se puede leer otro al que le una un hilo conductor de alguna clase como si es completamente independiente. Y en el caso de Neil Gaiman es probable que incluso el motivo por el que su autor se disculpa sea en realidad una virtud porque cuando un escritor es tan personal y su imaginación es tan desbordante se agradece que los cuentos sean diferentes porque eso ahuyenta el riesgo de saturación.
Otra idea que me ronda la cabeza desde hace tiempo es que Neil Gaiman es un gran escritor de prólogos, de hecho prefiero sus prólogos a los cuentos de algunos otros porque son muy literarios, porque esconden premios y sorpresas y porque al menos en este caso tiene a bien el autor dedicar unas palabras a cada cuento en las que explica las circunstancias en las que los escribió, aquello que le inspiró para hacerlo. Y se agradece porque establece con el lector una sensación de confianza, cuando no de intimidad, que es un valor añadido indudable.
El título, Material sensible, hace referencia al mensaje con el que se alerta del contenido de una determinada experiencia y es un título muy acertado pero que lamentablemente en nuestro país pierde algo de fuerza porque estamos más acostumbrados a leyendas más rebuscadas como “este material contiene imágenes que pueden herir la sensibilidad del espectador”. La idea en todo caso es que Neil Gaiman nos advierte acerca del contenido de su obra, del acecho de las sombras y la inquietante presencia de seres fantásticos de toda condición. Una advertencia que es en realidad un acicate porque no sé a ustedes, pero a mí me resulta sumamente atractivo. Y lo que debo decir es que no decepciona. Son cuentos muy diferentes tanto en tramas como en escenarios pero en todos ellos se encuentran esas virtudes a las que he hecho referencia y el disfrute difícilmente podría ser mayor. La única pega que le pongo es que en uno de los cuentos hay una inquietante mención al gazpacho y en esta época calurosa que atravesamos la inquietud no es un ingrediente que le vaya bien al gazpacho. Y de entre los cientos o miles de seres que han nacido de la fecunda imaginación de Neil Gaiman me voy a permitir de mostrarles a uno: el desinventor. Magnífica idea. Tranquilos, no les desvelo nada más.
Un último detalle destacable, especialmente para los muy fieles, es que esta recopilación incluye un cuento inédito, Black dog, probablemente uno de los mejores de Material sensible, así como homenajes a Dr. Who y Sherlock Holmes.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Yeruldelgger, muertos en la estepa, de Ian Manook

yeruldelgger_muertos_en_la_estepaNunca hay suficientes policías desquiciados. He leído un buen montón de novelas de género negro y nunca está de más otro policía totalmente perturbado. La verdad es que son mis preferidos. Me aburro bastante con los buenos policías; los que son un ejemplo para el cuerpo, los que cumplen las reglas, los de cuerpos esculturales, las guapas y listas, los que van en parejas, los buenos mossos, los guardias civiles, los policías nacionales; las juezas, los periodistas, las amas de casa, los publicistas, abogados y toda esa clase de investigadores accidentales. Son todos iguales. Aburridos.

Adoro el Pulp. La acción pura, romper las reglas, disparar antes de preguntar. Detectives alcoholizados y tristes y valientes y un poco románticos. A su manera. Gente que pierde los papeles. Muchas veces. Detectives privados con pasados dolorosos. Policías a los que les quitan las placas por insubordinados.

Yeruldelgger no es nada de lo primero y casi todo de lo segundo. Ian Manook –que en realidad se llama Patrick Manoukian y, además de ser francés, es editor, periodista, guionista de comics, escritor de libros juveniles e infantiles y sobre todo conocido por sus reportajes de viajes- se ha sacado de algún rincón de su cabeza a este comisario mongol de nombre impronunciable, carácter explosivo y métodos expeditivos para satisfacer a los que le pedimos a la novela negra un punto algo más incómodo y duro de lo que habitualmente se encuentra en las mesas de novedades.

Y sí, he dicho mongol.

Porque Yeruldelgger, muertos en la estepa está ambientado en Mongolia, concretamente en su capital, Ulán Bator, y alrededores. Incluida la inmensa y solitaria y peligrosa estepa. Y Yeruldelgger, en efecto, es el complicadísimo nombre de nuestro insólito comisario.

Todo empieza cuando una familia nómada encuentra el cuerpo de una niña pequeña enterrado junto a su triciclo en medio de la nada, de la infinita estepa. El comisario Yeruldelgger se desplazará desde la capital hasta la pequeña Yurta de la familia –cinco horas de calor e interminables baches por el desierto- para hacerse cargo del cuerpo y buscar cualquier pista que sirva para resolver el dramático hallazgo. Solo unas horas antes, el comisario estaba ante tres cadáveres mutilados de tres ciudadanos chinos a los que han asesinado brutalmente en una fábrica de la capital. No hay descanso en la ajetreada Ulán Bator.

