
Galveston, de Nic Pizzolatto
A veces no hay modo alguno de escapar de la derrota. Es más que un hecho. El sentimiento de estar definitivamente derrotado. Roy Cody lo está. Y uno imagina que sucede mucho antes de que el médico le diagnostique un cáncer avanzado. De profesión sicario, a Roy le acaba de abandonar su novia para irse con su jefe, quien además, sospecha, planea liquidarle. Así que bebe. Y la vida es esto, hasta que en su camino se cruza ella. Su nombre es Rocky y, como a él, también le han vencido en demasiadas batallas. De fondo suena el nombre que da título a esta novela negra, Galveston, que es también un lugar del que venir o al que escapar a través de la América inhóspita de las barras de bar y los moteles de carretera.
A su autor, algunos ya lo conoceréis. Es uno de los responsables, – el otro es su director, Cary Fukunaga-, del éxito de True detective, la serie revelación de la última temporada. Nic Pizzolatto, que no llega a los cuarenta años, participó como guionista en varios capítulos de The killing y fue profesor de literatura en la universidad. Es oriundo de Luisiana, que hace frontera con Texas, estado al que pertenece la ciudad costera de Galveston que en 1900 fue azotada por el huracán más mortífero que se recuerde en la historia de los Estados Unidos, muy por encima del Katrina. Otros tres ciclones la han sacudido desde entonces. El último en 2008. Sigue leyendo Galveston

Voy a empezar por el principio, que es por donde se deben empezar algunas cosas. Escribe James Salter en el epígrafe de Todo lo que hay:




Cómo escribir sobre el dolor de lo que no se puede ver. Podría estar ahí. En cualquier parte. En las letras de las palabras o en los signos de puntuación. O en una de esas terapias de grupo donde todos se mienten y cuentan tragedias que no existieron nunca para justificarse. Porque esto, las charlas, siempre se trata de lo mismo. De inventar razones para que los demás, los de las vidas ordenadas de ahí afuera, duerman tranquilos. Así que nadie dice que en realidad todo fue bien. Que fue solo la apatía. O una inmensa tristeza. O el desgaste. O las pocas ganas. Sí, sobre todo las pocas ganas. No hablan de manos huecas o risas enganchadas a la vía del tren. Ni del tiempo avanzando de prisa. Devorándoles. O de las malas decisiones. Solo era eso. Una tras otra. Esa incapacidad de encontrar un hueco donde encajar. Pero ellos no lo cuentan. Todos se guardan la verdad. La que tira por debajo de la piel, hueca, que no protege. Tendría que hacerlo. Tendría que volverse de hormigón y evitar que según qué cosas dolieran.