Con estos dos casos arranca la historia de Yeruldelgger, un tipo duro que no escucha a nadie y que tiene una piedra por corazón. Manook abre la novela con fuerza, con pasajes de esos que se te van gravando en la retina y prácticamente no afloja hasta el final. Una novela ambientada en Mongolia es algo exótico, no nos engañemos, de esas novelas que se salen de lo habitual, como lo fueron las nórdicas, las chinas o las indias en el pasado. Manook nos trae toda la cultura mongola; sus tradiciones, sus rutinas, sus hábitos, su sociedad, sus males, sus puntos débiles, todo, y es absolutamente fascinante descubrirlo con la intensidad con la que Manook lo cuenta.  Como toda buena novela negra, Yeruldelgger, muertos en la estepa ofrece múltiples lecturas, a cada cual más dura. Una de las que más me ha interesado es cómo Manook expone al lector las condiciones  del país frente al desembarco –invasión, irrupción o ataque, según a quién preguntes- de los chinos en Mongolia. Los asiáticos se han hecho con multitud de fábricas mineras, explotando las riquezas del país, de la que ellos sacan beneficio, han abierto negocios por toda la capital, están presentes en las altas esferas de la política mongola, en los círculos financieros, en la policía.

Manook enfrenta estas dos sociedades parasitarias, de mutuo beneficio exclusivo, frente a un país dejado de la mano de sus dirigentes, empobrecido y exprimido hasta la extenuación por los políticos y los empresarios sin escrúpulos. Un país que olvida sus creencias y sus ritos. Un país que, según algunos, está en manos de los intocables y corruptos chinos.

Pero esa es solo una de las múltiples lecturas que ofrece Manook en esta historia, hay muchas más; sobre la perdida y el dolor, sobre el racismo, sobre el amor, la ética, la amistad, una tras otra se solapan en una trama sin descanso que nos lleva por todo Ulán Bator, desde sus alcantarillas hasta sus parajes escondidos más fastuosos e increíbles, desde edificios sucios, arruinados y peligrosos hasta mansiones imposibles con todos los lujos imaginables. Mongolia excesiva y calurosa, arruinada y peligrosa, Mongolia en todo su esplendor.

Pero no nos engañemos, Manook nos quiere contar la historia de Yeruldelgger. La historia de un comisario que iba camino de ser el jefe de policía y que ha acabado siendo un solitario y malhumorado policía, prácticamente sin amigos y sumido en un letargo sin fin con brotes de violencia incontrolada. Manook nos cuenta el porqué de ese descenso al infierno del comisario a través de estos casos y de una sociedad prácticamente desconocida para nosotros, lo envuelve todo en un thriller negrísimo –no apto para todos los estómagos- y nos ofrece una novela diferente en todos los sentidos. Y cuando digo diferente me refiero no solo al paisaje y la ambientación, que lo son, sino también al desarrollo en sí de la trama, a los personajes, todos bastante extremos y peculiares, a la resolución de las tramas, a la historia en sí. Manook mezcla el género negro con pinceladas de otros géneros aquí y allá, lo enriquece, lo transforma, le da su tono.

Yeruldelgger, muertos en la estepa, no es solo la historia de un comisario caído en desgracia, es también todos y cada uno de los que están a su alrededor;  los que lo sufren, lo admiran o lo odian; es la historia de un país, de una cultura enclavada en el pasado; es un tapiz de vidas entrelazadas, mezcladas, cortadas, borradas; es una historia de las muchas que habitan en un país gigantesco, polvoriento, olvidado y del que muy poco sabemos.

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El niño 44, de Tom Rob Smith

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 -Si es usted inocente ¿por qué huyó?
-Huí porque ustedes me perseguían. No hay otra razón.
-Eso no tiene sentido.
-Estoy de acuerdo, pero no deja de ser cierto. Cuando a uno lo persiguen, siempre lo arrestan. Cuando a uno lo arrestan, siempre es culpable. Nunca traen aquí a ningún inocente.

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El manantial, de Catherine Chanter

el-manantialProsa poética. ¿Que no es un género temático? Claro que lo es. Y puede constituir una lectura no sólo enriquecedora y estéticamente deliciosa, sino también entretenida, intrigante y adictiva. Por algo dicen que los poetas pueden escribir lo que quieran, no sólo poemas. Catherine Chanter lo demuestra añadiendo a su trayectoria como poetisa esta novela que hoy comentamos, El manantial, primera que escribe y con la cual ya ha cosechado varios premios.

Como Chanter es y ha sido poeta antes que novelista y, como ya hemos dicho, puede escribir lo que quiera, hace de El manantial una novela diferente, una especie de cajón desastre literario donde caben varios estilos, varias tramas y subtramas, y donde la autora coquetea con diferentes subgéneros. Así que prosa poética es la etiqueta más precisa que le podemos poner a esta novela, si hay que ponerle alguna. Hojéenla y lo verán.

El manantial cuenta, en exclusiva y feroz primera persona, la historia de Ruth Ardingly, una mujer de mediana edad a la que vemos, al principio de la narración ­que no el principio cronológico, pues la narración comienza in media res y va avanzando, o retrocediendo, según se mire, hacia el principio, para finalmente concluir con el desenlace­, recluida a la fuerza y por mandato judicial en El manantial, una propiedad rural sita en un enclave idílico de la campiña inglesa. Tan idílico es, que resulta ser ­aquí damos paso a la parte distópica de la novela– el único lugar de todo el país y casi diríamos que de todo el mundo donde aún llueve con normalidad, donde la naturaleza sigue viva y en buen estado, donde la tierra no se está vengando del hombre negándole su verdor, su fruto y su consuelo. A Ruth sólo la acompañan en su reclusión –ha cometido algún grave delito del que pronto el lector es informado– tres guardianes y algunos fantasmas. Y es que en El manantial hay crímenes de sangre, alguien ha muerto con violencia y Ruth está implicada en ello, de alguna manera (he aquí la parte negra y criminal de la novela). La propia Ruth revelará al lector cuanto éste quiera saber, si es que el lector se atreve a confiar en una narradora que, pronto lo comprobará, no goza –quizás– de una salud mental completa –¿o puede que sea el resto del mundo el que está loco? Porque El manantial es, sobre todo, un retrato de personaje, el de esta mujer llamada Ruth, que oscila entre la realidad y el sueño, entre el delirio y la lucidez; recuerda a su marido ausente, a su hija ausente, a su nieto ausente, a unas siniestras fanáticas religiosas ausentes (ausencias, todas éstas, que la propia Ruth nos explicará), y vacía su mente y su conciencia con las pocas personas de carne y hueso que pueblan su mundo: un guardián excesivamente joven, un sacerdote católico excesivamente bondadoso.

Al terminar la lectura de El manantial, sigue siendo difícil decidir a qué carta quedarse respecto a lo que acabamos de leer: un noir con ambientación distópica, una reflexión autoinculpatoria sobre cómo la humanidad está tratando la naturaleza –que incluye también a los demás hombres–, una llamada de atención sobre lo que puede suceder cuando uno se cree importante en demasía y deja que una serie de frases halagadoras sustituyan las necesarias dosis de realismo y de autocrítica que deberían ser siempre compañeras de viaje de cualquier persona cuerda.

 El manantial discurre con lentitud, hay que advertirlo al lector que espere un thriller (eso sí que no lo es), pero es una lentitud que no se nos hará pesada si prestamos oído a la belleza con que se narra el paso del tiempo en El manantial. La de Ruth Ardingly es la reclusión de un alma poética, pero también atormentada, que detalla sus torturas psicológicas sin escatimarnos adjetivos y metáforas que se enroscan una sobre otra en una espiral de belleza que puede llegar a abarcar varias páginas, en las que quizá no sucede nada, pero que nos contagian la sensación de quietud absoluta y de desconexión del mundo que sufre una persona recluida, aunque lo esté en el paraíso.

Quien así lo desee podrá ver en El manantial también una contraposición entre tipos de creencias y una descripción muy sugerente sobre cómo nuestra intuición y nuestro corazón están siempre prestos a dirigirnos hacia la verdad, a pesar de que el fraude y la mentira puedan ser más fáciles de digerir y más agradables a nuestros oídos, pero que siempre dejan un regusto amargo. La verdad que a Ruth le ofrece su amigo Hugh, el sacerdote, es más compleja, menos directa, pero las fábulas que ella elige creer, aunque más bonitas, son al final las que la han llevado a su propia cárcel.

El manantial delata su naturaleza de primera novela en su longitud; muchos pasajes no aportan nada o casi nada, no hacen avanzar la acción y tampoco revelan gran cosa sobre los personajes, algo en lo que suelen caer muchos autores noveles. Sin embargo, no hay muchos escritores que destaquen en el cultivo de la prosa poética que, además, cuente buenas historias, y Catherine Chanter, a medida que escriba más novelas, seguramente se consolidará como una de tales autoras.

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El piano oriental, de Zeina Abirached

El piano oriental

El piano orientalLo primero que debéis saber de esta novela gráfica, seleccionada como una de las grandes obras de 2015 por el Festival Internacional del Cómic de Angulema, es que está llena de sonidos.  A medio camino entre los acordes occidentales y orientales, la artista franco-libanesa, Zeina Abirached, a la que tal vez conozcáis por El juego de las golondrinas y Me acuerdo. Beirut, se retrotrae en esta ocasión al Beirut anterior a la guerra civil para contarnos en su última obra, El piano oriental, la historia de cómo su bisabuelo, Abdalah Kamanja, soñó con inventar una especie de instrumento bilingüe que fuera capaz de reproducir los compases de una y otra cultura en un mismo piano. El relato, en realidad, es una hermosa metáfora, a ritmo de semitono y de cuarto de tono oriental, de esa búsqueda insaciable, aparentemente tan necesaria hoy, por unir culturas y tender puentes.

Esos mismos puentes son los que le sirven años después a una joven Zeina Abirached para recorrer la distancia de Beirut a París y explorar su identidad a partir del idioma. Es, precisamente, la relación con sus dos lenguas maternas, el árabe y el francés, la piedra angular del otro relato que también reconstruye a lo largo de las páginas de su novela. Dos historias entremezcladas, que alternan del pasado al presente y viceversa, y que comparten el nexo común de la diversidad cultural. Sigue leyendo El piano oriental, de Zeina Abirached

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La granja, de Tom Rob Smith

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Al parecer, el New York Times Book Review dijo de La granja que su tema era el miedo a perder a un padre. Sin desmerecer a quien firma esa opinión, yo, humildemente, me permito disentir: el miedo a perder a un padre es uno de los temas secundarios de La granja, pero su tema principal es otro mucho más universal y trascendente, y es éste: el miedo a conocer la verdad.

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La habitación, de Jonas Karlsson

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Trabajamos y no nos damos cuenta del tiempo que pasamos en nuestra empresa. Si contabilizáramos las horas que transcurren desde que entramos por la puerta hasta que salimos, es muy posible que nos diéramos cuenta de varias cosas: que parte de nuestra vida se nos va en resolver errores que otros cometen y que, para bien o para mal, el dinero que ganamos a fin de mes poco importa cuando se trata de llegar a fin de mes. La habitación es un libro que, probablemente, será más efectivo para aquellos que trabajen en una oficina, que entiendan de los mecanismos que se rigen en un habitáculo como el que espera amenazante cada mañana. Pero eso no quiere decir que cualquier lector pueda disfrutar de él, no hay que llevarse engaño. Porque al fin y al cabo, todos hemos pensado alguna vez lo mismo en nuestro trabajo: ¿y si hubiera una zona en la que pudiéramos evadirnos y dejar a un lado, por unos momentos, todo lo que estamos haciendo? Porque de la misma forma que el trabajo nos ayuda a llegar a fin de mes, también es probable que nos ayude a estar a un paso de la enfermedad mental.

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Estimado señor M., de Herman Koch

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¿Puede la literatura convertirse en un arma? Debe hacerlo. ¿Puede la literatura convertirse en venganza? En ocasiones, es la única solución posible. ¿Se esconden los escritores en sus libros para poder disparar a aquello que no se atreven en la vida real? No son pocas las veces que nos hemos encontrado frases, ideas, párrafos, argumentos, que tras la etiqueta de “ficción” dejan claro que los autores buscan cercenar alguna que otra cabeza. Herman Koch fue descubierto hace algunos años ya por su novela La cena que ponía al lector en una posición comprometida y reflexiva sobre qué habría hecho en las circunstancias en las que se desarrollaba la historia. Siguiendo esa estela, y con muchas más ganas de meter el dedo en la llaga, su Casa de verano con piscina fue un ejercicio mucho más polémico por lo real. ¿Nos volvemos a enfrentar a una posibilidad de leer algo que nos desarme por dentro? Sí y no, y en breve entenderéis por qué. Lo que sí tengo claro es que las novelas deben proporcionar al lector un espacio donde sus filias y fobias aparezcan representadas y ahí, en ese intervalo entre que leemos y nuestro cerebro termina por enfrentarse a lo leído, es donde un libro, una novela, un ensayo, cualquiera que sea el género, se la juega sin red sobre la que caer en su vuelo. Porque no nos olvidemos que, las novelas que recordamos, son las que han hecho que algo, sea lo que sea, haga saltar un resorte que creíamos dormido desde hacía mucho tiempo.

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